Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Sinfonía a la luz de la luna | Privado

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Sinfonía a la luz de la luna | Privado

Mensaje por Francesca de Laroquette el Dom Dic 14, 2014 1:11 pm




Tic-tac, tic-tac, tic-tac... el sonido menos insulso y pretencioso de aquella sala, el de las manecillas del reloj. En comparación con las conversaciones de los asistentes, música para sus oídos.

Cordelia Holtz aborrecía las reuniones de la burguesía francesa. Años atrás -en su Irlanda natal- aquellas veladas no sólo eran de su agrado, sino que ella misma contaba los días que se sucedían entre una y otra, impaciente siempre por la próxima. No sabía si era el lugar, si era la compañía -la falta de ella- o simplemente que al igual que todo en esta vida, las personas cambian, así como sus gustos e intereses.

No era casualidad, no era ocio, ni siquiera compromiso social. En su vida -sobre todo actualmente- sólo había cabida para el trabajo: robar, engañar, embaucar, negociar y muy de vez en cuando, cazar -un eufemismo más que acertado para el acto de matar o asesinar-.

Una copa de vino más, otro sujeto menos. El escrutinio servía como disciplina a aquellos que no sólo miraban, sino que sabían ver. ¿Quién de todos aquellos sería el lobo que andaba buscando? Poco acostumbrada como estaba a abordar una misión así –sin información previa que incluyera aspecto físico, historia personal, situación financiera y un sinfín de datos-, la situación se tornaba cuanto menos difícil. Sin embargo, el encargo había llegado el mismo día de la recepción –aquella recepción del demonio- y no podía desaprovechar la ocasión para intentar un primer contacto.

A lo largo de la noche se acercó a conversar con varios de los hombres que merodeaban por la sala. Algunos intentando tener más que un primer contacto con ella, pero recibiendo únicamente desprecios amablemente camuflados. Ya estaba más que harta. ¿Y si aquella bestia no se había presentado y sólo estaba perdiendo el tiempo?

Sin darse cuenta, su mirada y su interés tomaron otro rumbo, atendiendo en exceso al baile que tenía lugar al otro lado de la estancia. Todos parecían divertirse dejando a un lado las acostumbradas actitudes amargas que solían presentar a la hora de mantener conversación antes o después de moverse al compás de la música. Ni siquiera la música era de su agrado. Haydn. ¿A quién se le ocurre elegir a Haydn para algo así? A la señora Miggins, ¿a quién sino? Ejemplo de todo aquello que va mal en la burguesía francesa. Mujeres viejas y entradas en carnes que sólo buscan chismorreos, solteras –pues nadie las aguanta-... y que además eligen a Haydn para esta clase de actos. Si me dejaran a mí el piano –pensaba ella. Aunque aquello no era más que palabrería. Nunca hubiera sido capaz de tocar en un sitio así, rodeada de tantas personas atendiendo a los sonidos que salían de su corazón -por mucho que hubiera instrumentos de cuerda enmascarándolos-. Ella nunca pensó que el piano fuera cosa de manos ágiles, sino que estaba convencida de que se trataba de corazones castigados. Sólo el corazón indicado, aquellos completamente rotos y ajados por dentro, son capaces de componer las cosas más hermosas y tocarlas no con los dedos, sino con el alma. Cordelia iba en camino de perfeccionar aquellos sonidos, mas su corazón aún no había alcanzado el punto exacto. Y desde luego no pensaba dejar entrever lo que en él se sucedía. Las sinfonías, las sonatas, no sólo daban pistas, sino que entregaban a cada uno de los invitados a escucharlas una llave con la que descubrir parte de los pensamientos y sentimientos de la persona que tocaba. Algo que, desde luego, ella no podía permitirse. Impasible era la palabra clave que reinaba en su rostro y así lo seguiría siendo.

Palabras que no podía dejar pasar llegaron a sus oídos y no pudo evitar levantarse de aquel sofá e incorporarse en la conversación –pues aunque nadie le hubiera invitado, era hermosa y representante de una posición social elevada, lo único necesario para hacer algo similar sin ser despreciada-. Miggins hablaba de un pobre niño desaparecido la noche anterior y secuestro era la palabra idónea para matar varios pájaros de un tiro, posando sus ojos en todos los integrantes de la conversación en busca de una pizca de sorpresa o culpa una vez pronunciada su frase.

- Tal vez fuera atacado por una mala bestia.


Última edición por Cordelia Holtz el Mar Jul 14, 2015 4:31 pm, editado 2 veces




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Re: Sinfonía a la luz de la luna | Privado

Mensaje por Dennis Vallespir el Sáb Dic 20, 2014 7:55 pm

¿Qué tenían de necesarias las reuniones? Ah, sí, ayudarle con el legado de sus difuntos tíos, incluso si a veces urgía recordar por qué debía hacerlo. Ya, ya lo sabía, sí, el amor, la lealtad y otros sentimientos jodidos cuando eras un niñato bipolar, a pesar de lo que dijeran tu rostro y tu cuerpo con los años (al menos, antes de que la maldición sobrenatural que corría por tus venas se encargara de retrasar el proceso hasta, algún día, dejarlo al mismo nivel que tu edad emocional… O no). Dennis, gracias a su patológica inestabilidad, acudía anualmente a muchas menos celebraciones de las que serían apropiadas para su alcurnia, claro que tampoco era su culpa que los Vallespir que quedaban vivos estuvieran tan mal organizados como para que el único en vivir en una capital de la envergadura de París fuera precisamente él. Lo habría sentenciado todo con un tajante y desagradable 'mala suerte' o alguna frase tipo 'también es vuestra reputación y a mí me importa poco', si el respeto que sentía hacia Judith y Alain, vivos o muertos, no se tratara de una de esas pocas cosas que el licántropo no podía cambiar, como tampoco podía cambiar ese miedo a las últimas palabras de su tía (y no obstante, ahí continuaba, sin una sola esposa con la que vivir en aquella mansión que todavía no era suya. ¿Lo sería algún día?).

¿Qué tenían de necesarias las reuniones? Otra vez… ¡Si acababa de explicarlo! La de aquella noche debía de ser especialmente molesta para volver una y otra vez al mismo punto de partida, y es que con un alma tan espeluznantemente inconstante, nunca estaba seguro de cuánto aguantaría, ni siquiera después de haber ocultado su enfermedad desde que la afrontó de niño. Pulir las apariencias por urgencia protocolaria y despilfarros de la sociedad que sus seres queridos siempre habían cumplido (incluso cuando él no había alcanzado edad suficiente para acudir a conmemoración de ningún tipo), no se encontraba entre sus actividades favoritas en el presente. Y había quedado claro que de regreso a París, en la mansión de Judith Vallespir, con el tatuaje de sus recuerdos más vigente aún que los días y meses y años antes de volver allí, por fin había empezado a dejarse llevar, ahora que se daba cuenta de lo inútil que había sido su búsqueda de respuestas (la que igualmente, jamás cesaría mientras viviera, y como licántropo, eso iba a ser mucho más de lo normal). Buena prueba era la inercia de aceptar citas sociales, en lugar de volverse a perder entre callejuelas y bosques con el instinto de un primerizo. Sonreír con falsa condescendencia a personas que no le importaban lo más mínimo, mientras por dentro rememoraba, de tanto en tanto, aquella mordedura, peluda y afilada, y el ardor de la luna llena bajo sus ojos todavía inocentes.

La señora Miggins, tan sutil como de costumbre, se había encargado de que Dennis terminara hablando en todos los círculos atestados de mujeres. Sin compromiso, ya de paso, pues aunque la maldición de su soltería no la conocía nadie más que él (y bueno, la perra de Abigail, pero no le apetecía ponerse a pensar en ella), había otra maldición casi tan poco esquiva; la de la sociedad, que no necesitaba ser una vieja moribunda con un misterio traumático que regalarle a su sobrino para opinar que un hombre necesitaba una mujer. Por descontado, peor lo tenían las hembras en ese aspecto (y en casi todos, para qué engañarse), al ser ellas la diana favorita de la estupidez y la injusticia humanas, pero como cabría esperarse de un hombre de la lógica infantil de Dennis, aquello no le consolaba cuando era hora de aguantar las opiniones de gente fisgona y alcahueta. Aprovechó que esa cotorra por fin se separaba de él para ir a hacerse la melodramática a otro grupito cerca del suyo, y el hombre suspiró levemente, mientras calculaba cuántos minutos le quedaban para abandonar la estancia con toda la sutileza que a esos bufones les faltaba.

Al menos, hasta que escuchó la primera ocurrencia entretenida de toda la velada. Tan espontánea como impertinente, tan natural como escandalosa, y más si hacía uso de sus privilegios protocolarios para exponerla sin ningún reparo. Al luxemburgués le bastó para abandonar su grupo, nada preocupado por haber dejado con la palabra en la boca a algunos de los conversadores, y pararse justo detrás de la mujer del comentario, a la que aún no había podido ver la cara.

¿De qué tipo, mi señora? No todas prefieren a los niños.



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Re: Sinfonía a la luz de la luna | Privado

Mensaje por Francesca de Laroquette el Sáb Dic 20, 2014 10:17 pm



Sus ojos volaron velozmente de rostro en rostro, impacientes por hallar lo que tan desesperadamente andaban buscando: culpa, miedo, sudor, incluso la leve sonrisa de aquel que toma por absurdo aquello de lo cual es causante en la penumbra. Nada. Es decir, evidentemente todos reaccionaron, cada uno a su manera. Nada del otro mundo, sin embargo. Besugos y hienas. El resumen perfecto. La decepción absoluta.

A punto ya de tirar la toalla, una voz nueva se oyó a espaldas de la aristócrata. Cordelia pensó en el tono, diferente al de todos aquellos escuchados anteriormente desde que comenzara su búsqueda en la sala. No se trataba de ninguna risa burlona como las que proferían aquellas damas en círculo, una vez hubieron escuchado el pertinente comentario de la mujer. Tampoco lisonjas de ningún caballero casado pero cuya mujer se encontraba oportunamente lejos y así éste, permitirse el agasajar en exceso a la irlandesa –algo que, sorprendentemente, pasaba con frecuencia. Motivo más que suficiente para dudar no sólo de la veracidad de ciertos matrimonios, sino de la moral propia y de la época. ¿Cualquiera de esos hombres mantendría una aventura con una joven desconocida si su esposa no se llegara a enterar?-.

La mujer volvió el cuello, divisando únicamente de reojo al supuesto dueño de aquellas palabras y quedando completamente de perfil.

- Empero tengo entendido que un niño puede ser el mejor banquete en todos los sentidos. Carne tierna, sangre dulce –no podía evitar sonreír aunque resultara inoportuno dado el tema en cuestión y lo desagradable que estaba resultando esa sonrisa despreocupada y divertida para el resto de invitados que la escuchaban. Pero sencillamente, no podía evitarlo-. No obstante, si me dice que usted sabe más que yo acerca de los gustos de una bestia, he de suponer que tiene más contacto con ellas que yo –volviendo su mirada al resto- y eso que estoy casada –añadió para causar la risa de aquella congregación de burros-. Pero dígame, buen señor – volviéndose completamente esta vez y mirando a aquel caballero frente a ella con curiosidad y picardía-, ¿acaso las bestias tienen otra clase de intereses? ¿otras prioridades en cuanto a alimentarse? ¿Mujeres quizás? ¿Mujeres que… juegan con fuego y preguntan demasiado tal vez?

¿Había encontrado lo que andaba buscando o solamente era un comentario más sin importancia? Hombre joven, moreno, alto. Sus rasgos eran curiosos, peculiares. No pegaban mucho con los de un lobo. O al menos para ella que, valiéndose del tópico, siempre esperaba hombres fornidos en cuanto se trataba de licántropos y hombres misteriosos hablando de vampiros. Parecía mentira que se llamara así misma cazadora cuando sabía de sobra que sus ojos nunca podían confiar en aquello que veían y aún así la tonta de ella muchas veces lo hacía. Pero como siempre, no era más que una niña jugando a ser mujer, respaldada por un ángel de la guarda que seguramente fuera de todo menos ángel. Así como su proveedor en la tierra, asiendo la mano de Dios, pero en concubinato con el Diablo.


Última edición por Cordelia Holtz el Dom Ene 11, 2015 6:42 pm, editado 1 vez




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Re: Sinfonía a la luz de la luna | Privado

Mensaje por Dennis Vallespir el Vie Ene 09, 2015 1:04 am

Los niños. Ésos con los que él no tenía nada que ver, claro, que no se parecían en nada a la infancia interrumpida que aún se estaba pudriendo en alguna parte de él. O por lo menos, Dennis siempre había pensado (hasta que súbitamente cambiaba a otra postura, obvio, no nos olvidemos de su bipolaridad) que aquella patología infantil se debía de estar descomponiendo a una velocidad torturadora y lenta, y que quizá algún día llegara a expulsar sus restos para darles el final que se merecían. O uno inmerecido, pero final después de todo, a esas alturas y con la longevidad de los hombres lobo a cuestas, no iba a ponerse muy estricto (qué gracioso, Dennis estricto).

Curioso que el tema de conversación que había captado su único interés en toda la noche estuviera protagonizado por un infante y una bestia. ¿Tan descomunal tenía el ego que sólo reaccionaba al escuchar sus propias características? Vaya, hasta donde él sabía, también su participante más mordaz había sido la responsable de que el luxemburgués todavía no se hubiera marchado de aquel mar de hurracas, aburridas y entrometidas a partes iguales. De nuevo, la inocencia desaparecía para reunirse con los parajes de su curiosidad carnal, no porque fuera tan sencillo que pensara en desnudar mentalmente a una dama rodeada de falso protocolo y remilgada apariencia, sino porque las secuelas de su naturaleza animal se habían convertido en un halo implícito de macho alfa. A veces, conseguía camuflarla tras el porte elegante que había conseguido gracias a la severa educación de su tutora, pero otras, difícil era ignorar esa sensación depredadora que si te incomodaba era sólo porque habías dejado que te atrapara. O porque, de todas maneras, no habías opuesto tanta resistencia como creías.

Bueno, yo no estoy casado, pero vivo en el bosque, donde bestias de todo tipo campan a sus aires. Los niños también disfrutan cuando hay tanta vegetación cerca, porque a fin de cuentas es donde más peligro acecha –respondió, en tanto realizaba una ligera inclinación de cabeza hacia su nueva interlocutora-. ¿Carne tierna y sangre dulce? Muy oportuno que hayáis dirigido vuestras sospechas hacia las mujeres, es en lo primero que me ha hecho pensar vuestra gráfica descripción –comentó, al tiempo que terminaba de integrarse en el grupo, donde eligió una posición algo alejada de ella, entre una pareja de ancianos y la señora Miggins, pero adecuada para mirarle a la cara directamente y sin que ninguno tuviera que girar el cuello. Así, podían fingir además que hablaban también para el resto de presentes y usar a éstos como atrezzo del teatro que habían dispuesto entre ambos-. Si yo fuera una bestia de ésas que comen críos, al final querría cambiar de aires en el menú, o llegaría un momento que acabaría con la natalidad de mis presas. Pero las hembras son las que dan a luz, tampoco estaría siendo muy inteligente al centrarme en ellas –expuso, en un tono de falso esfuerzo, como si le estuviera costando mucho llegar a esa conclusión-. ¿Quizá las elegiría después de que hubieran servido a la causa o cuando se supiera que no fueran a hacerlo nunca? –apuntó, a la vez que miraba a la señora Miggins a su lado, quien no tardó en llevarse una mano a la cara y lanzar una exclamación que no sabía si expresar risa u horror- ¿No os acompaña aquí vuestro marido, señora… -prosiguió de repente, y volvió a fijar sus pupilas en el rostro del artífice de todo aquello para esperar a que le fuera presentada, sin importarle demasiado los asuntos de etiqueta- Sería interesante de plasmar el otro punto de vista en el matrimonio, del que yo no puedo opinar debido a mi soltería. Quizá la bestia de nuestra historia se parezca más a una esposa que 'juega con fuego y pregunta demasiado'…

Una mujer casada y un soltero excéntrico tonteando delante de un montón de papagayos sociales. Ninguna otra fiesta de la anfitriona del lugar había tenido tanta suerte.



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Re: Sinfonía a la luz de la luna | Privado

Mensaje por Francesca de Laroquette el Dom Ene 11, 2015 6:58 pm



Era bien conocida para la cazadora aquella sensación de peligro de la que hablaba el hombre en cuestión, encargado esa noche de encender la llama de la irlandesa. Niños en pos del riesgo, buscando aventuras. Niñas, incluso mujeres. Ella misma. Atrapada cual mosca en la tela de araña que era su profesión y todo lo que ésta le ofrecía. Más aun ante lo que le ofrecía el hombre para el que solía trabajar. Ni siquiera los pocos años que pasó en el extranjero pudo dejar a un lado aquella droga que de forma más que vergonzosa para ella, le devolvía la vida y la convertía en un ser inmortal. Pobres niños, no saben lo que hacen –pensó-. Y tú tampoco.

- Que vos gustéis a menudo de las lozanas carnes de cuantas damas hayan pasado por vuestra cama, dado vuestro estado de soltería, y gozado de bañaros en cualquier fluido que éstas os proporcionaran, no significa que una bestia tenga también tales reminiscencias en lo que se refiere a carne fresca y sangre dulce – respondió mirando en derredor, estudiando las muecas ajenas, intentando saber si en algún momento hacía algún comentario fuera de tono o que de alguna manera desvelara sus auténticas intenciones-. Es curioso como abordáis la situación, ¿habéis pensado en esto en más de una ocasión o es que acaso vivís de ello? –alzando sus cejas en un rápido gesto para, a continuación, regresaran al lugar que les correspondía, sobre aquellos ojos que en ningún momento se separaban de su objetivo, con alguna que otra arruga a su alrededor, no por la edad, que también, sino formadas debido a la sonrisa que acompañaba tanto aquel gesto de cejas como las palabras pronunciadas.

Cordelia acostumbraba a esconder cualquier dato que en adelante pudiera ser utilizado contra ella y el conocimiento de su estado marital ya había sido más que suficiente para aquel desconocido. Su nombre tampoco era necesario.

- Madame de la Fère –contestó en un inútil impulso por no dar más información de la necesaria-.
- Oh, querida -entre risa y risa-, siempre tan divertida –y dirigiéndose la señora Miggins al hombre de la pregunta, musitó la respuesta-. Aquí donde la veis, apreciado caballero, os encontráis ante el descaro en persona. Cordelia, de apellido Holtz. Apellido de casada por supuesto. ¿Cómo era el otro, querida?
- ¿Por qué no le dais también mi número de pie? Estoy segura este apreciado caballero vuestro –haciendo un gesto con la mano, señalando al hombre que se encontraba frente a ella  de arriba a abajo- sabrá utilizar tal información muy bien a su favor – sonriendo finalmente de forma amarga ante aquella jugada que se volvía contra ella por culpa de la estupidez ajena que presentaban los involucrados en la conversación-.
- Vamos, no os lo toméis así. Ni que tuvierais algo que ocultar – dijo la señora Miggins al tiempo que las gallinas pertenecientes al corral comenzaron a cacarear de forma exagerada, lo que humanamente podría traducirse por reir quizás, sin embargo, nada de humano había en aquellas estruendosas y horribles risas-. Ya no necesitáis despertar ese misterio en los hombres, por Dios santo, estáis casada. Y a todo esto, ¿cuándo nos obsequiará vuestro marido con su visita? Él siempre tan adulador –hablando ya con el resto y no con la esposa en cuestión-, aun no me explico cómo tuvisteis tanta suerte, querida.

Los ojos de la cazadora estaban a punto de escapar de sus órbitas y lo único que ésta pudo hacer para disimular algo así fue girar el cuello, evitando que aquella mujer que no dejaba de hablar, viera su gesto. Esa forma de referirse a ella, querida, como si en algún momento significara algo, como si el afecto pudiera colarse entre los espacios de las letras que la formaban. De eso nada, señora Miggins pensaba la mujer. Cuan engañados tenía a todos el marido de Cordelia, siempre adulador de puertas para afuera, pero no más que un mísero aprovechado si sabías mirar bien. Capaz de prometer el Cielo a alguien a quien prácticamente ya había entregado el Infierno sólo con creer en su palabra. No muy distinto de la clase de hombres con los que solía juntarse la dama. ¿Qué menos que acabar desposándose con uno así?

- Lamentablemente –afortunadamente querría haber dicho- sus obligaciones le instan a permanecer en América.
- ¿Y no lo echáis de menos? –interrumpiendo a la mujer-.

La verdad es que aquella situación no estaba saliendo en absoluto como a Cordelia le hubiera gustado y cada vez se trocaba peor. Ella, que pretendía hacer las veces de curiosa mientras el hombre que había osado contradecirla respondía a todas sus preguntas ya fuera de forma directa o indirecta, se vio sometida al vulgo –aun encontrándose entre personas de clase no alta, sino altísima- que convertía en simple su dialéctica y la sometía a las más estúpidas preguntas mientras el hombre frente a ella gozaba de aquel espectáculo dedicado a ridiculizarla.
¿Echar de menos a su marido? Rezaba día y noche –siendo esto una forma de hablar, pues la mujer no solía cumplir su papel de irlandesa devota- porque éste no volviera nunca.

- En realidad este tiempo que dedico a disfrutar de mi única compañía es el más preciado de que dispongo. Así como los encuentros carnales que no podría llegar a disfrutar con tantos hombres como flores tiene un árbol en primavera, de no ser por su ausencia –dicho de forma totalmente inofensiva, pero sin dejar de ser cierto e incluso quizás… sus palabras presentaran alguna clase de incitación que esperaba no fueran muy evidentes. Pero sólo quizás. Dependiendo siempre del entendimiento de su interlocutor y la consiguiente reacción-. Pero ya basta, no me gusta hablar de mí. ¿Qué nos puede contar de vos, desconocido caballero? ¿Goza de un nombre o sólo de su soltería? -curiosamente, la última palabra, dicha con el recelo y el anhelo del que ansía la libertad arrebatada-. Y por cierto, en respuesta a vuestro anterior comentario, os diré que sí, que no hay mayor bestia que una mujer que juega con fuego y pregunta demasiado. Pero tened cuidado, porque si no os andáis con ojo podría desgarraros de un zarpazo. La susodicha mujer, no yo, claro está -jugando a intercalar un despiste no muy efectivo. Aunque tampoco pretendía que éste lo fuera-.


Última edición por Cordelia Holtz el Vie Abr 15, 2016 8:01 pm, editado 1 vez




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Re: Sinfonía a la luz de la luna | Privado

Mensaje por Dennis Vallespir el Lun Ene 26, 2015 12:06 pm

La posición de la mujer en la sociedad, incluso cuando había demostrado de sobras su valía y su emancipación, seguía siendo tan pobre y traicionera como de costumbre, más aún si había que comprobarlo en una reunión como la de la señora Miggins. Cuando no estaban relegadas a la presencia de su marido, las trataban con condescendencia y hasta la burla estaba oficialmente permitida, siempre que las risas perniciosas fueran acompañadas de juicios aparentemente inocentes. La promiscuidad de la soltería, o más bien, de la ilusión de la soltería durante la ausencia del cónyuge, las atrocidades gráficas de una posible bestia en tiempos de misterios sin resolver o historias para no dormir, todo eso no solía ser tan bien recibido como una sucesión de halagos al género masculino y su aportación en la vida de quienes gustaban de llamarse 'sus compañeras'. O más bien, que lo soportaban, como claramente era el caso de la enigmática, y casada, Cordelia Holtz.

Dennis observó el festival de cotorras que había pasado a formarse en un abrir y cerrar de ojos, gratamente encantadas del cambio de tema, al contrario que la persona que lo había iniciado, ahora víctima del resultado sexista que ni con su belleza ni su alcurnia podía esquivar. Le había salido el tiro por la culata, lo que captó aún más la atención del luxemburgués, esa vez con desconfianza. ¿Había querido mentir en mitad de una conversación grupal, expuesta a los oídos de la anfitriona? Un riesgo tan curioso como sospechoso, pues por mucho que la señora Miggins lo hubiera achacado a su 'sentido del humor', los gruñidos de la señora Madame de la Fère no parecían los de una bromista empedernida capaz de unirse a las gracias y las chácharas del resto de señoras allí presentes. Quizá sólo buscara hacerse más interesante a ojos del licántropo, pero le parecía una excusa demasiado pobre para alguien que había entrado con tanto estilo. ¿Una grieta en su armadura, así de repente?

Vaya, menciono mi soltería y hacéis alusión a las visitas a mi lecho. ¿Acaso os han estado hablando ya de mí? –replicó, lo que produjo una carcajada general que se veía venir, al tener en cuenta las características de la mayoría de oyentes- No negaré que 'la carne fresca y la sangre dulce' me hacen llegar a una imagen muy concreta, pero no significa que mis intereses carnales se reduzcan a ella, ya he dicho que si fuera una de esas bestias, no me detendría en edades –apuntó, mientras unas cuantas féminas de mediana edad sonreían, muy poco sutiles y con una mano en la mejilla. Ver para creer-. Más curioso me parece a mí que preguntéis si pienso mucho en esto cuando vos habéis sido quien ha hecho la observación principal. ¿O acaso esperabais que nadie os respondiera con la misma provocación? –devolvió la pelota sin tener que tocarla siquiera, pero le respondió de todas maneras:- No podría vivir de esto porque tengo demasiadas cosas en las que pensar, y la de ahora se trataba de abordar vuestra teoría, con o sin bestias devoradoras de mujeres y niños.

¿Sería hora de apartarse de la manada más aburrida de coyotes y procurarse un poco de intimidad? La mujer había evidenciado, voluntariamente o no, que se traía algo entre manos y dado que, a pesar de las interrupciones impertinentes que había tenido por parte de terceras personas, el objetivo de sus cuestiones aún no había dejado de ser él, tampoco sería descabellado pensar que preferiría un ambiente menos... bullicioso. Eso, o su intención inicial siempre había sido analizarlo en aquel escenario. En cualquier caso, a Dennis no le gustaba pensar que formaba parte de las expectativas de nadie, por lo que si quería cualquier cosa de su persona, mejor haría en darse prisa.

Mi nombre no es más que otra forma de referirse a mí, por lo que 'gozar', sólo gozo de mi soltería –comentó, con una ceja enarcada tras toda la conversación que se había dado entre las mujeres, pero sonrió de medio lado al formalizar la presentación:-. Dennis Vallespir, a vuestros pies repletos de flores en primavera –añadió con sorna, en relación a la comparación que había usado para su supuesto adulterio-. ¿Hay algo más concreto en lo que vos, y no 'la susodicha mujer', queráis que enfatice? –y tras hacer una leve reverencia sólo con el cuello, no dejó de clavar sus ojos viperinos en el único rostro que, en realidad, había allí para él.



Lobo hombre en Paris... Su nombre, Dennis.

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Re: Sinfonía a la luz de la luna | Privado

Mensaje por Francesca de Laroquette el Sáb Feb 07, 2015 4:16 pm



Daba gusto oír hablar al hombre en cuestión. Antídoto a toda aquella pantomima de clase alta que llevaba provocando bostezos furiosos en la irlandesa hasta entonces. Ángel o demonio –poco importaba- que parecía la sacaría de allí pronto.
Su sonrisa era incontrolable, mas podía apreciarse cuan burlona se tornaba dependiendo del cariz de la conversación. Llegando a descontrolarse realmente al tiempo que la de todas aquellas mujeres que habían enrojecido ante las lisonjas del caballero. Ésta se reía de ellas claro, no con ellas, dedicando a continuación una mirada necesaria al luxemburgués que decía: que malo eres… y que pena me dan ellas.

Cada frase dedicada a contrarrestar los ataques de la mujer sonaban mejor que cualquiera de las piezas a piano que habían comenzado a sonar con el inicio de la velada. Tantos años hacía que la cazadora había aprendido  a gozar con la burla, el sarcasmo, las palabras dañinas, que ya no sabía diferenciar una condena a muerte de una declaración de amor. No era extraño entonces su goce de boca del lobo.

- No, curiosamente no he tenido el placer de oír hablar de usted. Espero no me decepcione y merezca la pena la atención que estoy dispuesta a prestarle.

¿La misma provocación? Tenía miedo sólo de pensar en corroborar si muchos de los invitados sabrían siquiera como provocar a la mujer. En todos los sentidos, ya puestos. Como sí parecía saber hacer aquel hombre. Sutil –lo suficiente para no ser captado por el radar de muchos en la sala-, pero directo. Valiéndose del humor cuando los oídos de los presentes empezaban a chirriar, consiguiendo de nuevo el sosiego de la ignorancia en ellos.

- Una lástima que estemos en otoño, ¿no le parece? Las flores escasean y si bajas la mirada sólo te encuentras con hojas muertas. ¿Alguna vez le ha pasado? ¿Que todos sus amantes hayan amanecido muertos?
- Oh, por Dios santo, querida. – la conversación parecía ser demasiado difícil de digerir para todo aquel acostumbrado a las cenas remilgadas de quien poseía capital suficiente para derrocharlo a expuertas.- No seas tan desagradable.
- Desde que Holtz se fue, parece que no sabe comportarse –musitó con cautela una de las muchas hienas amigas de Miggins al oído de ésta.
-¿No crees que ya has bebido mucho, Delia?

No recordaba cuanto odiaba que la llamaran así. Acostumbrada a oír únicamente su nombre de aquella manera de los labios de su marido y nadie más. Por un momento, su boca se llenó de la ceniza de tan amargo recuerdo, alzó la copa sonriendo tristemente y dejó que el líquido borgoña arrasara con todo, esófago abajo.

- Si, demasiado –haciendo ademán de volver a la calma para continuar una entrañable conversación que nunca había sido realmente entrañable-. Si me disculpan, voy a beber más.

Ladeó la cabeza en un gesto rápido, indicando a su participante favorito en aquella burla que la siguiera cuando tuviera a bien hacerlo. Se acercó al camarero más próximo y arrampló con la única copa a rebosar que éste tenía. Ni se molestó en volver la vista. Si el hombre quería seguirla estupendo, y sino ya encontraría otra forma de hacerse con lo que andaba buscando. Sus recursos no eran escasos y el alcohol mermaba sus ganas de dedicarse al deber y no al placer.

Salió al balcón y allí contempló la luna. Una luna que no respetaba a nadie, burlándose de ella al igual que lo hicieran el resto durante la noche. Inconscientes de lo que la mujer podía hacerles sólo por atreverse a mirarla con descaro. Ignorantes completamente de la distancia que existía entre lo vivido por ellos y aquello por lo que había tenido que pasar ella a manos de su marido, del Cardenal, de todas aquellas personalidades que intentaba olvidar y que la habían manipulado tanto como malogrado. No podían ser más diferentes. Y allí estaba ella, la mayor hipócrita del mundo, odiando su despreocupada naturaleza tanto como la añoraba.


Última edición por Cordelia Holtz el Vie Abr 15, 2016 8:01 pm, editado 1 vez




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Re: Sinfonía a la luz de la luna | Privado

Mensaje por Dennis Vallespir el Jue Jul 02, 2015 10:45 pm

La palabrería, ese don que malgastaban los necios y pulían los perversos. Mas términos medios había en todas partes, al menos así lo había aprendido de su difunta tía, con una de esas dosis crudas de realidad que tanto habían alimentado los traumas de su sobrino. Mentiría, si dijera que ya no venía traumatizado de antes (cosas que pasaban, cuando perdías a tus padres de niño sin que nadie diera más explicaciones y años después, te mordía un licántropo en tu primera noche lejos de tu hogar), sólo que la educación que recibiera de sus tutores finales en Luxemburgo había avivado las llamas de su locura. Mucho más si a pesar de todo, también había sido feliz. Pero ya sabíamos que a las emociones de Dennis Vallespir les gustaba demasiado renovarse. ¿Cuál sería el siguiente plato de aquel descontrolado menú?

Una vez más, volvió a contemplar a aquella mujer inspirada por los dioses paganos (que ya puestos, horrorizarían con la misma destreza a todas aquellas hurracas desplumadas) y cómo parecía ser el tuerto en el país de los ciegos. Claro que esa expresión se quedaba coja (demasiados tullidos ya para estar refiriéndose a una belleza tan deslenguada) al lado de lo que lograba transmitir con su elegante desparpajo y su forma de sacar punta a los comentarios, como si fabricara su propia artillería con la misma que recibía de los demás. Justo cuando empezaba a hartarse el chiquillo inquieto que llevaba atrapado en su cuerpo treinta y seis largos años, la señora Holtz había sabido escoger muy bien su siguiente paso. Pues el hombre tenía tantas ganas como ella de continuar aquella batalla en privado, lejos del juicio cotorra de semejantes buitres, que no estaban hechos para los transgresores escándalos de su conversación.

Hubo de reprimir una poderosa sonrisa ante la salida triunfal con la que la única persona interesante de toda la sala puso fin a un escenario para alzar otro. Intercambió una última mirada de complicidad con ella, mientras la bajaba por unos segundos para ensanchar levemente los labios y atraparse las dos manos por detrás de la espalda, antes de dar un suave balanceo con los pies y excusarse ante la falsa manada con un 'Por el bien de todos, tendré que averiguar qué es lo que lleva el alcohol de la señora Miggins'. Huyó de aquel panorama aburrido con una broma que verdaderamente era más bien una mentira, Dennis no bebía por motivos obvios para quien conociera su pasado, lo que reducía la lista a… casi nadie en vida. Lo disimulaba con bastante maestría porque lo consideraba una debilidad muy simple y más para un caballero de historial tan hedonista como el suyo. Lo que hubiese en la bebida, no obstante, seguía pareciéndole menos entretenido que lo que tuviera que ofrecerle aquella curiosa dama a la que ahora se aproximaba. A tiempo del acto más sorprendente de la noche hasta el momento.

No pudo percibir de dónde salieron las flechas, algo que viniendo de sus sentidos sobrenaturales, decía mucho de los responsables. Aceleró sus pasos, que hacía rato que habían entrado al balcón, y apartaron el cuerpo de Cordelia con el suyo propio, que durante el silbido de aquellas armas punzantes, sirvió de escudo. Un par de ellas se clavó en el muro de al lado y otras dos, ni siquiera pudieron llegar al balcón. Eficacia y nulidad al mismo tiempo. ¿Qué demonios significaba eso?

Viendo ya que el silencio sustituía del todo al peligro y la confusión, sin rastro de ningún otro ataque ni atacante en el aire, ambos se percataron de que el incidente no había ido más allá del balcón, donde el resto de invitados vivían (aún más) en la ignorancia de sus opulentas vidas. Dennis se incorporó por completo, cara a cara con la otra testigo de los acontecimientos, y por fin, desenredó las manos de su cintura. Nadie más había visto lo ocurrido, pero descubrir un exceso de contacto físico entre un Don Juan y una mujer casada les habría emocionado igual.

Por lo que veo, no todos vuestros enemigos os apuntan con el dedo –fue su primera apreciación. Sutil-. Quizá debiéramos intercambiar opiniones en otro sitio. Más resguardado -en tanto se alejaba los centímetros suficientes de ella para que no percibiera enseguida la rozadura de la flecha en su hombro izquierdo, que había atravesado la ropa hasta abrirle una herida. Más que nada porque dentro de unos momentos, ni siquiera estaría ahí. La sanación acelerada era muy útil, pero no para la discreción de un hombre lobo.



Lobo hombre en Paris... Su nombre, Dennis.

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Re: Sinfonía a la luz de la luna | Privado

Mensaje por Francesca de Laroquette el Mar Jul 14, 2015 3:57 pm


No era fácil convivir con el peligro día tras día, noche tras noche. Un sí, quiero eterno que marca el resto de tu existencia y que te requiere cuando menos te lo esperas. Así era la vida de aquella mujer que había decidido vestir su dedo anular demasiado pronto, sin ser consecuente con lo que vendría y a todo lo que alguna vez debería enfrentarse, quisiera o no. Una acción impulsiva proveniente de un carácter por aquel entonces voluble e inestable. Una niña, mujer en apariencia. Con una venda cubriendo sus ojos y recorriendo el camino que su familia, marido y allegados le marcaban asiéndola de la mano. Rebeldía en estado puro inundó su corazón la mañana en que firmó el más importante de los contratos que jamás habría de firmar. ¿El de matrimonio? En absoluto. El de servidumbre. Convirtiéndose así en objetivo, marcando a fuego una diana en su propia frente y siendo invitada especial en las listas de los más buscados dentro de logias o el mundo sobrenatural. Ignorante ya de todos sus compromisos - con la traición, el peligro, Benjamin Holtz, Alphonse de la Rive…-, la cazadora se permitía el lujo de caminar como una igual ante aquella triste burguesía. Tan tonta era, tan poco le importaba que su vida peligrara –una inyección de adrenalina anhelada en ocasiones con cada fibra de su propio ser- que se olvidaba con facilidad de su peculiar naturaleza furtiva, luciendo una fachada decorada con los más hermosos colores.

Ávida de pasos ajenos -los del lobo a punto de devorar a su caperucita-, ignorante completamente de su posición como presa, culpable de centrar sus sentidos en un único objetivo y desatender los alrededores de la estancia… la mujer dejó de ser Cordelia, la cazadora, para pasar a ser Cordelia, la novata.
Un sonido familiar, el repiqueteo de unos zapatos acercándose a paso seguro. Zancadas en aumento, confusión en crescendo. Cuerpo a tierra, Flechas. ¿De dónde provenían? Un vistazo rápido y la cazadora supo quién había sido el culpable, arco en mano. Pensó entonces rauda, y valiéndose de la escasa –aunque agradecida- protección que los detalles que aquel balcón le ofrecían todavía abrazando el frío suelo, fijó entre columna y columna a su objetivo. Una vez ambos se hubieron puesto de pie y su acompañante hubo alejado las manos de su cintura, decidió no quedarse de brazos cruzados. ¿Intercambiar opiniones en un sitio más resguardado? De eso nada. Nadie atentaba contra la vida de la cazadora y se iba de rositas.

- ¡Vamos! –gritó entusiasmada. Y atrapando la mano de su salvador, rompió a correr tras el objeto de su interés, obligando al luxemburgués a realizar la misma maniobra.

Los arbustos bailaban aquí y allá, una pista fácil de seguir. Sobre todo para alguien que ya conocía el modus operandi del animal que acechaba.

- ¡Sigue corriendo! – pidió al caballero soltando su mano para, a continuación, perderse entre la maleza y hacer de las suyas.

Rasgó su vestido -lo suficiente para poder correr sin impedimentos- y tomó otro camino, desembocando no sólo frente al culpable de aquel ataque, sino cayendo de bruces contra él.

- ¡Vaya, vaya!  Como en los viejos tiempos.
- Creo recordar que por aquel entonces no llevábamos tanta ropa.
- Si y yo también era más paciente con alimañas como tú –dijo la mujer metiendo su mano por entre los ropajes del hombre.
- ¡Cuidado, no seas tan ansiosa! No has cambiado nada, eh.
- ¿Ansiosa? –preguntó amenazando al hombre en cuestión con una daga que acababa de sustraerle. Culpable de su suerte y su profesión: cazador, cazarecompensas más bien. Un mercenario que se vendía al mejor postor y se regalaba a cualquier mujer.- Si, sabes que siempre estoy ansiosa por cortarte la garganta.
- ¿Cómo supiste que era yo?
- Por tus flechas, imbécil. ¿A quién se le ocurre personalizarlas? Tantos años y todavía no has aprendido de tus errores.

Ciertamente los años pasaban, pero no en balde. Habían reportado un sinfín de vivencias y contactos a la mujer, ya fueran compañeros de caza, amantes, enemigos o las tres cosas a la vez. En aquel momento, en aquel lugar, respirando una mezcla entre rocío nocturno y el aliento a vino de aquel hombre, Holtz volvía a vérselas con un rostro de su pasado.
Notó al instante que Vallespir hacía acto de presencia. No sabía si llevaba tiempo ahí o no, pero poco importaba. Tomó algo de distancia del hombre sobre el que se aposentaba sin alejar el acero de su cuello y miró a su compañero.

- Bienvenido –le saludó ladeando la cabeza, sonrientemente estúpida -. Llegas justo a tiempo para conocer al cretino que nos ha disparado las flechas.
- Encantado –sonrió también, cortésmente-. ¿Sois amantes o algo así? ¿No es un poco joven para ti?
- A lo mejor, pero tendrías que verlo sin ropa. ¡Ahora habla! –amenazó a este, apretando más aún la daga contra su garganta-, ¿quién te ha contratado y qué quieren de mí?
- Por favor, tú siempre tan egocéntrica. No te quieren a ti, quieren al lobo – confesó alzando la vista en dirección al caballero que les observaba-.

Cordelia sonrió, satisfecha y curiosa al mismo tiempo. Al parecer, su acompañante pecaba de todo menos de sincero. Fue así, que la mujer volvió su mirada hacia el supuesto lobo, preguntando a éste con sus ojos color avellana cómo podía ser aquello posible, y preparando sus oídos para la más creativa de las mentiras. Aunque… para qué engañarse. Ella conocía su identidad sobrenatural desde antes de conocer su rostro.


Cazador que tira y no persigue, poco o nada consigue:




Última edición por Cordelia Holtz el Sáb Dic 12, 2015 7:03 am, editado 2 veces




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Re: Sinfonía a la luz de la luna | Privado

Mensaje por Dennis Vallespir el Lun Nov 30, 2015 10:14 pm

En mitad de aquella improvisada persecución hacia lo desconocido (hasta cierto punto, claro, porque un entorno hostil no tenía nada de raro para una criatura sobrenatural), Dennis se obligó a repasar para sus adentros el motivo por el cual había terminado esquivando árboles entre el silbido cortante del viento y de la mano de una completa desconocida (lo era, por mucha etiqueta con la que la sociedad se empeñera en distraer). Aquello también era un problema, porque cuando echaba a correr frente a alguien aparentemente profano, tenía que fingir los alcances desproporcionados de su rapidez, y no acabar con el aspecto destructivo de martirizar la velocidad de su cuerpo y con los ojos ardiendo por algo más que el sudor que le urgía la piel, como en sus escapadas por los páramos de la mansión Vallespir. De todas maneras, la mujer se separó de él antes de que pudiera empezar a construirse una opinión contundente (todo lo contundente que podía ser, viniendo de un bipolar) sobre lo que estaba pasando.

No le fue nada difícil seguirla desde lejos gracias a sus habilidades sobrehumanas, y acabó por convertirse en el tétrico espectador de lo que tenían entre manos aquel par de sabandijas que, al parecer, vivían a costa de serlo. Juntos o por separado, a esas alturas a él ya le daba lo mismo porque con cazadores de por medio, lo más probable era que todo desembocara en un mismo objetivo: él. Y por descontado, hasta un inestable tenía claro que eso no le gustaba un pelo. En momentos de tensión como ésos, la técnica de distraer el pensamiento con persecuciones a la nada funcionaba un rato, pero no lograba interceptar las reacciones de sus músculos, y dio gracias de tener la excusa de haber echado una carrera desde la residencia de la señora Miggins. Era completamente normal estar sudando a raudales con el corazón atorado en la garganta, no guardaba relación alguna con la rabia de un chiquillo de siete años con el que seguramente nadie allí contaba.

Demasiado tarde.

Dennis creyó que sería al contrario, pero su capacidad de moverse con sigilo no le abandonó en ningún momento. Ni siquiera cuando sus ojos se dispararon con avidez hacia una sola dirección: aquel teatro de pacotilla que se había adornado de conversaciones estimulantes y ahora, de flechas en mitad del bosque y cazadores y presas. Siempre con esa analogía ambigua e intercambiable, especialmente si acababan de dejar confuso en su ira a un licántropo con serias patologías mentales.

¿Al mismo lobo que quiere una explicación o tendremos un espectáculo parecido al que hubiera dado la flecha sin interrupciones? –casi llegó a rugir, con toda la paz escalofriante de un felino que antes de devorar al ratón, lo usaría de mondadientes para quitarse lo que aún restara ahí de todos los desgraciados anteriores que hubieran pasado por el afilado tobogán de sus colmillos. Caminó, como si simplemente estuviera dando un paseo, sin dar tiempo a que ninguno de los dos humanos, por muy profesionales que se creyeran, interpretara su siguiente paso: rodear el cuello del hombre con una sola mano (garra) y levantarlo para estamparlo contra el árbol más cercano, en menos de lo que el impacto y el violento agarre, dispusieron la asfixia y el punzante dolor a su pleno antojo- No me hagas creer que una mísera daga es todo lo que lleva un cazador supuestamente experimentado para protegerse de sus propias cagadas –comentó sin más, antes de usar la otra mano para registrarle detrás de la capa y arrojar la pequeña ballesta que le encontró a los pies de la otra cazadora-. ¿O debería tragármelo, dado que te permites bajar la guardia de esta forma tan ridícula? ¿Tan poco estudiado tienes a tu objetivo? Claro, es difícil predecirlo cuando se trata de un hombre lobo que se mueve por su cuenta, hay pocos antecedentes que poder acechar –y sin soltarle, ni disminuir su fuerza, giró toda la cara para clavar sus ojos en la impetuosa Holtz, llenos del plomo de la suspicacia, pero esa vez, también de un sadismo animal que aquella intrusa no había podido comprobarle nunca antes, ya fuera de lejos o a esa peligrosa distancia-. Tú eso lo sabrás bien -el primer tuteo de la noche hacia la mujer casada.

¡Vaya! ¿Es así cómo te gustan? –logró escupir entre atoradas risas, dirigiéndose a Cordelia mientras se sostenía a los dedos del lobo con las dos manos para apartarlo en vano, o ya más bien, para evitar quedar ahorcado- ¡No te los sabes buscar tranquilitos, niña, se nota que me echas de menos!

Para quererme a mí, como te molestas en aparentar, no veo que te interese mucho lo que pueda hacer –respondió, al tiempo que volvía a mirarle a él y alzaba todavía más el brazo, si podía ser, para tenerlo más colgado y ensartado a la vez. Los tres sabían lo que podría pasar ahí; un simple movimiento y le partiría el cuello, incluso sin fuerza sobrenatural. Y Dennis no era un asesino, pero sí un ser impredecible cuando no obtenía respuestas-. Ahora vas a decirme quién demonios está tan interesado en hurgar en mi vida si no quieres oír el crujido más desagradable del mundo antes de abandonarlo.

¡Eh, eh, no te estás enterando muy bien de lo que pasa contigo! ¿No, amigo? ¡Deberías empezar por hacerle esas mismas preguntas a tu venenosa conquista antes que a mí, yo ya dejé de beber de sus piernas hace mucho! –replicó, todavía en una sorna imperturbable a las puertas de la muerte.

Ante eso, Dennis regresó la vista hacia la embustera en cuestión, y la mirada azul verdosa con la que dirigió su recelo lo decía todo: no se había olvidado de ella, sino que la estaba retando. No había permitido por casualidad que pudiera tener una ballesta y una daga a su disposición, quería comprobar cuál era el modus operandi del potencial centro de todas sus molestias allí. Porque dudaba que fuera lo bastante imbécil como para usar métodos físicos contra una jodida criatura del averno a la que no le había costado ni dos pasos tener la vida de uno de los dos a su merced, ni le costaría con la otra parte llamada Cordelia Holtz. Pero lo cierto era que si ésta no encontraba algo mejor que los métodos físicos en poco tiempo, ni siquiera el propio Dennis Vallespir sabía lo que podría pasar.

Bienvenidos a las mil y una capas de su mente trastornada.


Última edición por Dennis Vallespir el Mar Jun 21, 2016 10:17 am, editado 1 vez



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Re: Sinfonía a la luz de la luna | Privado

Mensaje por Francesca de Laroquette el Sáb Dic 12, 2015 11:30 am


La vida pocas veces se resume en algo más que una serie de etapas prefijadas que nos llevan de camino a la tumba. Por ese camino, sin embargo, en ocasiones, hacemos una parada inesperada. Convertimos nuestra vida en el proyecto cinematográfico más ambicioso del ser humano haciendo una pausa similar a la de un soliloquio teatral para fijarnos en cosas en las que nunca nos habíamos fijado antes y, más aún, en la sensación de estar fijándonos en ellas.
Este era el caso en el que se encontraba Cordelia Holtz, absurdamente detenida en el tiempo. ¿El causante? El lobo de Caperucita, que hasta ese momento había mantenido la compostura y que, acompañando a la desaparición de ésta, su voz no sólo volvía a hacerse presente en los oídos de la dama, sino que la fiereza con que profería ésta y sus miradas colindantes quedaron como uno de esos momentos en el tiempo en el que las pausas eran necesarias.
La cazadora nunca –teniendo en cuenta el poco tiempo del que habían dispuesto para conocerse-  había tenido la oportunidad de ver a aquel caballero de lengua ávida –como ávidos eran sus comentarios, no la forma en que probablemente usaría ésta- en situación tal y, en su vida, pocas veces realmente se había parado a escuchar un grito de guerra como aquel, que traducido a oídos femeninos –al menos los suyos- sonaba casi como una lírica e intensa canción. Curiosa, cuanto menos, la química de dos seres humanos. Lógica, no obstante, en este caso, cuando uno de los dos tiene más de animal que de humano y la otra es irremediablemente arrastrada por la naturaleza del animal más rudo –véase su marido-.

Al margen de todo, Cordelia se reía ante las palabras que el lobo dirigía al que pretendía vender su piel, y poco le importaba disimularlo. Conocía a aquel sinvergüenza y Vallespir lo trataba como si fuera un profesional, algo completamente alejado de la realidad cuando lo único que tenía de profesional era la profesionalidad de sus mentiras, las armas que más daño habían hecho a la irlandesa.
Trelawny –así se llamaba el pícaro- parecía estar tomándoselo a broma, pero la mirada de aquel hombre que empezaba a perder su humanidad por momentos, hizo que la cazadora no se lo tomara de la misma manera. Miedo, adrenalina, excitación: una mala combinación.

- Heathcliff, te recuerdo que sólo tienes un año más que yo. Y yo en tu lugar no haría muchas bromas, deberías aprovechar ese oxígeno tan valioso que te queda para no morir ahogado –contestó Cordelia, apesadumbrada por los múltiples comentarios absurdos que acostumbraba a proferir su viejo amigo incluso al borde de la muerte-. No lo hagas –le pidió la mujer al lobo, seria, con tanto miedo como complicidad en los ojos, y sujetando su brazo. Sin embargo… yo ya dejé de beber de sus piernas hace mucho-. ¿Sabes qué? Mátalo –finalizó soltando su brazo-.

Cordelia se alejó, frustrada por el comportamiento de Trelawny. Comenzó a dar vueltas sin dejar de sentir un momento la mirada de su compañero de cacería. No al cazador, sino al cazado que parecía haberse convertido en el cazador... bueno, ya me entendéis. Aunque no podía saber a ciencia cierta si el que la miraba era Vallespir o se trataba del lobo que estaba a punto de devorarla. ¿Defenderse? Si, por supuesto. Pero, ¿qué mejor arma que las palabras, que mejor arma que los gestos y las miradas?

- Mira –comenzó alzando las manos a la altura de su cintura, pero alejadas de ésta, demostrando que no sólo no tenía nada en ellas con lo que atacar a nadie, sino que sus intenciones hacían lo mismo-, yo no estoy aquí por casualidad. Eso es algo que los dos sabemos y no hay que ser muy listo para intuirlo. Sin embargo, créeme cuando te digo que lo que quiera que buscara esta noche, no tiene que ver con lo que ha pasado –gesticulaba decidida con la intención de ser creída por aquel peligroso personaje-. Ni con él, ni con las flechas, ni con intentar herirte. Lo único que pretendía herir esta noche era tu ego y mis armas, las palabras. De hecho, llevo años sin saber nada de este ser despreciable –apuntando, afilada, su mirada hacia el otro- que vendería a su propia madre si pudiera por unos míseros francos -gritando, rencor a flor de piel-.

- Si te consuela –todavía buscando respirar-, tu precio en el mercado no es tan sólo de unos míseros francos.

- Si, por supuesto. Creo que todo el odio que hasta ahora sentía hacia ti ha desaparecido gracias a ese comentario –burlándose, todavía ofendida y dirigiendo a continuación, de nuevo, su mirada hacia Vallespir-. Me creas o no, es lo único que puedo contarte, porque es la verdad.

¿Lo era en verdad?




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Re: Sinfonía a la luz de la luna | Privado

Mensaje por Dennis Vallespir el Lun Jun 20, 2016 12:22 am

¿Que si se creía algo de todo eso? ¿En algún momento había tenido la opción de elegir? Por supuesto que sí, alma en su decadencia más pura. Los bipolares tenían tantas opciones en su hervidero de locura que sin ellas no serían dignos de semejante etiqueta. Y es que en el mundo de los inadaptados había clasismo hasta para medir las patologías de la mente. ¿Quién le mandaba a ese pobre diablo inestable haber nacido enfermo en una familia rica del siglo XIX? Tendría las heces más calientes del infierno preparadas para su llegada al lugar y aún no lo sabía. O lo sabía, pero se le olvidaba. Mejor para todos, especialmente para el par de desgraciados que habían tenido la mala suerte de acabar la noche en un bosque frío a merced de las garras del lobo.

¿Aquella criaturita con corsé —o sin él, aún no había podido averiguarlo— sería realmente consciente de los efectos del contacto físico en situaciones límite? Si se trataba de la supuesta maestra del engaño que su accidental amigo había ilustrado, debía de saber que al tocar a una persona encolerizada que había decidido transformar su propio cuerpo en el cortafuegos más ambicioso de la existencia con tal de evitar que corriera la sangre por el momento… en fin, 'temeraria' se volvía corto para definir a Madame de la Fère. La mano de ésta sujetó su brazo por poco tiempo, pero la casual agresividad de su insensatez se empeñaba en tentar a la suerte con el hombre al que había arrastrado allí sin un plan definido, o mínimamente locuaz. Irónico, tan estimulante y sagaz que ella se había mostrado para la conversación y sin embargo, se había acabado tropezando y cayendo de boca sin elegancia en esa carrera hacia ninguna parte. ¿O acaso estarían justo donde había planeado? A Dennis le resultaba difícil de adivinar con el brillo excitado de aquellos ojos ante el peligro de la improvisación, ahí mismo, distrayendo el desorden de sus pensamientos. Condenada mujer.

—Puede que lo haga —respondió a la propuesta cuando la paciente Cordelia finalmente decidió soltar su brazo tras discutir con el cretino que seguía medio ahorcado entre su agarre y el árbol—. ¿Qué esperáis conseguir con este reencuentro de antiguos amantes? Intimidad no será, y menos cuando tú misma tirabas de mi mano hace no mucho.

—¿Intimidad? —continuó farfullando entre tosidos de insubordinación, aunque se estuviera desesperando a cada segundo que pasaba sin que el licántropo aflojara su fuerza. Qué cosas— ¡Te aseguro que dormir con ella es más estresante que cualquier cacería! ¡Claro que tú seguramente estarás más acostumbrado a vigilar tus espaldas! ¿No es romántico? ¡Tal vez estéis hechos el uno para el otro!

—Cállate —incidió la uña del dedo pulgar justo en su nuez y obtuvo un par de quejidos que le aliviaron los tímpanos frente a tanta porquería hablada. Todo sin dejar de clavar su mirada en la de Holtz, porque con ella le sucedía exactamente lo contrario, su voz era igual de engañosa pero agradable de oír, como sólo la sensualidad de las argucias podía susurrar al oído e instalarse en las cabecitas antes de que fuera demasiado tarde para los demás.

Para él.

Escuchó las palabras finales de la dama con una atención mayor de la que hubiera querido, incluso cuando la carga de convertirse en asesino dependía del movimiento que le diera o no a su muñeca y por tanto, la moral exigiera concentración de más. Curiosamente, sólo el influjo de su rostro embriagado por la ambigüedad más intrépida y en cierto modo, masoquista bastó para que Dennis tomara una decisión final, pero no por experimentar la calma que necesitaba un niño alterado, sino por el enigma de aquella tensión entre ambos que no se desvanecía, dentro o fuera de los límites de la pobre y estúpida señora Miggins.  

Las lágrimas que saquearon los ojos de aquel sucedáneo de cazador podrían haber sido de felicidad antes que de asfixia al haberse desplomado de una vez sobre el suelo después de que Dennis alejara sus dedos completamente y lo dejara caer. Éste caminó hacia el objetivo que no había parado de acechar desde el principio y se detuvo a sólo un paso de su cuerpo, al lado de las armas que seguían ahí tiradas y de espaldas al desgraciado de turno que ahora sí que sabía lo que era toser.

—La verdad —repitió, y contempló a la mujer desde su altura superior con la insinuante precisión de aquella naturaleza inhumana—. Me pregunto si ya te has armado de valor para soltarla toda como yo acabo de hacer con este lechuguino —alzó la garra que había dominado la escena y con ella le retiró los restos de unas hojas diminutas que se habían enganchado a un largo mechón de sus cabellos—. Eso no es lo único que puedes contarme y lo sabes de sobras, pero creo que también sabes lo que he escogido creer —dijo y sonrió de medio lado cuando sucedió lo que había previsto y sintió en el cuello la daga que el otro hombre habría recuperado al acabar de expulsar toda el alma por la boca y volver a la carga con más despliegues de inteligencia.

—¿Quién se ríe ahora? ¿Eh? —Todo el mundo— ¡Prueba a volver a hacer de verdugo, gallito de pueblo! —gritó, pegado a su espalda mientras creía haber cambiado las tornas.

—Si insistes… —suspiró con falso dramatismo y siguió sonriendo; le sonrió, a Cordelia, una sonrisa de complicidad que el supuesto cazador no podía ver, pero Dennis sí podía tumbarle otra vez en el suelo con un simple movimiento para el que no tendría ni un solo parpadeo y según parecía, ese detalle era algo que las dos únicas cabezas pensantes del lugar sabían. Como también sabían que la mujer podría hacerse con el arma que quedaba en el suelo, la ballesta, y actuar como la aliada que le convenía ser. La cuestión sería de quién ¿Cómo era? ¿'Carne tierna y sangre dulce'?

Ahora le tocaba elegir a ella.



Lobo hombre en Paris... Su nombre, Dennis.

Si no puedo salvar a nadie, no puedo salvarme a mí mismo:
You know the child wasn't really the problem, it wasn't Neverland a lie:
You can give it to me when I need to come along:

I planned it all, I just forgot romance:
No imaginé lo que ahora sé, me basta con mirar:
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Re: Sinfonía a la luz de la luna | Privado

Mensaje por Francesca de Laroquette el Miér Jun 22, 2016 3:55 pm



Ding, dong, proclamaron las campanas aquel día. Una mujer y su marido. Sonrisa ignorante, rubor de principiante. Luna que ensombrece al sol y trae consigo la innegable hora. La hora más oscura. Hora de confesiones nunca dichas y de corazones rotos.
Cordelia Devonshire no sólo tomó la mano de Benjamin Holtz bajo la cruz, sino que allí mismo forjó la suya propia. Aquella que le sujetaría de pies y manos en adelante, sutilmente escondida bajo el eufemismo más engañoso de todos: la palabra Matrimonio.
Asqueada con el tiempo de su condición de esclava –esposa, suelen decir-, la mujer tomó su segundo casamiento, aquel que la uniría ante los ojos de Cristo a su propia suerte, a la libertad en la toma de decisiones y a una vida donde a veces estaba de todo menos a la altura de las circunstancias. Ocasiones como la que se le presentaba en los jardines del Palacio Royal, por ejemplo. Donde no podía esperar que su marido hiciera acto de presencia, pero sí la suerte. La que ésta siempre parecía llevar consigo.

- ¿¡Quién no vigila su espalda cuando el que la guarda afila en secreto el puñal de su traición!?- ahí estaba de nuevo. El acento de un pasado que nunca se olvida y que regresa a la irlandesa con cada berrido. Las raíces del árbol más verde. Verde como los prados de su amado y añorado Lismore-.

Y aún con todo, una vez Trelawny hubo besado el amargo suelo, Cordelia no hizo sino seguirle con la mirada. Una de las más evidentes y que debía desechar si buscaba mejorar en los juegos de cartas: la de preocupación.

Curioso resultó como el primer impulso de la mujer ante la desinteresada manera que tenía el lobo de velar por el aspecto de la misma fuera el de alejarse unos centímetros, no los suficientes. Había visto lo que Vallespir era capaz de hacer. La punta de un iceberg que desconocía pero que aun sin aullar a la luna, podía olfatear. ¿Ignorante? Sí, lo era bastante. ¡Tanto como precavida, por cierto!

- Tal vez abrace el engaño más de lo que me conviene, no te lo niego. Ni a este despojo tampoco. La verdad, por otro lado, la guardo celosa en un cofre en el cual algo podrás atisbar de ella, mas sus gritos no te dirán gran cosa. No se me permite entregar la llave de su cautiverio. Ni a ti ni a nadie. Lo que puedo perder es –sonrió absurda, comprendiendo cuan patética era albergando pensamiento semejante- más importante que la vida –y en verdad así lo era. Aquello que daba auténtica vida a una existencia vacua-.

Como todo en aquella velada, el inesperado despertar de Trelawny a la batalla sorprendió a la mujer.

- Heathcliff, por favor, estábamos hablando. ¡Siempre tan maleducado! ¿Los años no te han enseñado modales, sólo traiciones?

El cazador sonrió.

- Te noto algo irascible, Cordelia. Han pasado muchos años, creí que lo habrías superado.
- Es difícil superar tu cara.
- Ten cuidado, querida. No juegues esas cartas. Recuerda que tengo el cuello de tu amigo en mi poder.

La cazadora –sí, todavía lo era- emprendió el camino hacia su compañero de oficio.

- ¿Qué estás haciendo? Detente.
- ¿Cómo crees que va a acabar esto, Heathcliff? ¿Crees que vas a matarlo, llevarte su cabeza y que te pagarán? Me pregunto si al final lo hacen. ¿Te pagan, Heathcliff? ¿O un par de guardaespaldas –siempre los tienen- hacen que te las veas con el cubo de la basura? ¿Sabes cómo lo he adivinado? ¡Si, muy bien! Por tu olor. Hieres a pobreza y a desesperación para utilizar un truco tan burdo como ese. Tu especialidad: atacar por la espalda.
- Y ahí está otra vez el rencor. De veras te invito a que lo superes, hermosa.

La mano de la mujer se había colocado sobre la del pillo, sobre la destinada a blandir el arma. Durante unos segundos, Holtz hizo oídos sordos a Trelawny y fijó su mirada en el cielo que parecía abrirse ante ella, con nubarrones que amenazaban tormenta: los ojos del lobo.
Los segundos se quedaron atrás y la británica volvió a demostrar el poco interés que le tenía al cazador.

- Dame la daga.
- No sólo has envejecido, sino que eres más graciosa, sin duda.
- Yo la sujetaré. Busca en sus bolsillos, arranca de su vestimenta todo lo que precises. Cualquier cosa que brille y que pueda valer algo. ¿Crees que te pagarán? Tal vez lancen alguna moneda sobre tu ataúd, pero no esperes más. ¿Has visto lo que ha hecho contigo hace relativamente poco? Y no estoy apelando a tu masculinidad ni a que comiences ninguna guerra de egos donde sí, el tuyo es siempre el más grande. Apelo a que uses la cabeza. Con vida, le darás más uso.

El granuja se debatía entre ir a por todas o tomar la vía de escape que se le acababa de presentar.

- ¿Cómo sé que no soltarás el cuchillo? –preguntó, arrojando algo de luz a sus posibles futuras intenciones-.
- Porque aunque te odie, no quiero que mueras.
- ¿Y ese cambio?
- No quiero que nadie me prive del placer de matarte yo misma.
- Ya me parecía a mi.

Trelawny hizo un gesto con la cabeza. Era la señal para que la cazadora se hiciera con el cuchillo. Fiel a su palabra, lo mantuvo firme en el cuello del lobo. Su mirada compartía la misma firmeza, aunque en ocasiones llegara a perderse en otros sitios. Su cuello, sus labios…

- Espero que no te lo tomes como algo personal-susurró-.

El cazador parecía satisfecho con el botín. Aunque, puesto que la otra opción podría haber sido la muerte, ¿quién no estaría satisfecho?

- Te besaría, pero tu novio se pondría celoso. ¡Mírale! Lleva toda la noche entre tú y yo.
- Mordería tu lengua y me la tragaría. Por favor, hazlo.

La sombra del conflicto se evaporó haciendo uso de su característica cobardía. Sin embargo, allí seguían la irlandesa, el luxemburgués y el cuchillo, que parecía inglés. Estáticos en el tiempo y el espacio. Divertimento de la luna y poco más.




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Re: Sinfonía a la luz de la luna | Privado

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