Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Kiss and Control || {Flashback} {Privado}

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Kiss and Control || {Flashback} {Privado}

Mensaje por Abigail S. Zarkozi el Jue Feb 11, 2016 6:26 am

Padre tenía un hijo favorito, y podía afirmar con certeza que no éramos ni Roland ni yo. Su hijo favorito era Baptiste, Raoul como solía llamarlo él, y a Roland y a mí nos toleraba porque no le quedaba más remedio que soportar a criaturas que él mismo había engendrado, pero no nos tenía verdadero aprecio. Aunque cuando se lo dije a Roland él intentó suavizarlo, yo lo sabía con total certeza y no me apenaba, no me molestaba en absoluto: toda la familia que yo quería y necesitaba era mi hermano mayor, no Baptiste, sino Roland. Todo lo que tenía, todo lo que sentía, era por él, por el que siempre me protegía y me despeinaba cuando terminábamos de manejar unas armas que sabía bien que no eran apropiadas para la edad que teníamos. Pero ninguno de los dos nos sentíamos de esa edad… Él con quince, yo con once, éramos demasiado diferentes a los niños con los que a veces nos juntábamos en las cenas familiares y en las reuniones de sociedad a las que acudíamos, vestidos como dos pinceles. Nadie comprendía, nadie podía ver que no me interesaba que me hablaran de muñecas o de vestidos, sino que me parecía fascinante tocar la plata y fantasear acerca de si podría matar a un sobrenatural como aquellos que nos habían enseñado a temer. A veces, ni siquiera Roland era capaz de comprenderlo, pero yo hacía como si me diera igual para que todo pudiera seguir como siempre, porque me daba pánico que algo cambiara. Me había acostumbrado a mi hermano y a mí siempre juntos, siempre confiando en el otro, sin que nada se interpusiera entre nosotros. Me había habituado a que solamente fuéramos los dos… Aunque no siempre habíamos sido sólo los dos.

A veces, sólo a veces, Alexander venía a visitarnos. Cuando él acudía a nuestra casa, padre nos permitía dejar de entrenar a Roland y a mí para que le dedicáramos todo nuestro tiempo y atención a nuestro invitado, nuestro primo, aunque realmente no se pareciera en nada a ninguno de nosotros. Y cuando él venía, todo era distinto; no distinto peor, pero sí diferente. A mí él me gustaba… Quiero decir, me gustaba estar con él. Era curioso, siempre me decía que sí cuando le proponía ir a correr al jardín o comparar las armas que nos habían dejado para que entrenáramos, me hacía reír y sonreír. Cada vez que lo veía aparecer por la puerta, después de que anunciaran su llegada, hacía enfadar a padre saltándome los buenos modos al correr a abrazarlo y a llenarle las mejillas de besos mientras sonreía y repetía su nombre una y otra vez. Alexander, Alexander, Alexander… Era un nombre precioso, y él también lo era para mí, como un tesoro que venía de vez en cuando y con el que Roland y yo, pero sobre todo yo, solíamos divertirnos siempre mucho. El problema era que hacía un poco de tiempo que no se pasaba casi por nuestra casa. No sabía el motivo, padre nunca tenía a bien contarme nada y a Baptiste, el único que podía saber algo, nunca me atrevía a preguntarle; sólo sabía que desde hacía un par de años, Alexander no nos había visitado. Y aunque a Roland no le dijera nada porque no quería molestarlo, echaba de menos las visitas de mi primo favorito, y no porque fuera mi único primo, sino porque lo apreciaba y lo valoraba. Intentaba no pensar mucho en ello porque a veces me ponía triste y Roland lo notaba, sin saber el motivo porque yo no se lo decía. Pero últimamente estaba pensando demasiado en él, y no comprendí por qué hasta un día, aparentemente normal, de primavera, cuando yo ya había celebrado mi cumpleaños.

Llevaba algunos meses sintiendo cambios en mi cuerpo. Madre no me prestaba atención, y las sirvientas no estaban dispuestas a despertar la ira de padre aconsejándome, pero hasta sin su ayuda sabía que estaba dejando de ser una niña para convertirme en una mujer. Aún no tenía las formas que las mujeres de la casa poseían, pero empezaba a notar que se me redondeaban las caderas y me crecían los pechos, que trataba de ocultar como podía porque, al entrenar con Roland, era una sensación muy incómoda por el dolor que conllevaba. Además, también había sangrado por primera vez hacía algunas semanas, y no quedaba rastro de duda de que me estaba transformando en algo diferente a lo que solía ser. Y si bien eso lo aceptaba sin ningún problema, me costaba más aceptar otras cosas… Cosas como no dejar de pensar en Alexander, de soñar con Alexander estando dormida o despierta, de imaginar que nos quedábamos solos y tenía el valor suficiente para darle un beso más allá de la mejilla. Una vez más intentaba no pensar en ello, pero cuanto más lo intentaba menos lo conseguía, y más parecían ponerse todos en mi contra para impedirme conseguirlo. Era frustrante, cada vez estaba más respondona y más revoltosa hasta con mi hermano Roland, que ante ello había decidido darme espacio y tiempo sin su compañía, así que estaba casi completamente sola, a excepción de los sirvientes y de padre entrenándome. Y a excepción, el día menos pensado, del dueño de la mayoría de mis pensamientos, que después de lo que parecía una vida entera decidió venir a visitarnos por sorpresa: ni siquiera lo anunciaron, nadie me comentó que iba a venir, y cuando lo vi fue porque él acudió al sótano donde entrenábamos y me encontró allí, arrojando cuchillos a una diana que tenía el centro ya destrozado. Él me llamó con su voz ronca, diferente a la que recordaba, y yo solté las armas y, como siempre, corrí a abrazarlo… sólo que, esta vez, estábamos solos, y mi abrazo duró más de lo que un saludo entre familiares debería haber durado. Ese fue el abrazo que, los días sucesivos, lo cambió todo… Aunque yo aún no tenía manera de saberlo.

– Alexander…. Te he echado muchísimo de menos.




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Re: Kiss and Control || {Flashback} {Privado}

Mensaje por River Alexander Rampling el Dom Mayo 22, 2016 9:33 pm

River era hijo único, pero eso para él no significaba ninguna ventaja. La gente suele creer que los niños sin hermanos crecen mimados, consentidos, sobreprotegidos, y quizá en muchos otros casos esto es cierto, pero la historia de River era muy diferente. A pesar de que sus padres estaban muy interesados en él y procuraban que jamás le faltara nada, el jovencito carecía de algo que era vital a su edad: cariño y comprensión. Insistían en educarlo con disciplina y severidad, lo trababan más como a un estudiante que como a un hijo. Ciertamente, era su aprendiz, ¿pero tal cosa significaba que debían suprimir también cualquier demostración de afecto? Tal parecía que sí. En su afán de convertirlo en un digno futuro integrante de la inquisición, llevaban las cosas al límite. ¿El resultado? Un jovencito obediente, disciplinado, pero desdichado, porque a la fecha no conocía ni siquiera lo que era tener un amigo y cualquier idea de posible diversión había sido reemplazada por entrenamientos que con el paso del tiempo, conforme iba creciendo, se volvían mucho más arduos.

Afortunadamente tenía a sus primos. Baptiste, Roland y Abigail eran de edades similares, y al ser hijos de Gregory Zarkozi, su tío materno y también inquisidor, llevaban una vida bastante parecida a la suya. Eran la única compañía que sus padres consideraban apropiada para él, la única que le permitían. Su convivencia no era tanta ni ran frecuente como a River le hubiera gustado; en ocasiones podía pasar un año o dos hasta volver a encontrarse, pero se llevaba tan bien con ellos y era la única ocasión en la que podía compartir tiempo con gente de su edad, que siempre esperaba con verdadero anhelo el momento. De los tres, su favorita era Abigail, con quien había desarrollado un lazo bastante estrecho. Tal vez se debiera a su carácter dulce, o la gran necesidad que tenía de un afecto femenino, pero la sola idea de reencontrarse con ella, lo ilusionaba como pocas cosas en la vida.

Hoy, después de más de dos años de no verse, de nuevo se reencontrarían. Mientras viajaban en el carruaje, para no impacientarse y desesperar, River comenzó a imaginarse cómo se vería ella. Siempre había sido muy bonita, ¿la encontraría igual de linda esta vez? Esperaba que aún tuviera su cabellera castaña larga, como la recordaba, que no la hubiera cortado, porque siempre le había gustado así. ¿Notaría Abigail lo alto que estaba él desde la última vez? Ya tenía catorce años, la pubertad había llegado y con ella, los cambios en su cuerpo. La voz había comenzado a cambiarle, ahora era mucho más grave. Además, había ganado algo de volumen y peso, por lo que ya no lucía tan escuálido como antes. En resumen, había empezado a dejar de verse como un niño y en consecuencia, ya no se comportaba como tal. Hacía rato que había empezado a tener otro tipo de intereses. En el sexo femenino, por ejemplo. También sentía la repentina e inexplicable necesidad de explorar su cuerpo. Sentía mucha curiosidad y en ocasiones deseaba hacer preguntas sobre ciertos temas, pero sus padres eran tan estrictos que siempre terminaba guardándoselo para sí mismo.  

Cuando menos acordó, habían llegado. Emocionado, River dejó de lado la disciplina, sabiendo que sus padres no se molestarían y saltó del carruaje. Corriendo se dirigió al lugar donde sabía que ella se encontraría. No era difícil saberlo, porque era el sitio donde más tiempo pasaba. Y, en efecto, la encontró. Estaba de espaldas, tan concentrada en su labor que ni siquiera notó su presencia, o que la había estado observando durante varios minutos.

Tu puntería ha mejorado, pero tienes que trabajar más ese oído —pronunció desde atrás con el único fin de atraer su atención. Cuando al fin sus miradas se encontraron, River abandonó la seriedad que siempre mostraba frente a sus padres y esbozó para ella –y por ella- la más amplia de las sonrisas.

Cuando ésta le saltó encima para recibirlo con un caluroso gesto, él correspondió con todas las ganas a su abrazo. Cerró los ojos momentáneamente y se aferró a ella, disfrutando el momento. ¡Cuánto había deseado que eso ocurriese de nuevo! Habían sido sólo un par de años, un poco más, pero parecía como si hubiera pasado toda una década. ¿Cómo lo había soportado? De pronto se sintió incapaz de separarse de ella de nuevo.

Temía que me hubieras olvidado —bromeó, pero al mismo tiempo confesó mientras se separaba un poco para poder verla mejor. Sí, definitivamente estaba más bonita que nunca. Volvió a sonreír—. ¿Aún sigo siendo tu primo consentido?


Última edición por River Alexander Rampling el Miér Jun 22, 2016 11:19 pm, editado 1 vez



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Re: Kiss and Control || {Flashback} {Privado}

Mensaje por Abigail S. Zarkozi el Vie Mayo 27, 2016 8:01 am

Lo abracé tanto tiempo y con tanta fuerza que aún me sorprendió que pudiera hablarme, por si las palabras que dijo no hubieran sido sorpresa suficiente para mí. ¿Cómo podía creer, aunque fuera por un momento, que iba a olvidarlo? Hasta sin tener en cuenta los últimos meses, en los que había pensado en él más a menudo de lo normal y razonable (incluso tratándose de mi primo consentido, como él se había llamado con muchísima razón), él siempre había rondado mis pensamientos conscientes e inconscientes. No pude evitar hacer una mueca cuando me separé, porque me parecía que estábamos demasiado lejos y lo odiaba, pero en cuanto volví a mirarlo sonreí de nuevo, incapaz de aguantar la felicidad que me estaba embriagando por completo desde el momento en que lo había escuchado hablarme y atravesar la puerta, completamente por sorpresa. No veía el momento de estar juntos y solos y enseñarle las cosas que habían cambiado, cómo había mejorado desde el momento en que nos habíamos separado la última vez, aunque él algo de eso lo había podido ver al contemplar mi diana. Era cierto: debía mejorar mi oído, y si él fuera un enemigo me habría sido difícil sobrevivir a un ataque, pero él no era un enemigo, era Alexander… Mi Alexander. A quien no dejaba de mirar, arrebolada y feliz, a quien le sonreía sin ser capaz de parar, quien consiguió que me sonrojara y me mordiera el labios inferior porque, de pronto, me había quedado sin palabras. ¡Yo, de quien Roland siempre decía que tenía las palabras perfectas para cada momento! Excepto para convencer a padre de que me tratara como a un ser humano, pero eso iba a ser imposible mientras existiera nuestro hermano mayor para convencerlo de su ideal de perfección, que yo jamás podría obtener.

– Siempre serás mi primo consentido, Alexander, y de verdad, no porque no tenga otro. ¡Ven, tengo que enseñarte muchas cosas!

Entusiasmada como estaba, lo cogí de la mano y lo guié por la sala de entrenamiento, señalándole aquellos objetos que padre había importado del Lejano Oriente para mejorar el entrenamiento de su primogénito y que, a veces, usábamos Roland y yo sin que él se enterase. Le comentaba cada uno de los elementos nuevos que él no recordaba y bromeaba, buscando hacerlo sonreír; él siempre había sido un niño serio, sobre todo con mis hermanos, pero conmigo no lo era, y a mí me encantaba. Me sentía particularmente unida a él, lo adoraba y tenía la impresión de que él a mí también, y era el único a quien podía tener agarrado de la mano sin que se quejara lo más mínimo de que ese gesto no era nada decoroso… Y no lo era, lo admitía, pero estábamos solos, ¿qué importaba? Nadie aparte de nosotros nos estaba viendo, y cuando fui consciente de ello me puse un poco nerviosa, porque eso significaba que nadie me regañaría si volvía a abrazarlo tan fuerte como antes o… No quería ni pensarlo. Bueno, en realidad quería, pero temía volver a sonrojarme muy fuerte si pensaba en darle un beso en los labios, aunque fuera solamente un roce, que era lo máximo a lo que alguien como yo podía aspirar. Nunca había estado con más hombres que mis hermanos y mi padre, no me relacionaba apenas con el mundo exterior salvo cuando se trataba de hombres de negocios que veía junto a padre, quieta e incapaz de hablar. Además, por nuestro entrenamiento padre ni siquiera pensaba en entregarme en matrimonio, y aunque era feliz por ello, también sabía que eso significaba que seguiría sin conocer a ningún hombre salvo a mi Alexander. Pensar en él en aquellos términos me hizo perder la concentración un momento, y torpe y estúpidamente me tropecé y a punto estuve de caer si no fuera porque él me sostuvo contra su pecho y me mantuvo en equilibrio. En aquel momento, mi cara estaba a punto de explotar de sonrojo, y aun así no podía apartar la mirada ni las manos, que se habían aferrado a sus ropas pero que subí hasta su rostro para acariciarle las mejillas, ya con una sombra de vello. A punto estuve de besarlo, de verdad, pero en cuanto oí ruidos me aparté justo a tiempo de que un sirviente nos mandara acudir al jardín, donde estaban reunidos nuestros padres.

– Creo que deberíamos ir, Alexander…




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Re: Kiss and Control || {Flashback} {Privado}

Mensaje por River Alexander Rampling el Miér Jun 22, 2016 11:18 pm

Abigail lo cogió de la mano para mostrarle todos los instrumentos. Era una gran colección, sin duda, pero River se puso tan nervioso con su cercanía, con el roce de su piel, que no logró concentrarse lo suficiente. Estaba tan distraído que sólo asentía, y si en ese momento ella le hubiera preguntado qué acababa de decirle, él no habría sabido qué responder. Afortunadamente demostró tener buenos reflejos cuando ésta tropezó e impidió que cayera al suelo. Un pequeño jadeó se le escapó de los labios cuando la sostuvo contra su pecho. ¡Estaban tan cerca! Y aunque en esos instantes hubiera deseado rodearla con los brazos para plantarle un beso –el primero de todos y el único que deseaba-, lo único que hizo fue acomodarle un mechón de cabello detrás de la oreja y sonreír para acompañar el gesto. Qué tonto. ¿Cuándo sería el día en que finalmente se atrevería? En silencio se lamentó por su falta de coraje. No era un muchacho cobarde, pero una importante lección que sus padres le habían enseñado, era la de no dejarse gobernar por sus instintos. ¡Pero sus padres no entendían nada! Eran tan planos, tan estrictos, que le costaba imaginárselos divirtiéndose de verdad, mínimo una vez en la vida. River estaba harto de sus normas. Ansiaba como nunca romper las cadenas que lo ataban y que lo hacían sentir como un prisionero entre los suyos. Cuando Abigail sugirió que lo mejor era reunirse con los demás, el muchacho se quedó mirándola un rato, dudoso, pero considerando sus opciones.

No, no debemos —refutó de pronto, demasiado seguro de lo que decía—. Hemos obedecido sus mandatos desde que tenemos uso de razón. Eligieron nuestro futuro por nosotros, sin siquiera consultarnos o preguntar al menos si nos parecía bien, si queríamos seguir sus pasos. Ellos se han adueñado de nuestras vidas, Abigail. ¿No crees que merecemos esto? Un respiro. ¿Acaso no ansías como yo un poco de libertad?

Entonces, sonrió. Como si la idea, esa que los adultos no verían como una simple travesura, sino como una grave falta, lejos de preocuparle, lo divirtiera. Los sentimientos de rebeldía no eran algo común en River. Sin embargo, por primera vez, luego de tantos años, se convenció de que su decisión no estaba completamente equivocada. Era demasiado evidente que la compañía de Abigail significaba para él una gran motivación. Ambos habían tenido una vida muy similar, los recuerdos de su infancia eran agridulces –más agrios que dulces-, ella debía entenderlo. La jovencita no dijo nada, pero en el fondo de su ser intuyó que compartía su forma de pensar, que como él anhelaba un poco de felicidad, una dosis de aventura.

Ven, acompáñame. Sé a dónde ir —esta vez fue él quien la tomó de la mano para persuadirla. Ella no se soltó y River decidió interpretar eso como un una respuesta afirmativa.

Lograron salir del sótano sin ser descubiertos, y con sumo cuidado se desplazaron por la parte trasera de la casa, hasta que estuvieron en el exterior. River la condujo a través del césped y cruzaron un camino de grava. El terreno de los Zarkozi era muy grande y en sus límites estaba bardado. Cuando cruzaron al otro lado, continuaron caminando alrededor de unos veinte minutos, bajaron una pequeña colina y pronto divisaron un pequeño lago rodeado de grandes árboles. Se detuvieron unos instantes para estudiar el panorama. A lo lejos se apreciaban algunas casuchas, pero su aspecto de abandono les hizo suponer que no corrían peligro de ser sorprendidos por un extraño.

Nos encontrarán tarde o temprano, seguramente nos castigarán por la falta, pero al menos habremos tenido un momento juntos, ¿no crees? Ya sabes lo que dicen: es mejor pedir perdón que pedir permiso —le sonrió con complicidad y juntos siguieron el camino hacia el lago.

Cuando al fin llegaron, River se tumbó sobre el césped y las hojas secas de los árboles crujieron con su peso.



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Re: Kiss and Control || {Flashback} {Privado}

Mensaje por Abigail S. Zarkozi el Mar Jul 12, 2016 2:22 pm

No quería ir al jardín, donde mis padres criticarían cada uno de los escasos pasos que decían que daba en mi entrenamiento y los suyos me mirarían con reprobación por juntarme con su hijo, porque quizá le haría perder el tiempo o... ¡qué sé yo! No era la hija favorita de mis padres, y tampoco era la prima favorita de sus padres, lo sabía bien por las miradas que me lanzaban cuando creían que no miraba, como si no fuera más que un error que mis propios padres habían cometido. Hacía tiempo que había empezado a pensar que tal vez tendrían razón (eso explicaría muchas cosas), pero ya no dejaba que me afectara, y mucho menos cuando estaba mi querido Alexander conmigo y él me trataba como si hubiera sido creada especialmente para él. Cuando él estaba conmigo, sólo tenía que sonreír para que se me olvidara todo, hasta si era una mala idea alejarnos cuando nos estábamos buscando; de hecho, me parecía que era la mejor idea que se le podía haber ocurrido, porque así podríamos estar solos más rato. Lo admito, la idea me llenaba de nerviosismo, ¡Alexander y yo solos!, pero a la vez sentía muchas ganas, como mariposas que me revoloteaban en el estómago y que me obligaron a cogerlo de la mano y dejar que me guiara a donde quisiera. Cada palabra que salía de sus labios me parecía tan cierta que debería haber estado escrita en piedra como las tablas de la Ley de Moisés, y ¿cómo podía negarme ante eso? Sonriente, lo seguí por los límites del terreno de mi familia y más allá, lo seguí hasta el lago cercano donde a veces había oído que Roland entrenaba él solo, cuando no quería que yo, más lenta, lo retrasara. Y lo habría seguido hasta el fin del mundo si él no se hubiera detenido y tumbado en el suelo, bajo los árboles; como él se detuvo, yo hice lo mismo, y me senté a su lado, mirándolo.

– Libertad... Me gusta cómo suena. No creo que nos encuentren, podríamos escaparnos los dos, irnos de aquí para siempre. ¿Qué te parecería? Tú abandonas a tus padres y yo a los míos, y nos vamos de aquí y de donde nos tienen atrapados. Y si nos atrapan de nuevo, yo no voy a disculparme. Sólo quería un rato a solas con mi Alexander... ¿es eso tan malo?

A medida que hablaba, la mano con la que había comenzado a acariciarle el rostro se deslizó hacia su pelo, y yo misma había pasado de estar sentada a su lado a estar reclinada sobre él, muy cerca y muy cómoda, aunque estuviera sonrojada y me ardiera el rostro. Él no me apartaría, estaba segura de que no le molestaba la cercanía porque lo veía en sus ojos y en su sonrisa, parecida a la mía. Allí, debajo de los árboles y bajo el perezoso sol, había descubierto el paraíso y no quería alejarlo de mí hablando o diciendo cualquier cosa, así que hice lo que la situación me pidió en ese momento: lo besé. Y aunque nunca había besado a ningún chico y no sabía cómo hacerlo, con él me resultó tan natural como respirar, que fue, eso último, lo que me obligó a separarme, aún un tanto roja y sofocada por la vergüenza. Una cosa era que hubiera roto las reglas al irme con él de la propiedad de mi familia, pero otra muy distinta era haberlo besado, como si no fuera un familiar mío, aunque lejano, aunque no se sintiera lo que él me despertaba como algo fraternal. Tenía dos hermanos, sabía perfectamente lo que era la relación fraternal, pero con él todo era diferente, y no tenía ni idea de por qué era, pero sí sabía que no podía evitarlo. Aun así, me separé de él y me incorporé para que la brisa me chocara en la cara y me aliviara un poco la vergüenza que sentía. Cuando ya me atreví a mirarlo otra vez, le sonreí y le pedí que se girara, que me apetecía darme un baño en el lago; cuando él no miraba, me quité las ropas que llevaba y me hundí por completo en el agua, disfrutando de su frescura contra mi piel. Solamente cuando ya hube dejado de arder volví a nadar hacia la orilla y me apoyé allí, frente a él, mirándolo de nuevo porque parecía incapaz de dejar de hacerlo.

– No te lo he preguntado, y no sé si ahora es el mejor momento para hacerlo, pero... ¿Tus padres siguen como siempre? Ya sabes, dominándote en todo. Porque siempre he odiado que lo hicieran, ¿sabes? Pero ya sabes que yo poco puedo hacer, salvo escaparme contigo y darte un poco de libertad y de compañía.




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Re: Kiss and Control || {Flashback} {Privado}

Mensaje por River Alexander Rampling el Mar Jul 26, 2016 7:32 pm

Libertad. Sí, eso era todo lo que River deseaba. Pensaba en ella todo el tiempo, a cada paso; la necesitaba, añorándola como a un tesoro. Sólo debía ser paciente para alcanzarlo. Por fortuna, no le faltaban muchos años. Tenía la convicción de que al cumplir la mayoría de edad, las cosas cambarían. Pero eso era porque no tenía idea de lo que le esperaba en la inquisición. Sus padres, demasiado orgullosos de pertenecer a la organización, no hacían más que hablar maravillas de ella. Se lo habían pintado como algo extraordinario, cuando la realidad era que River sólo cambiaría de dueños. Abandonaría a sus padres para someterse a nuevos verdugos. Descubriría –y con mucha decepción- que jamás sería dueño de su propia vida.

Pestañeó, asombrado, cuando ella le propuso una huída definitiva. No le sorprendía enterarse de que sus deseos eran también los suyos, era lógico llevando la misma vida aprehensiva y miserable, sino el hecho de que se atreviera a externarlo tan desinhibidamente por primera vez. La idea de huir era demasiado atractiva, y no lograba imaginar algo más perfecto que escapar precisamente con ella, permaneciendo juntos, para nunca más volver, pero ya no era un niño y su raciocinio le susurró que era una locura. Para empezar, dudaba que pudieran llegar demasiado lejos. Entre sus habilidades, sus padres y su tío sumaban la del rastreo, y conociendo el genio de Gregory Zarkozi, no quería ni imaginar el castigo tan severo que Abigail sufriría como escarmiento. No, no quería exponerla a eso. Prefirió no responder, no alimentar con falsas esperanzas algo tan descabellado. Serían libres, sí, pero cuando ambos alcanzaran la edad adecuada y nadie pudiera impedírselos. Entonces volvería por ella, para llevársela consigo y hacer realidad su sueño de libertad.

Pero pese a no recibir respuesta alguna a su alocada idea de parte de su primo, Abigail no dejaría de impresionarlo. Sin previo aviso, ella lo besó. El cuerpo de River se tensó, pero conforme sintió los labios ajenos –tan suaves y húmedos- acariciando los suyos, amoldándose a la forma de su boca, comenzó a relajarse. Cerró los ojos, estremeciéndose con su cercanía. Fue un beso torpe, demasiado inexperto y breve, pero no por eso menos perfecto. Cuando ella se separó se dio cuenta de que se había quedado sin aliento y el corazón le latía demasiado rápido. Abigail le dio la espalda, y por un segundo el muchacho casi temió que estuviera arrepentida de su impulso, pero su miedo de disipó cuando, con nota la naturalidad del mundo, le pidió que le diera la privacidad necesaria para prepararse para darse un chapuzón. Cuando la escuchó entrar al agua, se giró para observarla y le sonrió. Era como un sueño. No podía dejar de pensar en lo mucho que deseaba besarla de nuevo.

Mis padres, como los tuyos, no tienen remedio. Nunca cambiarán —respondió, haciendo un gran esfuerzo por concentrarse en la conversación y no en su cuerpo semidesnudo, demasiado tentador para un adolescente con las hormonas revolucionadas como él—. Por el contrario, creo que con el paso de los años no hace más que intensificarse la severidad con la que me tratan. A veces siento como si no fuera su hijo, como si nunca me hubieran visto como tal. No hablan conmigo. Ni siquiera me conocen. Todo lo que saben hacer es exigir, entrenarme y dar órdenes. Ah, y hablar de la inquisición. La estúpida y maldita inquisición… —torció el gesto, haciendo evidente su fastidio. Era la primera vez que maldecía en voz alta. Para un jovencito bueno como él, al que todo el tiempo mantenían controlado, era algo escandaloso, rebelde, y por tanto un verdadero mérito.

¿Pero quién quiere hablar de ellos? No vinimos hasta aquí para eso —reaccionó de pronto y se puso de pie. Se quitó la camisa y desabrochó su pantalón, deslizándolo, hasta quedar en calzoncillos—. Te apuesto otro beso a que soy mejor nadador que tú.

Con un clavado bien ejecutado, ejecutó una voltereta en el aire y se sumergió por completo en el agua, hasta el fondo. Nadó todo lo que le fue posible, de un lado a otro, y luego emergió a la superficie.

Te lo dije —pronunció sin dejar de sonreír, escupiendo agua y jadeando un poco en busca de aire—. Perdiste.

Entonces, obedeció al deseo y a su necesidad. Se aproximó y fue él quien la besó esta vez, mucho más seguro y desinhibido que la primera vez. Le sujetó el rostro y casi sin darse cuenta sus manos descendieron hasta su cintura. Descubrió que con el roce del cuerpo de Abigail, la temperatura del suyo se elevaba hasta casi quemarse por dentro. Ya no deseaba reprimirse más. Toda su vida se había tratado de contención y más contención.



Love is like a serious illness, an illness from which you never entirely recover.

Apathy is a trap:
Nothing haunts us like the past:
Gracias, Abigail <3
I hate you. But the opposite of love is not hate, it's indifference.:

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Re: Kiss and Control || {Flashback} {Privado}

Mensaje por Abigail S. Zarkozi el Miér Jul 27, 2016 1:39 pm

Padre constantemente me repetía, a mí al igual que a Roland, que habíamos nacido para entrar en la Inquisición, que todo entrenamiento que recibiéramos sería necesario para destacar allí como una gran familia, los Zarkozi, asesinos glorificados que lo hacían todo bajo la palabra de Dios... Y amén. A él lo habían educado como a mí, con la convicción de que tarde o temprano nos convertiríamos en soldados y que entonces todo lo que habíamos pasado habría dejado de ser en vano porque nos convertiríamos en alguien mejores, pero yo no quería. Desde que mi hermano mayor había entrado en la Inquisición, había dejado completamente de ser de la familia para ser un títere de padre, alguien que solamente sabe obedecer órdenes y deseos ajenos sin preocuparse en absoluto por los propios, como si éstos no fueran importantes. Yo eso sólo lo estaba empezando a aprender ahora, con River, que me ayudaba a tener una idea tan loca como la de huir de mi familia para siempre y que me pareciera hasta posible... ¡y realizable! Y, sobre todo, deseable, aunque eso ya lo hacía antes de que él apareciera para alentarme, en todos los sentidos posibles. ¿Cómo lo hacía? ¡No lo entendía! Escuchaba sus palabras con cara de atontada, me lo notaba perfectamente, con una sonrisa estúpida que no podía disimular y que al final se transformó en sorpresa y finalmente en fascinación cuando él me dijo que no quería hablar del tema, se quitó su propia ropa y me desafió a nadar. ¡Maldito fuera! En ese momento lamenté el hecho de que mi ropa interior consistiera en una capa de tela blanca que era completamente transparente bajo el agua; sonrojada, gasté todo mi tiempo en cubrirme como pude en vez de intentar nadar más rápido que él, que mi River, quien por supuesto había ganado y me atrapó para que no escapara, como si pudiera... Y, así, atrapada contra él y con sus manos por todas partes, o eso me parecía, me besó, y no fue como había sido antes, sino que me robó el aire y me obligó a aferrarme a él con las manos en su nuca y las piernas en torno a su cintura para no ahogarme.

– Me parece que no he perdido, Alexander... Me parece que he ganado. Que los dos hemos ganado.

Como si él me hubiera inspirado, pasé a besarlo yo, a olvidarme de la timidez que habíamos podido compartir hasta aquel instante y a simplemente beber de él en sus labios, en la cercanía por la que me aferraba a él y por la que lo obligaba a no marcharse y a sostenerme aunque amenazara con ahogarme, con ahogarnos. Nunca había sentido nada parecido, tenía escalofríos por todo el cuerpo y me sentía arder donde él me tocaba y en cada punto exacto donde nuestras dos pieles coincidían, aún cubiertas por ropa. Salvo a mis hermanos, y los aparté de mis pensamientos enseguida, no había visto nunca a ningún hombre desnudo, y él era el único al que deseaba mirar, aunque al mismo tiempo anhelara cerrar los ojos y dejarlo tomar el control para que me hiciera lo que deseara. ¡Estaba tan confundida! Realmente no sabía qué deseaba más, y lo único que tenía claro era que besarlo se sentía bien, tanto que lo conduje a ciegas hasta una parte del lago donde apenas cubría y él pudo sentarse, conmigo encima, porque ni en un millón de años me alejaría de él por voluntad propia. Sólo entonces, cuando él ya se había separado para respirar y yo jadeaba, me atreví a quitarme aquella especie de camisola que realmente no ocultaba nada que él no hubiera visto o sentido ya, pero como su mirada me incendió y me dio vergüenza lo obligué a besarme otra vez para que parara con sus ojos verdes y su mirada intensa, ardiente. No pude controlarme del todo, no obstante, como no creía que pudiera a partir de ese momento, y mientras lo besaba (¿había sido siempre tan fácil hacerlo? Porque con él me salía natural...) bajé las manos por su pecho sin detenerme demasiado en las caricias, pues sabía a dónde me dirigía sin siquiera pensarlo: torpemente, porque no quería separarme de sus labios, le desabroché el nudo de los calzones y colé las manos bajo la tela para, de una vez, explorar. Y esta vez sí que me entretuve en mirarlo, en estudiar sus reacciones a ver si le gustaba lo que hacía y en memorizar su tacto, como si alguna vez pudiera olvidarlo, hasta que él no pudo más y me besó y yo lo solté para aferrarme, gustosa, de nuevo a su nuca.

– No van a venir. Te lo prometo, no nos encontrarán aquí, podremos volver a tiempo. Así que... hazlo. Por favor, hazlo. Si tiene que ser alguien, quiero que seas tú. ¿Puedes ser tú, mi Alexander, mi amor? Por favor... Te lo suplico. Hazlo, hazme tuya.




She seems dressed in all the rings of past fatalities:

So fragile yet so devious:
She continues to see it:


Climatic hands that press:
Her temples and my chest:
Enter the night that she came home... forever:



Abigail S. Zarkozi
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