Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Quoth the Raven [Privado]

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Quoth the Raven [Privado]

Mensaje por Erinnia S. Graffiacane el Sáb Abr 09, 2016 1:25 am


Esta torva y negra ave tocó,
con su aire grave, en sonriente extrañeza,
mi gris solemnidad.

—Edgar Allan Poe.



Era una noche de esas oscuras, en donde las bestias se escondían en las esquinas, vestidas en tinieblas.

Era una noche de esas en donde las pesadillas colmaban de miedos a los mortales en sus lechos; arrancaban la cordura y devoraban almas.

Era la noche del cuervo; era la noche del demonio del tercer círculo... Era la noche del mensajero.

Una bandada de aves negras cruzó el cielo en silencio, observando con sus ojos siniestros a las almas que deambulaban en la tierra. Su misión era llevar noticias a su líder, quien impasible los esperaba en la rama desnuda de un árbol. Graffiacane vestía, una vez más, de sombras. Su atezado plumaje apenas brillaba con las débiles luces de las farolas cercanas, y cuando la brisa soplaba, levantaba las plumas con elegancia, como si las hiciera danzar. Cualquiera pensaba que se trataba de sólo un cuervo, más los espíritus que penaban, huían despavoridos del pico mortal de aquel demonio silencioso, el que esperaba a sus alimañas con las formas de los pájaras que anunciaban la muerte.

¿A quién buscaba Graffiacane? ¿Quién sería el desdichado en caer bajo sus alas de maldad? Ella lo sabía. Lo había elegido en su guardia de cada noche. Lo observaba a través del ventanal y le arañaba el alma con la mirada. Él era su víctima y ansiaba devorar sus pensamientos hasta dejarlo abandonado en la locura y hundido en el desanimo. El joven mozo no beneficiaba a Los Custodios, pero si a ella, la más egoísta de los nueve. Graffiacane lo sabía todo y a la vez nada; velaba en constante vuelo por sus intereses y sólo compartía sus descubrimientos con su amante; ni siquiera con su gemelo, quien abogaba por el líder de la cofradía, mientras el mensajero no mostraba interés alguno, aunque lo tuviera, solía ocultarlo.

Su mirada mortecina se fijó en la figura que se acercaba, iluminada apenas por las luces de un candelabro. Había llegado el momento de actuar. Halló de inmediato un ventanal abierto, y campante, extendió sus alas y se lanzó al vacío, consiguiendo alzar su cuerpo negro hasta posarse en el marco viejo de la ventana que estaba abierta. Su figura se escabulló en las tinieblas de la habitación y se posó en el dintel de la puerta, mientras notaba la llegada de su víctima. Era apenas un joven carente de sensatez, con una oscura obsesión tatuada en su interior. Ese era el alimento favorito de Graffiacane, quien sólo observaba sin hacer el menor ruido. Él quizás se daría cuenta de su presencia, no era tan tonto. Pero al cuervo le gustaba jugar a las escondidas y cuando notó resignación y cansancio en el muchacho, su mente se apoderó de la suya y le habló a su pensamiento, como una voz muda, parecida a la conciencia, o peor aún, a los miedos del alma.

—¿A quién crees buscar en las tinieblas? ¿Acaso piensas que algún espectro del valle de Los Muertos vendrá a visitarte esta noche? —Recitó en sus memorias, penetrando vorazmente en su mente—. Que no te engañe la inmortalidad, es el origen de los males... Te conservarás vacío; serás una escultura andante. Serás bello y hueco. No tendrás razón de ser porque nunca la has tenido. Quien desafía a la muerte, le esperan las peores condenas.


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Re: Quoth the Raven [Privado]

Mensaje por Serge Auric el Dom Mayo 08, 2016 2:32 am


“I was made to rule the darkness.”


Vaya pérdida de tiempo. No es como si Serge tuviera muchos asuntos que atender, aún así, odiaba que le hicieran perder su tiempo. Étienne padre y Étienne hijo lo arrastraron hasta ese evento donde las niñas tontas de su edad esperaban que se fijara en ellas. ¡Pobres ilusas! El menor de los Auric, en su afán de trascender, tenía metas mucho más claras y más grandes que casarse con una de ellas y engendrar hijos al por mayor. Estaba de pésimo humor y pobre de aquel que quisiera pasarse de listo esa noche, porque lo conocerían enojado y el diablo en el averno sabía lo terrible que eso resultaba.

Sin que la fiesta hubiera estado en su apogeo si quiera, exigió regresar a casa. Su padre y su hermano mayor, conociéndolo, decidieron que regresara solo, antes de tener que aguantarlo y así se hizo. El carruaje fue a por él y lo dejó en la puerta de la residencia. Tan pronto puso un pie dentro, caminó con la intensidad de una tempestad y comenzó a deshacerse el nudo de la corbata, accedió así hasta su habitación. Grande, espaciosa y siempre oscura. Una ventana estaba abierta y por ella el viento y la penumbra se colaban desde fuera. Fue ahí y se recargó en el marco desde donde observó el jardín y más allá la calle envueltos en sórdidas sombras. Bufó, sin darle mayor importancia. Se dispuso a seguir cambiándose de ropa cuando algo irrumpió en su tranquilidad.

En medio de la habitación, donde estaba parado, giró en su propio eje, buscando la fuente de esa voz que parecía hablarle directamente a él. Como el águila que devora una y otra vez el hígado de Prometeo.

¿Quién eres y qué quieres? —Exigió mientras sus ojos de lapislázuli danzaban entre la umbría, tratando de localizar al indeseado visitante—. ¿Acaso pretendes asustarme con tus palabras? Dime tu nombre o regresa a la ribera de la noche —avanzó, con puños apretados y mandíbula tensa. Escrutó cada rincón y no halló nada.

Oscuridad, y nada más.

¿Y quién dice que quiero estar repleto? Vacío estoy, vacío me quedaré. Carezco de alma. ¡Muéstrate! —Comenzó, en ese instante, a remover algunas de las cosas de su habitación, en su desesperación por encontrar al intruso, o intrusa porque claramente era una voz de mujer—. ¿Acaso vienes a advertirme sobre el infierno? No seas tonta, es el infierno de donde vengo —alardeó mientras seguía en su infructífera tarea.

Condenado estoy. ¿Cómo sabes tú de mi deseo? Y en todo caso, ¿qué demonios te importa? —Por un par de segundos continuó en su búsqueda, pero se detuvo, mirando fijamente el insondable negro que era imposible desterrar con la solitaria y mustia flama de su vela.

Oscuridad, y nada más.

Ahora, te imploro —soltó con sorna y sarcasmo—, estoy cansado y no tengo tiempo para jugar al escondite. Largo ahora antes de que quiera incendiar la habitación y la casa entera con tal de deshacerme de ti. Presencia inmunda, espectro inoportuno —fue a por el candelabro que le servía de fuente de luz y lo tomó, lo alzó luego, intentando alcanzar nuevos lugares con su llama. Ahí, en la penumbra que parecía eterna, entonces distinguió un par de ojos como los de un demonio que está soñando. Alzó el mentón, en espera.


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Re: Quoth the Raven [Privado]

Mensaje por Erinnia S. Graffiacane el Miér Jun 15, 2016 11:11 pm

¿Cuál es tu tétrico nombre en el abismo infernal?
Dijo el cuervo: "Nunca Más".

—Edgar Allan Poe.



Escondida en la profundidad de la noche, vestida en tinieblas y quieta como una siniestra escultura, se encontraba el ave. Sus ojos pétreos estaban fijos en el alma que se paseaba por la soledad de la residencia, apenas su rostro se iluminaba tras unas luces temblorosas, revelando aquellos ojos arrogantes que tanto deseaba arrancar de sus cuencas con su pico de plata. Sus garras se aferraban al umbral, como dos cuchillas afiladas que perforaban la pulcra madera; observó en silencio, en un voraz y fantasmal silencio, al muchacho, que orgulloso osaba a desafiarla, algo que hizo que el alma diabólica de Graffiacane sonriera, casi saboreando la victoria sobre otro mortal ignorante de la verdad, aquella verdad que todos evadían y que era la única llave de su salvación eterna. Pero, ¿qué iba a saber el soberbio sobre aquella humilde verdad? Si hasta tuvo el atrevimiento de decir que venía del infierno. ¡Que blasfemia! Y que alma contaminada y agraciada resultaba para el cuervo.

Entonces Graffiacane alzó las alas y echó su cabeza hacia adelante, como si estuviera iniciando una danza repugnante y siniestra, soltando un graznido, que más se asemejaba a una risa áspera y burlona, nada parecida a la de los seres de este mundo. Rió una y otra vez, haciendo que las risotadas se esparcieran por todo el lugar, pareciéndose al eco solitario del viento que sopla en el interior de una abandonada caverna. Deseó desfigurar el perfecto rostro del joven con el pico y arañarle la piel albina con las garras, pero no lo hizo, sólo dejó de burlarse de las palabras de él y sus alas volvieron a reposar sobre los costados de su cuerpo.

Golpeó la madera con el pico una vez, luego otra y así hasta que llegó al quinto golpe.

—Yo soy muchos en infinidades de lugares; aquí o allá, sigo siendo el mismo. Arriba o abajo, cumplo la misma función —susurró, ladeando la pequeña cabeza—. ¿Asustarte? ¿Por quién me tomas, pequeño y arrogante ser? —Soltó una risa petrificante y agitó las alas, como si aplaudiera su propia burla—. ¿Qué sabes del infierno? ¿Acaso has estado ahí alguna vez y te has enfrentado cara a cara con sus demonios? Dime tú, pequeño y petulante humano, ¿conoces la verdadera ribera del caos, más allá del río de la desolación? ¿O sólo sueñas con satisfacer los deseos imposibles que pululan en tu negro corazón?

Voló hacia la ventana abierta, soltó tres graznidos perturbadores y, sin más, volvió al dintel de la puerta, vigilando el ventanal con mucha atención. Entonces, tras varios segundos, seres de plumas negras recorrieron la ciudad, volando sobre los techos y las copas de las árboles, para posarse en las ramas de los árboles que se hallaban frente a la propiedad de los Auric. Graffiacane volvió a soltar aquella burla espectral y los cuervos de afuera hicieron lo mismo.

—Si llegases a buscar tu propia muerte por las llamas del fuego traicionero, me estarás ahorrando el trabajo de devorar tus entrañas hasta que tu alma caiga irremediablmente por el abismo que separa el Hades del limbo —soltó el cuervo—. Tu intento inútil por hallar la inmortalidad, jamás... ¡Jamás! Se cumplirá. Pero si dejas de recitar ofensas hacia este servidor del averno, podré darte lo que deseas a cambio de algo que me interesa.

Y al enunciar sus intenciones, sólo hubo silencio... y nada más.



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Re: Quoth the Raven [Privado]

Mensaje por Serge Auric el Sáb Ago 13, 2016 12:17 am


“Escrutando hondo en aquella negrura
permanecí largo rato, atónito, temeroso,
dudando, soñando sueños que ningún mortal
se haya atrevido jamás a soñar.”
— Edgar Allan Poe, El Cuervo


Oscuridad, y nada más.

Pero de ella brotaba este ser infernal que al parecer quería atormentarlo. Serge, sin embargo, era complicado, no era otro humano más, ¿lo sabría acaso ese demonio emplumado? Quizá era por eso que lo había elegido. Soltó la vela, misma que se apagó al caer al suelo cuando el ave, finalmente pudo verlo mejor, alzó sus alas y soltó picotazos al aire, se cubrió también con el antebrazo, para protegerse el rostro, aunque la distancia aún era considerable entre ambos. Desde su lugar, sólo podía ver esos ojos diabólicos y el contorno de plumas negras.

Escuchó, pero no respondió. Se sintió intrigado, escrutando hondo en aquella negrura, permaneció largo rato, atónito, temeroso, dudando, soñando sueños que ningún mortal se ha atrevido jamás a soñar.

Ambas, ¿por qué no? ¿Acaso tú, con tu cresta cercenada y mocha, no sabes que se puede obtener todo? ¿Dónde queda tu ambición, pájaro o demonio? O ambas, ¿por qué no? —entonces guardó silencio al escuchar el batir de cientos de alas y cuando giró el rostro hacia la ventana abierta, vio los árboles ennegrecidos con más aves como ésta que lo retaba. Muchos pares de ojos lo observaban como tizones encendidos y la cacofonía de sus carcajadas de volvió ensordecedora al grado que tuvo que taparse los oídos.

¿Ah sí? —Al fin habló, bajando los brazos, cuando el ruido terminó. Fue demasiado consciente de la parvada allá afuera, pero concentró su atención en el ave dentro de su habitación—. ¿Y qué es eso? Puedes decir lo que quieras, pero voy a conseguir mi meta, quizá, diablo infernal, cuando lo haga, puedas volverme a visitar, para que lo compruebes —retó y se acercó de nuevo—. ¡Habla! ¿Qué es eso que quieres de mí, y a cambio que voy a obtener? Los humanos podrán tenerte miedo, pero yo no. Yo no soy humano, hace mucho que dejé de serlo, que mi apariencia no te engañe —poco a poco recobró su altivez usual, aunque sabía que si los pájaros allá fuera eran comandados, podían entrar y acabarlo. En todo caso, Serge jamás había temido a la muerte.

Entonces, ¡dime! ¿Tan aburrida es tu vida en el Hades que tienes que venir a atormentarme? ¿O esa es tu misión? Conducirme finalmente a las puertas del infierno —con algo de calma se agachó para recoger la vela que había tirado, misma que dejó una pequeña marca negra en la duela del suelo. Se acercó a un escritorio, de donde tomó un mechero y volvió a encenderla.

También jaló una silla y se sentó ahí, con la vela iluminando su rostro pálido de ojos azules. La cera escurriendo, quemando su mano, pero Serge no se inmutó. Clavó la mirada en su visitante, aunque no lograba verlo del todo por las sombras y se mantuvo atento a los de allá fuera. Aguardó por las respuestas que buscaba. De pronto, aunque no complacido, el mal humor dio paso a una enferma fascinación, como siempre era tratándose de él. E incluso contemplando al ave, sólo alcanzaba a ver una cosa…

Oscuridad, y nada más.


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Re: Quoth the Raven [Privado]

Mensaje por Erinnia S. Graffiacane el Sáb Oct 15, 2016 8:30 pm


Y hundido en el terciopelo me afané con recelo
a descubrir que quería la funesta ave ancestral al repetir; "Nunca más".

—Edgar Allan Poe.



¡Vaya! Que hermosa era la arrogancia humana. El creerse superior, a pesar de lo insignificante que se es ante la inmensidad del cosmos; la ingenuidad del orgullo vuelve al hombre un ignorante. Y Graffiacane bien lo sabía. Disfrutaba de las madrugadas frías, cuando las pesadillas se deslizaban en las penumbras, alimentándose de los pensamientos más profundos de los humanos; esos que ni ellos sabían que tenían. Esos que sonaban como melodías sombrías y heridas a los oídos de los voraces depredadores del averno, quienes danzaban ante el festín de almas corrompidas. Se acariciaban los estómagos inflados, y sus rostros cadavéricos sonreían, mientras la carne les colgaba de las mandíbulas, moviéndose de un lado a otro, como el péndulo de un reloj.

¿Qué tanto podía saber ese niño arrogante? ¡Ah! Aquello tenía que ser una broma. Le desafiaba el menor, creyéndose vagar en uno de sus sueños. Pero ignoraba la realidad. Estaba acompañado de un demonio real. De un cuervo maldito, quien lo contemplaba en silencio, satisfecho por la reacción del pequeño humano. Su alimento iba volviéndose mucho más apetitoso; ese rostro tallado en mármol le incitaba a picotearlo tantas veces como años tenía el mundo. ¡Quería esa alma para sí! El ouroboros le ardió entre las plumas oscuras, gustoso por el descubrimiento de su portadora.

Graffiacane volvió a alzar su cuerpo, aún sobre el dintel de la puerta; graznó alto, lo hizo con gozo. Aquel sonido quebraba el silencio nocturno, y el tímpano delicado de un mortal común podía ser herido ante semejante eufonía abismal. Aquello no podía ser el graznido de un cuervo común, sino de un visitante del infierno. Su presencia nefasta así lo demostraba.

—¿Todo? —Inquirió con burla. Todas las demás aves, afuera, como moradores, rieron de nuevo—. ¿Qué es todo para ti? ¿QUÉ ES? —Afiló las palabras en contra de su mente contaminada—. Oh, el humano se cree una bestia. ¿De qué mundo vienes? ¿A cuál quieres pertenecer? El Hades se queda pequeño, comparado con otros abismos cósmicos. —Agitó las alas violentamente y picoteó la madera con euforia—. Tú dices no ser un mortal, pero, déjame ilustrarte algo... —Voló entonces hacia la ventana, posándose en el marco—. Actúas como muchos de los que ahora arden en la brea. Allá afuera existen decenas de seres como tú; lamento herir tus pretensiones.

Y nuevamente fue a posarse en el dintel. Los otros cuervos susurraban llantos, palabras extintas, cánticos de la muerte; afuera, ellos vigilaban la disputa, como almas condenadas en cuerpos de aves en la noche.

—Y no me subestimes, Serge Auric. Yo no sólo puedo ver tu apariencia, puedo ver más allá de tus ojos. No hay pensamiento que al Mensajero no se le escape; por eso he venido, luego de haberte seguido cinco noches. Cinco vences uno; cinco y quinto... el quinto círculo —recitó, dedicándole una mirada feroz, aún con su mirada cubierta de sombras—. ¿Quieres poder? ¿Inmortalidad? ¡El orgullo fue herido por las flechas de Eros! ¡Apolo sucumbió ante su propio deseo! —Exclamó—. ¿Quieres un trato? El pago, sólo me interesa el pago. Pero, espera, quiero conocer tu prudencia, ¿todavía la conservas? Ay, de ti.

El cuervo se quedó quieto. No quería revelar antes sus intenciones, quería jugar un poco más.

—¿Quieres ser uno de los jinetes o los marcados en la frente? ¡Habla! Pequeño actor del diablo —sentenció el cuervo en un susurro espectral.

Sólo hubo silencio... y nada más.



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Re: Quoth the Raven [Privado]

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