Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

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Adham al-Kahtib, el renacido

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Adham al-Kahtib, el renacido

Mensaje por Adham al-Kahtib el Mar Dic 15, 2015 3:52 pm



Adham al-Kahtib
Estambul, Imperio Otomano
H umano; Clase alta
42 años
Pansexual
Psicología

Como todos nosotros, Adham es un cúmulo de emociones, sensaciones y sentimientos. Es complicado describirlo, ya que dependiendo del lugar, del tiempo y de la situación actuará de una forma u otra. No obstante, habrá que intentarlo.

Sus vivencias podrían haberle vuelto un hombre malvado, solitario y triste. Pero no fue así. La muerte de sus hermanas, de su mujer y la desaparición de su hermano le afectan día sí y día también. Mas siempre ha sido un hombre positivo. Vive por y para sus hijos, y cuando está junto a ellos se siente en paz, tranquilo consigo mismo y con lo que le rodea. Ve a su familia ya pasada a mejor vida en ellos, reflejada en sus rostros, en sus risas y juegos. Su esposa vive en el interior de los tres niños.

Por otro lado, a pesar de que suene contradictorio dedicándose a lo que se dedica, es un hombre justo y honrado. Sabe distinguir el bien del mal perfectamente, y siempre tirará por lo primero. Las meretrices que trabajan para él en el prostíbulo pueden decirlo, ya que jamás han sido tratadas mejor. En su mente tiene el siguiente pensamiento: nadie es obligado a nada. Los que acuden a su fumadero lo hacen voluntariamente, y las prostitutas que trabajaban en sus burdeles, más de lo mismo. Él gana dinero con ello, dinero que invierte en sus pequeños. ¿Acaso hay algo malo en ello?

No obstante, como todos, es egoísta. Una vez llegó a Francia, se casó con una muchacha de buena familia con más dinero del que pudiera contar. Esta fortuna le ayudó en su incipiente negocio. Se siente culpable por haberla condenado a un matrimonio de mentira, sabiendo que ella se casó enamorada -y sigue enamorada de él-. Lo único que le pide es que no alardee de sus conquistas, y no arrebatarle a los niños que la propia mujer ya considera también suyos al haberlos criado durante cinco años.

Es paciente y tranquilo. El miedo que sentía a todo lo que le rodeaba cuando era niño y adolescente, se ha ido convirtiendo con el tiempo en una seguridad en sí mismo. Seguridad que le ayuda a enfrentarse a las diferentes trampas que aparecen en su vida. Lo único malo que se podría decir de él, es esa venganza que todavía palpita en su interior. El deseo de causar el mismo daño que le causaron tiempo atrás. Hace lo imposible porque esto desaparezca, pero sabe en verdad que jamás lo logrará.

Orgulloso y ambicioso. A pesar de encontrarse escondido en París, no desea vivir como uno más y tener un empleo mediocre con el que no poder vivir sin complicaciones. Ha sido educado en opulencia, y cuando esta desaparece, se echa demasiado de menos.

Historia

Preámbulo

El silencio que acompañaba a la oscuridad era retado por unos gritos de pura agonía. Combatían, mientras la noche era casi palpable y atrapaba a todos los presentes entre sus brazos. Susurraba oculta en su invisibilidad, el futuro de lo que allí acontecería. Los aullidos de dolor resonaban en los oídos de Estambul, y la ciudad parecía desquebrajarse ante su impotencia.

La vida se adentraba entre aquellas tinieblas; entre sangre y lágrimas, la luz terminaba por apoderarse de aquellos negros ojos que veían por primera vez. Tinieblas, no del todo combatidas, cuando una Gea mortal se abandonaba ante éstas. La mirada primigenia anteponiéndose ante la extinta.

Decidieron llamarlo Adham, lo que en su cultura se conoce como negro, oscuridad.


Primeros años

El rencor es su primer recuerdo cuando echa la vista atrás. La osadía de venir al mundo jamás le fue perdonada por su padre, quien vio como su único y verdadero amor moría al darle su décimo hijo. La entrega completa le fue negada en cuanto su alma empezó a formarse, y el néctar que nos mantiene con vida al ser indefensos en este mundo hostil, también. Ese néctar que forma parte de la mujer que nos ha protegido desde la primera y primitiva forma. Las enfermedades asomaban debajo de la puerta, se podían apreciar cuando la oscuridad se cernía sobre la habitación del pequeño. Le fue negado cualquier tipo de ayuda, y ni siquiera las elegidas para su cuidado podían poseer ese néctar capaz de hacerle más fuerte y tenaz. Su padre, observaba. Un bebé, temeroso, que lloraba y gritaba al no sentir un corazón latir cerca de su cuerpo. Un bebé que no conocía la calidez de un abrazo, un bebé que era incapaz de deleitarse con los cánticos al anochecer. Así, hasta que el aniversario de la muerte y el nacimiento hizo acto de presencia. Ya es digno, fueron las palabras de su progenitor. Alá le ha otorgado una nueva oportunidad, y ha sobrevivido a la misma soledad en la que su padre se vio sometido, cuando él vino al mundo.

Adham fue criado entre algodones tras la prueba divina. Hermanas mayores y nanas de cuna, custodiaban su seguridad. Él fue creciendo creyendo que el universo solo consistía en aquel majestuoso palacio donde vivían. Nada les faltaba, y lo mejor era que su padre solía desaparecer durante largas temporadas. El miedo que le procesaba no conocía límites, y le veía como una especie de divinidad. Cuando comentaba esto entre sus hermanas, ellas simplemente reían. Todo esto cambió cuando cumplió los diez años de edad. Aquella felicidad desapareció, y de convivir con mujeres, fue enviado con sus hermanos.

Éstos, rudos y orgullosos, abusaban de la inocencia del joven Adham, sin plantearse que ellos mismos fueron su propio reflejo, tiempo atrás. Las mujeres llegadas a su edad, debían ser casadas e instruidas en ramas más ligadas a su competencia; los hombres, completar su extensa educación. El muchacho lloraba todas las noches mientras añoraba los abrazos de las jóvenes. Los varones se reían y burlaban. Todos, a excepción del primogénito, su hermano Farûq. Contaba con treinta años cuando Adham acababa de cumplir su primera década. Él se convirtió en su padre, cuando el real seguía renegando del benjamín.

A esa edad su pequeño universo -aquel palacio dorado, donde el sol se reflejaba sin cesar, donde la luna se proyectaba cada noche creando piedras preciosas en las fuentes que rodeaban la estancia-, se fue abriendo al conocer aquella ciudad que le vio nacer, Estambul. La diferencia entre lo que él creía único, y la realidad latente en las calles. Su mirada le era devuelta cuando se perdía entre los ojos del resto de niños, aquellos que no habían gozado de su suerte.


Juventud

Su futuro no podría ser otro. Con el tiempo, comprendió el verdadero motivo del porqué había nacido en aquel imperio, cuál era su misión. Debía defender su cultura, debía luchar contra Occidente y no dejar que éstos se apoderaran de todo aquello que él conocía -ya que la ignorancia es el peor enemigo contra el cual podamos combatir si ni siquiera somos conscientes de su presencia-. Y así fue como comenzó a instruirse en las armas con la ayuda de Farûq. Su padre seguía pareciéndole una figura omnipotente y omnisciente. Sus temporadas de abandono, cuando partía de aquel refugio que había creado para sus hijos, tenían un motivo justificado. Jenízaros. Ejército de élite que luchaba en ayuda del sultán, del Imperio y de todos los que habitaban en él.

A pesar del trato recibido, a pesar de los consejos que recibía de sus cándidas hermanas, Adham tenía una meta: convertirse en su padre. Deseaba, por encima de todo, que él se sintiera orgulloso de aquel muchacho débil que un buen día le arrebató lo que le animaba a continuar con vida en aquel infierno terrenal. Noche y día, Farûq le ofrecía su tiempo para así completar sus entrenamientos. Solos los hijos de los jenízaros podían convertirse también en uno de ellos. Y, a pesar de que jamás igualaría a su hermano mayor -ni siquiera en la actualidad-, él daba todo lo que su cuerpo podía resistir. El sudor se deslizaba por su púber piel, y las quemaduras abrasaban cada centímetro de ésta.

La juventud trae otros despertares, más ocultos, más extraños y de difícil explicación. Fue en aquel entonces cuando Adham conoció a la hija de unos nobles turcos de largos cabellos azabache y de piel tan oscura como sus ojos. Su nombre era Hayal, y el significado de éste no podía serle más perfecto, sueño. Desde que la vio aquella primera vez, pululando por los jardines de palacio, la muchacha aparecía como una ilusión cada vez que sus párpados decían tomarse un descanso -y tampoco se hubiera imaginado que la joven de sus sueños, acabaría por convertirse en su esposa-.

El temor hacia lo que creía infranqueable empezó a disiparse, y la desobediencia parecía haberse instalado en su razón -si es que todavía quedaban rastros de ésta-. Correteaba por las laberínticas calles de Estambul, hasta llegar al hogar de Hayal y espiarla sin que ella se diera cuenta. O quizá ella pretendía no darse cuenta.

Y, antes de que se diera cuenta, su formación acabó. Se había convertido en un hombre, y debía hacerse responsable de lo que esto conllevaba.


Tiempos revueltos

La inestabilidad del Imperio Otomano se asemejaba a la inestabilidad en su familia. Aún siendo un miembro apenas reconocido en el ejército, Adham escuchaba las discusiones entre su padre y Farûq. Las revueltas en el ejército, la desilusión al darse cuenta de que los jenízaros -aquellos a los que había admirado desde tierna edad-, no eran más que políticos amantes del poder, quiénes manipulaban a los sultanes de turno. Antiguos caballeros, guerreros admirados por el pueblo -por el propio Adham-, quiénes se habían convertido en la deshonra del Imperio. O eso es lo que Farûq le repetía continuamente. Por otro lado, su padre, se distanciaba de la familia a favor de lo que él creía importante. Guerras lejanas asomando en la puerta. Sultanes enfrentándose a imanes, desaparecidos y conspiraciones. Adham no se había convertido en soldado para todo aquello. Por suerte, entre tanto temor un buen momento apareció. Se casó con la mujer de sus sueños, Hayal. Y el primer hijo no tardó en llegar.

Abd-ul-Hamid I, y su sucesor y hermano, Mustafa III procuraron modernizar el estado musulmán, renovar el ejército y el poder que éste había adquirido a lo largo de los años. Sin demasiado éxito, ya que cada vez que procuraban un nuevo aire, los imanes y jenízaros se rebelaban contra el Gobierno.


Y así, las décadas sucedieron. Con el tiempo, el padre de Adham murió siendo honrado por su familia y compañeros. Tras esto, Faruq desapareció sin dejar rastro -como tantos otros-. Los días se sucedían, y con ello el miedo y la incertidumbre. Adham, por otro lado, comenzó a convertirse en la sombra de su hermano desaparecido. Jamás supo que sucedió con él. ¿Sus enfrentamiento con el resto de jenízaros tenía algo qué ver? ¿Éstos le habían hecho desaparecer, o por otro lado él decidió desaparecer del mapa antes de que lo peor fuera inevitable? Selim III llegó al poder. Y con él, el caos.

Abolió el feudo, creó un ejértico nuevo, los nizam-i-jedid. Impulsados para acabar con los jenízaros, quiénes todavía poseían más autoridad de la debida. Las revueltas no tardaron en aparecer, y Adham no tuvo más remedio que posicionarse en un bando. Sus pensamientos no fueron del todo racionales. No escuchó las palabras de Hayal, su esposa, quién le recordaba continuamente el final de su hermano -entonces ya contaban con tres hijos, y la mujer solo deseaba huir del imperio hacia Europa, olvidarse de lo que dejarían atrás y empezar de cero antes de lo inevitable-. No obstante, Adham no podía olvidar precisamente todo aquello. Sus sueños de niño, la admiración desaparecida por su padre cuando se dio cuenta de la realidad y, por supuesto, el recuerdo de su hermano. No podía huir sin más, como muchos otros. Él era un soldado, y debía luchar por la libertad del Imperio, por el cambio. Y si eso implicaba rebelarse contra todo aquello en lo que había creído alguna vez, lo haría. Sus hijos. Luchaba por ellos, para que pudieran crecer en una nueva Turquía, lejos de la corrupción y el sometimiento. No pudo estar más errado.

Al servicio de Selim III, abandonó el ejército jenízaro y se formó junto a los nizam-i-jedid. Aún, cuando cierra los ojos, es capaz de oír el llanto de su mujer cuando ella le suplicaba huir. Cuando ella, sosteniendo al benjamín entre sus brazos, le suplicaba por vivir en paz. Adham no la escuchó, y abandonó Turquía para combatir contra los últimos jenízaros. Los que se escondían por media Europa. Adham no tardó en convertirse en uno de los mayores enemigos de los rebeldes. Estaba en el punto de mira, y lo consideraban un traidor.

La noticia le llegó cuando se encontraba en Creta (Grecia). Algunos jenízaros habían entrado en su hogar, en Estambul. Habían asesinado a sus sirvientes, a dos de sus hermanas y a su mujer. Los hombres fueron degollados y colgados en las calles de la ciudad, para así avisar de lo que eran capaces si no recuperaban lo que siempre había sido suyo por derecho. Por otro lado, sus hermanas y su mujer sufrieron un tipo de muerte más atroz. Los gritos se podían oír viajando por el desierto. Los guardias que custodiaban el hogar del turco lograron salvar a un par de sirvientes, a una de las hermanas de Adham, y a sus tres hijos.

¿El resultado final? En su mente resonando las súplicas de su esposa. Y el arrepentimiento, la culpa. Sus intereses por encima de su propia familia. Con sumo cuidado y esfuerzo, haciéndose pasar por otros y pasando un sinfín de camalidades, la hermana de Adham y sus tres hijos huyeron de Turquía para encontrarse con él, allí en Grecia.

Actualidad

Desde hace cinco años no ha vuelto a pisar tierra otomana. Es consciente del odio que cierta parte del ejército profesa hacia su persona. La venganza aún resuena en su cabeza, y uno de sus mayores deseos es acabar con todos aquellos que terminaron con lo poco que le hacía feliz. Sin embargo, cuando sus oscuros ojos se posan sobre sus tres retoños y sobre su hermana, esos anhelos que solo le traerían más dolor, desaparecen.

Bajo la protección de Francia, vive en París. Propietario de un par de burdeles, y de un fumadero de opio. Se volvió a casar, con una francesa de buena familia quien le propocionó el dinero suficiente para empezar. Acallando así diferentes rumores, logrando entremezclarse más entre el pueblo galo. Sus tratos ilegales con otros países en el tráfico de opio despiertan ciertos problemas en la ciudad de la luz. Lo que no saben aquellos que le persiguen, es que sirve a Francia. Sus conocimientos acerca de nombres, ejército y poder otomano, enemigo de Europa. Y sus malas artes para hacer fortuna en París parecen no exstir ante altos cargos políticos y judiciales.

Una nueva vida. Procurando que sus hijos olviden lo que vivieron en el pasado, en una tierra a la que todavía añora, y a la que desearía volver. Y, por supuesto, un nuevo nombre.

Datos extra

- Su nombre falso es Farûq al-Nahda. En honor a su hermano, con un significado más que acertado para aquella situación -el que distingue la verdad de la falsead-. al-Nahda -renacimiento-.

- Está convencido de que su hermano todavía vive, y no ha dejado de buscarlo desde entonces.

- Habita en una mansión de estilo clásico a las afueras de París. Alejado de la gente y de sus propios negocios.

- Se siente culpable por el asesinato de su mujer y desde entonces no ha vuelto a ser él mismo. También es consciente de la condena que supone para su nueva esposa, francesa. La engañó para casarse con él, debido a la riqueza de ésta. Ella, con el tiempo, ha averiguado la verdad. Es la única persona ajena a su familia, allí en Francia, que conoce la realidad de Adham.

- A pesar de ser un traficante de opio, no es un fumador habitual. Ha visto como muchos hombres se pierden por culpa de esta droga, y él no será uno más.

- Si sigue vivo, es por sus hijos -de 14, 10 y 6 años-. Y por su hermana pequeña, quien hoy en día cuenta con 20 años.

- Su cuerpo está repleto de cicatrices, de aquellas batallas pasadas.

- Es un enamorado del movimiento romántico alemán, sturm und drag.





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Re: Adham al-Kahtib, el renacido

Mensaje por Lucern Ralph el Mar Dic 15, 2015 6:12 pm

FICHA APROBADA
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