Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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The Hunter Plays the Game → Privado

Mensaje por Burak Arel el Dom Mayo 01, 2016 2:12 am


“Our Blades Are Sharp.”


Su búsqueda lo había conducido hasta ese lugar. Estaba cerca, podía olerlo. Podía olerla a ella y al hijo que le había engendrado. Qué tonta había sido. Su valentía no era más que insolencia y se encargaría de hacerla pagar con creces. La haría sufrir, la subyugaría aún más. Le rompería el alma y la voluntad y las piernas si era necesario. ¿Matarla? Por supuesto que no; en su inmundicia y su poca importancia, era demasiado valiosa. Además, no existía suplicio alguno en la muerte. El sueño eterno simplemente te tomaba entre sus manos y te conducía a un mundo sin dolor. Eso era todo lo que Burak despreciaba, pues su vida entera estaba hecha para provocar tormento. Y era con esa chiquilla, la que le pertenecía como un objeto, pero a la que nadie más podía tocar, con quien más se ensañaba. La había marcado como un ganadero a sus vacas y bueyes. Era suya y el mundo debía saberlo.

Se detuvo en el fango de la senda. El camino desde la ciudad hasta ese sitio estaba mal trazado y descuidado, era irregular y muy difícil de recorrer, pero si algo se comparaba con su capacidad destructora, era su tenacidad voraz. Conseguía lo que quería porque rendirse era una debilidad que no se permitía.

Avanzó lento y amenazador, observando a su alrededor. Más de uno de sus hombres se había ofrecido a acompañarlo, seguramente con la idea de ganarse su favor. ¿Qué no habían aprendido nada en todos esos años? Nadie se ganaba el favor de Burak Arel. Si no le convenías, simplemente te quitaba del camino, no importaba si un minuto antes le hubieras salvado la vida. Pero ahí estaba la verdadera respuesta de por qué se había negado a ir con alguien más. Era un cazador solitario. Y ese era asunto que le concernía sólo a él.

Sonrió cuando sus ojos oscuros se clavaron en una derruida y deprimente construcción. Sus movimientos eran pesados, sin embargo no había que confundirse, era rápido y temible en batalla. Cada vez que avanzaba, parecía que bajo sus pies la tierra se cimbraba. Como una colosal amenaza que se acerca y no da tregua. Al fin llegó frente a una puerta desvencijada que, sin hacer intento alguno de guardar silencio, arrancó de los oxidados goznes.

Pequeña palomita —habló con voz falsamente dulce—. Ven a mí, no te haré daño —pero aunque la chica fuera joven, ingenua y ciega, se podía palpar la mentira sin necesidad de más. Recorrió el lugar, habitación por habitación, pero bien sabía ya dónde estaba su presa.

No te asustes. Enséñame a mi hijo —no era idiota, sabía que ya había nacido y de todos modos, podía olerlo y sentirlo. Rezumaba a ella, y también a él.

Los maderos del piso crujieron bajo su peso mientras seguía avanzando. Subió por unas escaleras cuya baranda carcomida por termitas cayó en cuanto puso una mano sobre ella. Aquello provocó tremendo ruido y levantó una nube de polvo enorme. Burak se detuvo a observar el desastre y luego continuó.

Vamos, no lo hagas peor. Sal ahora y me portaré bien contigo —continuó y se dirigió a una habitación al fondo del pasillo del segundo piso. Tomó la perilla de oxidado metal. La giró lenta y dolorosamente. Abrió con suavidad.

Ahí estaba ella en un rincón, con el niño en brazos. Al verlos, Burak sonrió. Pero su gesto no era el de un padre que se reencuentra con su familia. Su gesto era el de un verdugo que viene a cortar cabezas. El de un demonio soñando. Era una suerte que Azra no pudiera verlo, o jamás podría conciliar el sueño nuevamente.


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Re: The Hunter Plays the Game → Privado

Mensaje por Azra Huseinovic el Vie Mayo 20, 2016 11:26 pm

Vigilas desde este cuarto
donde la sombra temible es la tuya.
No hay silencio aquí
sino frases que evitas oír.
Signos en los muros
narran la bella lejanía.
(Haz que no muera
sin volver a verte.)

Alejandra Pizarnik

Oscuridad. No importaba cómo continuase girando el mundo, para Azra, se había detenido en ese punto negro e infinito que representaba a la nada. Ya nada veía y, en contra partida, sus otros sentidos se habían agudizado, pero, especialmente había desarrollado una fuerte percepción. El llanto descontrolado de su hijo desde que había despertado, había sido señal suficiente para indicarle que algo no estaba bien, que algo ocurriría. Había transcurrido la jornada haciendo las labores del hogar, pero no se había podido desprender de los constantes escalofríos que le erizaban la piel. El peligro inminente le había generado ardor en la boca del estómago, al mismo tiempo que la ansiedad iba provocándole temblores en las manos. Rompió un vaso y un plato, además de que su niño casi se le cae de los brazos cuando estuvo a punto de amamantarlo. Sabía que él estaba cerca, podía sentirlo en el pecho, en los poros, en el pulso; lo necesitaba de la misma forma que le repelía.

Finalmente, cuando Burak se hizo presente, Azra, movida por un instinto primitivo, había optado por esconderse en un pequeño cuarto de la desvencijada casa que había usurpado junto a su hermana, la cual se encontraba ausente. Había abrazado el cuerpo diminuto de Mirsad, y lo había apretado contra su corazón. Por momentos, creía que éste se le saldría por la boca, y los estruendos que le llegaban desde el exterior, le arrancaban respingos. Había colocado el dedo índice en la boca de su niño, para que éste no llorase, y como si percibiera la situación, se había mantenido tranquilo y entretenido de esa forma. A medida que los pasos se acercaban, ejercía más presión sobre Mirsad, a punto de obligarlo a removerse, incómodo y con la respiración dificultada. Azra, contenía la suya. Las lágrimas caían por esos ojos inútiles y claros, pero no podía contenerlas.

Señor Burak… —murmuró, cuando lo escuchó ingresar. Su voz grave y profunda, la recorrió palmo a palmo. Por algún motivo, lo imaginó sonriendo, con esos dientes blancos brillando bajo una barba incipiente y su piel morena. Recordó la sensación de su cuerpo firme y poderoso, batiendo toda su fuerza contra su fragilidad, y temió, temió por su hijo y temió por ella, porque lo había añorado de aquella manera tan monstruosa.

Mirsad rompió a llorar, y Azra a temblar. Quería tranquilizar al niño, y lo mecía, pero nada parecía calmarlo. Se vio obligada a ponerse de pie, sin apartarse demasiado de la pared. Conocía de memoria la habitación que había oficiado como un inservible refugio, e imaginó la cama que la separaba de Burak, la cama donde dormía su hermana cuando decidía pernoctar en la casa. ¿Le quitaría al niño? ¿O lo mataría sólo para castigarla? ¿Se los llevaría a los dos? Agradecía profundamente la ausencia de Aminah, pues ocurriría una masacre, y no quería cargar en su consciencia con la muerte de su hermana. Azra no sabía bien qué hacer, su hijo no cesaba el llanto y tenía el rostro empapado de sus propias lágrimas, la garganta seca y un dolor de cabeza atormentador.

Tranquilo, hijo… —le costaba hablar. —Basta, basta…tu padre ha venido a conocerte —inconscientemente, había adoptado una postura encorvada, protegiéndose de una posible agresión, también mantenía la cabeza gacha, el rostro fijo en un bebé al que no veía pero al que podía darle entidad en su mente. Sabía, por Aminah, que tenía su color de ojos, pero que su dermis era un poco más oscura. Le gustaba creer que era parecido a Burak, así éste no dudaba de ella. Azra jamás habría concedido que otro hombre la tocase luego de que él la hiciese suya. Él tampoco lo habría permitido. — ¿Ha venido a conocer a nuestro hijo, Señor Burak? —preguntó con temor, conociendo la respuesta de antemano. Había ido a destruirla, a destruir ese mundo de paz endeble que había logrado erigir.



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Re: The Hunter Plays the Game → Privado

Mensaje por Burak Arel el Mar Jul 12, 2016 12:08 am


“If you think this has a happy ending, you haven't been paying attention.”


Recorrió con la mirada la habitación. Era deplorable. Incluso, la observó con grosero desdén. Dio un paso más, un sonido seco y contundente que levantó polvo. Luego otro, y al tercero se detuvo, porque una cama se interpuso. Observó a Azra con su hijo en brazos, que no dejaba de llorar. Por un momento consideró hacerlo callar; no por ahora, sino para siempre. Pero reconsideró. Rodeó la cama y se acercó a su mujer —le gustase a ella o no, eso era— y con brusquedad, la tomó por el mentón. Qué dulces eran sus lágrimas y que hermoso era verla desde ya, destruida, sabiendo que nada bueno deparaba en su futuro. Ella había sido arquitecta de su propia caída, pensó al estudiarla.

¿Por este lugar cambiaste tu vida a mi lado? —Dijo con desprecio sin soltarla, como si la vida a su lado hubiera sido un cuento de hadas—. Lo tenías todo conmigo, y fue insuficiente. La avaricia es un pecado, Azra —la soltó con tanta fuerza que hizo que girara el rostro. Antes de que pudiera hacer algo, con la misma mano que antes la sostenía, rodeó el delgado y frágil cuello de la chica, la llevó contra el muro con violencia, sin embargo, no apretaba con suficiente fuerza como para asfixiarla.

Le arrebató al niño de los brazos. La mano que tenía libre era suficiente para sostenerlo. Lo miró, ahí, pequeño y asustado, en su antebrazo. Los ojos eran como los de su madre, pero la piel era atezada como la de él.

Claro que vengo a conocer a mi hijo —continuó sin despegar la mirada del niño y ejerciendo más fuerza en el cuello de Azra—. Ni siquiera sé cómo se llama —habló como si de verdad estuviera insultado por el hecho. Aún no sabía qué iba a hacer con el niño. Matarlo ahí mismo, frente a su madre, era lo más fácil y satisfactorio, pero la idea no le agradaba del todo.

Al fin la soltó y ocupó ambas manos y ambos brazos para arrullar a su hijo. Había algo en ese niño que le recordaba ese único punto flaco que tenía: su pequeño hermano, muerto hace tanto. El chiquillo, de a poco, quizá sabiendo que ese que lo sostenía era su padre, dejó de llorar. Una vez que estuvo calmado, lo dejó sobre la cama y regresó a por Azra. La tomó con fuerza de los antebrazos y la sacudió.

¿Qué esperabas que sucediera, maldita bruja? ¿Qué te dejaría en paz? ¿Es que no lo has comprendido? No vas a poder huir de mí, nunca, y si vuelves a intentarlo… —no terminó la frase, en cambio pegó su cuerpo al ajeno. Era mucho más grande, más fuerte y robusto. Sus últimas palabras fueron dichas contra la piel empapada de lágrimas—. Podría violarte aquí y ahora, frente al hijo que me engendraste, pero tu castigo va a ser mucho peor —sin embargo, aunque anunció que no lo haría, la tocó con lascivia y poca sutileza.

Toma tus porquerías, nos largamos ahora mismo —se separó y espetó. El niño en la cama volvió a llorar—. Y haz que se calle si no quiere que lo mate —fue tajante. La miró y al ver que no se movía, agregó—: ¡¿qué esperas?! No querrás hacerme enojar más, ¿verdad? —Y una carcajada siniestra inundó la habitación, aún más fuerte que el llanto del bebé.  


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Re: The Hunter Plays the Game → Privado

Mensaje por Azra Huseinovic el Mar Jul 19, 2016 4:24 pm

Acariciaba su violencia. Añoraba la sensación de entumecimiento en la que el miedo la sumergía, la manera en que todo su ser temblaba de pánico. Necesitaba sentirse viva una vez más, como en aquel momento estaba sucediendo. Saber que él volvería a tocarla, que sus manos se posarían como garras sobre ella, le recordaba cuánto lo había extrañado. Sí que lo había hecho… Sus pasos, estallidos amenazantes acercándose, la obligaban a empequeñecerse más y más, a cubrir a su pequeño con sus brazos. Mirsad no tenía culpa alguna en todo ello, y por el único motivo que había sido capaz de huir, era porque sabía que él merecía algo mejor. ¿Cómo se le había ocurrido mantenerlo con ella? Tendría que haberlo dejado en algún monasterio; pero fue egoísta e incapaz de separarse de su hijo.

Burak Arel tenía razón. Junto a él, lo tenía todo. No había necesitado nada más que a aquel hombre y su crueldad, pero lo había desafiado, incitada por la rebeldía de su hermana. Ahora debía pagar su falta. ¿De qué manera el licántropo cobraría su deuda? Cuando le quitó al niño, Azra lazó un suave gemido, y ya no encontró placer alguno en ese terror. Por un instante, se preguntó si Arel sería capaz de hacerle daño al hijo de ambos, si tendría el corazón suficiente para acabar con él. Rogó que no.

Mirsad. Su nombre es Mirsad —respondió débilmente, mientras se acariciaba la garganta. Él parecía no haberla escuchado, e inmediatamente, comenzó a zamarrearla. Azra lo escuchaba con atención, mientras las lágrimas le empapaban el rostro. No podía encontrar el deseo en su maltrato y en su descalificación, pero había perdido el rumbo de su vida, y el único camino que conocía era el que la guiaba hacia Burak.

Comprendió, perfectamente, que jamás podría huir de él. Desde el primer instante que había escapado, supo que el otomano la encontraría, tarde o temprano lo haría. Pero había necesitado de la libertad que su hermana le había brindado, y por muy poco tiempo, creyó que sería feliz. Vivía sin sobresaltos, de forma modesta y humilde, pero nadie le gritaba, ni la golpeaba, tampoco sentía miedo constantemente. Se podría haber acostumbrado a esa cotidianidad, a pesar del vacío que significaba estar sin Arel. Las manos que la tocaban, por un instante tan diminuto como su esperanza, le provocaron asco, y ya no quiso que continuaran acariciándola.

Liberada, tanteó la cama hasta que entró el pequeño bulto gimiente en el que se había convertido Mirsad. Agachó la cabeza y con la carcajada de Burak aún retumbando en sus oídos, fue hacia la habitación donde estaban las pocas cosas que le pertenecían. Colocó al niño en la cuna desvencijada, le dio un beso en la frente y salió sin él y sin nada de lo que tenía. ¿Qué estaba buscando con aquella decisión? Lo encontró en el pasillo, ocupándolo todo con su cuerpo de gladiador.

Señor Burak… —continuaba con el mentón pegado al pecho, y tiraba de sus dedos, haciendo que sus articulaciones sonasen. —No…no quisiera que Mirsad venga con nosotros. ¿Él puede quedarse con mi hermana? Yo…yo iré con usted, pero no es necesario que él venga. Sería una molestia, ¿no le parece? —alzó la cabeza, pero no pudo mantenerse en aquella posición demasiado tiempo. Imploró que el licántropo aceptase. En aquel momento, agradeció que la oscuridad que la acompañaba, le impidiese observar el rostro de Arel.



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Re: The Hunter Plays the Game → Privado

Mensaje por Burak Arel el Mar Ago 09, 2016 9:40 pm


“Why should I apologize for the monster I’ve become?
No one ever apologize for making me this way.”


Sus dedos dejaban marcas muy hondas. Surcos imposibles de borrar. Ya fuera de muerte y desdicha, o de simple enferma obsesión, como era el caso con Azra. A la larga, eso era era más horrible, ¿qué falta tan grande había cometido la chica como para ser condenada a una vida al lado del lobo? Ahí radicaba la crueldad más horrible, pues ella era inocente y él la hacía padecer por pura diversión. A la distancia, la muerte sonaba más misericordiosa, pero ¿acaso Burak lo era? Su triunfo como mesnadero radicaba ahí, en que en apariencia no poseía las debilidades que otros hombres sí.

«Mirsad», el nombre reverberó en su cabeza. ¿Se traducía en «Samed»? Su pequeño hermano al que había vengado. Tal vez perdió la cabeza el día en que lo vio morir. Quizá ese niño que nunca alcanzó a ser hombre, era la causa de la brutalidad de Burak. Era difícil saberlo. Nunca hablaba de él, ni de su madre, tal vez porque de ese modo dejaría al descubierto su más oscuro secreto: era un hombre, con afectos y flaquezas. Fue por ello que tuvo que dejar la habitación, darle la espalda a Azra y a la puerta, mientras el maldito llanto de su hijo seguía sonando por todo el lugar; como un rugido, como un trueno, como un canto atonal. No podía mirarla mientras, por una maldita vez en su vida, regresaba a un pretérito donde no todo había sido muerte. No le importaba que no pudiera si quiera verlo. Quizá, se dijo, la muy zorra habría aprendido a usar ya sus otros sentidos y detectaría su momento endeble.

Cuando se giró, fue para encararla de nuevo, ¿ahora qué demonios quería? Tensó las mandíbulas y la miró de tal modo que estuvo seguro que lo sentiría. Ojos como espadas. Como balas. Estuvo a punto de apresurarla, odiaba que titubeara así, entonces finalmente soltó su inquietud. Por un segundo o dos, Burak creyó que estaba bromeando. Luego recordó frente a quién estaba. Él se había encargado, con minuciosa saña, de quitarle las ganas de bromear, de sonreír, de ser feliz. Sonrió primero y luego soltó una nueva carcajada.

Es mi hijo —al fin dijo como si esa sola frase respondiera a todas sus preguntas. No estaba todavía seguro qué haría con el chiquillo, pero sin duda, no iba a permitir que algo suyo se quedara así como si nada en el mundo. Y era eso, que se trataba de algo de su propiedad, sin ningún cariño adicional en esa idea—. Irá con nosotros. Algún día, quizá, si demuestra ser digno, heredará todo lo que es mío —anunció y dio un paso al frente.

Me he revolcado con muchas —habló con voz baja y ronca, tomó con cariño a Azra del rostro, y contrastó con la declaración que acababa de hacer. Ternura y monstruosidad al mismo tiempo, en una sincronía atemorizante—, pero sólo contigo he engendrado hijos, ¿entiendes? Sólo me interesa tener hijos contigo. Eres mía Azra y tener cachorros juntos es muestra de eso. No tienes escapatoria. Estamos unidos y ese niño es la muestra —cuando terminó de hablar, su rostro estaba a un palmo del ajeno y luego, sin avisar, la besó con una fiereza escalofriante.

Parecía que quería matarla en ese beso. Que quería acabarla. No dejar rastro de ella.

La soltó con brusquedad y volvió a girarse. Miró a su alrededor, la casa derruida, llena de polvo. Caminó con paso firme, el de un soldado y la duela bajo sus pies se cimbró.

¿Vives aquí con mi querida cuñada? —Siguió recorriendo el pasillo, ya se encargaría de que esa otra mujerzuela pagara—. ¿Sabes? He cambiado de parecer, creo que podríamos quedarnos un tiempo en la ciudad. Arreglar este basurero —tomó una viga caída y apolillada, la rompió con facilidad. Se giró de nuevo hacia ella—, ¿no te gustaría? Tener un hogar aquí —soltó con sorna. Con sarcasmo lacerante. Sabía bien que a su lado, Azra jamás iba a sentirse en casa. Se había encargado de que así fuera. De que no importara el tiempo o el lugar, ella siempre tuviera miedo, y lo necesitara, ambas cosas, con la misma intensidad. 


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Re: The Hunter Plays the Game → Privado

Mensaje por Azra Huseinovic el Vie Ago 19, 2016 6:51 pm

Nunca lo había visto claramente. Cuando él había entrado a su vida, Azra ya tenía su visión casi perdida por completo. Sus facciones eran difusas, pero en su piel llevaba grabada la aspereza de sus manos, el tacto del vello que le cubría el cuerpo sobre el suyo, menudo, lampiño, maltrecho, violentado. La joven nunca supo por qué perdió la visión, aunque los abusos y la mala alimentación, podían ser factores más que importantes. Cuando recordaba aquellos años, comprendía que simplemente, su mundo se había vuelto demasiado nefasto para continuar observándolo. Se sumergió en un túnel, oscuro y profundo, donde la violencia hizo ancla en su vida, y allí se quedó. Sus ojos fueron en consonancia y, un día, decidieron que ya no había nada más para ver. Fue lento, muy lento, pero se apagaron, y ya no eran más que dos bellos zafiros inertes. La joven había aceptado su nuevo destino, aprendiendo y adaptándose, como a todo lo que le había tocado desde aquella fatídica jornada en la que los ejércitos otomanos arrasaron con su poblado y la arrancaron de su tierra.

La carcajada de Burak la estremeció, como cada movimiento que él realizaba. Su discurso le supo a bilis. Se le revolvió el estómago de imaginarlo con otras mujeres, de que ella no fuese la única que recibiese todo lo que él tenía para dar. No soportaba la idea de que otras lo tocasen, pero no dijo nada. No tenía derecho a reclamar. Agradecía, al menos, ser exclusiva en algo. Sin embargo, ese “algo”, significaba poner en riesgo lo más preciado. Mirsad era su debilidad, era el hijo que había parido con dolor, quien le arrancaba sonrisas aún cuando no podía reconocer su carita. Él, tan pequeño e inocente, le había devuelto la alegría, y sabía que si lo llevaba con ella, se la volverían a robar, y que, el niño, también tendría que pagar consecuencias similares. Debía persuadirlo, se dijo que tendría que haber una manera de detenerlo. Pero, lo que ocurrió a continuación, no lo esperaba. Contuvo la respiración cuando su boca la atrapó, la devoró, sin darle tiempo a reaccionar. La soltó con la misma furia con la que la había tomado, y Azra exhaló largamente y de forma entrecortada. Se tocó los labios, candorosos e hinchados por el contacto. Quería rogarle que volviera a hacerlo, hasta que la mención de su hermana le heló la sangre.

No —reaccionó rápidamente, aunque se arrepintió de inmediato. —No. Quiero decir… Mi hermana, mi hermana ya no vive aquí… —mentía, pero había aprendido al lado del mejor. Ni un músculo de su cuerpo se movía. —Aminah se ha ido hace bastante tiempo, creo que no volverá. No sé si continúa con vida —la mayor era su última oportunidad para salvar a Mirsad. —Tendría que buscarla, quizá ella quiera quedarse con nuestro hijo. Puede ser un impedimento para ambos estar con un niño tan pequeño, ¿no le parece? Es completamente dependiente, llora mucho por las noches, lo molestaría —pueriles tergiversaciones de la verdad. Era un bebé bueno y tranquilo; su relato estaba muy lejos de la realidad.

Si usted desea, podemos tener otros hijos —podría buscar la manera de no engendrar. —Pero…pero Mirsad realmente sería una molestia para usted —sabía que su insistencia lo exasperaba, que era el momento de quedarse callada. —Sé que es su hijo, pero puede quedarse con alguien hasta que crezca, y luego volver con usted, siendo un hombre —dejarlo le rompería el alma, pero más lo haría que su vida estuviese constantemente amenazada. Ella…podía soportarlo todo, ya lo hacía, pero Mirsad era demasiado pequeño, y Azra, a pesar de lo obsesionada que se encontraba con Arel, sabía que no quería a un ser como él criando a su bebé. El niño se merecía un destino mejor, uno mucho mejor que el que le había tocado a ella.



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Re: The Hunter Plays the Game → Privado

Mensaje por Burak Arel el Dom Sep 25, 2016 10:32 pm


“It’s a beautiful thing, the destruction of words.”
— George Orwell, 1984


Cada beso que le daba era una nueva forma de hundirla más. Y es que posesión era sinónimo de amor en el lenguaje y en el mundo de Burak, uno donde sólo existía guerra, muerte y venganza. Azra era demasiado frágil para habitar esa realidad del lobo, ¿y acaso a él le importó? No, la empujó al foso de las bestias, sólo para deleitarse con el modo en cómo era devorada; sólo para renacer al día siguiente y repetir la atroz rutina.

Le dio la espalda y avanzó, regresó sobre sus pasos hacia la habitación donde el mocoso se había quedado. Lo miró desde el marco de la puerta, removiéndose inquieto, sin saber que su padre era un monstruo y su madre una tonta. Las palabras de la mujer llegaban hasta sus oídos, pero deliberadamente las estaba ignorando. ¡Mentiras y verdades a medias! No iba a confiar en ella nuevamente, no cuando había tenido las agallas de huir. Era nada, menos que nada, y creyó que había arrancado de una buena vez sus alas, sin embargo al parecer, éstas volvieron a crecer… no obstante, trató de volar cuando todavía no podían soportar su peso. En parte ahí se originaba su enojo, porque entonces sus torturas habían sido insuficientes, era casi como si lo hubiera dejado en ridículo ante el mundo. Cerró los puños, furioso mientras ella seguía con su perorata. ¡Cállate, maldita zorra! Se giró violentamente y en dos zancadas regresó a ella, tan rápido que parecía imposible que un hombre de su corpulencia poseyera esa agilidad.

Le soltó tremenda bofetada con el dorso de la mano y la hizo callar. El estruendo provocó que el bebé comenzara a llorar de nuevo, pero fuera de eso, no hubo ruido alguno por algunos segundos. Burak la miró, satisfecho al ver un hilito de sangre correr por su boca y hasta su barbilla.

No tienes derecho a opinar, ¿es que no lo has entendido? He dicho que nos quedaremos con el niño, que lo criaré como mío y que nos hospedaremos en este muladar… ¿alguna objeción? —Estaba muy cerca de ella, su rostro a un palmo de distancia del ajeno, cuya mejilla roja comenzaba a hincharse. La miró directo a esos ojos vacíos, inservibles, pero estuvo seguro que podía sentirlo—. ¡Ah! Y por supuesto que tendremos más hijos —un ejercito para entrenar—. De la ramera de tu hermana ya me encargaré si es que se atreve a regresar, ¿entendido? —Y aunque preguntó, su voz y sus órdenes jamás daban pie a titubear. Si los hombres de su ejercito o de su grupo mercenario no se atrevían, mucho menos Azra.

¡Ahora, haz callar a ese niño, por todos los infiernos! —La tomó del brazo y la jaló con fuerza rumbo a la habitación, donde el niño lloraba—. Azra, espera —suavizó el tomó, su nombre como último símbolo de pertenencia, de nuevo la tomó con fuerza para girarla. Con el índice derecho limpió la sangre del rostro de la ciega y luego lo lamió. Sonrió con aire macabro y la dejó ir.

Unos segundos más tarde, volvió a entrar a la habitación donde Azra tenía en brazos a Mirsad. El niño había dejado de llorar con bastante facilidad. Si ella sabía controlarlo, no habría necesidad de castigos físicos por un tiempo.

¿Lo ves? —Su voz irrumpió la calma como un trueno que cruza el firmamento cuajado de nubes—. Nuestro hijo sabe que debe quedarse callado, quizá puedas aprender algo de él —hizo énfasis en «nuestro hijo» con burla y saña. Sus pasos pesados se sentían sobre la duela, y de ese modo se acercó a ellos. Se colocó detrás de Azra, para poder ver a Mirsad. De ese modo, parecían de hecho una familia, pero claro, aquello no podía durar mucho. Se acercó al oído de su esclava y susurró—: No me hagas matarte, ni matarlo a él. Sabes que no sería bonito. Soy capaz de buscar al mejor médico de este maldito mundo para que te regresa la vista, sólo para que veas cómo le quito la vida a nuestro hijo… —sonrió y la besó en la mejilla herida sabiendo que le dolería.


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Re: The Hunter Plays the Game → Privado

Mensaje por Azra Huseinovic el Lun Oct 10, 2016 11:44 am

"For darkness restores what light cannot repair."
Joseph Brodsky

No recordaba el rostro de sus agresores. Habían sido tantos, que le resultaba imposible distinguirlos entre la bruma de sus recuerdos. Sí recordaba los olores, los sonidos, las carcajadas, también solía despertar cuando las pesadillas la asaltaban con escenas del espanto. No había un rostro, sólo cientos de ellos. Golpes, castigos, muerte, orín cayendo sobre las pieles desnudas, objetos que se introducían en sus cuerpos, insultos, humillaciones. Jamás lograría desprenderse por completo de esos meses en los que le quitaron todo, desde la esperanza hasta la dignidad. Su hermana había logrado fortalecerse en la adversidad, pero ella era demasiado frágil y sus ojos habían respondido volviéndose vacuos. Ni siquiera las facciones de Burak le parecían demasiado nítidas, cuando él había entrado en su vida, su vista estaba en el tramo final de su extinción. Él también se había convertido en sensaciones físicas, pero Azra le agradecía que la sacara del yugo de los soldados. El licántropo la había salvado de una muerte segura; la alimentaba bien, le daba vestimenta decente, jamás pasaba frío y tenía una habitación cómoda para ella. Había sido una desagradecida al huir, y merecía cualquier represalia que él decidiera tomar.

Aceptó el golpe y las órdenes con la sumisión de siempre. No amagó a tomarse la mejilla ardiente, ni tampoco hubo ofensa en su ser. Tenía la seguridad de que Arel estaba siendo benevolente. Asintió a sus edictos y casi se tropieza al llegar a la cuna para calmar a Mirsad. Tomó al nene entre sus brazos y éste, inmediatamente, dejó de llorar. Agradeció que su niño fuera tan tranquilo y obediente, y que tuviera con ella aquella relación de tanto amor y tanta armonía. Se sentó y comenzó a mecerlo, pero él parecía no querer dormirse. Azra necesitaba que lo hiciera; si su hijo dormía, estaba a salvo. A diferencia suya, él veía todo, y no quería que ciertas imágenes si instalaran en su alma. Era una mala madre, que no había podido protegerlo, que lo había parido en la mitad de un camino y había continuado con él sin descanso, exponiéndolo a peligros y enfermedades. Pero su hermana los había protegido, y Azra no sería capaz de entregarla a Burak; ella también los había salvado. La muchacha no se sobresaltó al escucharlo entrar, y continuó sus suaves movimientos, que en el pequeño provocaban satisfacción.

No, señor. No haré nada para provocar su ira —respondió con la voz entrecortada de miedo. Mirsad pareció sentir la amenaza, se removió incómodo y lloriqueó. El corazón de Azra se le subió a la garganta, provocándole dolor. —Debe tener hambre —sentenció, y sonó más segura de lo que estaba. Liberó uno de sus senos e, inmediatamente, su hijo comenzó a succionar con fuerza y una suave sonrisa curvándole los labios. Las manitos pequeñas, se entretenían apretando y jugueteando con su fuente de alimento, henchida de leche y de vida. Azra, cuando le daba de mamar a Mirsad, era una mujer sumamente feliz.

Su hijo es un niño muy fuerte e insaciable —comentó, como si Burak fuese un padre orgulloso y aquella fuera una familia normal. —Me han dicho que, para su edad, es grande; también que será alto y temerario. Jamás ha enfermado, goza de una salud estupenda —continuó. Hablar del nene le daba paz y, realmente, no importaba si Arel estaba o no escuchándola. —Estoy segura de que en el futuro podrá enorgullecerse de él. Es muy inteligente y sagaz, tal como usted, señor. No es ni estúpido ni inútil como yo, todos los días aprende algo nuevo, jamás deja de sorprenderme —había mucha verdad en sus palabras. Mirsad era un niño distinto, con cualidades especiales y una gran sensibilidad; a pesar de sus cortos meses de vida, parecía comprender las dificultades de su madre. Azra se sentía inferior a él, y a todos. —Si no hubiera sentido tanto dolor al momento de su nacimiento, no creería que fuera mío. No soy digna de haber engendrado un hijo suyo, señor Burak.



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Re: The Hunter Plays the Game → Privado

Mensaje por Burak Arel el Mar Nov 15, 2016 10:27 pm


“Woe, destruction, ruin, and decay; the worst is death and death will have his day.”
― William Shakespeare, Richard II


Alzó el mentón, y aunque no lo veía, Burak seguía teniendo la necesidad de imponerse de aquel modo. Era un hombre inteligente, astuto, un estratega también, pero sin duda, sus métodos siempre eran esos, físicos. Tenía que hacer las cosas, las ideas no le servían, si éstas no se llevaban a cabo. No le bastaba con saberse temido, quería ver el pavor en los ojos de los demás. Así se ganaba el respeto y el miedo de los demás. Demostrando que era digno de miedo y respeto. No palabras, acciones que suelen hablar más fuerte y claro. E incluso con seres tan indefensos como Azra y su hijo, era así. No se tentaba el corazón ante nadie, su furia era indiferente.

Parecía que ya lo estaba entendiendo. Entornó la mirada, muy atento a sus movimientos, diciéndose mentalmente que no podía volver a confiar en ella. Le rompería las piernas a la próxima, se dijo también, le servía mientras pudiera abrírselas para engendrar más hijos juntos. Aún así, ¿de esto se trataba? ¿Castigos cada vez más severos ante sus faltas? Iba a terminar matándola, la imagen llegó a su cabeza, no lo conmovió, claro que no, pero la idea tampoco le agradó. Era una buena hembra, hermosa, manipulable, y ahora comprobaba que fértil también. Además, haberla tomado como favorita reafirmaba su estatus entre los suyos, si la mataba, la rebajaría a cualquier puta de turno, y el jefe no se revolcaba con cualquier mujerzuela. O lo hacía, pero tenía a su mujer en casa, la más deseada por todos. Chasqueó.

No podía esperar menos de un hijo mío —habló con indiferencia, observando al niño alimentarse. Lamentó que, tras eso, los firmes senos de Azra fuera a decaer un poco. Aún conservaba cicatrices en el pecho de las muchas veces que la ultrajó y no se conformó con eso, sino que también la hirió, para que no se le olvidara quién era su dueño—. No, no eres digna, pero no resultó tan mal —dijo sin el mayor miramiento y como si fuera muy obvio. Cruel y directo. Se cruzó de brazos y se recargó en el muro.

Dime Azra, y no me mientas porque sabré si lo haces, ¿dónde lo pariste? Me avergüenza que un hijo mío haya nacido por ahí, como si se tratara de cualquiera. Quizá deba castigarte por eso también, aunque ahora no, al fin lo haz hecho callar —parecía que esa era su única pregunta. Desde luego, no era así—. En tu estúpida e inútil huida, ¿te revolcaste con otro? Dímelo —aunque no gritaba, no daba opción a no responder. Es más, cuando hablaba así de calmado era cuando más miedo daba. Sabía que la chica era muy bella, no dudaba que un listillo se hubiera aprovechado.

Cambio la posición un poco, sólo llevando el peso de su enorme cuerpo a la pierna derecha, sin despegarse de la pared.

Si fue así, sabes que lo buscaría y lo mataría, ¿verdad? —No valía la pena mentir, tratar de fingir que no haría nada al respecto. La idea de que alguien hubiera tomado ventaja era una cosa, pero si alguien mostró compasión por ella, entonces sí, vería que ese ser pagara—. Y te haría mía durante noches enteras, sólo para que recuerdes de quién eres. Te dejaría exhausta, apenas con la suficiente energía para vivir. Es más, no importa, ha pasado mucho tiempo, deberías buscar quien cuide al niño, mientras acabo contigo —aquello no era una promesa romántica, ni siquiera erótica. Era una de venganza, de odio, de vejación y burla. «Acabar con ella» como quien extingue la flama de una vela. Dejar nada. Nada de su dignidad, ni de su cuerpo. Hacerla añicos. Tomar esos pedazos, y volver a romperlos. No iba a volver a burlarse de él.

Se inclinó hacia ella y su hijo. Una de sus enormes manos se posó sobre la frente de Mirsad. Podía cubrir toda su cabeza con facilidad. Casi le dio una caricia tierna, casi. Luego tomó del mentón a Azra, la obligó a encararlo, y la besó como si quisiera arrancarle la vida por medio de la boca.


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Re: The Hunter Plays the Game → Privado

Mensaje por Azra Huseinovic el Jue Dic 01, 2016 11:02 pm

"No son las bajezas de los hombres las que son innobles, sino la forma en que saben hacérselas perdonar."
Jean Rostand

La ofendía profundamente que Burak creyera que ella podía llegar a entregarse a otro hombre que no fuera él. Intentó disimular la mueca de fastidio, pero le resultó casi imposible. La sola idea de que alguien que no fuera Arel la tocara, le provocaba náuseas. Sería incapaz de semejante ofensa. Sabía que no era recíproco, que él podía acostarse con cualquier mujerzuela y ella no tenía derecho a reclamar; y a pesar de que la hería cuando estaba con alguna mujer de dudosa moral, siempre volvía a ella, y eso era lo que importaba. Y también lo que más odiaba. Más de una vez había fantaseado con el hecho de que él se sintiera hechizado por alguna otra y, finalmente, la dejara en paz. Eso no había ocurrido. También había tenido la esperanza de que no la buscase, de que no fuese tan importante para él y que el licántropo encontrase una dama digna con la que compartir su reinado. Tampoco había sucedido. Estaba allí, con ella y su hijo, en la misma habitación, humillándola como de costumbre.

Azra no tenía recuerdos alegres a los que recurrir en los momentos de tensión, de angustia o de dolor. Les habían arrebatado todos. Desde el día que la secuestraron, parecía que las horas felices de su infancia y adolescencia, se habían esfumado junto a la vida de todos los que amaba. En su lugar, habían crecido las espinas venenosas de la vejación. Intentaba reemplazar las horrendas imágenes, por la risa fresca de Mirsad, pero no podía llenar los espacios con su rostro, pero al menos sí los olores y las sensaciones físicas. Era increíble cómo el milagro de la maternidad había obrado en ella, dándole una fuerza que creía perdida. Su hijo era lo único que tenía y lo único que quería. ¿Y Burak? ¿A él lo quería? ¿Lo amaba? ¿Lo necesitaba? Claro que sí, pero para ella, no para su pequeño.

Dejó que la besara y le correspondió, aunque nunca estaría a la altura de sus arrebatos. Supo que Mirsad había logrado dormirse cuando una suave ventisca le provocó una puntada en el pezón húmedo que había quedado libre. Cortó el contacto, agitada, a pesar de que sabía que jamás debía negarse al otomano. Pegó el mentón al pecho, se apuró a cubrirse y, en un movimiento audaz y rápido, logró esquivar a Burak y ponerse de pie. Con ligereza, depositó al bebé en su cuna. Resultaba casi increíble que hubiera memorizado las distancias y se moviera con tanta prestancia, a pesar de su incapacidad.

Yo sería incapaz de intimar con otro hombre, señor —se defendió, una vez que giró sobre sus talones. — ¿Cómo puede pensar eso de mí? —era realmente sincera en el tono fastidiado que le impregnaba a su voz. —Me ofende al pensarlo. Usted…usted sabe que le pertenezco, que mi cuerpo y mi alma son sólo suyas. Que no podría, siquiera, imaginar a otra persona tocándome. Me enfermo de sólo decir tal barbaridad… —llevó ambas manos a su pecho, en un gesto angustiado.

No piense nunca eso de mí. Soy un insecto, soy menos que un desecho, pero es usted al único hombre que quiero —se acercó a Burak, con lentitud, mientras hablaba. Cuando supo que estaba a escasos milímetros, se puso de rodillas, con lágrimas en los ojos, y le besó ambos pies. —Perdóneme por huir, por favor. Perdóneme. No volveré a hacerlo nunca más, no lo pensaré, no lo llevaré a cabo —repetía con cada inclinación. —Se lo juro. Se lo juro. Otórgueme su perdón, se lo imploro. Moriré si no me perdona, moriré si vuelvo a estar lejos de usted —le había empapado el calzado con sus lágrimas, pero no le interesaba. Azra necesitaba, profundamente, que Arel se centrara en ella y se olvidara por completo de Mirsad. Lo necesitaba por el bien de su hijo y por el propio. Él lo era todo.



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Re: The Hunter Plays the Game → Privado

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