Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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The Times They Are a-Changin'

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The Times They Are a-Changin'

Mensaje por Amanda Smith el Miér Jul 23, 2014 4:17 pm

Envole-Moi

El pater va a matarme, me repito. Necesita las medicinas que he ido a buscar al mercado para la mater enferma, que respira el aire salado de la ciudad entre jadeos. Yo sé que va a morir, pero nadie busca la opinión de una esclava, y eso es lo que soy, por mucho que la idea me amargue. Debo recordarme que mi vida no vale aquí, en esta ciudad donde lo romano es lo dominante y todo lo bárbaro es expulsado. Me tengo que obligar a recordar que mi pelo rojo ya ha provocado que me consideren una extraña, que no hay jornada que no vuelva con saliva o cosas peores encima que me han arrojado por caminar demasiado libremente. Como si tuviera fuerza de voluntad, como si mis deseos fueran dignos de ser tenidos en cuenta, como si mi vida valiera algo: exactamente igual que en ese momento. Podría correr, pero ¿qué cambiaría eso? Al final, si no son otros bárbaros los que acaben matándome serán los guardias romanos. Ni siquiera sé si lo he comprendido bien, aún hay algunas palabras latinas que no comprendo del todo, pues su sonido es distinto al de mi aldea, que añoro más a cada momento. A lo mejor mi miedo es quien ha tomado el control por un instante y ha escuchado lo que quería, no lo que realmente sucede; ¿quién me culparía, incluso a una mera esclava como yo, por confundirse en el caos de la ciudad? Es eso lo que me da la clave, lo que me permite entender que he comprendido bien. Roma no permite este desorden, ni siquiera en las provincias, y si las cosas fueran bien habría calma y legiones paseando con el orgullo del águila y las letras SPQR, no gente huyendo en todas las direcciones. Si todo fuera normal habría ladrones, a esa hora, no ciudadanos de pleno derecho corriendo como ratas enfurecidas y enfervorizadas alrededor de una esclava atónita que carga con medicinas, confundida. Si nada pasara, ya me habrían detenido, y sin embargo sigo caminando dando tumbos entre la multitud, repitiéndome que debo llegar a la domus para evitar un castigo que cada vez más creo que no llegará. Y no lo hace.

Apenas llego, el silencio del interior es un bálsamo más poderoso que el de las hierbas con las que cargo, unas medicinas muy caras que seguramente arruinarán al pater familias más pronto que tarde. Acostumbrada como estoy a cargar con la cantidad de sestercios que cuestan y al peso familiar de la medicina, cuando me la arrebatan del tirón siento la habitual desnudez, un vacío que no llena nada. A eso se ha limitado mi vida, pienso con amargura; a echar de menos que me encomienden labores denigrantes para alguien de mi posición. Hace tanto tiempo que me parece otra vida mi padre era alguien importante que me protegía y me había enseñado a manejar una espada; ahora, la chica de los cabellos de fuego y la mirada perdida no es más que una esclava denigrada incluso cuando nadie busca hacerlo conscientemente. Lo peor era mi indiferencia, pero ¿qué me quedaba? Nada. Al menos el liber me apreciaba, a su manera enferma y dominante se había vuelto una figura a la que podía llegar a apreciar, pero esa familia no significaba nada para mí. La mater podía morir, podían arrancarme las medicinas o castigarme lo que desearan, pues me era absolutamente indiferente. Me daba igual lo que pasara con ellos, pero no a mí. No, a mí no, y fruncí el ceño en la soledad de la sala donde me encontraba, demasiado a la vista. Mi padre solía decir, orgulloso, que poseía un instinto de supervivencia que él jamás había visto en todos los años que había vivido como guerrero. Él, un hombre parco en halagos, ni siquiera los utilizaba conmigo, y cada vez que lo mencionaba lo hacía parecer algo tan normal como que un animal muere cuando le atraviesas el cuello con un cuchillo afilado. Tan normal que lo había olvidado, aunque me viene a la cabeza en ese preciso momento. Al otro lado de la habitación hay muerte, la que anuncia la mater enferma. A este, a mi lado, hay esclavitud, y por una vez desde que me atraparon me pregunto si no hay algo más, si no deseo vivir. ¿Puedo siquiera hacerlo? ¿Sentir un deseo al margen de cumplir órdenes? He sido esclava tanto tiempo que lo he olvidado. Y ahí es donde encuentro la clave para responder a la pregunta que me repito, en latín y mi lengua, en ambas al mismo tiempo.

Me alejo de la muerte, que hace apestar la casa. Vago de un lado a otro como un animal enjaulado, sin que me importe hacer ruido o no. Fuera se escuchan las batallas y las espadas luchando las unas contra las otras; oigo el crepitar del fuego y me pregunto si la gente de Pompeya sintió algo parecido o si no tuvieron tiempo cuando atacó Vulcano. Ya es noche cerrada, ni siquiera sé cuándo se ha ido el dios Helios del firmamento, pero no estoy asustada; ya no. Estoy, sorprendentemente, incluso nerviosa. Sé que va a pasar algo, lo noto en las puntas de los dedos de los pies descalzos, pero no sabría decir cuándo, ni tampoco qué. Los nervios se me comen viva, y no escucho la llamada del pater familias ni tampoco del resto de esclavos. Vagabundeo, sola, a un mar de distancia de allí, con la mente perdida en las islas de las que sé que provengo. Rodeada de ánforas vacías, me descubro en una dependencia donde suelen guardarse alimentos, pero que ahora se encuentra vacía. Entonces lo comprendo: lo sabían. Sabían que iban a atacar pero no avisaron a nadie. Por esclavos que fuéramos, la rabia contra la familia a la que pertenecía (no, empezaba a comprender; yo no pertenecía a nadie) bullía con intensidad tal que me cegó. En un momento estaba tranquila, y al siguiente portaba un afilado trozo de barro roto en la mano que me estaba haciendo sangrar, deseando atacar a todo, a todos, y sin saber exactamente a quién ni dónde. Así es como me descubro, y así es como el primero de los hombres me ve, pero reacciono más rápida que él y hundo el profundo trozo en su cuello, manchándonos de su sangre. Ni siquiera lo pienso, corro para salir de allí, de la casa que sé que arderá y de los hombres que ahora me rodean, impidiéndome una escapatoria en el momento menos adecuado. No sé cómo voy a hacerlo, como tampoco sé cuándo he dejado de correr para acabar en una emboscada, y no me importa. No bajo mi arma improvisada aunque ellos se rían, y lanzo mandobles locos aquí y allí que les borran las sonrisas de las caras a todos menos a uno. El que parece el jefe, de fríos ojos verdosos y pálido como un muerto, sigue con esa mueca. Me enfurece y lo ataco, pero él me detiene sin esforzarse, como un guerrero al que todo le parece demasiado fácil. Lo insulto en mi idioma, pero él sonríe más y me responde en el mismo. Entonces me golpea en la cabeza y todo se vuelve negro, pero sé que no moriré. Él no lo permitirá.

Tesalónica, año 256 de nuestra era

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