Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Petrichor → Privado

Mensaje por Finn Hooper el Dom Abr 03, 2016 10:58 pm


“Expect sadness
like
you expect rain.
Both,
cleanse you.”
― Nayyirah Waheed


Desde su lugar, detrás el mostrador de la biblioteca, tenía una vista perfecta del exterior a través de una ventana. De ese modo, se sentía seguro. Podía ver el movimiento de la ciudad, saber qué sucedía, pero no formar parte de la dinámica. Recargado sobre la barra, con el codo en la superficie y con la mano sosteniendo su cabeza, se sintió relajado de ese modo. La lluvia, fina y que no alcanzaba a crear un aguacero, impedía que los lectores habituales asistieran a su cita con las letras. Finn, que tenía una memoria que le impedía borrar cualquier dato de su mente, conocía muy bien la rutina de todos ellos. Sus horas de llegada y las de salida. Qué libros estaban leyendo, qué libros habían consultado. Qué temas eran los usuales en cada uno de ellos.

Y aunque era alguien amante de sus costumbre, alguien a quien el cambio no le sentaba bien, disfrutaba aún más de la soledad, sólo acompañada por ese ligero y arrullador sonido de las gotas contra los techos y los cristales. Decidió ponerse de pie y él mismo tomar algún libro. Desde que había conocido a Casstronaut, aquellos de anatomía llamaban poderosamente su atención. Apenas se encaminaba a la sección correspondiente, cuando la puerta se abrió. De aquel modo el frío y el ruido de la llovizna entraron de contrabando a la biblioteca, pero sobre todo el aroma del suelo mojado. Un perfume como ningún otro. Se quedó un segundo o dos disfrutando de aquello cuando reaccionó. Tenía un visitante y debía regresar a su lugar. Siendo Finn como era, no se molestó, ese era su trabajo y lo hacía muy bien a pesar de sus obvias limitantes.

Al encontrarse con el otro, su única compañía esa tarde, se dio cuenta que lo conocía. No lo conocía por haber cruzado palabras, sino porque Finn, con observar una sola vez un rostro podía recordarlo para toda su vida. Y asociaba el mismo con un nombre, porque lo había leído en la lista de registro a la entrada y en la de los préstamos. Se mordió un labio, apenado de saber tanto del que todavía era un desconocido para él.

Pudo apreciar sus hombros húmedos por la lluvia, así como el cabello mojado. Trató de esbozar una sonrisa, sin mucho éxito. Carraspeó y desvió la mirada, para no parecer un maldito loco.

Ho-hola, bienvenido —se quedó pasmado como el gran tonto que era y retomó el hilo, forzándose a hacer más conversación—, ¿refugiándote de la lluvia? —Luchó todo lo que le fue posible para no delatarse, para no decir tácitamente que conocía su nombre y hasta sus hábitos de lectura. Maldijo esa mente privilegiada suya, la maldijo, una vez más.

Avanzó hasta rodear el mostrador y quedar detrás, en su sitio habitual. Sin hacer contacto visual, empujó el enorme libro donde todos los visitantes debían anotarse y también ofreció pluma fuente y tintero, haciendo de forma expedita su trabajo, diciéndose que dejara de intentar hacer algo que simplemente le salía tan mal: interactuar.


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Re: Petrichor → Privado

Mensaje por Vladmiri V. Mckennitt el Miér Jun 01, 2016 9:21 pm


Si abres las puertas de tu corazón a los Sueños,
yo estaré alegre y tú lo estarás también.

Bufo Soñador en la Galaxia de la Tristeza, Rafael Ábalos.



La madrugada lo había tomado desprevenido cerca de la chimenea, mientras jugaba largas partidas de ajedrez con su tío Hans. Conversaron sobre diversos temas, incluso, entraron en discusiones filosóficas, para luego terminar riendo por sentirse tan insignificantes ante el majestuoso poder del universo. Vladmiri admiraba muchísimo a su tío Hans, de él había aprendido casi todo lo que sabía, y más que nada, el apego a los libros. Era un hombre sabio y un pilar fundamental en la hermandad de Agartha, alguien a quien apreciaban y casi un doppelganger de Gwyddyon, el primer líder de la familia Mckennitt.

Fue ese el motivo de su desvelo, de estar casi durmiéndose en cualquier parte a la mañana siguiente, y como tenía responsabilidades durante las primeras horas del día, no pudo descansar como quería. También, para evitar las bromas de Loreena (que extrañamente no estaba rondándole cerca), decidió irse a la ciudad a leer un poco y a reposar. El centro de París lo acogió con uno de sus tantos parques, con el suelo cubierto por el césped de magnífico verde, y la maravillosa melodía de la primavera; sin duda, el lugar perfecto para recostarse a disfrutar de un buen libro. Pero estaba, nuevamente, tan cansado, que se quedó dormido con el libro en la cara. Fue un sueño profundo y reparador, tanto, que se ausentó, quizás demasiado, de la realidad, hasta que una gota fría cayó sobre el dorso de su mano y luego en su frente. La primera vez lo ignoró, sin embargo, cuando notó que el agua no cesaba, despertó sobresaltado, dándose cuenta de que la lluvia se cernía lentamente sobre él.

Se quedó pasmado observando el cielo gris y las gotas cayendo con velocidad aparente; por un momento creyó que todo aquello era una ilusión, hasta que él mismo se golpeó las mejillas para reaccionar y levantarse cual gato asustado para ir a buscar refugio. El sitio más próximo, en donde pudiera estar cómodo, era la biblioteca, sólo que ésta se encontraba a casi una cuadra de distancia. Su naturaleza podía darle ventaja, pero estando rodeado de personas comunes, que también huían del aguacero, descartó su nada común velocidad y simplemente corrió como un muchacho corriente, lo que hizo que terminara casi empapado.

Cruzó el amplio umbral del recinto y sacudió su cabeza, haciendo que el agua salpicara un poco a los lados. Se quedó observando el suelo algo avergonzado, pensado en que al dueño de la biblioteca no le iba a gustar para nada eso. Por suerte, al ser un visitante regular, la sanción podría ser menor o quizás sólo se ganaría una mala cara. Pudo haberse quedado sacando conclusiones sobre aquello, pero una voz lo distrajo. Reconoció de inmediato de quien se trataba, era el joven encargado de anotar a los visitantes; Vladmiri sólo lo observó, intentando recordar lo que le había dicho, pues, estaba tan concentrado en sus miles de disculpas, que igual no pudo evitar que alguna se le escapara.

—Sí, no se preocupe yo lo limp... Quise decir, sí, la lluvia, el refugio —frunció el ceño al verse a sí mismo como un idiota respondiendo. Sacudió suavemente la cabeza e hizo una ademán con las manos—. Lo lamento, ando distraído. Sí, bueno, las lluvias de primavera son algo sorpresivas y no me percaté que llovía hasta darme cuenta que estaba muy empapado. —Observó de soslayo la biblioteca y se rascó la cabeza—. No hay muchos visitantes... Supongo que las personas prefieren otras cosas que leer.



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Re: Petrichor → Privado

Mensaje por Finn Hooper el Lun Jul 11, 2016 8:34 pm


“We forget we're
mostly water
till the rain falls
and every atom
in our body
starts to go home”
— Albert Huffstickler


Por un segundo o dos, Finn se sintió abrumado. Algo en el chico lo desconcertaba… no de un mal modo, más bien como un acertijo que te llama para que trates de resolverlo sin secuelas graves si no lo consigues. Inofensivo, si se quería poner en palabras, pero no por ello menos interesante. Pensando en aquello, se embebió en sus cavilaciones y dio un respingo cuando su nuevo acompañante respondió. Sonrió taimado, sin verlo, desde luego, con la cabeza gacha y la mirada clavada en las hojas rayadas donde los muchos visitantes que entraban por esa puerta anotaban su nombre.

Por limpiar no te preocupes —aclaró, viendo que esa era la preocupación mayor del otro—. Puede esperar —asintió. El recibidor de la antigua biblioteca había sido restaurado y el suelo ahora cerámico. Al interior de la biblioteca, ésta conservaba sus suelos de piedra, que resultaban más fáciles de limpiar.

¿Qué? ¡Ah! —Al parecer ninguno de los dos estaba en el mismo canal y eso estaba provocando que la comunicación fuera algo torpe. Sin embargo, Finn sintió que a pesar de ello, era como si ambos hablaran el mismo idioma y era rara la ocasión en la que el joven inglés se sentía identificado con alguien. Estiró el cuello y alzó la cabeza como un suricato en la sabana, echó un vistazo a ese panorama que tan bien conocía—. Eso, tal vez. La verdad es que la lluvia no ayuda en nada. Hay personas que no faltan a su cita en este lugar, pero entiendo que prefieran la comodidad de sus casas —explicó, mirando fijamente un punto en la nada. Soltó con algo parecido a la añoranza. Quizá no porque extrañaba a sus visitantes —quizá sí—, sino porque eso, una vez más, le recordaba lo diferente que era.

Giró el rostro y como si un par de piezas embonaran, volvió a revalorar al joven. Vladmiri, sabía que se llamaba, pero no se atrevía a pronunciar su nombre. Sonrió y esta ocasión fue un intento más exitoso. Se movió detrás del mostrador y se fijó por la ventana. De a poco, la lluvia arreciaba, trayendo consigo el aroma de la tierra y la piedra mojadas.

Parece que esto no va a parar en un rato —apuntó, mientras su aliento cálido empañaba el cristal. Con el puño de su suéter, lo limpió—. Estamos atrapados aquí. Pero si te soy sincero, si voy a estar atrapado en un lugar, me alegra que sea la biblioteca —se giró al fin, lo miró fugazmente, su cabello rubio y sus rasgos afilados como esculpidos por cuchillos.

Vaya, eso era más de lo que Finn acostumbraba hablar y de inmediato, comenzó a sentirse incómodo, así que agachó la mirada, directo a la punta de sus zapatos y jugó con los hilos sueltos de su viejo jersey. Se preguntó si Aishe estaría en casa, resguardada de la lluvia. Esperaba que así fuera. Se preguntó también por qué en caso de que el otro muchacho decidiera quedarse ahí; su presencia no fuera tan insoportable como para hacerlo huir después de un rato, pero a veces, no veía más allá de sus propias inseguridades.


Última edición por Finn Hooper el Miér Oct 19, 2016 8:51 pm, editado 1 vez


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Re: Petrichor → Privado

Mensaje por Vladmiri V. Mckennitt el Lun Sep 05, 2016 11:45 pm


He pasado muchas horas (...)
entre los libros del Laboratorio del Saber
y ellos encierran todas las historias que uno pueda imaginar.

Bufo Soñador en la Galaxia de la Tristeza, Rafael Ábalos.



Aunque Vladmiri fuera poseedor de una naturaleza afable y serena, no era para nada bueno creando lazos afectivos con otras personas. Ni siquiera con Chantry. Es más, con ella era mucho complicado todo, hasta hablar. Pero eso ya era otro asunto, algo que distaba de una simple amistad. A él, sencillamente, se le hacía un tanto difícil tener amigos cercanos; era algo que no se le daba para nada bien. Solía vivir metido entre sus libros, investigando una que otra cosa para la hermandad, o siguiendo, de muy mala gana, los inventos de Loreena. Podría decirse que era un joven bastante ocupado; sin embargo, eso no era excusa para rodearse de otras personas con las que pudiera tratar sin problema. Quizás, sólo necesitaba a un amigo con que el no tuviera que sentirse acomplejado por hablar mucho; o con quien pudiera abstraerse en extensos silencios. Podía resultar una grandiosa idea, a pesar de lo complejo del asunto, y más en su condición.

Pero ahora no estaba para pensar demasiado en ello. Estaba más preocupado en el desastre que había hecho al sacudirse las gotas de agua en su cabeza, que en otra cosa; eso era algo impropio de él y quería solucionarlo de alguna manera. Pudo haber ofrecido más disculpas y hasta proponerse la faena de limpiar, no obstante, fue interrumpido. El otro muchacho, quien se encargaba de la biblioteca, no prestó mucha atención en el insignificante accidente, hasta pareció intentar calmar la angustia absurda de Vladmiri; además de haber compartido un par de palabras con él, algo que lo sorprendió muchísimo. Aquel chico poco hablaba, hasta parecía mudo de lo silencioso que se mostraba siempre, algo que causaba curiosidad, en especial a un felino.

—No, en serio, es que yo… Bueno, es que a veces soy algo torpe —murmuró con vergüenza, recordando las veces en las que fue llamado de ese modo. Y no precisamente por Loreena, quien, a pesar de su impertinencia, solía elogiarlo—. ¿De verdad no hay problema? No quiero ser irrespetuoso ni causar malestar en tu trabajo. —Suspiró resignado y sonrió. Se rascó la cabeza y sencillamente se dirigió al recibidor para apuntarse en la lista—. Bueno, dejando a un lado mi tontería. Me pregunto si, ¿todavía conservan ese grandioso libro antiguo que hablaba sobre Bizancio? Apenas pude hojear algunas páginas hace ya varios días y me quedé con las ganas de terminarlo.

De no ser por su somnolencia, y por Chantry, hubiera podido leerlo; la historia era uno de sus temas favoritos y esperaba con ansías que ese ejemplar aún estuviera ahí. En su mente todavía se encontraba la imagen de aquella tapa antigua, con letras doradas desgatadas y sus inscripciones en latín. Casi podía sentir de nuevo ese olor a páginas viejas, corrompidas por la humedad.

—¿Alguna vez tuviste la oportunidad de leerlo? Lo que me agrada de este lugar es que llegan manuscritos antiguos y se pueden examinar. Claro, con el cuidado que ello requiere —agregó—, los textos antiguos suelen ser algo delicados si se exponen al viento. Bueno, también se debe conocer algunas lenguas antiguas; mi tío me enseñó algunas desde que estaba chico. —Al percatarse de que estaba hablando de más, se sintió idiota, y en vez de seguir en lo suyo, pensó en la manera de enmendar su comportamiento. Así que sólo extendió la mano en modo de presentación; era lo mejor que podía hacer—. Vladmiri Mckennitt, un placer. Ah, y gracias por no prestar demasiada atención a mi descuido con el agua.




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Re: Petrichor → Privado

Mensaje por Finn Hooper el Miér Oct 19, 2016 9:30 pm


“So many books, so little time.”
― Frank Zappa


Alzó el rostro sorprendido. Un par de ojos azules bien abiertos, como si quisiera capturar con ellos toda la realidad que lo rodeaba, a pesar de que, la mayoría de las veces, ésta lo agobiaba. Por un momento creyó que había escuchado mal. No podía decir que conocía al otro, fuera de las visitas que hacía a ese lugar, pero nunca le había parecido torpe, y por ello fue su desconcierto. Quiso decir algo, en lugar de ello, desvió la mirada y se mordió un labio; fue consciente que se le había quedado viendo como si se tratara de una quimera que de pronto se aparece frente a él.

Sin embargo, hubo algo en su insistencia que le caló hondo. Quizá al negarle la posibilidad de limpiar, le estaba coartando una necesidad. Como si a él lo jalaran a la fuerza a una muchedumbre. Los inadaptados se entendía, se identificaban, como si estuvieran marcados. Fue a decir algo, abrió la boca, pero lo que su acompañante dijo a continuación le pareció más relevante en ese momento. Lo escuchó atento, incluso lo miró. Le fascinó la facilidad que tenía para hablar y la pasión con la que hablaba del libro, mismo que recordaba bien; tenía una memoria implacable que no le permitía olvidar nada.

Sonrió, aunque no fue consciente de ello. ¿Habría sido muy obvio? ¿El otro lo habría notado? Se quedó un segundo o dos muy quieto, procesando todo lo que estaba sucediendo, fue entonces que Vladmiri confirmaba su nombre. Sacó la mano de la manga del suéter, pues lo había estado empuñando desde que había limpiado el cristal. Tardó más de lo que era correcto en corresponder; no por falta de educación (ser un Hooper, aunque fuera venido a menos como él, era sinónimo de distinción), sino por completo aturdimiento.

Un placer —al fin estrechó la mano ajena—. Finn Hooper —respondió con su propio nombre, porque no había motivo para ocultarlo. Carraspeó—. Creo que sé de qué libro estás hablando. No he tenido oportunidad de leerlo porque… bueno, sólo mira este lugar, quisiera leerlos todos, pero no me alcanza la vida —rio, aunque fue un sonido más bien incómodo.

Sé exactamente dónde está. Espera aquí —y no mentía. Cuando decía «exactamente» así era. Incluso podía decirle entre que otros libros estaba guardado. Para su trabajo, esa habilidad suya resultaba muy útil.

Pero no se dirigió hacia las estanterías. Fue a un pequeño cuarto detrás del mostrador, de donde sacó una escoba, un cubo de madera y un paño. Los cargó con dificultad y con un ademán le indicó que lo siguiera. Su primera parada fue donde aún estaba el agua que Vladmiri había regado. Para ello necesitaba aquellos utensilios. Se apresuró a limpiar. No era tan grave, de todos modos y de ese modo quería darle un poco de tranquilidad. Dejó la escoba recargada en un muro y tras exprimir el trapo en el cubo, lo acomodó encima de éste, para luego reanudar su marcha, esta ocasión sí, en dirección a los libros.

Con una seguridad que no tenía en ningún otro ámbito, Finn se desenvolvió entre libreros con una soltura envidiable. A veces pasaba la mano por los lomos de muchos, muchos tomos, unos más viejos que otros y al final, llegó a la sección de Arte, para luego avanzar en orden cronológico. Los más cercanos a ellos eran los más recientes, así que debía ir al fondo, para poder acceder a un libro tan antiguo. Cuando finalmente se detuvo, fue frente a un librero empotrado en la pared, y sin buscar en absoluto, estiró la mano y extrajo justo el libro que Vladmiri le había dicho.

Es este, ¿cierto? —Preguntó, aunque ya sabía la respuesta.


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Re: Petrichor → Privado

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