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PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Et Monter Vers le Coeur Troublé → Privado

Mensaje por Caliban Ifans el Dom Ene 10, 2016 4:23 am


“But I was too young to know how to love her...”
― Antoine de Saint-Exupéry, The Little Prince


Tamborileaba los dedos sobre la mesa de madera, impaciente. En lugar de sentirse cada día como en casa, pues los Pemberton hacían todo para hacerlo sentir bienvenido; Caliban se sentía cada vez más ajeno, más un forastero, un intruso en la dinámica de aquel hogar. Por ello había decidido tomar un empleo, aun cuando Gemma le había dicho que no hacía falta. Pero aparte de no querer sentirse como un inútil, deseaba alejarse de esas cuatro paredes un rato al día, al menos. Y no es que los odiara, al contrario, incluso Ambrose le caía bien y eso lo hacía sentir peor. Solange era su mejor amiga. Y Gemma… Gemma era como una madre y ahí radicaba todo el problema, el joven no quería que ella lo viera como un hijo. Estaba mal, llanamente mal. ¿En qué momento se había torcido todo de aquella manera? Tragó saliva y observó el vaso de leche que se había servido. No podía dormir y ya eran muchas noches batallando con Morfeo.

Un perro ladró a la distancia. La noche parecía acrecentar cada sonido de las calles de aquella ciudad que aunque lo había acogido ya por algunos años, no dejaba de parecerle algo extraña. Echaba de menos los parajes verdes como verde no es ninguna otra cosa, de su natal Gales. Allá donde su clan, el clan del cuervo albino, reinaba en santa paz hasta que alguien decidió que no debía ser así y lo redujo todo a cenizas. Cerró los ojos, el recuerdo aciago se sintió como una daga que no sólo lo apuñaló, sino que también le rasgó el pecho y le sacó el corazón.

De aquel modo, aun doliéndose de la vieja herida que no dejaba de sentirse como recién hecha, fue tomado por sorpresa cuando la puerta se abrió. Dio un súbito suspiro y abrió grandes ese par de ojos cobalto que sólo hacían lucir su piel más pálida y su cabello más blanco, como las plumas del córvido del que tomaba nombre y protección el antiguo clan de su madre. Todo él parecía hecho de mármol, su apariencia peculiar sólo era equiparable con su aún más singular conjunto de habilidades.

Gemma —musitó apenas audible. Tan quedo que daba igual si decía algo o no. Aún se sentía extraño al llamarla por su nombre, pero se negaba tajantemente a decirle Señora Pemberton (aquello era signo de que pertenecía a Ambrose y era una formalidad que no le iba a ambos), y definitivamente «madre» quedaba descartado—. Lo siento, yo… yo no esperaba encontrarme a nadie, son las… es tarde —aquellas frases inconexas eran sólo producto del inesperado encuentro y de lo mucho que la mujer lograba imponerle.

¿No podías dormir o hice demasiado ruido al servirme leche? —Tomó el vaso que había dispuesto y le dio un trago. Un bigote del líquido blanco le quedó en el labio superior. Le sonrió de aquel modo, como cuando era niño y Gemma se encargaba de educarlo y cuidarlo junto a Sycorax, y ambas mujeres lo aseaban y alistaban para la jornada del día. Se apresuró después a limpiarse con el puño.

No puedo evitar pensar… —continuó, más relajado, de nuevo observando aquel trasto de cristal como si en él pudiera encontrar las respuestas a las muchas preguntas que tenía—, que ambos somos un par de extraños en una tierra que no es nuestra. Dime… ¿te has acostumbrado a vivir aquí? No sé si soy muy testarudo o qué sucede, pero creo que yo nunca lo haré, nunca me sentiré cómodo… en París —si alguien podía darle un consejo, y si él escuchaba a alguien, era sin duda Gemma. Lo dijo de aquel modo, melancólico y taciturno, porque así eran las cosas, sin embargo, la aclaración final vino a raíz de que no quería que ella creyera que era un malagradecido. París representaba la generalidad, mientras que la residencia Pemberton era la particularidad, que evitó por los pelos.


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Re: Et Monter Vers le Coeur Troublé → Privado

Mensaje por Gemma Pemberton el Lun Ene 18, 2016 4:15 pm

"¿A vos no te pasa que te despertás a veces con la exacta conciencia de que en ese momento empieza una increíble equivocación?"
Julio Cortázar

Las noches le sabían a poco, la compañía de Ambrose le era insuficiente. Se acurrucaba sobre su espalda luego del amor, y sentía un vacío que la acompañaba hacía ya varios años. Se sentía aprisionada en su rol de esposa, en una París que le parecía pequeña en comparación del mundo. Gemma necesitaba del constante movimiento, y allí, en la vida familiar, sabía que no lo conseguiría. No renegaba de haber elegido eso, al fin de cuentas, Solange era la luz de sus ojos, Ambrose se adaptaba perfectamente en su lugar de compañero, y la presencia de Caliban era el engranaje que le faltaba para reconciliarse con el recuerdo doloroso de Sycorax. Pero, a pesar de ellos, de que los clanes respondían a su autoridad, de que los negocios iban encaminados y de que la Inquisición no había puesto el ojo en su persona, no lograba desprenderse de la sensación de quietud. Gemma sentía que había perdido la libertad que tanto había sobrevalorado en su juventud, y sabía que, además, ya había dejado atrás sus años mozos. Si se miraba detenidamente en el espejo, podía descubrir una serie de arruguitas a los costados de los ojos, y alguna que otra hebra plateada que escondía con sus elaborados peinados. Sabía que seguía siendo hermosa, pero ya ni sus caderas ni sus pechos tenían la firmeza de hacía veinte años. ¿Cuánto tardaría en envejecer completamente?

Se levantó de la cama y cubrió el cuerpo desnudo de su esposo con la sábana. Tras la pasión, que ya no duraba tanto como antes, Ambrose, simplemente, se quedaba dormido. Gemma, en cambio, no lograba conciliar el sueño. Nada la satisfacía, a pesar de que su esposo aún continuaba siendo un amante diestro y generoso. Se ajustó la bata que cubría su propia desnudez y no se detuvo, si quiera, a acomodar su pelo enmarañado. Le gustaba cuando la lujuria se le quedaba impregnada en la piel, por más fugaz que se estuviese volviendo. Salió del cuarto, no sin echarle un vistazo a Ambrose; caminó por el largo y helado pasillo hasta la habitación de Solange, que dormía plácidamente. Se había perdido sus primeros años de vida y, desde su regreso, había adquirido la costumbre de besarle la frente en la madrugada. Salió también de allí, y se encaminó hacia la cocina. Amaba su casa, pero se había convertido en su prisión. Creía que, si aguzaba el oído, sentiría el ruido de las cadenas en sus pies, arrastrándose. Odiaba aquel sentir, porque tenía todo lo que una mujer deseaba y, sin embargo, a ella le parecía una miseria.

Caliban —también lo saludó con una leve sonrisa, y si bien no había esperado encontrarlo allí, ya lo había percibido. Se extrañó de que él no hubiera notado que ella se acercaba, pero debía estar absorto en sus pensamientos. Para su ahijado también debía ser difícil todo aquello. Se sentó frente a él, y se sirvió un vaso de leche para acompañarlo. —No te preocupes, cariño. Tampoco podía dormir —lo observó con su bigote blanco, y no pudo evitar una sonrisa, aún podía ver a ese niño que ella había criado y entrenado, y al que había tenido que dejar atrás, como a tantas otras cosas.

Creo que nunca me sentiré cómoda en el mundo —su rapto de sinceridad la sorprendió. En su voz se reflejaba la añoranza de tiempos pasados y de tiempos mejores, de un futuro lejos de allí, de un futuro caminante. Extrañaba viajar. —Creo que en eso somos muy parecidos —continuó, para no detenerse a pensar demasiado en lo que había dicho. —Extrañas tu tierra, ¿no? —estiró su mano para tomar la de Caliban, y lo miró como lo hubiera hecho con Solange. —Gales…Gales tiene un encanto especial, sus praderas, su gente, su clima. Allí están nuestras raíces, allí está el corazón de nuestra magia —lo soltó, asaltada por un escalofrío. Se acababa de dar cuenta de lo helada que estaba la casa. —Te prometo que algún día volveremos. ¿Ambrose y Solange te tratan bien? —ella sabía que sí, pero eran pocas las oportunidades que tenía para conversar a solas con su ahijado, y quería asegurarse de que, la idea de casarlo con su hija, fuese la correcta.



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Re: Et Monter Vers le Coeur Troublé → Privado

Mensaje por Caliban Ifans el Miér Feb 03, 2016 9:27 pm


“Perhaps it's only infatuation.
Perhaps not.
Either way, I'm feeling again
and I'm not sure if that's something I want.”


La mirada de ojos cerúleos no se apartó ni un segundo del perfecto rostro de Gemma. Cada gesto y cada movimiento fueron captados con una precisa ternura de quien es devoto a su dueño. No podía concebir la idea de que alguien tan hermoso fuera real. Sin embargo, pronto el chico se dio cuenta de lo que estaba haciendo… una vez más y concentró su atención en las gráciles manos que lo educaron antes y que añoraba ahora de manera muy distinta, como protagonistas, junto a sus labios, de sus descabelladas fantasías.

Siempre había agradecido el tono maternal con el que se dirigía a él, eso era, después de todo, tan madre como lo había sido Sycorax y lo que hubiera pasado después entre ellas no rompía lazo alguno de él con ninguna de las dos; pero conforme el tiempo había pasado desde que había llegado, cada vez más y con más frecuencia, las palabras dulces lo irritaban más de lo que lo confortaban. No decía nada pero joder, qué trabajo le costaba contenerse.

Alzó el rostro como un cuervo albino que repentinamente se encuentra perdido. Sintió el tacto de Gemma sobre su mano y ese simple acto lo dejó completamente aturdido. La miró como si de pronto le hubiera hablado en un idioma desconocido. Olvidado hace eones. Asintió apenas tan pronto pudo armar el rompecabezas de las palabras dentro de su turbada mente. Sólo pudo comenzar a pensar respuestas cuando ella lo soltó, sin embargo, de inmediato comenzó a extrañar su mano sobre la propia. ¿Cómo había podido acostumbrarse tan rápido a algo tan efímero? Creyó que estaba haciendo el tonto al quedarse callado y esbozó una sonrisa que, aunque contrariada, se notó sincera.

Quizá sí, somos más parecidos de lo que creemos. Al menos nos hacemos compañía en nuestra soledad —¿eso era lo mejor que tenía? Definitivamente no. Pero tampoco era capaz de algo superior. La idea de que lo incluyera en un mismo grupo junto a ella era suficiente para nublar su pensamiento. Carraspeó para recomponerse—. Oh, sí, ambos han sido muy amables conmigo y me han hecho la transición bastante llevadera —y esas palabras lo hicieron sentir aún peor. Solange podía ser la mujer de su vida, Ambrose era el marido de la mujer que con brazos abiertos lo había recibido  y ahí estaba él, deseando a la matriarca Pemberton por sobre todas las malditas cosas.

Yo… yo he escuchado, no es que ande de entrometido en conversaciones ajenas —se apresuró a aclarar—, te he escuchado con el señor Pemberton, sobre mi posible futuro aquí, sobre Solange… —era incapaz de poner en palabras sus preocupaciones. ¿Y si había escuchado mal? No, estuvo seguro que no fue así y aceptó el hecho con temor. Sin embargo, en sus palabras tambaleantes se entendía su pregunta, su inquietud. Desvió los ojos hacia la puerta, hacia el silencio que habitaba detrás mientras todos dormían. Era un lugar con mucha energía, debido a los poderes de todos, pero jamás se iba a comparar con Gwynedd.

Extraño Gales pero sé que está mal, lo tengo todo aquí. A pesar de que somos parecidos, al parecer lidiamos con el encierro de manera diferente. Tú pareces siempre tan estoica ¿y yo? Yo soy un desastre —de nuevo regresó la vista a ella y la miró con un dejo de congoja en su mirada. Retomó aquel fragmento de la conversación una vez que pudo hacer acopio de su valor—. Siempre he admirado tanto eso de ti —su voz sonó vehemente. Una declaración de ese amor erróneo que le profesaba, velada por el tremendo respeto que era inevitable e invariable. Tragó saliva—. A veces me dan ganas de decirte que lo dejemos todo aquí y nos vayamos juntos… —Atrevido. Imprudente. Sus frases y sus ideas ya no fueron tan vagas, lo que Caliban estaba diciendo en ese instante era bastante manifiesto como para dejar lugar a dudas. Tensó la mandíbula del rostro de alargados rasgos, blanco que sólo se hacía más blanco causa de ese color de cabello tan peculiar que tenía. Esperó por una reacción, sabiendo que podía venir lo peor, pero esperanzado con lo mejor.

No debía permitirse tales debilidades. No en una situación tan desventajosa como la suya. Él mismo lo había dicho, lo tenía todo en ese lugar y por sus ansias y pasiones, traicionaba la confianza conferida.


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Re: Et Monter Vers le Coeur Troublé → Privado

Mensaje por Gemma Pemberton el Dom Abr 24, 2016 8:44 pm

Caliban era como el hijo varón que no había tenido; de hecho, hasta había pasado más tiempo con él que con su propia hija, su pobre Solange. Lo quería como si hubiera salido de sus entrañas, además de sentir una profunda responsabilidad con él, no sólo porque era su ahijado, sino porque era el hijo de la mujer que más había amado, y eso, para una fémina desapegada como Gemma, era mucho decir. La bruja transitaba su vida sentimental y familiar con cierto pesar, siempre creyendo que eso la encadenaba. Haber alcanzado la madurez sólo había servido para que aprendiese a domar su espíritu insaciable, pero para nada aplacarlo. Se sentía como un caballo encerrado en un corral en medio de un incendio, dando patadas a las maderas que no cedían y relinchando con temor. Pero sabía que tenía que hacer sacrificios por todo el daño que había provocado, y si bien no lo vivía con culpa, era una creyente fiel de que todo lo que hiciera y todo lo que le hiciera a los demás, repercutiría en su propia existencia, y prefería estar reconciliada con el pasado y con el presente.

Se alegró de que, tanto su marido como su hija, hubiesen acogido con tanto cariño a Caliban. Ambrose era el hombre más gentil que ella hubiera conocido; él estaba al tanto de que lo había dejado, con una niña pequeña, por la madre del hechicero, y no guardaba ningún rencor hacia él. Todo lo contrario, siempre pensaba en el futuro incluyendo al joven Ifans. Estaba orgullosa del marido que había elegido. Y con Solange, bueno…ella era producto de la educación maravillosa que Pemberton le había dado, era una muchacha dulce y hermosa, pero Gemma conocía la pasión que su corazón albergaba por Caliban, y rogaba que todo lo que ella había planeado, no se fuese por la borda.

Es verdad lo que has escuchado —no iría con vueltas. —Y discúlpame por pasar sobre ti, sé que es una decisión que también te concierne, pero también sé que eres consciente de la posición que ocupas, y de la importancia que tiene para nuestras familias una unión como la de ustedes —se cruzó de piernas, en un gesto extremadamente femenino. Gemma era provocativa por naturaleza, así no quisiese hacerlo. Se apoyó en el respaldar, se acomodó suavemente el cabello, y le dio otro sorbo a la leche. —Solange es hermosa y también muy poderosa, la descendencia que dejen marcará un legado —se negaba a bucear en el futuro de la joven pareja, lo juzgaba una falta de respeto a la intimidad de ambos.

No eres un desastre —su mirada se llenó de dulzura, y le sonrió como al hijo que consideraba que era. —Eres un muchacho increíble, cariño, estoy profundamente orgullosa de ti. Tu madre también lo estaba —nuevamente, extendió su mano para alcanzar la del brujo. —Repito mi promesa, nos iremos juntos a Gales algún día. Tienes mi palabra. —Gemma era una mujer inteligente, y se percató del efecto que estaba produciendo en Caliban. ¿La edad le afectaba la percepción? Por un instante, divisó en los ojos de Ifans, aquel fuego que sólo desprende el deseo, y se sintió incómoda. No se lo hizo notar, porque podía ser todo una obra de su imaginación. El paso de los años estaba comenzando a afectarle, y era posible que estuviera viendo fantasmas donde no los había.

Volviendo al tema de tu enlace con Solange, ¿tienes alguna objeción? Tampoco quiero que te sientas presionado. Sí me gustaría que entiendas que nuestras posiciones exigen ciertas obligaciones, pero no por eso debes creer que te casarás con ella en contra de tu voluntad —una vez más, lo soltó. ¿Podía ser verdad eso que le transmitía la energía de Caliban? Si era así, era un verdadero escollo, y debía acabar con sus posibles ilusiones. Se sentía culpable, especialmente porque le gustaba que la vieran hermosa, al mismo tiempo que pensaba en su adorada niña, que profesaba por el hechicero unos sentimientos enternecedores. —Tú sabes el lugar que ocuparás, ¿verdad? Sabes que nuestras familias son matriarcales, que Solange está siendo educada para ser mi heredera, y que tú tendrás un sitio de cierta sumisión, sin llegar a ser como Ambrose, claro. Sería un desperdicio que tú, con la sangre que corre por tus venas y con el potencial que tienes, seas relegado. Pero me gusta que las cosas queden claras. Eres como un hijo para mí —y la seriedad con que pronunció la frase implicaba mucho más que el afecto— y lo último que quiero es que vivas en un lugar de completa pasividad.



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Re: Et Monter Vers le Coeur Troublé → Privado

Mensaje por Caliban Ifans el Dom Mayo 22, 2016 4:16 am


“Some people are born with tornadoes in their lives, but constellations in their eyes. Other people are born with stars at their feet, but their souls are lost at sea.”
— Nikita Gill, Perspectives


Se removió incómodo al confirmar sus sospechas de propia voz de Gemma. La mujer por la que tanta devoción sentía, ahora lo condenaba. Pero es que, muy dentro, sabía que era lo normal, que quien se estaba tratando de saltar las reglas era él por un capricho imposible. Cuántas veces no se había quedado dormido mientras imaginaba cómo sería su vida al lado de la mujer frente a él, como un hombre, no como un hijo. Y ahora, con la facilidad de quien tumba un castillo de naipes, la ilusión se vino abajo. Fue un golpe duro que tuvo que callarse. No dijo nada, porque en ese instante, creyó, todo lo que brotara de su boca le sabría amargo y sonaría a veneno. Y no quería, no frente a ella.

Fue evidente, eso sí, su cambio de semblante; se tornó más serio, torció la boca de manera imperceptible para el ojo poco entrenado, sin embargo, Gemma lo conocía, seguro vería el gesto. Por un momento desvió la mirada de ese rostro perfecto a esas largas e incitadoras piernas que se movieron con gracia. Fue rápido, un movimiento casi como instinto, como reflejo.

Sin poder hablar, porque se había autoimpuesto ese castigo en ese instante, estiró la mano para que Gemma pudiera alcanzarlo más fácil. ¿Las cosas no podían ser así? ¿Por qué no se iban a Gales en ese instante y se olvidaban de todo?

Supo entonces que había guardado silencio por demasiado tiempo y se levantó el castigo. Clavó los ojos en los ajenos. ¡Qué hermosos eran! Perfectos como perfecta era ella. Sabía que tal cosa era imposible, y aún así, no podía pensar en esa mujer de otro modo. No podía encontrarle defecto alguno, aunque lo intentara, porque lo hizo cuando comenzó a darse cuenta de lo que sentía, y no lo consiguió.

No, yo… —comenzó con torpeza y acomodó sus pensamientos para poder continuar—. Sé perfectamente como es. Me educaron para eso, tú y mi madre. Sé qué puesto debo tomar, y no me molesta —en absoluto, jamás le había gustado el protagonismo y carecía de las cualidades de líder que Sycorax tenía. Ser relegado a segundo plano le sentaba bien, le daba la libertad que siempre buscaba, no podía quejarse. Sus inquietudes iban por otro lado.

Gemma, yo… —las palabras le estaban quemando, debía decir algo o iba a morir. Se sentía a morir. Y la agonía se prolongó como un tormento inmerecido. Su pecado, creyó, no era tan grande como para soportar aquello. «No quiero que veas como un hijo, quiero que me veas como un hombre», eso era lo que quería decirle, pero no podía. No podía.

Entiendo perfectamente. La idea de casarme con Solange no me es terrible. Formar parte de tu familia es un honor —hizo amago de sonreír, pero no lo hizo. Se puso de pie, lívido como si estuviera enfermo. Sintió un hueco en el estómago y se acercó a Gemma, movido por fuerzas que no podía controlar, que iban mucho más allá de los espíritus que dominaba o con los que hablaba.

En sus ojos se notaba el arrepentimiento desde ya. Creyó que era una grosería hablar de Solange y su posible futuro matrimonio con ella el momento antes a lo que estaba a punto de hacer. Pero ya no era él quien obraba; era el sentimiento puro de lo que le profesaba a Gemma. Se inclinó hacia ella con descaro que bajo otras circunstancias, jamás se le vería. Y tomándola con la guardia baja, juntó sus labios, los de un casi niño, su niño, con los de ella, los de su madre putativa.


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Re: Et Monter Vers le Coeur Troublé → Privado

Mensaje por Gemma Pemberton el Miér Jul 13, 2016 5:16 pm

Gemma no habría sido capaz de someter a Caliban a un matrimonio en el que no se sintiese a gusto. Estaba segura de que habría roto el compromiso si el muchacho se negaba, aunque eso significase romperle el corazón a Solange. Ella, que había ponderado la libertad por sobre todas las cosas, no obligaría a su hijo del alma a entregarle su vida en contra de su voluntad. Gemma había vivido con sus alas extendidas, y si bien en su presente las mantenía retraídas, no faltaría la oportunidad de desplegarlas nuevamente y volar. Así era su naturaleza, tan indómita. Y así habría deseado que fuera Caliban, mas lo veía como a un niño que necesitaba de su protección, y no le gustaba aquella sensación. Le costaba mirar al hombre, cuando aún sentía deseos de mantenerlo en su nido y cuidarlo de todo mal; contrario a lo que le generaba su hija, a la que tenía deseos de lanzarla al mundo para que se hiciera mujer. No quería una niña de su hogar, quería una dama fuerte, capaz de enfrentar a todos a su paso. No dudaba de la crianza que le había dado Ambrose, aunque aún la consideraba demasiado infantil.

Agradeció la forma en la que Caliban aceptó su destino. Sí, tal como lo había dicho, ella y Sycorax lo habían criado para eso, y debía tomar su lugar, ya estaba en la edad suficiente para hacerlo. En manos de Gemma se encontraba la posibilidad de que la profecía se cumpliese, ¿cuándo sería el momento adecuado para hablar con el hechicero? Estaba segura que lo primero era contactar al padre del muchacho, era el que debía estar de acuerdo con la exposición de la verdad. En sus visiones, todavía, no aparecía la hermana de Caliban, por lo que había decidido esperar hasta que ella se hiciese presente en el futuro. Últimamente sus predicciones se habían vuelto demasiado confusas y pasaba días intentando descifrarlas, buscándole el significado real a las piezas sueltas que iban apareciendo en sus sueños o que la asaltaban en ciertos momentos. Sólo en la juventud sus poderes la habían dominado, había aprendido a manejarlos, pero desde la llegada de su ahijado, parecían haberse descontrolado. Él ejercía gran influencia, como la Luna con la marea. Ella se lo atribuía al vínculo que los unía; Gemma había visto su futuro y eso era algo que no se podría quebrantar.

Estuvo a punto de continuar su conversación y agradecerle la madurez, cuando Caliban se acercó y la besó, con la timidez y la castidad de quien sabe que está cometiendo un error pero no se puede detener. La bruja se sorprendió por un instante, abrió sus ojos hasta el ardor, pero se sintió incapaz de rechazarlo; simplemente, no podía dañarlo de aquella manera. Bajó sus párpados, alzó su mano, la cual posó en la mejilla del muchacho, y le respondió a su beso con la misma suavidad con la que él se había atrevido a tomarla. Algo despertó en Gemma, algo primitivo, eran aquellos deseos contenidos de gozar nuevamente de libertad. Se separó escasos centímetros y le sonrió de la misma forma maternal que siempre lo hacía.

Caliban, Caliban… —susurró, antes de ponerse de pie, erigiéndose en su metro sesenta y nueve. Quería creer que era un acto de su apasionada juventud. — ¿Por qué has hecho esto? —le acarició el pelo, suavemente. —Eres muy joven, yo soy una mujer mayor, y somos casi de la misma familia —Gemma estaba segura de nunca haber hecho algo que lo provocase, aunque comenzaba a creer que si, y eso la atormentaba. —Puedo sentir el peso de tu mirada, hace tiempo que lo noto, y quiero creer que no debo preocuparme. Quizá sólo te sientes atraído porque significo algo prohibido, pero debes deshacerte de eso, no te hará feliz. ¿Alguna vez has llegado a intimar con alguna mujer? —la hechicera lanzaba aquella pregunta con total desparpajo, nunca había considerado al sexo como un tabú.



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Re: Et Monter Vers le Coeur Troublé → Privado

Mensaje por Caliban Ifans el Sáb Jul 23, 2016 8:33 pm


"But with you I am deeply passionately, unrequitedly in love."
— Virginia Woolf


Destinado a la grandeza, reducido a la nada. La misma mujer que lo consagró, lo condenaba y ni siquiera lo sabía. Caliban lo había permitido, se había inmolado frente a Gemma, a manos de ella, por propia voluntad. Consúmeme, le decía, en llamas como al clan al que ambos habían pertenecido, como si echara por la borda todo, la desgracia y la pérdida, la muerte y el orgullo, como si negara todo, como si nada importara. O en ella, desvanecerse en ella. Dentro de ella como tinta en un vaso de agua. Turbio, porque todo lo que sentía en ese instante, y todos los instantes cuando la tenía de frente eran así, ilícitos y erróneos.

Y a pesar de ello, sintió un alivio que no creyó que necesitaba. Poder, al fin, hacer algo al respecto. Temió, también. Pero la reacción que obtuvo… no podía esperar otra cosa. ¡Por algo la amaba como lo hacía! Porque era así, perfecta y calmada. Lo sosegaba como el oleaje del mar al marinero o las estrellas al astrónomo. Le traía calma a pesar de que todo era en él un caos. Atribulado todos los días, ella era un remanso de paz. Cerró los ojos cuando sintió la mano ajena.

Fue a contestar. A decirle que desde que tiene memoria la había querido. Que incluso cuando era un niño y no sabía lo que eso significaba. Que inclusive había sentido celos de Sycorax, con quien compartía el lecho, su propia madre. No le importó lo mal que todo fuera a sonar; necesitaba decirlo como necesitaba aire para respirar. Sin embargo, no contaba con la siguiente pregunta que Gemma le hizo.

Giró el rostro avergonzado. El sonrojo en su pálida piel fue demasiado evidente y éste hizo resaltar sus ojos azules, que en ese momento eran como una bala perdida; no sabían a dónde dirigirse. Tragó grueso y se mordió un labio. Simplemente negó con la cabeza.

No me atraes porque eres prohibida. Jamás te reduciría a una fantasía —se apresuró a alcanzar las manos de Gemma. Ambas y las sostuvo con las suyas con aprehensión y fuerza. Las llevó contra su pecho. El sonrojo aún adornaba sus mejillas y de aquel modo quedaba de manera más evidente, que se trataba tan sólo de un niño—. Eres mi realidad. Eres perfecta y cada día me repito que no debo verlo de ese modo, ¿pero cómo un hombre puede detener el cauce de un río? Así eres, inevitable, no puedo anteponerme ante lo que es y mo dejará de ser —soltó en un hilo de voz. Incluso, al terminar, la respiración se notó agitada.

Nunca he estado con nadie —liberó las manos ajenas—. Allá en Gales no podía, y aquí… ¿con quién? ¿Con quién si con la única que quiero estar es contigo? —Ya no le importaba nada. Tenía que sacarlo porque esa era una herida que hace mucho debió dejar sangrar, por su propio bien. Le estaba haciendo daño, lo estaba corrompiendo con una fruta podrida y finalmente la estaba mostrando, quizá para que Gemma misma la curara. Aunque sabía que eso no iba a suceder.

Se aferraba a la idea con la misma fuerza con la que un ave se aferraba a volar. Con la que el cuervo blanco que representaba a su clan lo hacía a sobrevivir.

No sabes lo que es vivir con esto enterrado como una daga que es imposible de sacarse —no pudo mirarla, se giró y agachó la cabeza, quizá para ocultar lo patético que se veía en ese instante, a punto de llorar. Quería que lo viera como un hombre, pero no podía dejar de ser un chiquillo—. No has sido tú, todo esto es mi culpa, lo juro. Y cada día y cada noche intento que no sea así, en verdad lo intento… lo intento… lo intento… —comenzó a repetir con desesperación al mismo tiempo que se golpeaba la cabeza con la base de su mano diestra cerrada en un puño.

Se flagelaba, porque ya no sabía qué más hacer. Se castigaba frente a ella, porque aunque todo lo que había dicho era verdad, la culpa tampoco era buena, le inundaba con negrura a cada segundo de su existencia.


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Re: Et Monter Vers le Coeur Troublé → Privado

Mensaje por Gemma Pemberton el Lun Oct 17, 2016 10:32 pm

Su querido Caliban… ¿Cómo haría para manejar aquel deseo que se había despertado en él? A Gemma la sorprendió la pasión con la que hablaba, con la que le apretaba las manos hasta provocarle dolor. Jamás imaginó que, detrás de aquel rostro siempre apacible, de su carácter amable y casi abnegado, se ocultaba aquel hombre repleto de pasión. Le costaba asociar la imagen que ella tenía de ese niño que ella había criado como propio, a la de ese muchacho que le declaraba sus sentimientos con desesperación, casi rogándole. Reconoció la furia de Sycorax, y la anheló. Solía extrañar el roce de su piel, su aroma tan peculiar, el modo en el que tomaban mutuamente cuando sus caderas le daban rienda suelta a aquella pasión que parecía consumirlas. Añoraba sus pechos, sus piernas, sus labios. Por ella lo había dejado todo, incluso a su hija pequeña. Pero Sycorax jamás había sido suficiente para saciar su necesidad de estar en constante movimiento, a pesar de que había estado a punto de domarla. Gemma era la clase de mujer a la que nadie le rompía el corazón, pero que destrozaba todo a su paso.

—Mi… —estuvo a punto de decirle niño, pero se contuvo. No quería herirlo, y expresarse de aquella manera, sería un cachetazo a su orgullo— querido Caliban… —lo tomó de la mano con la que se golpeaba. —Deja de hacer eso, te harás daño —lo obligó a dejarla quieta a un costado, y le acarició la frente enrojecida. —No te mortifiques tanto, por favor —la hechicera tenía el rostro compungido de ser la causante del estado de su ahijado. Era lógico y hasta normal lo que había ocurrido; nadie que se acercara a Gemma, salía indemne. Ella quemaba y provocaba ardor, dolor, a pesar de no buscarlo. Era magnética e imponente, pero regida por el escorpión; peligrosa, venenosa, y nunca sabía cuándo clavaría su aguijón.

Debía reconocer que hacía demasiado tiempo que alguien no la miraba con aquel deseo. Ambrose la amaba, pero ella le había hecho mucho daño, y eso había acabado con las demostraciones públicas de afecto. El matrimonio de ambos, si bien era cordial, sólo tenía sus estallidos en la alcoba, lugar en el que mejor se llevaban. Gemma siempre había querido tener a Sycorax y a su marido juntos, para amarlos al unísono, pero ninguno de los dos se hubiera prestado para cumplir su fantasía. Eran competitivos entre ellos.

Debes experimentar con alguna mujer antes de hacerle el amor a mi hija, Caliban —quería desviar la atención, era necesaria. —Quiero que sea un momento ameno para ella, y si no tienes experiencia, le harás daño —Gemma sabía que debía contener su desbordante erotismo, pero le era imposible, especialmente, cuando la hacían sentir tan halagada. No podía frustrar a su ahijado, pero tampoco debía aceptarlo. Se maldijo; maldijo su espíritu, ese que la instaba a obrar con egoísmo y sin sabiduría.

Sin pensarlo demasiado, soltó el lazo que mantenía la bata alrededor de su cuerpo desnudo. Su cuello, sus pechos, su vientre aún plano, su pubis cubierto por una pelusilla y sus piernas, quedaron expuestas a los ojos del muchacho. Intentaba convencerse de que estaba haciendo un bien, de que no actuaba para su propia satisfacción, pero sabía que aquella sarta de palabras que se repetía, eran sólo una cascada de patrañas.

Debes aprender a tocarla —con sus propias manos, se tomó los pechos y los acarició con suavidad extrema. Inmediatamente, sus pezones respondieron irguiéndose. —Ella debe ser tu prioridad, cariño. Debes adorarla, de la misma forma en la que estás adorándome con tu mirada —la naturalidad con la que hablaba la asustaba. Caliban, su insensatez, su amor desmedido, era lo que tanto estaba necesitando para dejar de sentirse encerrada. Gemma y el deber nunca habían ido de la mano. —Deja de reprimirte, por favor. No soporto ver tu expresión doliente —sonrió con ternura, casi como una madre, obviando el detalle de que estaba frente al muchacho, mostrándole su cuerpo, su intimidad, con una liviandad rayana a la herejía.

¿Quieres tocarme, Caliban? Puedes hacerlo. Sé que quieres hacerlo, no tengas miedo. El temor no va a llevarte a ninguna parte —la hechicera abandonó sus pechos y dejó que la bata cayera a sus pies. ¿Qué demonios estaba haciendo? El mayor pecado no radicaba en el acto en sí, sino en la inexistencia de culpa que había en su corazón.



"Si usted quiere saber lo que una mujer dice realmente, mírela, no la escuche."

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Re: Et Monter Vers le Coeur Troublé → Privado

Mensaje por Caliban Ifans el Dom Nov 06, 2016 8:03 pm


“She was the kind of woman who only gave herself away in small doses. Leaving men wondering like little children at all that she was. She tortured them with the sound of her fading footsteps, each one an exclamation mark to a sentence the world tragically instilled in her long ago; "Find something beautiful; then let it go."
— Christopher Poindexter


Se sentía perdido, y a cada lado que miraba, la única que respuesta que encontraba era ella. Siempre había sido de ese modo, sólo que ahora ya no podía negarlo más. Su tacto lo reconfortaba, lo hería, lo incitaba a lo prohibido, todo al mismo tiempo. La miró fugazmente cuando lo detuvo y luego dirigió la vista al suelo. Era un tonto, aunque físicamente ya no lo hiciera, no podía dejar de autoflagelarse. Su mente no dejaba de preguntarse qué iba a pasar luego, esa noche y los días venideros, ¿cómo iban a volver a verse a la cara? Oh, pero el pobre no sabía que esa incansable subida aún no había llegado a la cúspide máxima. Giró el rostro al escuchar las palabras de Gemma, entreabrió los labios, para decir algo, pero no pudo.

La imagen de ella era demasiado poderosa. La observó absolutamente extraviado en ella. Sus palabras hicieron eco en su cabeza, dejaron todo hecho un desastre en su interior. Ya no sabía si era por sus sentimientos y su deseo, o era que así ella lo estaba diciendo, pero todo le sonó a una invitación. Cuando ella, su segunda madre, dejó sin pudor su cuerpo al descubierto ante él, dio un súbito suspiro. ¿Cuántas veces había fantaseado con esto? Y sin embargo, se daba cuenta, una vez más su imaginación no hacía justicia a la realidad. La figura de Gemma era perfecta, no podía pedir nada más. Quería encontrarle en ese instante un defecto para contenerse, pero no pudo, no pudo y su entrepierna comenzó a incomodarle en el pantalón del pijama. Jaló la tela como reflejo.

No podía dejar de verla. La escuchaba, claro, pero toda su atención se concentraba en su cuerpo. En sus manos jugando con sus pechos que deseaba fueran suyas. ¿Estaba soñando? ¡Esto debía ser un sueño! Porque como este había tenido muchos, dormido y despierto, mismos que provocaban que sus baños tardaran más de la cuenta.

La pregunta llegó a él como un eco lejano. La respiración comenzó a dificultársele. Avanzó despacio hacia ella, desnuda frente a él como una diosa a la que un pobre mortal no puede tocar si no es con su permiso. Pero él tenía ahora su permiso. Se quedó a un palmo, con la vista gacha, clavada en ese par de pechos demasiado firmes para la edad de Gemma, que además tenía una hija. Alzó una mano, quiso tocar uno, pero se detuvo a unos milímetros.

Yo… —tragó saliva. La dureza creciente en sus pantalones le estaba verdaderamente lastimando—. Tú… ¿tú me vas a enseñar? —Alzó al fin el rostro y clavó los ojos en los de ella. Si era un sueño, iba a consumarlo como lo hacía en todos los que tenía con ella como protagonista. Y si no lo era… si no lo era tenía que hacerlo para comprobarlo y porque quizá sería la única oportunidad que tendría en toda su vida. La mención de Solange lo atribuló, pero no podía permitir que eso arruinara este momento.

Se mordió un labio y finalmente lo hizo. Con su mano, delgada y pálida, tomó uno de los senos de Gemma en su totalidad. Sus dedos eran largos, así que pudo hacerlo. Sentirla de verdad era mucho mejor que sólo hacerlo en sueños y fantasías. Miró su mano y luego de nuevo el rostro de ella. Suspiró y comenzó a moverla, a acariciarla, primero todo y tras algunos segundos, entre los dedos índice y medio atrapó el pezón endurecido.

Gemma —se atrevió a llamarla por su nombre en ese instante porque no era un niño, ya no más. Era un hombre, o quería serlo frente a ella—. Gemma, te deseo —soltó en un hálito mientras se acercaba a ella para besarla. Pero su beso ya no fue torpe y calmado. Fue apasionado, total y aumentó el ritmo de las caricias que le hacía a su pecho.

Se atrevió a hacer más, con la otra mano tomó uno de los glúteos desnudos de la mujer, se hizo de él y lo apretó con fuerza. Aún le costaba trabajo creer que eso estaba pasando, pero iba a llegar a las últimas consecuencias, no le importaba nada en ese instante. Pegó su cadera a la ajena, aún a través de la tela sintió esa sensual pelusilla en el centro de su madrina, de su protectora. De la mujer a la que anhelaba y amaba. Y ella, seguramente, sentiría su creciente erección, y si antes pudo haberle dado pena, en ese instante hizo todo para que lo notara.

Nunca había estado con una mujer. Y si una debía ser la primera, era ella. Sólo ella.


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Re: Et Monter Vers le Coeur Troublé → Privado

Mensaje por Gemma Pemberton el Vie Dic 02, 2016 10:21 pm

Sí que la deseaba. Todo en él se lo indicaba. Y para una mujer como ella, que vivía de alimentar su ego y de que se lo fomentaran, aquel indicador, era un afrodisíaco irrefutable. La excitaba sentirse venerada como a una diosa, de tenerlo en su puño, a pesar del cariño maternal que sentía por él. La idea de la sexualidad, para Gemma, iba acompañada de la libertad. ¿Quién otra podría, entonces, iniciar a Caliban en aquel camino sensual? Ella, mejor que nadie, le abriría los sentidos para descubrirse como hombre, y lo haría con afecto y respetando sus tiempos. Era una amante avezada, sin pruritos ni prejuicios, y allí justificaba su repudiable accionar. No iba a ser hipócrita consigo misma, a pesar de saber del amor que su hija sentía por aquel muchacho, no le importaba demasiado la idea del compromiso entre ambos jóvenes, o que ella hubiera significado un ideal materno para él. La moralina barata de la que la sociedad se jactaba, no armonizaba con un hombre y una mujer que se atraían. Hasta aquel día, jamás se había planteado la idea de Caliban como amante, lo veía como un chiquillo, pero la venda se había caído y lo había visto crecer ante sus ojos.

Yo también te deseo —le susurró sobre los labios al romper el contacto. De cierta manera lo hacía. No iba a negar el hecho de que a Caliban, como hombre, nada lo hacía especial. En aquellas circunstancias, le habría dado rienda suelta a su deseo con cualquier personaje que se cruzase en su camino. Ambrose, y aquella promesa de fidelidad, dejaron de existir. Apoyó ambas palmas en el pecho del muchacho y lo besó con fiereza, envolviéndolo con su lengua, quitándole la parte superior de sus prendas con medida lentitud. Cada movimiento de Gemma estaba perfectamente ensayado en los cuerpos de todos los amantes que habían pasado por su vida, enseñándole de aquel arte del cual se encargó de embeberse. A pesar de su promiscuidad, para la bruja, el sexo era un ritual, y debía encararse como tal. Con el respeto y la pasión que merecía.

Lo obligó a sentarse y ella se paró frente a él, entre sus piernas. Lo tomó del mentón y lo obligó a alzar el rostro. Era tan bello... Se parecía tanto a Sycorax, especialmente, en la llama que se encendía en sus ojos ante la excitación. Había visto aquella mirada cientos de veces, y seguramente, hubiera dado la mitad de sus bienes por una noche más de amor con la que fue su compañera tantos años. Seguramente, ella reprobaría el acto que iba a consumar con su retoño, pero Gemma había llegado al mundo para transgredir las normas. Lo cuidaría, lo alegraría… Sabía que Caliban jamás sería tan feliz como en aquel momento. Le besó los labios con castidad, la frente, los párpados, el cuello. Sentía el pulso acelerado del joven, y mordisqueó aquella parte donde su carótida parecía explotar.

Eres un tesoro para mí, cariño. Lo serás siempre —le había tomado el rostro con ambas manos, obligándolo a mirarla. Quería recordar por siempre la manera en que sus orbes la absorbían. —Y éste será nuestro tesoro. Nuestro secreto —remarcó la palabra secreto. No tenía miedo al qué dirán, pero nadie entendería la pureza de aquel acto. Lo mejor, era mantenerlo en el espacio íntimo de ellos dos. —No dejes de mirarme, por favor —quería tener sus ojos clavados en los propios, hasta que éxtasis los alcanzase a ambos.

Lo soltó, y sus manos se encargaron de liberar el miembro erecto de Caliban. Lo acaricio con celeridad, al tiempo que lo besaba. Gemma no cerraba sus ojos, quería llenarse de sus gestos, de la forma en que su ceño se fruncía y su pecho subía y bajaba, respirando como si estuviese en una carrera. Sintió la humedad, el calor, la suavidad de la masculinidad del joven, y una profunda ternura la invadió, como si aquel momento fuese lo más puro que le hubiera ocurrido, aún más puro que parir a su hija. Se detuvo, sólo para colocarse a horcajadas sobre él. La calidez de Caliban fue invadiendo su femineidad de a poco, nada en ella era rápido. Cuando, finalmente, lo tuvo por completo en su interior, lanzó un suave gemido y comenzó a mecerse.

Déjate llevar. Sólo haz lo que sientas —le envolvió la nuca con los brazos y sus movimientos fueron tomando un ritmo cada vez más rápido. Era la meretriz, y se sentía a gusto en aquel rol. En tiempos como aquellos, su ahijado podría haber recurrido a una prostituta, pero Gemma comprendió que siempre la había estado esperando. Rogó cumplir con sus expectativas.



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