Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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El secreto de la orquídea | Privado

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El secreto de la orquídea | Privado

Mensaje por Tiphanie Vinsonneau el Miér Abr 13, 2016 10:30 pm

"A veces podemos pasarnos años sin vivir en absoluto, y de pronto toda nuestra vida se concentra en un solo instante."
Oscar Wilde

Gaël era casi todo lo que necesitaba para ser feliz. Su hijo era sus sentidos, su aire, su amor más hondo y primitivo. Solía abrumarla la inconmensurabilidad del sentimiento que la había invadido el día que él salió expulsado de sus entrañas, exacerbado por los horrores que Tiphanie sabía que podía sufrir, gracias a la lamentable experiencia de su madrina y su prima. La sola y sencilla idea de que su pequeño pasara por algo semejante, le revolvía el estómago. Pero sabía la clase de hombre con el que estaba casada, que sería incapaz de hacerle daño, que adoraba a ese niño por sobre todas las cosas. Pero, ¿Elona no había pensado de la misma forma? Sabía que nada ganaba siguiéndole el juego a su imaginación; sin embargo, era cuidadosa y precavida, sólo ella bañaba a Gaël, sólo ella lo cambiaba, sólo ella compartía ciertos momentos de intimidad. Su marido respetaba esos espacios, pues eran netamente femeninos, y no le extrañaba la actitud sobreprotectora de Tiphanie; todo lo contrario, la alentaba. Él también era celoso de los cuidados del nene, también aterrado por la idea de perder aquella bendición del Cielo.

Hijo, quédate donde pueda verte —le dijo mientras le ajustaba la capa. Tenían que recoger las verduras para la cena, de la huerta que Déodat había hecho para la familia. Tomó la canasta, y comenzó a quitar las zanahorias de la tierra, los nabos, las remolachas. Era bastante limitada en esas cuestiones –a pesar de haber sido criada para eso-; Tipahanie siempre sentiría que nunca era lo suficientemente buena para algo. Le costaba elegir cuál estaba en mejores condiciones, se tomaba su tiempo para inspeccionarlas.

El grito de su hijo la quitó del transe en el que se había sumergido. Agachada en la tierra, se puso de pie rápidamente; guiada por un instinto ancestral, se dejó guiar por el llanto desgarrador de Gaël. Lo descubrió en el piso, bajo un árbol, tomándose la pierna. Corrió hacia él, y cuando lo obligó a quitar las manos de la herida sangrante, se encontró con los huesos fracturados, expuestos sobre la piel desgarrada. Sin pensar demasiado, y haciendo caso omiso a los ruegos del pequeño, lo tomó entre sus brazos, y mientras ignoraba las lágrimas que le nublaban la visión, corrió hacia el sitio donde estaría trabajando su esposo. Ella no sabría qué hacer con una lesión de aquellas magnitudes, ¿tendrían que amputarle la pierna a Gaël? La sola idea hizo que comenzara a llamar a Déodat a los gritos, como una verdadera loca. Parecía que nadie se había dignado a trabajar en aquella jornada.

Cayó en la cuenta de que era el atardecer, los peones solían reunirse a fumar en un lugar que ella no recordaba. Entró al establo, alterando a los caballos con los gemidos de su hijo y con los propios y la ropa bañada en sangre. Déodat no estaba, ¿dónde se había metido? Los animales relinchaban y sacudían sus cuerpos, percibiendo la pena de Tiphanie, que era carcomida por la culpa. Se secó las lágrimas, imparables, cuando notó que alguien se acercaba a ella.

Por favor, por favor, mi hijo se lastimó —acortó la distancia que la separaba del extraño, y el mundo se paralizó al descubrir de quién se trataba. —Tú… —murmuró, al recordar aquel particular cabello -¡tan parecido al de Gaël!-, aquellos ojos -¡los de su pequeño!- y esas manos que la habían recorrido sin miramientos. ¿Qué clase de jugada de Dios era esa? No tenía importancia, al menos no por el momento. —Ayúdame, te lo imploro. Cayó de un árbol y… —para graficar el espanto, volteó al nene. La sangre impedía una visión certera, pero la palidez del pequeño era la prueba cabal del padecimiento. —No encuentro a mi esposo, él sabría qué hacer —comentó. Se sentía la peor madre del mundo, se sentía la mujer más inútil. Había descuidado a lo más sagrado que tenía. Déodat la odiaría, y merecía toda la furia de ese hombre santo, que jamás se quejaba por haberse casado con una insufrible muchacha, mala esposa.



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Re: El secreto de la orquídea | Privado

Mensaje por Izsák Kodály el Lun Jul 11, 2016 11:42 pm


“Why are we embarrassed by silence? What comfort do we find in all the noise?”
— Mitch Albom


Sus momentos favoritos de la jornada era cuando sus compañeros de la finca se iban a fumar y podía estar solo. Apreciaba el silencio, era un remanso de paz en medio de una agitada existencia como la suya. Su patrón, el capataz de la finca, había ya detectado bien su habilidad natural para tratar con animales, así que aparte de las largas jornadas de sol a sol en los sembradíos, se hacía cargo de algunas tareas en los establos. Y cuando era momento de descansar, en lugar de ir a fumar, se echaba entre heno y caballos a escribir poemas en húngaro e insipiente francés.

La Muerte como musa recurrente, porque ésta lo sobrevolaba. Le hablaba en susurros al oído y él, en lugar de rechazarlo, aceptaba que posiblemente le restaba muy poco tiempo sobre la tierra. Pero también, esos ojos garzos como pozos de agua cristalina en la oscuridad. La desconocida de la tormenta. La que en un viejo granero, entre lluvia y desconcierto, lo recibió en la ciudad. Una imagen más bien etérea, pues no podía dibujar con exactitud sus rasgos en su memoria. Sin embargo, había entendido que para su alma atribulada, eso funcionaba mejor.

Entonces, el bolígrafo y el papel en sus delgadas manos, llenas de cayos y cicatrices por el trabajo duro, danzaban con esas dos hermosas damas que, no obstante, carecían de certidumbre en su fuero interno. Era más hermoso y más sublime de aquel modo, pero a veces, la desesperación de no saber le podía.

Silencio.

El caballo bayo con el que compartía caballeriza dio una coz y relinchó. Izsák se puso de pie tan rápido que se mareó y la respiración se le dificultó unos segundos. Ese era un secreto que no compartía con nadie, su latente enfermedad que cualquier día de estos podía arrancarlo del mundo de los vivos en medio de los huertos. Así, sin más. Súbitamente como un rayo. No podía decirle a nadie, le costaría su trabajo, su búsqueda, su tranquilidad. Dio unas palmaditas al jamelgo y los llantos infantiles se hicieron escuchar. Se asomó, para saber si era seguro salir. La vio de espaldas, cabello rubio y figura menuda. Nunca la había visto por ahí. Algunas mujeres trabajaban en la finca también, pero ninguna con esas características. Sintiéndose seguro, al fin se acercó y ella se giró con aquel niño en brazos y la pierna llena de sangre.

Miró primero a la criatura que no dejaba de llorar. La sola herida le dolió a él mismo, en su misma pierna. Claro, porque era una fractura expuesta, pero aquello iba más allá, lo sintió en su débil corazón. Como si fuera parte de él. Al alzar el rostro, pudo ver un par de ojos, preocupados, inundados en llanto, pero también garzos, como pozos de agua cristalina en la oscuridad. Dio un súbito suspiro, tratando de ignorar el hecho.

Sí, sí… tráigalo aquí —habló entonces con un endeble hálito y un francés de marcado acento urálico. Abrió una pequeña puertecita que dio pie a una habitación muy básica. Apenas una cama individual y una mesa con un quinqué apagado. Era la habitación del velador—. Puede colocarlo ahí. ¿Quiere que busque a su esposo? —Le costó trabajo decir aquello, no por su pésimo dominio del idioma local, sino porque de algún modo, eso deshacía la ilusión de que esa mujer era la que ocupaba sus pensamientos desde hacía tanto.

A pesar de lo dicho, entró junto a ellos a la habitación y se postró en la cama. El cabello largo le cayó sobre el rostro y se lo acomodó detrás de las orejas. Observó al niño unos segundos para luego ponerse de pie. Caminó por la estrecha habitación y de un compartimiento oculto extrajo algo que sostuvo con el puño. Se giró y lo extendió hacia la mujer. Era una mezcla de clavo y otras hierbas.

Que mastique o trague esto. Le ayudará con el dolor —le dijo muy serio. No era ajeno a las heridas, desde pequeño había trabajado en lugares como aquel, sus hermanos también y aprendió rápido a curarlos y no esperar por nadie—. Lo necesitará —agregó y frunció el ceño. Miró al niño, iba a necesitar mucho más que eso si él mismo iba a intentar regresar el hueso a su lugar.  


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Re: El secreto de la orquídea | Privado

Mensaje por Tiphanie Vinsonneau el Sáb Jul 16, 2016 5:16 pm

"But my words like silent raindrops fell, and echoed in the wells of silence."
Paul Simon

¿Qué clase de maldición había recaído sobre su tranquila vida? A los nervios por su hijo, se sumaba la presencia del hombre misterioso, que había germinado su vientre para entregarle la seguridad de su familia. Había entrado en aquel pequeño cuarto sin pensarlo dos veces, había depositado a Gaël con suavidad y se había acuclillado a su lado, dándole lugar al extraño. Fue incapaz de desviar la mirada de su cabello cuando éste cayó sobre su frente, y el insignificante gesto de acomodarlo detrás de la oreja, le provocó un débil cosquilleo en la boca del estómago. Tiphanie, inmediatamente, regresó su atención a su sufrido hijo, que pedía por ella, como si no estuviese sosteniéndolo. A pesar de la impresión que le causaba, la joven decidió observar la fractura, y lejos de sentir repulsión, el dolor del nene se hizo propio. No toleraba verlo de aquella manera, era un niño tan tranquilo, tan alegre, tan dócil, y que temblase y se retorciese por el padecimiento, le convulsionaba las vísceras. ¿Dónde estaba su esposo cuando lo necesitaba? Déodat sabría mantener en calma al pequeño y no habría comenzado a correr con él en brazos como un loco, actitud que ella, ridículamente, había adoptado.

¿Usted puede ayudarlo? —le preguntó con voz temblorosa, mientras aceptaba la mezcla. No le prestó atención a la respuesta, necesitaba poderosamente, aferrarse a algo que le diese seguridad. —Hijo, hijo, Gaël, toma, mi amor, come esto —para ella, era un bebé aún, pero abrió su boquita y le hizo caso a su madre. No ocultó la mueca de asco, pero la muchacha lo instó a que continuase, y entre lágrimas y gestos de repulsión, el niño comenzó a sosegarse, quizá porque el dolor era tan intenso que lo había agotado, o porque el sabor de las hierbas le parecía tan horrible que lo desenfocaba de su herida. Tiphanie le lanzaba vistazos a su amante fugaz, pero no se sentía capaz de estudiarlo en demasía. El parecido con Gäel era lo que más la abrumaba, y rogó que él no se percatase de ello. ¿Sabría que era la esposa de Déodat? ¿Cuánto tiempo hacía que estaba allí y nunca se habían cruzado?

Mami… —murmuró Gaël, cuando notó que ella no lo miraba. Inmediatamente, el pequeño le sonrió entre lágrimas, parecía haberse serenado. La histeria inicial había cesado, agotándolo. Estaba pálido y sudaba frío. Cerró sus ojitos cuando la mano de Tiphanie se apoyó en su cabecita, y ella le correspondió la sonrisa. Era tan frágil…

Aquí estoy, mi vida, no me iré a ningún lado —lo tranquilizó. Ya se había percatado que el hombre tomaría las riendas de aquel asunto. Sin dudas, no había tiempo de buscar a Déodat, no podían dilatar más la situación. —Ahora éste señor tan amable, te ayudará. Debes confiar en él como mami lo está haciendo —había suavizado su voz y le hablaba cerca del oído. Gaël levantó levemente los párpados y observó sin desparpajo a su improvisado médico. A Tiphanie, un escozor helado le recorrió la espalda y le erizó la piel. Estaba ocurriendo eso por lo que ella le había rezado tanto a Dios y a todos los santos que nunca pasase. ¿Había llegado el momento de purgar su falta?

Teno medo —aquella confesión irrumpió en sus pensamientos y la hizo regresar a la realidad.

No tengas miedo, mi amor. Eres un niño muy valiente —lo consoló.

¿Mi papi?

Tu papi ya vendrá —tragó con dificultad y le fue inevitable que su interior repitiese que su padre estaba allí, a su lado. ¡No! Su padre siempre sería Déodat, siempre. —Pero ahora debes estar tranquilo, para que éste señor te ayude. ¿Si, hijo? —él asintió. —Mami se quedará a tu lado —le besó la manito, mientras intentaba refrenar las lágrimas que se habían agolpado en sus ojos. —Le ruego que no lo haga sufrir más de lo necesario —murmuró, y se acercó demasiado para decírselo; al percatarse de ello, se alejó abruptamente.

Sabiendo que estaba mal ubicada, se puso de pie y se colocó, de rodillas, en la cabecera de la cama. La excusa la ayudó para tomar distancia del hombre y centrarse sólo en su hijo, que la buscó con la mirada y la obligó a tomar seguridad. Tiphanie era una joven abnegada, que vivía sin sobresaltos, que nada en su vida parecía amenazar su tranquilidad, ni siquiera la complicidad con su tía. Supo que tiempos turbulentos se avecinaban y debía estar preparado para ello.



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Re: El secreto de la orquídea | Privado

Mensaje por Izsák Kodály el Mar Jul 26, 2016 10:47 pm


“It's so hard to forget pain, but it's even harder to remember sweetness. We have no scar to show for happiness. We learn so little from peace.”
― Chuck Palahniuk, Diary


Se quedó observando con un dejo de nostalgia la imagen de la mujer y su hijo. Era hermoso y era extraño. Como una pintura de El Greco. Algo en su interior se removió, como una bestia encadenada que da un coletazo. La imagen lo conmovió al grado de quedarse inmóvil un largo rato, simplemente viendo la interacción. El niño era hermoso, como su madre. Pero le recordó también a Jákob, su hermano pequeño. Quizá por la edad, quizá por la fragilidad. Quizá por la soledad que ya estaba comiéndole las uñas a su cordura y con desesperación buscaba un sitio al cual pertenecer. Una familia.

El chiquillo comenzó a tranquilizarse y esa fue la señal que necesitó para reaccionar. Escuchó las palabras de la mujer y se dijo que ojalá no le prometiera nada, porque él no estaba seguro de poder cumplirlo. No era médico, claro que no, ni líder. Y ahí estaba, tomando la batuta de una situación de crisis. Tragó grueso, como para darse valor.

Aún pasmado alzó el rostro y encontró a un palmo el de la mujer. ¡Qué ojos! Azules como zafiros en el fondo del océano. Los había visto antes, estuvo seguro, pero ahora no era momento de pensar en ello. Quizá había sido ahí mismo, en la finca y simplemente no la recordaba. Tan enfermo y tan mal alimentado, no sería raro que tuviera lagunas de ese tamaño. Ella se alejó pronto y él hizo lo mismo. No le respondió, ¿qué iba a decirle? En la mano ya tenía una regla de madera y vendas, mismas que apretó con fuerza una vez que estuvo sólo frente al niño. Trató de ignorar a la madre. Lucía como un hombre que iba directo a su muerte anunciada.

Hola Gaël —lo saludó con el nombre que le había escuchado a ella para referirse al chiquillo; se postró al lado de la cama que así de cerca le pareció en exceso incómoda. Tocó la frente del niño, hervía en fiebre, y con un movimiento, peinó —o despeinó— el cabello húmedo por el sudor—. Tu mamá dice que eres muy valiente, ¿y sabes qué? Yo le creo —miró fugazmente a la mujer, y regresó rápido su atención a ese niño que tenía ojos azules. Pero no eran claros como los de ella, eran profundos como los de…

Se removió incómodo.

Voy a necesitar que lo seas, que seas muy valiente ¿de acuerdo? —Se sintió el ser más vil en ese instante, por lo que estaba a punto de hacer. Tomó aire y valor, pero era insuficiente.

No quiso prolongarlo más. Tensó las mandíbulas, apretando los dientes con fuerza. Tomó el hueso fracturado y de un solo y brutal movimiento, lo acomodó en su lugar. El sonido que eso provocó fue espeluznante. La piel se le erizó y a pesar del mejunje que le había proporcionado, ese dolor era uno que no le deseaba ni al peor de sus enemigos, ya ni decir a ese niño, indefenso.

Muy bien, muy bien, lo has hecho muy bien —levantó la voz por encima del llanto que desató la curación y se apresuró a acomodar la regla de madera y luego a vendar rápidamente para evitar que moviera más la pierna. Era bastante hábil en eso, dejó el apósito firme aunque la blancura del mismo pronto se llenó de sangre. Se irguió.

Esto es temporal, claro —declaró—. Lo mejor será no moverlo. ¿Puede aguardar aquí a su lado? Ahora regreso —dijo apremiante y ya estaba camino a la puerta. Hizo un ademán con la mano como diciendo que sería poco tiempo y salió corriendo fuera del establo.

***

Fue incapaz de regresar con el esposo de la mujer, porque idiota como era, nunca le preguntó de quién se trataba. En cambio pudo llevar con él a un médico de verdad, aunque se trataba de un veterinario, encargado de las cabezas de ganado. Al menos, más conocimientos que Izsák, seguro tendría. Al arribar aquel hombre, de unos 50 años y con la barba canosa bien recortada, felicitó a quien hubiera elaborado la compresa. Él no dijo nada, no saltó para decir que había sido obra suya.

Estaba de pie, a espaldas del doctor, junto a la mujer. Aguardaba con brazos cruzados y los pies inquietos. A veces miraba de soslayo a la dama, pero no se atrevía a hacerlo por demasiado tiempo.

Dormirá —el médico se giró hacia ellos—, y estará bien. En cuanto puedan moverlo, llévenlo con un doctor… ya saben, de personas —anunció y dio una caja de desgastado cartón color mostaza a Izsák—. Kodály, no sabía que tenías hijos —y con ello, el hombre se fue por donde había venido.

No, él no es… —pero fue muy tarde—, mi hijo —terminó en voz baja y se giró para ver a la mujer, algo apenado por la declaración. Se acomodó el crecido cabello detrás de la oreja y extendió la caja—. Creo que esto es para usted, debe ser un analgésico poderoso —continuó, pero en realidad no sabía por qué seguía hablando. Quizá para evitar el silencio incómodo, aunque para ello ya no había remedio a esas alturas.


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Re: El secreto de la orquídea | Privado

Mensaje por Tiphanie Vinsonneau el Lun Ago 15, 2016 7:40 pm

"You never find yourself until you face the truth."
Pearl Bailey

El dolor de su hijo, le removía las entrañas y le parecía propio. Juntó valor y se mantuvo con él, sosteniéndolo y consolándolo. No fue capaz de observar su pierna, pero mantuvo la mirada en su carita sufriente. Tan pequeño, tan frágil… La culpa la carcomía, no tendría que haberlo perdido de vista ni un instante. Pero distraída como vivía, confió que el bienestar de su pequeño no estaría en riesgo por unos pocos segundos que no lo observase. Grave error. Y su segundo error, había sido no haber recurrido a los patrones; ellos la ayudarían. Tenían un gran respeto por su marido y a ella le habían tomado cariño. Había sido una jornada de pésimas decisiones, y caía en la cuenta de las graves consecuencias que podrían tener. Cuando el extraño terminó, ella soltó el aire contenido, y asintió levemente cuando él se fue. Rodeó la cama nuevamente, y llenó de besos el rostro húmedo de Gaël, que le apretó contra su cuerpito y lloró incansablemente sobre su cuello.

Cuando el hombre regresó con ayuda, no reconoció al nuevo veterinario. Por ser la esposa del capataz, conocía a la mayoría de los empleados, aunque estaba mucho tiempo en su casa, haciéndose cargo de las tareas domésticas y de los cuidados del niño. Era bastante inoperante para ambas cosas. Tiphanie se sentía la peor madre del mundo, y seguramente lo era. Se mantuvo impaciente durante la revisación y, aliviada, le agradeció al médico por hacerse presente y asistirlos. Ella tampoco dijo nada para corregirlo, y un escalofrío le recorrió el cuerpo de palmo a palmo. No podía estar pasándole eso… Recibió la caja entre sus manos, pero se sentía incapaz de emitir sonido. Regresó junto a Gaël que, agotado, había logrado dormirse. Tenía los ojitos hinchados y la piel enrojecida de tanto llorar. Lo cubrió con una manta y depositó un beso suave en su frente, que le arrancó una sonrisa.

No tengo palabras para agradecerle todo lo que ha hecho por nosotros —comentó tras ponerse de pie y girar para enfrentar a Kodály. No sabía su nombre, y él tampoco el de ella. —Soy Tiphanie —se presentó, con las mejillas ruborizadas. Estuvo a punto a extender su mano, pero se sintió en falta con su esposo tocando a ese hombre.

La atacó la desesperación y la tensión de todo lo vivido. Se cubrió la cara con las palmas y comenzó a llorar. Se dio cuenta de lo patética que resultaba, murmuró una disculpa y salió de la habitación; más ridícula aún. Se apoyó en la pared y se dejó caer. Se sintió una chiquilla estúpida. Gaël había sido un niño demasiado sano, nunca había tenido problemas con él, ni golpes, ni enfermedades, ni siquiera cuando era un bebé. Y estaba tan sola enfrentando aquello… Necesitaba a su marido, pero no se atrevía a buscarlo. Se abrazó a sus rodillas y siguió sollozando como una huérfana. Se dijo que debía ser fuerte, que no podía dejarse vencer por una nimiedad, especialmente cuando su hijo ya estaba tranquilo y el médico había dado un pronóstico alentador. Déodat la odiaría por no haberle dado aviso antes, le pediría explicaciones que ella no sabría dar. No quería pelear con su marido, con ese hombre bueno que los cuidaba y los amaba con toda su alma. Lloraba por el dolor de su pequeño, y también por la terrible realidad a la que se estaba enfrentando. Nunca, en esos años, había sido capaz de detenerse y mirar hacia atrás, para tomar consciencia de lo que había hecho y del daño irreparable que podría provocar si algo salía a la luz.

Perdóname, perdóname… —susurraba, con la voz congestionada y el corazón atribulado. ¿Cómo había llegado hasta allí? ¿Cómo se había transformado en la madre más irresponsable y la esposa más indecente? El hombre que había germinado su vientre, ahora trabajaba en el mismo lugar donde ella vivía, bajo las órdenes de su esposo; ambos eran empleados de la misma familia. Estaba acabada. Lo sabía. No podría sostener aquella mentira, se volvería loca. Gaël era demasiado parecido al extraño que lo había curado. ¿Alguien se daría cuenta de eso? ¿El propio Kodály se percataría de las semejanzas? Cualquiera con el ojo levemente afinado haría la relación. No podía parar las conjeturas, tampoco los pensamientos. Necesitaba, más que nunca, a su tía. Elona sabría qué hacer, qué decirle para consolarla; juntas trazarían un plan para llevarle tranquilidad a su vida, que se iba a pique. ¿Estaba adelantándose demasiado? ¿Y si nada de eso ocurría? ¿Y si estaba exagerando la situación? No podía aclarar su mente, sentía que su cabeza iba a estallar en cientos de pesados. Sería una gran solución llevarse aquel secreto a la tumba y no lastimar a nadie con la verdad.



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Re: El secreto de la orquídea | Privado

Mensaje por Izsák Kodály el Jue Ago 25, 2016 10:31 pm


“Crying does not indicate that you are weak. Since birth, it has always been a sign that you are alive.”
— Charlotte Brontë, Jane Eyre


La vida no había sido demasiado bondadosa con Izsák, y aún así, el joven que sólo tenía sus poemas para dolerse, vengarse o vindicarse, nunca daba la espalda. Quizá, algún día, eso iba a costarle caro, pero mientras, iba a seguir haciéndolo. No porque conscientemente tomara esa resolución, sino porque le salía natural, como escribir o respirar con dificultad. Y ahí estaba de nuevo, a pesar de que el sentido común le decía que no lo hiciera.

Alzó el rostro al escuchar el nombre de la desconocida. «Tiphanie» repitió muy quedo, tan bajito que era probable que ella no lo hubiera escuchado. Tampoco estuvo seguro de haberlo pronunciado bien, sólo la había imitado. El joven era más inteligente de lo que a él le gustaba admitir, y así había aprendido alemán y ahora francés, sólo escuchándolo en un principio. Estuvo a punto de responder, decirle que no había problema, que no había hecho demasiado y darle su nombre, una oportunidad para marcar su acento de los Urales, sin embargo, éste se quedó en la punta de su lengua, antes de que ella se quebrara de ese modo ante sus ojos. Se quedó estupefacto, incapaz de moverse, pues no sabía lo que acababa de suceder. Se movió demasiado tarde, dando un paso al frente, para tratar de agarrarla, pues ella ya estaba fuera de la habitación y desde su sitio, podía escucharla sollozar. No supo por qué, pero aquello le hizo sentir el corazón en un puño. Tal vez porque recordaba a su madre y a sus hermanas, quizá por una razón completamente diferente.

Echó un último vistazo al pobre niño que dormía con el rostro aún marcado por las lágrimas y la pierna tiesa y dolorida. Chasqueó antes de salir de aquella pequeña e improvisada habitación. La vio ahí, hecha un ovillo en el suelo sucio. Su cabello rubio y su pálida piel le parecieron demasiado prístinos para estar rodeados de tanta mugre y de las bestias que guardaban lo establos. Se acercó con cautela. El suelo húmedo hizo que sus pasos se amortiguaran y no sonaran. Más allá un caballo relinchó y otro dio un coz.

¿Se encuentra bien? —Se agachó frente a ella y llevó una mano a la espalda ajena, que temblaba por el llanto. El contacto le trajo recuerdos, pero simplemente creyó que se estaba volviendo loco. Atribuyó el estado de la mujer al estrés que su hijo le había hecho padecer y no quería dejarla simplemente así—. Su pequeño hijo se encuentra mejor, y se pondrá bien —continuó, tratando de dar aliento, hablando de lo que él creía era el origen de la desazón de la mujer.

Terminó por acuclillarse frente a ella, sin soltarla, y sin intentar nada más. Era fiel creyente que a veces la gente debía llorar para sacar todo el dolor o frustración que los estuviera acongojando. No quería arrebatarle esa posibilidad, aunque verla llorar lo estaba acribillando a él, como si el dolor fuera propio.

Me llamo Izsák. Y no tiene que agradecerme nada. Si gusta, puedo ahora sí buscar a su marido, sólo dígame quién es —habló con delicadeza, algo agotado también, porque todo drenaba sus energía con apabullante velocidad. Continuó la conversación que ella dejó a medias, y agregó ese deseo de ayudarla, de seguir tendiéndole la mano. Sonrió con un gesto diminuto, tímido, esperando que ella se sintiera mejor. Podían estar ahí unos minutos más, o días esteros; él no se iba a apartar de su lado. Sintió que lo necesitaba, aunque eso era sólo una falacia en su interior. Una ilusión de sentirse requerido. Al parecer, él la necesitaba más a ella.

Se irguió al fin y aguardó. Izsák no era alguien que presionara, no tenía esa habilidad. Su presencia era sutil, como la de un fantasma. Estaba ahí, pero su compañía no se sentía como una presencia real. E incluso, en algunos casos, podía hacer sentir bien a las personas. Tal vez porque estaba tan roto, era que su empatía funcionaba de aquel modo.

No debería estar aquí, si Gaël despierta, lo primero que querrá ver es a usted —anunció entonces y se acomodó el largo cabello castaño detrás de la oreja—. Yo iré a buscar a su esposo —insistió en ello, dándose cuenta que se estaba empecinando de más en aquello. Tal vez porque finalmente quería verla junto al afortunado hombre que se había quedado con su corazón, y de ese modo, deshacerse de tontas ideas que se arremolinaban en su cabeza.


Última edición por Izsák Kodály el Sáb Nov 19, 2016 11:44 pm, editado 1 vez


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Re: El secreto de la orquídea | Privado

Mensaje por Tiphanie Vinsonneau el Lun Oct 10, 2016 9:10 pm

"We are so accustomed to disguise ourselves to others that in the end we become disguised to ourselves."
François de la Rochefoucauld

El contacto entre ambos le afectaba. No de la forma que cualquiera pudiera imaginar de dos personas que habían sido amantes ocasionales, sino que le provocaba un fuerte dolor en el pecho. Era la culpa pudriéndole el alma. Era tanta la profundidad de su pena, que los retortijones en el estómago, se asemejaban al día del parto de su hijo. Cuando nació Gaël, no se detuvo a pensar jamás que su niño no era de la misma sangre que su esposo; había dado por hecho que lo único importante era la felicidad que traía a su familia. Los años habían pasado y no existía ni la más remota posibilidad de que su secreto saliera a la luz. Déodat ni siquiera sospechaba de su esterilidad, y vivía y moría por su primogénito. Tiphanie jamás se había arrepentido de la decisión que tomó. El fin justificaba los medios, se repetía una y otra vez cuando, cada tanto, un mal pensamiento hacía un vuelo rasante por su armónica vida. Había logrado darle a su marido lo que más quería, y para ella, eso era suficiente.

Izsák. Finalmente el pecado tenía un nombre. Ahora, el fantasma de aquella jornada, había tomado forma y poseía entidad. Ya no era aquella abstracción que integraba el demiurgo. Era de carne y hueso, y hablaba, y acababa de ayudar a su hijo. No se atrevía siquiera a levantar la vista, dirigirle una lánguida mirada de agradecimiento a ese pobre hombre. Era incapaz de emitir algún sonido, más que suspiros y leves quejidos, pero estaba escuchándolo atentamente. Sintió alivio cuando rompió el contacto, pero comprendió que la voz de Izsák le agradaba. Tenía modos suaves, se dirigía con cuidado, y en nada se parecía a cualquier otro hombre que hubiera conocido. No lo recordaba así, quizá porque se había esmerado en quitarle la ternura a lo que, para ella, había sido una simple cópula para engendrar un hijo y poder llevarle paz a su matrimonio. Pero él se había entregado, ella lo había sentido; y Tiphanie, muy internamente, también. Había disfrutado como pocas veces de un acto que llevaba a cabo con frecuencia con su esposo.

No —levantó el rostro hinchado, ante la convicción de que Izsák iría a buscar a Déodat. —No lo busque, por favor —observó la mano tendida, y aunque sabía que no debía tomarla, apoyó la suya en la ajena, y se puso de pie.  Lo soltó rápidamente, se limpió las lágrimas y se sacudió la falda cubierta de sangre que aún no terminaba de secarse. Gaël estaba rendido, aún no se despertaría, pero agradecía la preocupación del caballero. Volvió a observarlo, con un detenimiento rayano al desparpajo, pero necesitaba encontrar a su hijo en él, y allí estaba, especialmente en sus ojos. Los orbes tanto de Iszkák como del niño, eran dos gotas de agua. Tenían exactamente el mismo color, las mismas pestañas tupidas y la mirada dulce. Tenían, también, el mismo tono del cabello, y aunque Gaël había heredado la naricita materna, la boca, la frente y hasta los gestos, eran como los del hombre. Se preguntó si alguien, al verlos juntos, lo notaría como ella. Quizá estaba delirando, y era el sentimiento de culpa lo que la obligaba a pensar de aquella forma y a exagerar un parecido. No habría manera de relacionarlos a ambos.

Mi esposo es Déodat Vinsonneau, el capataz de ésta estancia —no cabían dudas de que lo conocía. Su marido era el encargado de los empleados y del orden de la propiedad, el hombre de confianza de los patrones. Muchos lo confundían con su padre, debido a la amplia diferencia de edad que los separaba, y ella esperó el comentario al respecto, comentario que nunca llegó. —Iszák… —le parecía profano nombrarlo con aquella confianza. Antes de continuar, y como un acto reflejo, le acomodó, detrás de la oreja, el rebelde mechón de cabello que acababa de caer sobre su rostro. Fue un gesto íntimo, que tiñó de incomodidad la atmósfera, pero del cual Tiphanie no hizo acotaciones, ni una disculpa, ni un gesto de vergüenza. —Gaël es su hijo, Iszák. —no supo cómo aquellas palabras salieron de su boca. Un impulso sobrehumano la instó a actuar de aquella manera tan absurda y descabellada. Inmediatamente, tomó consciencia de lo que había hecho, y se llevó ambas manos al pecho. —No tendría que haber dicho eso. Perdón… —pero el mal ya estaba hecho, ya no había retorno.



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Re: El secreto de la orquídea | Privado

Mensaje por Izsák Kodály el Dom Nov 20, 2016 12:20 am


“Better a cruel truth than a comfortable delusion.”
― Edward Abbey


No entendió la resolución de la mujer, pero no estaba ahí para cuestionarla y acató. Otra en su posición, habría querido ver a su marido de inmediato, pero ella no y le pareció curioso, algo inquietante, como si buscara ocultarle algo al hombre con el que estaba unida, sin embargo, creyó que eran meras ideas suyas y se quedó muy quieto. Entornó la mirada, pero no dijo nada; en cambio, sólo dio un paso hacia atrás cuando ella estuvo de nuevo erguida y se sacudió la ropa. Le pareció sorprendente que aún con la falda manchada de sangre y tierra, se viera tan angelical. Desvió la mirada ante el pensamiento, dándose cuenta de que comenzaba a andar territorio inseguro.

La soslayó sólo cuando mencionó el nombre de su marido. Así que era el señor Vinsonneau, su propio jefe. No pudo evitar notar que ella era mucho más joven, pero quién era él para juzgar. La encaró cuando ella se acercó y al sentir el roce de sus dedos, una corriente eléctrica recorrió su espalda, no obstante, era una sensación conocida. La había sentido antes. Su piel pareció poseer memoria y recordar el tacto ajeno. No… esto no… no podía ser. Se quedó mirándola a los ojos, los cuales sólo aumentaron la sensación de déjà vu. Eso nada más, sólo eso hizo falta, su toque y su mirada, lo mismo que pudo distinguir de la desconocida a orillas del camino.

Y estaban así de cerca cuando aquellas palabras llegaron a sus oídos, como una mentira, como una condena, como algo que no debía ser escuchado. Sintió de inmediato que la respiración comenzaba a dificultársele. «No», se dijo con decisión, debía sobreponerse y preguntar de qué rayos hablaba.

Creo que debe estarme confundiendo —fue su primera reacción. Sin embargo, en el fondo, muy en el fondo, todo cobraba sentido con fuerza. La confusión que había sentido desde que la había visto, se volvía claridad. Sin embargo, hubiera preferido quedarse en la ignorancia, pues era mucho más sencillo que esta revelación. Se llevó una mano al pecho, donde sintió cómo sus pulmones estaban a punto de colapsar, y aún así, se quedó de pie, frente a ella, descolocado y perdido.

Es… imposible —titubeó. Lo era, debía serlo, pero ni siquiera él estaba seguro de eso, ni de nada—. Yo, yo no conozco a nadie aquí, mucho menos a usted antes de esta tarde, no creo, yo… —dio un paso hacia atrás, como si Tiphanie fuera algo peligroso, algo de lo que debía alejarse. Lo era. Sonrió de manera afectada también, como si en cualquier momento esperara que ella le confesara que todo se trataba de una broma. El cabello que acomodó él, y luego ella, volvió a salirse de su lugar.

Cómo puede decirme eso. Yo trabajo para su marido. ¿Qué quiere de mí? —Entonces comenzó a perder la compostura y se mostró alterado. Pero no como lo haría otro hombre, sino simplemente aturdido, buscando algo a su alrededor—. No, no debió decir eso, porque es una mentira. Dios, azt kell, hogy üljön¹ —pidió sentarse, sin embargo, no se dio cuenta que lo había hecho en su húngaro natal.

Dio otro par de pasos hacia atrás y se recargó en una viga. De a poco, fue deslizándose hacia abajo, hasta quedar sentado en la tierra marcada por herraduras. Miró un punto en la nada, tratando de tranquilizar su respiración, tratando de acomodar sus ideas. Levantó el rostro luego, para verla. ¿Era ella, acaso? El motivo de sus poemas desde hace tiempo, el par de ojos garzos que le robaban el sueño. ¿Qué había hecho? Hundió las manos en su larga cabellera castaña y se agachó. Había cometido un error, uno grave.

Ez egy hazugság, ez egy hazugság² —dijo una y otra vez—. ¡Es mentira! —Al fin logró articular palabras en francés de nuevo. Y aunque exclamó, seguía existiendo algo suave y doloroso en su mirada y en su rostro, en su voz y en sus ademanes—. Lo es, dígame que lo es —le pidió con desesperación desde su sitio, sentado como un chiquillo, hecho un ovillo, absolutamente extraviado en este mundo. Le pedía que le dijera que era una mentira, pero sabía que ella no lo haría. Su deseo real era otro, el de que la verdad nunca hubiera sido descubierta.


¹ (húngaro) Necesito sentarme.
² (húngaro) Es mentira.



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Re: El secreto de la orquídea | Privado

Mensaje por Tiphanie Vinsonneau el Vie Dic 02, 2016 11:53 pm

¿Cuál sería el precio a pagar por su acto de sinceridad fatal? ¿Cuánto le costaría su pecado? ¿Qué ocurriría cuando la marcaran como la mujer adúltera que era? La respuesta de Izsák la había tomado tan desprevenida, que su primera reacción fue ofenderse. ¿Cómo podía pensar que le mentiría con algo así? ¿Qué especie de mujer miente de aquella manera, inventando algo que cambiaría el rumbo de la vida de demasiadas personas? Claro, Tiphanie pecaba de ingenua, pues no concebía que alguien cometiese tan despreciables acciones. Su núcleo familiar se había encargado de preservarla de muchos males, incluso su marido la tenía entre algodones, regateándole los relatos crudos. Quizá todos pensaban que era muy fácil de romper, que la quebrarían en mil pedazos si le mostraban el mundo, tan crudo y tan cruel, que los rodeaba. Se esperaba que pasar su vida dedicada a su esposo, por lo tanto, era innecesario que tuviera conocimiento de cosas que no cambiarían sus días en lo más mínimo. Tampoco ella haría nada para cambiar el sentido de la realidad. Era una mujer simple, común, tradicional, de buen corazón. ¿Para qué contaminarla? En aquel momento deseó tener algo de crueldad para responder como lo hubiera hecho su tía.

Pero, inmediatamente, sintió una profunda culpa por enojarse con él. Izsák era otra víctima de su imprudencia; lo había sido en aquel momento de pudor ausente, y lo era en ese instante de honestidad. Tiphanie ni siquiera sabía por qué había escupido la verdad, una verdad que debía llevarse a la tumba. Debía arreglar eso, pero no sabía cómo. Se puso nerviosa, las manos comenzaron a temblarle, y debió tragarse el nudo que le oprimía la garganta. Sintió que no tenía derecho a llorar, y tuvo un profundo deseo de consolar a su amante ocasional. Acababa de arruinarle la vida. Entendió el poder de las palabras y la dureza de la realidad. Ella vivía con eso desde hacía años, contenida en la armonía de su hogar. Izsák se enfrentaba a eso en la completa soledad. ¿Cómo le diría que lo había usado para conservar su matrimonio y hacer feliz a Déodat? Decidió que no podía emitir aquellas palabras, que acabaría por destrozarlo. No era difícil notar su alma sensible y su espíritu frágil, incluso para ella, que era tan poco conocedora de las personas. Ya no sólo debía cargar con la responsabilidad de haber engañado a su marido, sino con la angustia de un hombre que no conocía.

Olvídese de lo que acabo de decir —allí estaba, encargándose de tomar, una vez más, una mala decisión. No sabía elegir las palabras. Se acuclilló frente a él y le tomó las manos. —Por favor, Izsák, olvídese de todo. Es una mentira. La angustia de ver a mi hijo así me hizo delirar. Es mentira. Gaël es mío, es mi hijo y es el hijo de mi esposo —sí, era cierto. Déodat le daba el amor, la crianza y el apellido, era su padre en casi todos los sentidos. Sin testigos, no había forma de inculparla por su falta. Se descubrió pensando como una mujerzuela fría y eso no aportó a mejorar su ánimo. —Debe perdonarme por haberlo atormentado de ésta manera —lo soltó, pero no se movió un ápice. —Usted y yo acabamos de conocernos —sonaba más firme de lo que realmente era. —No tenemos ninguna otra relación que no sea mi eterna gratitud por habernos ayudado. Es usted un buen hombre —intentó sonreírle—, que ha llevado tranquilidad a mi hogar —la fuerza de esa confesión la atacó sin piedad. Pero no podía quedarse callada. —Mi hijo ahora descansa gracias a usted. No…no tenía derecho a decirle lo que le dije. Perdóneme y olvídese. Se lo ruego —se mordió el labio inferior, en un vano intento por contener el llanto, que se agolpó en sus ojos y descendió hasta su cuello, con la parsimonia de un río.



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Re: El secreto de la orquídea | Privado

Mensaje por Izsák Kodály el Lun Ene 23, 2017 5:13 pm


“Facts do not cease to exist because they are ignored.”
― Aldous Huxley


Las palabras que salieron por esa dulce boca, que ahora, sentía, ya conocía en contacto con la suya, seguían reverberando en su interior como un eco en una cuerva. Una y otra vez regresaban a él, traídas por las olas de los recuerdos propios. Cada vez que volvía a repetirlas en su interior, perdían más sentido, pero ganaban más significado también. Se quedó en aquella posición, abatido con un guerrero cuyas flechas, las de la verdad, le han atravesado el corazón. Pero es que Izsák era muchas cosas, pero no era un guerrero. Era el juglar al que le tocaba narrar los acontecimientos, un bardo, jamás un soldado. Y ahora se sentía desprotegido en el campo de batalla.

Alzó el rostro sólo para ver el ajeno a un palmo. Quiso creerle, quiso zanjar el tema, estar de acuerdo, que todo había sido producto de la situación, pero ya no podía. Era algo que no era capaz de borrar así como si nada. Tensó la mandíbula y la miró con el ceño ligeramente fruncido. Estuvo a punto de decirle que estaba de acuerdo, pero no lo hizo.

Unas enormes ganas de soltarle una bofetada también se apoderaron de él, casi levanta la mano blasfema para herir a una mujer que, a pesar de todo, era pura en un mundo negro. No lo hizo, porque Izsák jamás heriría a nadie de ese modo. No pudo, cualquier otro hombre lo habría hecho, pero él no era cualquiera. Era un alma tan frágil y tan sensible que ni siquiera parecía terrenal. Respiró profundamente, ensanchando las fosas nasales, tratando de tranquilizarse, sin éxito. Se puso de pie ayudado de la viga donde estaba recargado.

No puedo olvidarlo —la miró hacia abajo, pues ella se había quedado en esa posición—. No me pida eso. Ahora todo dentro de mí parece más nítido, no me arrebate ese sosiego. Desde… desde aquella noche, un par de ojos azules no me han dejado dormir, preguntándome una y mil veces, quién era la dueña de ellos —caminó, se alejó de la mujer y le dio la espalda. Se miró las manos como si estuvieran llenas de sangre y acabara de cometer una atrocidad.

No le diré a nadie, lo prometo. Pero no pretenda que esto nunca pasó, yo… —se giró y se quedó ahí de pie. El hombre más solitario entre los hombres solitarios—. Yo quisiera hablarle de algo —tomó aire. Eso que estaba a punto de decir no era sencillo—. Y así como yo voy a guardar este secreto tan horrible, le pido lo mismo, que sepa guardar el mío. Si es verdad algo de lo que dijo, su hijo«nuestro hijo»—, puede padecer de la misma enfermedad que yo —tragó saliva.

No se lo diga a su esposo, por favor —dio un paso al frente. Era bizarro, fuera de lugar hablar de su patrón—. Pero padezco una enfermedad crónica que me agota, no me deja respirar. Temo que pueda ser hereditario, jamás me revisó un doctor a fondo, aunque el único que me vio allá en Hungría, llegó a esa conclusión —soslayó el cuarto donde el niño herido descansaba—, lo siento, no quería que nada de esto sucediera —agachó la mirada. Jamás había considerado tener hijos, precisamente por esa razón, pero esto se le había salido de las manos.


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Re: El secreto de la orquídea | Privado

Mensaje por Tiphanie Vinsonneau el Sáb Mar 25, 2017 11:27 pm

Lo que más llamó la atención de una Tiphanie que no lograba reponerse de su propia estupidez, fue el hecho irrefutable que significaba descubrir que el hombre que había sembrado a Gaël en su vientre, era un alma noble, pura, que no merecía el sufrimiento al que estaba sometiéndola. Su propia consciencia se retorció, ya no por el pecado, ya no por la infidelidad, sino porque pudo ver el padecer en los ojos de Izsák. Se sintió avasallada por la profunda tristeza de su mirada, por el desconcierto de su expresión. Había creído, tontamente, que él tomaría aquella noticia como un mero acontecimiento. ¿Cuántos hombres regaban hijos por el mundo y ni se interesaban en ellos? No esperaba que, aquel misterioso caballero que la amó en secreto y bajo un aguacero, fuese distinto a todos los demás.

Se quedó en su lugar, incapaz de articular más palabras, de moverse siquiera. Sentía que, cualquier movimiento, resultaría violento para Izsák. Necesitaba su tiempo, su espacio, respirar… Y si ella se atrevía a quitarle eso, le habría arrebatado, por completo, su intimidad. Ya había hecho suficiente, soltándole sin demasiadas vueltas una verdad atronadora. Y lo había obligado a él a confesarse. Lejos de sentirse reconfortada por su confianza, la declaración provocó que la herida se removiera aún más. Estaba arruinando la vida de todos. Había interrumpido la tranquilidad de un pobre solitario, que no había planeado altibajos para su existencia chata. De la nada, como un rayo, ella había quebrado el firmamento con un hijo.

Oh, no. Quédese tranquilo —se incorporó, aunque no cambió de lugar. Alzó las manos, mostrándola las palmas. —Gaël es un niño muy sano, muy fuerte. Jamás enferma. Respira muy bien —y era real. No había heredado dolencia alguna, y Tiphanie se sintió más agradecida de lo que ya estaba. Su hijo era un verdadero toro, y sólo algo como lo que le había ocurrido horas atrás, lo tiraba en una cama como en ese momento. Era inquieto pero dócil, curioso, inteligente, atento. Le hubiera encantado enumerar las cualidades de su hijo, pero lo sentía injusto para el atormentado Izsák.

¿No le gustaría ver un doctor aquí? —quería terminar pronto aquella conversación tan incómoda. Ambos habían dicho sus verdades. —En París hay excelentes doctores, quizá…quizá haya una cura para su enfermedad —uno de los tantos pecados de Tiphanie, era su ingenuidad. De pronto, como si no hubiera irrumpido en la vida de nadie, se sintió entusiasmada. Quizá podría ayudar al padre de Gaël a sanar. —Yo puedo ayudarlo a buscar un buen médico, y tengo ahorros. Podremos correr con los gastos. Se lo debo, Izsák. Por haber arruinado su vida, por estar imponiéndole un problema que es sólo mío —la expresión de congoja era sincera. —Mi marido no puede engendrar hijos. Yo lo usé a usted para poder darle un niño y que él no creyera que era estéril. Soy una bruja, una arpía. No tenía ni tengo derecho a hacer esto, no sé cómo pedirle que me perdone —entendió lo horrible que seguía sonando aquel montaje casi macabro. Debía callarse de una vez. Ella no era así. Era una joven prudente, casi silenciosa; se había convertido en un nefasto y egoísta ser, que intentaba justificar sus faltas provocando daño en un inocente.



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Re: El secreto de la orquídea | Privado

Mensaje por Izsák Kodály el Miér Abr 19, 2017 10:49 pm


“Every man has his secret sorrows which the world knows not; and often times we call a man cold when he is only sad.”
― Henry Wadsworth Longfellow


No podía ni mirarla. Y es que, a pesar de todo, de ser sólo una víctima, sin exagerar, se sentía abyecto. Sucio. Un traidor antes de saber si quiera a qué amo servía. Se llevó las manos a los bolsillos de la chaqueta, aceptando por completo su derrota. Suspiró muy quedo, tratando de acomodar sus ideas, aunque pronto se dio cuenta de que aquello era inútil. No tendría paz de nuevo. Ni siquiera era capaz de culparla, no podía cuando sus malditos ojos azules lo habían estado viendo desde aquella noche, clavados en su corazón y en su alma, velando sus sueños intranquilos de tos y pesadillas.

Tuvo que morderse la lengua para no decirle que él mismo no comenzó a tener síntomas de la enfermedad hasta la temprana adolescencia. Porque ya no quería seguir con el tema, y porque la idea de que su hijo (sí, su hijo), estuviera sano era mucho mejor que cualquier otra opción. Y podía aceptar los intentos de la mujer, aunque deseó pedirle que se callara. Pedírselo por favor, no en un grito, sino en un ruego. Cada palabra le hacía daño. Negó al final con la cabeza y sonrió, aunque su gesto era más bien triste.

Oh, no, no se preocupe. Estoy ahorrando para que me vea un doctor —mentira. Sí, estaba ahorrando, para poder regresar a Hungría con sus hermanos. Aunque sabía que sus probabilidades de hacerlo con vida se hacían cada vez menos, a cada día que pasaba. Cada minuto y segundo, su muerte era más inminente.

Pare, por favor —no pudo resistir más. Alzó el rostro y la miró. Ojos azules contra ojos azules, mismo que Gaël había heredado. Ahora comprendía, ese niño le recordaba a sus hermanos pequeños, porque por sus venas corría la misma sangre del Danubio—. No nos haga más daño —sutil. Suave. Una balada triste.

No arruinó mi vida. Me ha dado motivos para continuar en esta ciudad. Me ayudó cuando lo necesité. No diga que arruinó mi vida. Creo… —se mordió un labio—, creo que más bien es su matrimonio el que debe arreglar. Los secretos siempre terminan por saberse. Pero no se preocupe, aquí voy a estar, aquí voy a seguir hasta que el señor Déodat decida que me pasé de la raya y me corra. No tengo otro lugar a donde ir —dio un paso al frente, aunque se detuvo, como recordando quién era ella, y quién era él.

No es nada de esas cosa. Es sólo una mujer que haría todo por el hombre que ama. Quizá no lo correcto, pero sí lo necesario. Ojalá algún día yo encuentre a alguien tan devota de mí, como usted es con su esposo —de nuevo, esbozó una sonrisa llena de pesar. Aquello era una ilusión. La Parca que lo besaba, que se prendía de él, de su espalda, era demasiado pesada y demasiado poderosa como para permitirle ese dejo de normalidad.

Por ello, quizá, apreciaba tanto lo que había sucedido esa noche de aguacero. Porque fue un momento de calma en medio de su tormenta. Por eso no podía odiar a la mujer frente a sus ojos, con todo y todo, no podía.

Ahora, si me permite, creo que debo ir a ver unas vacas. Y usted a su hijo«su hijo», sólo de ella—, supongo que nos veremos. Y supongo también que fingiremos que no nos conocemos —se acomodó un mechó de cabello castaño detrás de la oreja—. Vaya, Gaël lo necesita. Y su esposo también debe estarlos buscando.


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Re: El secreto de la orquídea | Privado

Mensaje por Tiphanie Vinsonneau el Dom Mayo 28, 2017 12:51 am

Admiro la templanza de Izsák. Le hubiera gustado tenerla, porque realmente la necesitaba. Él tenía razón. Debía callarse, porque cada palabra que salía de su boca era como hiel. Tiphanie, de un momento a otro, tuvo que crecer. No de la forma que le hubiera gustado, pero se sintió más adulta, más mujer. No podía seguir pretendiendo que nada había pasado, y debía asumir su error sin buscar justificarse. Le agradecía a Izsák, una vez más, por haberle dado algo bueno y nuevo, pero se cuidó de no decirlo. Cualquier cosa que pronunciara, sería contraproducente. Por lo que se limitó a asentir a sus afirmaciones, ya sin lágrimas ni dramas. Le gustaba observarlo y aprender de él que, a pesar de su tristeza y su debilidad, continuaba de pie, soportando lo que le había tocado en suerte. Ella no podía quejarse de nada, comparándose con el hombre que había engendrado a su pequeño. Nada de lo que pudiera ocurrirle, se asemejaba a saber que no faltaba mucho para tu final. De pronto, la invadió una angustia muy fuerte, y estuvo a punto de abrazarlo.

—Mi esposo nunca lo sabrá —fue lo único que pudo atinar a decir. Déodat moriría, pero primero la mataría, y con ella a Gaël. Sería una tragedia y un enorme deshonor, y un caballero como él no se merecía ser recordado como un asesino. Pero Tiphanie sabía la clase de hombre con la que se había casado, por lo que la idea de un escenario semejante, no era tan descabellado de imaginar. La sola idea le erizó la piel, que agradecía estuviera oculta bajo la ropa, pues se le notaría al instante.

Decirle que pronto la encontraría era una estupidez. La muerte, seguramente, lo encontraría pronto. Y así fuese un hombre sano, la muchacha era torpe con las palabras, como había quedado demostrado, por lo que intentar consolarlo y darle esperanza, sólo ayudaría a hundirlo más en su pesar. Hizo de cuenta que no lo dijo y, cuando él dio por finalizada la conversación, hizo una leve reverencia y se dirigió hacia la habitación donde descansaba Gaël. Sin embargo, antes de cruzar la puerta, apoyó la mano en el marco y giró. Él ya se encontraba de espaldas, pero no había emprendido la marcha, aunque le hubiera gustado que sí. Necesitaba distancia, eso la ayudaría a acomodar sus pensamientos.

—Muchas gracias por su ayuda, Izsák. Es un gran hombre —le sonrió con la ternura que tanto la caracterizaba. Sabía que debía callarse, pero no lo hizo. —Puede buscarme cuando me necesite. Siempre estaré a su disposición. No dude nunca en recurrir a mí, se lo digo de corazón —sabía que no lo haría, pero tenía la necesidad de decírselo. Quizá, en un futuro, podían llegar a ser amigos. ¿Era estúpida? ¿Qué estupidez tan enorme estaba pensando? ¿Cómo podía ocurrírsele entablar una amistad con un amante fugaz?

—Mami… —la voz de Gaël detuvo una nueva disculpa, y ya sin preámbulos, se dirigió hacia él.

TEMA FINALIZADO



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Re: El secreto de la orquídea | Privado

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