Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Trying To Scape ~ Privado ~ Egipto

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Trying To Scape ~ Privado ~ Egipto

Mensaje por Anubis Rashid el Vie Jun 03, 2016 9:40 am

Recuerdo del primer mensaje :

La noche se cernía sobre la ciudad con los últimos rayos del sol alumbrando sus calles dándole un aspecto anaranjado, que recordaba al color de las dunas y de la arena del desierto. Hacía un poco de aire que traía algo de frescor para el calor que hacía en la ciudad, aliviando así el sofoco que habíamos tenido durante todo el día y del cual el sol había sido el único culpable. Comenzaba a entrar la noche y ya se notaba los movimientos en las calles.

Hacía muchos años que llevaba viviendo en las calles desde que apenas tenía siete años, y de aquello hacían ya quince años. Silbé ante el mero recuerdo de cómo habían pasado los años mientras recordaba cómo fue quedarme sin nada siendo tan joven, teniendo que malvivir en la calle y aprender a base de golpes y errores. Me habían engañado mucho cuando era más pequeño, se habían aprovechado de mí sacando aquello que querían, dejando que yo hiciera el trabajo más sucio para luego… quedarse ellos con la propina. Cuántos días había pasado sin tener que llevarme algo a la boca, cuántas noches sin tener un techo donde dormir amparado bajo el frío manto de la noche… con las estrellas como únicas compañeras.

De todo se aprendía en la vida y, conforme fui creciendo, me fui manejando mejor en lo que era la vida callejera. Había aprendido en que no se podía confiar más que en uno mismo, y que debía de desconfiar de todo cuanto me dijeran e hicieran. También aprendí a manejarme mejor y a poder conseguir algo de comida. Había visto muchas veces como la gente se las ingeniaba para robar y había aprendido de todo ello, haciendo mis propias maneras y formas de hacerlo. Entrenaba todos los días para estar en buena condición física por lo que pudiera pasar y poder huir con relativa facilidad. En la adolescencia era donde más había aprendido y donde más perfeccioné todas las técnicas que sabía… hasta el punto en el que fui la comidilla de la ciudad. Era uno de los mejores ladrones que había y aquello me aportó cierta fama.

Aprendí a moverme entre las sombras, a camuflarme con el entorno, a pasar desapercibido en una y mil maneras diferentes… tanto que ni siquiera reparaban en mí presencia. En mí cabeza los planes para robar se formaban en cuanto llegaba al sitio y eran tan fieles y precisos que ni la guardia podía capturarme. Me fundía con el entorno mientras mi mente trazaba un plan, perfecto, que no contenía fallo alguno. Y así fue como tuve cierta reputación en el mundo de los contrabandistas… tanto, que me habían hecho una oferta que, con todo el dolor de mí corazón, pude rechazar.

Robar obras de arte egipcias no era algo que hubiera soñado hacer ni que me había planteado en cuanto empecé a ser un contrabandista para poder subsistir. Adoraba la cultura a la que había pertenecido y me había criado escuchando sus historias, sus relatos y sus leyendas. Había ido a los museos muchas veces con mí padre, que era un entendido de la materia, y me había dejado llevar por la pasión que él sentía. Pasión que se trasladó a mí, una que ahora tenía que dejar de lado y convertirme en lo que muchos llamaban un paria, algo que no estaba bien visto en la sociedad pero que sería mi pasaporte para salir de aquel país.

Suspiré sentado en el bordillo de uno de los tejados de la ciudad mientras esperaba a que la noche cayera del todo sobre ella, vestido con ropajes negros que me ayudarían a camuflarme aún más en la oscuridad de la noche, repasando el plan mental que debía de llevar a cabo. Aquella noche me habían encargado robar una estatuilla del dios Ra, uno de los grandes Dioses que teníamos. Sabía donde estaba localizada y lo que debía de hacer para llegar hasta ella. Sabía que había dos guardias en la entrada y otro dentro patrullando aquella habitación. Los días anteriores me había pasado por aquel lugar a diferentes horas para ver cómo estaba de custodiada y había visto que siempre había dos guardias fueras, y que el cambio del guardia que había dentro se producía cada cierto tiempo… por lo que sería, en ese preciso momento, cuando debía de actuar.

La habitación constaba de una única puerta de entrada que era donde estaban los guardias fuera, pero además tenía dentro una pequeña ventana por donde tenía la intención de entrar. Era pequeña, muy pequeña, pero estaba convencido de que podría colarme sin ningún tipo de problema. Las casas que había alrededor eran perfectas porque podía acceder saltando desde los tejados, ya que estaba en una planta superior, y desde donde debía de entrar. Suspiré y me levanté sabiendo que había llegado la hora, salté a un toldo dejándome caer para llegar hasta el suelo y comencé a moverme entre las callejuelas para llegar al sitio donde estaba la estatuilla. Sabía que había más cosas en aquella habitación, pero el encargo era aquella solamente, y era lo que iba a robar.

No tardé muchos minutos en llegar hasta a aquel edificio y me asomé desde la esquina. Los dos guardias estaban tal y como había pensado en la entrada, sonreí de lado y me di la vuelta para trepar hasta una de las casas como había hecho las veces que había observado el lugar, llegando hasta el tejado que era desde donde saltaría a la ventana. Desde donde estaba se podía ver perfectamente el interior de la habitación, y donde estaban los guardias. Esperé atentamente a que el que había dentro saliera por la puerta mientras no quitaba un ojo de encima a la puerta que daba a la calle, desde donde el otro guardia que cambiaba de turno se acercaba. ¡Bingo! En cuanto saliera por la puerta apenas tendría un par de minutos hasta que el otro subiera y entrara a la habitación, que era lo que solían tardar normalmente.

En cuanto salió no me lo pensé dos veces y salté hacia la ventana, era estrecha pero mí cuerpo también lo era y aunque rozaba en los bordes pude deslizarme en su interior sin hacer ruido, como si fuera un felino que estuviera acechando a su presa. Me acerqué hacia donde estaba la estatuilla en cuestión, la metí en una bolsa que llevaba siempre conmigo, y tan sigiloso y raudo como había entrado… salí por la ventana. El tiempo justo cuando entró el otro guardia por la puerta. Para cuando quisieran darse cuenta de que les faltaba algo… yo ya estaría muy lejos. Mi billete hacia la libertad y la salida de aquel país estaba en marcha.



-Serás mi billete hacia la libertad -murmuré con una sonrisa torcida mirando la estatuilla, camuflándome de nuevo entre la oscuridad de las calles.
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Re: Trying To Scape ~ Privado ~ Egipto

Mensaje por Amanda Smith el Lun Mayo 29, 2017 2:42 pm

¿Cuánto había de retórico y cuánto de sincero en la pregunta que le había hecho a Anubis? Del mismo modo que yo, aunque hubiera sido una esclava, había querido conocer la ciudad a la que me habían arrastrado contra mi voluntad, suponía que él, quien había negociado su libertad y la había obtenido con justicia y claridad, sentiría el mismo deseo que yo entonces, hacía demasiados años. No se trataba simplemente de un deseo común, sino de algo que la propia ciudad eterna provocaba: a muchos se les llenaba la boca hablando de París, y aunque la villa era hermosa, a mí me parecía que jamás lograría superar el encanto de la que, para mí, siempre sería la caput mundi, que ahora nos recibiría con brazos abiertos: estaba convencida. Así pues, con toda la serenidad posible, bajé del barco y me dirigí hacia un carruaje, a cuyo conductor le pedí, en un italiano perfecto, que nos llevara a Roma a través de la Vía Aurelia, cuyo recorrido aún existía grabado a fuego en la mente de todos los que vivían en la zona. Mecidos por el traqueteo de los caballos, fuimos dejando atrás progresivamente el mar y adentrándonos en el Lazio, en una zona rica y cordial cuando no se encontraba alzada a la capitalidad del mundo conocido en toda la región, y mi ánimo se iba aligerando con rapidez, hasta tal punto que llevaba ya un rato hablando a Anubis sin parar de la ciudad, con el cariño de alguien que la conocía y la disfrutaba. Sonriendo, le pedí al conductor que nos detuviera en la zona previa a la plaza de San Pedro; Bernini era un artista que bien podía suponer el primer contacto de un extranjero con Roma, y su obra en la Basílica de San Pedro era de una belleza tal, aunque tal vez no pudiéramos bajar a contemplarla por pura diplomacia, que merecía ser contemplada, al menos, una vez en la vida.

– Roma es una ciudad amplia, llena de iglesias recónditas, plazas hermosas y calles retorcidas y sinuosas. El brillo del mármol blanco parece bañarlo todo, allá donde mires vas a encontrarte un edificio singular o el reflejo del río Tíber, que la atraviesa con sus meandros y en torno al que se ha organizado parte de la vida. Es hermosa de día, pero aún lo es más de noche, cuando la luna y las antorchas se mezclan y le dan el aire antiguo y regio que siempre ha poseído. – le expliqué, tras un largo silencio mientras nos acercábamos a la linde de la ciudad, y una vez allí continuamos nuestra marcha hasta la plaza de San Pedro, mientras los recuerdos y la familiaridad me invadían. Había visitado Roma muchas veces después de mi vida humana, e incluso por temporadas había vivido allí; sin embargo, por mucho que la conociera (y lo hacía como la palma de mi mano), siempre había un nuevo secreto por descubrir, un nuevo edificio o una nueva fuente, que se escapaban de mis recuerdos, demasiado imperfectos para lo que acostumbraban. Además, una parte de mí siempre volvía al pasado y la recordaba no como la había vivido de vampiresa, sino como la había vivido de humana, con templos y palacios que habían desaparecido, igual que la Domus Áurea de Nerón. Ambas, por tanto, se superponían ante mí, la real y la histórica, y me costaba un pequeño esfuerzo centrarme y ver lo que tenía delante, si bien para mi enorme suerte, la belleza de esa urbe era tal que siempre terminaba subyugada por los nuevos encantos que le descubría, y en aquella ocasión sospechaba que no iba a ser menos. Así me lo demostró el efecto que tuvo la plaza, como unos brazos abiertos, de San Pedro; en cuanto la alcanzamos, le hice una seña al conductor para que se detuviera e invité a Anubis a bajar, sin darle tiempo a que me ayudara porque estaba, casi, como una niña demasiado ansiosa por llegar cuanto antes.

– Algo fascinante de esta ciudad es que, si atraviesas esa columnata, te encontrarás en otra nación. Supongo que has escuchado hablar del Vaticano, ¿no? Aquí lo tienes, en el corazón de Roma, a un paso del río, y con la plaza más hermosa que he visto en muchos años. La cúpula, por cierto, es mejor; recuerdo que una vez, hace años, me colé cuando se estaba construyendo, y los frescos del interior... ah, un goce para la vista. – suspiré, sonriendo, y tan perdida en los recuerdos como anclada en el presente me acerqué con paso lento, dirigiéndome hacia las enormes columnas que, desde lejos, parecían mucho más pequeñas de lo que realmente eran. – Ahí dentro es el Papa quien domina, y actualmente mi reino, luterano, no tiene las mejores relaciones con la Iglesia católica. Es algo a lo que debo enfrentarme, por supuesto, pero te recomendaría que no entres por mucho que lo desees, al menos si no quieres ser pasto de la Inquisición. – aclaré, encogiéndome suavemente de hombros, y tras permitirle un último vistazo volví al carruaje y le indiqué la dirección de la pequeña villa urbana donde nos hospedaríamos ambos. Se trataba de un palacete construido hacía más de dos siglos en el terreno donde antes había habido un templo; el arquitecto, anónimo, había respetado las columnatas y los mármoles, y la villa presentaba un aspecto clásico semejante al que tenía en mi infancia y juventud, por lo que tenía una relación particularmente amorosa con ese lugar. En cuanto llegamos, pedí que dejaran nuestro equipaje y que prepararan las habitaciones, y mientras lo hacían, cogí a Anubis de la mano y lo conduje, encapuchados ambos, hacia el Mausoleo de Augusto, en un estado deplorable que, sin embargo, seguía permitiendo apreciar su magnificencia.




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Re: Trying To Scape ~ Privado ~ Egipto

Mensaje por Anubis Rashid el Lun Jun 19, 2017 10:37 am

Si algo tenía claro de mis viajes junto a Amanda es que iba a descubrir un mundo lleno de posibilidades, donde conocería miles de historias, de lugares, de acontecimientos de los que estando en Egipto jamás vería, contemplaría o escucharía hablar de ellos. Iba a mostrarme un nuevo mundo, uno que se habría paso frente a mi ante aquella oportunidad que me había brindado así que, ¿por qué negar que me lo mostrara y quedarme solo con ese pequeño rincón que era mi hogar? Necio sería el que no quisiera saber nada más de lo que había conocido, así que yo me presté para que me enseñara aquella ciudad que, por la forma en la que hablaba, por la forma en la que sus ojos se iluminaban brevemente parecía que le traían buenos recuerdos. Fue ella la primera que bajó del barco y se encaminó a un carruaje subiéndome yo tras ella, siguiéndola mientras mis ojos no perdían detalle de todo aquello cuanto se extendía a mí alrededor.

Le habló al cochero en un idioma que conocía de oídas pero del que no entendía demasiado y esperé mirando por la ventana mientras el carruaje se movía, con su típico traqueteo por las ruedas que iban por el empedrado y escuchando las palabras que Amanda decía sobre aquella ciudad, sobre lo que en cierto modo y sentido era Roma para ella. Tenía razón en lo que me estaba diciendo, en el recorrido que estábamos haciendo pude ver iglesias de diferentes formas y tamaños, muchas más de las mezquitas que pudiéramos tener en mi ciudad, donde el mármol cobraba el mayor protagonismo, con esas columnas diferentes a las de mi ciudad pero en donde también podría contemplar columnas como esas allí, puesto que era bien sabido que durante una época Roma estuvo gobernando y reinando en Egipto, algo de sus construcciones habían quedado perdurando en el tiempo.

Decía que de día era bonito pero que sin embargo por la noche lo sería más y lo que podía ver a través de aquel paseo y por aquella ventanilla del carruaje me gustaba, más diferente, mucho más luminoso que mi ciudad. Los transeúntes que por allí iban vestían de manera distinta pero también de forma colorida a como habían en mi ciudad, con vestidos elegantes y finos que resaltaban en la noche iluminados por todas aquellas antorchas que llenaban la ciudad. Podía entender por qué le gustaba a Amanda, aparte del tiempo que ella había pasado allí, su piel marmórea hacía juego con la de las construcciones que había en el lugar, mis ojos se desviaron a ella y le sonreí de lado.



-Entiendo por qué te gusta esta ciudad –mi vista volvió de nuevo haca la ventanilla y lo que veía de ella hasta que finalmente tras pasar algunas calles ella le dijo algo, el cochero paró el carruaje y sin darme mucha explicación alguna bajó del carruaje y yo la seguí para llegar a lo que parecía que era una plaza, enorme, grandiosa y preciosa que se extendía a mi vista. Había gente por allí y vi una estatua donde se podía ver a un hombre que extendía sus brazos como si te diera la bienvenida. Amanda parecía una niña pequeña que había descubierto un nuevo regalo por la forma en la que tenía de comportarse, se notaban sus ojos que brillaban con fuerza y eso me hacía ver lo mucho que le gustaba aquel lugar, los recuerdos que seguramente durante toda su existencia habría acumulado de dicha ciudad… conocería muchas cosas que otros en su corta vida humana jamás llegarían a conocer, y yo tenía y contaba con el privilegio de que ella me lo podría enseñar absolutamente todo. Mis ojos observaron cada lugar de la plaza para girarme a mirar lo que ahora me señalaba, asentí con la cabeza cuando me dijo lo del Vaticano, no es que fuera un experto en esa materia pero sin duda alguna sabía a lo que se estaba refiriendo. No pude evitar sonreír levemente cuando contó que se había colado para ver los frescos que había cuando se estaba construyendo, y mis ojos observaron con todo lujo de detalle el Vaticano, que se extendía ante mi vista.

No sabía mucho sobre la religión en la que ella creía, no más de lo que cualquier otro podría saber sobre ellos; su dios que lo creó todo, el “hijo” que mandó a la tierra y que estos luego crucificaron… era muy diferente a la mía, y poco más sabía de la suya. Hice una mueca ante la mención de la inquisición y no dije mucho más al respecto porque poco podía aportar yo en ese momento, me dejé llevar por el momento y disfruté de las vistas que tenía así como de la información que ella me ofrecía. Volvimos al carruaje poco tiempo después y volvió a indicarle al cochero quien se puso en marcha hasta que llegamos al parecer al lugar donde íbamos a recibir. El lugar era inmenso y enorme pero claro, estaba junto a una reina y eso no debía de olvidarlo, para ello aquello no sería tanto como para lo que a mí suponía, acostumbrado a… nada.

Cogió mi mano tras unas indicaciones mientras yo observaba el lugar, la fachada de la villa, las columnas que había, las imágenes, las esculturas… todo tallado en mármol muy diferente a lo que estaba acostumbrado. Me condujo hacia un sitio que no reconocí mientras pasábamos desapercibidos y pudimos llegar a un reciento que era más bien redondo, leí en un rótulo como si estuviera tallado en la pierda “ Mausoleo Augusto” y le hice una seña para que me explicara qué era aquel lugar, ávido de querer saber más sobre aquel lugar en el que ella había pasado gran tiempo de su vida, y del cual yo solo podía saber lo que había leído en algunos libros, pero poco conocía realmente sobre aquella civilización.


-La ciudad se parece mucho a ti –comenté cuando ya nos habíamos alejado, quitándonos las capuchas para mirarla- marmórea, blanca, pálida… entiendo por qué te gusta la ciudad, con esos edificios, todas esas estatuas… es muy diferente a lo que he conocido durante toda mi vida. Como si todo estuviera más lleno de luz, más lleno de… “vida” –dije intentando encontrar las palabras adecuadas- es como si fuera todo lo contrario a lo que es mi ciudad o al menos es lo que a mí me da a entender… se nota que te gusta este sitio, por la forma en la que hablas de él, por la forma en la que tus ojos se iluminan cuando me cuentas algo sobre la ciudad. Me alegro que me hayas podido traer aquí, Amanda, es un lugar precioso y me habría reprochado a mí mismo el no poder gozar de semejante belleza pudiendo haberla contemplado –un mundo se abría camino a mis pies, y ya estaba deseando qué más cosas me aguardaban- cuéntame, ¿qué es este lugar exactamente y para qué se utilizaba? Algunas de las veces he leído sobre los baños termales… ¿visitaremos uno, aquí hay uno?


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Re: Trying To Scape ~ Privado ~ Egipto

Mensaje por Amanda Smith el Jue Jun 22, 2017 6:01 pm

El Vaticano era un lugar extraño, una isla apartada del resto de la civilización, pero con construcción alrededor, que se separaba de lo que lo rodeaba por el carácter profundamente eclesiástico que tenía, innegable desde que se atravesaban las columnas de la plaza de San Pedro y se recibía el abrazo de Gianlorenzo Bernini incluso siglos después de su muerte. Cada edificio, cada callejuela que atravesábamos y que, suponía, pronto cambiarían para dar paso a otras más modernas, me llevaban siglos atrás, a un lugar al que se suponía que no debía volver, pero que me resultaba cómodo, casi familiar: mi humanidad. Aunque hubiera pasado más de un milenio, el espíritu de Roma continuaba tan orgulloso como entonces, y la ciudad, aun con un urbanismo nuevo que había sustituido los templos por iglesias, algo particularmente apropiado dada la reutilización de materiales sobre todo para el Vaticano, la familiaridad seguía presente. Estaba convencida de que ese era el embrujo de Roma para todos aquellos que la visitábamos, esa magia que no provenía de un hechizo sino de siglos de historia construida sobre el pasado, tapándolo pero incapaz de borrarlo, porque cualquier cosa servía para llevarnos atrás. El mismo Mausoleo de Augusto, por ejemplo, por mucho que se hubiera reutilizado hasta la saciedad, incluso para otras tumbas que no tenían nada que ver con la del primer Emperador que se había denominado como tal, seguía alzándose imponente, muy cerca de donde se había encontrado el Ara Pacis. Por un instante, se me cruzó por la mente, fugaz, el pensamiento de dónde se encontraría esa maravilla, ese pequeño altar en mármol que en mi época ya comenzaba a estar bastante abandonado, pero la pregunta de Anubis me sacó de mis pensamientos, y, gustosamente, respondí.

– Esa construcción ahora está en ruinas, pero en su momento fue magnífica. La mandó construir Octavio Augusto, el primer hombre en denominarse emperador en todo el Imperio, y varios de sus sucesores fueron enterrados allí. Por supuesto, con el tiempo y con la caída del Imperio cayó en desgracia y se ha utilizado para muchas más cosas, pero cuando yo viví aquí, hace muchísimo tiempo, aún se alzaba, cubierto y orgulloso, por encima de todos los edificios de su alrededor. – expliqué, melancólica, porque esa era una consecuencia inevitable de la felicidad y la ensoñación que me producía la ciudad: el volver al pasado, de la forma que fuera, me sumergía en lo mejor de entonces, en la ciudad blanca y brillante por el mármol y en un Imperio que otros habían tratado de emular, pero que ninguno había conseguido igualar por mucho que lo intentara. El único que se había acercado era el Bizantino, pero también ése había caído, y con posterioridad el Sacro Imperio, que se encontraba en un estado cada vez más fragmentario, había tratado de tomar el relevo, sin éxito. No, Roma sólo había habido una, ninguna otra podía igualársele, y hasta Anubis se había dado cuenta de ello de inmediato... aunque, en su caso, probablemente se debiera a mi influencia sobre él en su primera experiencia fuera de Egipto. – Roma es mucho más brillante que yo, te lo aseguro, pero si algo tenemos ambas en común es que somos eternas. No nací aquí, nací en las Islas Británicas, pero me crié aquí como humana durante la mayor parte de mi vida, y pese a que entonces las cosas eran diferentes, Roma me impregnó de sí misma como yo la impregné entonces de mí. Sin embargo... Si ahora te parece blanca, tendrías que haberla visto entonces. Era una joya. – afirmé, sonriéndole, y continuamos nuestro paseo nocturno.

Era consciente de que no debíamos alejarnos mucho, pero no podía evitar que en aquella ciudad los pasos me fueran llevando lejos, sin apenas darme cuenta de ello, en dirección a Villa Borghese, en cuyos jardines terminamos adentrándonos, rodeados de estatuas por doquier. Una vez más, tuve que recordarme que esa debía ser la última parada de la noche porque el sol no tardaría mucho en salir, pero aquella Villa con sus obras de arte, especialmente de Bernini, era una joya para mis sentidos, y no podía dejar de visitarla siempre que tenía ocasión. – Ah, las termas... El emperador Caracalla terminó de construir las suyas, magníficas, unos años antes de que yo comenzara a vivir en Roma. Las termas eran un acto social, ¿sabes? En el pasado existía una cultura de la higiene mucho mejor que la actual, y a las termas se acudía a combatir la suciedad, sí, pero también a alternar en sociedad. Muchos políticos y estadistas se reunían y hablaban de sus carreras allí, al mismo tiempo que disfrutaban del agua. El Imperio tenía muy buenas infraestructuras, y sus acueductos, para traer el agua de lugares lejanos, eran particularmente notables. – expliqué, sentándome en uno de los bancos, junto a una estatua de un fauno, y con las manos en el regazo miré a mi alrededor, empapándome de los aromas de los jardines y de la belleza con la que éstos habían sido diseñados y construidos. No había ni rastro de la edificación porque estábamos lejos, más próximos a la entrada, pero pronto se la enseñaría. – Este lugar es Villa Borghese. Son los jardines de una enorme residencia, construida por la poderosa familia Borghese, en cuyo interior hay una magnífica colección de arte. No soy una desconocida aquí, tal vez pueda planear una visita para nosotros estos días, pero me temo que ahora nuestro tiempo es escaso y debemos volver a mi propia villa. – expliqué, mirándolo y ladeando la cabeza mientras aguardaba su respuesta.




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Re: Trying To Scape ~ Privado ~ Egipto

Mensaje por Anubis Rashid el Jue Jul 06, 2017 10:12 am

Se notaba por qué la primera parada que habíamos hecho desde que habíamos salido de Egipto era Roma; Amanda brillaba con cada palabra que salían de sus labios, cada recoveco que descubría de la ciudad y que hacía que mis ojos contemplaran la diferencia que había entre la ciudad en la que estábamos y la mía, esta era mucho más bella, más pura y blanca, como si brillara con luz propia. Se podía entender que cariño que le tenía a la ciudad por la forma en que me explicaba todo, como si de alguna forma quisiera mostrarme una parte de ella en aquella ciudad. Me parecía magnífica, sus construcciones desde luego eran bellas, elegantes, sofisticadas incluso… toda la ciudad resplandecía bajo la luz de las estrellas y debía de decir que era un gozo para la vista pasear de esa forma por sus calles, mezclarse con la gente… no perdí ningún lugar que ver, contemplar y descubrir.

Me había llevado a lo que ella decía que era una villa, un complejo enorme con amplios jardines y no dudó en llevarme hacia otra parte más apartada dejando que los sirvientes bajaran y llevaran dentro las pertenencias que llevaba consigo, que debía de añadir que no eran pocas por los baúles que veía que descargaban de los carros llevándolos a sus correspondientes cámaras. La construcción que tenía frente a mí no sabía muy bien lo que era, no entendía aquel idioma aunque pudiera leer sus palabras y esperé a que fuera ella misma quien me dijera qué era lo que estaba contemplando. Me dijo quién era que lo había mandado construir y el nombre me sonó porque lo había leído en la historia alguna vez por la importancia que tuvo, miré el lugar que ahora estaba en ruinas y ella aseguraba que hacía tiempo cuando estaba en pie era magnífico… no lo dudaba, lo poco que quedaba en pie así lo hacía parecer.

Le pregunté por los baños termales, en realidad tenía curiosidad porque había leído sobre ellos y era algo que en Egipto no solíamos tener y se sabía de la relevancia de estos en el imperio Romano. Ella decía que la ciudad antes era mucho más brillante y hermosa, me contó incluso de donde era ella “Islas Británicas” había dicho, en un mapa había visto lo que era el mundo una vez hacía mucho tiempo y el nombre me sonaba pero si ahora mismo tuviera que decir dónde estaba… no tenía mucha idea de dónde estaría. ¿Hacia el norte, el oeste, este…? Estaba un poco perdido en cuanto a localizaciones se refería, pero seguramente ya conocería mucho más cuando me instruyeran como pensaba que en algún momento harían, haciéndome más culto, más sabio.


-Islas británicas… allí es donde vamos, ¿no es así? –Pregunté porque creía que era allí donde sería nuestro destino final antes de hacer aquel pequeño tour- se puede apreciar la belleza de la ciudad y entiendo por qué dices que es eterna… tiene miles de años pero aun así se pueden ver cosas como si hubieran sido construidas un par de días, no ha perdido su encanto –la seguí porque ella era la que guiaba aquella noche adentrándonos en unos jardines que tenían muchas estatuas, hombres y mujeres posando en su mayoría desnudos en diferentes poses, o con diferentes vestidos. El realismo era tal que en alguna que otra ocasión toqué alguna de ellas notando el frío mármol bajo la yema de mis dedos, escuchando de sus palabras sobre las termas. Me contó su procedencia y por qué los romanos las tenían, quizás si teníamos algo de suerte podríamos ir a una para que las viera y además adentrarnos en ellas y disfrutar como lo hacían en la antigüedad. La seguí de cerca hasta que se sentó en un banco junto a una estatua de lo que parecía un hombre que por piernas tenía las de una cabras y unos cuernos le salían de las cabezas, orejas puntiagudas y me quedé mirando la estatua sentándome a su lado dejándome impregnar por la fragancia del lugar, de las flores que allí había, viendo cómo de bien estaba cuidado aquel jardín- ¿qué se supone que es… bueno, eso? –Pregunté señalando con la cabeza la estatua que había cerca para que me respondiera, nosotros también teníamos animales en nuestra mitología así pero ese en concreto no sabía qué era. Pasó a explicarme el lugar donde estábamos y que dentro de aquella villa había una colección de arte que fue lo que captó más mi atención- ¿podríamos un día verla? –Decía que no era una desconocida y no me extrañaba que no lo fuera, no por nada era una reina y seguramente que habría acudido allí varias veces a lo largo de su existencia. Miré hacia la luna dándome cuenta de que quedarían unas horas para la salida del sol y que poco nos quedaba de aquella noche, tendríamos que volver a la mansión para que a ella no le pillara el sol en esos momentos, asentí con la cabeza y me levanté para seguirla porque yo no sabía salir de allí- ¿Tienes muchas… casas? Por todo el mundo, digo. ¿Has viajado por todo el mundo, conoces cada rincón del mundo? –Pregunté porque, si yo tuviera una eternidad es lo que haría sin duda alguna- perdona, creo que yo viajaría por el mundo para descubrir lo que tiene para enseñarme. ¿Qué más cosas me vas a enseñar en Roma? ¿Podremos visitar unas termas antes de irnos? Siempre me ha producido curiosidad ver ese tipo de baños –caminábamos para salir del jardín e ir hacia la villa que ella tenía antes de que el sol saliera, donde deberíamos de dormir y donde seguramente pasaría el día hasta que el sol volviera a esconderse de nuevo- Supongo que puedo pasearme por la villa durante el día y que no habrá problema mientras salga, ¿no? –Pregunté aunque seguramente era algo bastante obvio, no conocía la ciudad y no iba a arriesgar a perderme o que ella pensara que quería volar ahora que era libre.


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Re: Trying To Scape ~ Privado ~ Egipto

Mensaje por Amanda Smith el Lun Jul 10, 2017 2:21 pm

Su pregunta, absolutamente inocente, me sumergió en un río desesperado de recuerdos y de sensaciones, la mayoría de cuando era humana pero muchas otras ya de vampiresa, y absolutamente todas relacionadas con las Islas Británicas, que él desconocía en mayor medida de lo que yo había sospechado en primera instancia. ¿Iríamos, alguna vez allí? Ya no se trataba simplemente de si era el lugar en el que nuestro viaje terminaría, sino de algo mucho más profundo y a largo plazo que no tenía tanto que ver con él como conmigo: el efecto que tenía aquel territorio, del que yo provenía, en mí misma, y por supuesto el que podría tener en mis allegados, como él lo era. Pese a parecer egoísta, no me había pasado desapercibida la admiración que Anubis comenzaba a profesar por Roma, una mezcla del propio encanto de la ciudad, al que jamás anularía porque me afectaba incluso a mí, con mis sensaciones al respecto: yo había sido una influencia en su opinión, como suponía que lo sería en cuanto comenzara a educarlo, y por ello no sabía si quería ponerlo en esa posición con respecto a un lugar, cuando menos, contradictorio. De forma semejante a Roma, las islas en cuestión contenían buenos y malos recuerdos: por un lado, mi vida humana, pero también la captura y la esclavitud que había traído esta consigo; por otro, mi forzoso retiro tras el intento frustrado de mi actual marido por asesinarme, pero también la recuperación y la acumulación de poder, riquezas y arte allí, aumentando una colección que tenía mucho de británica, sobre todo por mi participación en la Almoneda del Siglo. Sin embargo, los recuerdos de Roma eran más lejanos y el tiempo había sido un bálsamo sobre ellos, mientras que los de las islas aún dolían demasiado, a veces, por todo lo que solían traer consigo, así que, por lo pronto, prefería evitar llevarlo allí, aunque probablemente en el futuro decidiera que tenía que hacerlo por el bien de su educación.

– No, Anubis, nos dirigimos a París, al reino de Francia. Se encuentra al noroeste de aquí, en el territorio que se extiende desde los Pirineos hasta el norte: allí es donde está una de mis residencias, pero mi reino está aún más al norte, en tierras frías y húmedas, robadas al mar. – expliqué, con suma paciencia, y a continuación me centré en otra de las preguntas que me había hecho: con tantas a elegir, podía permitirme responderlas en desorden, pero si algo sabía con certeza era que trataría de responder sus dudas cuanto mejor supiera, pues ese era el tipo de lealtad que él esperaba de mí tras nuestra apasionada negociación de las condiciones de su viaje conmigo. – Tal vez podamos, aún no lo sé. Depende del tiempo que nos quedemos aquí... En principio sí, pero si algún asunto urgente me requiere, deberemos volver. – aclaré, y cuando él preguntó por la criatura, yo sonreí y observé la estatua, poseedora de una expresividad semejante a la de Bernini y que convertía a su escultor en un buen seguidor de aquel genio, uno de los más grandes que jamás hube conocido. – Es un sátiro, Anubis, una divinidad griega bastante... interesante. Son criaturas salvajes, terriblemente hambrientas en lo carnal, seguidores ciegos de los dioses de los excesos como Dionisos, el dios del vino; fíjate en su rostro, en esa expresión pilla que le ha colocado el escultor, porque gracias a ella es muy fácil distinguirlo. – expliqué, con una sonrisa también pícara en el rostro, y entonces fue cuando me levanté y lo conduje por los jardines en dirección a la villa donde se encontraría nuestra residencia durante nuestra estancia, esperaba que fructuosa pese a que no fuera a ser muy larga, en Roma. La ventaja de que el sol aún estuviera lejos era que, pese a que no pudiéramos regodearnos, podíamos pasear a un ritmo tranquilo y continuar bebiendo de la historia de Roma, perceptible en cada uno de sus sillares y edificios; absorta en ella, no fue hasta que no llevábamos un rato caminando que recordé otra de sus preguntas.

– He viajado por todo el mundo, sí, especialmente por Europa y Asia. África y América no los he visitado con tanta profundidad, salvo el norte de África y la zona que antiguamente era parte del Imperio, y América ha sido apenas un par de ocasiones, así que allí no. Sin embargo, sí que poseo diversas propiedades en el continente europeo, y en Asia poseo los suficientes contactos para saber con facilidad que, si necesitara en algún momento un hogar, tendría varios esperándome. – expliqué, agarrando su brazo pese a que no lo necesitara como apoyo y guiándolo hasta que nos encontramos en el palacete del que sería nuestro hogar fuera del hogar. – Esta villa sí me pertenece. Tengo otras en la ciudad, pero solamente porque es uno de mis lugares predilectos, como ya has podido notar a estas alturas. En función de lo que sienta por la localización, poseo o no poseo propiedades; este tipo de lugares contribuyen a mi riqueza, y una mujer de mi posición necesita de ese tipo de bienes para poder mantenerse en su estatus. – continué, y lo acompañé al interior de la villa que me pertenecía, donde nuestras pertenencias ya se encontraban en las habitaciones que cada uno de nosotros ocuparía durante nuestra estancia en la ciudad. Con una veloz orden a los sirvientes, ellos nos prepararon sendos baños y a él un pequeño aperitivo, pues probablemente se encontraría hambriento, y cuando ya estuvo todo listo me apoyé en la puerta de mi alcoba y lo miré, consciente de que debía aclarar algo antes de dejarlo a su aire. – Puedes salir cuanto desees, por supuesto, siempre que vuelvas. Sin embargo, no te recomiendo salir solo: no dominas el idioma, y existen zonas por las que es preferible que no te mezcles. Si lo deseas, puedes pedirle a Luigi que te acompañe, pues tiene nociones de tu idioma; si no, siempre puedes esperarme. Bien, ahora debo acostarme, Anubis; mañana nos veremos. – me despedí, asegurándome de señalarle a Luigi, y me dirigí hacia mi alcoba, cuya puerta cerré para darme un baño en soledad.




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