Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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The Secret Familiar

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The Secret Familiar

Mensaje por Cagnazzo el Jue Nov 12, 2015 9:52 pm


The Secret Familiar

I


Martes de Carnaval. Año 1774.


—¿Helié Seguier? —Preguntó con voz áspera el portero del priorato de los dominicos de Tolosa. Me observaba con mirada inquisitiva y recuerdo que tenía que inclinarse lo suficiente para poder observarme mejor.

—Sí, he venido a ver a mi tío —respondí con los labios resecos. Llevaba los cabellos rubios alborotados y he de suponer que mis mejillas estaban sonrojadas.

—Oh, vos sois el hijo de Bernard de Tolosa, el Cónsul —hizo una larga pausa—. Vuestro tío... Bien, seguidme. Él está un poco ocupado, pero no creo que os niegue que lo veáis.

Asentí levemente, aún tenía el corazón en la boca; había corrido hasta aquel priorato y me dirigí a la puertecita que llevaba al claustro de inmediato, sin prestar demasiada atención en las personas, pues tan sólo era un chiquillo. Mi tío era inquisidor general de Tolosa para ese entonces, pertenecía al grupo de los tecnólogos, pero luego, por órdenes del arzobispo, había sido ascendido a inquisidor general. Mi tío Pierre Seguier, era un buen hombre y alguien en el que confié desde siempre, era un devoto, de esos cuya sensatez era muestra de admiración para quienes le servían en aquel oficio. Al confiar en mi tío, podía ser capaz de contarle cualquier cosa y precisamente ese día me había dirigido a él para contarle algo de suma importancia.

Fui criado en una familia devota y altamente seguidora de la Iglesia de Roma, mientras mi padre se encargaba de mantener las relaciones políticas, mi tío se posicionaba en un puesto importante dentro de las filas inquisitoriales de Tolosa y mis primos mayores eran agentes inquisitoriales y otros más cumplían sus labores de lores de grandes extensiones de tierras. Eramos una familia influyente y bien acomodada, cosa que no ha cambiado. Pero quizás lo que más heredé de la figura de los dos hombres a quienes más admiraba (mi padre y mi tío), fue la audacia para tratar con los demás y obtener las palabras necesarias para usarlas a mi conveniencia.

Fui llevado a una pequeña habitación luego de haber atravesado el corredor en donde se hallaban las habitaciones. Aún recuerdo el olor dulzón del incienso mezclado con el aroma de libros viejos y la humedad propia de las altas paredes de piedras que rodeaban la estancia. Los frailes se paseaban con paso pausado vestidos con sus hábitos de blanco y negro, hasta pude ver que cuando giraban la cabeza, lo hacían de la misma manera; eso me causaba mucha curiosidad, especialmente para mi corta edad. El portero, de hombros anchos y caídos avanzaba a zancadas delante de mí y tuve que correr un poco para lograr alcanzarlo. En cuanto estuve en aquella habitación reducida y organizada, me dejó solo y con tono hosco me dijo que esperara. Obedecí y me senté en un pequeño banco, cruzando las manos sobre mis piernas. Me incomodaba un poco el silencio que se apoderaba de mis oídos y despertaba mis nervios.

Intenté distraerme contando los lomos de los libros viejos que se hallaban en una estantería de madera desgastada que tenía frente a mí; aquello logró entretenerme, pero unos murmullos afuera, me sacaron de mi distracción temporal de inmdiato. Pude reconocer esa voz, se trataba de mi tío, pero no estaba solo. La otra voz no la reconocía, es más, era la primera vez que la escuchaba. Giré mi cabeza para observar atento la puerta que daba paso a la estancia en donde me hallaba. A los pocos minutos, mi tío Pierre cruzó el umbral con semblante inexpresivo y vestido con una larga túnica negra.

—¡Helié! Hijo mío... Que sorpresa teneros aquí —dijo mientras se acercaba a mí y me daba un fuerte abrazo—. ¿Ha ocurrido algo? ¿Vuestro padre está bien y vuestra madre también?

Asentí y busqué su mirada.

—He venido por otra cosa, tengo que contaros algo importante.

Me miró mucho más serio que de costumbre y supo que le llevaba buenas noticias. Se enderezó y despachó a su acompañante; cuando estuvimos completamente solos, tomó una silla y se sentó a mi lado. Apoyando su diestra en mi hombro me interrogó acerca de lo que yo quería contarle. Primero miré mis dedos, luego desvié mi mirada hacia la estantería y tomando una bocanada de aire, decidí hablar.

—Hace un par de semanas tenemos nuevos vecinos, mi padre no les prestó demasiada atención. Sólo nos presentamos como lo haría cualquier familia común. Pero... —Me costaba seguir hablando con la voz temblorosa, así que hice una breve pausa—. Hice amistad con su hija, ella me caía bien hasta que empezó a contarme cosas de que esta tierra es el reino de Satanás y que la Iglesia de Roma sólo alimenta su egoísmo lucrándose de las limosnas de los feligreses.

Aún tengo grabada la mueca de horror e indignación de mi tío cuando le conté todo aquello que sabía. Se persignó y apoyando su mano en mi cabeza intentó calmar mis nervios. Era la primera vez que escuchaba semejante anécdota. Yo no sabía nada acerca de la herejía de ciertos grupos evangélicos, era demasiado joven para comprender muchas cosas, a pesar de que en mi interior iba creciendo lentamente una bestia. Pero no una cualquiera...

Desde ese momento, cuando mi tío me instruyó sobre temas que eran ocultos a cualquiera, empecé a seguir el camino que me fue trazado. En ese martes de Carnaval, Cagnazzo iba apoderándose de mis hazañas y yo iba uniéndome a mi demonio guardián. Defraudé a alguien que me había confiado su mejor secreto y hoy por hoy, no me arrepiento de haberlo hecho.





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Re: The Secret Familiar

Mensaje por Cagnazzo el Lun Ene 11, 2016 12:37 am


The Secret Familiar

II

Inicio de la Cuaresma. Año 1774.


Después de haberme reunido con mi tío Pierre y haberle contado cuanto sabía sobre mis vecinos, decidí no volver a tocar el tema en casa. Mis padres, al menos por lo que yo entendía, no tenían idea acerca de esa inusual reunión. La única, que supo de aquel encuentro, fue mi hermana menor, Erinnia. Ella tenía una habilidad innata para descubrir cosas y sencillamente, no pude ocultarle lo evidente, sólo le pedí que guardara silencio, cosa que prometió. Durante los días siguientes, sentía una extraña emoción invadiéndome, era un niño y no sabía el porqué albergaba aquel sentimiento en mi interior. Quizás se trataría de la mera victoria sobre el "bien y el mal"; mis padres siempre solían hablarme sobre ello y siendo yo tan joven, pues, era fácil creerme todas esas historias.

A veces solía irme al ático de mi casa, sólo para observar, desde las sombras, a mis vecinos. No comprendía del todo sobre la herejía evangélica que tanto indignaba a mi tío, pero debía admitir que me despertaba una insana curiosidad. Sin embargo, luego de haberle contado a Pierre sobre esas personas, me sentía incapaz de visitarlos. Podría decirse que el cargo de conciencia no me lo permitía. Pero más podía la curiosidad infantil que todas las advertencias hechas por los adultos. Así que, sin que nadie en casa lo notara, logré acercarme a la hija de aquellos que vivían en la casa aledaña a la mía. Decidí preguntarle muchas cosas y todas ellas, de seguro, harían que mi tío frunciera el ceño y me jalara por las orejas por haberme atrevido a intercambiar palabras con la hija de unos herejes.

Ella me agradaba y yo lo había traicionado. Aunque era un chiquillo, nunca me importó lo suficiente; yo admiraba por sobre todos a Pierre Seguier, mi tío y si él me decía que debía hacer justicia y cumplir la ley de Dios, yo le creería.

Mucha gente visitaba la casa de mis vecinos y de seguro todos ellos debían ser herejes. La segunda ocasión en la que vi a mi tío, le comenté sobre todas aquellas personas. Me preguntó sobre todo lo que había visto, cómo vestían y sus características físicas. Mientras le hablaba, asentía levemente, como si buscara de reproducir en su mente la viva imagen de las descripciones que le daba. Mi tío, por ser inquisidor, era un hombre capaz, observador y atento. Alguien al que no se le escapaba nada. Yo empezaba a volverme como él y en ese momento no sabía que tan bueno o que tan malo podía ser. Aún me mantenía en las ascuas de la ignorancia, porque la inocencia infantil, se había quebrado desde el momento en que decidí señalar acusadoramente a alguien para que fuera asesinado de la peor manera.

Yo fui la causa que desencadenó la miseria en la familia Moresi. Yo anuncié su traición y por ende, su muerte.





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Re: The Secret Familiar

Mensaje por Cagnazzo el Sáb Ago 20, 2016 9:29 pm


The Secret Familiar

III


Tercer día de Cuaresma. Año 1774.



¿Qué mejor para un niño que compartir en familia una alegre comida? Casi todos los miembros estaban reunidos en la casa de mis padres en Tolosa; platicaban alegres sobre sus triunfos humanos. Yo me paseaba por los rincones de la casa, nervioso, pues mi tío Pierre era el único que no estaba presente en la afanada reunión familiar. Pregunté a mi padre luego de bastante rato y sólo me respondió que el tío estaba cumpliendo con sus deberes en la Inquisición. Explicar la desagradable sensación que tuve en ese momento es complicado; las palabras no bastarían para describir mi angustia. Quizás era la conciencia humana que me reclamaba por algo que había hecho y que bien no podía olvidar. De seguro mi tío se estaba encargando de la detención de la familia Moresi, mis vecinos, quienes practicaban la susodicha herejía evangélica y a quienes delaté debido a la devoción que tenía hacia Pierre Seguier.

Guardé silencio, no tenía el valor de hablar con mis padres; igual no serviría de mucho si lo hacía. Simplemente me senté en un sillón y tomé un libro para intentar distraer mi mente, ignorando todo lo que ocurría a mi alrededor. No me interesaba aquel evento, en lo más mínimo. Mi mente no estaba realmente centrada en semejante tontería, pues prefería seguir rememorando, una y otra vez, las palabras que le dije a mi tío el día en que me dirigí al priorato. Hundí más mi cabeza en las hojas de aquel viejo ejemplar, como queriendo callar las memorias que parecían tener vida propia. Pero fue inútil. Y lo fue aún más cuando mi madre dejó escapar una exclamación.

Todos se dirigieron discretamente al jardín para observar con mayor atención lo que estaba ocurriendo en casa de los vecinos. Mi corazón se desesperó en mi pecho, intentando escaparse. ¡Fue mi culpa! De eso estaba completamente seguro. Sin poder aguantarlo más, me precipité hacia donde estaban los demás familiares y ahí pude ver la escena que más pesadillas me causó en aquellos años. Los Moresi, incluyendo a su pequeña hija, estaban siendo llevados, como animales, por un grupo de soldados de la inquisición; quien los lideraba era Pierre Seguier, mi tío, quien me profirió una enigmática sonrisa desde la distancia en la que estaba. Yo no podía creerlo, simplemente seguí con la mirada como se alejaban cada vez más de nosotros. Ni siquiera presté atención a las críticas nefastas de mi padre y de los otros; yo no cabía en mí de tanta impresión. ¿Había hecho bien o no? Estaba tan confundido. ¡Era tan sólo un chiquillo! Uno que estaba empezando a forjar un camino lleno de traiciones y viles mentiras, pues, aunque yo lo ignorara en ese entonces, el círculo del fraude iba haciéndose un espacio en mi interior. Y eso sólo lo iba a comprender más adelante. Pero en ese momento, lo único que me quedaba era la amarga sensación de un terrible cargo de conciencia.






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