Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Si quieres que el diablo no se presente, no le mientas |Christopher Marlowe|

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Si quieres que el diablo no se presente, no le mientas |Christopher Marlowe|

Mensaje por Fausto el Dom Feb 08, 2015 2:00 pm

Llevaba prácticamente una semana entera sin molestarse por barrer sus carnicerías, las mismas que florecían tras cada una de las letales pisadas que enquistaba el cuero de sus botas. Que aquellos días estuviera tan desganado como para dejar tal número de cadáveres a su paso no era de extrañar y, al mismo tiempo, le preocupaba. De tanto en tanto, el aburrimiento en un hombre como Fausto venía acompañado de un alto precio, hasta para sí mismo. Le costaba la consideración, la limpieza impecable que lo ensalzaba en su trabajo, hasta el punto de actuar frente a los cruentos alaridos de un cambiante con la misma desidia que si tratara de apartar una mosca de su cara. Y la noche se anunciaba tan soporífera que nunca se hubiera atrevido a escribir poemas acerca del tembloroso invierno que empezaba a asolar aquella zona de la tierra. Ni el otoño era ya capaz de ajustarse a sus propias metáforas.

El condenado animal (pues entonces ya no era más que eso), un enorme gorila oriental, se abalanzó con fuerza sobre la silueta encapotada del hombre y éste suspiró, sin tiempo ni ganas de poner los ojos en blanco, antes de elevarse de un salto para evitarlo y hacerle probar, de una sola patada, el sabor de su calzado. Fausto extrajo su famoso bastón y lo usó de palanca para propulsarse y depositar su cuerpo en lo alto del borde de un muro, desde el cual contempló a la miserable criatura en ese privilegio superior de las alturas que para él ya era demasiado redundante. Se fijó más calmadamente en las heridas secas y todavía abiertas que ocupaban buena parte del pellejo de la bestia, y cómo las que le había añadido segundos atrás se deslizaban en hilillos carmesí por entre el vaho de sus colmillos, hasta acabar sobre el suelo y gotear la sádica evidencia de su estado. Uno poderoso y vulnerable a partes iguales, pero que ya era incapaz de evitar su futuro como otra de las presas que ensalzaban el prestigio de aquel diablo que cazaba en París.

Fausto dio un resoplido, mezclado con uno de los carraspeos más pacientes de la noche, y acto seguido, volvió a dar otro salto, preparado para extraer su sable en cualquier momento. Había dado infinitas clases de tiro desde que pusiera un pie en lugares como el norte de América o el industrializado Reino Unido, mas desde que supo a lo que iba a dedicarse, supo también que sus ataques consistirían en rajar con cuchillos, espadas o lo que se prestara, antes que en disparar armas de fuego, ballestas y todo lo que se pudiera. Cuestión de vísceras, seguramente, lo que no estaba muy claro era si se refería a las de sus víctimas o a las suyas propias.

Tan sólo habría bastado con un sencillo movimiento, llevarse la mano al interior de su largo abrigo, y habría seguido extasiándose con la visión danzarina de la sangre antes de aferrarse a la empuñadura de su arma, pero entonces, Fausto pagó irónicamente por tener los sentidos demasiado agudizados al oír un ruido cercano a la manzana que provocó la inmediata atención de su mirada. Fue bastante para el endemoniado ser, que ya hacía mucho rato que había abandonado cualquier rastro de inteligencia primate, y sus manazas se enzarzaron con parte de su brazo izquierdo hasta dejarle un arañazo que se llevó parte de la tela de su ropa y algo de piel. Fausto enseguida regresó a su temeraria tarea, y ni siquiera emitió un solo sonido ante la herida, sino que dejó asomar un poco de sus dientes al comprobar con ligera molestia en qué estado había quedado aquella zona de su atuendo. Y aun así, la criatura peluda continuó haciendo gala de su falta de inteligencia, nada propia de los de su especie, al desaprovechar la corta distancia y alargarla incomprensiblemente para correr hacia el lugar del que procedía el ruido que, al parecer, también había escuchado. Fausto se quedó quieto, sin prisas de ningún tipo, y no se dignó a perseguirlo hasta terminar de adecentar un poco el estropicio de su vestimenta. Luego de cercenar miembros tendría tiempo de contemplar cómo sangraba su herida.

Antes incluso de atravesar la esquina, se aseguró de placar bien al gorila para alejarlo de cualquier otro tipo de intervención en la cacería, y que su contrincante (si podía llamarse así) por fin le hiciera sentir un poco de su fuerza sobrenatural al lanzar al cazador por los aires mientras él quedaba estampado en un muro… sí, fue casi revitalizante. Fausto ya tenía una media sonrisa dibujada en el rostro antes de acabar de espaldas sobre el suelo justo a los pies del nuevo testigo de los acontecimientos. Y tuvo allí el primer entretenimiento de verdad de toda la noche al descubrir que no era precisamente un desconocido… Después de un año de hiatus con el que torturar al artista, reencontrarse de esa manera no podía ser más propio del patetismo del teatro.

Buenas noches, Colin –saludó mientras volvía a ponerse en pie con la rapidez de un resorte, y se limpiaba de un solo manotazo el polvo de la calle que había podido quedar en su brazo-. Si es que aún te apetece escucharme decir ese nombre.

En efecto, no había que tener un intelecto como el suyo para saber que sólo sería el pseudónimo de muchos otros. De hecho, cuanto más viejos eran los vampiros, más contraproducente se volvía el uso de un solo nombre, para ellos mismos antes que para todas esas épocas a las que les conducía su inmortalidad. En el caso particular de su buen amigo, aplicarle la misma lógica que al resto de pretenciosos murciélagos no era la primera de sus opciones (un halago donde los hubiera por parte de alguien como Fausto), pero como también era mucho más sencillo averiguar la fama de sus actos furtivos y, por consiguiente, el nombre que las precedía (y que tanto pareció afectar a su compañero erudito), no iba a dejar de analizar el de los demás, y mucho menos si estaba en su naturaleza de coleccionista.  

Sin volver a mirar hacia el otro hombre, Fausto se aproximó a la pared donde había colisionado el cambiante, a quien todavía le quedaba un rato para regresar a su forma humana, y esa vez sí que no dudó en introducir la mano en el interior de su chaqueta. No para extraer el arma punzante y definitiva, sino para volver a hacer uso de su bastón del kalaripayattu y postrar a su objetivo en el suelo, ya completamente inconsciente, antes de apoyar uno de los extremos entre sus clavículas y las piedras del camino- Me has pillado en un momento bastante distinto al de nuestros encuentros.


Última edición por Fausto el Vie Mar 20, 2015 9:13 pm, editado 1 vez



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Re: Si quieres que el diablo no se presente, no le mientas |Christopher Marlowe|

Mensaje por Christopher Marlowe el Mar Feb 17, 2015 5:18 pm


La maldición del papel en blanco siempre sacaba lo peor de su persona. Malgastaba incontables minutos frente a su escritorio, se cansaba, se levantaba, caminaba pensativo por la estancia y se volvía a sentar. Los codos encima de la mesa, a continuación los brazos y finalmente la cabeza del escritor entre éstos, tirándose de los pelos y maldiciendo su empleo, su afición y verdadero amor, pero sobre todo, a él mismo. Todo estaba en su cabeza, de eso no cabía la menor duda. Tantos años exprimiendo su sesera en busca de un personaje, de una acción, un conflicto… en resumidas cuentas, algo que dar al público, algo de lo que sacar dinero y algo con lo que no consumirse por dentro.

No había forma de comenzar con aquello. Muchas habían sido sus fuentes de inspiración a lo largo de los años. Durante un tiempo fueron las visitas a los burdeles, las compañías masculinas a veces y en otras ocasiones cambiaba éstas por las femeninas. El alcohol parecía ser su compañero actual de fatigas mentales y sin embargo lo único que hacía era eso: fatigar su mente hasta que en ella ya no cabía pensamiento destinado al oficio de la escritura. La botella a la que se entregaba siempre acababa siendo un arma de doble filo que si en ocasiones hacía llegar al escritor al punto más álgido de su pensamiento, con una gota más de elixir, le hacía descender en picado al más terrible de los infiernos de la ignorancia, la pesadez, la ira y sobre todo la tristeza. Se encolerizaba tanto como se deprimía cuando se fijaba en aquel papel que sólo le miraba y se burlaba porque el dramaturgo no había conseguido escribir una frase al derechas. Cuantas discusiones con ese papel. Con un simple trozo de papel ajado y amarillento que mantenía en ocasiones al hombre agazapado en una esquina de su habitación avergonzado de en lo que se había convertido con el paso de los años. No era mejor que esos escritorzuelos de la época. Los años que habían transcurrido no le habían servido de nada. Su cerebro parecía pudrirse y los ánimos del escritor a seguir con todo aquello también.

Finalmente, cedió. Arrojó su pluma, se puso en pie, vistió su largo abrigo y cerró la puerta de un portazo en dirección a la taberna más cercana. Comenzó un paseo que terminaría llevándolo a cualquier parte menos a una taberna, y menuda sorpresa se llevó cuando a sus pies se encontró con un conocido que, precisamente, nunca hubiera tomado como válida la opción de ponerse a los pies del dramaturgo en ninguna de sus variantes semánticas.
Ambos habían compartido ya diálogo suficiente para que la tensión de un nuevo encuentro se apoderara del hombre –más bien del vampiro-. ¿Escribir, taberna? ¿Qué significaban esas palabras llegados a aquel punto, con aquel hombre delante?

Colin, cierto. Colin Milton. Ese era el nombre con el que el escritor se presentara de aquella ante el cazador. Estaba acostumbrado a dar tantos nombres que ni siquiera recordaba con cual se presentaba a cada quien y si hubiera sabido cuan importante iba a ser su nuevo compañero, quizás hubiera tomado sus motes más predilectos, Carlisle y Charles. Aunque si la cosa continuaba por eso derroteros, de poco acabarían sirviendo los apodos por muy originales que fueran.

- Encantador.

¿Han oído eso de que es mejor parecer un idiota que no abrir la boca y demostrarlo? Pues a Christopher Marlowe le sucedía algo parecido, pero con el alcohol. Presentarse después de tanto tiempo ante un hombre como lo era Fausto –Fausto, que gracia le hacía pronunciar aquel nombre, siempre pensando en su creación más preciada- estando el escritor ebrio no era algo que le dejara en una muy buena posición, así que ocultó su palabrería bobalicona de borracho carente de ideas y creatividad frente al papel, para pasar a ser Marlowe el callado, el reservado. Reservando así su aliento de mil demonios alcolizados para otro. Otro que a lo mejor no tuviera en tanta estima como tenía al cazador que se hacía llamar Fausto. Fausto. Fausto. Aquel nombre de nuevo resonando en su cabeza. Ojalá pudiera volver a escribir como lo había hecho en aquellos tiempos, cuando todavía estaba dando a luz a su más preciado compañero de viaje, el doctor Faustus, obra desencadenante de toda clase de problemas ya fuera en la calle o en el propio teatro –ignorantes que presumían de caminar junto al doctor y que lo único que hacían era observar por la ventana como éste y el propio Marlowe se sodomizaban el uno al otro en el suelo más duro y frío de toda la estancia-. Lo que el dramaturgo sentía hacia su personaje, aquello sí que había sido amor, amor a primera vista.

No fue raro entonces que el encontrar a un hombre tan peculiar, bautizado con el mismo nombre, le hiciera impregnar a éste de todo aquel regusto que sentía con su invención predilecta. A veces incluso sentía… sentía que aquel era el auténtico Fausto y que su obra no era más que la copia desafortunada de un hombre sin talento. ¿Qué tontería verdad? Marlowe sin talento. Cada vez que lo pensaba se echaba a reír. ¿Quién había instruído Shakespeare, sino él? ¿Quién hubo inspirado al joven Will con cada una de sus tortuosas discusiones para crear personajes como lo fueron Yago o el malvado hermano bastardo del Príncipe, Don Juan? Todos habían sido Marlowe, estaba convencido. ¿Cuándo sino salieron esas obras? Cuando lo peor entre ambos estaba a flor de piel. Él tenía talento, de eso no cabía la menor duda, pero últimamente… algo faltaba en su vida. La chispa que estrujaba su corazón y de él se escurrían las gotas de tinta que maravillaban al público y hacían sentir orgulloso al escritor.

- No te preocupes. Hablaremos cuando acabes –y allí se quedó. Plantado, cruzado de brazos y esperando como el que espera que el otro acabe una conversación ya comenzada-.




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Re: Si quieres que el diablo no se presente, no le mientas |Christopher Marlowe|

Mensaje por Fausto el Sáb Mayo 02, 2015 6:48 pm

Entender las cosas como las entendía Fausto. Como no había otra forma de entenderlas. ¿O acaso como nadie más podría acercarse a ello? Era difícil de saber a ciencia cierta con el olor de la sangre y la distracción de su influjo, tan punzante y abrumador que ni arrojando al vampiro a una piscina de vísceras conseguiría el mismo y ampuloso efecto. Demasiado irónico que los ojos del cazador fueran de un azul frío cuando lo primero que sentían los demás bajo su mirada era una fiel reproducción del fuego infernal.

El alemán se permitió aflojar sólo un poco el agarre con el que mantenía clavado su bastón en la penosa figura del cambiante, mientras observaba desde ahí cuántas zonas vitales habían quedado reducidas por sus golpes a los peores escombros de una emboscada perfecta en el sitio más poblado, y que si todavía mantenían su respiración intacta era sólo porque el hombre sin corazón que las había pisoteado así lo permitía. La suela del zapato que pasó a posicionarse entre su pecho y la axila quemaba tanto que habría sido capaz de despertarlo hasta de la muerte que en unos minutos le acecharía; sus botas firmes trinchando la carne para continuar inspeccionándolo todo sin ni siquiera moverse más de lo que su desgana estaba dispuesta a permitirse. En efecto, ya no faltaba nada para decapitar a la fatídica presa y cumplir con el encargo, y sin duda, habría sido un poco menos parsimonioso durante ese toque final que llamaba a las puertas del sadismo de no estar inesperadamente acompañado en aquellos momentos tan cruciales… Ni siquiera los buenos modales de Fausto escapaban a un tinte macabro.

Te recomendaría que te hicieras a un lado si no fueras lo que el folklore y la literatura se han esforzado tanto en describir hasta nuestros días –declaró, poco después de descartar finalmente el bastón e introducir la mano en el interior de su insondable abrigo en busca del arma definitiva-. No me refiero a tu ocupación artística, por descontado –aclaró, aun cuando estaba de más. Detalle que viniendo de él, podía significar muchas cosas, ninguna de ellas inofensiva-. Bueno, y porque yo tampoco quiero mancharme los zapatos. ¿Por quién me tomas? –remató (¿y nunca mejor dicho? Las expresiones mundanas no eran precisamente lo suyo), antes de agacharse del todo con el sable de nuevo en mano y alimentarle el filo de unos cuantos cortes certeros a la infeliz criatura. Precisos y sin apenas esfuerzo, no había diferencia alguna entre sus movimientos y los que haría cualquier persona para agenciarse unas rebanadas de pan con un cuchillo de cocina, consciente de cuántos debía hacer y cómo para cercenar aquella cabeza sin una sola salpicadura. Anatómico y perfecto, el cirujano menos deseado en tiempos de masacre.

Una vez con el titánico trofeo apunto de gotear su peso en sangre, Fausto le realizó un rápido vendaje con un pañuelo oscuro, hecho de uno de los materiales compresivos que aprendió a fabricar en la India. Lo que acabó en una higiénica cabeza dentro de una bolsa y un hombre que la sostenía y alejaba por fin su pie del cuerpo decapitado de un gorila para volver a fijarse en el único testigo del cruento espectáculo, entonces completamente pendiente de éste. Cuidado.

Por cierto, no me preocupo –respondió en ese preciso instante a su comentario del principio. Tranquilo, inconmovible, sin dejar de mirar a 'Colin' como si fuera un apartado más de los misterios de la noche que no se le escapaban. Incluso si la lógica del británico sabía a la perfección que aquella persona no podía conocer buena parte de sus secretos, de los de su vida y no-vida, toda sensación de seguridad se volvía un pobre sucedáneo antes que un sentimiento real. Engañar, que no 'mentir', inducir a tener por cierto lo que no lo era, ni lo sería jamás. Quizá Fausto solamente ocultaba, y los que se engañaban eran los demás, la masa idiota y miedosa. El individuo, no obstante, aquel individuo en cuestión, contaba ahora con la atención del gran titiritero, ¿verdad?- ¿Te preocupa a ti algo, Colin? Se te ve un poco liviano –comentó, en tanto le escrutaba con languidez y las cejas ligeramente alzadas. Ah, claro, no lo 'preguntaba' por nada, pero los vampiros borrachos no eran asunto suyo, a menos que se encontrara con uno tan peculiar como el que tenía frente a él y después de la curiosa relación que arrastraban… en tal caso, se convertía en una oportunidad de oro, pero sólo si su portador daba la talla de antes. Las expectativas de Fausto, sí, tan escalofriantes como para no ser deseadas hasta que el mundo caía en la cuenta de que cualquier tortura jamás ideada sería más apetecible que su indiferencia.

Con su arma ya limpia y envainada, dio unos pocos pasos en dirección a su compañero intelectual, a la vez que dejaba escapar un ¿Cuánto dirías que ha pasado? ¿Un año? porque los preceptos temporales desde la perspectiva de la inmortalidad siempre ofrecían una variedad de matices, cuanto menos, entretenida para el teólogo. No tuvo necesidad de volver a pronunciar 'su' nombre con ese tono que precisamente por ser tan certero, revelaba su incredulidad. Y a pesar de eso, tampoco tenía reparos en pronunciarlo, en recordarle a ese interlocutor que llevaba mucho más de lo que se habría propuesto jugando a su juego y bajo sus normas. Colin, como si fuera tan real como se escuchaba de sus labios, pero ni siquiera se lo hubiera ganado; como si le estuviera dando la oportunidad de pensarse si quería que alguien de su calibre le siguiera llamando así. Se detuvo a una distancia correcta, aunque no especialmente prudencial, y fue en ese momento que desvió los ojos hacia la herida en el brazo que le había hecho antes el cambiante durante la cacería y chistó con desaprobación, de nuevo por el estado de su abrigo y también por no haber podido recrearse en ese enfermizo pasatiempo de ver cómo las heridas sangraban… Ahora delante de un vampiro. Delante de ese vampiro. Visto lo visto, no tenía por qué chistar, una de sus actividades predilectas acababa de volverse aún más perturbadora. ¿'Encantador'?


Última edición por Fausto el Sáb Abr 02, 2016 8:17 am, editado 1 vez



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Re: Si quieres que el diablo no se presente, no le mientas |Christopher Marlowe|

Mensaje por Christopher Marlowe el Mar Feb 09, 2016 7:06 am


Raro era el influjo de Selene aquella noche. La amante más fiel del vampiro y, al mismo tiempo, la zorra más inmunda, pues prestaba similares servicios tanto a los de su condición como a los que no gozaban del embrujo de una vida eterna. Fausto era el ejemplo perfecto. Aprovechando las efímeras horas de vida de que disponía aquel astro de futuro reluciente para poder engatusarla batallando por su amor. ¿Debía Marlowe sucumbir cual animal a la danza de Fausto y demostrar su amor por la nocturna Selene? No, en absoluto. Mujer u hombre que desdeñe al dramaturgo en pos de otros, no es digna ni digno del candor de éste. Tal vez sí en el pasado –y en el presente, ¿para qué engañarnos?- mas el amor propio del dramaturgo había florecido lo suficiente durante los años para que pocas personas merecieran la pena. Por desgracia para éste, su afán de interesarse por las cosas –y personas- más peculiares había florecido al mismo tiempo, por lo que aun desdeñando a su contrincante aquella noche, no podía hacer otra cosa que sentir un interés receloso por él.

La expresión A palabras necias, oídos sordos es más que conocida, pero Marlowe acostumbraba a hacer oídos sordos a tantas cosas que ya no sabía si se trataban de elogíos o todo lo contrario. Incluso en situaciones similares, donde a lo mejor ésta pudiera ser calificada de única –el reencuentro con su… bueno, con Fausto- su cerebro tenía la manía de dejarse llevar al mismo tiempo por lo acontecido ante él como por la imagen de una pluma dando vueltas y vueltas en su cabeza. Ambas equiparadas, siendo esta última un sinsentido aleatorio, como prácticamente la mitad de los pensamientos del escritor.

- Veo que los años no hacen mella en tu egocentrismo, ni en las finas líneas que nos dedicas a todos sin excepción. Cargadas de tanta prepotencia que no sé cómo mi mano derecha no se encuentra ya bajo mis vestimentas, batallando a puño cerrado en derredor de la ansiedad que acostumbras a causar a tu paso, buscando la liberación del placer manual.

Y aunque la mente del vampiro fuera todo caos, sabía lo que era la ansiedad y sabía que su cuerpo podía ser víctima de algo similar en situación tal. Mucho era el tiempo que se había sucedido desde la última vez que tuviera contacto con el cazador. El nombre de éste prontamente se hubo instalado en la vitrina de trofeos del chupasangre, no como trofeo en sí, sino como título de un hueco vacío que había comenzado a ser ocupado por el polvo que atrae la derrota.
No buscaba beber su sangre, en absoluto. Se consideraba mejor que todo aquello. La calidez de todo líquido escarlata en nada se parecía al ardor que despertaba la sensación de triunfo ante alguien como Fausto. ¿Qué tipo de triunfo? Verbal, físico… incluso si los años se interponían entre ellos, el permanecer con vida le valía como triunfo. Un triunfo en verdad de perdedores, pero ¿qué queréis? Es Marlowe. A lo largo de los siglos, sinónimo de perdedor a manos de William Shakespeare.

- ¿Liviano? ¿Sabes? me alegro de que mi nombre te haya resultado tan significativo como para mantenerlo encerrado en tu dura sesera. No puedo decir lo mismo, ¿te importaría recordármelo? Discúlpame si acostumbro a dejar volar detalles insignificantes, pero ya sabes, vida eterna.

Esa forma tan estúpida que tenía de mentir sonriendo... sin percatarse siquiera de cuan estúpido se veía llevando a cabo aquella pantomima. Fausto. Uno de los nombres que adornaban una de sus más queridas obras. Querer insinuar que no lo recordaba resultaba patético y el hecho de manifestarlo con palabras más todavía. Miento, si había algo más patético aún era el pedir a éste que dijera su propio nombre en voz alta para así poder escucharlo. Aquello era la corona invisible de la vergüenza, del regodeo, y acababa de instalarse en su cabeza para quedarse al menos lo que durara la conversación.

- ¿Un año? Me ha parecido un suspiro. Y hablando de suspiros, ¿qué tal vas tú de ellos? ¿Todavía no te ha arrebatado el aire tu condición de mortal?

En verdad, Christopher Marlowe debería haber sido alguien que atravesara la vida a paso decidido, con el mentón bien alto y gozando de la superioridad intelectual que los años debían haberle proporcionado. Seguro de sí mismo y calmado ante cualquier situación ya vivida hasta la saciedad. Por el contrario, daban igual los años que se sucedieran en situaciones como aquella, donde el vampiro se sentía como poco amenazado ante el intelecto superior –no le digáis que he dicho algo así- de alguien cuyas horas estaban contadas y había exprimido la vida muchísimo mejor que el dramaturgo, paladeando a cada segundo la leche que emanaba del seno de la sabiduría y la experiencia.

- Dime, ¿qué tenías en contra de ese...? bueno, lo que queda de él –señalándo al cambiante-. ¿Ridiculizó tu peinado? Yo creo que estás divino –no parecía que existieran palabras más patéticas para utilizar en situaciones de todo menos humorísticas. Aunque si hubieran existido, Marlowe las habría usado-. Mejor que la última vez. Y eso que prefiero restregar mi lengua por la lozanía de la juventud, así que siéntete halagado. ¿Me concedes este paseo y su correspondiente conversación entre adultos o estás demasiado ocupado relamiendo las heridas que te hacen hablar como si tuvieras el palo de una escoba metido por…? bueno, ya sabes a qué me refiero.




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Re: Si quieres que el diablo no se presente, no le mientas |Christopher Marlowe|

Mensaje por Fausto el Sáb Abr 02, 2016 8:09 am

'Las finas líneas que les dedicaba a todos sin excepción', su dramaturgo favorito había restregado esa famélica lengua de artista que tenía por los vocablos precisos para definir lo que el cazador hacía con los demás, incluso si el poeta de turno estaba demasiado ahogado en el patetismo de su admiración. Camuflada y evasiva admiración. ¿Cómo aceptarla ante la bestia alemana del egocentrismo sin sentirse humillado? ¿Cómo culpar de algo tan humano a quien más que vivir con su divina longevidad, se dejaba arrastrar por ella? Algunos vampiros sedaban así a su cinismo, emborrachándose de arte cuando el arte mismo ya estaba para eternizar. ¡Cuánta redundancia! Sobre todo si también se emborrachaban en el sentido literal, mortal, de la palabra. Enhorabuena, Colin. Bienvenido a tu propia parodia, Milton.

Pasen y vean el sabor más adictivo de la sumisión.

—La mano izquierda, prendacorrigió, con esa voz subversiva de quien no necesitaba el permiso de la contradicción para sonar tan deslenguado como el alma cómica de su interlocutor, aun sabiendo que su propia personalidad estaba en otra esfera más… ¿Sofisticada? Con Fausto llegaba un punto que cualquier definición se volvía insatisfactoria. Al final todo se veía más vulgar que la elegancia sádica de su media sonrisa—. Ahora mismo tu destreza sería la misma con una que con otra. ¿Igual de buena o igual de mala en esos diez dedos manchados de tinta? —Arqueó una ceja con parsimonia mientras daba un vistazo aburrido al cadáver que les hacía de carabina y volvía a centrarse en el escritor—. Tienes sólo el resto de la noche para reflexionarlo porque la inmortalidad se merece un poco más de decoro. Aunque para eso sería más apropiado eliminarte, ya llevas unos cuantos años desaprovechando tu condición maldita.

No pudo evitar una reposada negación de cabeza al tiempo que miraba directamente a los ojos de su nocturno compañero conforme éste se abandonaba una vez más al esfuerzo de la dignidad. Por supuesto, muy convincente hacerle creer que no se acordaba de cómo llamarle. Alguna fina capa de la impávida perfección de Fausto había considerado interesante almacenar un nombre y un apellido falsos, pero en cambio su insistente portador enfermo de puños y letras se había olvidado de esa figura germánica que no le era en absoluto familiar... O bueno, quizá no le sonaba de nada realmente. En teoría, el otro no tenía ni idea de la verdadera identidad de aquel par de siglas que se repetían en el tiempo. Qué va.

El sonido de sus pisadas avanzando definitivamente hacia el bueno de M debió de seguir aturdiéndole, lo bastante como para que tener el rostro del humano a un mísero suspiro no mereciera ni un solo movimiento, ni una sola muestra de los actos reflejos que pudieran restar de su vida mortal (¿demasiado repentino hasta para un sobrenatural?). A excepción de la inevitable debilidad de quedarse completamente quieto durante los segundos que el teólogo usó para retirarle el pañuelo que llevaba en el cuello, permitiendo que la suavidad de la prenda se desenroscara con lentitud en un rasposo abrazo a su garganta que paradójicamente se volvió aún más asfixiante frente a la respiración de ese nombre que se había negado a reconocerle:

—Fausto. —no respondió, ni recordó; le permitió escuchar. El muy hijo de puta concedía el regalo de su existencia por encima de cuantas era capaz de aplastar con la suela de su zapato. Y es que tenía el oído demasiado fino para no darse cuenta de que muchas veces había un placer culpable en los gemidos de sus víctimas.

La embestida de sus ojos azules se detuvo por fin al desviarle la mirada para fijarse de nuevo en la herida sangrante de su brazo y utilizar como vendaje provisional el pañuelo de Colin que se había apropiado tan descaradamente. Todo sin alejarse un centímetro, ni dar un respiro a los efectos de su abrumadora presencia en unos callejones oscuros que antes que airear el alcohol de su colega intelectual, le habían obsequiado con ese encuentro.

—Todavía voy bien de suspiros, y ahora mismo podría decir lo mismo de ti si no supiera que técnicamente es imposible —contestó, después de volver a mirarle con los labios torcidos y poner punto y final a sus casuales recorridos por el espacio personal al distanciarse unos pasos para iniciar la marcha propuesta—. No, lo cierto es que nadie mejor que tú sabe a lo que te refieres —comentó respecto a su última gracia, en tanto empezaban a caminar a su ritmo (como no podía ser de otra manera)—. ¿Qué tenía en contra de él? Tiempo libre, entre otras cosas. No quieras conocer todos los detalles de este oficio tan sentimental. ¿O es que necesitas inspiración para el tuyo? —inquirió en un interés ambiguo que de todas maneras fue eclipsado por la bolsa de la cabeza del cambiante que aún colgaba en su mano y que alzó unos instantes— Primero tendrás que acompañarme a hacer la entrega, después ya será cosa tuya. Dispones de este breve espacio de tiempo para pensar qué clase de lugares pueden suscitar algo de interés en un cazador que se conoce la ciudad de día y de noche. No te agobies si no se te ocurre nada, asumo toda la culpa de confiar en tu evidente lucidez.



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Fausto
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