Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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De cuanto sé de los eternos

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De cuanto sé de los eternos

Mensaje por Carolina Van de Valley el Miér Jul 04, 2012 3:09 pm

DE CUANTO SÉ DE LOS ETERNOS



"Salid, salid por todos los caminos,
Id a buscar a los que van errantes"
(Novalis, Cánticos espirituales)



Sabía yo que rebuscar en los armarios no era buena idea. Que cuando éstos tienen llave, cerrados deben quedar, que luego se encuentran pasados. Por eso los tenía yo, no sólo con llave, hasta con candados. Porque me daba miedo el pasado. mi pasado. Era una congoja indescriptible. "Pues vaya necedad", diréis algunos, "Si a lo que hay que tener miedo es al futuro". No, creédme: El pasado también duele.

Y quiso entonces la fortuna, por ser una mala pécora, regalarme un viaje a mi ayer, y que diesen mis manos con aquel cuaderno. Estaba tal y como lo recordaba: con sus bonitas tapas de piel vuelta y hojas de pergamino. Hasta conservaba la pluma de faisán con la que escribía en mis tiempos mozos, cuando nada de esto había pasado aún. Abrí la primera página, no sin cierto resquemor y desasosiego al principio, y fue como volver a estar allí, en Viena. Mi Viena amada de 1788.

"Recuerdo nuestra casa de campo a las afueras de la ciudad. Era una magnífica mansión adosada, construída a finales del siglo XVII por el abuelo de mi padre, Karl Van de Valley. La fachada era de piedra blanca, traída de las canteras alemanas, con dos columnas al frente. Los pequeños jardines que la rodeaban constituían un laberinto de ensueño, con fuentes y estatuas griegas, donde mis hermanos y yo jugábamos a los cuentos.

Recuerdo también cómo esperábamos con impaciencia a que llegasen los veranos (los fríos veranos austríacos) para que pudiésemos trasladarnos de la aburrida casa de la calle Hüfster hasta allí. Mis hermanos Franz, Hans, Clotilde, Lotte y yo nos poníamos frente a la ventana a esperar el coche de caballos que nos llevaría hasta nuestro lugar de fantasías. Éramos capaces de escuchar el traqueteo de los caballos mucho antes de que apareciese por la avenida adoquinada. ¡Ah, nuestra casa de campo! Espectador mudo de todos los acontecimientos relatados en este diario.

Sí. La casa de campo, en la campiña de Gumpoldskirche, a las afueras de la bulliciosa capital de la música. El piso de Hüfster. Lotten. Franz. Hans. Padre. Madre. Y Clotilde. ¡Mi dulce Clotilde! Cuán desgracia la suya.

¿Dónde estarían ya? Muertos, sin duda. Y yo mientras aquí, sin un sólo rayo de Sol. Sin él.
Entonces, e inesperadamente, agradecí a la ventura que me hubiese permitido encontrarme con esta reliquia. Al menos ellos vivirían por siempre en las páginas de este diario."




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Re: De cuanto sé de los eternos

Mensaje por Carolina Van de Valley el Miér Jul 04, 2012 11:48 pm

"Hubo un tiempo, ¿recuerdas?
Su memoria vivirá en nuestro pecho eternamente"
(Lord Byron, Hubo un tiempo)


Jueves, 26 de junio de 1788.
Casa de campo de los Van de Valley. Campiña de Gumpoldskirche, a las afueras de Viena


Siempre he creído en la fuerza de las palabras, en su grandeza. Las palabras, ¡qué bello instrumento! Pero con ellas también se podía herir, ¡oh, bien sé yo que sí! Sí, siempre he creído en el poder del verbo, pero nunca me había atrevido a emplearlo por mí misma de esta forma, quizá porque tenía más para mí que lo mío eran las notas. Pero fuera como fuese, aquí estoy yo, Carolina Van de Valley, escribiendo en un diario que me ha regalado Clotilde por mi decimoséptimo cumpleaños. El día: jueves, 26 de abril de 1788. Jueves. Qué día más extraño para empezar un diario.

Y escribo esto más bien por necesidad, porque no me queda otra que ahogar mis desvelos de manera escrita. "¿Y qué desvelos pueden ser esos?" Si tienes todo lo que quieres. No como el pobre Jósef. Ah, el pobre ruso. Pero no, no es suficiente. Y no quiero pecar de ingrata o ambiciosa (que la ambición, en su justa medida, es buena para el alma). No. El problema es que me falta algo, no sé qué es. Cuando se lo comenté a mi hermana Lotte, se rio.
"Claro que te falta algo. Un buen hombre, eso es", me lo dijo con ese acento alemán del medioeste, ese que se le había pegado de su marido. Nada que ver con el suave acento austríaco.

Sabía que Lotte no tenía razón. ¡El amor! ¿Qué era eso? A mí todavía no me había llegado, e incluso me siento extraña de pensarlo. Pero Lotte es así: para ella, todos los problemas se solucionan siempre con un buen marido.







Viernes, 27 de junio de 1788.
Casa de campo de los Van de Valley. Campiña de Gumpoldskirche, a las afueras de Viena


La sensación no se me va, pero intento acallarla. Mi hermana Clotilde me aconsejó que saliera a montar. Oh, sí, montar. Clotilde sí que sabía apaciguar almas inquietas. Me puse mi ropa de montar y acudí a las caballerizas. Allí aguardaba Jósef Stefanovski. Jósef había emigrado de Rusia con su familia hacía 20 años, más o menos. Antes incluso de que yo naciera ya estaba al servicio de mi familia. Según contaba, había sido zapatero en su país natal, pero los tributos que exigía el zar se hacía cada vez más altos para poder costearse sus guerras. Y para poder pagar sus deudas, Jósef tuvo que vender su zapatería, que había pertenecido a su padre, y al padre de su padre antes que él. Después vino a Austria y mi padre le ofreció un puesto. Aprendió rápido el oficio.
"Ah. Señorita Carolina. ¿Le ensillo a Dorada?"
"Si es tan amable, herr"

Dorada es mi yegüa predilecta. De grandes pezuñas y lomo ancho, con pelaje entre marrón y anaranjado. La yegüa marenga tiene raíces españolas, como mi familia (allá por los años del emperador Carlos). Pero lo que más me gusta de Dorada es que puede correr mucho. Correr, y correr, y correr...

He recorrido las lindes hasta llegar más allá del lago Schöllen, aquel donde nos bañamos cuando hace bueno. El agua a penas llega a los 15 grados, pero eso a los austríacos nos parece lo más caliente del mundo. He recorrido también los campos y sembradíos. Millares y millares de hectáreas de verde y dorado. Todo ello nuestro, de los Van de Valley.

Azucé a Dorada para que fuera más rápida, me he dejado llevar por la brisa, me he soltado las manos, y Dorada me condujo más allá de lo que ningún ave podría estarlo jamás. Arriba, arriba. Al cielo. Y ahora rio, por eso momentos en los que he olvidado la sensación extraña.

Pero ella no se quiere liberar de mí tan fácil. ¡Ay, misericordia! Nada más entrar en el vestíbulo de la mansión de campo, una inquina maltrecha se ha vuelto a apoderar de mí. Un desasosiego pernicioso, como si algo fatal estuviera a punto de suceder.



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Re: De cuanto sé de los eternos

Mensaje por Carolina Van de Valley el Vie Jul 06, 2012 10:06 pm

"No dejare mi memoria al destino que haga que olvide mi puerto y mi hogar"
(La leyenda del Holandés Errante, Tierra Santa)



Martes, 31 de junio de 1788
Casa de campo de los Van de Valley. Campiña de Gumpoldskirche, a las afueras de Viena


Algo no iba bien. Lo he sabido por sus caras. Ese rictus rígido de padre, la mandíbula tensa de Hans, la mirada huidiza de madre, y los labios fruncidos de Franz. Todos estaban reunidos en el despacho de padre, excepto Lotte, que ha partido a Alemania con su marido. Y Clotilde, ¿dónde estaba ella? Clo es, con diferencia, con la que mejor me entiendo, la que comparte mis desvelos, la que sueña conmigo, la que se entristece si me entristezco...Pero, ¿dónde estaba?
"Carolina, querida. Siéntate un momento"
Que me sentase, me ha dicho mi padre. Todos estaban de pie.

He hecho lo que me pedía y tomé asiento en uno de los sillones orejeros de estilo fernandino del despacho. Rara vez padre nos deja entrar ahí. La chimenea está apagada porque es verano, pero ojalá hubiese estado encendida para que quemase ese frío cortante que se hizo presa de la estancia.
"Es Clotilde, ¿verdad? Le pasa algo."
Mi hermana no estaba bien. De eso me he dado cuenta porque por las noches grita, sufre de fiebres y se retuerce en su cama. A veces se mareaba y tenía que estar una hora o dos sentada hasta que se le pasaba.
"Sí, hija. Escucha, tu hermana está enferma"
Me lo dejó caer como un cazo de agua hirviendo. Karl Sebastien II Van de Valley es así: directo como una flecha. No se anda con cursilerías ni adornos, quizá por culpa de su adiestramiento militar. Como capitán de los ejércitos del conde de Schwarzenberg no podía andarse por las ramas con sus hombres, y a veces hacía lo mismo con nosotros, su familia. Ya estábamos acostumbrados.

En ese momento, he sentido que me faltaba un poco el aliento.

"¿Enferma...?", logré murmurar como una idiota.
"En efecto, así es. Su hermana Clotilde está enferma. Ha caído presa de la octornomía. Una enfermedad del sistema nervioso, poco explorada todavía..." Hasta ese momento no había reparado en él: Herr Wilhem es el médico particular de la familia. Ha ayudado a madre con todos sus partos, y ha tratado nuestras enfermedades desde que éramos críos. Recuerdo una vez que vino a coserme un rasguño, en esta misma casa. Recuerdo su sedoso pecabello cobrizo. Pero ahora de ese cabello sólo hay canas. Las lustrosas patillas bien recortadas, la levita impecable y las gafas de media luna algo empañadas hacen de su aspecto un hombre sabio. LLevaba un maletín de piel forrada en la mano derecha.
"El maletín. Mira el maletín", pensé, "¡Qué preciosidad. Debería regalarle uno parecido a padre para su próximo cumpleaños"

Clotilde está enferma.

"Pero, ¿dónde está? ¿Puedo verla? Quiero verla" Me puse en pie velozmente y las faldas de mi pomposo vestido de satén hicieron el ruido suave que hace la tela al rozar con cualquier otra superficie.
"Clotilde está en cama y no conviene molestarla. Pero no te angusties, en cuanto despierte podrás ir a verla" Hans puso esa sonrisa conciliadora suya, que le da un brillo a su rostro, ya de por sí atractivo. Aún así, las palabras de mi hermano mayor no surtieron efecto. Yo seguía temblando.

Clotilde enferma. ¿Por qué, Dios santo, de todos ellos tenía que ser ella? ¿Por qué tenía ser Clotilde? Mi Clotilde. Mi hermana, guía y consejera. Preferiría morirme yo en su lugar. Soportaría más la pérdida de Lotte que de ella. ¡Pero qué cosas más horribles escribo! La conmoción me hace delirar.

Después de que herr Wilhem nos ha dado la noticia, ha tomado un coche de caballos de vuelta a la ciudad. El despacho de padre ha quedado solitario y todos se han retirado a sus aposentos. Hasta el servicio ha dejado de rondar por aquí. Yo mientras me entretengo en escribir este diario. He encendido la lamparita de queroseno que ilumina el salón de té. Tenemos un salón de té porque madre dice que eso es muy inglés, y todo lo inglés es elegante. Sólo utilizamos este salón para tomar el té, obviamente, pero a veces yo me recluyo aquí para leer o pensar.



He tenido que parar unos momentos de escribir porque alguien ha entrado. Ese alguien ha sido mi hermano Hans. Ha entrado con ese sigilo y discreción que tanto le caracteriza. Y ese porte regio que ha sacado de padre. Sigo pensando que Hans tiene un aspecto atractivo, y las patillas a lo francés le quedan muy bien y le redondean el rostro.
"Ah, estás aquí hermana", me ha dicho, "Sólo quería asegurarme de que te encontrabas bien. Sé lo unidas que estáis Clotilde y tú."

¡Ah, Hans! Mi Hans, siempre tan noble y caballero.
"Bueno estoy...No sé qué pensar", hice una pausa porque en verdad no me salen las palabras,"No quiero que muera, Hans" Hasta yo misma he notado mi voz quebrando.
"Shh...No se va a morir. No se va a morir" Ha repetido, quizá también para autoconvencerse él también. Después se ha aproximado a mí y me ha besado en la frente. ¡Ay, mi Hans! Él no vacila en dar muestras de cariño, al contrario que mi otro hermano; Franz se parece más a padre en ese aspecto.

Después se ha ido, y me he vuelto a quedar sola en el salón de té. De pronto, lo ostentoso de la habitación me ha abrumado, y las palabras ya no me colman.

Necesito música. Corcheas, bemoles, las, síes. Me marcho al salón central, donde está el piano de cola. Necesito música, las palabras no son suficientes.




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Re: De cuanto sé de los eternos

Mensaje por Carolina Van de Valley el Sáb Jul 07, 2012 1:45 pm

"Lo más necesario, difícil y principal en la música, es el tiempo."
(Wolfgang Amadeus Mozart)


Sábado, 7 de octubre de 1788
Casa de los Van de Valley. Calle Höfster. Centro de Viena


Hace mucho que no escribo. Nos hemos vuelto de la casa de campo hace menos un mes, a finales de septiembre. Al principio, padre y madre querían quedarse por no agravar el estado de Clotilde, pero ha sido ella misma la que ha insistido.

Efectivamente, Clotilde sigue igual. Ninguna mejoría. Se pasa el día en la cama con fiebres. Y lo que es peor, ha perdido completamente la visión.
Recuerdo el día en que pasó porque yo estaba con ella. De repente empezó a gritar. "¡No veo! ¡No veo! ¡Que alguien encienda una vela!", decía. Mandamos a Stefan, el hijo de Jósef, que hacía las veces de chico de los recados a buscar al Doktor Wilhem, pero éste había partido a Alemania a dar unas conferencias a la univesidad de Múnich. No regresó hasta tres semanas más tarde y confirmó lo que ya sabíamos.

Ahora Clotilde descansa en la planta de arriba. El piso de la calle Höfster no me gusta, prefiero la brisa de la campiña. En el piso se escuchan el ruido de los cascos de los caballos que atolondran mucho las calles, por no hablar de los vendedores de periódicos y los duelos a espada que de vez en cuando se presenciaban a altas horas de la madrugada. El bullicio de la ciudad.
"Señorita Carolina, su hermana la llama. Dice que suba a leerle un libro", me interrumpe Ernestine, nuestra dama de llaves, mientras escribo. Lo dejo de buena gana si es para hacerle compañía a Clotilde.




He intentado que no se me notase, pero a veces me es inevitable: no puedo verla así, tumbada en la cama, medio inmóvil y vacilante, con esos ojos anormalmente claros, vidriosos, que no miraban a nada en concreto. ¡Clotilde! Que siempre había sido la más vital, rebosante de alegrías, anhelos y sueños. Que siempre hablaba de los viajes que quería hacer, las cosas que quería visitar. El Vaticano, sede de nuestra fe católica; los canales venecianos; la abadía de Westminster en Inglaterra; la ciudad francesa de las luces...¡Ay, mi Clotilde! Con todo el dolor de mi corazón me temo que ya no podrás disfrutar de tales regalos.

Ya estaba anocheciendo cuando he subido a su cuarto.
"Clo, soy yo"
"¡Carolina! Te esperaba, ¿puedes coger el libro el libro que está encima de la pianola?"
"Claro", me apresuré al lugar. La pianola en la habitación de Clotilde hacía mucho que no se utilizaba. Perteneció a mi bisabuela Adelina Van de Valley, cuyo talento para las notas había sido muy notable en su época. Desde su muerte, no se ha vuelto a tocar. Yo practico con otro piano que hay en la casa.

"Sueño de una noche de verano", de William Shakespeare. Una de las obras preferidas de Clotilde. Es una edición actual de 1786. El título está grabado con una tipografía dorada de imprenta perfecta y elegante, con las cubiertas de cuero burdeos.
Encendí con cuidado una vela en la mesilla de noche. Me apoyé en el resquicio de la cama, con mi espalda apoyada en el dosel. He comenzado a leer justo por donde lo habíamos dejado la noche anterior, cuando los séquitos de Oberón y Titania entran a escena:

"OBERÓN: Que brille la casa con luz indecisa junto
a la lumbre medio apagada.
Cada duende y espíritu encantado
salte tan ligero como ave sobre zarzal.
Y siguiéndome después
canten y dancen alegremente.

TITANIA: Primero, repitan su cántico de memoria,
acompañando cada palabra con melodioso trino.
Mano en mano, con gracia hechicera,
cantaremos y bendeciremos este sitio."


Yo me esfuerzo por representar cada papel, modulando mi tono de voz, adaptando cada frase de los personajes, para que mi hermana pueda cerrar los ojos (¡ay, si para el caso era lo mismo!) e imaginárselo.
Pasaron unas cuantas horas así. Yo convertida en narradora de las andanzas de Teseo, Hipólita, Oberón y su reina. Pensaba que ya se estaba quedando dormida, pero entonces ha murmurado algo:
"Carolina, ¿podrías...? ¿crees que podrías tocar algo para mí?"
Yo he abierto mucho los ojos ante tal petición.
"Clo, sabes que la pianola no se ha tocado desde que la bisabuela Adela falleció. Además, es muy tarde y no creo que a padre y madre les hiciese gracia.", le he dicho. Pero ella ha insistido, y al final no me he podido negar.

Cerré las tapas del libro y me apresuré a la pianola. Padre siempre ha querido que sus hijas aprendiesen algo de música, como es la moda. Pero Clotilde nunca se ha visto con la tenacidad suficiente, y Lotte lo dejó cuando se casó.

Tomé asiento frente al instrumento y empecé a tocar una melodía que me sé de memoría. Es una canción popular vienesa. Me gusta mucho esa melodía porque es sencilla. Me gusta el sonido dulce que tiene su mi en la cuarta línea. Es una canción que me recuerda al revolotear de un hada, al caminar de un duende, a la grandeza de los ángeles.
Siento decirlo, querido diario, pero cuando toco música no siento necesidad de nada más. Las palabras a veces se me quedan pequeñas y necesito expresarme con un fa o un re. O quizá sea porque yo no tengo talento para las literaturas, y no consigo exprimir todo su potencial. Sea como sea, la música es la dueña de mi vida. Y en esos momentos no pensaba en otra cosa que en las finas líneas de pentagrama, en la delicadeza del sonido. La música es sedosa, ligera...En esos momentos, cuando toco, siento que no puedo amar a nadie más que no sea ella.

"Es preciosa. Tocas de maravilla", me ha dicho, "¿Alguna vez has pensado en dedicarte a la música?"
Me reí ante su ocurrencia.
"Sí, claro"
"¿Y por qué no?"
"Padre no me dejaría. Ya sabes cómo es. Como afición es correcto, pero, ¿profesionalmente?", hice una mueca que lo resumía todo.
"Pero padre no puede controlar tu vida"
¿Cómo que no? Él es el patriarca, por si no lo recuerdas. Él dicta las normas"
"Pero no maneja tus deseos, ni creencias, ni tu alma"
No he querido decir nada más. A veces creo que la enfermedad hace delirar a Clotilde.
"¿Has escuchado lo de ese niño?", volvió a preguntarme pasado un rato, "Cómo se llama..."
"El Pequeño Genio lo apodan"
"Creo que vive en Ringstrasse"
"Sí, cerca de la tía abuela Natalia. De hecho creo que ella es muy amiga de su familia", contesté.
"Yo no lo he escuchado nunca, pero apuesto a que tú tocas mil veces mejor"
He vuelto a reir. Aún así la envidio, envidio esa vitalidad tan característica suya, esa que nunca pierde.
"No digas bobadas", y he seguido tocando para ella hasta bien entrada la noche.



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Re: De cuanto sé de los eternos

Mensaje por Carolina Van de Valley el Miér Dic 12, 2012 12:04 pm

"I am done with my graceless heart
So tonight I'm gonna cut it out and then restart
Cause I like to keep my issues strong"
(Florence + The Machine, Shake it out)


Miércoles, 5 de noviembre de 1788
Casa de los Van de Valley. Calle Höfster. Centro de Viena


Sé que ha sido cosa de Clotilde. Ella ha ido a hablar con padre. Mi adorada hermana... Jamás podré compensarle lo suficiente. Estoy tan emocionada que no sé por dónde empezar con las palabras, pero como alguien dijo una vez "empezar por el principio es siempre la mejor opción".

Padre me ha llamado casi a primera hora de la mañana. Me ha dicho que tenía una sorpresa para mí, y yo no he dado crédito, porque padre no es un hombre al que le gusten las sorpresas; siempre tiene que tener todo pensado y estructurado, como el buen general que es. (¡Por Dios mediante! Todavía soy incapaz de creerlo del todo. Noto como me tiembla la mano mientras escribo las palabras). He bajado las escaleras con tanta celeridad que casi tropiezo. "Cuidado, señorita", me ha dicho Augustine, el ama de llaves.

He llegado al despacho de padre. Klaus Sebastian II Van de Valley estaba de espaldas a la puerta, contemplando algo a través del cristal. Con un puro en una mano y un vaso de coñac en la otra. Padre siempre bebe coñac, y últimamente, madre también. Creo que es por lo de Clotilde. LLevaba puesto su uniforme del ejército, porque rara vez se lo quita. La verdad es que le sienta muy bien.
Pero padre no estaba solo, pues en el despacho he podido aspirar otro aroma, no reconocible, que me ha llevado a otra figura dispuesta en la sala; más joven, más...loca. He podido oler su genialidad desde el dintel de la puerta.
"Ah, Carolina. Pasa, pasa. Te tengo que presentar a alguien", me ha dicho. Yo he entrado tímida porque padre nunca suele dejar entrar a nadie a su despacho, salvo en ocasiones especiales.
"Herr Mozart. Le presento a mi hija mediana: Carolina Diana Van de Valley"

Me ha presentado con orgullo, casi con...¿admiración? Yo no he querido dejar en mal lugar a padre y me he inclinado a saludar. Pero en mi mente sólo había un nombre (¡Y por Dios que aún sigue en mi cabeza!), el de Mozart. Padre lo había llamado herr Mozart. "El Pequeño Genio" Aunque de pequeño en verdad no tiene demasiado. Es más bien alto, o al menos, más alto que yo misma, si bien su rostro está marcado por una sonrisa infantil, necia... loca. La locura de la genialidad.
"Carolina. Te presento a tu nuevo profesor de piano, el señor Johannes Chrysostomus Wolfgangus Theophilus Mozart"

Se me ha cortado la respiración por un momento, y he querido deshacerme de ese corsé insufrible para volver a respirar, aunque bien sé yo que no era el corsé el que me ha hecho fallar los pulmones.
"Es... es todo un honor, Herr Mozart. Su fama le precede", he logrado balbucear. Y de repente me he sentido pequeña ante la grandeza de la figura que tenía delante.
"¡Ah! Herr Van de Valley, en verdad es su hija una mujer hermosa. ¡Como cual ninfa griega!", herr Mozart ha dejado escapar una risa. Crispada, desquiciada, única. Juro, por todos los años que llevo vividos, que nunca he escuchado una risa igual. Es la risa de un genio, sin duda, debe serlo.
"Bien. Carolina, el joven Mozart es un gran amigo de la tía abuela Natalia. Ahora mismo está instalado en Viena, y le he ofrecido de ejercer de profesor tuyo y darte clases dos días a la semana; los martes y jueves, a las 5. Supongo que te vendrá bien"
Tan impresionada estaba por la sorpresa que sólo he atinado a asentir con la cabeza a todo lo que padre decía.

Hemos estado un rato charlando con herr Mozart en el despacho de padre. El servicio nos ha traído té y pastas de Londres para degustación de nuestro invitado. Nunca podría haber imaginado lo curioso y particular de este personaje que sería mi instructor. Nos ha estado relatando las vivencias de su infancia en Salzburgo, los viajes con su padre y su hermana por todos los países inimaginables de Europa, cómo fue contratado por la corte para gusto de la realeza y aristocracia. Hacía ya ocho años que había sido despedido de su trabajo y se había instalado en Viena, nuestra hermosa ciudad. Cuánto más hablaba, más quería que no parase nunca. Aquel hombre... aquel hombre llevaba la música en las venas. He podido olerlo.

En cuanto Herr Mozart se ha marchado, he corrido a ver a Clotilde. Está como siempre; tumbada en la cama sin poder ver. Verla así me rompía el alma.
"Clo", la he llamado con voz suave, "Clo. No te puedes imaginar quién ha venido hoy a casa. No te puedes hacer una idea...". La emoción se ha dibujado en cada palabra que daba. Clotilde ha esbozado una sonrisa.
"Has sido tú, ¿verdad?", he comprendido, "Hablaste con Padre"
"No se ha podido negar a los designios de su hija enferma", ha murmurado, con un tinte divertido. Eso es lo que admiro más de Clotilde; su capacidad para no perder la alegría aún en situaciones espasmosas.
"Gracias, Clo. No sé cómo pagarte... Te debo..."
"Calla. Calla, Carolina y escucha. Sólo con que te conviertas en la mejor compositora de todos los tiempos en suficiente pago para mí"
"Ah. Entonces, casi nada". Las dos hemos reído. Me he acercado a su cama para retomar "El Sueño de una Noche de Verano" por donde lo habíamos dejado, y ahora me encuentro agotada. Hoy, sin duda, ha sido el comienzo de algo extraordinario.



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Re: De cuanto sé de los eternos

Mensaje por Carolina Van de Valley el Jue Ago 01, 2013 1:37 pm

En verdad, si no fuera por la música, habría más razones para volverse loco.
(Piotr Ilich Tchaikovski)



Miércoles, 5 de diciembre de 1788
Casa de los Van de Valley. Calle Höfster. Centro de Viena


Se acercan las navidades. Es la época del año preferida por Clotilde. Recuerdo cuando éramos más pequeñas, nos divertíamos dibujando ángeles de nieve en el jardín de nuestra casa de campo. Este año no podremos trasladarnos allí, así que nos quedaremos en Viena. En cualquier otra ocasión hubiera refunfuñado, pero hoy es un día especial. Hans vuelve victorioso de la batalla con Prusia. ¡Ardo en deseos de poder verlo! Seguro que está muy elegante, con su traje de almirante y su medalla al Buen Soldado.


También va a venir Lotte con su marido. El alemán no me cae demasiado en gracia, pero madre ha dicho que debo hacer un esfuerzo para que no se me note, que en eso consiste ser parte de la familia Van de Valley. Yo no he entendido mucho esas palabras, pero me dispuse a hacer lo que madre pedía, con tal de tener una velada agradable.

Augustine me llama para empezar a arreglarme para la cena. Querido diario, he dejarlo aquí por el momento.


_ _ _ _ _ _ _ _ _ _


No puedo entender cómo Lotte se ha casado con un ser tan despreciable como herr Köhler. He intentado mantener la calma, tal como madre me ha dicho, ¡pero ha sido imposible! ¡Todavía estoy temblando de rabia, así que no te extrañe, querido diario, que estas líneas salgan más temblorosas que el resto! ¡Maldito canalla vil y rastrero! Pero será mejor que me serene si quiero relatar bien lo que ha ocurrido esta noche.

Lotte ha llegado la primera. La he notado más feliz que de costumbre. Yo pensé que se había comprado unos zapatos nuevos, o le habían traído algún tocado procedente de París, pero el secreto era otro. A su lado, herr Köhler iba elegantemente ataviado con una levita púrpura que hacía juego con el corpiño de mi hermana. El cabello negro peinado hacia atrás y fijado con brillantina. El bigote perfectamente recortado. Camina siempre recto, erguido, pero en aquellos momentos, más todavía. ¡Casi parecía que se iba a doblar! Reí disimuladamente ante esa observación, a lo que madre se dio cuenta y me hizo callar con una sola mirada. Esperamos a Hans, que no se retrasó demasiado. Se había cortado las patillas y ahora su rostro parecía un poco más alargado, pero aún así, seguía teniendo ese ángel que a todas las muchachitas de Viena volvía locas.

Una vez todos en la mesa, dejamos un hueco honorario para Clotilde. Ella no ha bajado a cenar, porque últimamente le cuesta mover las piernas. Aquello, como es lógico, no le gusta nada a padre, y ha concertado una cita para después de Pascua con el Doktor Wilhem.

Los platos han estado deliciosos. Se nota que Fraulein Breuer es una excelente cocinera además de persona. Sin embargo, al marido de mi hermana no le ha parecido suficiente. Se ha sentado al lado de Franz, con el que parece congeniar bastante. Comparten visiones parecidas en cuanto ha política exterior, o eso es lo que siempre dice Franz. ”Herr Köhler es un verdadero visionario, padre. Hombres así harían falta entre los Hasburgo”. Hans, por otro lado, rueda los ojos cada vez que escucha a Franz hablar así. ¡Siempre han sido tan diferentes! Empezando por el físico. Mi hermano Franz es atractivo también, pero tiene las facciones más duras y es más serio. Tal como padre. Sin duda, nadie puede discutir que son padre e hijo. Hans es más dulce y cálido, hasta sus rasgos lo son.

Después de una animosa charla sobre la nueva ópera francesa que estaban representando en la Staatsoper, Herr Köhler me ha mirado y me ha preguntado:
”Me ha dicho tu padre que estás dando clases de piano con el señor Wolfgang Amadeus Mozart”
Yo he asentido, visiblemente emocionada.
”Así es, herr. Llevamos sólo un mes de clases. Pero es un gran profesional”
”Mucho dinero para sólo un pasatiempo, ¿no lo crees, Karl?”, ha dicho, desviando la mirada de mí hacia padre.
”Bueno, son sólo caprichos de adolescente. Pero tampoco veo mal que la niña se aficione a la música. Es algo sano”
Yo he observado el intercambio de palabras, muda de impresión. ¿Afición? ¿Pasatiempo?
”Tengo la intención de convertirme en compositora. Quiero vivir de la música”, he replicado, con un tono más atrevido de lo que debiera, pero me ha dado lo mismo.
Herr Köhler se ha reído, Lotte y Franz con él. Padre no ha dicho nada y madre me ha lanzando otra de sus miradas reprobatorias por mis palabras insolentes. Hans ha sido el único que se ha puesto de mi lado.
”Pues yo creo que Carolina tiene un gran talento. Y con un maestro tan excelente como es Herr Mozart, no dudo de que algún día podrá convertirse en una gran compositora o copista”
Le he agradecido sus palabras con una sonrisa. ¡Ay, mi Hans! ¡Mi caballero andante! ¿Por qué he de necesitar yo un marido teniendo como tenía a un hermano maravilloso como lo era él?
”Sí, bueno... Hay gente que pone en duda la magnificencia del Pequeño Genio. Según dicen, está un poco ido. Salieri lo acusa de plagio...”
”Eso son calumnias difamatorias. Yo conozco a Herr Mozart, y sé de su genialidad”, he sentenciado, sin importarme esta vez de las miradas de madre. Herr Köhler ha vuelto a reír, como no queriendo dar solicitud a mis palabras. Yo me he pasado el resto de la cena refunfuñando hasta que Lotte se ha levantado de la silla para anunciar algo:
”Atención, familia Van de Valley. Tengo... Bueno, Herbert y yo tenemos algo importante que deciros”, una sonrisa ha iluminado su bello rostro. Desde que se casó, Lotte está más radiante porque se compra cosméticos venidos desde Francia, ”¡Herbert y yo estamos esperando nuestro primero hijo”, ha dicho sin poder contenerse, y se ha llevado las manos a su tripa. Madre ha estallado en lágrimas de emoción, padre ha sonreído. Hans se ha acercado a abrazar a nuestra hermana y Franz le ha dado la mano a Herbert. A partir de ahí, la noticia se ha convertido en el único tema de conversación hasta el postre. Yo he comido la tarta de avellanas de Fraulein Beuer sin decir nada, todavía molesta por los comentarios de antes. Luego, me he retirado a mi cuarto compartido con Clotilde. Mi hermana ya está durmiendo, se la ve tranquila. Unos suaves golpeteos en la puerta me han comunicado la llegada de Hans.
”¿Hermana? ¿estás dormida?”
”Todavía no. Pasa, Hans”, he dicho entre susurros.
”Sólo quería decirte que no merece la pena enfadarse por eso, ¿sabes?”
”No estoy enfadada”, he mentido.
”No es verdad. No has vuelto a abrir la boca en toda la cena desde que Herbert ha hecho esos comentarios”
A Hans no le puedo mentir. Eso es así.
”Bueno, pues sí. Estoy enfadada. Estoy enfadada porque siento que nadie me apoya. Porque todos me tratan como una niñita tonta, como si esto de la música fuese sólo una manía de chiquilla enrabietada, que quiere demostrar algo, pero que luego se le pasará, y entrará en razón, y se casará, e irá anunciando nacimientos en las cenas de navidad. Pero, ¿sabes qué, Hans? Yo no quiero eso. Sueño con pianos, con violines, con teatros. Sueño con poder decir algo a través de la música. Con contar historias, mi historia, la de Clotilde, con notas, con síes y faes. Sueño conque Clotilde se pueda curar, para que pueda verme subida algún día en un estrado, dirigiendo una ópera o un ballet, de esos que le gustan a ella. Sueño con no decepcionarla. Y no decepcionarme a mí misma”

Hans no ha dicho nada después de mi perorata. Seguro que se ha quedado atónito, porque no he parado para respirar en todo ese tiempo. Ha sido la primera vez que le contaba eso a alguien que no fuera Clotilde. Desvestir el alma no es algo que se me de bien si no es con música. Hans ha sonreído. Siempre está sonriendo. De hecho, tiene la sonrisa más bonita del mundo, con los dientes blancos, perfectos. Me atrajo hacia sí y me abrazó. Luego me ha dado un sonoro beso en la frente.
”Ay, hermanita. Delirios de grandeza son los que tienes”, ha dicho riendose, ”Pero, ¿sabes qué? Podrás hacerlo. Lo vas a hacer. Tienes fuego dentro. La intensidad con las que has pronunciado esas palabras, esa fuerza, será la que te lleve a donde quieres. No la pierdas, hermana mía. No la pierdas...”



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Re: De cuanto sé de los eternos

Mensaje por Carolina Van de Valley el Sáb Nov 30, 2013 11:13 pm

"El arte de la música es el que más cercano se halla de las lágrimas y los recuerdos."
(Oscar Wilde)

Domingo, 9 de diciembre de 1788
Casa de los Van de Valley. Calle Höfster. Centro de Viena

Hoy ha sido un día glorioso. Ni tan si quiera la presencia de Köhler, el marido de Lotte, ha sido capaz de estropearlo. Y todo gracias a él; herr Mozart. Parezca que con su mera presencia cubriese la sala de aroma a talento. Claro que creo que sólo unos pocos en la familia hemos sido capaces de apreciarlo. Pero he de ser clara. Voy a comenzar por el principio.

Se acerca la Navidad y, como es de uso en la casa de los Van de Valley, padre suele invitar a amigos suyos, personalidades de Hasburgo. Lo que no podía esperarme, ni en mil años, era la presencia también del maestro Mozart. Con su risa desquiciada y su peluca mal colocada ha estado tocando para amenizar la velada. ¡Hasta Clo ha bajado al salón para oírlo! Madre ha traído pastas francesas y whiskey inglés para ofrecer a los invitados, pero herr Mozart no las ha probado porque dice que "le prometió al ángel de música que no probaría alcohol esta noche". No sé que han significado esas palabras, pero yo no he podido evitar soltar una tímida carcajada. Tal vez padre y Franz tengan razón y esté un poco loco, pero, ¿cómo no estarlo si a todas horas los ángeles de Dios le susurran melodía celestial para plasmarla?

Mientras padre se ha puesto a hablar con sus invitados, y Clo estaba charlando con Hans, herr Mozart se ha apartado de la pianola y se ha acercado a mí.
"Un bonito salón de té", ha comentado, con las manos hacia atrás y balanceando los pies.
"Gracias. Mi señora madre lo tiene acondicionado a la manera británica"
"Jum, jum, jum. Ya veo, ya veo... Bonitos adornos navideños, sí"ha repuesto, despistado.
"Ha tocado muy bien hoy, herr", le he dicho, para cambiar de tema.
"¡Sí, já! Belzebú me ha susurrado una estrofa, pero no me ha gustado demasiado. Así que he tocado otra", ríe con soltura, provocando que otros se dieran la vuelta.

Sostuve una sonrisa. A mucha gente le da miedo herr Mozart. A mi señora madre, por ejemplo; dice que es un lunático majareta. A otra gente le causa desdén, como a Lotte y a su marido, y no se toman en serio su música. Pero claro, ¿qué sabrán ellos de música?

A mí me provoca ternura y simpatía. Entiendo su humor excéntrico y sus gestos estrambóticos. Es el ser más especial que conozco. Muchas veces herr Mozart me dice que pocas personas pueden llegar a compartir un vínculo tan único como el nuestro. La música, sin duda. La música ha de ser...

"Jum, jum... Señorita Carolina, ¿le resultaría grato si le propongo hacer un dueto a cuatro manos?", me ha pedido, con un tono resabidillo con el que al principio no sabía si se estaba hablando en serio o en broma. He notado como me ha dado un vuelco el corazón en esos momentos. ¡Un dueto! ¡Con herr Mozart! Todavía pienso que no fue más que un sueño.

"¡Claro! Me encantaría", he respondido emocionada.
Me he acercado al piano, pero de pronto, él ha tomado mi muñeca para frenarme.
"No, aquí no, Carolina", me susurra. Yo me he turbado, entendiendo lo que me quería decir.

Hemos escapado de la recepción sin que nadie nos viera, y hemos reído, como dos enamorados. Cualquiera, de hecho, podría pensar eso. Y se equivocaría. Se equivocaría irremediablemente, porque lo que tenemos herr Mozart y yo supera con mucho algo tan banal como el amor carnal.


La vieja pianola de la bisabuela Adela seguía en el mismo lugar.
"Qué triste está", ha susurrado Mozart, acariciando las teclas. Y yo he sentido sus caricias también a través de ellas.

Hemos estado tocando. Bajito pero fuerte, apenado pero alegre, ágil pero pausado. ¡Con Mozart todo eso es posible! Y, de pronto, más fuerte, más fuerte. Hasta que nos han sangrado los dedos. Más rápido, más rápido. Hasta que nos ha sangrado el alma. He escuchado sus gemidos, los de Mozart, mientras nuestras manos se perdían en la difusa marea de notas de marfil.
"Sigue así. Muy bien, muy bien. Así, querida. Ahora, más rápido. ¡Allegro, allegro!"

Y yo he seguido allegro, allegro, luchando por alcanzar el ritmo frenético de herr Mozart. Los dedos me estaban temblando, pero hubiera seguido así hasta el fin de los tiempos. He notado como mi espalda se arqueaba cuando hemos pasado un Re bemol especialmente complicado, y mis pupilas se dilataban, presas del staccato. Y mis cabellos se han erizado.

"Muy bien. Eso eso es. ¡Más, más!", continuaba él, moviendo la cabeza de manera desenfrenada, sin apartar los ojos de las teclas de marfil. Sudoroso y bello. Sí. Bello. Porque cuando Mozart toca música es lo más hermoso que existe. Ni Dios, ni los ángeles, ni los santos. Nada se puede comparar a esa criatura haciendo música. Y me la hacía a mi. Para mi, aquella noche.

Nuestras manos, hábiles, no se han rozado en ningún momento, pero aún así he sentido el contacto de su cuerpo. No. De su cuerpo no; de su alma. Ésa, ésa era el alma de Wolfgang Amadeus Mozart, y, durante aquellos momentos, era mía.

Cuando hemos alcanzado el culmen de la sinfonía he sentido algo removiéndose en mi estómago. Extenuados ambos, jadeantes, hemos luchado para recuperar el aliento. Y entonces ha sido cuando él me ha susurrado al oído las palabras más hermosas que he escuchado jamás. Aquellas que, juro por Dios, nunca, nunca, nunca se me van a olvidar:
"Ah...", ha musitado, todavía presa del éxtasis musical que hemos vivido, "...Ah, Carolina. En verdad, eres música."



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Re: De cuanto sé de los eternos

Mensaje por Carolina Van de Valley el Dom Dic 29, 2013 8:54 pm

Sábado, 25 de diciembre de 1788
Casa de los Van de Valley. Calle Höfster. Centro de Viena


"Ni una inteligencia sublime, ni una gran imaginación, ni las dos cosas juntas forman el genio; amor, eso es el alma del genio."
(Wolfgang Amadeus Mozart)

¡Hoy ha sido un día maravilloso! Ninguno hemos podido resistir hasta después de desayunar para abrir nuestros regalos. Hace unos días decoramos el árbol de navidad entre Hans, madre y yo. Hasta Clotilde participó un poco. Ella ya está mejor, a pesar del mal que sufre en los ojos. Yo le he regalado a Clo una peineta, parecida a las que se llevan en España, y le he dicho lo guapa y bonita que va con ella. La sorpresa ha venido de la mano de mi hermano Hans. Tan hermoso como siempre, con su cabello color miel y sus patillas perfectamente rasuradas. Él ha traído una alegría a toda la casa: herr Völsvein. ¡Es el mono más simpático y juguetón de todos! Padre ha montado en cólera, claro, aludiendo que cómo se le había ocurrido haber comprado un animal tan caro y exótico. Pero luego, hasta él mismo se ha reído con los trucos de herr Völsvein.
Después de la comida, mientras madre se ha retirado a descansar y padre y Franz han salido con el marido de Lotte de caza, el resto de los hermanos hemos salido a pasear un rato por el Augarten. El Augarten es uno de los parques más bonitos de toda Viena. Parece un trozo de bosque en medio de todo el bullicio de la ciudad. Clo iba muy animada conversando con Hans, que actuaba de lazarillo. Mientras que Lotte y yo nos hemos quedado un poco rezagadas. Aunque Lotte y yo hemos tenido nuestras desavenencias en tiempos pasados, hoy estaba extrañamente animosa y cordial conmigo. Cuando no estaba con Köhler estaba más radiante. Lotte es muy guapa ya de por sí, muchos la comparan en belleza con la mismísima archiduquesa María Cristina. En verdad, Lotte no tiene nada que envidiarle. De pómulos rosados, labios carnosos y nariz respingona. Creo que se llevó toda la belleza de la familia junto con Hans, y cuando no lleva ningún tocado o ninguna peluca, su cabello rubio platino casi blanco cae en cascadas onduladas por su espalda. El embarazo todavía no se le nota, y estaba muy bonita esta tarde con el vestido de volantes rosa palo. Empezamos a hablar de mis clases de piano con herr Mozart. Un tema del que siempre estoy dispuesta a hablar, aunque tenía miedo de que ella fuera a reírse.
“Me han dicho que en verdad tienes talento, Carolina. Pero debe ser muy complicado llegar hasta el nivel que exige alguien como herr Mozart, ¿no es así?”, me preguntó, con el abanico resonando contra su pecho.
“Bueno, es exigente en verdad. Pero yo lo prefiero así. Hace que saque todo lo mejor de mi”
“Ya veo, ya veo…” ha murmurado, cantarina. Yo en seguida le he visto las maquinaciones y he fruncido el ceño.
“¿Qué quieres preguntar en realidad, Lotte?”
“¡Oh! Nada, querida. Tan sólo que… bueno… Somos hermanas, ¿no? Y creo que estaría bien que le contaras tus cosas a tu hermana mayor. Ya sabes, quizá podría darte algunos consejos”, guiñó un ojo. Yo he seguido sin entender.
“No sé qué quier…”
“Venga, Carolina. No finjas conmigo. Además…”murmuró, esta vez más bajo, “Vi como os marchabais los dos juntos el otro día en la velada. Parecíais muy compenetrados. Reconozco que creo que es un poco mayor, pero si es así cómo te gustan… Seríais discretos, ¿no? Mamá es bastante estricta con esas cosas, ya sabes, pero bueno, ¡los tiempos cambias y…!”
“¿Qué?”grité cuando me di cuenta de lo que Lotte estaba insinuando, roja de la vergüenza, “¡No, no! Estás equivocada. Entre herr Mozart y yo no hay nada. Sólo lo admiro como artista pero...”
Me he pasado el resto de la tarde tratando de disuadir a Lotte de su estrafalaria idea, y sobre todo, que no le fuera con la historia a padre y madre. Ella ha jurado que no diría nada, pero no parecía muy convencida de mis intentos por tratar de sacarla de su error. Lo último que ha dicho al final ha sido un:
“¡Oh! Pues yo diría que te miraba con un brillo especial en los ojos”

Cuando hemos vuelto a casa, nos auguraba otra sorpresa. O más bien, me auguraba otra sorpresa. Franz, Köhler y padre habían vuelto ya de cazar. Franz se ha acercado a mí y me ha tendido un regalo envuelto.
“Lo han traído hace un rato para ti, hermana”
”Parece que San Nicolás anda despistado este año”, he oído a Hans murmurar.
Lo he abierto con emoción, mientras todos aguardaban expectantes a ver qué era. Mis manos han temblado cuando han sacado de un cilindro de marfil un papel de partitura, suave al tacto y a mis ojos, con las notas perdidas y compuestas con un arte y una armonía como sólo él podía crearlas. Ha venido acompañado por una pequeña nota. Todos me han pedido que lea lo que ponía en voz alta, yo así lo hecho. ”Serenata Nocturna”. “La compuse para ti. Me recuerdas a ella”.
Por un momento me he quedado sin respiración. Y, de fondo, sólo he podido escuchar la fina risita de Lotte.




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Re: De cuanto sé de los eternos

Mensaje por Carolina Van de Valley el Lun Jun 23, 2014 10:05 pm

Martes, 6 de junio de 1789
Casa de campo de los Van de Valley. Campiña de Gumpoldskirche, a las afueras de Viena


"White lips, pale face
Breathing in snowflakes
Burnt lungs, sour taste"

                       (The A Team, Ed Sheeran)



Llevo varios meses sin escribir, y no ha sido por falta de ganas, más bien de tiempo. Después de la Pascua todo se sucedió muy rápido. Escribo estas líneas en el jardín de la casa de campo. Los colores de la tarde han sumido Gumpoldskirche en una tranquilidad tal que casi parece irreal todo lo que me rodea. Los cálidos rayos del sol son mis velas ahora.

Ahora lo recuerdo y pienso que es mejor así. Para todos, pero en especial para Clotilde. Me he jurado –y le juré a ella también- que iba a recordarla con su vitalidad y sus ganas de vivir. Su espíritu romántico de aventura jamás me va a dejar. Pues bien, ahora, Clo, te vas a embarcar en la mayor aventura de todas. Pero, ¿para qué engañarme a mi misma? La muerte es horrible, y no logro comprenderla. ¿Cómo se puede pasar de un estado a otro en cuestión de meses, días, algunos minutos? Ella estaba conmigo y ahora ya no. Qué fragilidad la del ser humano. Ojalá pudiera hacer algo para impedirlo. Pero es imposible, ¿quién tiene tamaño poder? La religión ya no es un consuelo para mí, aunque parece serlo para madre. Padre lo lleva en el más absoluto mutismo, como Franz. Lotte hace tiempo que partió de nuevo a Alemania con su odioso marido. Hans es el único consuelo que me queda ahora. Nos apoyamos como podemos, aunque eso pronto acabará también, pues lo han llamado de la capital para terminar su instrucción militar. Todavía no entiendo cómo una persona tan buena y gentil como él puede entregarse a un sistema tan burdo y matemático como el militar. Parece que hay muchas cosas que no entiendo últimamente.

Hoy he ido a cabalgar con Dorada un rato. Eso siempre me ha servido para calmar mis pensamientos. Nos hemos acercado al lago, donde mis hermanos (a excepción de Franz) y yo solíamos jugar a piratas y bosques encantados. Allí estaba también Hans, tan elegante como siempre, con sus patillas perfectamente recortadas, su cabello castaño claro peinado hacia un lado, y su traje de montar. Se ha dejado barba a lo short boxed, como la llevan los franceses, aunque cuando vuelva a Viena tendrá que rasurársela.

”Carolina, guten Tag”
”Guten Tag, hermano. ¿Admirando el panorama?”
”El verano en Gumpoldskirche es muy hermoso”, me ha dicho. He desmontando del caballo y me he acercado a su lado. Dorada se ha quedado en la orilla del lago pastando apaciblemente.
”Es cierto. Me encanta el olor de las edelweiss que plantó madre el verano pasado” . He observado a mi hermano, llevaba un libro entre las manos. Cuando he leído el título me ha dado un vuelco el corazón, ”Sueño de una Noche de Verano”
”Sé que se lo leías a Clo cuando ella no podía”
”Ella se lo sabía de memoria, pero decía que le gustaba que se lo interpretase”, he sonreído levemente. Pensar en Clo ya no me produce tanta desazón como antes.
”¿Sabes? A  lo mejor no vuelvo a Viena” , me ha dicho de pronto.
”¿Cómo?”
”No quiero volver al ejército. No me gusta”
Lo he mirado con el ceño fruncido, aunque aquel cambio en mi hermano me ha apaciguado un poco. No hubiera soportado la perspectiva de perder al único hermano al que realmente me unía un sentimiento de admiración profunda.
”¿Y qué piensas hacer?”
”He pensado que…”, se ha callado, como esperando encontrar las palabras adecuadas, ”ingresaré en el seminario, hermana.”
”¿En el seminario? Pero, Hans, si tú nunca… ¡En misa siempre te ponías a fantasear con historias disparatadas con tal de no escuchar a monseñor Güttenkeisz!” , exclamé, entre sorprendida y divertida.
”Ya, ya. Lo sé. Pero, Carolina, después de lo que ha pasado, necesito encontrar algunas respuestas, ¿sabes? Es como si no…
”No lo entendieras. Yo tampoco lo entiendo. Pero hay que seguir, ¿no es así? ¿qué otra cosa nos queda?”
Hans me ha sonreído. Siempre que lo hace sus ojos brillan, y en ese momento me pareció un pecado que alguien con la disposición de Hans quisiera ingresar en el seminario y renunciar a la vida familiar.
”Tú siempre has sido la más fuerte, en realidad”
”¿Yo? Qué va. Solo por Clo”, me he encogido de hombros. Hans me ha rodeado los hombros con sus brazos y me ha estrujado contra él, ”Te ayudaré con padre. Creo que lo vas a necesitar cuando se entere de lo que planeas hacer”

Él ha soltado una risotada. A pesar de la tranquilidad que se respira en la casa de campo de Gumpoldskirche, quiero que este verano se acabe ya. Quiero volver a la calle Höfster, quiero volver a tocar el piano con maese Mozart, y, ante todo, quiero demostrarle a Clo todo lo que ella me ha enseñado.



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Re: De cuanto sé de los eternos

Mensaje por Carolina Van de Valley el Lun Nov 17, 2014 9:21 pm

Viernes, 14 de agosto de 1789
Casa de campo de los Van de Valley. Campiña de Gumpoldskirche, a las afueras de Viena

"I was five and he was six
We rode on horses made of sticks
He wore black and I wore white
He would always win the fight"
Bang Bang (Nancy Sinatra)

Hoy es el día de la despedida y no me veo con fuerzas. ¿Qué haré yo ahora, sin Clo ni Hans? Al menos, todavía me quedan mis clases con el maestro. Aún así, Hans me dejaría otro vacío inmenso. La casa de la calle Höfster se me haría gigantesca.

Me ahogaría.

Ojalá pudiera convencer a mi hermano de que no lo hiciese, pero si lo hiciera estaría siendo egoísta. El coche de caballos ha llegado a las cinco en punto. Hans ya estaba preparado. Tan gallardo con su barba imperial recién cortada. No llevaba el uniforme militar pero no se me ha hecho extraño. Pronto debo hacerme a la idea de que cambiará uno por otro.

Madre se ha enjugado las lágrimas con el pañuelo bordado de la abuela. Padre no ha acudido a despedirse. No ha aceptado la idea. Apuesto a que piensa que todos sus hijos le hemos defraudado. Todos menos Franz, claro. ¡Pues al cuerno con él! Jamás iba a poder aceptar el cambio de los tiempos, ni se esforzaba por comprender a sus hijos.

"Te echaré de menos, pequeñaja", me dice, revolviendo el moñete que tantas horas de mañana le había costado a Herrietta.
"Yo también. Volverás para Navidad, ¿no?"
"¡Claro! El seminario no es como el ejército. Hasta os podré visitar más a menudo"

Esa perspectiva me ha tranquilizado. Tal vez mi hermano tenga razón y todo este cambio sea para mejor. Una vida más plácida para Hans. Si lo pensaba detenidamente, el carácter plácido de Hans concordaba mejor con el camino observador e iluminado del Señor.

Sí. Hans estaría bien en el seminario de San Ludolfo de Ratzenburg. E incluso yo misma podría visitarle de vez en cuando.

Una sonrisa se ha dibujado en mi rostro cuando Hans me ha abrazado fuerte. Hans, Clo y yo. Los tres buscadores de historias. Clotilde ya no estaba. No allí, al menos. Pero todavía tenía a Hans. Él nunca se iría, no.

Lo he visto subirse al coche de caballos. No ha dejado de saludar con la mano hasta que lo hemos perdido de vista. Salzsburgo no estaba tan lejos, después de todo.

Allí podría encontrar millones de historias que contar.



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Re: De cuanto sé de los eternos

Mensaje por Carolina Van de Valley el Jue Dic 31, 2015 7:15 pm

Lunes, 23 de septiembre de 1789
Casa de los Van de Valley. Calle Höfster. Centro de Viena

"La muerte es algo que no debemos temer porque, mientras somos, la muerte no es y cuando la muerte es, nosotros no somos".
                                                                   (Antonio Machado)



Hemos vuelto a la ciudad. Todo está demasiado en silencio, aún a pesar del traqueteo de los coches de caballos. En la casa sólo parecemos fantasmas. Madre va de un lado a otro, vagando. Únicamente el voluntariado de la parroquia parece sacar algo de brillo en sus ojos. Hace lo que sea por estar lejos de casa.

Padre, por el contrario, se muestra como siempre. Quizá un poco más gozoso desde que recibió la medalla de la Orden Militar de María Teresa hace unas semanas. El galardón fue motivo de sus valerosas acciones en la guerra contra Prusia, hace unos años. Su mismísima Majestad Imperial José II le colocó la medalla en el pecho a padre. Madre y yo, junto con Franz y Lotte, lo acompañamos al palacio de Hofburg. Es una construcción bellísima, por cierto, tanto por dentro como por fuera.

Ojalá Hans hubiese podido venir también. A pesar de que a él no le gustan en demasía estas fastuosidades, lo hubiese disfrutado. Echo de menos Gumpoldskirche pero al menos en Viena he vuelto a retomar las clases con Herr Moz...

[...]

Siento la brusquedad con la que he concluido mi frase anterior, pero herr Völsvein ha tirado una maceta de la entrada y Henrietta ha puesto el grito en el cielo. He tenido que bajar abajo a ayudar. El mono y el piano son mi única compañía en estos días. ¡Padre al final no se pudo resistir a adoptarlo! Anda de aquí para allá como un loco. ¡Se sube en cualquier parte y monta la de San Quintín! Menos mal que Henrietta tiene paciencia.

Hace unos días encontré por casualidad en una librería del centro de la ciudad un libro muy interesante. Se titula Les Prophéties y está escrito por un francés loco llamada Michel de Nôtre-Dame. La traducción deja mucho que desear, pero aún así es bastante interesante. Cuando padre se ha enterado de que lo estaba leyendo ha puesto mala cara y me ha dicho: "Eso no son más que tonterías paganas ocultistas". A veces padre me desquicia con esos imperativos categóricos. ¿Acaso sus lentes le impiden ver más allá de lo que hay tras su nariz? Yo no digo que crea en la astrología ni en las profecías. ¡Bien sabe Dios que deben ser historias de necios! Y aún así; ojalá pudiera hacerlo. Ojalá pudiera encontrar un motivo para el cruel final de Clotilde. Hans parece haberlo descubierto, pero a mi, por alguna razón, la manida frase de "los designios del señor son inescrutables" no me basta.

De una cosa estoy segura; la Muerte es el peor amigo del Hombre. Es brutal, asesina y llega sin avisar. Y después de eso, posiblemente, no haya nada (¡si madre o Hans pudiesen leer mis palabras! ¡Les daría un vahído!). Ojalá alguno de estos locos que vagan por el mundo encontrase la fórmula de la vida eterna. El ser humano puede enfrentarse a todo, menos a Ella.

Menos mal que siempre nos quedará la música.



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Re: De cuanto sé de los eternos

Mensaje por Carolina Van de Valley el Dom Dic 25, 2016 11:11 am

Apartamento de París, Plaza Vendôme
Actualidad, 1800

Cierro con cuidado el diario y acaricio sus tapas de cuero oscuro. Sobre su portada un reluciente rótulo dorado con letras góticas reza Diario de Carolina. Fue mi regalo en la Navidad de mi doceavo cumpleaños. Siento los ojos doloridos y la garganta en un nudo que me impide tragar saliva, e incluso me impediría respirar si todavía pudiera. ¡Oh, maldito viaje por la memoria! Sabía, no obstante, lo que ocurriría a continuación, porque recuerdo a la perfección el haberlo plasmado todo en las amarillentas páginas de este diario como si hubiese sido ayer mismo cuando empuñé la pluma y la tinta: mi despedida con Herr Mozart; la proposición de un matrimonio asfixiante; la llegada del misterioso desconocido; él, Friedrich Dvorak; la repudia de mi amadísimo hermano Hans. Todavía hoy duele como una navaja que se clava por detrás.

Abandono el diario sobre la mesa de té. Doy vueltas en el salón, como una leona enjaulada. Me detengo a observar el crepitar y el danzar de las llamas de la chimenea y me pregunto; "¿Por qué hay fuego en mi casa si no siento frío? ¿Por qué hay fuego en mi casa si es mi enemigo? ¿Por qué hay fuego en mi casa si él fue el asesino último del que tanto amé?". Sólo a una conclusión posible me lleva todas estas cuestiones: siempre he tenido una predisposición innata al sufrimiento. Y no son mis palabras, son las suyas, las de mi Friedrich, una vez me lo susurraron al oído sus labios manchados de sangre ajena.

Y por eso y únicamente por eso, seguiré leyendo este diario. Pero no hoy. Hoy no. Hoy mi corazón quiere llorar en paz a aquellos que no están y que todavía añoro. ¡Oh, sí pudiera llorar! ¡Librarme de estas pesadas piedras! Pero la maldición del vampiro es la de poder derramar unas lágrimas de sangre únicamente una vez. Y yo ya lo hice, cuando contemplé a lo lejos las llamas que calcinaron el perfecto cuerpo de Dvorak.

Cierro los ojos. Dejo que el calor del hogar ilumine mi ceniciento rostro, creando una falsa sensación de calidez. Vuelvo al sillón y descanso el diario en el regazo de mis faldas. El tapiz de La dama y el unicornio, tan falso como el calor que siento, se apiada de mí desde el otro lado del modesto salón de té.



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Re: De cuanto sé de los eternos

Mensaje por Carolina Van de Valley el Miér Ene 25, 2017 7:03 pm

Jueves, 15 de noviembre de 1789
Casa de los Van de Valley. Calle Höfster. Centro de Viena.

"Escúchalos. Los hijos de la noche. ¡Qué música entonan!
{Drácula, Bram Stoker}


La luz de un candil me alumbra ahora mientras escribo. Hecho muchísimo de menos a Hans y creo que pronto iré a visitarle a Innsburck. La casa está más solitaria y fantasmagórica que nunca ahora que solo vivimos en ella padre, madre y yo.
Me he quedado hasta muy tarde en la sala del piano ensayando una pieza que herr Mozart me enseñó la semana pasada.

En su mirada de genio pude discernir que se va a marchar. Padre le habrá comunicado con su usual cortesía implacable que ya no precisamos de sus servicios porque he alcanzado un nivel más que decente al piano. Y yo sé que es mentira. Lo que pasa es que a padre no le agrada herr Mozart ni su estilo de vida. Y digo yo, ¿tan sordo está que no reconoce el talento aún escuchándolo en su propia casa? Es verdad que el señor Wolfgang gusta del vino y los juegos de azar y ya van varias ocasiones en las que no se ha presentado en casa a la hora convenida...¡Bah! ¡Bobadas! Estoy furiosa. Padre me ha quitado lo único que ahora me consuela y además está planeando un casamiento con un bávaro estúpido. ¡Ganas me dan de hacerme a la vida religiosa como Hans, con tal de que me dejen tranquila!

He escuchado un ruido en el invernadero. Los perros de los vecinos han empezado a ladrar. ¿Debería salir?


+++

No sé qué me ha hecho. No sé en qué me ha convertido. Su extraño ritual de sangre excitó mis sentidos, embrujó mi alma. ¿La he vendido al Diablo? Y él; tan perfecto, tan blanco que hasta podía distinguir las venas de su cuello.

Me siento mal. Tengo angustia y frío. Me mareo cuando miro, respiro y camino. La luz daña mis ojos. Y no estoy en casa, de eso estoy segura. Necesito descansar. Tengo mucha angustia. Lo oigo a él al otro lado de esta marchita y oscura estancia, tocando un piano entre delirios de notas. ¿Está tocando para mí?

El sudor frío me cae por la sien. Me cuesta respirar. Tengo que dejar de escri...



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Re: De cuanto sé de los eternos

Mensaje por Carolina Van de Valley el Lun Abr 24, 2017 4:21 am


Apartamento en la plaza Vendôme, París, Francia.

Actualidad

Me detuve en mi lectura nocturna. El astro rey ya despuntaba en el cielo, podía olerlo pues, después de casi un siglo sin asombrarme con su belleza había desarrollado un instinto especial para presentirlo, aún cuando no podía dejar que su cálido abrazo penetrase mi piel.

La taza rebosaba líquido escarlata. El aroma metálico eran tan desagradable como apetecible. Me lo bebí en cuatro sorbos, me encaminé a la cocina y dejé la sucia porcelana sobre la encimera. Ya habría tiempo a la noche siguiente de limpiarla, cuando volviese a sumergirme en los derroteros pasados de mi mente.

Caminé todavía con el libro en la mano. La encuadernación era fabulosa. Ya no se hacían libros como aquellos.

Mis pies entraron en contacto con el mullido terciopelo del ataúd. Yo temblé unos instantes. Tantísimos años y yo todavía no llegaba a acostumbrarme a ese espacio minúsculo de muerte. Quizá jamás lo haría. Inmóvil como un auténtico cadáver dejé la tapadera abierta y crucé mis brazos sobre mi pecho. Todos mis sentidos agudizados empezaron a descender su ritmo sobrenatural. Casi hipnóticamente caí en el hechizo del sueño, pero no era un sueño humano, más bien caí muerta verdaderamente, como se supone que debo estar desde hace ya unos cuantos años.

Me dejo arrullar por lo que soy, mi cruz y mi don, una cruz y un don que yo misma elegí. Me creía estúpida ahora solo por pensar que me había entregado a esa extraña y sacrílega vida por temor a la muerte mientras todos a los que yo amaba ya no estaban allí. Oh, cuánto deseaba en esos momento sentir el gélido abrazo de Friedrich, o de Hans, oh Dios mío, ¡incluso de Lotte!

Una lágrima se paralizó en mi mejilla mientras me abandonaba al descanso.



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Re: De cuanto sé de los eternos

Mensaje por Carolina Van de Valley el Mar Jun 13, 2017 10:25 am

Viernes, 24 de noviembre de 1789
Lugar desconocido.


"La grandeza de la eternidad obsesiona a los hombres"


Me siento muy enferma. La calentura reseca mis labios. Mis encías sangran y duelen y siento los caninos romper la carne. Están creciendo por obra de algún tipo de magia muy oscura. Estoy muy, muy débil; apenas puedo sostener la pluma con la que escribo y el sol daña mis ojos y chamusca mi piel.

Él nunca está durante el día, siempre acude al caer el atardecer. Huele a jazmín y a ciprés. ¡Ciprés! El árbol de los cementerios. Tan siniestros son mis pensamientos ahora.
-¿Qué me pasa? -le he preguntado más de una vez. Y él responde:
-Que te estás muriendo, Carolina. -y me coloca un sudoroso cabello dorado detrás de la oreja. Yo me estremezco. Tal efecto es el que tiene en mi su gélido contacto.

Estoy asustada. No sé quién es realmente este hombre pero sé qué es. He leído sobre ellos en la literatura prohibida. Es tan hermoso que me ciega. Sus ojos azules, sus bucles dorados. Parece casi un niño, un poco más joven que yo, incluso.
-No te preocupes, princesa de las tinieblas. La muerte no es para siempre.

Me agarra con delicadeza la mano y no sé por qué lloro. Así que es cierto; me muero pero burlaré a la dama de la guadaña. Mi miedo a veces se convierte en calma al pensar en ello. Ya no me pudriría como lo hace Clo enterrada bajo tierra.
+ + +

Debo dejar constancia de cómo ha pasado. El ritual que me ha hecho invencible ante imperfección de la carne. Friedrich -pues así se llama- se ha reclinado en la cama y con sus poderosos dientes ha abierto una brecha en su muñeca. Recuerdo que mi corazón bombeaba tan fuerte que parecía que iba a saltarme del pecho. Recuerdo la sed, también. Tenía tanta que mis labios se agrietaban. Reaccioné en seguida y succioné la vida que Friedrich me ofrecía. Un extraño hormigueo de excitación recorrió mi vientre. No pude contener la excitación y lo besé en los labios con tanta fuerza que nos hicimos daño.
-¿Qué día es hoy? -he preguntado.
-Día, no. Noche. La noche de tu muerte y la noche de tu nacimiento.
Las fuerzas venían a mi como si de Heracles mismo se tratara. Tenía algo dentro, algo impío, tenebroso y poderoso. Lo tenía a él dentro de mi y lo tendría para siempre.
-Bienvenida, Carolina. Hoy has derrotado a la muerte.



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