Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Mensaje por Timeus/Ambrosia Graves el Sáb Abr 23, 2016 6:23 pm

He was perfect

Espero que se muera, pensó Ambrosia con amargura, cuando a través de la puerta se coló un nuevo grito desgarrador. Se encontraba en el pasillo, afuera de la habitación. Su madre estaba adentro, siendo asistida por el médico, y con él Emma, una de las empleadas. El día había llegado. Su hermano, o hermana, nacería. Sin embargo, tal cosa no despertaba en ella ninguna ilusión. Desde que le habían comunicado que su madre se encontraba encinta, los celos se habían apoderado de ella. Era absurdo, desde luego; ella jamás había tenido la atención o el cariño de sus padres, lo que hacía imposible que el nuevo miembro de la familia le arrebatara algo que nunca había sido suyo. Aun así, no lo quería. Continuaba mostrándose renuente ante la idea.

Adentro, los dolores de la parturienta se incrementaban con cada contracción. Louisa odiaba el embarazo, había empezado a odiarlo desde la primera vez, cuando Ambrosia venía en camino. Detestaba sentirse todo el tiempo con malestares, pero lo que más la enloquecía, era mirarse en el espejo, hinchada como un maldito globo. Se sentía aliviada de que el día finalmente hubiera llegado. Deseaba que le sacaran cuanto antes a ese niño y se notaba en su urgencia por pujar. El sudor perlaba su frente y el resto de su cuerpo, y se incrementaba cada vez que cogía fuerzas para empujar con más fuerza, de forma frenética.

El parto fue largo y doloroso, se quedó sin aliento y sin energía en el proceso, pero la criatura finalmente salió. Su quejumbroso llanto inundó la habitación.

Es un varón, madame —le comunicó el doctor. Cortó el cordón umbilical con unas tijeras esterilizadas, le limpió la cara y el cuerpo al niño, y luego lo envolvió en una abrigada y pequeña cobija. Más tarde se encargaría de bañarlo Emma.

Una vez terminada su labor, el médico se preparó para retirarse y concederle descanso a su paciente. Cuando abrió la puerta, Ambrosia apareció detrás de ella. Emma, que era la única persona que era medianamente amable con ella, le sonrió.

Pasa, Ambrosia. Ya tienes un hermanito —le informó mientras mecía el pequeño bulto que llevaba entre los brazos, en un intento de acallar su llanto.

Ambrosia parpadeó. Le sorprendió enterarse de que era un niño. Su padre estaría feliz, por supuesto, porque siempre había querido un varón. Esa era la razón por la cual a ella no la quería, porque lo había decepcionado desde su nacimiento al haber nacido mujer. ¿Qué pensaría su madre? ¿A él sí lo querría? ¿Lo trataría mejor que a ella? ¿Su mal humor mejoraría? Ojalá, pero lo veía complicado.

¿Puedo verlo? —preguntó moviendo las manos, haciendo evidente que deseaba tener la posibilidad de cargarlo. Emma dudó.

No, es demasiado pequeño, podrías lastimarlo y…

¡Por el amor de Dios, Emma! —gritó Louisa desde el lecho, iracunda, harta de todo, como era su costumbre—. ¿Acaso creen que tengo humor para escucharlas parlotear? ¡Acabo de parir, estoy deshecha por dentro! Dale al mocoso, hagan lo que quieran, pero salgan cuanto antes. No quiero oírlo llorar.

Un poco alteradas por sus gritos, ambas salieron hasta el pasillo y la dejaron sola. Ambrosia miró a Emma, haciendo evidente que las ganas de conocer a su hermano no se habían esfumado.

Está bien. Sólo un momento —concedió la mujer al fin—. Debes sujétale bien la cabeza. Así…

Emma la instruyó y pronto Ambrosia logró cargar al pequeño como era debido. Apenas lo tuvo en sus brazos, el llanto de la criatura cesó.

¿No es precioso? Se parece a ti. Y creo que le gustas. Mira, ha dejado de llorar.

La jovencita lo estudió. Tenía los ojos verdes –aún medios cerrados-, cabello negro, cejas y pestañas morenas y piel muy blanca, aunque en ese momento algo colorada. Era verdad, se parecía a ella. Observó cómo respiraba, cómo movía las manos y los pies, cómo entreabría la boca. El rostro del recién nacido se contrajo y Ambrosia casi sonrió por lo gracioso que lucía de ese modo, como un pequeño ratón. Algo en él la conquistó. Se sintió como la tonta más grande del mundo por haber deseado que muriese en el parto. En ese instante decidió que la idea de tener un hermano menor, no era tan horrible como había creído que sería. Juró que cuidaría de él, que lo protegería de todo y de todos. Prometió que lo amaría como nunca nadie la había amado a ella, y que sería así siempre, hasta el final de los tiempos.


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Re: We were not bad people. We just come from a bad place.

Mensaje por Timeus/Ambrosia Graves el Dom Ene 21, 2018 6:12 pm

Can you imagine that kind of love?

Desde que Timeus había llegado al mundo, se había visto un cambio abrupto en la personalidad de Ambrosia. Ya no era la niña mansa y asustadiza que con sumisión callaba y dirigía la mirada al suelo, cuando alguno de sus padres la reprendía. Se había vuelto respondona; protestaba y se oponía constantemente, haciéndole frente a lo que no le parecía justo. A esa edad, cualquier niño habría mostrado un repentino cuadro de rebeldía por celos, porque rara vez una criatura estaba preparada para recibir a un nuevo hermano. Con Ambrosia, en cambio, había ocurrido justamente lo contrario. Buscaba a toda cosa proteger al pequeño Timeus de los terribles seres humanos que eran sus padres.

Louisa, su madre, no lo había cargado ni una sola vez desde que éste llegara a mundo, y cada vez que la nodriza se lo llevaba con la intención de empezar a crear un vínculo entre el niño y quien le había dado la vida, la mujer, hastiada de la insistencia de la empleada, manoteaba y maldecía, rechazando así tajantemente el acercamiento. Estaba claro que no le apetecía tener ninguna clase de contacto con él. No lo quería, probablemente lo odiara. Tal vez, de haber actuado a tiempo, hasta habría buscado perderlo. De eso y más era capaz.

Ambrosia no estaba del todo sorprendida, ¿acaso no había sido igual con ella? Sin embargo, sentía pena por su hermano, que ya desde pequeño sufría el repudio de quien por naturaleza tenía la obligación de amarlo. Por suerte, la tenía a ella, que con sus cuidados y atenciones hacía todo lo posible por compensarle la falta de cariño. Era una buena hermana. Intentaba pasar todo el tiempo que le fuera posible con él. A veces, en especial cuando el infante lloraba y nadie acudía a consolarlo, a hurtadillas se colaba en la habitación y se arrodillaba junto a la cuna. Lo mecía y le cantaba con su bella e infantil voz, hasta que éste se quedaba plácidamente dormido.

No ocurrió así la última noche.

Timeus estaba enfermo, no había otra explicación coherente para su llanto constante e incontrolable. Emma, la nodriza, llevaba dos días ausente porque tenía a su madre enferma y cuidaba de ella, y sin ella en la casa, Timeus yacía desamparado. Así, preocupada por el bienestar de su hermano, Ambrosia decidió desempeñar las tareas que le correspondían a la empleada… aunque no con demasiado éxito. Mientras cargaba a su quejumbroso hermano, se llevó un susto de muerte al escuchar que la puerta se abría. Era su madre.

¿Qué crees que haces? —Le reclamó con ese tono desagradable y cruel que la caracterizaba. No la miraba con reprobación, sino con verdadero odio—. Eres tú la causante de que el mocoso no se calle.

No, yo sólo quiero ayudar y… —en vano, la niña intentó justificarse, pero Louisa la cortó con brusquedad, exigiéndole que se callara. Lejos de amedrentarse, con aire protector la pequeña se aferró a su hermano y torció el gesto, desafiando a su madre con la mirada.  

¡Estoy harta de ti, criatura insolente! —Louisa se sulfuró y explotó. Sin importarle si el niño caía al piso y se hacía daño, tal como ocurrió, tomó a Ambrosia del cabello y la sacó a la fuerza de la habitación, arrastrándola por todo el pasillo.

La niña chilló, intentó defenderse, pero cuando acordó ya tenía el pie de su madre sobre ella, sometiéndola. La cruel mujer tomó una sombrilla y con el mango le atestó tres fuertes golpes, uno en los hombros, el segundo en la cabeza y el último (que fue el peor, porque le abrió el labio y comenzó a sangrar) en la cara.

Ambrosia permitió que su madre saciara en ella todo su enojo y frustración, porque sabía que de no ser así, iría directamente con Timeus. Experimentó mucho dolor y mucha rabia, pero resistió con valentía las ganas de llorar. El férreo carácter que la distinguiría por el resto de sus días, había comenzado a forjarse.


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