Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Cubre la memoria de tu cara con la máscara de la que serás y asusta a la niña que fuiste

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Cubre la memoria de tu cara con la máscara de la que serás y asusta a la niña que fuiste

Mensaje por Geneviève Lemoine-Valoise el Dom Ene 04, 2015 1:04 am


Geneviève
Lemoine-Valoise


Milán, Italia. Otoño de 1784

A sus inocentes ojos, todo lo que tenía frente a ella la deslumbraba. Apoyó su pequeña maleta junto a la puerta, y la alzó inmediatamente cuando su abuelo la tomó de la mano y la acompañó a lo largo del pasillo que se extendía hacia su derecha. Era un edificio bastante nuevo, decorado al estilo rococó, con pisos brillosos y paredes de colores pastel. Grandes ventanales permitían una iluminación maravillosa, y si bien era bastante pequeña, sabía que si se asomaba, descubriría bellos jardines. Auguste le apretaba suavemente los pequeños dedos, y cada tanto intercambiaban una leve sonrisa. Él era el único al cual le correspondía aquellos gestos, y él se sentía en el cielo. El Duque sabía que su nieta lo veía de forma diferente, que el amor de sus ojos sería eternamente incondicional, por eso había tomado la difícil decisión de llevarla a estudiar a Italia, lejos de él y de su protección.

Entraron a una habitación amplísima, pero en la que sólo había un escritorio enorme, dos sillas, frente a un gran ventanal de cortinas blancas y sobre una alfombra de estilo persa. Un piano en un rincón, y el resto de las paredes estaban cubiertas por una biblioteca como pocas veces había visto la niña. Geneviève tomó asiento junto a su abuelo, una empleada seria y elegante les sirvió té. No hablaron, sólo bebieron en silencio. Cuando la niña estaba dando el sorbo final, la puerta que se encontraba a sus espaldas se abrió, y entró un caballero con su peluca empolvada, alto y con un gesto extremadamente amable, que en nada se condecía con su aspecto enorme, o al menos eso le parecía a la pequeña. Se saludaron con cortesía, para luego tomar asiento frente a frente.

—Bueno, pequeña Geneviève, así que quieres estudiar conmigo —dijo al fin Giuseppe.

—Sí, Monsieur. Estaré encantada de ser su alumna —respondió. El italiano no pudo ocultar el gesto de sorpresa, no sólo por los modales de tamaña pequeñez, sino por el timbre grave de su voz. Si no hubiese hablado con tanta dulzura, rozaba lo masculino.

—Te haré una prueba. ¿Te animas? —se puso de pie ante el asentimiento y se dirigió al piano. Buscó una partitura y le entregó un guión. —Tu abuelo puede leerte las primeras líneas así luego las repites.

—Sé leer, Monsieur —fue la simple contestación, antes de tomar entre sus manos las hojas y darle una lectura rápida al primer párrafo de la ópera que le había entregado. Y luego desplegó el encanto de su voz profunda, casi gutural. Giuseppe debió detenerse, extremadamente asombrado, y la instó a continuar.

—Eres realmente maravillosa, Geneviève —expresó completamente emocionado. —Será un verdadero placer contar contigo entre mis alumnos —se acercó a ella y la niña le devolvió una reverencia, sin una sonrisa. El maestro pensó en que era la primera vez que conocía a una pequeña de cinco años con el alma de una anciana. —Alteza —habló dirigiéndose a Auguste, que no disimulaba ni la emoción ni el orgullo— ahora arreglaremos la cuestión legal, pero su nieta se queda conmigo, ¡y pobre de aquel que quiera quitarme a mi nueva joya!

Ese fue el día en que la vida de Geneviève cambió para siempre. Se sentía hondamente emocionada, y esperó parada en puntas de pie observando la copa de unos árboles a través de una de las grandes ventanas. Aún era muy bajita, y era muy poco lo que podía ver; sin embargo, lograba dimensionar la importancia de lo que acababa de ocurrirle. No sintió curiosidad por escuchar lo que los adultos hablaban, le habían enseñado que no era correcto que una dama sintiera curiosidad, y por ello se limitó a despedirse educadamente y esperar con paciencia la salida de Auguste.

Cuando el Duque y el maestro salieron, ella alzó nuevamente su pequeño bolso de mano, que contenía unas pocas pertenencias, entre ellas una muñeca que le había regalado su abuela para su tercer cumpleaños, y de la cual jamás se separaba. Luego, la misma mujer que les había servido el té, apareció como por arte de magia, y acompañó a la pequeña y al anciano, hacia lo que serían sus nuevos aposentos.

—Ya han traído las pertenencias de la señorita Lemoine-Valoise —indicó mientras abría la puerta. Efectivamente, los baúles con ropa y demás equipaje, se encontraban a la derecha.

Se encontraron con una habitación mediana, bien decorada, con una cama grande y pomposa, de varios cojines de diversos colores y un cobertor con flores bordadas. La mujer se retiró con sigilo, dejando a la nena y a su abuelo, investigando los recovecos del cuarto de baño, del placard y la mesa de luz.

— ¿Te gusta, Gennie? —le preguntó una vez ella se hubo sentado en la cama, con la espalda recta y las manos entrelazadas en el regazo.

—Sí, abuelo. Me gusta mucho. Gracias. —siempre medía sus palabras y la entonación que utilizaba, pero se la veía algo conmocionada. — ¿Debe irse pronto? —consultó por fin. Ella lo observaba de reojo, y lo había visto revisar su reloj en dos ocasiones.

—Oh mi pequeña… —se puso de pie y se arrodilló frente a ella. —Voy a extrañarte mucho, pero dejarte aquí es una oportunidad única. ¿Me prometes que me escribirás?

—Sólo si usted me responde antes que a cualquiera de sus amigos —no quería llorar, pero no podía evitar el nudo en la garganta que le afinaba levemente la voz.

—Así será, hijita. Así será —la tomó de las manos, y ella en un impulso, de esos que jamás tenía, dio un brinco de la cama y lo abrazó, aferrándose a su cuello. —Aquí serás muy feliz, lo verás —le acarició los bucles rojizos y prolijamente peinados.

—Lo sé, abuelito. Pero voy a extrañarlo —se alejó escasos centímetros y le besó ambas mejillas. —Escríbame en cuanto llegue, para saber que no sufrió ningún accidente en el camino.

Se abrazaron una vez más. El Duque no pudo mirar atrás, a sabiendas de que la llevaría de vuelta consigo. Era un hombre duro, sin embargo, Geneviève era su mayor debilidad. Dejarla en un país lejano, a cuidado de otros, era una verdadero sacrificio, así como una inversión. Se persignó ante un crucifijo que había en la salida, y le encomendó el bienestar de su nieta. Luego, se subió a su carruaje, el que lo llevaría de vuelta a casa, a cientos de kilómetros de su predilecta. Por su parte, Geneviève, en la soledad de la habitación, se sintió aún más pequeña, y rompió a llorar entre los cojines. Estaba aterrada, y si bien nunca lo habría admitido frente a nadie, ni siquiera frente a Auguste, en ese preciso momento, la infancia le pesó más que nunca, y lamentó haber nacido con un talento natural para la música.
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"Pero un pájaro muerto vuela hacia la desesperanza en medio de la música 
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Re: Cubre la memoria de tu cara con la máscara de la que serás y asusta a la niña que fuiste

Mensaje por Geneviève Lemoine-Valoise el Mar Feb 03, 2015 8:51 am


Geneviève
Lemoine-Valoise


Milán, Italia. Primavera del año 1785.

Era tan solitaria, que el profesor y sus empleados, no podían dejar de comentarlo. Era un tema de conversación constante, pues cada vez que la buscaban con la mirada, la encontraban lejos de los grupos de niñas –que jugaban entre ellas-, sentada bajo un árbol o en un banco, leyendo su libro de turno, que sólo le duraba unos pocos días. En raras ocasiones cruzaba palabras con sus compañeras, aunque era educada y saludaba con cortesía a todas. Más de una vez habían querido integrarla, pero ella había dispensado unas cordiales disculpas; hasta que un día no la invitaron más, los niños se cansan de las negativas. A Geneviève le agradó que dejaran de incomodarla, pues no le agradaba rechazar a sus pares, sin embargo, no se sentía parte de ellas, ni de ese colegio, ni siquiera del mundo. Era demasiado pequeña para sus trágicos pensamientos, que sólo se callaban cuando su voz se alzaba en su esplendor. Su mentor jamás dejaba de maravillarse con ella, y hasta le daba angustia tener que cortar para hacerle alguna corrección. Se notaba que la pequeña pelirroja agradecía la exigencia, y Giuseppe no salía de su asombro, pues a nadie le gusta que le corrijan.

—No sea tan amable conmigo —supo decirle en una ocasión, mientras calentaba las cuerdas vocales.

— ¿Qué quieres decir? —preguntó, sorprendido.

—Que me agrada cuando usted me da indicaciones y cuando me dice que algo no está bien. Me ayuda —le dirigió una suave sonrisa, de la cual él se sintió completamente indigno, pues no era un gesto que ella usara comúnmente.

— ¿De dónde te sacaron, criatura? —había abierto los ojos de par en par ante la observación. —Tus padres deben ser muy exigentes contigo —reflexionó.

—No. Ellos son muy dedicados a mis hermanos mayores —contestó con naturalidad.

Allí comprendió por qué Geneviève era niña con alma de anciana. No le dolía el rechazo, sino las expectativas. Y contrario a lo que solía suceder, los Lemoine-Valoise parecían ocupados en resguardar a los primeros herederos, demasiado confiados de la moral con la que había nacido la menor de sus hijos. Pensó que, de haber sido padre, habría tomado la misma actitud, pues se notaba que los modos de Gennie no eran ficticios o premeditados. Era intrínseco a su persona hacer lo que debía hacer, decir lo que debía decir, cumplir las normas, llegar a las metas, y tener todo perfectamente delineado. Con sus seis años, ya manifestaba aquella obsesión por tener todo bajo su control. Entrar a su habitación era aburrido, pues nunca había ni una prenda fuera de lugar, contrario a la mayoría de las residentes de su edad, que solían saltar sobre los colchones y hacer desmanes.

A Giuseppe, mirar a Geneviève, le causaba una profunda angustia. Se levantaba antes que nadie y comenzaba desde muy temprano con sus ejercicios. Jamás había tenido un estudiante tan dedicado como ella, y no sabía si sentirse feliz o amargado por la triste vida que tendría aquella muchacha. Llena de logros, seguramente, pero vacía. Podía imaginarla casada con un hombre que no quería e incapaz de experimentar algún sentimiento pasional; aquello saldría de su agenda, y no podría entregarse. Pero su misión no era guiarla en otro camino que no fuera más que el profesionalismo, y así lo hizo. Se dijo que convertiría a aquella niña, en la mezzosoprano más importante del continente.
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Re: Cubre la memoria de tu cara con la máscara de la que serás y asusta a la niña que fuiste

Mensaje por Geneviève Lemoine-Valoise el Miér Mayo 20, 2015 11:44 pm


Geneviève
Lemoine-Valoise


Milán, Italia. Verano del año 1785.

Qué triste se encontraba la pequeña, observando por su ventana cómo la figura de su abuelo, bajo el paraguas, se alejaba para terminar sobre el carruaje que lo llevaría lejos de ella. Auguste la había visitado de sorpresa, y no había en el mundo nada más hermoso para Geneviève que recibirlo, que abrazarlos, que embeberse de su aroma. Se sentía plena y feliz de haber compartido aquellos fugaces días con él, que estaba de paso en un viaje de negocios y se había desviado para pasar dos días en Milán y llenarla de mimos y regalos.

A medida que su estadía se prolongaba, la pequeña pelirroja, así como se perfeccionaba en su talento, iba volviéndose más y más solitaria. Había encontrado refugio en las flores del jardín de Giuseppe, y había terminado encariñándose con la cuidadora, que le enseñaba todo lo que sabía. Una tarde, le había mostrado su mayor secreto: su taller. Allí, la mujer, de humilde procedencia pero de manos cálidas y trabajadoras, hacía perfumes, aceites, cremas y algún que otro medicamento, y comenzó a enseñarle a la cantante sus dones.

Geneviève terminó interesándose tanto en el tema que pasaba horas y horas leyendo sobre botánica, hierbas curativas, cuidado de flores, perfumes, combinaciones, hasta que terminó descubriendo en eso su otro talento y su otra vocación. En sus ratos libres se instalaba en el taller, y allí aprendió un oficio. También se percató de lo sensorial que era y de lo agudo de su olfato, que a medida que pasaban los días, iba volviéndose más quisquilloso.

Adoró poder regalarle su primer perfume a su abuelo, a base de romero y sándalo. El hombre tenía los aromas más caros de la Europa, pero se había sentido tan halagado y encantado con el presente de su nieta, que casi se le había escapado una lágrima.

Cuando el carruaje desapareció, Geneviève se acostó boca abajo en su imponente cama con dosel, y se durmió llorando. Su maestro la descubriría con el rostro enrojecido y enroscada, soñando desgracias, que sólo la voz suave del hombre, que le canturreaba al oído mientras la tapaba, podía hacer olvidar.
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Re: Cubre la memoria de tu cara con la máscara de la que serás y asusta a la niña que fuiste

Mensaje por Geneviève Lemoine-Valoise el Dom Ene 24, 2016 8:43 pm


Geneviève
Lemoine-Valoise


Milán, Italia. Entre los años 1785 y 1789.

Las flores terminaron convirtiéndose en su refugio. Lejos de la música, que constituía una vocación pero, por sobre todo, una obligación, el pequeño cuarto donde aprendía a combinar aromas era su sitio favorito en el Universo. Allí reía, gozaba y era verdaderamente feliz, mientras Marietta la llenaba de mimos y comidas ricas, algo que ni su madre ni su abuela habían hecho jamás. Si en algún momento de su estadía en Milán las había extrañado, ya no lo recordaba. La italiana, con sus modos sencillos y sonrisa fácil, había suplido las carencias y le había enseñado a ser niña por primera vez.

Geneviève, o “pequeña Genoveva”, como le decía la ayudante de Giuseppe, ansiaba que llegasen sus momentos libres para instalarse en el taller de Marietta, y experimentar. Había encontrado una fascinación nada normal en aquello de los perfumes; leía con detenimiento las instrucciones, así como también pasaba tardes enteras –cuando no ensayaba- seleccionando flores y plantas que serían útiles para alguna fragancia. Pero, con el tiempo, la mujer le enseñó que no sólo podían usarse aquellos dones de la naturaleza, sino también otros, como las semillas, las frutas, las ramas, los tallos; todo era bienvenido a la hora de crear.

Pero, cuando aprendió a hacer jabones y otro tipo de lociones, pensó que había tocado el cielo con las manos. El libro “Manual para Mugeres” de un autor anónimo, estaba repleto de faltas de ortografía, pero de útiles instrucciones que complementaba con las anotaciones de Marietta. Le costaba mantener en secreto aquella vida paralela, pero le encantaba sentir cosquillas en la panza cuando se escabullía por los intrincados caminos de los jardines hasta llegar al taller. Siempre se detenía a escuchar si la seguían, y solía esconderse para descubrir a algún entrometido, pero jamás la sorprendieron. Pasó los siguientes años acostumbrándose a aquellas dos vocaciones, tan distintas la una de la otra.

Pero, a la edad de diez años, llegó lo que tanto había esperado: el gran anuncio de su primer concierto. Gisueppe lloraba emocionado mientras le daba la noticia, y Geneviève, que siempre había sido medida en sus emociones, lo abrazó como un gesto desmedido de felicidad. Todo el sacrificio, todo lo que había dejado atrás, todas las semillas que había plantado, comenzaban a dar sus frutos, y era hora de volver a renunciar a ciertas cosas: los perfumes y demás creaciones debían esperar, el gran debut era la nueva prioridad.
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Re: Cubre la memoria de tu cara con la máscara de la que serás y asusta a la niña que fuiste

Mensaje por Geneviève Lemoine-Valoise el Jue Mayo 26, 2016 11:42 pm


Geneviève
Lemoine-Valoise


Milán, Italia. Año 1789.

Los nervios la carcomían. Su cuerpo pequeño estaba enfundado en un vestido pomposo, que le daba más años de los que realmente poseía. Geneviève estaba a punto de cumplir sus once primaveras, y estaba ante un acontecimiento trascendental, que iba a cambiar su vida para siempre. Y, para bien o para mal, lo sabía; era completamente consciente de la presión a la que estaba sometida y de todo lo que se esperaba de ella. Su abuelo había viajado especialmente, y para su sorpresa, también sus padres, su abuela y sus hermanos. Todos estaban expectantes, ansiando la consagración de esa pequeña de escasos centímetros, pero que había adquirido la madurez de una mujer adulta.

Había ensayado hasta el hartazgo, hasta sentir que su cuerpo no daba más. Había tomado los recaudos necesarios para que su garganta se mantuviese fresca y sus pulmones limpios, y su maestro, Giuseppe, hasta había contratado a un entrenador chino para que le enseñase técnicas de respiración basadas en el taoísmo. Esto último había sido de gran ayuda, porque no sólo le había dado herramientas para su anatomía, sino para dominar los pensamientos. Era demasiado joven, y una presión tan grande podía resultar contraproducente. Jamás había vivido su profesión como un juego, sino que había cargado con la completa responsabilidad de su futuro. No tenía más opciones que triunfar.

Inspiró profundo antes de que se levantase el telón. A medida que la tela roja se elevaba, sentía los latidos de su propio corazón. Alzó el rostro y sintió el peso de las miradas sobre ella. Había incredulidad, curiosidad, e intentó, por un instante, encontrar la de su abuelo, pero no pudo distinguir al Duque de Aquitania en aquella marea. Parpadeó una, dos, tres veces, como la actuación lo indicaba, y a paso lento caminó hacia el centro del escenario. Colocó las manos a la altura de la boca del estómago y se encomendó a Dios. Era el momento de convertirse en leyenda.
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Re: Cubre la memoria de tu cara con la máscara de la que serás y asusta a la niña que fuiste

Mensaje por Geneviève Lemoine-Valoise el Dom Sep 11, 2016 10:52 am


Geneviève
Lemoine-Valoise


Milán, Italia. Año 1789.

Había sido un éxito. Era la nueva joya de la lírica europea. No había un rincón en el viejo continente, donde no se hablase de la pequeña Lemoine-Valoise. Pequeña, frágil, con cabellos de fuego, pero que, cuando abría su boca, se volvía poderosa. Sus mejillas pecosas, la suavidad de sus modos, contradecían por completo la versatilidad de su voz. A algunos, le parecía increíble que alcanzase los altos con la misma facilidad que los bajos. Parecía una profesional, y aún era una niña.

—¿Estás feliz? —preguntó su abuelo, con lágrimas en los ojos, luego de que Geneviève bajase del escenario tras su cuarto concierto. —Pareces cansada.

—Sí, abuelo. Estoy muy feliz. Cansada, también. He ensayado casi sin descanso —le sonrió, como sólo a él lo hacía. Le rodeó el cuello con ambos bracitos y le depositó un beso en la mejilla.

Auguste era el único de la familia que había decido acompañarla en esa temporada de diez conciertos. Tanto sus padres, como hermanos, sólo habían asistido a los dos primeros. Pero el duque no, había dejado de lado todas sus obligaciones, sus negocios a cargo de administradores, para instalarse dos meses junto a su adorada nieta. Cuando de Geneviève se trataba, para él, no importaba nada más. Y eso, la pequeña, lo sabía, y le hacía mejor que cualquier éxito.

—Gracias por quedarte conmigo, abuelito —le susurró, cuando se separó. La felicidad de verlo entre el público o al bajar del escenario, no tenía comparación. Sabía que podía triunfar, siempre y cuando él se quedase a su lado.

—Sabes que estaré siempre a tu lado, mi niña preciosa —le acomodó un mechón que se había desprendido de su tirante peinado. —Jamás me separaré de ti.

—Lo sé. Debes ser eterno, ¿lo sabes? —lo abrazó nuevamente, porque no quería escucharlo decirle que eso sería imposible.
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Re: Cubre la memoria de tu cara con la máscara de la que serás y asusta a la niña que fuiste

Mensaje por Geneviève Lemoine-Valoise el Lun Ene 16, 2017 8:52 pm


Geneviève
Lemoine-Valoise


Milán, Italia. Verano del año 1790.

Estaba sola el día de su cumpleaños. Los primeros natalicios lejos de su hogar, habían sido difíciles y dolorosos, cubiertos de cierta nostalgia. Sin embargo, ya no era así. Cumplía once años y se sentía feliz, porque a su edad, había logrado más que muchas chicas en su misma condición. Había marcado la diferencia, y eso era algo que, realmente, la llenaba de satisfacción. Se miraba al espejo y, si bien había soledad, le gusta la niña que veía, un poco más alta, con la mirada más profunda, con el cabello más largo y los rasgos más estirados, sin llegar a ser los de una adolescente.

—Feliz cumpleaños, princesita.

— ¡Madame! —exultante, dejó el peinado que estaba haciéndose, y corrió hacia la puerta, donde la ayudante de Giuseppe se encontraba parada con una bandeja. Té y masas, una combinación perfecta. —¿Esto es para mí? —preguntó asombrada.

—Por supuesto, mi niña. Pero tengo la sensación de que no quieres tomarlo aquí —le guiñó un ojo y Geneviève respondió con una mirada pícara.

La niña tomó las masas y los postes, y juntas se encaminaron por los recovecos del gran conservatorio, que las llevaban cada vez más lejos. Recorrieron el patio como dos delincuentes, y llegaron, finalmente, a su lugar secreto. La calidez de la habitación, le dijo a la pequeña, que su querida mentora, sabía que ella querría celebrar ahí.

—Gracias por aceptar la invitación, Geneviève —estaba muy emocionada.

—A ti, mi querida. A ti por ser siempre tan buena conmigo —se llevó una masita a la boca y la saboreó. —¡Está tan delicioso!

—Sabes que eres como una hija para mí, que haría lo que fuera por ti —Gennie lo sabía. Extendió su mano para tomar la de la mujer. Charlaron toda la tarde, y Geneviève tuvo un cumpleaños feliz.
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Re: Cubre la memoria de tu cara con la máscara de la que serás y asusta a la niña que fuiste

Mensaje por Geneviève Lemoine-Valoise el Dom Sep 10, 2017 9:46 pm


Geneviève
Lemoine-Valoise


Milán, Italia. Invierno del año 1791.

El espíritu navideño, era asociado al trabajo. Para Geneviéve no había descanso, ni cenas familiares. Debía prepararse, incansablemente, para los conciertos. Había conseguido un papel, si bien pequeño, era muy importante, y su maestro no la dejaba descansar; lo hacía sólo el tiempo justo y necesario para que su garganta no resultase lastimada. Los días previos a la función, tomaba agua sólo a temperatura natural y el té de menta con el que tanto insistía el italiano.

—Ni se te ocurra probar el helado, Gennie —la amonestó cuando vio el brillo en sus ojos ante el postre que acababan de servirle. — ¿A quién se le ocurrió traerte esto? —se acercó hacia el sitio que ella ocupaba en la mesa y tomó el plato. — ¿Nadie hablará? Pues bien… —se acercó a una ventana y lo lanzó al patio. —La próxima vez, despediré a todos los que trabajan en la cocina —se quejó.

Geneviéve se llevó una manzana a su habitación. Estaba triste, muy triste. Al día siguiente, todos los pupilos regresarían a pasar las festividades con su familia, y si bien estaba acostumbrada al desapego, sería la primera Navidad lejos de su abuelo. Dejó la fruta en la mesa de luz, se sentó en la cama y se abrazó a sus rodillas. La soledad era la única compañía que tendría a lo largo de su vida, y debía comenzar a hacerse de la idea.

—Te extraño tanto, abuelito —expresó en voz alta. Y si bien no le gustaba llorar, esa noche se durmió con el rostro empapado de lágrimas.

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"Pero un pájaro muerto vuela hacia la desesperanza en medio de la música 
cuando brujas y flores cortan la mano de la bruma"


Cubre la memoria de tu cara con la máscara de la que serás y asusta a la niña que fuiste:
He llamado al viento,  le confié mi ser:
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Geneviève Lemoine-Valoise
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Re: Cubre la memoria de tu cara con la máscara de la que serás y asusta a la niña que fuiste

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