Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Mensaje por Horst Neumann el Lun Abr 22, 2013 12:10 am

Never interrupt your enemy when he is making a mistake

Vendrá, tarde o temprano lo hará, y más vale que lo haga a tiempo, antes de que sólo tenga que llegar a recoger los cadáveres de sus hijos —aseguró Neumann con voz tranquila y en un afán de serenar un poco la tensión que estaba sintiéndose en el lugar.

Se encontraba sentado en un cómodo sofá de cuero negro, con una pierna cruzada encima de la otra, lo que dejaba claro que la paciencia era una pieza importante (al menos por ese día), y un vaso de bourbon en la mano, del que no dudo en beber para refrescar un poco su espera. El líquido resbaló por su garganta, fresco y con ese peculiar sabor acaramelado agradable al paladar, provocando que Horst emitiera un leve suspiro lleno de placer. Luego miró a su alrededor, observando la habitación de la vieja casa que solía utilizar muy pocas veces y únicamente para cosas relacionadas a sus negocios sucios. A su lado se encontraban dos hombres de edad promedio, uno rubio y uno castaño, el primero más joven que el otro; permanecían en silencio, sentados frente a su jefe y, cuando Neumann se ponía se pie o miraba hacia otro lado, estos aprovechaban para mirarse el uno al otro con expresión preocupada, como si en el fondo no aprobaran del todo la decisión que su jefe había tomado. Sin embargo, callaban, y permanecían  fieles y aferrados a su sitio, expectantes y alerta ante cualquier orden que se les diese. Frente a ellos se encontraban dos niños, atados de pies y manos. Ambas criaturas tenían los ojos llorosos y la piel de sus extremidades rojiza a causa de la fricción con la cuerda que los mantenía cautivos e inmóviles. Eran, ni más ni menos, que los hijos de Morgan Storr, el bastardo mercenario que se había atrevido a robarle a Neumann. Ahora él estaba dispuesto a darle una lección  a Storr, golpeándole donde más le dolía. Todo aquel que conocía o había escuchado hablar de Neumann, sabía de antemano con quien se metían. Todos, sin excepción, tenían conocimientos sobre la saña que este tenía a la hora de ejecutar una venganza, de la poca piedad que mostraba aún cuando le suplicaran. El hombre era capaz de asesinar a esas dos criaturas sin titubear.  

Shhh, tranquilos, papá está en camino —les aseguró, y se puso de pie para acercarse a ellos.

Se plantó frente a los niños y los miró con suficiencia desde lo alto, mientras balanceaba de un lado a otro su vaso de cristal sin quitarle los ojos de encima. Eran dos niños muy hermosos, de abundante cabello rizado y ojos claros. Horst supuso que Morgan, a quien no tenía el disgusto de conocer en persona, debía ser un hombre de buen porte, y que seguramente tenía una mujer con buenos genes, sólo así se justificaba la belleza heredada por los infantes. Flexionó las piernas y se hincó para estar a la altura de los niños que al instante se hicieron hacia atrás, temerosos del hombre malo. Horst sonrió al ser testigo del terror que infundía en sus víctimas, le llenaba de regocijo ser causa de respeto. Alargó la mano y tocó la cabeza del mayor de los niños, a quien preguntó su nombre, pero el niño estaba tan aterrorizado que no fue capaz de emitir palabra alguna, se limitó a clavar sus pequeños y cristalinos ojos en el que amenazaba en ser su verdugo. Neumann suspiró un tanto exasperado, deseaba con el alma que Morgan llegara cuando antes para poder empezar con la función, con su clamada venganza. Y, cuando al fin escuchó que alguien se acercaba, alzó la mano rápidamente para detener a sus dos hombres, que como sabuesos se habían percatado de la presencia de otra persona, poniéndose de pie y empuñando sus armas. Con es ese sencillo gesto les advirtió que deseaba que permanecieran quietos pero alerta, pues estaba seguro de que Storr se conduciría hasta la habitación, como un ratón seducido por el queso, y directo a la ratonera.


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Re: El ratón y la ratonera. | Privado.

Mensaje por Carmichael Sinclair el Miér Jun 19, 2013 11:03 pm

Ira. Desesperación. Miedo. Los sentimientos colisionaban en su pecho con la fuerza de mil demonios, levantando en su mente una neblina contra la que, con cada minuto que transcurría, le hacía – cada vez más – imposible de disipar. Todas las precauciones que había tomado para proteger a su familia no habían servido para nada. ¡Nada! Había encontrado a su esposa atemorizada y aturdida, completamente ajena a su presencia. Jamás, en todos sus años de matrimonio, había visto a Brianna en semejante estado. Si una de las criadas no hubiese irrumpido en la habitación, la habría sacudido para que le explicase qué demonios le había sucedido. Una parte de él lo había sospechado desde que el par de labradores no habían salido a recibirlo. Athos solo había levantado su cabeza del piso, como comprobando si se trataba de su amo. Douglas, el menor, consentía tanto a su mascota que la lealtad de éste era primero para él. Sus hijos raras veces se despegaban de ellos. Más de una vez había tenido que soportar las quejas de la institutriz. ¡Como si él pudiese negarles algo! – Neumann. La rabia con la que escupió esa simple palabra iba acorde a sus bruscos movimientos. Sabía sobre la reputación de Horst cuando le robó. Nada satisfacía más a Morgan que un trabajo con alto grado de dificultad. La arrogancia de los Sinclair estaba impresa en su sangre. Sloan – su padre – se había encargado de cultivar esa veta en sus hijos. Su lugar como futuro líder del clan, solo había provocado que se sintiese invencible, capaz de arrasar con todo y todos. No importaba cuánto tiempo llevase lejos de Escocia, no podía negar sus orígenes. Las palabras de la criada, mientras intentaba explicarle lo que su esposa no podía, terminó en un fuerte sollozo mientras le tendía un muy arrugado trozo de papel. Ella también había cogido cariño a sus hijos. Horst había tomado el camino equivocado al amenazar de tal forma a su familia. Tenía a su esposa embarazada, maldita sea. Con la promesa de que les traería de vuelta – y el temor de que podía ser demasiado tarde – salió como alma que lleva el diablo para recuperar lo que le había sido arrebatado.

Como cazador y mercenario no había habido lugar en su mente para el temor a una pronta muerte. Se jugaba la vida cada vez que se cruzaba con esos aborrecibles seres. El nacimiento de Malcolm – su primogénito – había llegado para cambiar ese pensamiento. No fue hasta que lo tuvo entre sus brazos que supo que eliminaría a cualquiera que amenazara su existencia. Maldición. Había cambiado su identidad, incluso había abandonado el país en que su hijo había nacido para ofrecerles un nuevo inicio. Si les había hecho daño… No. No podía siquiera pensarlo. Ellos no serían daños colaterales. Desconocían la vida que llevaba su padre. Estarían temerosos. Un niño de seis años, que jugaba a ser un hombrecito valiente, no podría hacer nada contra un tipo de la calaña de Neumann. El bastardo había hecho la mejor de las jugadas. Morgan tendría que contener su rabia, lo cuál era todo un reto. Saltaba a la menor de las provocaciones. Sus manos se cerraron en puños, echando en falta sus armas. Lo último que necesitaba era provocar a su enemigo. Encontraría una oportunidad. Siempre las había. Era cuestión de esperar. ¡¿Esperar?! Cuán patético le resultaba su propio  consejo. Cada movimiento del segundero no era su favor, sino en su contra. Él le esperaba. No había dudas de ello. Incluso si no estuviese reteniendo a sus hijos, lo habría sabido por la facilidad con que entró al lugar. Por centésima ocasión, tuvo que reprimir sus ganas de sacar uno de los cuchillos que llevaba entre sus botas. La pistola en su pantalón casi parecía susurrarle que le tomara, que le necesitaba. La necesidad de matar nunca había sido tan poderosa. Esta vez, tomó la pistola con una sorprendente agilidad. Como guerrero de Las Highlands, estaba perfectamente adiestrado en el uso de cualquier arma. Morgan prefería las blancas. Entró en la habitación, consciente de que en su rostro se leía su preocupación. Para su completo alivio, ellos estaban ahí, vivos. No había llegado tarde. El desenlace no sería como había pasado en aquélla batalla donde su madre y hermano perecieron por culpa de sus acciones. Justo cuando se disponía a acercarse a ellos, una voz le detuvo. Maldijo por lo bajo. En su afán por liberar a sus pequeños, había olvidado la regla de oro: Asegurarse que no estaba solo.





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Re: El ratón y la ratonera. | Privado.

Mensaje por Horst Neumann el Dom Sep 22, 2013 7:29 pm

Esa noche, que era una muy negra y bastante agitada a esa hora tardía, Neumann demostró la gran capacidad que poseía para mantenerse sosiego ante la presencia de uno de sus más aborrecidos adversarios. Recibió a Storr con una gran sonrisa y un gesto amable, como habría aclamado a uno de sus más cercanos amigos (si los hubiera tenido). Su forma de actuar era una actuación magistral y de no ser por los dos niños que permanecían atados a sus espaldas y los dos monigotes que esperaban por una orden de su líder, la afectuosa conducta habría sido tan convincente que cualquiera hubiera llamado embustero a Storr si le contaba sus verdaderas intenciones, el siniestro historial que éste realmente poseía.

Señor Storr —exclamó Neumann, con una voz tan turbia que era una mezcla de falsa sorpresa y el más puro sarcasmo—, finalmente tenemos la oportunidad de presentarnos formalmente.

Se irguió olvidándose, al menos por el momento, de los niños, para poder contemplar al insolente criminal que, según sus propias palabras, ingenuamente había creído que podía burlarse de él por el simple hecho de haber sido capaz de robarle por el descuido de uno de sus hombres que ahora estaban tres metros bajo tierra por la incompetencia mostrada. Lo miró a los ojos por unos breves instantes y, aunque sus gestos faciales eran suaves, la mirada de Neumann no perdía jamás cierta gelidez que los caracterizaba, que no podía disimular, característica que precisamente le hacía infundir ese miedo en todo aquel que le temía, y que igualmente le respetaba.

Pero por favor, tome asiento, está en su casa —alargó su mano para indicarle que el asiento frente al suyo estaba a su entera disposición, que esperaba que lo utilizara, pero éste no se movió.

Neumann tuvo bien presente todo el tiempo que Morgan sostenía en su mano un arma, que discretamente le apuntaba y que en cualquier momento podía ser herido, pero se mostró evidentemente temerario al ignorar ese pequeño detalle. No le apetecía mostrar su ira tan precipitadamente, consideraba que era de muy poca clase lanzarse sobre el cuello de su oponente y estrangularlo sin permitirse gozar del delicioso platillo que podía ser la venganza, como seguramente cualquier joven inexperto, incapaz de dominarse a sí mismo y sus salvajes impulsos, habría hecho. Él paladearía cada bocado, saboreándolo lentamente.

¿Le ofrezco algo de beber? —preguntó, pero como respuesta obtuvo solamente una mirada fulminante que, de haber poseído poderes especiales, le habría perforado el pecho en una centésima de segundo—. ¿No? Hace bien, el alcohol es bastante dañino —comentó mientras daba un nuevo sorbo a su vaso transparente—, mi esposa me lo repite todo el tiempo. Por supuesto que eso lo sabe todo el mundo, aunque claro, un viejo como yo no tiene mucho de que preocuparse a estas alturas, ¿no es así? —alzó la vista par encontrarse nuevamente con la de su oponente y rió, como si esperara que él hiciera lo mismo, pero por supuesto que todo era parte de la actuación.

Cuando se percató de que el bourbon se le había terminado, se condujo hasta la pequeña barra y se sirvió otro él mismo. Dio otro sorbo para refrescarse la garganta seca.

Los jóvenes son otra historia —continuó—, llenos de vitalidad, como usted —alzó la mano, sugiriendo que Morgan era un claro ejemplo de ello—, la juventud y belleza les hace creer que son capaces de comerse al mundo de un bocado, en tan solo unos segundos, ¿no es así?

Neumann hizo una larga pausa, misma que aprovechó para beberse casi la mitad del contenido de su vaso, el cual abandonó finalmente sobre la barra de la pequeña cantinita. Luego, con pasos elegantes, casi estudiados (aunque la verdad es que la forma de moverse era puramente natural en su persona), se acercó al sujeto que seguía sin soltar el arma y que sorprendentemente aún no había utilizado en su contra. Tenían casi la misma estatura, aunque de complexión Storr llevaba las de ganar porque era visiblemente más fornido que Horst. De todos modos, Neumann no era ningún viejo inútil como había estado parloteando falsamente en su reciente monólogo, aún con sus cuarenta y tantos años a cuestas era un digno y duro contrincante, un hueso difícil de roer.

¿No siente usted lo mismo, Morgan, que es invencible? —le preguntó, acercándose peligrosamente a la pistola que éste sostenía en las manos, retándolo a dispararla, sugiriendo que era un imbécil, quizá un cobarde, por no haberlo hecho aún.

Le sostuvo la mirada en una forma retadora y amenazante, sin actuaciones de por medio, mostrando ya sus verdaderas intenciones. Se las ingenió para coger a Morgan desprevenido y logró desarmarlo cuando le propinó un duro golpe en la entrepierna. Pateó el arma hasta alejarla lo suficiente de su enemigo, luego le dio la espalda para demostrar la despreocupación que sentía ante su presencia.

Átalo —le ordenó a uno de sus hombres, mismo que, como una gárgola que cobra vida, obedeció al instante, siendo auxiliado por su compañero—. Y le recomiendo no resistirse –se dirigió a Morgan nuevamente-, de lo contrario podría lamentarlo el resto de sus días.



Off: Perdón, me inspiré y me ha salido algo larga la respuesta xD



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Re: El ratón y la ratonera. | Privado.

Mensaje por Carmichael Sinclair el Miér Ene 29, 2014 1:39 am

Morgan odió la condescendencia que Neumann empleaba en sus palabras. ¡Era un insulto a su inteligencia! “Concéntrate, Sinclair. Tu prioridad no es matarlo.” Pero le resultaba tan difícil seguir su propio consejo. Siempre había sido del tipo impulsivo. Golpeaba primero, preguntaba después. Por esa razón, había arrastrado los problemas hasta las puertas de su castillo en el pasado. Nunca sabía cuándo parar. Si se iba ahora, con sus hijos a salvo, volvería. Esa era la línea que se repetía. Todo parecía indicar que solo así, cogería las fuerzas que necesitaba para no lanzarse sobre el enemigo. Su mandíbula estaba duramente apretada, tanto que, los dientes le rechinaban. ¿Invencible? Sí. Se sentía invencible. O al menos, así había sido antes de que supiese quiénes estaban en juego. Saberlo, solo dejó un trago amargo en su garganta. No dispararía. No podía. Horst no era el único en la habitación. Los niños podían ser heridos como represalia por sus actos y, si eso pasaba; Brianna – ni él – se lo perdonaría. ¿Qué clase de hombre se metía con seres inocentes? Uno sin honor, estaba claro. Su mirada, aunque fija en Neumann, seguía cada detalle de la habitación. Necesitaría toda la información que pudiese conseguir, visual o auditiva. Tan centrado como estaba, muy tarde fue consciente de lo que su adversario tramaba. Un segundo él estaba provocándolo para que disparara y era tan tentador, excepto por los sollozos que provenían de sus pequeños; y al siguiente, caía sobre sus rodillas, con las manos en la entrepierna. Le pareció escuchar a sus hijos gritar su nombre, pero enseguida, fue opacada por la voz de Horst. – Libéralos. Esta guerra es entre tú y yo, sus palabras salían acompañadas de blasfemias. El dolor no remitía tan fácilmente, no del modo en que había llegado. Sin embargo, se obligó a ignorarlo en cuanto vio que uno de los hombres en la habitación, se acercaba para acatar las órdenes. – No la hagas más personal. Amenazó. Mentía. Por supuesto que lo hacía. Quien lo conociera, lo sabría. Morgan no se olvidaría de esa humillación. Pagaría con la misma moneda.

Una mueca de desprecio se instaló en su rostro cuando el primer hombre se inclinó para cogerlo. Morgan, quien ya lo había advertido, había estirado su brazo para coger uno de los cuchillos que guardaba en su bota. Limpiamente, deslizó la filosa hoja sobre la mejilla del combatiente. Al parecer, él no era el único con sed de sangre, su cuchillo también. Sin titubeos, la punta fue a parar al centro del cuello del bastardo. El otro ya se acercaba. – Retrocede. Ordenó, pero no fue obedecido. ¿Así que solo respondían a su titiritero? – Diles que retrocedan, Neumann. ¿No puedes realizar este trabajo tu solo? ¿Qué esperaba? ¿Despertar la ira del enemigo? Por lo que sabía, Horst no era de esos tipos. Le molestaba que éste hiciese comentarios tan acertados, a diferencia de él. Era ciento que siempre había querido comerse el mundo. Lo había demostrado cuando abandonó Escocia y las comodidades que allá disfrutaba por ser el futuro líder del clan Sinclair. Pecaba de arrogante y de orgulloso. Si él decía que podía hacer algo, lo hacía. Si se equivocaba, nunca lo reconocía. – Me querías a mí y aquí estoy. Ya no los necesitas. Déjalos ir. Odiaba rogar, pedir favores a ese malnacido. ¿Podía su humillación ser más grande? Su talón de Aquiles, era su familia. Juró que si sobrevivía, encontraría el de Horst Neumann y se vengaría. - ¿Tienes hijos? Exigió, su mirada alternando entre el primer y segundo hombre. Eran corpulentos, no podía mirar a los ojos de su líder. – Si es sí, sabrás cuán cooperador me pondré si los dejas volver con su madre. Era imposible no escuchar el sarcasmo teñir sus palabras. – Si es no, mi más sentido pésame. Jamás sabrás cuán importante es velar por la seguridad de ellos. “O lo que un padre es capaz de hacer para eliminar esa amenaza”, agregó en silencio. El escocés no era tonto, sabía que no las tenía de ganar. Estaba en territorio enemigo, sus hijos eran prisioneros y él, estaba haciendo exactamente lo que le dijeron que no hiciera.


Hahaha, tú tranquilo, me gusta leerte xD Disculpa la demora.





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Re: El ratón y la ratonera. | Privado.

Mensaje por Horst Neumann el Mar Feb 25, 2014 12:32 am

¡Bravo! —exclamó Neumann, aclamando con sarcasmo el ataque que Storr acababa de efectuar en contra de uno de sus hombres.

El hombre de pelo castaño, corpulento y de ancha espalda, cayó al lado de su enemigo, como si se tratara de un enorme saco de papas, tan inútil como Neumann siempre lo había considerado. No murió al instante, se desangró lentamente frente a sus ojos, suplicó por un poco de ayuda, pero nadie movió un dedo e intentó parar la hemorragia que finalmente le arrebató la vida. Horst avanzó hacia él y se detuvo junto al cuerpo; movió uno de sus pies y con su zapato movió el rostro del cadáver, tan solo para corroborar que estaba muerto. La cabeza del difunto se ladeó y cayó a un lado, descansando sobre sus inertes hombros. Había recibido una herida mortal, muy precisa, justo en la vena yugular. No cualquiera atinaba de ese modo, pero Morgan Storr no era cualquiera, era un delincuente, un combatiente, tan talentoso como él.

Tiene talento, señor Storr, me tiene impresionado —prosiguió, dándole la espalda, para dirigirse lentamente hasta el otro extremo de la habitación, donde aguardaban los temerosos infantes que temblaron como una hoja al viento ante la cercanía del hombre malo—. Aunque, francamente, su pregunta me resulta incomprensible. ¿Por qué hacer las cosas yo mismo si tengo quien las haga por mí? No se trata de cobardía, sino de… comodidad. Ese es mi poder: obtener lo que quiero sin tener que mover un dedo, y oh, no se imagina de lo placentero que es. Usted no tiene idea de quién soy yo, ¿verdad? No se imagina cuántos de mis perros esperan allá afuera. Una sola orden, y estarían sobre usted, lo aniquilarían al instante; no quedaría nada para reconocer en la morgue por su amada… Brianna, ¿cierto? ¿Ese es su nombre? —preguntó alzando la vista y ambas cejas, clavando su mirada fría y perversa en los ojos de Morgan, fingiendo la inocencia que no poseía, que nunca había experimentado, sencillamente porque no era parte de él—. Muy hermosa su esposa, por cierto. Felicitaciones —con ese simple comentario que parecía también inocente, un sencillo cumplido, le hizo saber al hombre que tenía a Brianna en la mira y que podría pagar también las consecuencias de sus actos—. No sé cómo se atreve a dejarla sola en casa, usted sabe, los accidentes ocurren… podría morir en situaciones muy trágicas —si a Morgan lograba perturbarlo la idea de que uno de sus hijos podía salir herido, imaginar que también su esposa podía morir debía volverlo loco.

No siquiera se tomó la molestia de responder a la pregunta de Storr le hizo, consideraba inútil indagar en un tema que había pasado a segundo plano en su vida desde hacía mucho tiempo, como lo era el hecho de que la inútil de su esposa jamás había podido darle un hijo. ¿Le dolía admitirlo frente a sus enemigos por el temor de que fuera considerado como un punto débil en él? No, el tema ya no lo perjudicaba, ya lo había amargado lo necesario, para él era un caso cerrado.

No, no voy a liberar a sus hijos. Admito que al inicio sólo pensaba utilizarlos para atraerlo, porque por supuesto sabía que no permitiría que les hiciera algún daño, pero, ahora que he visto el miedo en sus ojos, que he visto que no es más que otro pelele con una debilidad, un talón de Aquiles, no pienso desaprovecharlo. Me apetece divertirme un poco más, sólo un poco… —del interior de su chaqueta sacó una pistola, con ella apuntó a la cabeza del menor de los niños. El niño tembló compulsivamente y es probable que se haya orinado en los pantalones de puro miedo. Horst cargó el arma y esta hizo un sonido amenazador—. Ah, ahí está otra vez esa mirada, el terror en sus ojos —dijo a Morgan cuando observó cómo se tensaba ante la inminente amenaza—. ¿Qué piensa hacer al respecto, Morgan? Un solo movimiento y juro que los sesos de esta criatura rodaran por el piso. ¿Cree poder seguir viviendo con ello, es su conciencia lo suficientemente fuerte? ¿Su esposa le perdonará algún día? Por favor, no me mal interprete, no soy un hombre malvado por naturaleza, no suelo hacer daño a nadie, a menos que me den motivos. Yo sólo… intento hacerle ver el gran error que cometió al haberse metido conmigo. ¿Hay algo que quiera decir al respecto?

Esperó ansioso. Deseaba con el alma escuchar palabras desesperadas, alguna suplica muy dramática, lo que fuera con tal de ver a Morgan Storr arrastrarse como el gusano que era.



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