Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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An Uncomfortable Conversation | Privado

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An Uncomfortable Conversation | Privado

Mensaje por Damien Østergård el Jue Sep 10, 2015 11:31 pm

Sometimes mortals can be more horrible than monsters

Cuando se trataba de Predbjørn, su único hermano, Damien se sentía con el deber de intervenir. Había sido así durante los últimos diecisiete años. Se tomaba demasiado en serio el papel de protector. El muchacho tenía veintisiete años, hacía mucho que había dejado de ser un niño, pero Damien, al ser el mayor, sentía que cuidar de él y enderezar su camino, era su deber. Desde luego, no era una tarea sencilla. Lo tenía realmente complicado. Predbjørn poseía una personalidad bastante compleja, y si a eso le sumamos esa obsesión suya de inclinarse siempre por el mal camino, convertía la posibilidad de entenderse con él en algo doblemente difícil. Por eso, los días en que los hermanos se trataban como tal, ahora se veían tan lejanos. Eran tan diferentes entre sí que, en ocasiones, imaginar que por las venas de ambos corría la misma sangre, resultaba algo verdaderamente irreal, casi absurdo. Mientras que Damien, con todo y sus defectos y secretos, se esmeraba en cumplir ante la sociedad como un hombre civilizado, respetable y servicial, Predbjørn, un rebelde sin causa y sin remedio alguno, parecía haberse puesto como meta destruir el apellido de su familia. Quizá lo hiciera a propósito, para fastidiarlo, pero eso no lo exentaba de sus culpas. Era un infame. Ni más ni menos. Carecía de honra y parecía haber olvidado el concepto de lo que era la decencia.

Recientemente Predbjørn le había confesado, con todo el cinismo del mundo que una persona era capaz de albergar en su ser, que llevaba un tiempo dedicándose a la trata de esclavos afroamericanos. ¿Qué clase de ser humano hacía eso? Solo un monstruo. Pero era su hermano. Damien se negaba a creer que en el fondo sus acciones eran motivadas por la más pura y absoluta maldad, prefería pensar que era un muchacho aún demasiado inmaduro, pasando por una muy mala racha en su vida, pero que ya pasaría. Le esperanzaba la idea de que quizá sentaría cabeza, de una vez por todas, el día en que una de todas esas mujeres que pasaban por su cama, le robara el corazón, demasiado herido y oscuro, y se lo curara con amor. ¿Sería Bárbara Destutt de Tracy esa persona? No lo sabía, pero algo le decía que como su socio y amigo, era su deber advertirle sobre su hermano, sobretodo ahora que él se había mostrado interesado en ella. Conocía la complicada historia de la joven viuda y lo mucho que le había costado salir adelante –él mismo le había ayudado tanto en el proceso-, por eso temía por ella. Le dolía pensar así de él pero, conociendo a fondo las insolentes costumbres de su hermano, a lo más que podía aspirar de él era que deseaba seducir a Bárbara para luego burlarse de ella. Por eso decidió visitarla. No postergar por más tiempo –cuando ya fuera tarde- esa charla que sin duda sería incómoda, mas absolutamente necesaria.

Apartó la cortina de la ventanilla del carruaje que lo conducía a su destino. Se sentía ansioso y mortificado, incluso acalorado, aunque su aspecto era sereno y sosegado como siempre. ¿Qué iba a decirle a Bárbara? ¿Cuál era la forma más civilizada –si es que la había- para advertirle sobre la clase de ser humano que era su hermano? Ni siquiera tenía idea de cómo abordar el tema. Una parte de él se sentía mal por lo que estaba a punto de hacer, puesto que lo que haría sería desprestigiarlo. Pero, ¿cómo ayudarlo? Desde luego, su intención no era hacerlo ver como una persona despreciable, mas sus vergonzosas y crueles acciones no ayudaban demasiado.

Cuando al fin llegó y una de las empleadas le hizo pasar a la estancia, tomó asiento y fijo su vista en la chimenea encendida. Casi inmediatamente apareció Bárbara y él, como el caballero que era, se puso de pie para recibirla.

Bárbara, querida, lamento tanto llegar así, mas te aseguro que el propósito de mi visita es importante —solo entonces su voz y semblante reflejaron la preocupación que tanto le afligía. Bárbara debió pensar que se trataba de negocios, que quizá algo iba mal y ameritaba su urgente intervención, lo que probablemente también la preocupó. Sin embargo, Damien reveló el misterio cuando añadió—: Es Predbjørn.

Parecía un simple nombre, el de su hermano, pero significaba tanto. Era todo menos simple.


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Re: An Uncomfortable Conversation | Privado

Mensaje por Bárbara Destutt de Tracy el Lun Dic 28, 2015 10:27 pm

"¿Qué cosa más grande que tener a alguien con quien te atrevas a hablar como contigo mismo?"
Cicerón

El empleado debió tocar dos veces la puerta del despacho de Bárbara, que se encontraba demasiado inmiscuida en la documentación que analizaba. La taza de té había dejado de humear, la infusión se había helado, debido a que el tiempo pasaba demasiado rápido y no le permitía ni un minuto para poder descansar de sus tareas. Alzó la cabeza, entre sorprendida y fastidiada por la interrupción, pero dio la orden para que entrase. El mayordomo le anunció la llegada de su querido amigo Damien. Llamó poderosamente su atención la repentina visita, y le ordenó al sirviente que le informase que en unos minutos iría a su encuentro. Se tomó unos segundos para acomodar el papeleo y guardarlo en un cajón bajo llave, llave que escondió entre los pliegues de su vestido. La desconfianza, que se había hecho parte de su piel, no le permitía alejarse de algo tan preciado como ese pequeño manojo que contenía el acceso a lo que la sostenía en pie. Una de sus doncellas la esperaba afuera, y fue a la que le dio la orden de preparar té, café y que llevasen variedad de dulces. Caminó a paso rápido, asaltada de pronto por una justificada preocupación. Damien era un caballero prudente, si no había informado anticipadamente su visita, era porque tenía problemas serios.

Si la viuda hubiese sido la clase de persona que lanzaba carcajadas, seguramente habría gesticulado efusivamente ante el tema de tanta urgencia que su amigo debía tratar con ella. Luego de un instante de estupor, se sintió avergonzada, profundamente avergonzada. ¿Le preguntaría por los rumores que habían levantado los escasos y casuales encuentros con su hermano menor? ¿O éste había tenido el tupé de mofarse de ella ante la presencia de Damien? Su impávida expresión estuvo a punto de colorearse, si no hubiese sido por una empleada, que dejó en la mesa lo que Bárbara había pedido.

Puedes retirarte, Stelle. Yo serviré —ante la mirada de asombro, la muchacha tuvo el deseo de decirle que, por más inusual que pareciese, sabía servir el té. La mujer se retiró haciendo una reverencia. —Tomemos asiento —dijo, finalmente, cuando en la estancia quedaron solos. No sería bien visto que estuviesen sin una tercera persona en la habitación, pero la viuda había aprendido a convivir con los cientos de historias que se tejían en torno a su persona. La sociedad no aceptaba a una mujer solitaria que nadaba en un océano para hombres.

Damien… —murmuró con un largo suspiro. Estaba incómoda, completamente incómoda. Era la primera vez que tenía aquella sensación en presencia de su tan especial amigo. —Admito que no esperaba que el tema de conversación fuese tu hermano —comentó, al tiempo que tomaba la tetera entre sus manos y vertía la infusión en la taza de su socio; posteriormente, hizo lo mismo con la propia. Finalmente, le colocó dos terrones de azúcar a su té y el sonido de la cucharita golpeando las paredes de fina porcelana parecía amplificarse en el silencio, escasamente interrumpido por el crepitar del fuego que los templaba desde la chimenea. — ¿Ha ocurrido algo con él? —preguntó, finalmente. Quizá Predbjørn estuviese inmiscuido en un asunto complicado –lo cual no sería extraño- y, a causa de la confianza entre ambos, Damien se atrevería a pedirle ayuda. Un poco más tranquila ante ese pensamiento, sus hombros se relajaron, aunque no abandonó la habitual postura erguida que tanta elegancia le brindaba a su porte.

Quizá no era tan malo aquello de lo que debían hablar. Podría abrirse con Damien y contarle lo que la unía –y mortificaba- al menor de los Østergård. Los terribles negocios que su difunto esposo le había heredado y el rol de Predbjørn en éstos, la necesidad apremiante de tomar posición y lo devastador que podía llegar a ser para su fortuna si perdiese los ingresos que éstos le propiciaban. Siempre había encontrado en Damien una palabra sabia y, dada la consanguinidad con el principal de sus tenebrosos socios, podía aventajar un posible accionar de Østergård, si sabía hacerle las preguntas correctas al mejor de sus amigos. La integridad de Damien le impediría mentirle o modificar la verdad, lo cual le daba confianza para poder dialogar con una tensa paz. Sólo esperaba que Predbjørn no se le hubiese adelantado y no la hubiese expuesto ante su amigo como dueña de barcos negreros y burdeles dispersos por el mundo, desde las Antillas hasta Rusia.



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Re: An Uncomfortable Conversation | Privado

Mensaje por Damien Østergård el Miér Abr 27, 2016 1:19 am

Tomaron asiento y aunque no le apetecía demasiado, no tuvo el valor de rechazar el té que su gran amiga le ofrecía. Le dio un sorbo con la esperanza de que la bebida caliente lograra relajarlo y la taza de porcelana tembló un poco sobre el platito cuando ésta le rozó la boca. Damien miró a Bárbara y ella hizo lo mismo. Todo parecía indicar que la mujer había interpretado bien la expresión de su amigo, porque empezaba a notarse cierta preocupación en su semblante. Era preciso que no alargara más la espera y comenzara a hablar. No era posible que llegara sin anunciarse, la interrumpiera y además de todo la hiciera esperar con esa incertidumbre.  

Con mucho cuidado dejó la taza a un lado y se preparó, sin poder reprimir un suspiro. Sus manos se entrelazaron por encima de su regazo y notó que las tenía las palmas húmedas a causa de los nervios. Desvió la mirada porque no supo qué decir, cómo debía iniciar. Era extraño que le pasara eso. A él, médico de profesión, que dirigía uno de los hospitales más importantes de la ciudad y que además era un hombre de negocios que estaba acostumbrado a tratar con la gente. Era una ironía, pero resultaba lógico. Ser el portador de tan malas noticias no era nada sencillo. Una sensación de desazón lo inundaba y le oprimía el pecho. Terminó por ponerse de pie, pues lo que estaba a punto de decir era tan vergonzoso que sentía que no podía permanecer cerca de ella, mirándola directamente a los ojos.

Antes de comenzar, tengo una pregunta que hacerte —dijo finalmente, deteniéndose muy cerca de la chimenea. Un breve silencio siguió a sus palabras. No la miraba a ella, sino al fuego, imaginando si así serían las llamas del infierno en las que arderían tanto él como su hermano, por las cosas tan horribles que estaban haciendo en vida—. Esto es difícil, y sé que no es de mi incumbencia lo que hagas o dejes de hacer con tu vida, pero te agradecería una sincera respuesta. Necesito saber si Predbjørn y tú… —hizo una breve pausa, buscando las palabras adecuadas que no resultaran demasiado ultrajantes a su privacidad, pero ninguna parecía demasiado apropiada— están directamente relacionados —soltó finalmente, esperando ser lo suficientemente claro.

Con esa última frase, Damien buscaba averiguar si a esas alturas su hermano ya había logrado engatusarla, convirtiéndola en una más de sus mujeres. Hasta a él le resultaba ofensivo pensarlo, no sabía cómo se había atrevido a cuestionárselo. No obstante, aún sintiéndose abochornado, decidió que no podía continuar apartando el rostro y que tenía que darle la cara. Cuando volteó, ella lo miraba desde su asiento, con el té entre las manos, sin decir una palabra, probablemente consternada. Debía parecerle extraño que un hombre tan sensato como Damien de pronto se mostrara tan atrevido.

Discúlpame —se apresuró a decir antes de que ella pudiera pronunciar algo—, de verdad no es mi intención ofenderte, pero dadas las circunstancias, me parece una cuestión importante. Estoy aquí para advertirte, esperando que no sea demasiado tarde.



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Re: An Uncomfortable Conversation | Privado

Mensaje por Bárbara Destutt de Tracy el Lun Ene 16, 2017 10:36 pm

De todas las preguntas que esperaba por parte de Damien, él lanzó la menos pensada. A riesgo de ofenderla, se había atrevido a cuestionarle una situación completamente absurda, sin ninguna clase de fundamentos. Claro, no podía negarse la charla que había tenido con el menor de los Østergård, pero eso no implicaba que su único amigo se dejase llevar por rumores. Bárbara, sin embargo, se mantuvo impávida. Sólo lo miró fijo por unos segundos, con aquella frialdad que muchos temían y que tanto la caracterizaba. No había rencor, sólo estaba analizándolo, pero el escrutinio de la viuda podía volverse demasiado incómodo para aquellos que no la conocían. Damien no pertenecía a ese grupo, y debía saber que ella, simplemente, estaba buscando las palabras adecuadas para responderle. Bárbara siempre pensaba antes de hablar, era una dama de actos premeditados y en ella no había actos improvisados. Sólo con su amigo lograba relajarse, pero no completamente. Vivía en constante tensión, conteniendo todo lo que atravesaba su ser, reprimiendo impulsos y cubriéndose de ataques. Finalmente, mojó los labios en la infusión, dando por concluido el análisis.

Por un instante creí que estabas bromeando —dijo con una parsimonia difícil de interpretar. —Luego me di cuenta de que no, que estás verdaderamente preocupado por ésta situación, lo cual no me sorprende, pues conozco la relación que tienes con tu hermano —depositó el pocillo en la mesa. Todos sus movimientos eran elegantes, incluso ese tan cotidiano. —Pero permíteme que te tranquilice. Si quieres saber si estoy o no, sentimentalmente enredada con tu hermano, respira, no es así. No hay nada más alejado de la realidad —le había llevado, deliberadamente, un poco más de la cuenta negar la situación. Hubo cierta tortura al adornar sus palabras y extender la respuesta.

El cambio en su amigo fue notable. Damien era un hombre noble, con la mirada dulce, o al menos con ella se comportaba de esa forma. Lo consideraba un padre excepcional, uno como ella no había tenido ni tampoco tendría. El mayor de los Østergård, era un caballero atormentado, podía palparse su angustia, para nada disimulada. Era inteligente, perspicaz, pero carecía del aparente desapego que tenía Bárbara. Le hubiera gustado enseñarle eso, pero la doblaba en edad y ella no era, justamente, ejemplo de demasiadas cosas, menos para un ser que conservaba cierta pureza. Eso era lo que le agradaba de Damien. Se notaba su dolor, su tormento, pero tenía una especie de ausencia de maldad que lo volvía único e irrepetible. No era como todos, era sabio y siempre le generaba confort, incluso en una escena tan incómoda como la que los tenía por protagonistas en ese momento.

Sin embargo —continuó, impregnándole cierto dramatismo a su tono de voz— estamos ligados por otras cuestiones, mucho más profundas y engorrosas que un affaire —relajó los hombros y se acomodó un mechón de cabello que no le estorbaba. —Pero necesito que tomes asiento y, por sobre todo, es menester que nuestra charla no salga de éstas cuatro paredes. Confío en ti como nunca he confiado en nadie, Damien. Tu discreción sería fundamental, ya que es algo riesgoso tanto para mí, como para ti a partir del momento que sepas lo que quiero comentarte —él sabía que Bárbara no exageraría.



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