Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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1803 - La tragedia de los Rosenheimers || Chiara Diario N° 1

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1803 - La tragedia de los Rosenheimers || Chiara Diario N° 1

Mensaje por Chiara Di Moncalieri el Lun Jul 15, 2013 6:35 pm

Nuvole di luce by Roberto Cacciapaglia on Grooveshark


Las luces del alba no habían aparecido cuando los golpes en la puerta principal invadieron la paz de toda la mansión. A su lado Ruggero se incorporó, sentándose en el borde del lecho, los pasos apagados que se encaminaban a la habitación matrimonial confirmaban que la noticia que traían no era la mejor ni mucho menos. Él se apresuró a salir de ésta, antes de que Chiara se despertara, pero ella hacía varias horas que ya no dormía, pues un sueño la perturbo, vio a su hermano tendido en el suelo boca arriba, los ojos abiertos mirando el cielo, y un pequeño hilo de sangre que corría por su pecho. Al sentir el frio y el vacío que dejaba su amado al separarse de ella se acurrucó, ovillándose como si en ese acto reflejo pudiera apartar la angustia que la invadía lentamente como oleadas.

- Mi señor – escucho la voz de Juan – es el mayordomo de su cuñado, es urgente que hable con usted – Chiara supo que sus sueños se confirmaban y que a su adorado hermano, algo terrible le había pasado. Temblando se levantó del lecho, con los pies rosando el frio piso  de mármol, se acercó a la puerta entreabierta, los hombres ya bajaban por las escaleras, siguió acercándose por el pasillo hasta colocarse al final de la escalera, en penumbras pudo divisar como su esposo descendía por  éstas con paso apresurado y maldiciendo por lo bajo. Con su mano derecha arrugando su salto de cama a la altura del pecho y los ojos acuosos bajó peldaño por peldaño, las piernas comenzaban a flaquearle, y sentir la voz airada de Ruggero la dejó helada, - Lo siento señor pero no podía venir antes, ademas recién llevaron los cuerpos – la mente le jugaba una mala pasada, - ¿cuerpos? - repetía su cerebro, - que cuerpos, por Dios – se dijo mientras corría escaleras abajo y casi chocaba con el mayordomo de su hermano.

Ruggero la sostuvo mientras Cosimo le relataba lo sucedido, - no sabemos bien que paso, pero en el viaje que habían emprendido su hermano y su esposa tuvieron un accidente, seguramente un grupo de bandidos los atracó, mataron al amo y a su esposa – las palabras eran demasiado pesadas, frías, hirientes como si de una espada se tratase y le diera en mitad de su corazón. Chiara gritó con todas sus fuerzas mientras todo su cuerpo convulsionaba antes de caer en la inconsciencia.

Cuando despertó, apenas media hora después, se encontró con  la noticia de que su esposo ya había partido a casa de su hermano a disponer lo necesario para el entierro, - dice el señor que es mejor que usted se quede, que no se preocupe, él la vendrá a buscar – dijo Estela tratando de calmarla, pero las lagrimas emanaban sin detenerse de sus acuosos ojos y los temblores no paraban, - no, Estela, no puedo quedarme aquí, entiéndeme – le dijo mientras se levantaba y poniendo todas sus fuerzas en ello intentaba vestirse. La mujer en silencio comprendio que no podría detenerla y por esa razón la ayudó, al terminar Chiara se giró mirándola – prepara a los niños y cuando estés lista llevalos a Villa Aude, alguna de las doncellas de Maryeva podrá ayudarte – le dijo, con aire ausente y frio, como si de un autómata se tratase, - si mi señora – le dijo, aunque siempre la había tratado con intimidad llamándola por su nombre de pila, ahora la ama necesitaba sentir que tenía el control de algo en esta situación y la dulce Estela lo sabía.

Antes que pudiera darse cuenta el ama de llaves, Chiara salió de la mansión como un suspiro, cruzó el parque llegando a las caballerizas y sorprendió a uno de los mozos de cuadra que estaba ensillando uno de los caballos para poder acompañar como escolta a la señora del patrón. Ella no le dirigió la palabra le quitó las riendas y con la agilidad de un gran jinete subió a horcajadas en el imponente animal, espoleandolo con furia y saliendo como alma que se la lleva el diablo hacia la residencia de su hermano.

Al llegar, desmontó aun cuando el caballo estaba en movimiento, podría haberse roto una pierna, o desnucarse, pero la agilidad y la destreza que parecían poco común en ella la dominaban, corrió hasta las escaleras de la entrada y estaba a punto de llamar cuando Cosimo le abrió la puerta, ella lo interrogó con la mirada – su esposo salió por unos tramites y no se todavía cuando llegara – ella lo contempló extrañada, ¡quien pensaba en Ruggero en estos momentos? No es que no lo amara con todo su corazón pero ella solo podía pensar en Girolamo. Con la voz quebrada por el dolor y una herida punzante en el centro del pecho le dijo casi en un susurro – ¿donde esta? - el anciano, devastado por el mismo sentimiento que se traslucía en sus ojos grises color humo la miró con ternura y eterna compasión, - en su aposento, mi señora – ella le tomó suavemente de la mano antes de decir un gracias solo con el gesto pues la voz se le había ido. Corrió escaleras arriba subiendo de dos en dos los escalones, llegó al iluminado pasillo donde grandes ventanales se abrían a una pequeña terraza y ofrendaban luz al interior de la construcción, la puerta estaba cerrada, se detuvo y su corazón dio un vuelco, apoyó la mano en el picaporte, presionó y la misma cedió con un suave sonido seco, en la penumbra de una habitación iluminada por velas pudo verlo, en mitad de la amplia cama, con sus mejores galas,  la serenidad  y la palidez de un alabastro dominaban su bello rostro.

Caminó lentamente conteniendo el sollozo, hasta sentarse en la misma cama a su lado, parecía que dormía. Sus dedos se deslizaron en una caricia infinita por el rostro de su amado hermano, - ayyyy hermano – sollozó dejando que la tristeza y la impotencia se liberara, se aferró a ese cuerpo que nunca mas la abrazaría, beso esas mejillas frias como la piedra y se dejó caer en su pecho, intentando dar calor a ese ser que había sido su fortaleza en todo el tiempo en que se recuperaba de la perdida del resto de su familia, - como me puedes abandonar ahora – le dijo con un dejo de reproche – que haré sin ti mi querido fratello – sollozó queda. En su mente se reflejó como en una ensoñación las imágenes de la pesadilla que había tenido, la herida a la altura del corazón, una mano que no lograba distinguir si era femenina o de un muchacho joven, que hundía una daga en el pecho de su hermano, la visión cesó haciendo que ella se incorporase un poco y tomara su cienes entre sus manos, un dolor agudo la cruzaba, luego fue disipándose, intentó tomar aire y se dio cuenta que no podía dejar de sacarse una duda, debía ver esa herida, debía constatar que no había sido un sueño común.

Con sus manos temblorosas, desabotonó la camisa hasta dejar el pecho de su amado Girolamo expuesto, un grito angustioso surgió de su interior al ver la herida, - que hace señora – dijo una voz masculina que con dolor y compasión la reprendía para que dejara de mortificarse. Las manos del anciano la tomaron por los hombros y con un poco de presión la indujeron a que dejara el lecho y se sentara en uno de los sillones que a los pies de la cama estaban destinados a los deudos. Ella vio con el amor y la dedicación que el anciano sirviente puso en arreglar nuevamente las ropas de su hermano, luego acercándose a ella, se arrodilló hasta estar con sus ojos a la altura de Chiara y le dijo – no se sienta mal, no creo que haya sufrido demasiado, la muerte debe haber sido bastante misericordiosa – dijo bajando su mirada para no ver el horror y la tristeza en los orbes de la mujer.

Allí se quedó, no fue a ver a su cuñada, no podía dejar a su hermano solo, no era correcto, luego de que él,  no lo hiciera en todo el tiempo que lo había necesitado – hoy me necesitas tu, mi piccolo fratello – sus hombros comenzaron a moverse en un sollozo silencioso mientras ocultaba su rostro entre las manos.


Última edición por Chiara Di Moncalieri el Dom Jul 31, 2016 8:41 am, editado 1 vez





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Re: 1803 - La tragedia de los Rosenheimers || Chiara Diario N° 1

Mensaje por Chiara Di Moncalieri el Mar Jul 16, 2013 6:45 pm

A Winter Morning by Fiona Joy Hawkins on Grooveshark


Había pasado toda la mañana al lado del cuerpo del que alguna vez fuera su hermano, ya no le quedaban lágrimas para derramar, su cuerpo estaba exangüe, nada en ella podía soportar un solo dolor mas.  Su mirada de un celeste grisáceo recorrió la habitación, cuatro mujeres rezaban en silencio por el alma de su amado fratello, - como si a él le hubiera alguna vez importado – pensó contemplándolas con desdén. Suspiró silenciosamente mientras entornaba sus parpados cansados y algo inflamados, tiró su cabeza hacia atrás, - donde estas amor mio que aun no regresas – reprochó la ausencia de Rugger. Nunca lo había necesitado tanto, desde la madrugada cuando sus ojos del color del océano en calma, la miraron entre asustados y tristes, no lo había vuelto a ver, él era lo último que contemplara antes de caer desmayada por la impresión de la noticia, - y por Cristo que te necesito –  dijo mentalmente.

Llevó una de sus manos a la cabeza, un dolor a la altura de la sien no remitía, todo su cuerpo decía que la pesadilla no había terminado, algo no cuadraba, - amore, donde te has metido – una nausea la embargó, comenzó a sudar frio y las manos le temblaron, el corazón aceleraba y por momentos volvía a un latido mas sereno, definitivamente el ser que mas amaba  podía correr peligro. Reprochó su actitud de  no haberlo esperado, - porque siempre eres tan impulsiva – con los puños apretados golpeó débilmente su regazo – tonta – dijo en voz algo audible, las mujeres dejaron de rezar y la miraron con gesto reprobatorio y  lastima, odió esa compasión lastimera, - cuervos, seres despreciables – pensó mientras bajaba su mirada para no volverlas a contemplar, aun no entendía porque estaban allí, pero supuso que era lógico, ¿o acaso su Hermano no era el Conde Di Moncalieri?

El había sido uno de los personajes mas destacados y cercanos a la Corona Papal, solo que no iba contándolo a los cuatro vientos, siempre se caracterizó por su bajo perfil, usaba sus influencias cuando se daba cuenta que solo no podría. - viajaré al Vaticano y le pediré al Santo Padre que capture a los bandidos que cometieron semejante crimen – se prometió, ¿o acaso su familia no tenía el apoyo y la protección de los mas altos estamentos del poder papal? Reconfortada con ese pensamiento, se levantó y caminó hasta la puerta, no tenia noticias si Estella habría llegado con los niños, se lamentó el traerlos ya que sería una experiencia muy dura para los pequeñitos, - le diré que los lleve nuevamente y los cuide, al terminar volveré con Ruggero – dijo mientras abría la puerta y la luz del sol de un medio día otoñal le bañaba el rostro y los cabellos.

Se acercó a los ventanales y salió a la terraza para tomar un poco de aire, la habitación tenía demasiado olor a encierro, incienso, muerte y dolor. Caminó por las lozas de mármol hasta la balaustrada recargó el peso de su cuerpo en sus brazos  algo flexionados  que descansaban en el mármol frío – helado como tus mejillas – se quejó, un sentimiento de intenso dolor la invadió, tomó la mayor cantidad de oxigeno  que podía en sus pulmones y dejó que éste saliera en un alarido desgarrador, las piernas le flaquearon, se dejo caer en el suelo, meciéndose  y abrazándose  llorando sin lagrimas – por que Dios mio, acaso no era suficiente haber perdido a mis padres y hermanos pequeños, que me tuviste que arrebatar a Girolamo, su mujer y su pequeño – interrogó al cielo mientras contemplaba con la cabeza tirada hacia atrás las nubes plomizas que comenzaban a cubrir el cielo.

Se levantó con dificultad y dirigió sus pasos a la habitación contigua, donde descansaba los restos de su amiga y cuñada Maryeva, se detuvo en la entrada, no había ni una de las mujeres rezando por su alma, cerró la puerta mientras apoyaba su espalda en la madera, se acercó a ella, que tenía la misma expresión de paz y sosiego que su hermano. Se sentó a su lado, - no necesitas compañía, ¿verdad? - acarició un bucle de la rubia melena, - la verdad que es mejor, esas arpías solo están allí por el poder que ostentaba tu esposo -  dijo mientras se quedaba con la mano quiera y el mechón de cabello se desprendía de sus dedos, - no te preocupes, Ruggero y yo encontraremos a tu bebé – dijo con voz calmada. Según lo que el mayordomo había dicho los bandidos habían matado a la pareja y se robaron a la criatura, - debe ser un bebé hermoso y podrán venderlo bien por unos cuantos francos – la piel se le erizó de solo pensar en su sobrino en manos de algún degenerado, - estoy segura que cuando lo encontremos, vivirá con nosotros, jugará con Ruggero y Mely – se imaginó a sus pequeños riendo con aquel bebé y su amado esposo sosteniéndolo con cariño paternal, si de algo  podía confiar ciegamente, era que él no haría diferencia, por mas que Maryeva hubiera sido una cambiaformas, porque una parte de su familia estaba en ella, - el es un ser maravilloso – se dijo sonriendo, sintió una presencia y creyó que era su marido, - ¿no es así amor? - dijo  dándose la vuelta para contemplarlo, pero solo encontró el vació de la habitación en penumbras, un escalofríos corrió por sus entrañas, - amor, porque te demoras – la piel se le había enfriado.





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Re: 1803 - La tragedia de los Rosenheimers || Chiara Diario N° 1

Mensaje por Chiara Di Moncalieri el Miér Jul 17, 2013 6:54 pm

Broken by Helen Jane Long on Grooveshark


Contempló con dulzura a sus pequeños,  que jugaban sobre una alfombra  de mullido pelo en el que se representaba una escena muy particular un majestuoso felino dormía tranquilo a los pies de un cazador que lo observaba inmerso en un arrobamiento que solo denotaba el amor a ese bello ser y le acariciaba su cabeza. Ruggero con sus manitas tocaba los risos rubios de los cabellos de Mely ofreciéndole sonrisas y cualquier objeto que cayera en sus manos. Ella sonrió, le recordó el amor de su hermano Girolamo hacia ella cuando aun eran pequeños, allá en Turin, él tambien solía traerle infinidad de tesoros solo para que ella riera, - donde quedaron esos años, esa vida, el amor y tu juramento de cuidar de mi pasara lo que pasara – dijo en voz baja mientas una nueva lagrima asomaba en su gris mirada. Su tesoro de ojos azules iguales a los de su amado, la contempló dejando su manita en alto, reprochándole con su mirada algo, - ayy mi pequeño príncipe – le dijo mientras con el dorso de su mano escurría aquella lagrima y alzaba a su niño, meciéndolo y besándolo con ternura. Él tomó el  rostro de Chiara entre su pequeñas manos y en su lengua parecía que intentaba consolarla, sonrió tristemente – si, mi amor, prometo que no volveré a estar triste -  se acomodó en el sillón y a pesar de que en su estado no era prudente, pues decían que todo lo que sentía la madre se pasaba al niño en la leche y aunque ya tenían muchos meses mas de lo que se suponía debían dejar el pecho, ella los seguía consintiendo, - es que así siento que nuestra unión es mas fuerte  - le había dicho a Estela cuando ésta le sugirió que los destetara, - son muy pequeños, son mis niños – le reprochaba – es que sufrirán mucho mas si tu por alguna razón debieras viajar sin ellos – le hizo ver - que haría el amo, al verlos llorar, la buscaría personalmente, bajo cada roca hasta encontrarla – ella había reído en su momento, - a donde crees que me puedo ir, si muero sin su presencia – le había contestado mientras se ruborizaba por aceptar que el amor que los unía era tan enorme y a la vez tan poco común en esa sociedad hipócrita y materialista.

Pudo hacer dormir a los dos pequeños, el tener en brazos a Mely, cantarle y sonreírse mientras jugaba sin querer dormir con su pezón en la boca, la había tranquilizado, - ¿extrañas a papá? - le dijo rozando con eterna dulzura su mejilla rosada como un fragante melocotón, - es que tu eres el amor de tu papá y él es tu único amor,  ¿verdad mi cielo? - la niña contestó la caricia y la voz melodiosa de su madre con una amplia sonrisa, luego bostezó, frotó sus ojos con sus manitas y se durmió con la dulce nana que su madre le cantara. Chiara, entregó sus niños a la doncella de Maryeva, se acomodó el vestido y luego  se incorporó. Se estiró tomando su cintura con sus manos y arqueando su espalda hacia atrás, cerró los ojos mientras lo hacía, luego contempló a la joven antes de hablarle, - creo que algo detiene a mi esposo y es hora de que ésto termine -  le sonrió con tristeza, - deberé pedirte un favor, iras con cuatro de los escoltas  de Girolamo hasta mi hogar y dejaras a los niños con Estella – su voz era firme aunque con un dejo de desilusión por la ausencia de Ruggero – dile que en cuanto vuelva del cementerio  regresaré a la mansión – continuó, acercándose a las carriolas que contenían la mas importante de sus posesiones – si encuentras al señor Rosso, le dices que no venga, de seguro esta cansado, que en breve estaré con él –  aun con la piel algo mas pálida de lo normal, unas suaves y apenas imperceptibles ojeras, Chiara era una mujer hermosa, la muchacha se percató de lo frágil que era, y a la vez como intentaba aun a costa de su salud, parecer fuerte para lograr resistir el peso mas duro que le tocaba vivir ahora, - si mi señora – dijo, preguntándose y reprochándose al mismo tiempo sobre cual sería su destino ahora que sus amos ya no estaban. Chiara era una mujer muy intuitiva, se acercó tomó la mano de la joven, - no te preocupes, tu vendrás conmigo, donde vaya tu iras, mi destino será el tuyo – un mareo la hizo cerrar los ojos y tambalear. La joven la ayudó a sentarse, pero luego de tomar un poco de aire, de sentir su pecho dar vuelcos incontrolables, y suspirar tratando de calmarse, la mandó a que se llevara prontamente a los pequeños, pues no deseaba que los niños sintieran todo los movimientos de la casa al sacar los féretros.

Contempló como el carruaje que su esposo había mandado a buscarlos se llevaba a sus pequeños, - es lo mejor – se dijo mientras respiraba hondo y otro mareo la poseía – vamos Chiara, es hora – , caminó hasta el centro del vestíbulo y vio descender con majestuosa parsimonia los dos féretros, un grupo de los mas importantes personajes de la nobleza los acompañaba, ademas de empresarios que habían tenido negocios con su hermano. Por un segundo pensó en Giulia, como estaría, debía viajar a Italia lo antes posible, lo último que sabía era que el esposo de su pequeña hermana, la había dejado sola en Venecia mientras trabajaba, supuestamente era un empresario, - bueno eso y sus aventuras como inquisidor – pensó con tristeza – ojalá él se diera cuenta cuanto daño le  infringe a nuestra niña – reflexionó -¿o acaso no se da cuenta que ella sufre pensando que algo lo pueda dañar? - se frotó los brazos, la misma sensación de escalofríos que había experimentado en la habitación junto a Maryeva  la recorrió mientras los ataúdes pasaban a su lado, una rosa blanca cayo del que pertenecía a Girolamo ella se inclinó y la tomó.

Subió como una autómata al carruaje, su esposo no había llegado y no podía esperarlo mas, pronto anochecería y nadie quería permanecer en el cementerio al bajar el sol. La ceremonia fue corta, el Cardenal se apersonó a dar sus palabras de resignación  y consuelo, la saludó y le recordó que con un generoso donativo para las refacciones de Notre Dame podría realizar misas a perpetuidad por las almas de los condes Di Moncalieri, ella lo miró con sus ojos apagados, casi sin vida, - si – dijo con un hilo de voz, - Ruggero, como permites que éste momento lo pase sola, como no estas aquí para cuidarme de éstos buitres – pensó mientras bajaba la cabeza y besaba el anillo que el emisario de la iglesia le ofrecía, sus miradas lascivas aun en ese momento, mostraban que las donaciones que él pedía, eran algo mas que un abultado cofre de monedas de oro, con el mayor descaro la miraba intentando sopesar las formas sensuales del cuerpo de Chiara, ella se sentía tan ofendida, insultada pero solo deseaba terminar con aquel ritual macabro.

Cuando el último de los personajes se retiró, ella le pidió a Cosimo que la dejara sola, las sombras de la noche comenzaban a  tomar posesión del lugar,  se arrodilló ante la tumba de su hermano y lloró, dejó la rosa blanca sobre la tierra removida y se incorporó para retirarse, - nunca te dejaré sola hermanita – sintió la voz de su fratello como un suave arrullo en el viento de la joven noche, - Giro – dijo sin tener miedo, - ojalá fuera verdad – suspiró mientras se encaminaba al carruaje y el viejo mayordomo le cubría con una gruesa capa de terciopelo negro, se sentó en el asiento y dejó que los recuerdos de un viaje en un coche similar la acunaran hasta dejarle dormida.





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Re: 1803 - La tragedia de los Rosenheimers || Chiara Diario N° 1

Mensaje por Chiara Di Moncalieri el Sáb Jul 20, 2013 7:51 pm

Seconda navigazione by Roberto Cacciapaglia on Grooveshark


El carruaje se dirigía de prisa colina abajo, entrando por el bosque de las afueras de Paris, mas allá quedaban las horas eternas de tristeza y desesperación, lo único que añoraba Chiara en ese preciso instante, era estar acunada en el calor de los brazos de Ruggero, sentir sus latidos, su respiración pausada y que la tranquilizarían. No le importaba nada mas que ver a sus hijos seguros y a su esposo a su lado. Sonrió con tristeza, - no creo que sea el momento apropiado – pensó mientras dejaba que su vista se perdiera en el paisaje que se extendía por delante, suspiró mientras se hundía en el asiento intentando conseguir un poco mas de calor, estaba helada, se dio un poco calor al unir las manos y soplar, contempló los guantes de cabritilla negro, su vestido, sus botas, la capa, toda entera estaba ataviada con el luto mas riguroso, la muerte la había rodeado con sus macabras ceremonias, - y aun así... la vida vuelve a florecer – se dijo con melancolía – un ser muere y otro es concebido - , se sacó el guante de su mano izquierda y contempló el anillo Sello de los condes Di Moncalieri, el viejo Cosimo se lo había entregado – lo necesitará, le servirá para poder hacer efectivo el testamento – ella lo había mirado con asombre – ¿mi hermano había testado? - sus ojos cargados de incredulidad y tristeza  habían contemplado al anciano - si, mi señora, él sabía bien que su vida siendo un cazador, corría siempre peligro- ella solo pudo asentir  mientras se colocaba el anillo en el dedo medio, contempló lo enorme de la joya, si  le quedaba enorme. Lo miró con detenimiento, cada detalle de él le recordaba una parte de si vida, de su infancia, - las épocas felices y las dolorosas también – recapacito. Suspiró dejando que su cuerpo se amoldara al asiento y no opusiera resistencia a los movimientos del carruaje. Llevo su mano a su sien y cerró sus ojos – Amor mio, ya estoy volviendo a tus brazos – de sus labios surgió una sonrisa, una tenue luz de esperanza, - solo, tengo que estar segura y te lo diré – se dijo ruborizándose.

Uno de los guardias que acompañaban el carruaje se acercó a la portezuela, - señora Rosso, estamos llegando – anunció – desea que nos quedemos o prefiere que volvamos a la mansión Di Moncalieri -. Chiara meditó un segundo, si su sobrino había sido raptado y los malhechores y éstos sabían a que familia pertenecía el bebé, seguramente pedirían un rescate, por eso sin consultarlo siquiera con Ruggero les pidió que se quedaran, - total hay lugar de sobra – pensó recordando las caballerizas y los cuartos de servicio, - él entenderá que necesitamos protección, ¿ que pasaría si intentaran secuestrar a nuestros pequeños? - se excusó.

Los portones estaban entornados, Juan la vio llegar, y algo en la mirada del sirviente la hizo dudar, - ¿que esta pasando?- los nervios la estaban acuciando mientras esperaba que el fiel ayudante de su esposo le abriera la puerta, bajó con el rostro algo pálido y asustada, - dime  Juan que ha pasado -.


El hombre no quiso hablar delante de los soldados, - no te preocupes, son fieles a mi, a la familia Di Moncalieri – pero aún así, se negó a decir palabra, - es mejor que entre señora – le tomó con suavidad pero a la vez con firmeza del brazo, ella se dejó conducir, - no se preocupe yo me encargaré de los hombres, usted solo... descanse – la dejó en la puerta y se perdió con paso firme y acelerado hacia donde estaban los hombres, ella lo contemplo, - que extraño – las piernas le temblaban, su cuerpo entero seguía helado, como si una ventisca solo corriera a su alrededor.

Hizo unos pasos y se dio cuenta que el vestíbulo estaban en penumbras, Estella, ya se acercaba con un candil en las manos, su cara era como la de su esposo, algo sabían y no pretendían decirle nada, -¿Estella, llegaron mis pequeños? - le dijo mientras un salto en el corazón la angustiaba. - si señora no se preocupe, hace como dos horas que llegaron, la muchacha que mandó con ellos los ha cuidado y ahora duerme en su habitación – dijo con un dejo de reproche, - sabe que al señor, no le va a gustar que una extraña se haga cargo de sus hijos – Chiara la miró algo extrañada, - pero que esta pasando que me hablas así – le dijo con dolor – en ningún momento dije que ella se hiciera cargo, solo es que no tiene donde quedarse y puede ayudarte en lo que necesites, si no deseas que te ayude con los niños, pues... no lo hará – La mujer en silencio le ayudó a sacarse la capa y asintió en silencio – perdón señora, no tengo derecho alguno a dirigirme a usted de ese modo – se disculpó, Chiara la miró aun con un cierto halo de dolor en la mirada – esta bien mi querida, solo que fueron unos días de muchas tensiones -  la mujer le sonrió, le preguntó si quería algo de comer, ella se negó, no podía tener nada en el estomago, el solo hecho de pensar en eso la descomponía, - solo quisiera un baño caliente y ver a mis pequeños y al señor – dijo al tiempo que subía las escaleras con lentitud, - si señora en unos momentos tendrá listo todo-.

Al llegar a la puerta del cuarto de los niños, se detuvo, deseaba mimarlos acariciarlos, darles de mamar, los pechos le dolían y el darles la posibilidad de tomar, le sacaba la presión que sentía, - pero estoy... - se detuvo en el momento que pensó en todos los lugares por donde había estado, los borde de su vestido habían rosado lozas sepulcrales, tierra, barro, hojas putrefactas. Lo pensó mejor antes de abrir del todo la puerta y entonces la volvió a cerrar. Se dirigió al cuarto donde su baño la esperaba, allí Estella le había preparado una camisola de mangas largas hasta los pies, con encajes y detalles muy elaborados, se dejó ayudar a desvestir, soltar el peinado y luego se sumergió totalmente desnuda en la bañera, se jabonó y lavo sus cabellos, luego de secarse, vestirse y desenredar sus cabellos, abrió la puerta que unía esa habitación a la recamara matrimonial, esperando ver a su esposo dormido, - cuanto deseo abrazarte – dijo en voz baja acercándose cuidadosa al lecho. Su rostro se ensombreció cuando vio el lecho tendido y Ruggero no estaba en el.

Bajó las escaleras deprisa solo con el camisón y el salto de cama – Estella – grito, enojada porque no le había informado que su esposo no se encontraba. La mujer se presentó al final de la escalera, - si mi señora – ella la contempló como si su ama de llaves se hubiera convertido en un completo extraño – dime, ¿porque no me dijiste que mi marido no estaba en casa? - no recibió contestación, solo un silencio que se extendió por toda la mansión.





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Re: 1803 - La tragedia de los Rosenheimers || Chiara Diario N° 1

Mensaje por Chiara Di Moncalieri el Lun Jul 29, 2013 7:30 pm

La profondità del buio by Ludovico Einaudi on Grooveshark


Chiara, se detuvo al llegar junto a Estella, quien la esperaba mas allá de la majestuosa  escalera, con la cabeza inclinada, como quien no desea estar en ese lugar y solo intenta que  acabe pronto una situación incomoda. La contempló por un eterno segundo, la mirada de tristeza en su rostro demostraba cuanta desilusión la embargaba, por la actitud de quien durante tantos meses había sido una de sus mas fieles amigas. La imagen de su querida amiga llegó a su mente – Crystall, ¿que ha pasado contigo, donde estas? - entornó los parpados, cansada de tantas preguntas y tan pocas respuestas. Se dio cuenta que hacía tanto que no sabía nada de ella, casi desde que habían nacido sus pequeños. En ese momento tan doloroso Chiara necesitaba mas que nunca las palabras de su querida Crystall, ella  le hubiera podido decir quien había cercenado la vida de sus amados, pero no había podido estar a su lado, a pesar que mandara recado a la mansión Van Wijs – Espero que no estés pasando por una dificultad, y yo  tan lejos de ti – se reprochó mentalmente.

Sus pestañas se perlaron de lagrimas, cuan sola se sentía, indefensa, asustada, devastada, cuanto necesitaba de sus afectos, mas ahora que su hermano no volvería jamas y la pequeña Giulia vivía en Italia junto a su amado Hayden, - ¿Donde está mi marido? solo le tengo a él – susurró, mirando al ama de llaves, - dime, donde está – volvió a repetir con la voz quebrada por el dolor, tomó las manos de la mujer y en su inmenso dolor se dejó caer hasta quedar arrodillada frente a  su empleada, derramando las lagrimas en esa manos, - por favor, ¿a caso no ves que lo necesito? - no podía demostrar de otra manera lo destruida y vulnerable que se sentía.

La mujer temblaba y ejercía una leve presión intentando zafar de sus manos, - no puedo, señora, no me es permitido deciros  - la voz sonó distante, casi apática, en su mente Chiara sintió como si un latigazo hubiera herido su alma. Soltó esas manos, buscó  en lo profundo de su ser, la dignidad que un momento antes había dejado atrás, con tal de saber donde se encontraba el amor de su vida. Se incorporó parsimoniosamente, con la misma dignidad de un miembro de la nobleza, al final de cuentas aunque no pudiera validar su título, la habían educado para ser una condesa, su rostro se apreciaba pálido, su mirada se tornó fría y cargada de reproche, buscó los orbes huidizos de Estella, que la contemplaron avergonzados, - Estella... mirame bien... no olvides nunca lo que hoy te digo – le exigió, - si descubro que me escondes algo importante, que pone en peligro a mi familia –  su voz sonaba contenida por la ira creciente que nacía en mitad de su pecho – juro por Dios, que no encontrarás lugar en  esta vida, ni en la próxima para librarte de mi furia -, Chiara temblaba, sus pupilas centellaba, sus manos cerradas en  un puño arrugaban su atuendo, siguió su camino, pasando junto a la mujer que confundida y sumamente sorprendida la miraba alejarse, la dulce esposa del inquisidor había desaparecido y si las cosas seguían así, sería para siempre.

Chiara se dirigió con paso seguro al despacho de su esposo cerrando la puerta tras de si, apoyó su espalda en la madera fría y dejó que la frustración saliera de su cuerpo en un grito ahogado y lagrimas que rodaban por sus mejillas y cuello, - Ruggero, ¿donde estas, por que me haces esto? - dijo mientras se deslizaba hasta quedar sentada en el piso, allí en aquella habitación que era el santuario de su adorado, donde nunca había puesto su pie, ya que le habían enseñado que el despacho de un caballero no debía ser profanado por nadie, allí  donde podían estar seguros todos los secretos de ese hombre, se encontraba intentando descubrir el porqué de aquella ausencia que la desgarraba. Su desesperación era tan grande que solo  pretendía acertar el porque de aquella desición tomada tan arbitrariamente por el ser que se suponía mas la amaba, el secreto debía estar entre esos papeles.

Contempló  la habitación, iluminada por los rayos de luna y el crepitar de unos exiguos leños en la chimenea, la atmósfera  parecía helada y distante, el fuego apenas se mantenía encendido y pronto se extinguiría, se levantó y tomó unas madera de la leñera acomodandolas, observando como el fuego revivía. Cuando la sala se iluminó por el anaranjado de las llamas, Chiara se dirigió al escritorio de su esposo,  sentándose  en el sillón, en silenció, con los ojos cerrados, los brazos apoyados a los costados de su cuerpo. Se imaginó abrazada a su amado, recibiendo el calor y el amor de Ruggero, suspiró melancólica, deseaba descansar junto a su esposo. No llegaba a entender, como podía ser que él la abandonara, sin una carta, sin un porqué, ni siquiera sus sirvientes intentaban  ponerse en su lugar – ¿acaso es tan difícil? - meditó en silencio.

Unos golpes en la puerta la sacaron de sus cavilaciones, abriendose tímidamente. Una joven que ella reconoció como Rannia, la doncella de Maryeva, se acercó lentamente al escritorio – disculpe, pero creo que debería saber lo que pasó en la mansión mientras usted no estaba – dijo, inclinando la cabeza. La recién llegada, sabía que tal vez era mejor no involucrarse, pero  había sido testigo de la dolorosa escena, cuando bajaba por agua a la cocina. Esperó el momento mas oportuno para llegar hasta la mujer, debía ser fiel a la familia Di Moncalieri y no dejaría que la condesa siguiera sufriendo de esa forma.





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Re: 1803 - La tragedia de los Rosenheimers || Chiara Diario N° 1

Mensaje por Chiara Di Moncalieri el Sáb Ago 03, 2013 6:49 pm

The Moment by 이루마(Yiruma)  on Grooveshark


Chiara había escuchado cada una de las frases que la doncella le había relatado, la angustia y la tristeza se notaban en su semblante, cerró su ojos  y pudo contemplar la escena, su marido hablando con una mujer, la carta, el enojo y la tristeza de Ruggero. Creía conocerlo, o por lo menos él la conocía bien, como nadie en el mundo alguna vez lo haría.

Le pidió que se retirara y allí se quedo, observando el crepitar de los leños, se había sentado hecha un ovillo sobre el sillón de su marido, acurrucada, con la cabeza enterrada en el respaldo, que aun conservaba una mezcla de aromas que hacían recordarlo, lloró hasta que las lagrimas se secaron en sus ojos y quedara dormida profundamente, había encontrado un abrigo de su amado tirado al descuido en el sofá que junto a una imponente biblioteca  completaba la decoración de aquel despacho y aferrada a los recuerdos de su único amor había pasado la noche mas larga de su vida.

Cuando los primeros rayos de sol se introducían tímidamente por los ventanales. Juan, entró al despacho seguido por Estella, la observaron desde el umbral de la puerta – deberías haberle dicho – reprendió a su esposa, ella se giró y lo miró a los ojos, - ¿que debía decirle? - un brillo de dolor se dejó ver en su mirada cansada, tampoco ella había dormido, sentada en una silla, esperó que su señora saliera del despacho y le permitiera intentar explicar lo que le costaba entender a ella misma, pero Chiara no había abandonado el santuario de Ruggero en ningún momento. Suspiró antes de seguir, - ¿acaso decirle que su esposo salió a pedir mas explicaciones por la muerte de sus dos cuñados? - hizo una leve pausa para tratar de contener el llanto – ¿o que se arrojó a los pies de la asesina de Girolamo, para que lo matara y dejara de hacerle daño a su amada esposa? -  las lagrimas le caían pesadas por las mejillas, - ¿crees que no sufriría, sabiendo la verdad? -. Juan miró con ternura y paciencia a su amada mujer, sabía que ella se había equivocado, pero el amor que  ambos profesaban  por Ruggero, la lealtad a su querido señor eran admirables, - se que solo intentas hacer que nada perturbe el amor de nuestros queridos  – dijo en un susurro, pegando su cuerpo al de ella, hablando con sus labios a la altura de su oído derecho, - pero ocultarle, solo hará que no entienda y se vaya – buscó sus ojos, - ¿eso quieres? ¿o caso no has visto como reaccionó él cuando descubrió que ella y sus hijos no lo esperaban? Por Dios, si pensé que moriría de dolor – la tomó de los hombros alejándola un poco, - ¿si ella se fuera, si se llevara a sus hijos o si enfermara por tanta tristeza y muerte... crees que él podrá cargar con la culpa de sentir que una omisión destruyó su idilio? - Estella tragó saliva y negó con la cabeza – no, no podría soportarlo, moriría o se volvería el hombre mas cruel que hayamos conocido, mucho mas frío de lo que alguna vez fue – cerró sus ojos y apoyó su frente en los labios de su amado, él la besó y abrazó, - lo se mi cielo – acarició el cabello de su mujer y le sonrió, - ahora ayudame, la llevaremos a su lecho, no creo que él señor demore mas... - se detuvo, dudaba que volviera en poco tiempo – y si se demora, debemos hacer que esa ausencia no sea tan dolorosa – ella asintió a las palabras de Juan.

El hombre se acercó, sonrió meneando la cabeza y frotándose la nuca con la mano, Chiara dormía acurrucada con una expresión de paz en su rostro abrazada al abrigo de su esposo embriagada por el aroma que lo recordaba, se agachó  y pasó un brazo por la espalda de la mujer que inconsciente se giró para aferrarse a su torso, - ¿Ruggero? - dijo entre dormida y sollozando, no quiso decir ninguna palabra el tono de  su voz no era parecido al de su amo y la despertaría. Cuando la sintió segura y relajada  en sus brazos, se dirigió a las escaleras  secundando a Estella, llegaron al pasillo y de allí a la habitación, el ama de llaves hizo un lado el cobertor y dejó que su esposo depositara con sumo cuidado el cuerpo de la joven, ésta se movió buscando el calor de su amado entre la superficie del lecho y quedó inmovil  abrazando una de las almohadas,  lagrimas  tardías acuaron sus ojos, éstos se movían con rapidez demostrando que soñaba, - ojalá sueñes con el reencuentro y la felicidad, pequeña Chiara – pronunció Estella mientras se retiraban y dejaba en soledad un alma herida pero infinitamente enamorada.





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Re: 1803 - La tragedia de los Rosenheimers || Chiara Diario N° 1

Mensaje por Chiara Di Moncalieri el Jue Ago 22, 2013 7:58 pm

Note di notte by Rondò Veneziano on Grooveshark

Chiara despertó pasada la media mañana, ya las cortinas de la habitación habían sido descorridas por la nueva doncella y Estella cuidaba de los pequeños, que uno en brazos y el otro en su carriola disfrutaban de los suaves y tibios rayos de sol. Con sus  ojos, aun entornados inspiró profundamente, intentando capturar cualquier perfume que le recordara a su amado. Estiró el brazo y con la punta de los dedos fue acariciando cada centímetro del lecho que le perteneciera a ese hombre, que era parte indispensable de su vida.

En pocos movimientos estuvo sobre esas frías sabanas, - extraño tu calor, tus abrazos – las lagrimas rodaron por el puente de su nariz hasta caer en la sabana, con su mejilla derecha apoyada en la seda helada, - aun no comprendo porque no vuelves, siempre dijiste que sin nosotros tu vida no tenia sentido y hoy nos has dejado a un lado como si todas las promesas y los juramentos hubieran sido vanos – sus dedos se cerraron en un puño arrugando la tela, tal que  si se tratase de la camisa de su marido,  deseando de alguna manera expresar todo lo que guardaba en medio del pecho.

Unos suaves golpes en la puerta la sacaron de sus cavilaciones, - disculpe señora, me pidió el ama de llaves que le avisara que pronto los pequeños tendrán que alimentarse – dijo con vos temerosa y casi un susurro. Chiara limpió con sus manos el rastro de aquellas lagrimas y se incorporó con suma dificultad, como si el peso que cargara en sus hombro fuera enorme. Se sentó en el lecho y con sus manos en el regazo, los hombros algo vencidos y una mirada de enorme tristeza, asintió con la cabeza, - esta bien, enseguida bajaré, solo deseo poder darme un baño –.

No necesitó decir nada, la doncella entró silenciosa a la habitación y tras ayudarla a incorporarse y buscarle la muda de ropa que iba a usar, le informó que el baño ya estaba listo. Chiara sonrió con dulzura, - gracias, pequeña -, se levantó descalza a pesar del frio, dirigiéndose a la puerta que separaba la alcoba del baño, tocó el picaporte y en su mente desfilaron como  antiguos daguerrotipo, imágenes de aquella noche cuando la convirtiera en su esposa, el baile silencioso de los cuerpos que se amaban en la inmensidad de la noche; los luceros que fueron para ella esos ojos que nunca podría olvidar. El roce de unos dedos en su hombro la volvieron al presente, - señora, no se enfríe eso puede hacer que pierda la leche – comentó roja como una rosa en primavera, la pequeña Rannia, amaba a los niños aunque recién los conociera,  para ella los bebés, cualquiera sea su especie, eran su debilidad, y verdaderamente estos dos chiquitines le habían conquistado el alma son su dulzura, sus sonrisas y sus gestos siempre alegre.

Chiara, entró al cuarto de baño, donde otros recuerdos la asaltaron. Le pareció ver a su esposo en la imponente bañera de escalinatas decorada con un trompe-l'œil que imitaba un grupo de palmeras y enredaderas de un verde vivo y exquisito, sonrió pensando en lo exótico que podía ser el gusto de su amado y como ella se había aficionado a todo lo que él hacía o decía, – eres patética – se reprochó ensombreciendo su semblante y ocultándolo de la mirada curiosa de su doncella, - puedes retirarte, espérame mejor en el cuarto, no me demoraré mucho – dijo mientras con un ademan indicaba que deseaba estar sola.

Cuando hundió su cuerpo desnudo en las tibias aguas la sensación de unas manos que la tomaban por la cintura y las caderas, unos labios que la besaban en su cuello, la hicieron estremecer. Dejó que la amargura, el miedo y la tristeza de no saber donde se encontraba en ese momento Ruggero se desbordaran, liberando su cuerpo de aquellos sentimientos destructivos. Sentada en  las escalinatas acariciando con sus dedos la superficie del agua. Continuaba, en su mente, atrapada en la noche mas importante de su vida. Cerró los ojos y volvió a estar junto a su amado, los dos descansando en el lecho y las palabras de Ruggero dichas en su oido -  Amada mía, te amo tanto que mi sentir se expresa de cualquier forma, mis propias lágrimas surgen de la fuente de mi corazón, una inundación provocada por todo vuestro ser, mi mente piensa en versos y mi alma sólo pronuncia vuestro nombre  * - ella le creía, por esa razón  no entendía porqué él la había dejado sin siquiera intentar hablar con ella, cual era la causa de su partida, entonces a su mente llegaron sus propias palabras, - prométeme que no me dejaras, que harás hasta lo imposible para que estemos juntos por siempre -  suspiró mientras se preguntaba por milésima vez porqué las promesas no se cumplían.

Desanimada, salió del agua, se secó con una de las toallas y entró a la recamara, Rannia la esperaba. En silencio se dejó vestir, con un traje de dos piezas de color azul noche, tal vez debería llevar luto, pero en verdad sentía que ya lo cargaba en su interior, desde hacía varios días, un peso inmensamente doloroso, en tan corto tiempo había perdido a  gran parte de su familia, pero sobre todo su mayor desesperación, la que cada hora se volvía mas insoportable, era la ausencia de él - por Dios, Ruggero, donde estas, deja de torturarme, vuelve a mi, a tus hijos, necesito entender.- expresó en voz alta sin importarle que su doncella la escuchara, sin detener las lagrimas que brotaban de sus ojos, se dejó caer, y cuando la joven se arrodilló a su lado, mirándola en silencio y con suma compasión y tristeza, Chiara se abrazó a ella, se sentía el ser mas desdichado y desvalido del mundo.

Cuando la crisis remitió y pudo recuperarse un poco, se dirigió a los jardines, donde sus pequeños la esperaban, inspiró profundamente y sonrió al ver a la pequeña Mely en brazos de Estella, se acercó, acarició su rosada mejilla y besó con ternura y profundo amor.  Unos sonidos y el volar de un juguete le hizo darse vuelta, su pequeño tirano la contemplaba con el ceño fruncido y sus labios en una mueca de enojo, como reprochando que no lo hubiera saludado primero. Chiara rió mientras se inclinaba sobre la carriola y tomaba en brazos al pequeños, que con los ojos idénticos a su padre la contemplaban con un arrobador sentimiento de amor, - Os lo prometo amor, no permitiré que nada nos separe - * resonaron en su mente el juramento de su amado, abrazó con fuerza al pequeño llenándolo de besos en el rostro, sabía que a pesar de la separación ellos estarían juntos cuando las dificultades terminaran y los secretos se desvelaran.

*:
Textos extraídos del tema El fuego de una pasión... perteneciente a Ruggero Rosso.





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Re: 1803 - La tragedia de los Rosenheimers || Chiara Diario N° 1

Mensaje por Chiara Di Moncalieri el Jue Sep 12, 2013 8:02 pm

Los vio jugar, rió con sus caritas sonrientes o asombradas. Los hizo girar en sus brazos y los alimentó. Junto con Estella los condujo a la habitación y en silencio contempló como la doncella y el ama de llaves depositaban en sus cunas a cada uno de los pequeños. La primera en abandonar la habitación fue Rannia, quien se dirigió a preparar la alcoba de la señora por si ésta quisiera descansar antes de almorzar. Posteriormente Estella, se dirigió a la puerta, pasó por donde la señora se encontraba reclinada en una silla vienesa y  antes de retirarse, la fiel empleada de su esposo, se detuvo un instante, la contempló en silencio. Las dos sabían que la relación que alguna vez habían tenido estaba herida, - ¿podrá algún día perdonarme? – le preguntó apenas en vos audible. Chiara alzó los ojos hasta que sus miradas se encontraron, - no lo sé – dijo levantando levemente sus hombros en un gesto de cansancio y resignación, - ¿acaso seguirás ocultándome la verdad de la ausencia de mi esposo?  - la sierva hizo un gesto de dolor, si algo había descubierto era que su ama no olvidaba, ni entregaba su confianza a cualquiera y ciegamente. - mi señora, yo... yo solo cumplo con lo que su esposo nos pidió, que os protegiéramos y que debíais esperar aquí a que él regrese – le respondió con la voz angustiada,  sentía que estaba entre la espada y la pared, respetaba y amaba a su amo, pero también amaba a esa mujer que había llegado a sus vida una tarde apenas morir el día y que nunca más se fue de allí. - ¿como ser fiel  al señor y a la vez ayudar a entender ésta ausencia a su amada? -  caviló, mientras hacía una leve reverencia y se retiraba dejando sola a Chiara con sus amados tesoros.

Luego de pasar un rato susurrando nanas, parada al lado de cada cuna, acariciando las mejillas sonrosadas de Mely y Ruggero, suspiró, estaba algo agotada, pero no tenía que ver con lo físico, era ese constante divagar intentando comprender lo incomprensible. Sabía que si permanecía mas tiempo encerrada entre esas paredes, todo el día, ella se derrumbaría. Acomodando los cobertores  de sus bebés, para que no tuvieran frío, y dando besos en sus rubias cabecitas, decidió que podría salir a dar una vuelta, - me haría bien - recapacitó, - solo una hora o un poco mas, hace mucho que no voy al orfanato – se sorprendió, - desde que vine a vivir con Ruggero –. Por él había abandonado todo, a su hermano, a Giulia, la Alianza y ni siquiera había continuado con algunas de sus actividades de beneficencia.  contempló a los niños dormir, felices, bien alimentados, sin falta ni necesidad alguna. Recordó  otros rostros pequeños, con sus mejillas hundidas, su mirada opaca y el corazón se le estrujó, - ¿como pude olvidarme de ellos? – se reprendió – ¿acaso Dios cuidará de mis seres amados si yo no cuido aunque sea un momento de los mas desvalidos, de aquellos que la vida les ha pagado mal? -, suspiró mientras tomaba una decisión.

Bajó las escaleras, llamando a Juan, su cochero, éste no se demoró, - prepara el carruaje, vamos apresúrate – le exigió, - dile a tu mujer que cuide de los pequeños y que no almorzaré en casa – mientras hablaba se puso su abrigo de piel y los guantes de cabritilla – has que preparen tres canastas con comida y buscaremos, de camino al orfanato, ropa en uno de esos comercios que abundan por la zona -.  Se dirigió nuevamente al estudio de su esposo, seguramente en alguno de los cajones, Ruggero tendría un poco de papel donde escribir una lista con lo que deberían comprar – harina, sal, azúcar, aceite – pensó.

Corrió por el pasillo hasta entrar en la habitación, el aroma a su esposo la golpeó en el rostro, pero no le puso triste, ayudar a los demás siempre la alegraba, sonrió pensando que él se sentiría orgulloso de ella. Caminó hasta el escritorio se volvió a sentar como la noche anterior en la butaca de su esposo y comenzó a abrir todos los cajones que tenía el mueble. Uno le costó pero cuando  lo hizo, un papel llamó su atención. Se quedó en silencio el corazón comenzó a palpitar, era un papel con la insignia de la Inquisición, conocía bien esos documentos había visto muchos papeles parecidos en el  despacho de su padre, algunos eran pedidos que le hacía el propio Papa al Conde, - ¿que será esto? – pensó – ¿tal vez se ha cansado de ser un hombre de negocios y extraña su vida como inquisidor? – se alarmó – seguramente no quiere asustarme – su mano tembló mientras  tomaba la carta y la extendía.

Sus ojos se fueron abriendo desmesuradamente, con cada una de las palabras que estaban escritas en ese maldito papel, no era una carta dirigida a su esposo, no, era para una mujer, - Cammy White – repitió mientras con su delgado dedo indice recorría la  elegante caligrafía – capturar y eliminar a... - su corazón se detuvo por un momento al leer los nombres de su querido fratello y de su amiga Maryeva. La vista se le nubló y las lagrimas cayeron de sus orbes sin poder contenerlas.

Nada tenía sentido, ¿que hacía esa carta allí?, ¿porque su esposo la había guardado?, ¿adonde estaba?, ¿acaso se había ido tras esa mujer para cobrar venganza? -no-, se dijo, recordando que era una inquisidora – ella debe ser su amiga, su discípula, como lo fue Hayden – se dijo, mientras se levantaba de la butaca con brusquedad haciéndola tambalear. Sin darse cuenta estaba vociferando, llamando a gritos a sus empleados, que corrieron hacia ella y se quedaron de piedra al contemplarla con el rostro desencajado por la ira y la desolación – basta de mentiras, exijo que me digáis que ha pasado en esta casa en mi ausencia y donde maldita sea esta el desgraciado, que decía amarme -.





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Re: 1803 - La tragedia de los Rosenheimers || Chiara Diario N° 1

Mensaje por Chiara Di Moncalieri el Sáb Sep 14, 2013 12:03 pm

Se encerró en su cuarto, los golpes insistentes en la puerta demostraban la angustia de la Ama de llaves, - señora por favor recapacite – intentaba hacerla entrar en razón para que no cometiera una locura, - abra la puerta, deje que le explique - . Chiara giró con sus ojos encendidos en ira, - ¿que me quieres explicar? - le gritó mientras buscaba desesperada por toda la habitación sus baúles, esos que Cocimo había mandado, la mañana siguiente a su noche de bodas.

No los encontró, salió al balcón y distinguió a uno de los guardias de la familia Di Moncalieri que descansaba al sol en el jardín, - atrevido – pensó por un momento antes de hacerle señas y llamarlo – ¡¡he tú!! - el soldado se levantó apresurado por haber sido descubierto en un sector de la propiedad que solo la familia podía disfrutar, - ve a preparar  el carruaje, partimos en breve – él hombre se cuadró en un saludo militar, le gustara a quien le gustara, hoy por hoy ella era la madre del único heredero al título de Conde. Inclinó su cabeza en señal de aprobación al respeto que el hombre le daba y se dirigió nuevamente adentró de la habitación.

Rannia, se acercó con cautela, como todo felino, a donde se encontraba Estella, - señora, si me deja probar, tal vez si le hablara – la mujer la miró primero con un gesto de extrañeza, luego de fastidio, diciendo mentalmente - “¿si a mí no me hace caso, que la conozco desde hace mas tiempo, crees que te atenderá a ti?” -, pero Estella era una persona que no era pagada en si misma y tras suspirar cedió su lugar. Rannia le sonrió cuando se colocó pegada a la puerta de la habitación de su nueva ama, - señora, soy Rannia, por favor, déjeme entrar, puedo ayudarla en lo que necesite – . Se quedaron en silencio, la jovencita se giró un poco hasta poder contemplar  los ojos a la mujer, quien hizo un gesto de “lo intentaste”, pero entonces un ruido en la cerradora y el chasquido antes de que la puerta se abriera le produjo una sensación de victoria, por lo menos de una pequeña batalla. La voz imperiosa, pero mas calmada de Chiara se escuchó, - solo tú – cuando la doncella entró, la puerta volvió a entornarse y la señora Rosso dijo antes de cerrarla completamente -  Estella, vete, no deseo verte – el ama de llaves luego de una leve inclinación de respeto se giró y desapareció escaleras abajo.

Cuando la doncella estuvo adentro de la habitación, esperaba  encontrar el lugar  totalmente destruido, con los espejos rotos o la ropa fuera de los cajones y armarios, pero no, todo estaba en su sitio, recorrió con la mirada cada lugar de la alcoba y luego posó su mirada en la dama de rubios cabellos, - lo ama, no quiere destrozar nada, porque tampoco intentará romper con su matrimonio, pero está muy dolida – toda la servidumbre se había anoticiado de lo sucedido antes y después de la llegada de la condesa. La italiana, la contemplaba con curiosidad, pero su mirada mostraba el dolor y la frustración que la embargaban, pasaron un tiempo que le pareció eterno a la joven observándose, midiéndose, examinándose hasta que la dama habló.

Rannia, salió de la habitación, bajó por las escaleras, llegó a la zona de los sirvientes y buscó a Estella, - disculpe, pero necesito los baúles de mi señora – la mujer que en ese momento estaba preparando unos bocadillos para los soldados, casi se desvaneció de la impresión, uno de  éstos jóvenes que  esperaba su porción, corrió como un suspiro y la alcanzó a sostener.

Sentada en una de las sillas de la cocina Estella sollozaba, - se irá – dijo con angustia -  lo sabía – su tono era ahora de enojo – como puede hacerle ésto Ruggero, si la ama - tomó entre sus manos su cabeza y con los codos apoyados en la madera de la mesa dejó que el llanto surgiera. Rannia, se inclinó sobre ella y le acarició el hombro, mientras el soldado volvía a la estancia con un poco de vino fresco, - dele para que tome, eso la animará, no se que pasó pero le dio una impresión fuerte – dijo, mientras se rascaba la cabeza – a mi madre le da eso cada vez que salgo en misión – se puso colorado y luego soltó una carcajada nerviosa. La joven lo miró con gesto reprobatorio, pero en verdad había logrado que Estella riera entre lagrimas.

Cuando el joven se retiró, La doncella se sentó en otra silla, frente a Estella, - mire, creo que es en vano intentar detenerla, parece una mujer fuerte y decidida – hizo una pausa y buscó en la mirada de su compañera un atisbo de que la seguía – si nos oponemos, saldrá por esa puerta y hará cualquier desastre. Por lo poco que he visto, es el fiel reflejo de su hermano y si él era impulsivo y arrojado ella también lo será – estiró su mano hasta tocar la de Estella, - ella quiere ir a Italia, a lo de su hermana, debe contarle lo sucedido a mi amo y creo que tiene razón –, El ama da llaves negó con la cabeza , la mirada cargada de horror – ya se, ya se que piensa que es una locura, el viaje es largo y para una mujer sola... con sus hijos, es complicado, pero con la guardia que tiene, no correrán ningún peligro -, la mujer comenzó nuevamente a llorar, - ¿que será de mis señor cuando no los encuentre al volver? - dijo desesperadamente, Rannia intentó encontrar una solución a esa incertidumbre, - dígale que irá a Venecia, a la mansión del Señor Vaggö, - las dos asintieron con el gesto como si hubieran encontrado al fin una solución, - que hable con ella, él es el único que podrá hacerla entrar en razón... es al único que espera – caviló en voz alta.

Chiara recorrió con la punta de sus dedos el sitió donde su esposo solía sentarse a leer, aquel sillón que fuera testigo de tanta pasión, se dejó caer en el y suspiró, no estaba enojada con Ruggero, si dolida, creía en verdad que si el amor que se tenían era realmente eterno, él encontraría la forma de estar nuevamente unidos. Tiró su cuerpo hacia atrás haciendo presión en el respaldo, con los ojos cerrados. Se quedó allí un momento, hasta que sintió los delicados golpes en la puerta, - pasa – le contestó, a lo que la doncella entró en la habitación, - permiso señora, vine con dos soldados a traer sus baúles – Chiara, asintió  y se levantó. Cuando los hombres se retiraron y solo estaban ella, le fue comunicando que deseaba llevar, - pon algunos de mis trajes, no muchos – pensó en que comprar otros después – aquí hay algunos que quiero llevar – dijo mientras abría un ropero. Se quedó paralizada ante lo que encontró en ese lugar, se había equivocado y no era su ropero sinó el de Ruggero, allí se encontraba parte de la ropa de su esposo.

Se quedó en silencio contemplándo, por un segundo quiso abrazar esas telas y  llorar  así su soledad. Pero de pronto la ira volvió a ella, tomó con fuerza uno de los trajes y lo tironeó haciéndolo caer al piso. No era un traje normal, mas bien eran extraños, como el que ella había visto que Ruggero usara la primera noche en que se conocieron. Se sorprendió de que tuviera algunos allí. Tomó otro que también se encontraba colgado, era una chaqueta de cuero, con piel en las mangas, apenas tocarla, unas visiones llegaron hacia  su mente, sangre, mucha sangre, rugidos, el ruido de armas disparándose, un rostro femenino de ojos azules y piel blanca que lo contemplaba con seducción. Soltó la prenda instintivamente, como si le quemara, se tomó la muñeca con la otra  y miró a la joven quien corrió a auxiliarla.

En pocos momentos todos estaban allí, Estella, Juan, Rannia – ¿se siente mejor? - dijo la voz de su doncella, Chiara asintió, miró con extrañeza a todos, algo le estaba pasando, y no podía ser normal. Al rededor de la doncella pudo percibir un color, como si una luz emanara de su interior,  la joven se dio cuenta de la forma en que su ama la contemplaba y bajó la mirada, algo asustada.

Tomó el agua que le ofrecieron y pidió que se retiraran, necesitaba estar sola, no sabía a quien recurrir. Meditó un largo rato, las sombras de la noche estaban llegando cuando golpes en la puerta volvieron a sonar, - señora, preguntan si va a cenar -  dijo la voz de la doncella, - no – respondió, - solo trae a mis pequeños, quiero estar con ellos -  exigió mientras se incorporaba con dificultad del sillón y se recostaba en la cama.

La puerta se abrió y la joven con los niños entró, Ruggero a penas ver a su mamá gritó de contento, Mely, que estaba algo somnolienta solo le sonrió restregándose los ojos con su manita y apoyando delicadamente su cabecita en el hombre de Rannia. El pequeño se movía inquieto, intentando llegar lo antes posible a los brazos de su madre. Chiara lo abrazó y besó, se recostó entre los almohadones y colocando uno a cada lado de ella, suspiró aliviada, de esa manera se sintió mas calmada.

Algo le estaba pasando, un don que no comprendía del todo, surgía lentamente en ella. Las palabras que su amiga  Crystall, alguna vez le había comentado, llegaron como las olas a la playa, ella era parte de la familia de una de las brujas mas poderosas y crueles de toda Europa, no sería descabellado pensar entonces que fuera una bruja también, - ¿llegaré a ser tan cruel y asesina como Giulia Di Moncalieri? - se preguntó mientras besaba la cabecita de su pequeño niño, que dormía plácidamente.





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Re: 1803 - La tragedia de los Rosenheimers || Chiara Diario N° 1

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