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No me metió en una cárcel, sólo me enseñó los barrotes [Ciro]
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No me metió en una cárcel, sólo me enseñó los barrotes [Ciro]
La gestación de una idea no era tan poderosa como todo su proceso anterior; la adaptación del cuerpo a la mente, cómo las raíces sobre la tierra sucia se sometían a la abstracción impoluta, perfecta de lo que nunca sería aniquilado porque era superior a todo lo que desearía obtenerlo. Ni siquiera si te arrancaban la cabeza o acuchillaban tu corazón. Meros artificios, contrarios a la psique, demasiado mundanos para sostener la magnificencia en su estado puro, impreciso, pero real. Porque real era toda la fuerza que pasaba a pertenecerte. Sólo a ti. Y los demás se convertían únicamente en la prueba.
Las ideas, y no los sentimientos. Los sentidos eran útiles, necesarios, aliados, el arma profunda que cortaba por fuera. Sin embargo, los sentimientos diferían en su deficiencia, eran los restos que alimentaban a los puercos para que no descubrieran las bellotas. ‘El amor’, el más nombrado, el más reutilizado y devuelto de ellos, resaltaba por encima de cualquier otro de esos desechos que se acumulaban en la superficie y desmitificaban su valor auténtico: el único que existía y del que pocos sabían sacarle partido. Prácticamente, Fausto era un privilegiado por pertenecer a ese pequeño grupo, pero ni siquiera el adjetivo se ajustaba a los hechos. Porque ignorar el quiste de los sentimientos para caminar con pasos de hierro por la vida debía ser algo que formase parte del sentido común de una raza humana mínimamente digna, mas eso, como bien se podía comprobar, no sucedía. De manera que el resultado acababa siendo una plaga de insectos que ensuciaban sus botas y trataban de desperdiciar su tiempo. Y lo peor no siempre era que lo consiguieran…
'Mi madre que me acechaba, incluso después de muerta. Mi hija, que nunca podía dormir.'
'¿Ya has vuelto a casa? ¿Por qué no te sientas a mi lado?'
'Cruzo las fronteras de la carne para creerme de todo menos santo y a pesar de ello, aún tienes esa expresión en tu rostro.'
Y lo peor… era confundir los términos mientras estudiaba, discernir lo que no había al otro lado del pergamino mientras escribía lo que averiguaba; sostener sus brazos mientras chillaba despojos de esquizofrenia y mirarla a esas pupilas que lo encontraban, en lugar de encajarle una bofetada terapeuta. Lo peor… era acabar en aquel sanatorio mental tras el transcurso de su análisis, caminando a través de habitaciones con paredes rajadas y pintadas de sangre, entre miradas desencajadas, atadas a la cama y ojos difusos que lo confundían con su averno de preguntas mediocres y, aun así, sin respuesta. Lo peor… era reflexionar sobre el hueco nefasto por el que se colaban esos guijarros inservibles de las emociones, incluso si la conclusión de todo ello sólo le hacía comprobar que continuaba completa y afortunadamente ajeno a ellas. Si finalmente acababan significando algo, se resumía a obstruir y ralentizar, como premio de consolación en su tarea de pudrir la brillantez de las mentes y la secuela de su ejecución. Y Fausto deliberaba en su interior sobre la cura a esos síntomas todavía inexistente para aquellos dementes babosos que se desgarraban a gritos vacíos y se retorcían bajo las sábanas de su desgracia. No importaba cuál fuese su enfermedad, esa segregación que suponía la parte defectuosa de los sentidos nunca aliviaría los resultados.
'¿Dónde está mi tobillo? ¿DÓNDE ESTÁ MI TOBILLO?'
Los sentimientos no tenían ni la capacidad para dañar, porque eso atañía a lo hueco que estuviera el cerebro de cada uno, pero tampoco se revelarían como el microbio sanador, mucho menos necesario.
Éline había estado allí, bautizada bajo las uñas sucias de las pocas monjas que habitaban el lamentable lugar. Las mismas que debieron echar las que la echaron a ella, después de que ese súcubo absorbente de sangre la violara sobre la mesa que bendecía el cuerpo de Cristo. Porque hasta esa rueca interminable llegaban los sitios como aquellos, donde hasta el ser más lacónico tenía una condena de segunda mano. Los sanatorios no gozaban del interés habitual del cazador, pues se centraban en la función de cárcel y no de hospital y lo máximo que podías averiguar de eso eran nuevas formas de inmovilizar a una persona de vómitos como babero, cosa de la que precisamente él no necesitaba que le informaran. En realidad, por necesitar, ni siquiera necesitaba que le dieran lecciones sobre los trastornos psicológicos. Si había llegado a parar allí, se debía a que su calidad de observación respecto a la muchacha de locura inaudita y merecedora de su estudio se remontaba a unos hechos concretos, no a las bases generales de una patología. No estudiaba 'la locura', estudiaba 'la locura de Éline'. O la locura de ese soporte humano poseedor del acostumbrado nombre para dirigirse a él. No importaba. Como tampoco importaba ya lo que le estaba contando el dueño del lugar en su, casi obligada, guía por el establecimiento. Porque en lugar de prestar la íntegra atención acostumbrada por la perfección de sus sentidos, debatía en su interior acerca de los sentimientos. Y por primera vez, se atrevió a pensar que le gustaría volver a tratar con las 'bases generales' en lugar de con Éline Rimbaud y su sonrisa trastornada.
De todas formas, Fausto distinguió a tiempo que aquel imbécil le estaba contando cosas que él, a esas alturas con la estancia esporádica de la francesa en su casa, ya sabía, más allá de la rutina de los ingresados que solieran aplicarle cuando aún estaba allí atrapada. Se deshizo de su cháchara inútil sin tan sólo mediar palabra y caminó y caminó entre más psicóticos y descerebrados, memorizando las cadenas que enrojecían costras en la piel, sumido en una memoria ya vaga que había bajado la guardia con el entorno y obedecía a los recuerdos. La sensación de los recuerdos, el modo en que podía pasar de estar viendo a una mujer poseída revolcándose en una camilla, a notar la silueta, cada vez más flácida, de Georgius entre sus uñas de fuego… que habían empezado a oler a infierno desde que se clavaron en la madera de los muebles de Mefistófeles, mientras su cráneo pasaba a ofrecerse como lienzo. El lienzo sobre el que entonces, convirtiéndose en el verdugo de su maestro frente a las llamas del amanecer, pudo ver retratada aquella misma escena.
El profesor alemán ignoró las habitaciones del sanatorio, las paredes, incluso las ventanas… y el crepúsculo, que en aquella zona apartada prácticamente ya se volvía noche, le abrigó de frío nada más salir a las afueras, dispuesto a refrescar su cerebro. Como si no llevara toda la vida separando interior de exterior (si todo continuaba de aquella manera, llevaría a cabo la meditación de ese día justo ahí en medio)... Dio unos pasos después de varios segundos, ya más relajado a pesar de que su coraza pétrea no se hubiera alterado por fuera en ningún instante, y se apoyó contra un extremo de la cerca que vedaba el sanatorio mientras miraba hacia la vegetación lúgubre. Cuidadosamente, empezó a extraer de los bolsillos internos de su abrigo el arsenal propicio para fabricarse un cigarro. No fumaba, ni tabaco ni hierba. A excepción de que sus cavilaciones, sus presentimientos… sorprendieran incluso al dominio de su rutina. Abandonarse momentáneamente a un vicio terrenal y vacío, que al mismo tiempo no le hacía perder severidad e, incluso, embellecía la tortura silenciosa de su organismo, haciéndole tastar algún que otro retal de masoquismo de aquella última vez en la India.
Si esa tipeja flacucha que hablaba con un ruiseñor imaginario le hacía tener que remontarse a ese lugar, a ese momento, definitivamente quizá debería considerarla un problema importante.
Fausto prendió el pitillo artesanal con el elemento que poblaba la caracterización de su persona y dio una calada a las cenizas que emularon las del cuerpo de su maestro por un instante, en tanto ignoraba expresamente la sombra de otro ser no identificado que pasaba a acompañarle.
Las ideas, y no los sentimientos. Los sentidos eran útiles, necesarios, aliados, el arma profunda que cortaba por fuera. Sin embargo, los sentimientos diferían en su deficiencia, eran los restos que alimentaban a los puercos para que no descubrieran las bellotas. ‘El amor’, el más nombrado, el más reutilizado y devuelto de ellos, resaltaba por encima de cualquier otro de esos desechos que se acumulaban en la superficie y desmitificaban su valor auténtico: el único que existía y del que pocos sabían sacarle partido. Prácticamente, Fausto era un privilegiado por pertenecer a ese pequeño grupo, pero ni siquiera el adjetivo se ajustaba a los hechos. Porque ignorar el quiste de los sentimientos para caminar con pasos de hierro por la vida debía ser algo que formase parte del sentido común de una raza humana mínimamente digna, mas eso, como bien se podía comprobar, no sucedía. De manera que el resultado acababa siendo una plaga de insectos que ensuciaban sus botas y trataban de desperdiciar su tiempo. Y lo peor no siempre era que lo consiguieran…
'Mi madre que me acechaba, incluso después de muerta. Mi hija, que nunca podía dormir.'
'¿Ya has vuelto a casa? ¿Por qué no te sientas a mi lado?'
'Cruzo las fronteras de la carne para creerme de todo menos santo y a pesar de ello, aún tienes esa expresión en tu rostro.'
Y lo peor… era confundir los términos mientras estudiaba, discernir lo que no había al otro lado del pergamino mientras escribía lo que averiguaba; sostener sus brazos mientras chillaba despojos de esquizofrenia y mirarla a esas pupilas que lo encontraban, en lugar de encajarle una bofetada terapeuta. Lo peor… era acabar en aquel sanatorio mental tras el transcurso de su análisis, caminando a través de habitaciones con paredes rajadas y pintadas de sangre, entre miradas desencajadas, atadas a la cama y ojos difusos que lo confundían con su averno de preguntas mediocres y, aun así, sin respuesta. Lo peor… era reflexionar sobre el hueco nefasto por el que se colaban esos guijarros inservibles de las emociones, incluso si la conclusión de todo ello sólo le hacía comprobar que continuaba completa y afortunadamente ajeno a ellas. Si finalmente acababan significando algo, se resumía a obstruir y ralentizar, como premio de consolación en su tarea de pudrir la brillantez de las mentes y la secuela de su ejecución. Y Fausto deliberaba en su interior sobre la cura a esos síntomas todavía inexistente para aquellos dementes babosos que se desgarraban a gritos vacíos y se retorcían bajo las sábanas de su desgracia. No importaba cuál fuese su enfermedad, esa segregación que suponía la parte defectuosa de los sentidos nunca aliviaría los resultados.
'¿Dónde está mi tobillo? ¿DÓNDE ESTÁ MI TOBILLO?'
Los sentimientos no tenían ni la capacidad para dañar, porque eso atañía a lo hueco que estuviera el cerebro de cada uno, pero tampoco se revelarían como el microbio sanador, mucho menos necesario.
Éline había estado allí, bautizada bajo las uñas sucias de las pocas monjas que habitaban el lamentable lugar. Las mismas que debieron echar las que la echaron a ella, después de que ese súcubo absorbente de sangre la violara sobre la mesa que bendecía el cuerpo de Cristo. Porque hasta esa rueca interminable llegaban los sitios como aquellos, donde hasta el ser más lacónico tenía una condena de segunda mano. Los sanatorios no gozaban del interés habitual del cazador, pues se centraban en la función de cárcel y no de hospital y lo máximo que podías averiguar de eso eran nuevas formas de inmovilizar a una persona de vómitos como babero, cosa de la que precisamente él no necesitaba que le informaran. En realidad, por necesitar, ni siquiera necesitaba que le dieran lecciones sobre los trastornos psicológicos. Si había llegado a parar allí, se debía a que su calidad de observación respecto a la muchacha de locura inaudita y merecedora de su estudio se remontaba a unos hechos concretos, no a las bases generales de una patología. No estudiaba 'la locura', estudiaba 'la locura de Éline'. O la locura de ese soporte humano poseedor del acostumbrado nombre para dirigirse a él. No importaba. Como tampoco importaba ya lo que le estaba contando el dueño del lugar en su, casi obligada, guía por el establecimiento. Porque en lugar de prestar la íntegra atención acostumbrada por la perfección de sus sentidos, debatía en su interior acerca de los sentimientos. Y por primera vez, se atrevió a pensar que le gustaría volver a tratar con las 'bases generales' en lugar de con Éline Rimbaud y su sonrisa trastornada.
De todas formas, Fausto distinguió a tiempo que aquel imbécil le estaba contando cosas que él, a esas alturas con la estancia esporádica de la francesa en su casa, ya sabía, más allá de la rutina de los ingresados que solieran aplicarle cuando aún estaba allí atrapada. Se deshizo de su cháchara inútil sin tan sólo mediar palabra y caminó y caminó entre más psicóticos y descerebrados, memorizando las cadenas que enrojecían costras en la piel, sumido en una memoria ya vaga que había bajado la guardia con el entorno y obedecía a los recuerdos. La sensación de los recuerdos, el modo en que podía pasar de estar viendo a una mujer poseída revolcándose en una camilla, a notar la silueta, cada vez más flácida, de Georgius entre sus uñas de fuego… que habían empezado a oler a infierno desde que se clavaron en la madera de los muebles de Mefistófeles, mientras su cráneo pasaba a ofrecerse como lienzo. El lienzo sobre el que entonces, convirtiéndose en el verdugo de su maestro frente a las llamas del amanecer, pudo ver retratada aquella misma escena.
'No puedo respirar, Fausto… Nunca he podido.'
El profesor alemán ignoró las habitaciones del sanatorio, las paredes, incluso las ventanas… y el crepúsculo, que en aquella zona apartada prácticamente ya se volvía noche, le abrigó de frío nada más salir a las afueras, dispuesto a refrescar su cerebro. Como si no llevara toda la vida separando interior de exterior (si todo continuaba de aquella manera, llevaría a cabo la meditación de ese día justo ahí en medio)... Dio unos pasos después de varios segundos, ya más relajado a pesar de que su coraza pétrea no se hubiera alterado por fuera en ningún instante, y se apoyó contra un extremo de la cerca que vedaba el sanatorio mientras miraba hacia la vegetación lúgubre. Cuidadosamente, empezó a extraer de los bolsillos internos de su abrigo el arsenal propicio para fabricarse un cigarro. No fumaba, ni tabaco ni hierba. A excepción de que sus cavilaciones, sus presentimientos… sorprendieran incluso al dominio de su rutina. Abandonarse momentáneamente a un vicio terrenal y vacío, que al mismo tiempo no le hacía perder severidad e, incluso, embellecía la tortura silenciosa de su organismo, haciéndole tastar algún que otro retal de masoquismo de aquella última vez en la India.
Si esa tipeja flacucha que hablaba con un ruiseñor imaginario le hacía tener que remontarse a ese lugar, a ese momento, definitivamente quizá debería considerarla un problema importante.
Fausto prendió el pitillo artesanal con el elemento que poblaba la caracterización de su persona y dio una calada a las cenizas que emularon las del cuerpo de su maestro por un instante, en tanto ignoraba expresamente la sombra de otro ser no identificado que pasaba a acompañarle.
Loco… Siempre lo había estado.
Última edición por Fausto el Dom Feb 12, 2012 11:09 pm, editado 1 vez

Fausto- Cazador Clase Alta

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Reputación: 33
Fecha de inscripción: 28/11/2011
Edad: 39
Localización: En tu cara de simio
DATOS DEL PERSONAJE
Orientación Sexual: Pansexual
Pareja Actual: El Diablo
Ocupación: Sicario de las sombras/Profesor de teología
Re: No me metió en una cárcel, sólo me enseñó los barrotes [Ciro]
¿Qué pasaría si te dijera que leas entre líneas? Verías que nunca estuve de tu lado.
La mente humana es el elemento más frágil que existe. Segura en su autoconvencida superioridad, fruto sobre todo de la ignorancia acerca de la existencia de seres superiores, se alza en una frágil montaña de creencias y de falsas virtudes que, bien usadas, no son sino defectos que pueden precipitar su caída si es que se les aplica la fuerza suficiente para que sus bases se vean reducidas a simples cenizas, a restos de areniscas erosionadas por el agua y de las que no quedan nada, sólo las diminutas partículas que una vez las crearon...
Y no sólo en los comúnmente denominados como locos se daba aquella fragilidad suprema, no: era especialmente en los cuerdos, los más seguros de todo el mundo que los rodeaba, en quienes más fácilmente era hacer que se abrazaran a un lado oscuro, carente de la racionalidad que promulgaban y que era algo que no existía, porque era un simple convencionalismo humano para convencerse de que eran mejor que las mulas de carga sobre las que se dirigían a los sitios de sus vidas más patéticas.
Pese a que normalmente yo mismo me encontrara mucho más afín a los llamados locos por quienes renegaban de ellos, especialmente los más propensos a formar parte de ese selecto grupo, no podía negar la diversión añadida que era hacer quebrarse una mente que se creía recta; no podía ocultar que rallaba un placer muy superior hacer que fueran los hasta entonces racionales quienes se volvían las bestias que, en realidad, eran... Y no podía, tampoco, ignorar que mis antecedentes hablaban por sí solos y siempre había preferido volver loca a la gente que rodearme de locos.
No había que avanzar demasiado atrás en mi historia, escrita sobre el filo mismo del mundo con la sangre de las miles de vidas humanas que había derramado a lo largo de mi tiempo, para darse cuenta de que mi expediente era uno de quebrar seguridades, obsesionar mentes enfermas y volverlas terminales, y si no que se lo dijeran al joven Fausto...
Como si siguiera, en su enorme egocentrismo injustificado, a diferencia del mío que, por su parte, no era sino una valoración totalmente real de mis innumerables cualidades, una idea de definirse como el heredero de una mitología germánica que no comprendía, puesto que era demasiado joven e ignorante para que los secretos de los bárbaros llegaran a su mente, había sido tan débil que enseguida se había producido su caída en mis fauces a través de uno de mis instrumentos, un juguete roto más llamado Georgius y que, en su eliminación, me había permitido matar dos pájaros de un tiro.
En la India, hacía ya tanto tiempo, se había dejado atraer como una mosca hacia la miel por alguien que no comprendía y por una psique que sobrepasaba todo lo que había visto hasta entonces, y aquello había acelerado su caída en picado, de la que se trataba de desmarcar volcándose en su racionalidad, en su carácter de científico totalmente cuerdo como los dos sabíamos, ¡o deberíamos saber!, que no estaba... no después de haber matado a su mentor por influencia del demonio que se balanceaba en su hombro, pudriendo su mente hasta que fuera susceptible de recibir el golpe de gracia.
Casualidades del destino, o más bien pura suerte motivada por una serie de desdichas catastróficas, al menos para él, habíamos terminado juntándonos en París, y el objeto de uno de mis juegos que había sobrevivido a él aparentemente de una pieza siempre llamaba mi atención... En ese aspecto, podía pese a la suma diferencia de nivel comparárseme con un padre que ojeaba el estado de su criatura, salvando todas las distancias posibles que, en aquel caso, eran más que evidentes... Especialmente por el hecho de que, aunque él fuera una de mis destrucciones más brillantes, me odiaba como en tiempos había odiado a su padre... Pobre criatura.
No era consciente de que su destino nunca le había pertenecido desde que nos habíamos encontrado; no terminaba de recordar que mi marca seguía en su piel tan visible como profundamente estaba grabada en su mente y creía... la sola idea provocaba una carcajada desde lo más profundo de mi garganta; creía, en fin, que era libre... ¡Y que podía vencerse, creerse superior a mí o incluso librarse de mi sombra en su vida, bajo la cual se había estado moviendo durante años!
Semejante osadía sólo podía venir de un humano con la mente ya tocada y frágil, y tamaña desfachatez en particular sólo podía ser obra de él, de Fausto, a quien estuve observando desde las sombras a partir del momento en el que puso uno de sus pies en la ciudad de París, mi territorio por definición y en el que él era un extraño, invitado sólo por mi generosidad con él inmerecida hasta que me hartara y decidiera revocarle el derecho de entrada, cosa que podía suceder en cada momento, según se terciara la situación y el humor con el que me atrapara.
La confirmación de su irracionalidad vino dada por mi estudio cuando su propia demencia, que se precipitaba por los bordes de su máscara de cordura, se manifestó en su obsesión... Una chica joven, de nombre Éline, pelirroja y totalmente de atar, era su nuevo objeto de estudio; su mente frágil y rota por un ser como yo en las formas pero infinitamente diferente a mi perfección en la realidad, era lo que había atraído a mi experimento hacia el de otro vampiro, y el que amenazaba con obsesionarlo aún más de lo que ya estaba, si era posible.
Aquella era su mayor debilidad, el punto por el que podía atraparlo y hacer posible que volviera a enfrentarse al rostro de su peor pesadilla, y por eso mismo aquella noche, después de abandonar el sueño diurno al que me veía constantemente enfrentado por una característica propia de mi naturaleza, que impedía que viera a Helios si no era representado, mi camino fue directo al sanatorio para enfermos mentales que se caía tan a pedazos como las mentes de sus internos.
Colarme en una institución de tales características era, y habría sido aunque no fuera yo de quien habláramos y por mis notables características pudiera permitirme eso y mucho más, tremendamente sencillo; evitar que nadie me viera porque el caos que allí reinaba entre sangre y lobotomías, aún más fácil... Y adentrarme en las habitaciones donde los enfermos creían ver productos de su imaginación en mí fue lo siguiente, así como también lo fue alimentarme de la sangre que más llevaba implícita la esencia de la libertad, del caos y de la demencia... en las pequeñas dosis que un simple humano podía representar aquello.
Mi invitado de honor, aquel por quien la representación de aquella noche iba a tener lugar, no tardó en llegar y llenar el aire corrupto del manicomio con su propia esencia, una que yo conocía demasiado bien, y el cadáver de uno de los internos que habían constituido mi cena cayó al suelo con un golpe seco, pasando a formar parte del mobiliario de la sencilla habitación con apenas un jergón, una ventana y un orinal vacío al lado del cadáver. La puerta entreabierta separaba la sala del pasillo, pero a mí no me interesaba esa dirección sino la otra, la que llevaba a la ventana cerrada y que con un simple movimiento de mi fuerza sobrehumana dejó entrar el gélido y húmedo aire de la noche parisina... así como el aroma a tabaco que era tan característico de Fausto.
Con aire indolente a más no poder, caminé hacia la ventana y apoyé ambos brazos en el alféizar, asomándome hacia el exterior desde aquel primer piso tan cercano a la zona donde él estaba, y cuando giró su mirada hacia mí sólo sonreí de manera perversa, apoyando la cara en una de mis manos con aire aburrido.
– No, no disimules, sé que me echabas de menos... – murmuré, aprovechando el momento para que una corriente de aire condujera mis palabras hacia él antes de encogerme de hombros y despedirme de él con una mano para volver al interior del sanatorio, donde probablemente él me buscara... como siempre terminaba haciendo.
No pensaba, de todas maneras, perder mi tiempo esperando a que a mi creación le llegara la idea de acudir a mi llamada sin palabras explícitas a su dura cabeza, así que sin perder un instante me dirigí hacia la habitación de al lado de la que me había recibido, donde una joven pelirroja con un parecido notable a la obsesión de Fausto aguardaba dócilmente a que alguien como yo se adentrara en las sombras de su mente, rodeara su cuerpo con los brazos desde atrás y clavara los colmillos en su fino cuello, succionando la sangre que hasta entonces le había permitido estar viva... y que en cuanto abandonó su cuerpo la dejó como a una muñeca de trapo rota entre mis brazos, con apenas un hálito de vida muy frágil y respirando de manera entrecortada... momento en el que Fausto apareció frente a mí y yo la dejé caer.
– Llegas justo a tiempo para el postre. – comenté, limpiando una gota de sangre de mis labios con la mano para después lamerla y sonriendo, de nuevo, de manera diabólica con la mirada clavada en él, esperando su reacción... Esperando que se diera el momento preciso para hundirlo por su propio peso.
Y no sólo en los comúnmente denominados como locos se daba aquella fragilidad suprema, no: era especialmente en los cuerdos, los más seguros de todo el mundo que los rodeaba, en quienes más fácilmente era hacer que se abrazaran a un lado oscuro, carente de la racionalidad que promulgaban y que era algo que no existía, porque era un simple convencionalismo humano para convencerse de que eran mejor que las mulas de carga sobre las que se dirigían a los sitios de sus vidas más patéticas.
Pese a que normalmente yo mismo me encontrara mucho más afín a los llamados locos por quienes renegaban de ellos, especialmente los más propensos a formar parte de ese selecto grupo, no podía negar la diversión añadida que era hacer quebrarse una mente que se creía recta; no podía ocultar que rallaba un placer muy superior hacer que fueran los hasta entonces racionales quienes se volvían las bestias que, en realidad, eran... Y no podía, tampoco, ignorar que mis antecedentes hablaban por sí solos y siempre había preferido volver loca a la gente que rodearme de locos.
No había que avanzar demasiado atrás en mi historia, escrita sobre el filo mismo del mundo con la sangre de las miles de vidas humanas que había derramado a lo largo de mi tiempo, para darse cuenta de que mi expediente era uno de quebrar seguridades, obsesionar mentes enfermas y volverlas terminales, y si no que se lo dijeran al joven Fausto...
Como si siguiera, en su enorme egocentrismo injustificado, a diferencia del mío que, por su parte, no era sino una valoración totalmente real de mis innumerables cualidades, una idea de definirse como el heredero de una mitología germánica que no comprendía, puesto que era demasiado joven e ignorante para que los secretos de los bárbaros llegaran a su mente, había sido tan débil que enseguida se había producido su caída en mis fauces a través de uno de mis instrumentos, un juguete roto más llamado Georgius y que, en su eliminación, me había permitido matar dos pájaros de un tiro.
En la India, hacía ya tanto tiempo, se había dejado atraer como una mosca hacia la miel por alguien que no comprendía y por una psique que sobrepasaba todo lo que había visto hasta entonces, y aquello había acelerado su caída en picado, de la que se trataba de desmarcar volcándose en su racionalidad, en su carácter de científico totalmente cuerdo como los dos sabíamos, ¡o deberíamos saber!, que no estaba... no después de haber matado a su mentor por influencia del demonio que se balanceaba en su hombro, pudriendo su mente hasta que fuera susceptible de recibir el golpe de gracia.
Casualidades del destino, o más bien pura suerte motivada por una serie de desdichas catastróficas, al menos para él, habíamos terminado juntándonos en París, y el objeto de uno de mis juegos que había sobrevivido a él aparentemente de una pieza siempre llamaba mi atención... En ese aspecto, podía pese a la suma diferencia de nivel comparárseme con un padre que ojeaba el estado de su criatura, salvando todas las distancias posibles que, en aquel caso, eran más que evidentes... Especialmente por el hecho de que, aunque él fuera una de mis destrucciones más brillantes, me odiaba como en tiempos había odiado a su padre... Pobre criatura.
No era consciente de que su destino nunca le había pertenecido desde que nos habíamos encontrado; no terminaba de recordar que mi marca seguía en su piel tan visible como profundamente estaba grabada en su mente y creía... la sola idea provocaba una carcajada desde lo más profundo de mi garganta; creía, en fin, que era libre... ¡Y que podía vencerse, creerse superior a mí o incluso librarse de mi sombra en su vida, bajo la cual se había estado moviendo durante años!
Semejante osadía sólo podía venir de un humano con la mente ya tocada y frágil, y tamaña desfachatez en particular sólo podía ser obra de él, de Fausto, a quien estuve observando desde las sombras a partir del momento en el que puso uno de sus pies en la ciudad de París, mi territorio por definición y en el que él era un extraño, invitado sólo por mi generosidad con él inmerecida hasta que me hartara y decidiera revocarle el derecho de entrada, cosa que podía suceder en cada momento, según se terciara la situación y el humor con el que me atrapara.
La confirmación de su irracionalidad vino dada por mi estudio cuando su propia demencia, que se precipitaba por los bordes de su máscara de cordura, se manifestó en su obsesión... Una chica joven, de nombre Éline, pelirroja y totalmente de atar, era su nuevo objeto de estudio; su mente frágil y rota por un ser como yo en las formas pero infinitamente diferente a mi perfección en la realidad, era lo que había atraído a mi experimento hacia el de otro vampiro, y el que amenazaba con obsesionarlo aún más de lo que ya estaba, si era posible.
Aquella era su mayor debilidad, el punto por el que podía atraparlo y hacer posible que volviera a enfrentarse al rostro de su peor pesadilla, y por eso mismo aquella noche, después de abandonar el sueño diurno al que me veía constantemente enfrentado por una característica propia de mi naturaleza, que impedía que viera a Helios si no era representado, mi camino fue directo al sanatorio para enfermos mentales que se caía tan a pedazos como las mentes de sus internos.
Colarme en una institución de tales características era, y habría sido aunque no fuera yo de quien habláramos y por mis notables características pudiera permitirme eso y mucho más, tremendamente sencillo; evitar que nadie me viera porque el caos que allí reinaba entre sangre y lobotomías, aún más fácil... Y adentrarme en las habitaciones donde los enfermos creían ver productos de su imaginación en mí fue lo siguiente, así como también lo fue alimentarme de la sangre que más llevaba implícita la esencia de la libertad, del caos y de la demencia... en las pequeñas dosis que un simple humano podía representar aquello.
Mi invitado de honor, aquel por quien la representación de aquella noche iba a tener lugar, no tardó en llegar y llenar el aire corrupto del manicomio con su propia esencia, una que yo conocía demasiado bien, y el cadáver de uno de los internos que habían constituido mi cena cayó al suelo con un golpe seco, pasando a formar parte del mobiliario de la sencilla habitación con apenas un jergón, una ventana y un orinal vacío al lado del cadáver. La puerta entreabierta separaba la sala del pasillo, pero a mí no me interesaba esa dirección sino la otra, la que llevaba a la ventana cerrada y que con un simple movimiento de mi fuerza sobrehumana dejó entrar el gélido y húmedo aire de la noche parisina... así como el aroma a tabaco que era tan característico de Fausto.
Con aire indolente a más no poder, caminé hacia la ventana y apoyé ambos brazos en el alféizar, asomándome hacia el exterior desde aquel primer piso tan cercano a la zona donde él estaba, y cuando giró su mirada hacia mí sólo sonreí de manera perversa, apoyando la cara en una de mis manos con aire aburrido.
– No, no disimules, sé que me echabas de menos... – murmuré, aprovechando el momento para que una corriente de aire condujera mis palabras hacia él antes de encogerme de hombros y despedirme de él con una mano para volver al interior del sanatorio, donde probablemente él me buscara... como siempre terminaba haciendo.
No pensaba, de todas maneras, perder mi tiempo esperando a que a mi creación le llegara la idea de acudir a mi llamada sin palabras explícitas a su dura cabeza, así que sin perder un instante me dirigí hacia la habitación de al lado de la que me había recibido, donde una joven pelirroja con un parecido notable a la obsesión de Fausto aguardaba dócilmente a que alguien como yo se adentrara en las sombras de su mente, rodeara su cuerpo con los brazos desde atrás y clavara los colmillos en su fino cuello, succionando la sangre que hasta entonces le había permitido estar viva... y que en cuanto abandonó su cuerpo la dejó como a una muñeca de trapo rota entre mis brazos, con apenas un hálito de vida muy frágil y respirando de manera entrecortada... momento en el que Fausto apareció frente a mí y yo la dejé caer.
– Llegas justo a tiempo para el postre. – comenté, limpiando una gota de sangre de mis labios con la mano para después lamerla y sonriendo, de nuevo, de manera diabólica con la mirada clavada en él, esperando su reacción... Esperando que se diera el momento preciso para hundirlo por su propio peso.

Ciro- Vampiro Clase Baja

- Mensajes: 121
Puntos: 198
Reputación: 89
Fecha de inscripción: 04/06/2011
DATOS DEL PERSONAJE
Orientación Sexual: Heterosexual
Pareja Actual: Eso es una leyenda urbana, en realidad no existe.
Ocupación: Ser la definición gráfica de la perfección.
Re: No me metió en una cárcel, sólo me enseñó los barrotes [Ciro]
Y de un sueño incompleto despertaba sobre los restos de otro.
Otra vez…
Sí.
Otra vez…
Otra vez…
Sí.
Otra vez…
Aquel engendro de libertinaje infecto con el que marcaba cada uno de sus pasos por el páramo antes de decidirse a girar aquella cabeza de bazofia elitista y dar con el odio en su mirada… Allí encarcelado, allí predispuesto, allí únicamente porque su coraza de sangre y vida inmortal volvían a saber, volvían a escupir sobre lo que habían sabido siempre y lo que habían creado en consecuencia. Y Fausto ya estaba lo suficientemente harto de pies a cabeza, ya había trabajado demasiado en su odio candente, modelado de un modo demasiado tajante esos ocho años para reafirmarse hasta en la montaña más empinada y viscosa, como para que ahora de repente… (otro jodido de repente…)
Intenta respirar. Sé que puedes. ¡LO HAS PODIDO TODO!
El profesor alemán se había aprendido de memoria el trazado del tatuaje que le surcaba la carne, siempre teniendo en cuenta que dada su localización, nunca, nunca pudo vérselo al momento de que aquél, en sus distintas formas e interpretaciones, se lo cosiera a la piel. Y nunca, nunca se lo había querido ver luego, pues no había necesitado hacerlo y ni siquiera podía pensar que fuera una ventaja frente al monstruo que alimentaba las llamas de su desgracia errante... Porque era al contrario; era el hecho de llevar una marca invisible que no tuviera problema en reconocer lo que precisamente dotaba de acuciante decisión a aquel instante de reencuentro. Mefistófeles no le había puesto los cuernos del macho cabrío ahí para que se los viera, sino para que los sintiera, para que le pudrieran ese conocimiento, eso que lo había llevado a ser quien era, incluso antes de su primera reunión, y eso que también lo había llevado a ser parte del interés de un titiritero aburrido de su propia putrefacción.
El portador de su nuevo –y a la vez, siempre el mismo- ‘quien era’.
¿Quién diablos era?
Aun miles de días literales después, ese vampiro enfermo de gozo continuaba jugando con sus puntos fuertes, de sebosa ambición, de pesada implicación. Jugaba con lo poco que le quedaba a Fausto de cordura en escenas como aquellas en las que únicamente el humano había ido a parar a un lugar donde encerraban a dementes sin gracia porque volvía a reencontrarse con esa necesidad mundana de saberse humano. Vejatoriamente humano. Sí, los puntos fuertes de Fausto eran también su cadena menos escurridiza y más cernida, esa magnánima avalancha que formaba parte de todo su poder y que aunque desde pequeño había aprendido a manejar tan bien, igual que ajustaba a su mente los pasos exactos para hacer explotar una vértebra apenas sin moverse o para enumerar sin alterar un ápice la voz los componentes de la madera de la ventana a través de la cual volvía a ver a Mefistófeles torturándole con un tercero de por medio... seguían siendo un espejo arcaicamente útil. No lo suficiente como para vislumbrar sus puntos débiles, pero cuando eras el responsable de que un alma se hubiera desintegrado lo suficiente como para asesinar al hombre que la había moldeado hasta las vísperas de la perfección misma… ayudaba.
Deja de mirar por mi reflejo. Está sucio.
Sí, ayudaba. Aquel parásito dejaba de beber sangre para beber de toda esa maldita ayuda.
Puede que no supiera quién diablos era, pero sí que dentro de poco, estaría escribiendo su nombre sobre un montón de tripas con el intestino del padre de Georgius escurriéndose de entre sus dedos.
Los ojos de Fausto ardieron, saboreando de nuevo aquella sensación de estar al borde de un abismo que manejaba otra persona (incluso la mediocridad de un sustantivo tan común inspiraba lástima cuando lo relacionaban con ese hijo de…). El olor del tabaco humeante se esparció en torno a sus recuerdos poco después de volver a atisbar a Georgius, esa vez al otro lado de aquella sonrisa diabólicamente hedonista que creía estar sirviéndose otra vez de esos despojos anímicos que tan incongruentes se hacían en el pecho del cazador… La rata de mayor tamaño y cruda carcasa se plantaba allí nuevamente, al lado de donde florecían las ramas resecas de Fausto para retorcerlas todavía más, creyendo que podría estimular más su podredumbre, igual que un padre orgulloso de que su hijo hubiera salido problemático. Pero… ¿De verdad se pensaría que la deformidad que consiguió hacerle continuaría en el mismo lugar donde la dejó?
Iluso. En su repugnante concisión de lo perfecta que era su existencia eterna. En su pútrida necesidad de creerse que todo lo que hacía era real. Mefistófeles, Belcebú, Jaldabaoth. Iluso. Desde el primer momento en que utilizó su cuerpo como lienzo.
Iluso.
No arrojó el cigarro, ése que nunca fumaba y que justo se había hecho de desear aquella misma tarde, como profeta virgen del reencuentro. Lo mantuvo atrapado entre la rabia ígnea de sus uñas en tanto no tardaba en llegar hasta donde Mefistófeles estaba. Ni siquiera había analizado con detenimiento a la muchacha de la que se estaba sirviendo, pero bastó con posar las pupilas en su color rojizo de pelo para que su pitillo temblara sólo un instante y después continuara con lo previsto.
La estaca rajó el aire muchísimo antes de pasar por la mejilla del vampiro y deslizar la hendidura de su herida con una precisión escalofriante, clavándose en la pared que quedaba detrás. Primera señal fuera de lo implícito que indicaba que aquella segunda vez no pensaba andarse con rodeos. Le traía sin cuidado lo que tuviera que decir o lo que hubiera descubierto o lo que hubiera diferenciado aquel día del resto para volver a acuchillarse con la mirada después de tanto tiempo.
Había evolucionado muy lejos de su vigilancia.
No esperes que haga una reseña de tus palabras o tus actos -habló en un tono propio de la caverna más erudita del subterráneo terrestre, al tiempo que redirigía el cigarro a sus labios y daba otra calada sin dejar de quemar a Mefistófeles con una mirada capaz de hundirse muchísimo más que cualquier estaca-. Pues rememorar el acontecimiento que nos une es más peligroso que todo lo que hayas necesitado para volver a vértelas con el que ahora regresa de entre tus propios restos a devorarte desde dentro.
Y aquel amante de noches sangrientas todavía no había empezado ni a asimilar de qué forma acabaría por convertirse en un punto débil suyo.
No de Fausto.
Suyo.
Bienvenido al hoyo que has cavado tú solo, demonio.

Fausto- Cazador Clase Alta

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DATOS DEL PERSONAJE
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Ocupación: Sicario de las sombras/Profesor de teología
Re: No me metió en una cárcel, sólo me enseñó los barrotes [Ciro]
El sonido más audible en la habitación casi en ruinas en la que nos encontrábamos era el del corazón de la demente pelirroja que, a mis pies, luchaba por salvar su vida, por aferrarse a un regalo inmerecido que alguien le había otorgado y que mi naturaleza poco generosa le había arrebatado para que sirviera a un fin mayor y mucho mejor: alimentarme, alargar mi propia no-vida y hacer que pudiera servir para un propósito mucho mejor que una existencia vacía... Llenar la mía, ¿cuál si no?
Fausto estaba de momento callado, aunque aquel silencio no significaba nada en absoluto viniendo de él, que tan pronto podía soltar una verborrea incesante y aburrida, tanto que de ser humano aún me habría dado un dolor de cabeza considerable, como podía callarse y pretender ser quien tenía el control de una situación que desde hacía ya unos años se le había salido de madre... sobre todo desde que había caído en mi trampa.
Qué sumamente fácil es atraer a un humano hacia lo desconocido, hacer que renuncie a lo frágil de una vida inventada, construida sobre unas bases que rechaza, y hundirlo aún más en su miseria; qué sencillo es destrozar una mente que, cuando llega a ti, ya está quebrada y sólo espera el golpe de gracia para hacerse mil pedazos, como un cristal agrietado que sólo pasa a ser fragmentos de lo que antaño era una única superficie... Así era Fausto cuando había llegado a mí.
Las mentes quebradas siempre me habían llamado la atención, y la suya en particular se había revelado como un interesante juguete con el que podría trastear hasta que me aburriera, momento que aún no había llegado. ¿Por qué, si no, creía que lo había conducido hasta Georgius? Sí, había sido yo quien los había acercado, de una manera tan sutil que ninguno lo sabría, mi antigua creación castigada por su humanidad porque reposaba en su tumba y Fausto porque yo no se lo diría, pero toda su vida desde que había acercado un pie hacia mi telaraña había dependido, en mayor o menor medida, de mí... Y pensaba seguir demostrándole que no iba a librarse de mí tan fácilmente.
Me necesitaba. Su vida no estaba completa sin alguien a quien detestar como lo hacía conmigo, un honor si alguien como él supusiera una amenaza de hecho hacia mí y si alguien pudiera comparárseme, y por mucho que atravesara derroteros como conocer la mente de una pelirroja demente y amenazara con algo sumamente hilarante, enamorarse de ella, iba a seguir manteniendo esa dependencia vital hacia mí... que no era mutua.
Nuestra relación era extraña, ese punto sí que iba a concederlo, pero no pasaba él de ser un simple objeto de mis maquinaciones, un juguete que me servía para matar las horas aburridas de la vida vampírica y nada más que eso ya que seguía siendo un humano más, uno que se creía algo más de lo que podía llegar nunca a ser y que no valía ni para entretener sin suponer, en sí mismo, más que una simple molestia porque mira que su ego era grande... ¿Tirarme a mí una estaca? Por el can, como decía Sócrates, ¿de qué clase de lugar se había escapado aquel muchacho?
No me había hecho daño, eso por descontado, pues como con todo lo que hacía se necesitaba mucho más que un gesto como aquel para causar una impresión duradera en mí o, siquiera, una herida que tardara algo más que un par de minutos en curarse ya que si bien mi proceso de cura no era tan rápido como el de otros vampiros, la edad había conseguido que se acelerara en sus posibilidades de una manera que sólo podía ser mía... Al igual que sólo yo podía ignorar sus palabras tanto como lo estaba haciendo, ya que me entraban por un oído y me salían por el otro sin causar en mi cabeza, el punto intermedio entre ambos receptores de sonido, mayor efecto que el zumbido de una mosca o el corazón de la pelirroja moribunda que estaba a nuestros pies... Pobre criatura, o al menos lo sería si me importara lo más mínimo.
Me llevé la mano a la mejilla y recogí la sangre que caía, apenas una gota que tenía la forma de las lágrimas que Fausto acabaría derramando por sus ojos al suplicarme clemencia, y me llevé a los labios, degustándola y simplemente apartándola de la superficie estrictamente clara, pura y fría que era mi piel, incorrupta por lo demás y tan perfecta como sólo yo mismo lo era... ¡Faltaría más!
– No te cansas de ser tan predecible, ¿no? Pero, claro, luego la fama me la llevo yo, luego quien no deja pasar aquel día de hace tanto tiempo es Mefistófeles mientras que Fausto ya ha avanzado... Si ni siquiera he dicho nada al respecto, por el amor del cielo, dame tiempo... o bueno, mejor tómatelo con calma, a fin de cuentas eres tú quien no tiene una eternidad por delante. – comenté, como quien habla del tiempo o del último lío del rey de España en un salón de la corte parisina o, sin ir tan lejos, en una de las callejuelas de aquella ciudad.
Negué con la cabeza y rápidamente cogí la estaca que había rozado mi piel y que había terminado por estamparse contra la pared en una prueba de cómo no quería matarme y mi certeza de que me necesitaba era tal... Lo hacía, quería detestarme para no sentirse vacío y para no darse cuenta de que su vida se encontraba, sin mí, tan vacía como la de la humana que estaba aún a mis pies y de la que no me había olvidado, ¿cómo hacerlo cuando su rostro era una copia casi exacta de la nueva obsesión de mi juguete, más cercana a un objeto de estudio que a una persona entendida como tal? Imposible.
Aquello, en sí mismo, era una ventaja considerable sobre las muchas que ya poseía sobre Fausto y que me podría ayudar a hundirlo aún más, por lo que aún con la estaca en la mano, un arma que se podría llegar a volver contra quien la había blandido contra mí en primer lugar, me dirigí hacia donde el cuerpo yaciente de la pelirroja estaba, más un bulto en el suelo que una auténtica figura, y sobre todo alguien que hizo que ignorara a Fausto durante unos agradables segundos... Porque, todo hay que decirlo, a veces mi juguete se ponía de un insoportable que daba ganas de matarlo y acabar con la potencial diversión que suponía.
Me agaché frente a la muchacha, cogí su cuerpo con una mano y lo giré para que me enfrentara, para que me mirara a la cara y para que después hiciera lo mismo con un Fausto al que tenía que recordarle a Éline Rimbaud ya que podrían haber pasado por hermanas gemelas a simple vista... Y aquel hecho no era para nada accesorio, no; era todo parte de mi intención de aprovecharme de aquel sentimiento, aquella debilidad que empezaba a nacer en él por mucho que la maquillara como interés científico, para hundirlo como se hundía en la batalla la espada en el corazón de un enemigo.
– ¿No te recuerda a nadie, Fausto? Tan pelirroja, con unos ojos tan azules y tan idos, casi como si estuviera hablando con un pájaro que sólo existe en la mente destrozada de una chica tan joven, tan pura, tan débil y, sobre todo, tan sumamente frágil que con un golpe puede ser eliminada y anulada... ¿No, no te dice nada, en serio? Quizá lo que tienes en mente es otra figura que pereció en tus brazos, como han sido tantas en tu búsqueda de mí lo mismo puede ser... – añadí, con tono absolutamente inocente, tan beatífico que, de haber sido presenciado por un cura, me habría canonizado inmediatamente, pero a la vez con una expresión tan divertida que rozaba lo macabro y que anulaba todo valor que mi tono de voz hubiera podido tener por muy buen actor que fuera y que, de hecho, era... al menos cuando quería.
– ¿Cómo te llamas, criatura? – pregunté a aquella joven, que me miraba casi sin verme, murmurando algo acerca de un arcángel o del mismo Lucifer, quién sabía... La mitología de la Biblia y del cristianismo en general era tan absurda que ni siquiera me esforzaba en aprendérmela o en prestarle atención.
– Éline... – murmuró como respuesta, impulsada por mí y por un poder que aprovechó su fragilidad mental para imitar hasta el tono desquiciado de la obsesión de Fausto...
Y, en aquel momento, todo sucedió muy rápidamente. El cuello de la joven se partió con un sonido sordo y fuerte; yo me levanté del suelo con velocidad inhumana y le clavé la estaca a Fausto en un brazo, alcanzando la pared e inmovilizándolo físicamente al tiempo que mi mirada, burlona, lo hacía, castigándolo por su osadía... O al menos permitiendo que se mantuviera en su lugar y no tratara de escalar al mío.
– Ahora dime, ¿cómo piensas devorarme desde dentro? Tengo franca curiosidad... ¿Vas a ser tan eficaz como lo fuiste para matar a Georgius, ya que tú mismo has sacado el tema, o has empeorado con los años? Ilumíname, maestro... – pregunté, con tono peligroso que se reforzaba al sujetarlo contra la pared en la que se encontraba, al menos su cuerpo, ya que de hecho tenía ganas de escuchar sus delirios trastornados... Siempre habían sido su mayos vis cómica.
Fausto estaba de momento callado, aunque aquel silencio no significaba nada en absoluto viniendo de él, que tan pronto podía soltar una verborrea incesante y aburrida, tanto que de ser humano aún me habría dado un dolor de cabeza considerable, como podía callarse y pretender ser quien tenía el control de una situación que desde hacía ya unos años se le había salido de madre... sobre todo desde que había caído en mi trampa.
Qué sumamente fácil es atraer a un humano hacia lo desconocido, hacer que renuncie a lo frágil de una vida inventada, construida sobre unas bases que rechaza, y hundirlo aún más en su miseria; qué sencillo es destrozar una mente que, cuando llega a ti, ya está quebrada y sólo espera el golpe de gracia para hacerse mil pedazos, como un cristal agrietado que sólo pasa a ser fragmentos de lo que antaño era una única superficie... Así era Fausto cuando había llegado a mí.
Las mentes quebradas siempre me habían llamado la atención, y la suya en particular se había revelado como un interesante juguete con el que podría trastear hasta que me aburriera, momento que aún no había llegado. ¿Por qué, si no, creía que lo había conducido hasta Georgius? Sí, había sido yo quien los había acercado, de una manera tan sutil que ninguno lo sabría, mi antigua creación castigada por su humanidad porque reposaba en su tumba y Fausto porque yo no se lo diría, pero toda su vida desde que había acercado un pie hacia mi telaraña había dependido, en mayor o menor medida, de mí... Y pensaba seguir demostrándole que no iba a librarse de mí tan fácilmente.
Me necesitaba. Su vida no estaba completa sin alguien a quien detestar como lo hacía conmigo, un honor si alguien como él supusiera una amenaza de hecho hacia mí y si alguien pudiera comparárseme, y por mucho que atravesara derroteros como conocer la mente de una pelirroja demente y amenazara con algo sumamente hilarante, enamorarse de ella, iba a seguir manteniendo esa dependencia vital hacia mí... que no era mutua.
Nuestra relación era extraña, ese punto sí que iba a concederlo, pero no pasaba él de ser un simple objeto de mis maquinaciones, un juguete que me servía para matar las horas aburridas de la vida vampírica y nada más que eso ya que seguía siendo un humano más, uno que se creía algo más de lo que podía llegar nunca a ser y que no valía ni para entretener sin suponer, en sí mismo, más que una simple molestia porque mira que su ego era grande... ¿Tirarme a mí una estaca? Por el can, como decía Sócrates, ¿de qué clase de lugar se había escapado aquel muchacho?
No me había hecho daño, eso por descontado, pues como con todo lo que hacía se necesitaba mucho más que un gesto como aquel para causar una impresión duradera en mí o, siquiera, una herida que tardara algo más que un par de minutos en curarse ya que si bien mi proceso de cura no era tan rápido como el de otros vampiros, la edad había conseguido que se acelerara en sus posibilidades de una manera que sólo podía ser mía... Al igual que sólo yo podía ignorar sus palabras tanto como lo estaba haciendo, ya que me entraban por un oído y me salían por el otro sin causar en mi cabeza, el punto intermedio entre ambos receptores de sonido, mayor efecto que el zumbido de una mosca o el corazón de la pelirroja moribunda que estaba a nuestros pies... Pobre criatura, o al menos lo sería si me importara lo más mínimo.
Me llevé la mano a la mejilla y recogí la sangre que caía, apenas una gota que tenía la forma de las lágrimas que Fausto acabaría derramando por sus ojos al suplicarme clemencia, y me llevé a los labios, degustándola y simplemente apartándola de la superficie estrictamente clara, pura y fría que era mi piel, incorrupta por lo demás y tan perfecta como sólo yo mismo lo era... ¡Faltaría más!
– No te cansas de ser tan predecible, ¿no? Pero, claro, luego la fama me la llevo yo, luego quien no deja pasar aquel día de hace tanto tiempo es Mefistófeles mientras que Fausto ya ha avanzado... Si ni siquiera he dicho nada al respecto, por el amor del cielo, dame tiempo... o bueno, mejor tómatelo con calma, a fin de cuentas eres tú quien no tiene una eternidad por delante. – comenté, como quien habla del tiempo o del último lío del rey de España en un salón de la corte parisina o, sin ir tan lejos, en una de las callejuelas de aquella ciudad.
Negué con la cabeza y rápidamente cogí la estaca que había rozado mi piel y que había terminado por estamparse contra la pared en una prueba de cómo no quería matarme y mi certeza de que me necesitaba era tal... Lo hacía, quería detestarme para no sentirse vacío y para no darse cuenta de que su vida se encontraba, sin mí, tan vacía como la de la humana que estaba aún a mis pies y de la que no me había olvidado, ¿cómo hacerlo cuando su rostro era una copia casi exacta de la nueva obsesión de mi juguete, más cercana a un objeto de estudio que a una persona entendida como tal? Imposible.
Aquello, en sí mismo, era una ventaja considerable sobre las muchas que ya poseía sobre Fausto y que me podría ayudar a hundirlo aún más, por lo que aún con la estaca en la mano, un arma que se podría llegar a volver contra quien la había blandido contra mí en primer lugar, me dirigí hacia donde el cuerpo yaciente de la pelirroja estaba, más un bulto en el suelo que una auténtica figura, y sobre todo alguien que hizo que ignorara a Fausto durante unos agradables segundos... Porque, todo hay que decirlo, a veces mi juguete se ponía de un insoportable que daba ganas de matarlo y acabar con la potencial diversión que suponía.
Me agaché frente a la muchacha, cogí su cuerpo con una mano y lo giré para que me enfrentara, para que me mirara a la cara y para que después hiciera lo mismo con un Fausto al que tenía que recordarle a Éline Rimbaud ya que podrían haber pasado por hermanas gemelas a simple vista... Y aquel hecho no era para nada accesorio, no; era todo parte de mi intención de aprovecharme de aquel sentimiento, aquella debilidad que empezaba a nacer en él por mucho que la maquillara como interés científico, para hundirlo como se hundía en la batalla la espada en el corazón de un enemigo.
– ¿No te recuerda a nadie, Fausto? Tan pelirroja, con unos ojos tan azules y tan idos, casi como si estuviera hablando con un pájaro que sólo existe en la mente destrozada de una chica tan joven, tan pura, tan débil y, sobre todo, tan sumamente frágil que con un golpe puede ser eliminada y anulada... ¿No, no te dice nada, en serio? Quizá lo que tienes en mente es otra figura que pereció en tus brazos, como han sido tantas en tu búsqueda de mí lo mismo puede ser... – añadí, con tono absolutamente inocente, tan beatífico que, de haber sido presenciado por un cura, me habría canonizado inmediatamente, pero a la vez con una expresión tan divertida que rozaba lo macabro y que anulaba todo valor que mi tono de voz hubiera podido tener por muy buen actor que fuera y que, de hecho, era... al menos cuando quería.
– ¿Cómo te llamas, criatura? – pregunté a aquella joven, que me miraba casi sin verme, murmurando algo acerca de un arcángel o del mismo Lucifer, quién sabía... La mitología de la Biblia y del cristianismo en general era tan absurda que ni siquiera me esforzaba en aprendérmela o en prestarle atención.
– Éline... – murmuró como respuesta, impulsada por mí y por un poder que aprovechó su fragilidad mental para imitar hasta el tono desquiciado de la obsesión de Fausto...
Y, en aquel momento, todo sucedió muy rápidamente. El cuello de la joven se partió con un sonido sordo y fuerte; yo me levanté del suelo con velocidad inhumana y le clavé la estaca a Fausto en un brazo, alcanzando la pared e inmovilizándolo físicamente al tiempo que mi mirada, burlona, lo hacía, castigándolo por su osadía... O al menos permitiendo que se mantuviera en su lugar y no tratara de escalar al mío.
– Ahora dime, ¿cómo piensas devorarme desde dentro? Tengo franca curiosidad... ¿Vas a ser tan eficaz como lo fuiste para matar a Georgius, ya que tú mismo has sacado el tema, o has empeorado con los años? Ilumíname, maestro... – pregunté, con tono peligroso que se reforzaba al sujetarlo contra la pared en la que se encontraba, al menos su cuerpo, ya que de hecho tenía ganas de escuchar sus delirios trastornados... Siempre habían sido su mayos vis cómica.

Ciro- Vampiro Clase Baja

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Fecha de inscripción: 04/06/2011
DATOS DEL PERSONAJE
Orientación Sexual: Heterosexual
Pareja Actual: Eso es una leyenda urbana, en realidad no existe.
Ocupación: Ser la definición gráfica de la perfección.
Re: No me metió en una cárcel, sólo me enseñó los barrotes [Ciro]
No pretendas ser todavía más de lo que ya eres, viejo. Eso sólo mundaniza cualquier perfección.
El cazador alemán no dejó de observar, en ningún instante, en ninguna escapada de su mirada, por febril que ésta fuera (falso, porque nada en él flaqueaba, mucho menos en un momento de tal calibre no sólo para la existencia en sí, sino para su propia trascendencia), cada uno de los actos, de las expresiones y de las respuestas -todas empaquetadas en una dos, hasta tres lecturas- que le ofrecía el enemigo de su cuerpo y de su alma.
Aquel tipejo definitivamente era sordo de nacimiento. O peor, de pura egolatría, pues que su reacción en aquellos jodidos instantes fuera no inmutarse ante lo que le decía no podía sino demostrarle que el único en evolucionar de los dos había sido Fausto. Por supuesto que el profesor de teología era otra muestra ambulante más de auténtica soberbia, de pura jactancia y asquerosa vanidad. No había nadie a su altura, no había nadie que pudiera aproximarse siquiera a lo que había visto y conocido y alcanzado. Su elitismo apestaba a kilómetros, sus habilidades se entremezclaban con su entorno hasta no dejar títere con cabeza y una de las cosas que le unían a ese segundo creador que ahora pretendía burlarse en su puñetera cara era la superioridad desmedida que les otorgaba el hecho de prestar tan mísera atención a las emociones humanas. Porque no, aquello no era cuestión de ver quién podría considerarse mejor que el otro. Demasiado aburrido para lo que se había ido gestando y se gestaba allí en medio.
Lo suyo, lo de Mefistófeles y lo de Fausto, quedaba enteramente aparte de cualquier otra piedrecita en el camino o peón insulso del resto de sus rutinas. A ese pillastre seguramente que no le había supuesto esfuerzo alguno destrozarle la vida y, aun así, tampoco borraba que ese hecho hubiera sido una excepción, una exclusividad de la que sólo aquel villano disponía. Y esa exclusividad SÍ podría ensalzar a una de las dos partes, a Mefistófeles, pero NO hundir a la otra, a Fausto. Y en eso fallaba su enemigo con aquel comportamiento: en que parecía creer lo último por encima de todo, y no... Porque cuando supo ser ‘el único’, ‘el exclusivo’, en manipularle y hacer que asesinara a Georgius para luego negarle la ambición que lo había provocado (ambición de Fausto y no de él), lo dejó con los despojos de su propia desgracia (desgracia de Fausto y no de él) y en el centro de un millar de caminos que tomar a continuación. Y, sin embargo, el cazador los ignoró todos y creó el suyo propio (de Fausto y no de él) hasta la actualidad. Por lo que seguir atribuyéndose méritos de algo que ya sólo restaba como deseos de venganza no podía llegar a ser más lamentable por parte del chupa-sangres.
¿Sencillo? ¿Simple? Lo que portaba la relación de ambos podría ser muchas cosas, pero ninguna de ellas respondía a semejante mundanidad en las definiciones. Si Mefistófeles de veras pensaba eso acerca de lo que iba a desatarse a partir del reencuentro, si realmente pensaba eso acerca de cuanto era él, habría llegado a hacer algo mucho peor que lo de su maestro: decepcionarle. Y desde luego, eso por merecer, ni siquiera empezaba a merecerse el respeto que sería adecuado para alguien de su evidente valía. Porque aquel demonio la tenía, por supuesto, no lo había negado ni lo negaría nunca porque el propio Fausto era la prueba y eso significaba negar a su vez más allá de lo que estaba dispuesto. Pero Fausto también era muchas otras cosas aparte de ‘su prueba’, muchas otras cosas que sólo habían salido de él mismo, antes y después de haberle conocido. Si aquel ego vampírico resultaba capaz de manchar de tal patética forma los anteojos de la realidad, no se iba a molestar en convertirse también en su pañuelo revelador. Si acaso, eso lo haría la muerte, incluso si aquel pedazo de carne infecta no la llegaba a conocer jamás. Mucho peor para su libertinaje de pacotilla, significaría que estaría condenado a vivir para siempre sobre los deshechos de su propia ignorancia, limitado de por no-vida a una venganza mucho más descarnada incluso que el honor de sangrar en los brazos del cazador.
Quizá una parte del humano dependiera de la enemistad que los soldaría hasta el último aliento, porque era imposible tapar el pasado y aquel vampiro era su único fantasma, pero jamás iba a dejarse arrollar por ello. Y Mefistófeles debía darse cuenta antes de que fuera demasiado tarde: el hecho de que no tuviera un mínimo de respeto hacia Fausto no suponía precisamente una ventaja.
Igual que la relación entre ellos dos era extraña, sumida por el profundo odio del alemán, la de Éline y él también lo era, más todavía si por primera vez empezaban a aflorar otro tipo de emociones parecidas a las que llegó a experimentar junto a Georgius. Sin embargo, las de Éline todavía se estaban generando en su interior y si bien conseguían aturdirlo -toda una proeza por parte de ella, viniendo de alguien que no parpadeaba a la hora de calcular cuánta muchedumbre había en una plaza con sólo un vistazo-, comparadas con lo que significaba volver a encontrarse frente al autor de su tatuaje, no tenían la suficiente fuerza. Aunque, con el teatrillo que le mostraba junto a aquella muchacha aleatoria e igualmente pelirroja y parecida a su nuevo libro de Ciencias, sí logró despertarle algo: el temor inconsciente, implícito, sepultado, indiscernible, de que todo se repitiera, de que ese jueguecito significaba que le había estado acechando en las sombras y que volvía a conocer algo que usar en su contra. No obstante, aquella forma de empezar a hacerlo le pareció verdaderamente mofante y no, de momento, el odio arraigado hacia Mefistófeles era mayor que el posible amor hacia Éline, de modo que eso no iba a resultar, de ninguna de las maneras. ¿Tan bien se le daba a ese hombre desprestigiarse con el ego tan cebado? Para Fausto y aparte de sí mismo, él era el único protagonista en esos momentos. Dudarlo resultaba una soberana idiotez, así que el otro ya podía ir guardándose sus aptitudes de maestro de ceremonias para un circo de retrasados mentales. No conseguían alterarlo.
Una y otra vez. Muestras de irrespetuosidad continuas. En fin…
Al igual que Mefistófeles con el corte que le había hecho Fausto, éste tampoco cambió un ápice su expresividad cuando mató a la chica y le clavó la estaca en el hombro para acorralarlo más descarnadamente contra la pared. El dolor físico no representaba absolutamente nada para él, menos aún con el de Mefistófeles contra el suyo y la certeza real de su rostro demoníaco a un palmo de distancia.
¿Y tú no te cansas de ser tan repetitivo?- suspiró con condescendencia, sin mostrar apenas diferencia de cómo hablaría, si todavía estuviera fumando tranquilamente- ¿O es que tu supuesta magnanimidad es tan escueta que tienes que volver a servirte de lo mismo? - El mayoritario silencio y la falta de verborrea con la que había estado respondiéndole escondían más importancia de la que la ceguera de auto-masturbación del vampiro parecía ser incapaz de relacionarle nunca- Craso error –en tanto deambulaba distraídamente la vista hacia el reciente cadáver y luego la depositaba en el cigarrillo que, tras el impacto, se le había caído y que continua desprendiendo fuego desde el suelo-. Pobres recursos.
Acto seguido, fue el cazador quien se valió del factor que ofrecía la inmediatez cuando placó a Mefistófeles en el pavimento, usando por primera vez su fuerza tal y como era y no con el preaviso inapetente del principio. Esa vez, quedó él encima inmovilizándole, mientras se desclavaba la estaca sin miramientos y le devolvía el dolor físico de manera objetivamente infalible: hundiéndosela a un costado con la técnica milenaria que se había usado desde los primeros chamanes sacrificadores, retorciéndosela hasta llegar a la frialdad de sus huesos muertos y dejando que parte de sus uñas entraran para alterar la carencia de vida que había en su organismo.
Sí, había aprendido cómo llegar a matarlo. Escribió eso a fuego lento sobre su carne, al mismo tiempo que respondía con pretendido retraso a la primera pregunta del maestro.
Ya estamos dentro de ti, demonio infernal.
Y no estaba hablando sólo literalmente.

Fausto- Cazador Clase Alta

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Localización: En tu cara de simio
DATOS DEL PERSONAJE
Orientación Sexual: Pansexual
Pareja Actual: El Diablo
Ocupación: Sicario de las sombras/Profesor de teología
Re: No me metió en una cárcel, sólo me enseñó los barrotes [Ciro]
Quizá de su boca, si dejaba que hablara el tiempo suficiente, podría salir algo más que mediocridad, ni siquiera dorada, y dejaba de contaminar el aire que nos rodeaba y que sólo le era necesario a él... Si lo pensaba era hasta contraproducente para sí mismo dejar que hablara, dado que todo lo que soltaba era tóxico por lo falso y vacío para su propia persona, pero siempre había tenido una vena masoquista mi juguete demasiado fuerte, lo suficiente para dejarse manipular... aunque no había tenido otra opción.
Volvíamos al tema de siempre, a su infinita inferioridad frente a mi superioridad en todos los campos, y sobre todo a esa parte de su enorme cabeza (en cuanto a tamaño, porque por el contenido era del tamaño de un guisante o un grano de maíz) que era incapaz de darse cuenta de una realidad muy clara: él había sido el perdedor, y yo el ganador, en una dinámica que se repetiría constantemente siempre y cuando su rival fuera yo, dado que con cualquier otro quizá podría saber lo que era la clemencia.
A mí, particularmente, no podían darme más igual sus ínfulas. Él podía creerse lo que quisiera, tanto que su historia con la pelirroja demente iba a salir bien (algo absurdo pero, ¡eh!, esa es parte de la vis cómica de Fausto a la que me refería, algo tan grotesco que en sí mismo resultaba hilarante, como la diversión de lo absurdo) como que tenía algo que hacer contra alguien que había decidido que uno de sus deportes preferidos era hundir su vida poco a poco, poco importaba.
El problema venía cuando sus cuentos, además de ser demasiado para su pobre mente, adquirían la suficiente fuerza para que los lanzaran a la cara de los demás, y por ahí sí que no pasaba. Lo que sucediera dentro de su cabeza no me importaba a no ser que pudiera ser algo con lo que poder destruirlo, y que me viniera con esas estupideces que, por otro lado, eran tan propias de alguien sin recursos me aburría, exactamente eso.
Nada de lo que pudiera hacer me sorprendía, en realidad. El truco con Fausto era acostumbrarte a que estaba loco y tenía una visión errónea de sí mismo, y si a esa mezcla la aderezabas con el odio irracional e injustificado que sentía por mí el resultado, él, era alguien tan predecible que incluso me costaba esfuerzo ahorrarme los bostezos, algo que probablemente interpretaría de manera también predecible y vuelta a empezar...
No, si encima luego se preguntaría por qué me divertía causarle dolor con lo aburrido que era de normal. Parecía esa clase de ex pareja que se muere de rabia por que lo hayáis dejado y quiere hacerte sentir ese dolor que tú no estás experimentando dado que la relación sólo te servía para cumplir tus objetivos: entretenerte. La situación era la misma, y Fausto quedaba en aquel momento como la mujer despechada cuya ira, sin embargo, era tan sumamente inútil que me daba lástima.
No pude evitarlo, me eché a reír. Pese a estar con una estaca clavada en el costado, con sus uñas incluso metidas en el interior de mi herida y con él en un intento de mantener su dignidad a un nivel razonable para alguien que en algún momento la había poseído, la situación se había vuelto tan surrealista que era inevitable, sobre todo porque era incapaz de ver a Fausto como una amenaza sino como alguien despechado y que vuelca su rabia sobre el objeto de su despecho, en aquel momento yo. La sola idea resultaba tan hilarante que mis carcajadas eran notables, hasta que terminaron y sólo el rastro de la risa quedó en mis labios y en mi mirada, testarudo.
– Casi había olvidado tus pretensiones, Fausto, y lo divertidas que podían llegar a resultar. ¿Te había dicho alguien alguna vez que la locura es algo que se pega? Aunque claro, teniendo una base como la tuya ni aunque te pegues a la pelirroja esa tuya va a acelerar un proceso que ya está sucediendo, así que... – comenté, indolente a más no poder y, a la vez, sincero a más no poder.
En su caso, sin embargo, no había alternativa posible. Si alguna vez había tenido juicio, cosa que dudaba muy mucho por el simple hecho de haberse aliado con alguien tan débil como Georgius y pese a haber tenido una obvia remontada al reconocer mi genio algo después, lo había perdido cuando había empezado a destruirlo por completo, y lo que quedaba de él eran los resquicios de un hombre vulgar que se esforzaba por escribir su nombre en la eternidad.
Fausto... La sola idea me daba ganas de echarme a reír otra vez, y era la razón por la que había elegido a Mefistófeles en primer lugar, ya que la mitología alemana a la que él parecía querer unirse podía volverse contra él de una manera tan dolorosa que había supuesto, en su caso, el golpe de gracia final para matar lo que quedaba de valor en él, apenas nada.
Se mostraba frente a mí con una vulgaridad pasmosa que se veía aún mejor en esos aires que se daba, en esas ilusiones suyas que portaba como bandera pese a que fueran más irrealizables que mi caída o que el sueño de la alquimia de convertir el plomo en oro, ¿y aún creía que iba a mostrar el más mínimo respeto por un juguete descalabrado que quería volverse contra su creador? El respeto es algo que se gana, y él lo único que había hecho durante toda su vulgar existencia había sido aplanar el camino que lo convertiría en un siervo, no en alguien digno de ser respetado... Una pena. Para él, claro.
Con aire aburrido, me aparté de él y saqué la estaca de mi costado, examinándola después. La talla era tosca a más no poder a los ojos de un vampiro, además experto en armas, e incluso para los ojos humanos podían verse las imperfecciones constantes, que sólo quedaban disimuladas por lo carmesí de mi sangre resbalando por la madera de una manera similar a la imaginería barroca, tan dramática como redundante en lo patético.
– Esto es un trabajo de aficionados hasta para ti, Fausto... ¿De verdad vas a tomarte tan pocas molestias a la hora de matarme? ¿En serio me vas a hacer el feo de ser tan poco profesional como se supone que un cazador aficionado tiene que serlo? ¡Por favor, esto es caer bajo hasta para ti! Y yo que aún confiaba en que no funcionaras con el mínimo esfuerzo para todo... Qué decepción. – comenté, momentos antes de lanzar la estaca contra la pared más cercana con tanta fuerza que la madera se astilló, la pared se agujereó, y la estaca quedó destrozada.
Negué con la cabeza y me crucé de brazos, con el mismo aire de un profesor que regaña a un alumno particularmente zopenco en un momento, y la sonrisa, esta vez pérfida, volvió a mis labios rápidamente, dibujándose como un látigo en mi rostro que permanecía fijo en Fausto, aunque a decir verdad no podía, de nuevo, darme más igual lo que intentara dado que no iba a matarme.
Dependía de mí, me necesitaba, y si quería seguir con su vida tenía que tener a alguien a quien odiar como me detestaba a mí, siendo mi pérdida lo suficiente para anular absolutamente todas las frágiles certezas sobre las que había construido su penosa existencia... Era clave para él, lo suficiente para que no pensara eliminarme, y mucho menos tan rápido, ya que pese a su falta de cordura (que, por otra parte, también estaba sobrevalorada dado que la racionalidad no llevaba a ningún lado...) ni él llegaría al extremo de perder algo que necesitaba como a respirar. Estábamos conectados... y eso permitía que mi diversión se prolongara mucho, muchísimo más que simplemente eso.
– Por cierto, vale que estés muy ocupado intentando matarme y esas cosas, pero que yo sepa devorarme implica o bien abrir la boca y empezar a tragarte mi carne y mi sangre o bien meterte en mis pensamientos, algo que no puedes hacer dado que ni siquiera sabes lo que se esconde debajo del yo que conoces... Aunque claro, de alguien que ni responde a la pregunta que le he hecho antes, ¿qué se puede esperar? – finalicé, poniendo los ojos en blanco y apartando la tela de la herida que me había hecho y que ya empezaría a cerrarse dentro de poco al tiempo que me acercaba a la pared para apoyar la espalda en ella, indolente.
No era, tampoco, como si tuviera prisa dado que no la tenía; de hecho, era consciente de que ambos nos tomaríamos todo el tiempo del mundo para intentar destrozar al otro, pero lo que él no sabía, mientras que yo sí, era que no podía ganarme, dado que me necesitaba mucho más de lo que yo lo necesitaba a él... Y, además, nadie es rival para mí, especialmente no él, así que ponernos a competir no puede tener lugar sin ser falaz por una razón sencilla: él nunca estaría a mi nivel.
Volvíamos al tema de siempre, a su infinita inferioridad frente a mi superioridad en todos los campos, y sobre todo a esa parte de su enorme cabeza (en cuanto a tamaño, porque por el contenido era del tamaño de un guisante o un grano de maíz) que era incapaz de darse cuenta de una realidad muy clara: él había sido el perdedor, y yo el ganador, en una dinámica que se repetiría constantemente siempre y cuando su rival fuera yo, dado que con cualquier otro quizá podría saber lo que era la clemencia.
A mí, particularmente, no podían darme más igual sus ínfulas. Él podía creerse lo que quisiera, tanto que su historia con la pelirroja demente iba a salir bien (algo absurdo pero, ¡eh!, esa es parte de la vis cómica de Fausto a la que me refería, algo tan grotesco que en sí mismo resultaba hilarante, como la diversión de lo absurdo) como que tenía algo que hacer contra alguien que había decidido que uno de sus deportes preferidos era hundir su vida poco a poco, poco importaba.
El problema venía cuando sus cuentos, además de ser demasiado para su pobre mente, adquirían la suficiente fuerza para que los lanzaran a la cara de los demás, y por ahí sí que no pasaba. Lo que sucediera dentro de su cabeza no me importaba a no ser que pudiera ser algo con lo que poder destruirlo, y que me viniera con esas estupideces que, por otro lado, eran tan propias de alguien sin recursos me aburría, exactamente eso.
Nada de lo que pudiera hacer me sorprendía, en realidad. El truco con Fausto era acostumbrarte a que estaba loco y tenía una visión errónea de sí mismo, y si a esa mezcla la aderezabas con el odio irracional e injustificado que sentía por mí el resultado, él, era alguien tan predecible que incluso me costaba esfuerzo ahorrarme los bostezos, algo que probablemente interpretaría de manera también predecible y vuelta a empezar...
No, si encima luego se preguntaría por qué me divertía causarle dolor con lo aburrido que era de normal. Parecía esa clase de ex pareja que se muere de rabia por que lo hayáis dejado y quiere hacerte sentir ese dolor que tú no estás experimentando dado que la relación sólo te servía para cumplir tus objetivos: entretenerte. La situación era la misma, y Fausto quedaba en aquel momento como la mujer despechada cuya ira, sin embargo, era tan sumamente inútil que me daba lástima.
No pude evitarlo, me eché a reír. Pese a estar con una estaca clavada en el costado, con sus uñas incluso metidas en el interior de mi herida y con él en un intento de mantener su dignidad a un nivel razonable para alguien que en algún momento la había poseído, la situación se había vuelto tan surrealista que era inevitable, sobre todo porque era incapaz de ver a Fausto como una amenaza sino como alguien despechado y que vuelca su rabia sobre el objeto de su despecho, en aquel momento yo. La sola idea resultaba tan hilarante que mis carcajadas eran notables, hasta que terminaron y sólo el rastro de la risa quedó en mis labios y en mi mirada, testarudo.
– Casi había olvidado tus pretensiones, Fausto, y lo divertidas que podían llegar a resultar. ¿Te había dicho alguien alguna vez que la locura es algo que se pega? Aunque claro, teniendo una base como la tuya ni aunque te pegues a la pelirroja esa tuya va a acelerar un proceso que ya está sucediendo, así que... – comenté, indolente a más no poder y, a la vez, sincero a más no poder.
En su caso, sin embargo, no había alternativa posible. Si alguna vez había tenido juicio, cosa que dudaba muy mucho por el simple hecho de haberse aliado con alguien tan débil como Georgius y pese a haber tenido una obvia remontada al reconocer mi genio algo después, lo había perdido cuando había empezado a destruirlo por completo, y lo que quedaba de él eran los resquicios de un hombre vulgar que se esforzaba por escribir su nombre en la eternidad.
Fausto... La sola idea me daba ganas de echarme a reír otra vez, y era la razón por la que había elegido a Mefistófeles en primer lugar, ya que la mitología alemana a la que él parecía querer unirse podía volverse contra él de una manera tan dolorosa que había supuesto, en su caso, el golpe de gracia final para matar lo que quedaba de valor en él, apenas nada.
Se mostraba frente a mí con una vulgaridad pasmosa que se veía aún mejor en esos aires que se daba, en esas ilusiones suyas que portaba como bandera pese a que fueran más irrealizables que mi caída o que el sueño de la alquimia de convertir el plomo en oro, ¿y aún creía que iba a mostrar el más mínimo respeto por un juguete descalabrado que quería volverse contra su creador? El respeto es algo que se gana, y él lo único que había hecho durante toda su vulgar existencia había sido aplanar el camino que lo convertiría en un siervo, no en alguien digno de ser respetado... Una pena. Para él, claro.
Con aire aburrido, me aparté de él y saqué la estaca de mi costado, examinándola después. La talla era tosca a más no poder a los ojos de un vampiro, además experto en armas, e incluso para los ojos humanos podían verse las imperfecciones constantes, que sólo quedaban disimuladas por lo carmesí de mi sangre resbalando por la madera de una manera similar a la imaginería barroca, tan dramática como redundante en lo patético.
– Esto es un trabajo de aficionados hasta para ti, Fausto... ¿De verdad vas a tomarte tan pocas molestias a la hora de matarme? ¿En serio me vas a hacer el feo de ser tan poco profesional como se supone que un cazador aficionado tiene que serlo? ¡Por favor, esto es caer bajo hasta para ti! Y yo que aún confiaba en que no funcionaras con el mínimo esfuerzo para todo... Qué decepción. – comenté, momentos antes de lanzar la estaca contra la pared más cercana con tanta fuerza que la madera se astilló, la pared se agujereó, y la estaca quedó destrozada.
Negué con la cabeza y me crucé de brazos, con el mismo aire de un profesor que regaña a un alumno particularmente zopenco en un momento, y la sonrisa, esta vez pérfida, volvió a mis labios rápidamente, dibujándose como un látigo en mi rostro que permanecía fijo en Fausto, aunque a decir verdad no podía, de nuevo, darme más igual lo que intentara dado que no iba a matarme.
Dependía de mí, me necesitaba, y si quería seguir con su vida tenía que tener a alguien a quien odiar como me detestaba a mí, siendo mi pérdida lo suficiente para anular absolutamente todas las frágiles certezas sobre las que había construido su penosa existencia... Era clave para él, lo suficiente para que no pensara eliminarme, y mucho menos tan rápido, ya que pese a su falta de cordura (que, por otra parte, también estaba sobrevalorada dado que la racionalidad no llevaba a ningún lado...) ni él llegaría al extremo de perder algo que necesitaba como a respirar. Estábamos conectados... y eso permitía que mi diversión se prolongara mucho, muchísimo más que simplemente eso.
– Por cierto, vale que estés muy ocupado intentando matarme y esas cosas, pero que yo sepa devorarme implica o bien abrir la boca y empezar a tragarte mi carne y mi sangre o bien meterte en mis pensamientos, algo que no puedes hacer dado que ni siquiera sabes lo que se esconde debajo del yo que conoces... Aunque claro, de alguien que ni responde a la pregunta que le he hecho antes, ¿qué se puede esperar? – finalicé, poniendo los ojos en blanco y apartando la tela de la herida que me había hecho y que ya empezaría a cerrarse dentro de poco al tiempo que me acercaba a la pared para apoyar la espalda en ella, indolente.
No era, tampoco, como si tuviera prisa dado que no la tenía; de hecho, era consciente de que ambos nos tomaríamos todo el tiempo del mundo para intentar destrozar al otro, pero lo que él no sabía, mientras que yo sí, era que no podía ganarme, dado que me necesitaba mucho más de lo que yo lo necesitaba a él... Y, además, nadie es rival para mí, especialmente no él, así que ponernos a competir no puede tener lugar sin ser falaz por una razón sencilla: él nunca estaría a mi nivel.

Ciro- Vampiro Clase Baja

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