Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Reflexiones de una tarde solitaria

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Reflexiones de una tarde solitaria

Mensaje por Kelsey Faulkner el Vie Sep 19, 2014 9:23 pm

Garabateó una frase en la pequeña libreta, - caer, caer en el amor, no nos permite ver el celeste del cielo, ni el azul profundo de las fosas marinas, abismos insondables en que  el amor se hunde  al devorarlo la monotonía -  releyó lo que había escrito. El enojo trepo a su rostro que pronto marcó pequeñas líneas de expresión, las que se marcaba cuando en verdad se disgustaba. Terminó tachando su escrito, para luego cerrar la libreta suspirando, - ¿en verdad cree que algún editor aceptaría los pensamientos inútiles y pueriles  de una mujer, que disculpe me entrometa, una pobre solterona, sin medios económicos, ni contactos sociales, ni vida por delante… para publicar un montón de tonterías, cuando existen centenares de hombre capaces de hacer obras magnificas y que se venderán como pan caliente… en verdad me está tomando el pelo? – La risa de aquel caballero, el editor de la pequeña editorial que había visitado esa mañana, intentando presentar  sus escritos – Hágase un favor, búsquese un hombre, aunque solo sea un mendigo,  es mejor que ponga los pies en la tierra antes de que termine en algún asilo para locos… habrase visto, una mujer querer publicar… Por Dios, a lo que ha llegado el mundo-. Ni siquiera la había despedido,  Elsy quedó parada, frente al escritorio vacío, su manuscrito pendía del borde del escritorio, a punto de caer, como uno más de los tantos bollos de papel que cubrían el piso sucio de ese tugurio. Su mente volvió al presente, allí, en el banco de la plaza, - en que estabas pensando – se reprendió. Cerró los parpados mientras acariciaba como consolando sus propios escritos. No lloraría, no se permitiría flaquear, nadie debía contemplar su tristeza. Por eso, al volver al palacio y hacer todos los preparativos para los cinco invitados que llegaría desde Alemania, se decidió pedir aquello a su superior, una simple tarde libre. La  necesitaba, ansiaba tener un tiempo a solas, lamer sus heridas, rehacerse de los golpes recibidos.

Observó a su alrededor, hombres trajeados, volviendo del trabajo o ya disfrutando de la tarde que declinaba. La mayoría, iban acompañados de la grácil figura de mujeres esbeltas y jóvenes, aunque para Elsey, ellas  eran tratadas solo hermosos adornos.  Podía adivinar cuales eran o serían el destino de cada una de aquellas damas.  Luego de concretar un matrimonio conveniente, para sus padres y  pretendientes, quedarían en sus hogares, como dulces ruiseñores cautivos en jaulas de oro. Mientras sus distinguidos esposos, desahogarían sus frustraciones y deseos carnales  en tabernas y burdeles. – “Porque la mujer no solo debe ser impoluta, sino parecerlo” – una voz conocida regresó del pasado para acosarle nuevamente  y marcarle sus errores,  – la buena mujer, no debe apartarse del camino correcto, caer en el pecado de la carne, el cual solo tiene un propósito… la procreación… hace que su destino sean las llamas del infierno. Una mujer no debe soñar con otra cosa que no se  su familia, sus hijos y un buen esposo que castigue lo necesario  y sea buen proveedor  – las palabras del clérigo, el viejo Johnson, aquel anciano decrepito, que predicaba  todos los domingos en la diminuta capilla que existía en el  poblado donde Kelsey  había nacido, resonaron en su cabeza, como pequeñas detonaciones de armas, apuntadas directamente a su vulnerabilidad, su confianza y sus convicciones. Le pareció poderlo contemplar, allí donde siempre había estado desde que ella tenía memoria, con su traje negro y su sombrero de paja, caminando entre las lápidas que formaban parte de su reducido jardín, detrás de la construcción parroquial. Que extraño y ridículo, se veía  hablando con el aire, con el pasado, con aquellas señales que demostraban lo finita y cruel que era la vida del hombre. – ahora eres parte de ellos y solo queda un vago recuerdo… dime entonces… tantos sermones, tantas disertaciones ¿te llevaron a comprender mejor el mundo? – negó suavemente con la cabeza. - Ya todo  a pasado, y nada has cambiado, ni siquiera tu alrededor, eres prisionero de tu propio jardín y nada de lo que dijiste mejoró ni una sola de la vida de las que en silencio escuchábamos tus disparatados consejos – pensó mientras intentaba exorcizar aquel  andrajoso  fantasma – vete, déjame en paz, deja que sea yo quien decida si mi fin será tan patético como el tuyo – pensó en la soledad, en la enorme cruz que era el estar apartada de todos, y por primera vez en su vida en París, se permitió flaquear, una lagrima surcó su rosada mejilla, la que fue iluminada por el sol de la tarde.


Última edición por Kelsey Faulkner el Sáb Nov 29, 2014 7:48 pm, editado 1 vez


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Re: Reflexiones de una tarde solitaria

Mensaje por Kelsey Faulkner el Sáb Nov 29, 2014 7:46 pm

Despertó con una sensación de desasosiego, deseaba llorar y por un momento se esforzó por no hacerlo. Callada, agitada, con sus pestañas cuajadas de lágrimas, se preguntó por qué se impedía llorar, entonces, toda la angustia que se acumulaba en su pecho comenzó a disolverse, en tanto sus mejillas eran bañadas por las cálidas lágrimas.  Así permaneció, temblando con cada sollozo, reprochándose, una y otra vez, no lograr olvidar ese sentimiento que solo se anidaba en su pecho y que nunca sería correspondido.

Estaba segura que si no hacía algo pronto, si no encontraba alguna forma de poner su tiempo libre en un nuevo proyecto,  terminaría de derrumbándose.  Recorrió con la mirada aquella habitación, - ¿qué has hecho de tu vida, que pretendes, pasarte la vida en una de las habitaciones de servicio de un palacio? – suspiró con tristeza, mientras las lágrimas comenzaban nuevamente a mojar su rostro. Secó su rostro e inspiró con profundidad, el sol comenzaba a iluminar la habitación muy lentamente, dejando ver los contornos de las cosas, su equipaje que jamás había terminado de desempacar, se encontraba al pie de la sencilla cama, un pulcro uniforme, sus zapatos lustrados, el pequeño y coqueto sombrero  colgaba de un gancho en la pared, junto al  dressoire, - no, la soledad no me vencerá… tampoco tu desamor -  reprendió al vacío de la habitación, como si alguien pudiera escucharla. No renunciaría, no por ahora, pero si buscaría nuevos horizontes, le demostraría que podía ser una mujer  tan deseable como cualquiera de esas muñequitas que tanto gustaban a los hombres, solo que más independiente , - no dejaré que la tristeza me domine, no lo hizo en el pasado, no lo hará ahora – se prometió.

Cuando terminó con sus obligaciones, decidió tomarse un coche e ir a ver unas pequeñas  casas a las afueras de la ciudad. Se encontraban algo apartadas, pero en verdad no lo estaban tanto de su trabajo y podría usar uno de los caballos que pertenecían a la cuadra de la casa real. Como ama de llaves podía contar con algunos privilegios, nunca los había usado  por pudor, pero las cosas cambiarían.  -  Nunca pretendí llegar a ser una sirviente, aunque de mayor categoría ¿cómo llegue a esto, cuál era el objetivo? – resopló enojada consigo misma, por haber dejado que las cosas llegaran hasta ese punto. Debería hacer muchos cambios, entre ellos escribir a sus padres.

Llegó a la dirección que le habían dado  en la agencia, apenas bajó del coche, se quedó asombrada, -¿por qué tan hermosa casa está en alquiler? ¿y a un precio  tan económico? – el encargado de la empresa carraspeó antes de dar las explicaciones al caso. – los dueños son unos nobles italianos, su hija había decidido vivir en Paris, pero tuvo que volver a Italia y  como no pretenden  venderla,  la i arrendarán. No pretenden  obtener beneficios grandes beneficios económicos, solo que no esté vacía, por eso el precio es más bajo, pero la casa se encuentra en perfecto estado – se abstuvo de contar que la joven había muerto hacía poco, y que trasladaron su cuerpo a Italia, que los abuelos, los dueños de la residencia, no deseaban saber nada con la construcción, ni con lo que hubiera dentro de ella.

Apenas recorrer rápidamente las habitaciones, decidió alquilarla, no le llevó más de media hora terminar con los papeles. La noche ya estaba cayendo y le sería imposible mudarse hasta la mañana siguiente, a los que se dedicó a empacar. Así pasó casi toda la noche, cuando el nuevo día se perfilaba en la ventana  Kelsey  se sintió plena, por fin daría un nuevo comienzo a su vida, dejaría algunas cosas atrás, en el pasado.  Talvez esos sentimientos que motivaban el cambio en su vida, no lograrían apaciguarse, pero por lo menos, no seguiría llorándoles en la triste habitación que la recibiera al llegar a la ciudad, éste era un nuevo comienzo, aunque doliera, aunque sufriera o se equivocara, ya no habría vuelta atrás.


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