Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Sineád Zinerva Liandan O'Neill

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Sineád Zinerva Liandan O'Neill

Mensaje por Sinéad O'Neill el Vie Feb 20, 2015 11:38 pm



Sineád O’Neill


N. Completo: Sineád Zinerva Liandan O’Neill
Edad: 22 años aparentes/44 años reales
Ocupación: Escritora y filósofa.
Especie: Cambiante
Clase: Alta
Nacionalidad: Irlandesa
Orientación Sexual: Heterosexual
PB: Frida Gustavsson

Lightning's Theme by Final Fantasy XIII on Grooveshark

Descripción Física

Estatura: 1.84 m
Peso: 57 kilos
Color de ojos: Verdes/Grises
Medidas: 78-59-89
Color de cabello: Rubio

Formas:
1. Águila Real
2. Colibrí Zunzuncito
3. Lechuza Blanca

Poderes:

► PODERES INNATOS:

→ Transformación: Habilidad de cambiar de forma humana a animal y viceversa. Cuando el cambiante está en su forma transformada aumenta un 50% su potencia física.

→ Sanación acelerada: Habilidad para sanar rápidamente heridas y contusiones no tan graves (esto no aplica al desmembramiento, si les arrancan un brazo, el brazo no volverá a crecer). El tiempo de recuperación varía según el personaje y la gravedad de la herida o lesión. Cuando se trata de balas de plata o fuego pueden morir si las heridas son muy graves.

→ Percepción del aura: Habilidad para ver las auras de otros seres, cuyos colores indican su humor, identidad y nivel de hostilidad, de este modo saben si están bajo amenaza. Este poder también les permite reconocer a otros cambiantes o licántropos cuando no están transformados e identificar a los vampiros gracias a su aura pálida y su característico olor.

► PODERES A ELEGIR:

→ Telepatía y comunicación con los animales: Habilidad para comunicarse con otros cambiantes por medio de la mente (cuando están transformados) y con otros animales que no sean parte de su raza (incluidos los Licántropos). Funciona únicamente a cortas distancias.

→ Visión compartida y visión remota: Habilidad de poder ver a través de los ojos de los demás o en otros casos, hacer que los demás puedan ver lo que estamos viendo en ese momento. Esta habilidad funciona únicamente cuando se toca a la persona.

→ Fortaleza: Capacidad de resistencia extrema al dolor físico.


Descripción Psicológica

La pensativa. Con su cabeza en las nubes reflexiona de lo que ve y de lo que estudia. El mundo está concebido de esta manera o tal vez de esta. Es por eso que la gente que la rodea la regaña por no estar disfrutando el presente, porque se abstrae de lo que vive y empieza a pensar en algo más. De lo que sabe puede desprender más y más, como una fuente inagotable de realidades.

La intelectual. Ama leer y culturizarse, maravillarse con las diferentes mentes que han construido el mundo o que lo han derribado plasmando su modo de pensar. Con su padre, que todavía lo ve, goza debatiendo ideas y discutiendo sobre la actualidad. Se informa de todo lo que puede, especialmente de política y teología. Piensa que no se puede estudiar el poder sin antes averiguar sobre la Iglesia. Sus temas favoritos abordan la naturaleza humana y los valores de la sociedad.

La rebelde. Detesta que le digan qué es lo que tiene que hacer. No aguanta ni que sus padres quieran manejar su vida y va a querer que una persona externa lo haga, pues pamplinas. No está para eso. Ella es un ave, tiene que volar. No osen cortarle sus alas, que las volverá a hacer crecer de alguna manera sólo para demostrar que su libertad no se toca. Coartando su libertad es la forma más rápida de hacerla enemiga o de perder su afecto.

La iracunda. Enojada es la bestia más egoísta que existe. Sólo se ama a sí misma y denigra a los demás. Se enfada porque se siente vulnerada, y nunca se sabe qué le molestará. Ni ella lo sabe, pero le cuesta resistirlo, porque tiene poca paciencia. Ni ella se aguanta en contextos así. Es capaz de decir las palabras más hirientes, de demoler a una persona con palabras.

La amadora. Cómo le teme Sineád al amor. Le teme como los felinos al agua, como las aves al primer vuelo. Es capaz de amar con todo su corazón, con una pasión que puede durar una eternidad. No le gusta expresarlo abiertamente, pero sueña con un matrimonio feliz, con una familia estable que ella no tuvo. Los hijos dentro de un matrimonio bien constituido y porque los padres se aman. Donde se pueden potenciar como un equipo y no esté uno por sobre otro. Esa es la relación que sueña, aunque al segundo se dice que no es posible y vuelve a concentrarse en los libros.

La melancólica. A veces siente que su estilo de vida es demasiado cerrado, que no conoce muchas personas. Es su manera de ser y no quiere cambiarla, pues dice amarse así, pero le duele que otros la rechacen por considerarla extraña. Le recuerda los días en que sus compañeros la fastidiaban llamándola gorda, fea y tonta. Es una herida que no ha cerrado, y por ende de vez en cuando siente que le afecta la opinión de los demás. Puede llegar a interpretar algunas acciones como rechazo, llegando a dolerle. Eso sí, vive su dolor sola. Detesta que la vean llorar. «Quiero compartir con otros alegrías, no mis penas» Vio toda su vida a su madre lamentarse y no quiere hacer pasar a otros por lo mismo, por muy cercanos que sean.

La pesimista. El universo fue y será una porquería. Está convencida de que el hombre es por naturaleza malo, que desde la infancia tiende al mal. Esto lo argumenta porque los bebés nacen y crecen en base a impulsos agresivos. Vienen de fábrica con egoísmo, quieren todo para ellos y no dudan en molerle la cabeza a otro para obtener lo que quieren. Solamente el amor y la educación domestican a estas bestias, pero sólo hasta cierto punto. Es un adiestramiento lo que recibe el hombre. Si le quitan este acondicionamiento, se muestra tal como es. Con la misma certeza con la que abre sus alas esperando que la lleven a volar es que defiende esta afirmación. Lo que ha visto y estudiado en la historia no ha hecho más que convencerla de que está en lo cierto. «No es favorable para un hombre que quiera conservar su amor a la humanidad estudiar la historia» es su lema.

La soñadora. Porque sí, le gustaría ser amada, de crecer a tal punto que nada le importe más que mantener la felicidad que crece en su corazón. A veces quisiera ser más valiente, más inteligente, más bonita. Quizás vivir para siempre para ver cómo será el mundo en el siguiente siglo o en el próximo milenio.

La solitaria. Vive sus penas y sus enojos sola. Le da pereza salir de casa. Requiere de un esfuerzo para acudir a eventos sociales a aguantar gente que considera aburrida o con quienes no tiene nada en común. Prefiere mil veces dormir antes que trasnochar, leer un libro antes que bailar. Esas cosas le aburren. Es de su gusto tocar el piano y el chelo. Aprender un idioma o volar hacia alguna parte en busca de misterios por resolver. Ella consigo. Lo disfruta.

La sarcástica. Como pierde la paciencia con facilidad y tiene poca tolerancia a quienes considera estúpidos, no faltan las ocasiones en que se sale del protocolo y lanza una indirecta bastante directa. Los demás consideran esto de mal gusto y tienen razón, pero a ella le vale madres. Ella respeta lo que otros piensan, aunque no sea de su agrado; entonces que no denigren aquello en lo que cree. Detesta que hablen bien de alguien cuando están frente a él y luego a sus espaldas hablen mal. Ahí no se guarda ninguna frase pesada. Las expulsa como por arte de magia, como un talento que pocos quieren, pero varios disfrutan sin admitirlo.

La fogosa. Siente que es un volcán dormido que no despierta porque ella lo bloquea con su moral. No se atrevería a admitir que quiere desvestir a un hombre que le gusta demasiado, porque su orgullo se lo impide y porque el machismo de su padre le enseñó a defender su reputación de una señorita honrada, pero eso no quiere decir que no sienta. A veces imagina que es envuelta en una pasión tan grande que desborda sus centros nerviosos, que él es sólo de ella y ella sólo de él, marcados para siempre. Alguien que domine las provincias de su cuerpo, que haga que el ave llegue a lo alto, que se derrita y vuelva a componerse en un suspiro final. Espera ese fuego poder salir algún día, y ella también, pero cuida tanto su corazón que no lo liberará si no siente una intensa conexión de amor con la otra persona, porque es incapaz de separar su cuerpo de sus emociones.


Historia

Sineád O’Neill, mezcla imposible de hielo y fuego. Algo se guardaba el Señor de los cielos al escupirla a la tierra. Se respiraba en el aire, se degustaba en la boca. Sineád presiente que continúa. Presiente que la vida no es loca; lo loco es tener que vivir. Nacer, amar, y sufrir. Porque hasta el amor se paga caro. Bien lo ha aprendido. Bien le ha enseñado la vida. Y sobretodo sus padres, venerables cual hielo y fuego. Tan contrarios entre ellos que se podía desprender desde antes de la concepción de Sineád que una fuerza poderosa dominaba la mano de la lógica, doblándola e incluso rompiéndola. Destino. Impiadoso, implacable, absoluto. Nadie escapa de él, ni siquiera las reglas.

1. Los Padres:
Liadan Sarsfield, madre de Sineád y descendiente de uno los linajes más finos de Irlanda, por poco no llegó a existir. Sus padres, Ebuscon y Faline, aunque nobles, cometieron el pecado de dormir juntos antes de casarse, y de tal encuentro resultó un embarazo del que únicamente se enteraron los amantes. Pero la mujer estaba temerosa de la vergüenza, así que planeó cuidadosamente deshacerse de la criatura a través de un aborto provocado por hierbas. Mas fue descubierta por su compañero justo antes de beber el brebaje. Él arrojó la bebida al suelo, la amenazó con ojos tan severos como fervientes, y le dijo: «Os atrevéis a matar a mi hijo y yo os meto en prisión» Fue así que para tapar escándalos y hacerse responsable contrajeron matrimonio. Ebuscon estaba enamorado, pero Faline no. Y fue la debilidad de su marido lo que hizo infeliz a Liadan, pues se tradujo en el maltrato de una madre y la incompetencia de un padre. Faline castigaba a Liadan y a los dos niños que vinieron después en el matrimonio con el taco de un zapato en la cabeza. Pero siempre fue más severa con Liadan, la mayor y la favorita de su padre. Ella quería tanto a su progenitor a pesar de su debilidad que lo incitaba a abandonar a su madre preguntándole por qué se había enamorado de Faline, pero él siempre le respondía «De tan poco seso que tengo». Sin la atención de su madre y la falta de autoridad de su padre, Liadan buscó refugio en sus lecciones con la institutriz siendo una especie de payaso. Era la desordenada de los hermanos. Prefería hacer el loco para no aguantar la vergüenza de no saber la respuesta. Se volvió rebelde y poco criteriosa, pero amada por montones por las personas de afuera de su núcleo. Sus amores fueron sus primos y sus amigos. Parecía que derrocharía el capital de su nombre y así lo hizo.

Wenlock O’Neill, padre de Sineád, a pesar de compartir el linaje de oro, no nació en cuna de oro. Proviene de una nobleza empobrecida, pero resistente a bajar su estilo de vida. Sus padres fueron Gorman y Maureen. Historia convencional, si no fuera por un secreto: Gorman era un cambiante, al igual que sus ancestros. Gorman eligió a una humana llamada Maureen para casarse porque veía que era una mujer virtuosa que iba de la Iglesia a su hogar y de su hogar a la Iglesia. Así no preguntaría acerca de sus salidas para disfrutar la libertad de la transformación. Después de un mesurado intercambio de cartas, dieron el sí frente al altar. Dinero no tenían suficiente como para mantener una familia, pero Gorman estaba decidido a recuperar su fortuna, así que vendió algunas reliquias familiares y compró cabezas de ganado. Trabajaba desde las cinco de la madrugada hasta la medianoche, hora en la que volvía con Maureen a casa o simplemente no volvía, pues las amantes no faltaban. Ya con una pequeña fortuna asegurada llegaron los hijos. Wenlock fue el penúltimo de éstos, y al igual que sus hermanos, no conoció el afecto. Nada de abrazos, nada de besos, ni mucho menos de «te quiero», pero nunca les faltaron cosas. Así que la manera en que los hermanos comenzaron a medir el afecto que les tenían sus padres comparando los platos que les servían en la mesa. El niño con el plato más abundante era el que más querían. Aprendió que la mujer debía estar en casa, que el hombre mandaba y que si una fémina olvidaba su lugar, un buen golpe haría que siempre lo recordase. Su madre se encargó de rechazar a toda mujer que no fuera extremadamente conservadora y hogareña, alimentando el machismo. Siempre fue el más brillante de sus hermanos, estudioso como ninguno porque ambicionaba ser aún más grande que su progenitor, que se rompía la espalda hasta la médula. Su padre nunca lo felicitó por sus logros, pero Wenlock se contentaba con oírlo detrás de la paredes, cuando le decía a sus invitados lo orgulloso que estaba de la inteligencia de su hijo. Se volvió un joven culto, pero tan narciso que resultaba encantador.

Liadan y Wenlock se conocieron cuando eran niños, en una fiesta de la alta sociedad. Tenían siete y trece años respectivamente. Desde que se vieron la conexión fue fuerte, tanto que Wenlock quiso romper las barreras de la decencia pidiendo la mano de la niña en matrimonio ante su padre. Como era de esperar, Ebuscon lo repudió tajantemente por el desatino de querer desposar a una mozuela tan joven. Wenlock nunca olvidó que Liadan no lo defendió ante su padre, quedándose callada. Nunca perdonó la pasividad de su juventud. La rabia y la humillación que sintió la liberó en forma de águila de mar de cola blanca, con las alas extendidas y la postura encorvada, como si fuera a atacar. Ahora lo sabía: era un cambiante.

Los caminos volvieron a separarse por años.

Gorman O’Neill murió cuando Wenlock tenía dieciséis años, dejando atrás a su mujer y a seis hijos. La mitad de los hermanos quiso vender para gastarse todo en fiestas, pero Wenlock se alió con el resto de los huérfanos y se hizo con las escrituras para seguir creciendo. Fue así que aprendió de leyes, historia y medicina, siendo esta última su fuerte. Eventualmente se casó con una bella señorita llamada Kristen y tuvieron dos bellos hijos llamados igual que sus padres, pero cuando Wenlock hijo tenía apenas meses de nacido, Kristen tomó a los niños y se largó del país porque su marido había comenzado a golpearla. Nunca permitió que Wenlock viera a sus hijos.

Liadan creció también, aunque no para bien. A los quince años su relación con su madre era todo menos tolerable. Fue expulsada de su propio hogar sin nada. Unos tíos la recibieron, pero como no era hija no gastaron su tiempo en vigilarla o en enseñarle a actuar decentemente. Era un tigre suelto, así que la dejaron ser. No fue raro que perdiera su virginidad pronto, deshonrándose a ella y de paso a la familia. Nadie entendía que ella no dormía con los hombres por lujuria ciega, sino porque despertaba abrazada. Ese abrazo, ese valiosísimo abrazo, sólo lo obtenía culminando en la cama. Y como nadie sentía como ella, fue expulsada de casa de sus tíos también. No permitirían su descaro.

Los dos estaban deshechos cuando se volvieron a encontrar, pero esta vez fue para siempre. Liadan había caído en fiebre, oculta en una posada que no podía pagar. De manera urgente sus familiares la compadecieron y consiguieron a alguien que supiera de medicina: Wenlock O’Neill. Él salvó la vida de la oveja negra. Y ella lo amó desde el mismo instante de manera idólatra. Liadan comenzó a verlo como un dios en la tierra. Se dijo que nadie los separaría y que sería la mujer perfecta para él.

Así fue que Wenlock anuló su matrimonio con Kristen y desposó a Liadan. Todos se opusieron de parte de la familia del novio, pero de parte de la novia sus padres le rogaron que se casara. Era la única forma de salvarla. Poco sabían, en ese entonces, que sería la perdición de ambos. Comenzó con los celos enfermizos de Wenlock, que llegaba a horas diferentes del trabajo para lograr sorprender a su esposa con algún amante en el lecho, pero lógicamente no encontraba a nadie, pues sólo estaban en su imaginación. No quería que nadie, en especial ningún hombre, fuera a ver a su mujer. Liadan lo pasaba por alto, porque lo adoraba con todo su corazón, convencida en exceso de que aquel hombre era un dios. Le debía la vida. Lo admiraba por haber aprovechado su educación.

2. Peigi, la hermana del corazón:
Fue en uno de los recorridos que hacía Wenlock atendiendo niños del pueblo por bondad que Liadan lo acompañó. Esa tarde decidieron hacer una visita al orfanato temiendo que el invierno se llevara demasiadas vidas como para entibiar las frías sábanas. Allí Liadan conoció al segundo amor de su vida: a una niña que se debatía entre la vida y la muerte en una cuna. No tenía más de un año, pero se veía de días con lo desnutrida que estaba. No se movía, era tan frágil. Vio su propia infancia, su propio dolor reflejado en aquella huérfana de piel de oliva y ojos negros. Las monjas le decían que esa bebé era un demonio, por esos grandes ojos oscuros. Pero nada detuvo a Liadan, quien sujetó a Wenlock de la manga y le suplicó que no quería dejar a la bebé que todos rechazaban. Wenlock se compadeció, y convencido de sus propias palabras dijo: adoptémosla. Y así se añadió a la familia Peigi O’Neill, aunque su padre legal nunca la vería como hija, sino como la niña recogida. Los doctores, incluso incluyendo al mismo Wenlock, fueron enfáticos al decir que la chica no aprendería a hablar ni mucho menos a leer, pero Liadan estaba decidida. Así, no solamente la hizo vivir, sino que la hizo aprender pese a los daños en su cerebro debido a la desnutrición del primer año de vida. Paso a paso, no importaba lo que costara.

Peigi creció unida a Liandan. Se sentía amada. Su inocencia era tal que no veía diferencias de ella con sus padres, porque los veía con el corazón. Aunque con Wenlock tenía sentimientos encontrados, porque le atemorizaba con su rigidez y castigos, pero a la vez admiraba el poder despedía, cómo se imponía con su sola presencia en cualquier parte. Sentía que si él decía que podía volar, ella podría llegar hasta las estrellas. Y la luna era su madre.

Pero algo le faltaba a esta pequeña de encantadora sonrisa y piel tostada. Cuando una mañana pidió una hermanita con quien jugar, Liandan supo que era el momento de ponerse en campaña.

3. Buscando a Sineád:
Sufrimiento. Pasaban los años y el tan ansiado bebé no venía. Tanto Wenlock como Liandan rogaban al cielo, pero recibían como respuesta un «no» rotundo. Parecía que las entrañas de la mujer estaban retorcidas. Sufría cada uno a su manera, uno en silencio y la otra a mar de llanto. Se mantuvieron así, estáticos, hasta que Liandan decidió tomar medidas desesperadas acudiendo a una mujer a la cual acusaban de brujería, y tenían razón. Pidió ser madre de sangre de alguna criatura, darle un bebé a su marido y un hermano a su querida hija del corazón. La bruja asintió, dispuesta a concederle su deseo, pero advirtió que ella por sí sola era incapaz de crear nada; Liandan tendría que pagar un alto precio que no consistía en dinero, sino en sacrificios. «¿Qué me harás? ¿Me matarás?» preguntó la casada. La mágica señora la miró y contestó «No. Yo no te haré pagar nada. Será él quien te hará pagar, a ti y a tus hijas» Liandan no quiso creerle, cegada por el deseo de dar a luz, pero terminaría creyendo.

Después de tanta espera, llegó un mes en que la señora de la casa no sangró. Las nauseas y los fuertes olores que sentía lo comprobó: estaba embarazada. Añoraba de todo corazón que fuese una niña, pero para no lastimarse cuando naciera niño, lo llamó como un hombre: Penwyn. Lo que nunca supo es que dentro suyo no se gestaba un bebé, sino cinco, pero fue perdiéndolos de a poco antes de cumplir los tres meses de preñez, siendo reabsorbidos naturalmente por el cuerpo de su madre. Sólo una de las cinco semillas abiertas logró a sujetarse al útero. Aquel feto sobrevivió sólo por una razón que no se descubriría sino años después: había heredado los genes cambiantes de su padre.

El trabajo de parto se produjo en el momento más inoportuno. Esa noche venía una tormenta fuerte que obligó a las personas, incluso a los de clase alta, a buscar refugio. Liandan, junto a otras tres mujeres, terminaron pariendo allí por los nervios. Así fue que a las veintidós horas en punto nació Sineád Zinerva Liandan O’Neill, pesando tres kilos y quinientos gramos. Sana y fuerte. Con unos pulmones que despertaron a todos. Peigi, ya con seis años, brincaba de alegría: por fin tenía una hermanita con quien jugar. Liandan fue la única que amamantó a su hija esa noche, afianzando el vínculo que tendrían para la eternidad. El resto llamó a una nodriza, pues no querían que se deformaran sus senos. Liandan se dijo que ella no sería así, que sus hijas estarían primero sin importar lo que pasara, porque ahora entendía que había nacido para ser madre. Incluso juraba haber oído a su niña de sangre desde el vientre: «no me cambies; conóceme.»

Wenlock se derritió por su hija desde el momento en que la vio. Era una niña suya, de su sangre y de su mujer. Pero esta vez él podría criarla, no como con los dos hijos de su matrimonio anterior. «Una hija mía» se repitió.

4. Los siete primeros años:
Mientras Peigi tenía que pasar horas sentada para aprender una lección, Sineád sólo tenía que repasarla un par de veces para adquirir conocimientos. Se le hacía mucho más fácil aprender, lo cual no era raro, pues ella había nacido de un peso saludable y Peigi había pesado poco más de un kilo. No obstante, la mayor de las hermanas amaba a su hermana, porque era algo así como su muñequita, una compañera eterna con quien jugar y crecer. Sineád incluso abusaba de su generosidad, como la mayoría de las hermanas menores. Creció en un ambiente cargado de amor por todos los que la rodeaban.

Lo que más le gustaba a la niña Sineád era el jardín de su hogar, compuesto de varias hectáreas para poder jugar. Ahí tenían lugar sus aventuras de fantasía, con parajes misteriosos guiados por hadas buenas. Donde un brioso corcel le hacía una reverencia para combatir juntos dragones y gigantes. Era feliz junto a los otros niños de vivían en las haciendas más cercanas a la suya. A pesar de que los regañaran por volver sucios a casa, no les importaba enlodarse. Liandan llegó a perder la cuenta de cuántas veces la tuvo que mandar a bañar y a cambiar de vestido por ir a jugar en la tierra haciendo pasteles de barro.

Lo que más le interesaba a Wenlock era educar a su hija, a pesar de su machismo. Porque para él, su machismo iba dirigido a todas las mujeres para que se quedaran en casa y bien calladas, pero no se aplicaba en el caso de su hija. ¿Por qué? Porque era su hija. Y su hija no podía ser una ignorante cabeza hueca. Eso lastimaría su propio ego. Así fue que contrató a los mejores maestros para que fuera culta desde pequeña. Y gustoso se sorprendía con los frutos. Sineád aprendía a una velocidad envidiable. «Sacó mis sesos» decía a la gente. La exhibía como un trofeo. Era su preciosa e inteligente niña. Igual a él, decía. Liandan se preguntaba si acaso su marido hubiera amado a su bebé si ésta hubiese nacido enferma o con limitaciones mentales como Peigi.

5. Despertar a la pesadilla.:
Sineád tenía siete años cuando su mundo perfecto se oscureció de golpe. Recuerda haber escuchado el grito de su madre en su alcoba «¡No puedo más!». Corrió a la alcoba matrimonial y ahí encontró a Liandan llorando sobre su cama. ¿Y su padre? Ya no estaba. Vio que todo era una mentira, que sus padres no eran felices y que hacía tiempo ya no se amaban. Descubrió que las ausencias de su padre debido al exceso de trabajo habían matado el amor. Que su madre era demasiado emocional para el amo del raciocinio y la frialdad. Que los ataques de celos entre ambos habían acabado por eliminar la empatía y la comunicación. Que finalmente se había desbordado la situación.

Fue en medio de la furia de Wenlock que su autocontrol terminó por agotarse y se convirtió, sin quererlo, en el águila. Liandan y Sineád quedaron sorprendidas, escépticas. ¿Qué acababan de ver? ¿Wenlock era un monstruo? ¡Monstruo! Ahora entendía Liandan por qué su esposo no envejecía a su ritmo. Y eso no fue lo peor. Lo peor es que el cambiante huyó volando de la residencia. No parecía que volvería. Así dejaba desamparadas a una mujer y a sus dos hijas. No mandó dinero ni por si acaso. Sabía que Liandan era extremadamente dependiente, sin familia ni educación que la respaldasen. El jardín comenzó a llenarse de cizaña y la lujosa casa empezó a deteriorarse. El inicio del fin había dado sus primeros indicios de partida.

6. El hundimiento:
Liandan cayó en una profunda depresión que dejó a sus hijas por su cuenta. No se levantaba de la cama, no quería comer. Sólo dormía en su habitación, esperando el día en que Wenlock se dignase a regresar, o que al menos le diera dinero para mantener a sus hijas. Pero pasaban los días y su marido no regresaba. Tanto Peigi como Sineád hacían lo posible para levantar a su madre de esa cama. Hasta la paseaban por los pasillos de la hacienda a ver si recobraba ánimos, pero eso solamente la deprimía más, pues veía cómo el jardín se llenaba de maleza y se marchitaba el brillo de los muebles. Estaba acabada. Dependiendo del humor con el que se levantaba, las niñas podían predecir cómo sería el día. Podía amanecer de pésimos ánimos y hacía pagar a unas niñas inocentes.

Recibieron noticias de Wenlock eventualmente, dos años después. Pero solamente una carta que anunciaba que recogería a Sineád; la mandaría a estudiar al extranjero. Liandan, alimentada por la indignación de una madre, quiso retenerla para que no fuese con él, en parte porque dejaba atrás a Peigi y por otro lado porque el rencor que tenía hacia el hombre que la había dejado y hecho sufrir era apenas tolerable. Pero tuvo que dejarla ir. Sineád se sentía abrumada estando en el medio de ambos padres. Los amaba a ambos; ¿cómo ellos podían odiarse tanto entre sí?

Los años en que empezó a estudiar en Inglaterra no ayudaron. Se sentía con la autoestima destruida porque los dos seres que la habían engendrado se odiaban y ella era el nexo entre los dos. Como consecuencia de esto no hizo amistades en su nueva institución educacional. Los demás niños la encontraban extraña, porque le gustaba ensuciarse. Se burlaban porque la encontraban llorando porque echaba de menos a su mami. Podían ser realmente crueles. Lo que más le decían era «gorda, fea y tonta». Era tan así que Sineád lo creyó. Y se enojaba cuando alguien el decía que era bonita. Decía que esa persona estaba mintiendo. «¿A quién cree que engaña? ¡No me mienta!» replicaba. Y luego se encerraba a llorar. ¿Es que la desdicha era el mal que contaminaba a su familia?

Aunque lo peor no era en período de vacaciones, sino cuando volvía a quedarse con su madre. Su padre mandaba dinero, pero muy poco. No quería ver a nadie más que a Sineád. Entonces Liandan aprovechaba para manipular a su hija para que pidiera dinero a su padre. Wenlock pocas veces accedía. Él decía: «si vives conmigo comerás, pero a ellas no alimentaré». Desde luego que cuando fallaba en su misión, Liandan descargaba su ira con ella. Le decía «¡No le pediste como te dije que le pidieras!». Y Sineád se sentía culpable, ya que no era capaz de agradar ni a su madre ni a su padre. «Tu madre es una loca» recibía de Wenlock, y «Tu padre nos tiene muriéndonos de hambre» recibía de Liandan. Sineád sabía que una mitad de ella venía de su padre y la otra de su madre. Entonces si ambos eran malos… ¿cómo era ella?

7. Adolescencia:
El acoso en su institución educacional empezó a empeorar cuando empezó a volverse mujer en el exterior, específicamente cuando un grupo de varones la invitó a platicar con ellos. Al volver al aula de clases se topó con las otras niñas que allí estudiaban. «Te invitaron porque te tienen lástima» le dijeron. Y desde ahí fue cada vez peor. Si un maestro felicitaba a Sineád por su prosa, razón para atormentarla en el descanso. ¡Y pobre de que se le ocurriera destacar! Porque también comenzaron a romper sus dibujos. Entonces dejó de dibujar y su rendimiento a empeorar. «Tú eres lista, Sineád; ¿por qué estas calificaciones?» le preguntaban sus maestros. Pero ella callaba tímidamente. No quería dar explicaciones, no le importaba lo que pudiera pasar con su futuro si ni siquiera podía volver a casa sin que sus padres se desquitaran con ella.

Pensó que no tenía gracia alguna, que estaba condenada. Eso hasta que para una tarea de literatura un maestro les encargó a sus alumnos escribir una historia con un decálogo de palabras que él mismo determinó. Sineád quiso hacerlo divertido, así que hizo una breve historia. Un cuento. Cuando su tutor lo leyó, sonrió gustoso y dijo «No deje de escribir». Se sintió tan feliz que lo quiso compartir con sus padres, pero Liandan estaba tan enfocada en su propio dolor que la ignoró. ¿Y su padre? Pues siendo más analítico que emocional, vio que tenía potencial y le dijo: «Si deseas estudiar, yo no te detendré. Pagaré tus estudios mientras tenga vida». Y hacia allá dirigió su enfoque. Se dedicó a desarrollar las líneas. No importaba lo que costara.

Pero algo más traía la marea consigo.

Tenía catorce años cuando vio a su padre golpear a su madre en uno de sus tantos encuentros desafortunados en que solamente discutían de dinero. Algo se quebró dentro de Sineád. Pasó de ver a su padre como un dios a verlo como menos que un hombre. Se decepcionó, porque él había jurado nunca hacerle daño, pero ahora hería a quien le había dado la vida. Aquello fue lo que gatilló que la muchacha abandonara su forma humana y emergiera un águila real con las alas abiertas, como si fuera a recibir el cielo. Fue la única vez en que logró separar a sus padres, a quienes comenzó a ver como seres con imperfecciones y locuras, como todo mortal. Ya no podían mandar en la cabeza de aquella cambiante. Ni siquiera pudo hacerlo Liandan, quien comprobaba con horror que su hija había seguido la suerte de su padre. Ya no le pertenecía.

Fue emocionante descubrir que existía algo más que posar los pies en la tierra. Podía escapar de esa realidad, podía elegir. Sentir el viento contra las alas, emerger de lo más profundo del suelo para encumbrarse hacia las nubes. Deseó que existieran libros que pudieran describir lo que sentía, cuánto aprendía siendo ella misma, sin nadie que la juzgara ni le dijera qué hacer. Algún día, esperaba, sus padres comprendieran que había más razones para ser dichosos. Que en el fondo lo que juzgaban de ella era lo que habían amado del otro en primer lugar. Algún día.

Luego de su transformación, nunca más volvió a tolerar que la molestaran, ni su familia ni esos bobos de clases. Desde ese entonces comenzó a enfrentar a la gente, sintiéndose más segura de su potencial. Recuperó parte de la confianza perdida, y con ello retomó el ritmo de sus estudios. Tenía toda una vida por delante y nadie le quitaría la oportunidad de brillar por sí misma. No caería en la mediocridad de sus padres; sería eventualmente mucho mejor. Lucharía por ella y para darle un prometedor futuro a los hijos que tendría el día de mañana.

Pero mientras ella crecía como una persona autónoma e independiente, su madre más la maltrataba. Intentaba manipularla tal y como hacía con Peigi. Con Peigi resultaba porque era influenciable, pero no con Sineád. A ella no podía influenciarla, así que la atacaba. Le decía «¡Eres igual que tu padre, una egoísta!» ante los cual Sineád replicaba «Fue usted quien se casó con él, madre». Eso indignaba a Liandan, quien de inmediato golpeaba a su hija al igual que Wenlock lo hacía con Peigi y con ella. Así pasaron de ser cercanas madre e hija a prácticamente enemigas.

8. El primer amor:
Pasó que una tarde Sineád descubrió otra transformación: un colibrí zunzuncito. El ave más pequeña del mundo vivía dentro de ella. La liberó cuando sintió la necesidad de escaparse de su techo y recorrer la ciudad. No quería que nadie fuese testigo de ello. Sería un recuerdo únicamente de ella. Pero no fue así. Sus planes desviaron su curso cuando se dispuso a beber de una flor sobre la rama de un árbol y descubrió en una banca debajo que un joven recitaba poesía. Cuando él vio hacia arriba y sus ojos hicieron contacto con los de ella, Sineád se sintió todavía más pequeña en un instante. En esas irises azules se deshizo. Se dijo que podía pasarlos mirando toda su vida. No importaba nada más. ¿Por qué? Porque desde el momento en que se cruzaron, supo sin importar sus orígenes, sus rasgos físicos, o sus realidades, ellos eran iguales.

Gorsedd Taaffe se llamaba aquel joven de rizos rubios y ojos azules. Alma de poeta, varonil y sensible. Una mezcla que Sineád no creía posible. O que si existía, no sería para ella. Se conformó con haberlo visto y volvió a su hogar, sin poder olvidar ese rostro. Durante todo un mes soñó con él. Andaba en las nubes, les inspiraba a escribir los versos más románticos, esos que nunca habían colmado sus páginas. Se sentía dichosa. Él era hermoso y la había mirado directamente, como si hubiese desnudado su alma en un parpadeo. ¿Cómo un humano había podido desarmar de esa manera a una cambiante? Oh, qué poderoso embrujo que la volvía tan vulnerable.

Después de dos meses su memoria no se iba. Decidida, decidió acudir nuevamente al lugar, sólo que esta vez se presentaría como humana. Y lo halló, pero eso no fue lo sorprende; Gorsedd la reconoció. Dijo que había visto esos ojos en algún lugar. Sineád, conmovida, quiso huir, pero él la tomó la de muñeca y le rogó que permaneciese. La química fue instantánea. Curiosamente les gustaban las mismas cosas. Gorsedd se sentía maravillado con las conversaciones que mantenían juntos, tan fluidas, como si se conocieran de toda una vida.

Parecían la pareja perfecta, pero había un problema: Gorsedd era de clase media. Sin apellido, de esfuerzo. En cuanto supo Liandan que se estaban viendo, le prohibió estrictamente a Sineád volver a verlo. A pesar de esto, su hija usaba sus transformaciones para ver a Gorsedd, siendo la primera persona a la que le reveló su condición de cambiante. Eso más le gustó y prometió amarla por siempre. También fue la primera persona que la besó. Sineád se dijo «Así que esto es lo que se siente». Él era todo lo que había soñado, un hombre cariñoso, fuerte e inteligente. Se hacían bien mutuamente. Era como si los problemas no existieran. Sin embargo, no podían ignorar los conflictos toda la vida.

Liandan, harta de las reuniones entre esos dos que no tenían futuro alguno, empezó a prohibir las salidas de Sineád, llegando incluso a poner barrotes a sus ventanas. «Yo me voy a encargar de que ustedes dos se separen» dijo, y lo cumplió. Pues un buen día visitó la residencia de Gorsedd y le dijo «No he invertido todo lo que he invertido en mi hija para que termine casada con el hijo de un comerciante cualquiera» Le explicó que habían mujeres hechas para acompañar a hombres así, pero no su hija, una doncella refinada. Gorsedd se dejó convencer, entendiendo de que solamente lograría arruinar el furuto de Sineád si la desposaba, así que la dejó ir. Aunque en la última carta que le envió a su enamorada fue enfático en decir que la amaría por siempre, sin importar lo que pasara.

Herida en su corazón y en su orgullo, Sineád decidió no volver a verlo jamás, pues no soportaría verlo casado con otra mujer.

9. La migración:
Ya era suficiente. Sineád había cumplido su cuota en Irlanda y también en Inglaterra. Demasiada opresión para alguien de naturaleza salvaje. Ahora entendía por qué su padre nunca permanecía demasiado tiempo en casa; debía sentirla demasiado pequeña, y aún más con su guerra de posesividad con Liandan. Así fue que tomó una decisión radical que rompería el vínculo de dependencia con su madre. Habló con Wenlock y le expresó su malestar de permanecer en una región donde no la dejaban volar. Era la más destacada en la academia, pero no se mostraba convencida, pues sólo era la más ilustre en un pequeño grupo. Si iba más allá, estaba segura de que se daría cuenta de lo insignificante que era.

Wenlock vio alimentado su ego una vez cuando oyó los afanes de su hija. Si quería crecer, él invertiría en ella. La envió a Francia, un país menos estructurado que Inglaterra e Irlanda. Le advirtió que se cuidara de los cazadores y de los inquisidores, y de cualquier ojo que estuviera sobre ella. Si la vigilaban, que vies veinte veces hacia atrás antes en cada esquina. Bajo esos términos de cuidado la envió a Francia. Pero SIneád solamente envió su equipaje por barco. Ella viajó en su última forma que emergió de la independencia y libertad: una lechuza blanca.

10. Actualidad:
Escritora y filósofa. Decide qué tradiciones tomar y cuáles dejar. Ya siendo una mujer educada genera anticuerpos en la sociedad y tiene que cargar con eso. De vez en cuando le molesta, pero entonces recuerda que no le molesta la soledad. Ha aprendido a usar armas humanas y también ha batallado en el cielo con otros cambiantes para medir fuerzas. ¿Qué es lo que quiere? Ni ella misma lo sabe. Ha venido a descubrirlo.






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Re: Sineád Zinerva Liandan O'Neill

Mensaje por Nigel Quartermane el Dom Feb 22, 2015 12:32 am

FICHA APROBADA
bienvenido/a a victorian vampires
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