Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Y la inocencia, por la lógica inexorable que gobierna todos los términos emparentados, sugiere culpabilidad.

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Y la inocencia, por la lógica inexorable que gobierna todos los términos emparentados, sugiere culpabilidad.

Mensaje por Bathsheba el Jue Ene 28, 2016 8:48 pm


Bathsheba


Dublín, Irlanda. Año 1781.

Anthony era como su padre, y así se lo hacía sentir. El primer recuerdo que tendría de su infancia, sería la cara sonriente del cura, que la hacía sentir querida y acompañada. El sacerdote era bondadoso con ella, le enseñaba sobre el amor de Dios y le ayudaba a no pensar en la familia que nunca tendría. Él, ya le había dicho que sería siempre su niñita, cuando en más de una oportunidad le preguntaba cuándo alguien la adoptaría.

—Nunca, mi pequeña. Si te vas de aquí, me pondré muy triste —le decía mientras la tenía en sus rodillas y le peinaba el largo cabello oscuro y ondulado. Anthony disfrutaba mucho de hacer aquella tarea que se reservaba a las mujeres. Y a la pequeña Bathsheba, le encantaba que su papá lo hiciera.

Pero, lo que jamás entendería, era que no le permitiera jugar con otras niñas. Bathsheba, cuando tenía cinco años, tuvo la osadía de presentarse en el patio con una muñeca de trapo, regalo especial del sacerdote por su cumpleaños. La pequeña percibía la animosidad de sus pares, que siempre la miraban con recelo por ser la preferida del encargado del orfanato. Bathsheba consideraba que, si se quedaba sentada jugando con tan preciada posesión, sus compañeras se le acercarían, por mera curiosidad o para entablar una amistad, pero sería la forma de demostrarles que ella era una nena buena y no una mimada, como escuchaba por los pasillos.

El pasto estaba fresco y el sol le acariciaba la piel. La primavera era su estación favorita. Su plan surtió efecto, y no tardó en estar rodeada por siete niñas de su edad, que contemplaban la muñeca mientras Bathsheba las instaba a tocarla. La pequeña no se percató de quién se acercaba; cuando lo notó, fue demasiado tarde. Una de las celadoras, la tomó de un brazo y la arrastró  hasta la entrada, donde la lanzó al piso. La muñeca voló y se lastimó las rodillas.

— ¿Cómo te atreviste a desobedecer al padre Anthony? —la espetó la mujer, al tiempo que la alzaba de una oreja.

—No volveré a hacerlo, perdón —dijo la niña, mientras intentaba liberarse, en vano.

La celadora tenía especial animosidad hacia aquellos que eran predilectos del cura. La llevó a empujones hacia la habitación, y aprovechando la ausencia del sacerdote, que en aquel momento se encontraba de viaje, la golpeó con una vara hasta arrancarle pedazos de piel de la espalda y las piernas. Bathsheba suplicó que se detuviera, pero parecía que los gritos de la niña, sólo enardecían la violencia inusitada de la mujer.
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Re: Y la inocencia, por la lógica inexorable que gobierna todos los términos emparentados, sugiere culpabilidad.

Mensaje por Bathsheba el Mar Ago 16, 2016 10:39 pm


Bathsheba


Dublín, Irlanda. Año 1781.

Aún le dolía el cuerpo de los golpes que le había prodigado. Sentía la piel tirante, en las zonas donde comenzaban a formarse las cáscaras de las heridas. Bathsbeba era muy pequeña, demasiado para soportar aquel maltrato. Sin embargo, no había abierto su boca, ni se había atrevido a deslizar un comentario sobre la forma en que la celadora había fustigado su cuerpito inocente. Tenía, muy dentro del alma, un orgullo sin igual; y eso era lo que la obligaba a mantenerse callada, a resistir. Era, más por hacer lo que no esperaban de ella, que por miedo, la forma en que había guardado aquel terrible suceso. Todos habrían esperado que se refugiase bajo el ala del Sacerdote de la orden, sin embargo, decidió que no quería actuar de una forma predecible, que les daría una sorpresa que no imaginaban, ni en sus más remotos sueños.

El silencio se había vuelto su aliado principal, y la celadora no demoró en cansarse de ello. Debía buscar una nueva víctima, que se quejase, que amenazase con romper esa armonía que finamente trazaba con su violencia. Bathsheba, por su parte, agradecía haber hecho lo correcto. Ya no había malos tratos sólo dirigidos a su persona. Cuando la mujer, de dientes podridos, le gritaba a todos, la pequeña no se sentía la única, y eso la ayudaba. El compartir el temor con sus otros compañeros, era un verdadero salvamento. Los castigos eran grupales, los regaños igual. A pesar de que no interactuaba demasiado con los demás pequeños que habitaban el orfanato, le había ganador una importante partida a quien se perfilaba como su verdugo.
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Re: Y la inocencia, por la lógica inexorable que gobierna todos los términos emparentados, sugiere culpabilidad.

Mensaje por Bathsheba el Lun Ene 16, 2017 10:32 pm


Bathsheba


Dublín, Irlanda. Año 1782.

Había un hermoso Sol. A Bathsheba le gustaba sentarse bajo la sombra de un manzano y descansar. Escuchaba las aves, las risas de los otros niños. Esas risas que ella nunca podía compartir: no se lo permitían. Vivía, de cierta manera, aislada de todos, sólo podía relacionarse con algunos pocos. Y de haber querido hacerlo, los otros niños tampoco la integraban. Era la preferida del Director, y eso generaba envidia en los que no sabían lo que significaba, y pena en aquellos que sí.

—Quisiera ser normal… —las lágrimas rodaron por los costados de sus sienes. Odiaba recordar todo, con detalles. Era como si estuviera reviviendo una y otra vez cada escena de su vida.

— ¿Para qué? —la voz de un niño la obligó a incorporarse y secarse el rostro con ambas manitos. —Dime. ¿Para qué quieres ser normal? —estaba del otro lado del árbol, comiendo una manzana que acababa de arrancar.

—Pues…para poder irme lejos y buscar a los hermanos que dicen que tengo —respondió confundida. Se acercó a él gateando. — ¿Me das? —señaló la manzana con timidez.

—Búscate la tuya.

—Es…que no llego hasta las ramas con buenas manzanas y con éste vestido no puedo trepar.

—Eres una niña —se burló y se quejó el muchacho. Con gran agilidad, trepó hasta encontrar una manzana bien roja y la lanzó. Bathsheba logró atraparla de casualidad.

—Gracias —dijo relamiéndose, antes de darle un mordisco. Se sentó nuevamente sobre el césped, y el muchachito la acompañó. Juntos comieron la fruta en silencio. Allí nadie los vería juntos, y no tendrían reprimendas.
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Re: Y la inocencia, por la lógica inexorable que gobierna todos los términos emparentados, sugiere culpabilidad.

Mensaje por Bathsheba el Dom Abr 16, 2017 9:17 pm


Bathsheba


Dublín, Irlanda. Año 1782.

Tenía tanto hambre que le dolía el estómago. No podía mantenerse el pie, se dormitaba, pero no lograba descansar. La asaltaban las pesadillas, pero aunque se hubiera querido levantar del suelo, donde se mantenía en posición fetal, no lo habría logrado.

Su cuerpito menudo, pequeño, infantil, estaba demasiado agredido. El castigo de encerrarla en un calabozo sin comida, sólo por defenderse de la agresión de otra niña, era excesivo. Pero, cuando el cura encargado del orfanato viajaba, las monjas arremetían contra sus protegidos, a los cuales acusaban de tentar a los buenos corderos de Dios.

—Bebe esto —era una de las religiosas más jóvenes, que había ingresado en completo hermetismo. La ayudó a incorporarse y le dio aguamiel, que ayudó a que los labios agrietados de Bathsheba se aliviaran. El sabor dulzón la obligó a abrir los ojos.

—Gra…gracias —le costaba hablar, tras cuatro días sin hacerlo.

—Pronto te sacarán de aquí. Ya vuelve el Padre —le acomodó un mechón del sucio cabello. —No le digas a nadie que te ayudé —no recibió respuesta alguna, pero se puso de pie y se fue rápidamente.

Tal como había dicho la monja, a las pocas horas la retiraron del encarcelamiento y la ubicaron en su cama, tras darle un baño y arroparla cómodamente. Le llevaron una sopa de pollo, que le costó ingerir. Cuando el sacerdote ingresó a la habitación para saludarla, luego de que le dijeran que se encontraba enferma, la encontró dormida. Se acercó a ella, le acarició la frente y le depositó un beso en los labios. Salió en silencio, feliz de volver a verla.
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Re: Y la inocencia, por la lógica inexorable que gobierna todos los términos emparentados, sugiere culpabilidad.

Mensaje por Bathsheba el Mar Mayo 16, 2017 11:55 pm


Bathsheba


Dublín, Irlanda. Año 1782.

Dublin, Irlanda. Año 1782.

El sacerdote la sentaba entre sus piernas y le trenzaba el cabello. Esa rutina se repetía día de por medio. Era él el que la llevaba a la tina y la bañaba. Le levaba el cabello y la observaba pasarse el jabón debajo de la túnica de baño. A la pequeña Bathsheba le molestaba, pero no decía nada. De hecho, era una pequeña de pocas palabras.

— ¿Sabías que amo tu cabello largo? —le dijo mientras enredaba sus dedos largos en las ondas oscuras de la niña.

—Sí, padre. Siempre me lo dice.

—Prométeme que nunca te lo cortarás, que siempre lo dejarás largo para hacerme feliz.

—Se lo prometo. Lo dejaré muy largo para que usted sea feliz —no era convencimiento, pero Bathsheba había aprendido a acatar sus órdenes.

Una vez que terminó de peinarla, llevó las manos hacia el pecho de la nena y la obligó a recostarse sobre su tórax. La pequeña contuvo la respiración cuando él le levantó el camisón y comenzó a tocar sus piernas, como lo hacía todas las noches antes de dormir. En ese momento, alguien tocó la puerta. Enfurecido por interrupción, la tiró al piso y salió de la habitación.

Bathsheba se durmió llorando una vez más. Porque, a pesar de no haberlo preguntado nunca, las caricias que el sacerdote le prodigaba le hacían daño, la incomodaban, y sabía que estaban mal. Pero no se animaba a decirlo, porque sabía que sería golpeada. Era la almohada, al final del día, su único refugio y su único lugar seguro.

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Re: Y la inocencia, por la lógica inexorable que gobierna todos los términos emparentados, sugiere culpabilidad.

Mensaje por Bathsheba el Dom Sep 10, 2017 2:42 pm

Dublín, Irlanda. Año 1782

Caminaba por el cementerio de las afueras de Dublín, lo conocía tan bien... ¿Cuantos tratos había cerrado en aquel sitio? ¿Cuantos encuentros secretos y mortales, nunca mejor dicho, había tenido allí? La noche era brumosa, y el viento cálido sólo aparecía de manera espontanea y esporádica para mecerle el cabello largo. Caminó lentamente, confundida pero con paso seguro. La tierra fresca se hundía ante el peso de su cuerpo, bajó la vista hasta sus pies y los descubrió desnudos. Bellos, elegantes y cuidados, pero desnudos y expuestos al peligro. Avanzó, con más cuidado ahora, ¿a dónde iba? No lo sabía, pero seguía su instinto... Su cuerpo parecía entender mejor que ella qué debía hacer a continuación.

"Esto es un sueño", se dijo porque era obvio. A pesar de eso, no dejaba de tener una mala sensación en el cuerpo, en el pecho, como una anticipación de lo que a continuación vería.

No tuvo que caminar mucho más, cerca del paredón frontal se encontró con una escena por demás confusa. Y, pese a que se repitió que aquello solo era un sueño, no pudo evitar temblar: No era Anthony, pero vestía como él. La misma sotana que tan bien recordaba de su infancia, el mismo color de cabello, y la misma contextura física. Una niña risueña y confiada jugaba alrededor de él, su risa rompía el silencio del lugar y parecía darle algo de color a un sitio tan gris. El sacerdote tomó a la niña con cuidado, con una falsa sonrisa dominándole el rostro, la ubicó sobre sus piernas y le acarició el cabello largo y ondulado. No necesitaba acercarse demasiado para confirmar que un gesto de lascivia despuntaría de los labios del hombre... lo recordaba tan bien.

-¡Déjala! -le ordenó y corrió hasta ellos, pero no los alcanzó, desaparecieron de inmediato solo para aparecer más allá. El hombre medio desnudo y la niña con temor en el rostro-. ¡Déjala, suéltala! -volvió a correr hacia ellos.

Cuando llegó, la hechicera se pasmó al descubrir que la niña había cambiado -crecido incluso-, ya no era una desconocida sino ella misma a la edad de los nueve o diez años.

-¡No, no, no!

Tenía que lograr salir de ese lugar. No quería ver aquello, aunque supiese que solo era un sueño, no quería verse a sí misma reviviéndolo todo. Con su carita de inocencia, había pasado tiempo hasta que pudiese entender que aquello que el sacerdote hacía con ella estaba mal. Se estremeció, pues mientras el hombre tocaba a la niña, ella sentía manos trepar por su cuerpo... Se repetía que debía despertar pero no lo lograba.

Hasta que un golpe la volvió a la realidad. Estaba en el suelo -había rodado de la cama, directa al piso-, tenía su camisón desgarrado y el sudor le humedecía el escote, el cuero cabelludo que nacía en las sienes y hasta las manos. Respiró agitada y quiso decirse que estaba a salvo, pero no podía hacerlo. Una mujer como ella nunca estaría a salvo.



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Re: Y la inocencia, por la lógica inexorable que gobierna todos los términos emparentados, sugiere culpabilidad.

Mensaje por Bathsheba el Mar Dic 05, 2017 10:51 pm

Todo lo recordaba con detalle. No había nada que escapara a su memoria. Afortunada o desgraciadamente, Bathsheba había recibido como don el no olvidar. Podía, con perfección, detallar algo que había ocurrido hacía mucho. Los aromas, el tacto, incluso cómo se había sentido en ese momento. Podía relatarlo como si se tratase de un cuento. Pero sabía que no era normal, por eso optaba por no decírselo a nadie. Solo una persona lo sabía, una religiosa muy joven que era la que le daba un poco de comida cuando la castigaban.

-No se lo digas a nadie, niña. Nunca. Jamás. Te matarán si se enteran. Prométeme que no abrirás jamás tu boca.

-Lo prometo –y alzó la mano con solemnidad. Tampoco era que Bathsheba hablara demasiado. Era una nena sumisa, callada y que no socializaba –más por prohibición que por elección- con casi nadie. El cura, su padre, no se lo permitía. A él sí debía relatarle todo su día, pero a nadie más. El depravado religioso tenía el monopolio de su existencia.

Sin embargo, Bathsheba solía contarle a la pared de su habitación sobre cosas que nadie más sería capaz de recordar. La mancha pequeña en el vestido de alguna monja, un gesto de disgusto, la cantidad de trozos de carne que tenía el guiso. Y así se entretenía. Para ella era normal, y así sus días pasaban en soledad, hablándose a sí misma. Todavía no lograban arrebatarle del todo la inocencia.



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