Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Pero hace tanta soledad que las palabras se suicidan

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Pero hace tanta soledad que las palabras se suicidan

Mensaje por Madeleine Fitzherbert el Sáb Oct 05, 2013 11:22 am

De niña a mujer. Relato de una inocencia mancillada

—Es usted muy grande…
—Sí que lo soy —rió con sorna, mientras se golpeaba la barriga con la mano derecha.
Madeleine tenía nueve años, la credibilidad de la niñez y el instinto de supervivencia, que le aceleraba la respiración. Se sentó con inseguridad en la cama, sin saber qué hacer, cómo actuar, tampoco comprendía el sentido de estar encerrada en aquella habitación pequeña con ese hombre tan enorme, tan gordo, tan redondo.
La pequeña lo miraba de reojo, tenía poco pelo, y se notaba que las canas que le quedaban estaban grasosas. “Tiene más pelos en las orejas que en la cabeza” pensó y estuvo a punto de reír de su propia broma, si no hubiera sido porque el militar se quitó la chaqueta.
—¿Ya me puedo ir con mi mamá? —preguntó estirándose la falda rosada, y mirando hacia el techo, nerviosa, ansiosa, temerosa, sin saber el motivo que la instaba a esas emociones.
—No, cariño, todavía no —murmuró el capitán.
El hombre se sentó a su lado y le acarició la trenza rubia que colgaba en su espalda. Desarmó el comienzo, y sus dedos rechonchos fueron deshaciendo el peinado con parsimonia, mientras la niña sentía cómo se le secaba la garganta, cómo se volvía difícil tragar.
El aire estaba viciado, una pequeña lámpara de aceite iluminaba la habitación. El perfume rancio del militar le llegaba a las fosas nasales irritándolas. Maddie estaba desorientada, y más lo estuvo cuando sintió que los cordones de su vestido, atados a su espalda, comenzaban a aflojarse. Giró bruscamente, y el hombre le acarició los labios con el pulgar.
—Lo haré primero yo, está bien —aseguró con una sonrisa.
El inglés se puso de pie frente a una mirada atenta. Se quitó la camisa por la cabeza, y la visión de su barriga transpirada la obligó a retroceder. Él rió, una vez más. Con un equilibrio tambaleante, se sacó las botas, tirándolas hacia un costado. El ruido la hizo dar un pequeño salto. Tampoco tuvo gracia al quitarse los pantalones azules. El calzoncillo de lino le llegaba hasta las rodillas. Era un espectáculo cómico. Maddie intentó levantarse, pero las manos de su acompañante le apretaron los hombros, reteniéndola.
—Señor, me quiero ir con mi mamá —lloriqueó.
—Oh, pequeña, no, todavía no hemos jugado —le acarició el cabello, revolviéndoselo, para que su cascada de bucles se expandiera.
—¿Vamos a jugar? —le consultó con una pequeña sonrisa, aún repleta de miedo.
—Sí, cielito, vamos a jugar a que tú eres una mujer como tu mami y yo soy un hombre.
—No se jugar a eso —frunció el seño.
—Te enseñaré.
Se puso en cuclillas frente a ella, le quitó los zapatos y los dejó a un costado. Deslizó sus medias por las delgadas piernas de la niña, la ayudó a ponerse de pie, y de un solo tirón, el vestido quedó en el piso. Maddie miró hacia abajo, el movimiento había sido tan rápido que no pudo ni sostener la prenda. Se cubrió con los brazos en un acto reflejo, pero las enaguas era lo único que la separaba de la total humillación.
—No me gusta, no quiero —gimoteó, removiéndose, intentando huir, pero el militar la sostuvo de los brazos.
—Shhhh tranquila, primero yo —le depositó un beso en la frente, se puso de pie, bajó su calzoncillo y liberó su miembro flácido. Lo acarició con la palma derecha. — ¿Te gusta? —preguntó ladeando una sonrisa ante la mirada atónita de Madeleine.
—¡Cúbrase! Eso es de mala educación —fue lo único que dijo antes de voltearse. Escuchó la carcajada estrepitosa.
—Ahora faltas tú —le arrancó la enagua, apretó su mano en la nuca y le acarició los glúteos —Qué bonita eres, cuando crezcas serás un primor —su índice penetró por su ano, y Maddie comenzó a moverse histérica, obligándolo a retirarse- — ¿No te han dicho que pagué muy bien por ti? —preguntó ofuscado.
— ¿Pagar por mi?
—Sí, pagar por ti, para que tu familia pueda comer.
— ¿Mis hermanos comerán?
—Claro que sí —la volteó— Pero para eso, sólo debes hacer lo que te digo.
La niña dudó, pero sus hermanos y su padre estaban débiles debido a la falta de alimento. Si ella podía ayudarlos, no le quedaba otra solución más que obedecer, por más que no le hubiera gustado lo que ese hombre gordo, feo y sucio le había hecho. Asintió, dubitativa.
—Me gustan mucho las niñitas como tu —dijo satisfecho. La obligó a sentarse y le separó las rodillas. Observó su pequeña vagina, libre de vello pubiano, aún demasiado joven para eso. Le separó los labios mayores, y Maddie intentó cerrarse— No, no, quietita —algo en la voz de él la hizo detenerse. Acarició su clítoris con el pulgar, y el índice la penetro suavemente, Madeleine comenzó a llorar. — ¿Duele? —ella asintió con la cabeza, y él presionó más— ¿Duele? —volvió a preguntar, la niña asintió mordiéndose el labio— ¿Sigue doliendo? —y rió al ver cómo la pequeña aguantaba una afirmación y negó. —No estarás lista nunca —se resignó.
Cuando el hombre dejó sus caricias, Madeleine recogió las piernas y se abrazó a sus rodillas. No comprendía qué sucedía, pero algo en su interior comenzaba a resquebrajarse. Se sorprendió cuando el militar, con movimientos pesados, se arrodillo sobre la cama.
—Que tú no quieras estar lista, no significa que yo no vaya a estarlo —se quejó. Tiró de su brazo y llevó su pequeña mano a su pene. La nena tensó los dedos, pero la fuerza que él ejerció la llevó a cerrar su mano en torno a ese órgano espantoso. Él comenzó a gemir, a medida que la guiaba a que subiera y bajara por su miembro. Maddie quería vomitar.
El capitán la detuvo con brusquedad, la acostó con la cabeza apoyada en la almohada, separó sus piernas hasta que la ingle le dolió, y la penetró con violencia. La niña arqueó la espalda, apretó los ojos y sintió cómo la calidez de sus lágrimas le bañaba las sienes, un grito le laceró la garganta.
—Basta, por favor —suplicó, pero las envestidas del hombre no se detenían, una punzada le inundaba las piernas, el vientre, y los movimientos hacían que su pequeño cuerpo se moviera de un lado a otro. La barriga prominente la aplastaba, el sudor del hombre la bañaba, mezclando el propio con el ajeno, y el rancio olor del militar, se grababa eternamente en su memoria.
Todo terminó con un grito de él, pero ella no lo escuchó, demasiado atormentada por la escena y por el padecimiento, para darle cabida a sus reacciones. Lo sintió retirarse y dejarle los delgados muslos empapados de un líquido espeso. Él se acostó a su lado, sonriendo. Madeleine estaba inmóvil, paralizada de miedo, impresión, angustia y ese dolor acuciante que no se iba de su entrepierna.
Los minutos fueron interminables, pero Maddie no se movió hasta que el hombre no quedó completamente dormido. Se levantó con lentitud, no sentía nada, sólo una terrible y profunda tristeza, de algo que había sido robado y no sabía qué. Llevó sus dedos al punto de dolor, y cuando observó, la sangre de su inocencia formaba una aureola colorada debajo de ella. Giró lentamente, apoyó los pies en el suelo, y cuando estaba poniéndose de pie, sintió la mano del militar cerrándose en su muñeca.
— ¿A dónde vas, mujercita? —Maddie no respondió— ¡¿A dónde vas, puta?! Te estoy haciendo una pregunta.
El grito la hizo encogerse de hombros, pero la voz no le salía. El hombre aflojó la presión, y se sentó a su lado.
— ¿Estás dolorida, mi amor? Ven con papi, te voy a cuidar —aseguró antes de colocarla en su regazo.
—No me haga más cosas, por favor —suplicó en un lamentoso sonido que intentaba ser una voz.
—Eso no lo decides tú. ¿Quieres saber mi nombre? —ella negó— Soy el Capitán Madison. Recuérdame como el hombre que te hizo mujer.
—Pero yo soy una niña —se quejó entre lágrimas. “Capitán Madison. Lo odio.” La revelación la tomó por sorpresa.
—Ya no, ya no. Ahora eres una mujercita, una putita, mi putita. Tu destino es ser igual a tu madre, y te he dado el empujón inicial para que comiences a caminar.
— ¡No quiero! —puro instinto la instaba a defenderse. El dolor no cesaba.
—Silencio —la calma con que la hizo callar la asustó. —No te estás portando bien, así que te enseñaré a hacerlo.
La dio vuelta, y con la palma de la mano comenzó a golpear el trasero de la niña. Aumentaba la fuerza con cada chirlo, y Maddie gritaba, suplicaba, lloraba, pero nada lo detenía. Le ardían los glúteos. Él reía y, nuevamente, su carcajada llenaba la habitación.
—Debo irme —dijo por fin.
Se levantó sin reparar en que aún la tenía en brazos, Madeleine cayó, y le pareció que el trayecto hasta el suelo era interminable, como todo el tiempo compartido junto a él. Madison le colocó la enagua, le ató el vestido, ella seguía sangrando, pero ya nada podía ser peor. El inglés volvió a armarle la trenza, sin embargo, la niña continuaba en un estado de transe.
Lo escuchó partir sin decir adiós. La puerta se abrió nuevamente, y entró su madre. Ethel estaba radiante y se contoneaba como de costumbre. La tomó de la mano y enredó sus dedos en los de ella. Miró hacia la cama.
—No tuvo cuidado —se resignó. —Tenía el pene pequeño, por eso acepté. No te iba a hacer tanto daño. ¿Sigues sangrando?
—Si —susurró. ¿Por qué su madre había permitido eso?
—Vamos que te limpiaré.
Salieron al pasillo y varias mujeres la felicitaban por haber dejado conforme al cliente. Otras la miraban con pena. Las menos, tenían la decencia de agachar la cabeza. Entraron al cuarto de baño del burdel, Ethel le quitó el vestido, la sumergió en una tina con agua caliente y la higienizó.
—Después te pasaré un ungüento para que pares de sangrar —le sonrió— Lo hice por la familia, todo lo que hago es por la familia.
— ¿Mis hermanos y papá comerán?
—Sí, por supuesto que sí.
Entonces ha valido la pena…
—Madeleine, no les digas nada de lo que sucedió hoy. Será un secreto entre nosotras.
—Está bien —se mordió el labio. Cuando tuviera tiempo y estuviera sola, podría llorar.

Un pequeño burdel de Gales, año 1789

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Re: Pero hace tanta soledad que las palabras se suicidan

Mensaje por Madeleine Fitzherbert el Mar Ene 21, 2014 11:31 pm

De niña a mujer. Un dibujo para papá.

El viento se colaba por las hendijas de las ventanas. La pequeña Madeleine ya se había convertido en una prostituta, con tan sólo nueve años. Le abría las piernas al mejor postor, y a pesar de sufrir con cada estocada que le propiciaban los asquerosos miembros viriles de los clientes que su madre se encargaba de encerrar junto a ella en aquella pequeña y sucia habitación del burdel, sabía que no tenía más opción. Cuando Ethel aparecía con un paquete de medicina para su dulce padre, toda la vergüenza desaparecía; cuando sus hermanos se llevaban a la boca un plato de comida caliente, justificaba todo accionar. Ellos eran su motor, su gran consuelo, y a ellos se aferraba cuando cambiaba las muñecas por los juegos eróticos de los depravados que se acercaban a la casa de placer para copular con una niña flacucha y asustadiza. Maddie los odiaba, los odiaba a todos, y se llenaba de magullones cada vez que tomaba un baño y se refregaba la piel para quitarse, simbólicamente, los vestigios del pecado, que se le impregnaban en cada poro, marcándola de por vida.
Era su cumpleaños número diez, y en un esfuerzo que ella no creía posible, Bertrand le regaló carboncillos y hojas de papel, para que hiciera sus tan preciados dibujos. La niña, cuando no estaba encargándose de las tareas del hogar o trabajando en el burdel, se tomaba algunos minutos para bosquejar algo que asaltaba a su mente y rogaba ser plasmado. Cuando lo daba por finalizado, se lo entregaba a su dulce papá, que lo guardaba en una caja de madera, hecha por él mismo, junto a todos los anteriores. Allí tenía desde sus primeras creaciones, que eran a penas garabatos, hasta sus más recientes obras, que ya no tenían las formas infantiles de los años nacientes.
Tardó varios días en decidirse qué hacer con el presente, el cual atesoraría como lo más maravilloso en los años siguientes. Garabateó algún que otro sol, una montaña aislada, un lago con cisnes, pero nada la convencía, no era eso lo que su alma clamaba por contar. Se sentó en el patio de tierra que tenía la humilde residencia, y tras alzar la vista varios minutos después, descubrió a Bertrand sentado en una mecedora astillada, cubierto con unas colchas, observando el ocaso. La imagen le pareció mágica, y la capturó en su retina, para retenerla como uno de los más dulces recuerdos que su corazón poseería, quizá de los pocos que sería capaz de aprehender. Así fue como sus manos, como autómatas, se comenzaron a mover, trazando líneas que parecían no conectarse. Agachó la cabeza, un mechón rubio la interrumpió, y se apresuró a ocultarlo tras su oreja.
Como si se tratase de una experta, el carboncillo fue convirtiendo aquella hoja blanca en el único sitio existente en el mundo. Todo se concentró y se redujo a aquellos dos elementos, y a sus dedos, que danzaban con presteza. Tenía la respiración serena, como de quien nada tiene que temer, había alejado sus fantasmas por completo, y ante ella sólo tenía la imagen vívida de la pureza, el demacrado rostro de Bertrand, con los ojos cerrados y las últimas caricias del Sol otoñal arrancándole destellos a sus pestañas, y a las canas que resaltaban en sus patillas.
Una lágrima rodó por su mejilla, luego otra, la vista se le nubló, obligándola a detenerse. Se enjugó las lágrimas con el dorso de una mano, sorbió por la nariz, y continuó dibujando. Deseó poder estar sentada a los pies de su padre, y que él le acariciase la cabeza, y se vio a sí misma en esa situación. Y fue tan vívido, que en un acto inconsciente, aquello apareció en el papel blanco. La niña estaba de espaldas, y la mano grande y pulcra de Bertrand, estaba apoyada en la coronilla de la pequeña.
Contempló su obra terminaba, con las pupilas refulgiendo de entusiasmo. Retocó aquí y allá, y si bien en nada se parecía al trabajo de un experto, para una nena sin ninguna clase de estudio que la perfeccionase, era una verdadera obra de arte. Le garabateó su nombre debajo, tal como el hombre que la criaba le enseñó. “Siempre debes firmar tus dibujos, Maddie, así nadie podrá robártelos jamás. Es tu marca, es tu sello”. Le letra de Madeleine era bastante clara, y un “Maddie W.” surgió, sin romper la armonía del retrato.
Ella se levantó y caminó despacio, creyendo que él dormitaba. Se detuvo a observarlo, no podía imaginar su vida sin aquello tierno hombre, que todo lo representaba.
— ¿Dibujabas? —la pregunta la sobresaltó. Bertrand abrió un ojo y luego el otro.
—Sí, papá —apretó contra su pecho la obra.
— ¿Quieres que lo vea?
—Es para ti —se apresuró a responder. Extendió el papel. —Es…la primera vez que nos dibujo.
—Es… —los ojos se le humedecieron, instándose a recomponerse, no quería que su hija lo viera en aquel estado— Es lo más lindo que vi en mi vida, Maddie…
— ¿Lo dices de verdad, papi? —una sonrisa gigante le iluminó el rostro.
—Jamás te mentiría, mi pequeña.
Bertrand extendió los brazos, y Madeleine se arrojó sobre él. El hombre la acunó, hasta que sintió su cuerpecillo relajarse de manera tal, que se introdujo en un profundo sueño. Le besó la coronilla varias veces, le acarició los brazos, y le pidió a Dios que siempre la protegiese. La noche ya había caído, y Ethel los despertó zamarreándolos. Le pidió a la nena que se despidiera de su padre, y la llevó de regreso al sitio al que pertenecía: el burdel.

Gales, año 1790

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Re: Pero hace tanta soledad que las palabras se suicidan

Mensaje por Madeleine Fitzherbert el Lun Mar 17, 2014 1:24 pm

De niña a mujer. Noticias negras

La noticia la abofeteó de tal manera, que no puedo hacer nada más que quedarse inmóvil. El médico le hablaba pero, simplemente, había dejado de escucharlo. Su madre hacía preguntas, sin embargo, su voz era lejana y las palabras se perdían en el aire. Se puso de pie y salió de la habitación arrastrando los pies y abrazándose el estómago. Varias mujeres le increparon que a dónde iba, que debía trabajar, pero la niña siguió andando hasta llegar el fondo del patio. Se apoyó contra un árbol de tronco delgado y se dejó caer hasta el suelo, apoyó la frente en las rodillas flexionadas. “Estás embarazada” la frase del doctor se repetía una y otra vez en su cabeza, alzando la tormenta que despertaba en su interior. No podía siquiera repetirlo en voz alta, en su garganta morían las frases, se había quedado muda. Las lágrimas caían en silencio, su cuerpo no acusaba recibo de la noticia. Estaba en transe. Jamás le habían dicho que algo como aquello podía suceder, si no hacía mucho que su primer período la había visitado, asustándola de manera atroz.
Su madre la levantó de un brazo y la entró casi a rastras al burdel. La envió rápidamente con un cliente que se quejaba de la demora, pues había pedido por ella. No sintió nada cuando él la penetró, no le dirigió la palabra y sus ojos no lo veían. El hombre pagó menos y le dio una cachetada por el maltrato recibido, y fue compensado por la propia dueña del prostíbulo, que se ofreció a satisfacerlo gratuitamente, no sin antes zamarrear a Madeleine, que seguía en un mundo de pensamientos perdidos. ¡Tenía doce años! No terminaba de comprender del todo lo que hacía metida en ese antro de mala muerte, y ya le decían que en su barriga cobijaba una vida. Se convirtió en un secreto a voces.
Cuando el rumor se corrió por el pueblo, no alcanzaban las mentiras para que no llegara a oídos de Bertrand, siempre tan delicado de salud. Que su pequeña hija estuviera en cinta, lo mataría rápidamente, pues no tardaría en asociar el hecho de sus desapariciones diarias con la profesión de Ethel. Sería demasiado. Maddie perdió la poca alegría que le quedaba y el hombre se había percatado de ello, aunque lo atribuía a los cambios de edad. Cuando intentaba conversar, ella respondía con monosílabos, ya no lo abrazaba ni le daba besos en la frente. Su niña se había muerto ante sus ojos, y él nada podía hacer.
Una tarde, Bertrand recibió la visita de un viejo amigo, uno muy querido, al cual sus hijos le decían “tío”. Estaba entrado en años y su salud era casi tan frágil como la del dueño de casa. Llegó evidentemente conmocionado, y se encerró en el cuarto con su anfitrión, conversaron por horas. Cuando se fue, Madeleine fue llamada a la habitación. Su padre parecía haber envejecido cien años.
—Arnold me ha hablado de ti —susurró.
— ¿Si? —preocupada, comenzó a correr las derruidas cortinas para que la luz entrara.
—Deja eso, Madeleine, y siéntate aquí —señaló su costado derecho, dando un leve golpe en la cama.
—Sí, padre —le hizo caso y agachó la cabeza.
—Es cierto, entonces —murmuró. Sólo recibió silencio como respuesta— Tu actitud lo dice todo. Fue Ethel, fue tu madre la que te hizo esto —la voz le salía rasposa, producto de la ira contenida. —Mataré a esa condenada —retorció la sábana con ambas manos.
—Le va a hacer mal, papá, no se ponga así —con temor, le separó los dedos de la cobija.
—Mi niña, mi dulce niña, ¿qué te ha hecho esa ramera asquerosa? ¿Cómo fue capaz? —se incorporó y la atrajo hacia su pecho. —Conseguiré dinero para que te saques el niño.
—El poco dinero que tenemos es para su medicación —susurró, entre lágrimas, contra su cuerpo.
—Mi hora está cerca, hija, mejor invertir nuestro poco dinero en tu bienestar.
— ¡No, usted nunca va a morir! —exclamó. Lo rodeó con sus brazos, apretándolo.
—Todos vamos a morir.
—Usted no, papá, usted va a ser eterno. No me deje nunca, ¿qué será de mí si no lo tengo?
—Tampoco he podido hacer mucho por ti desde ésta cama.
—Que esté vivo es suficiente para que yo continúe.
—Mi niña… —la tomó de los hombros y la alejó unos centímetros— ¿Hace cuánto que…? —la pregunta se ahogó en su garganta.
—Eso no importa —miró hacia un costado. Hacía varios años que su madre la prostituía, era mucha información para Bertrand.
—Dímelo, Madeleine —sus yemas se clavaron con suavidad— Que no lo digas, es una señal de que no es reciente. Mataré a Ethel, mataré a esa ramera asquerosa —se puso de pie de golpe, y salió de la habitación.
Maddie caminó tras suyo, Bertrand repartía gritos a los cuatro vientos, y los hermanos de la joven se encerraron en una habitación por orden de su padre.
—Ethel, puta de mierda, ven aquí —divisó a la mujer en la pequeña cocina— Voy a arrancarte la cabeza, ¿cómo fuiste capaz? ¿Por qué le hiciste eso a Madeleine?
—Vuelve a la cama, Bertrand —fue su simple contestación, antes de que su esposo lograra tomarla del brazo— Suéltame, infeliz, te morirás en la cara de tu hija si no te tranquilizas.
—Padre, padre, por favor —la rubia lo tironeó suavemente de la camisa.
—Ve con tus hermanos, hija, yo me encargaré de ésta basura —le dio una cachetada.
Ethel le devolvió el golpe, Bertrand se tambaleó. La palidez de su rostro no era normal, y tras murmurar el nombre de su niña, cayó desmayado al suelo. El grito de Madeleine acompañó el impacto.

Gales, año 1793

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Re: Pero hace tanta soledad que las palabras se suicidan

Mensaje por Madeleine Fitzherbert el Dom Oct 05, 2014 6:44 pm

De niña a mujer. El último adiós.

No podía concebir lo que estaba presenciando. Bertrand, su padre, su luz, su guía, su amor, estaba muerto. Se encontraba sentada al lado del humilde cajón de madera que contenía su cuerpo ya sin vida, observaba a todos pasar junto a ella y apoyar sus manos en su hombro, en muestra de apoyo al momento desolador que estaba pasando. Ella no lograba asentir, ni agradecer, sólo con sus manitos entrelazadas en el regazo y el mentón en alto, recibía las condolencias acompañada por sus hermanos, que se encontraban parados a su lado. Ethel no había aparecido desde el instante que Bertrand pereció, seguramente se encontraría borracha en el burdel, abriéndose de piernas por unas pocas monedas, como siempre.

Madeleine había preparado el último adiós a su papá en completo silencio, ni una lágrima había caído de sus mejillas. Sus hermanos había llorado, gritado y pataleado ante semejante pérdida, y ella se había dedicado a abrazarlos, a contenerlos, pero sumida en el mutismo que el profundo e irrefrenable dolor de su pérdida irreparable, podía generar.

Tras conseguir que el carpintero del pueblo le regalara el cajón, había hecho correr la invitación al velorio. Luego, había lavado el cuerpo de su padre, le había colocado su mejor ropa, y con ayuda del mejor amigo de la familia, lo había colocado en el féretro. Luego, puso una silla junto a él y no se movió de ahí. Los menores de los Williams se encargaron de recibir a los habitantes que querían despedir al querido Bertrand, al cual sabían honesto y trabajador, y también eran conocedores de la desgracia que se había erigido sobre su cuerpo desde que Ethel entró en su vida.

Tres horas de velorio fueron suficientes, y lo trasladador al cementerio en una carreta vieja, tirada por un caballo aún más viejo, que a paso lento y cansado, recorrió las fangosas calles, seguido por una caravana de dolientes, encabezada por Madeleine. Ella caminó con la cabeza gacha, bajo la llovizna que le cosquilleaba en la cabeza cuando las gotas se formaban y se inmiscuían entre sus cabellos; tiraba de las mangas de su camisa, conteniendo el llanto. Nadie la vería lagrimear por su padre. Suficiente con la humillación de saberla prostituta y haber recibido durante tanto tiempo las miradas de soslayo, algunas cargadas de bronca –las menos- otras de pena –las que no soportaba-.

Un cura –que visitaba el burdel con asiduidad y había desarrollado un favoritismo por Maddie- dio las palabras de despedida, y los familiares más cercanos lanzaron puñados de tierra al cajón y una flor. Salvo Madeleine. Ella se mantuvo quieta, observando a los enterradores cubrir el féretro. Todos se fueron alejando, hasta sus hermanos, que fueron acompañados por Grace, la mejor amiga de su madre, salvo ella. La rubia no se movió de su lugar hasta que se formó el montículo de tierra húmeda y los trabajadores se retiraron, tras colocar una desvencijada cruz de madera vieja –regalo del amable carpintero- y dirigirle un último vistazo a la niña que violaban por las noches.

Madeleine se acercó al montículo, cayó de rodillas, apretó los dedos, alzó la cabeza, y el alarido que emanó de su boca la dejó sin voz. El gusto a sangre le revolvió las entrañas, pero se contuvo de no vomitar allí, donde su padre descansaría eternamente. Finalmente, cuando el cansancio del llanto contenido le ganó la partida, se hizo un ovillo y se durmió sobre la tumba. Despertó de noche, helada, empapada, cuando un rayo partió una rama no muy lejana a su posición. Una tormenta eléctrica se desató, y corrió al burdel, donde Grace la secó, la vistió, y la preparó para volver a trabajar. Durante la madrugada, cada vez que un cliente la tocó, lloró y lloró, hasta que todos y cada uno de los hombres que hicieron uso de su cuerpo, se saciaran. Al mediodía del día siguiente, cuando finalizó su jornada, regresó a su hogar, le hizo de comer a sus hermanos, se encerró en la habitación de Bertrand y se durmió recostada sobre la cama, aún destendida, aún con su olor.

Gales, año 1793

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Re: Pero hace tanta soledad que las palabras se suicidan

Mensaje por Madeleine Fitzherbert el Lun Ago 10, 2015 11:00 pm

De niña a mujer. Beberás mi alma.

Un frío le recorrió cada palmo de la piel al verlo entrar. No era porque la hubiera observado especialmente, pero la intuición le dijo que él iría por ella. Intentó evadirlo, esconderse entre la treintena de mujeres que trabajaban en el burdel; todas ellas gustarían de un sobrenatural, y más de uno tan hermoso como el recién llegado. Una tras otras se acercaron a ofrecerle sus dones, dos se peleaban por el vampiro, y él las rechazaba con una mueca de asco y ademán despectivo. Madeleine intentó que un cliente la alejase pronto del lugar, pero aún tenía aspecto de niña, era más delgada que las demás prostitutas, sus pechos todavía no se habían desarrollado, su cadera ni siquiera se había ensanchado. Sólo llamaba la atención su larga cabellera rubia, pero que en el salón la llevaba atada en una cola de caballo.

Cuando la tomó del brazo, no tuvo necesidad de voltearse, sabía que era él. La había elegido, quizá percibiendo su temor desde el primer momento. Fue la única vez que Madeleine vio preocupación en la mirada de su madre, que intentó persuadir al inmortal de que se llevase a una mujer con más formas, con más carne, pero nada hizo cambiar la opinión del hombre, que casi sin decir una palabra, llevó su mano helada a la parte baja de la cintura de la muchacha y la guió hacia uno de los cuartuchos sucios y malolientes del prostíbulo. Lo primero que hizo, fue soltarle el cabello, y con sus dedos lo desparramó, luego lo olió.

—Sí, era éste aroma lo que me llevó hacia ti —murmuró, y la voz grave y profunda del vampiro la invadió como si se tratase de un mero instrumento hueco, sin órganos, sin venas, sin huesos. —Siéntate, por favor. ¿Cómo te llamas?

—Madeleine —respondió temblorosa, mientras tomaba asiento en el camastro desvencijado. — ¿Usted? —se atrevió a replicar.

—Eso no importa —sonrió, sus colmillos brillaron. Se colocó a horcajadas detrás de la joven y estuvo varios minutos peinándola. —Tienes un cabello hermoso, no deberías estar desperdiciándolo aquí, donde nadie puede admirarlo. ¿Nunca pensaste en ir a Londres?

—No, señor. Nunca me imaginé salir de Gales —aquella situación la desconcertaba por completo. ¿Qué pretendía? ¿Había ido allí sólo a peinarla? Sin embargo, no podía negar la pericia del vampiro, y dejó que su cuerpo aflojara la tensión.

—Deberías. Tienes potencial para brillar —sus dedos viajaron hacia el escote acordonado y lo desataron lentamente. Sus pulgares y sus índices pellizcaron los pequeños pezones de Maddie, que gimió con suavidad, como un gatito herido. —Eres una niña. ¿Cuántos años tienes?

—Trece, señor —echó su cabeza hacia atrás, cuando una de las manos del vampiro recorrieron su vientre y se escondieron en su intimidad. Nunca la habían tocado así. Todos los viejos borrachos iban, hacían lo suyo, y se iban. —Eso me gusta —susurró, apretando sus piernas.

—Lo sé. A mí también —mordisqueó suavemente el lóbulo de la diminuta oreja y lamió la curvatura del hombro. —Esto también va a gustarte —sus colmillos penetraron su delicada piel y los dedos del vampiro se movían al ritmo de la frenética succión. Madeleine gemía de dolor y de placer, y la satisfacción llegó acompañada de un grito liberador, que al inmortal le pareció música celestial.

La muchacha había quedado débil y exhausta, y dejó que su poco peso recayera sobre el tórax del cliente, que se puso de pie, dejándola tendida. Ella lo observó desvestirse, y en ese instante entró otra mujer: su madre. Ruth lucía espléndida, se había higienizado y puesto su mejor ropa. Maddie se incorporó y la miró con ojos atónitos, cuando la mujer y el vampiro comenzaron a besarse; la prostituta terminaba de quitarles las ropas, cuando el inmortal la colocó de espaldas y la penetró con crudeza. Ruth lanzó un alarido de dolor.

— ¡Madre! —exclamó, mientras intentaba ponerse de pie, demasiado mareada por la pérdida de sangre.

—Madeleine, quiero que observes y aprendas. No te moverás de allí ni intervendrás. Si no te mantienes inmutable, tu madre sufrirá —comentó antes de continuar con el coito. Ruth parecía una fiera, sus movimientos eran casi inhumanos y sus gritos traspasaban las paredes.

Maddie no daba crédito a lo que veía. Durante horas, se vio obligada a mirar la cópula salvaje de su progenitora y el extraño. En una o dos ocasiones, había movido sus dedos o una piernas, y Ruth terminaba torturada a golpes y mordidas. Le habría gustado sentir excitación ante aquella escena, pero una piedra se había alojado en su vientre, impidiéndole cualquier muestra de satisfacción. Cuando hubieron terminado, Ruth cayó desmayada. El vampiro colocó un fajo de billetes en las manos de la niña, le dio un beso en la frente y se retiró. Madeleine sólo se encogió de piernas, se abrazó las rodillas y comenzó a llorar desesperadamente. Cuando se recuperó, su mamá se limpiaba las partes pudentas con un trapo húmedo.

— ¿Vas a quedar allí o te irás a atender a otro? —preguntó con la hostilidad natural.

—Me voy. Toma —con furia, le lanzó los billetes, y logró que Ruth la insultara.

Madeleine salió corriendo para encerrarse en el inmundo cuarto de baño. Se lavó y restregó el cuerpo una y otra vez. Sentía más asco que nunca de sí misma, de la sangre que corría por sus venas, de la familia en la que había nacido y de la madre que la había traído al mundo. En ese instante, decidió que algún día saldría de aquel pozo putrefacto y sería alguien mejor.


Gales, año 1793

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Re: Pero hace tanta soledad que las palabras se suicidan

Mensaje por Madeleine Fitzherbert el Mar Mayo 03, 2016 11:52 pm

De niña a mujer. El primer beso.

Él siempre había sido especial. Jugaban desde pequeños a las escondidas, y él solía compartirle su comida, también escasa. Ambos imaginaban, mientras comían barro, que ingerían deliciosos manjares en una corte, y reían para no llorar. Él, además de su padre, era lo que Madeleine más quería. Adam era un bálsamo en la pobreza y era pureza en el horror. Desde que era prostituta, había optado por alejarse de él, pero Adam insistía en buscarla, a pesar de escuchar los rumores sobre Maddie.

Adam tenía el cabello negro como la noche, la piel blanca como la nieve y los ojos azules más hermosos que la rubia conocía. A pesar de que intentaba evitarlo por todos los medios, él siempre se las ingeniaba para sorprenderla y arrancarle una sonrisa. Madeleine, simplemente, no podía negarse al magnetismo del muchacho, que tenía su edad, y al cual no le importaba el oficio aterrador que ella tenía. Nunca le preguntaba, porque era incapaz de hacerlo algo que la lastimase, y ella lo sabía y se lo agradecía.

Un amanecer, cuando ella regresaba del burdel, temblando de frío y llanto, él la interceptó en el camino y la ayudó a subir a su caballo. Maddie se tomó de su cintura, apoyó la mejilla en su espalda y se durmió profundamente. Despertó minutos más tarde, cuando Adam la cubría con una manta verde. Estaban bajo la sombra de un árbol y él había dispuesto frutas y panes, un verdadero lujo.

—Los robé para ti —comentó, risueño, mientras frotaba una manzana en su pantalón.

Madeleine se incorporó y rompió a llorar. Nadie había hecho algo así por ella jamás. Adam era un niño decente, su familia era honesta y trabajadora, y se imaginó lo mucho que le costó cometer ese delito.

—No vuelvas a hacer esto —lo reprendió, mientras cortaba un trozo de pan y lo llevaba a su boca. Lo saboreó, hacía tiempo que comía algo decente. —Está tan delicioso —asumió con culpa, antes de volver a llenarse la boca.

Comieron casi en silencio, intercambiando risas y miradas cómplices. Madeleine, hasta se sentía normal. La mañana había pasado demasiado rápido, el mediodía elevaba un Sol espléndido, algo completamente raro en esa zona de Gales. Se recostaron sobre la hierba y se durmieron tomados de la mano. A Maddie la despertó la suavidad de los labios de Adam sobre los suyos. Abrió los ojos y volvió a cerrarlos, y permitió que le diera su primer beso, plagado de amor. Madeleine fue feliz, como hacía mucho tiempo no lo era.


Gales, año 1794

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Re: Pero hace tanta soledad que las palabras se suicidan

Mensaje por Madeleine Fitzherbert el Dom Sep 11, 2016 10:55 am

De niña a mujer. No importa lo que digan.

Cuando él sonreía, no necesitaba nada más. Madeleine era feliz cuando Dustin le mostraba esos dientes blancos y esos ojos inocentes, tan ajeno a todo lo que ella era, tan diferente a todo lo que la atosigaba a diario. Dustin era la pureza, la ingenuidad, era la última tabla en ese naufragio. Pero su madre estaba en contra, porque sabía de los riesgos que corría su capital. Madeleine le daba mucho dinero, y que ella se enamorara, la volvía vulnerable a las locuras, a los actos irracionales.

—Tienes prohibido seguir viendo a ese muchacho —la reprendió un atardecer, cuando la vio regresar con una amplia sonrisa, comiendo un dulce que él le había regalado. La mujer no toleraba la felicidad de los otros.

—Estás loca si crees que voy a dejar a Dustin sólo porque tú, ramera asquerosa, me lo pidas —el buen humor que tenía la muchacha, había desaparecido.

Madeleine se dirigió a su habitación, donde un camastro desvencijado la recibió sonoramente cuando ella se sentó. Ethel la siguió, envalentonada. Sin mediar palabras, la abofeteó al derecho y al revés.

— ¡Estás enferma! —exclamó la muchacha, que quiso levantarse pero, nuevamente, recibió un golpe de su madre. —¡Basta, Ethel!

—Si yo te digo que debes dejarlo, lo harás. ¿No te das cuenta? No te merece. Es mucho para ti. Es culto, noble, guapo, todo un caballero —la humillaba, lo sabía. Las lágrimas de Madeleine no tardaron en llegar. —Y tú eres una puta, hija. Una puta. ¿Crees que su amor es sincero? Sólo quiere acostarse contigo, como todos.

—Mientes. Si quisiera acostarse conmigo, pagaría para hacerlo. Como todos —lo defendió-

—Hay hombres que sienten cierto placer en enamorar a las mujeres, acostarse con ellas, y luego abandonarlas. De eso se trata. De torturarlas.

—Vete. Déjame en paz.

—Ahora cámbiate. Ésta noche tienes mucho trabajo. Tengo entendido que estarás encerrada en el burdel por varios días, sin descanso —sonrió con malicia. Esa era su forma de mantenerla alejada de Dustin.


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