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PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Las cuerdas danzantes || Libre

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Las cuerdas danzantes || Libre

Mensaje por Kyros Kierkegaard el Vie Jun 10, 2016 2:26 am

« Malbrough s'en va-t-en guerre,
Mironton ton ton mirontaine,
Malbrough s'en va-t-en guerre,
Ne sait quand reviendra
»
Chanson enfantine


¿Oyes eso? Un silbido cálido sofocado por aquella atmósfera apesadumbrada, sumida en una afligida nostalgia. ¿Sientes aquello? Un frío mortífero agita los pétalos de las delicadas gardenias recién florecidas. ¿Hueles…? Es muerte. Cerca. Vigila los confines de ese sombrío bosque. Alguien desea reclamar alguna vida; sólo es necesaria una única alma desdichada dispuesta a exterminarse a sí misma.

Árboles, árboles y más erguidos y elegantes árboles. Unos de troncos más desgastados que otros, adornados con musgo, trepando por la parte inferior de aquellos robles. Brisa que trae consigo esa sensación de abandono, derrota inminente. Muerte. Pero aquel espectro dependiente de sangre trata de mantener a raya toda esa obscuridad. La melodía que emiten sus labios, mientras sus pasos emiten la más mínima nota para evitar entrometerse con la floja armonía de aquella canción infantil, protagoniza un combate con el ambiente  funesto del lugar.

Kyros se preguntaba a menudo si era valentía lo que el hombre mortal poseía al decidir terminar con su aliento de vida. Tiempo. Cuánto ansiaba al menos poder tener los segundos contados para sentir cómo se extinguía poco a poco su vida. Pero no, en vez de eso, ofrecía a aquel que quería suicidarse, darle un último empleo y provecho a su existencia. Sería su verdugo y, también una especie de salvador. Su desdichada alma no sería condenada en el Erebo debido a tal pecado que estaba a punto de cometer. Al final, todos obtienen lo que desean. Y necesitan.

A este vampiro en particular le parecía más humano, aunque él carecía de aquello, matar a quien deseara la muerte; drenando su sangre hasta la última gota. Su sed saciada y a cambio de una vida que se iba a desperdiciar si Kyros no aparecía.
El Bois de Boulogne era un buen lugar para buscar almas desdichadas, que con la poquísima fuerza de voluntad que le quedaba a cada una de ellas, anudaban sogas a las ramas de los robles para finalmente colgarse de ellos. Un espectáculo que Kyros prefería impedir y ofrecer un último consuelo a aquel mortal para luego ocuparse él mismo de su trabajo.

«Allí te encuentras, pequeña desventurada.»

La melodía que Kyros silbaba se acabó al instante. Sus pasos se hicieron aún más lentos de lo usual y recorrieron la poca distancia que lo separaban de aquella figura. Aun cuando se escondía bajo una gruesa capa encapuchada, sus contornos la delataban. Era una mujer. Desdichada, tal vez. No estaba exactamente anudando una gruesa cuerda alrededor de una rama. ¿Qué hacía, entonces, a aquellas elevadas horas de la noche una dama sin compañía?

Mademoiselle—su voz tenue irrumpe el silencio—…¿se encuentra bien?

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Re: Las cuerdas danzantes || Libre

Mensaje por Arden Ellsworth el Vie Jun 10, 2016 4:19 am

Muy lejanos parecían los días en los cuales había visto a su capitán por última vez. Lejanos pero no por ello menos certeros pues la mente de Arden recordaba perfectamente todos y cada uno de los acontecimientos que le habían guiado a su presente estado. Alejada de sus camaradas y en búsqueda de aquel que le había salvado al ser tan solo una infante, y por Dios que preferiría morir antes que seguir adelante sin encontrarle. Tarde o temprano daría con él y con los suyos... tarde o temprano mandaría al infierno a aquel cobarde que les había traicionado y tarde o temprano impartiría justicia.

Aunque en ese momento tenía que volver a recordárselo a si misma. Deambulaba por el bosque, con una capucha sobre el rostro. Más por conveniencia que por el mero deseo de portarla. Le servía para andar en medio del gentío sin llamar demasiado la atención, procurando fundirse con los demás, parecer otro rostro cualquiera, sin dar a conocer lo que hacía o porque llevaba algunos días recorriendo Paris. Le servía también para vigilar sin ser vigilada, aunque eso lo hacía simplemente porque seguía pistas y necesitaba comunicarse con otros utilizando el medio verbal. Cuando no era necesario simplemente adquiría su forma de gata y recorría las calles saltando y escabulléndose con su pequeña figura sin que nadie reparara en ella.

¿Qué hacía entonces esa noche en el bosque? ¿Aparte de dar rienda suelta a sus frustraciones? Se suponía que seguía una pista... y que buscaba al traidor, pero sus pesquisas le habían guiado hacia uno de sus compinches simplemente para guiarle de vuelta a ese lugar. Al parecer el hombre se había suicidado, y se le había ocurrido nada menos que esa famosa zona para hacerlo. Aunque Arden tenía sus dudas acerca de la validez del mentado suicidio y quería comprobarlo con sus propios ojos. Habían encontrado su cuerpo colgado del árbol bajo el cual ella se encontraba en ese momento, y bajo la luz de las estrellas su aguda mirada felina buscaba cualquier indicio.

Maldijo con frustración al no encontrar nada y sacó un pequeño frasco que llevaba guardado a un costado, en un bolsillo por debajo de su capa. Ron. Eso es lo que necesitaba. Un buen trago y el olvido. A punto estaba de beber cuando escuchó el leve sonido de alguien acercándose. Ya no estaba sola. Decidió ignorarlo. Poco le importaba quien fuera. No tendría nada que ver con su motivo para estar allí.

Maldijo a las hermosas estrellas que parecían burlarse de ella con su plateada luz. Habían decidido desplegarse en multitud en el cielo y si ella hubiera tenido mejor talante hubiera apreciado la vista y el suave susurro de los árboles. El bosque era un lugar apacible, a pesar de los sombríos motivos por los cuales muchos habían llegado a esa zona para dar su último suspiro y no volver jamás.

Sus oídos entonces escucharon una voz y volteó a ver justo en el momento en que retiraba su capucha de su cabeza. Arden distaba mucho de ser femenina, o una damisela en todas las de la ley. Era aventurera, decidida, ruda, recalcitrante y bastante impaciente y quisquillosa. Difícil de predecir y de complacer, y de carácter volátil como las explosiones de los cañones del barco en el cual solía navegar en alta mar. Sin embargo, bajo la luz de la luna lucía como una mujer más. Aunque renegara de su femineidad no podía deshacerse de ella, tal y como lo anunciaron los rayos al iluminar su rostro enmarcado por su castaña cabellera.

-Tan bien como se puede estar a estas horas y en este lugar.- respondió. Su mirada se posó en el recién llegado, estudiando su aura mientras el resto de sus sentidos analizaban lo que él le indicaba con su presencia, que era un ser sobrenatural, aunque muy distinto a ella. -¿Ha venido a constatar la presencia de los desventurados que suelen deambular por estos rumbos?- preguntó, intuyendo que el vampiro podría andar en busca de una presa. Quizás incluso de una frágil mujer que deambulase por el bosque a esas horas, aunque en este caso ella distaba de calzar con dicha descripción. Aún así lo observó bajo esas estrellas con algo de curiosidad reparando en la pálida piel del masculino rostro que adornaba su inmortalidad.

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Re: Las cuerdas danzantes || Libre

Mensaje por Kyros Kierkegaard el Dom Jun 12, 2016 3:10 pm

Detectó el desagradable olor de ron  cuando la mujer le respondió. El hedor alcohólico se filtró rápidamente por sus fosas nasales con más intensidad del que cualquier otro podía olisquear.  Su noche se vio un poco fastidiada, pero mantuvo la compostura: la mayoría de personas en la ciudad se emborrachaban, tambaleándose  perfumados con el olor de licor por las calles. Incluso en la alta sociedad era casi imposible encontrar a alguien que declinara ante la oferta de una que otra copa. No obstante, Kierkegaard era un claro ejemplo de abstinencia y un tipo de ser que cuidaba su “salud” muy recelosamente.

Observó atentamente a la dama ante sus ojos y también le fue fácil detectar que era perteneciente al otro lado de la línea que separaba a los mortales corrientes de las criaturas que “sólo existían en sus libros de fantasías”.  Ciertamente, a los más irresponsables y descuidados se les escapaba la escrupulosidad y así permitían a los humanos crear historias, anécdotas y mitos sobre cada una de las especies diferentes a ellos. Los de su especie y los licántropos eran los que mayor índice tenían de aquella carencia de cuidado. O simplemente les daba igual ser o no descubiertos.

Sonrió apenado ante  la brusquedad de sus palabras. — Por supuesto; es encantador dar un paseo nocturno—, su mirada se dirigió al rostro de la mujer. Denotaba rigidez y firmeza. Incluso que daba por inexistente el valor de los modales. Aun así, dio una leve inclinación en señal de saludo; a lo mucho le causaría molestia y eso incrementaría su curiosidad por tan peculiar mujer—No es mi intención fastidiar el oficio de los sepultureros—sonrió de nuevo ante la pregunta tan directa—, aunque diría que a la de los menos desventurados, tal vez—, su mirada esmeralda se posó en sus fríos ojos castaños, tal como su cabellera—. Me arriesgo a afirmar que sus asuntos por aquí son mucho más interesantes que los míos tan corrientes.

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Re: Las cuerdas danzantes || Libre

Mensaje por Arden Ellsworth el Jue Jun 16, 2016 9:49 pm

Observó los movimientos del individuo, más que todo por costumbre, y también por ponderación. Como ya lo había descubierto, se trataba de un ser de la noche y por lo que ella sabía y lo que había confirmado, el vampirismo generaba todo tipo de personalidades, desde las más impávidas y serenas hasta las más esquizoides y volátiles; por lo que prefirió mantenerse atenta a cualquier detalle que le indicase el menor vestigio de belicosidad que pudiera atentar contra su persona.

Tomó un largo trago de ron y procedió a tapar el frasco antes de devolverlo a su bolsillo. No planeaba entorpecer sus sentidos con la influencia etílica, antes bien prefería mantenerlos alerta, pero la ingestion de ese trago bastó para avivarla y caldear su cuerpo, logrando serenarla un poco a pesar de la frustración con la cual acababa de toparse al seguir un cabo que no la había guiado adonde deseaba dirigirse.

-Dudo que los desventurados que terminan acá gocen de las ventajas de un sepulturero. Antes bien, hay muchas aves carroñeras nada mal dispuestas a acabar con lo que ellos mismos empezaron.- Se sintió algo corta de aire por lo que apoyó su mano en el tronco de un árbol que estaba apenas a unos centímetros de ella. Era el maldito corset, en mala hora se le ocurrió ataviarse con un vestido como cualquier otra fémina. Se le incrustaba en el pecho con sus tensas cuerdas y apretaba su torso de tal manera que constituía una grave amenaza para su apropiado ritmo respiratorio. ¿Cómo podían las mujeres llevarles puestos cada día de su vida? Nada ameritaba tener que pasar por esto, nunca se acostumbraría y tampoco sentía el menor deseo de hacerlo.

-Es una lástima que ningún alma afligida se aventurase esta noche entonces, le han hecho atravesar el camino para nada. ¿No detesta perder su tiempo cuando ocurre algo así?- Sostuvo la fija mirada del hombre, ahondando en ella y luego la desvió hacia sus alrededores. El comentario podía referirse a él pero también se refería a ella, por lo que no pudo menos que dirigir una protesta ante aquello. Aunque no estaba segura de que si alguna potestad celestial la escuchaba, esta le prestaría la menor atención.

Su mirada, usualmente aguda y de perfecto alcance, se nubló un momento. Se sintió mareada pero se mantuvo en pie tensando la mandíbula e intentando respirar con normalidad.

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Re: Las cuerdas danzantes || Libre

Mensaje por Kyros Kierkegaard el Vie Jun 17, 2016 1:47 pm

La brisa le llevó burlona el olor del ron nuevamente. Clavó la vista en la botella y siguió el movimiento tosco, incluso escuchó cómo el líquido se deslizaba por su garganta. «Qué encantador». Recordó inmediatamente por qué le disgustaba de esa forma el alcohol: la noche que huyó de Inglaterra, la embarcación Pesadilla Nocturna se ponía en marcha. Un puñal clavado en el portón de su residencia fue la primera advertencia, lo cual desembocó en varias huidas hasta que se vio obligado a dejar del país convencido de que la muerte no dejaría de acecharlo si no era de esa forma. Así que enrumbo junto a hombres de distintos tintes y tonos, pero con una única semejanza: el fiel afecto hacia la bebida. El nombre del barco y los hechos que acontecieron llevaron a que el título haya encajado a la perfección. Fue un viaje largo; el licor se mezclaba con la humedad que dejaba el agua salada, y esta a su vez con el hedor de la bilis expulsada por el vómito de casi todos los pasajeros. Tal vez porque no estaba acostumbrado a esa situación se volvió irascible ante el alcohol. Agradece la paciencia que le permite tolerarlo, incluso cuando el recuerdo de aquella desagradable travesía se filtre junto al aroma del ron.

El infortunio ignora las clases sociales, madame—expuso inmediatamente, sin intención de contradecirla, pero con el propósito de abrir el abanico de posibilidades que algún desdichado puede tener—. Es cuestión de meditar en una proporción lógica: sospecho que aunque el número de desdichados que poseen exuberantes riquezas es menor al de aquellos que no poseen ninguna, este nunca es mayor a aquellos que poseen las monedas suficientes para sufragar su propia tumba—su voz resurgió suavemente, aun cuando sus palabras fueron presurosas y un tanto rígidas; la musicalidad de su pronunciación transmitía empatía y dejaba el aire lleno de encanto. No era su deseo incomodar a la dama, aunque estaba convencido que su presencia y raza no le causaban el mayor espanto.


En lo absoluto—negó sutilmente, reposando un momento la mirada en sus botines ingleses—, a menudo disfruto de las caminatas nocturnas. La luna es la mejor compañía para esas ocasiones, aunque le revelaré que prefiero en demasía poder compartirlo con alguien que lo desee también—su vista volvió a ella sonriente, llevando el gesto hasta las comisuras de sus labios, que no llegaron a curvarse notoriamente.

Aunque la mujer lo trataba de ocultar, Kyros había notado que el licor avanzaba rápidamente por su sistema. Ladeo la cabeza y recorrió descaradamente el semblante de la dama: desde su brazo extendido sobre el tronco, tenso e inflexible, hasta el dobladillo de su vestimenta. Podría apostar que sus pies se esforzaban por encontrar la posición correcta para mantener el equilibrio. Gozó internamente de ese pensamiento, era una imagen muy graciosa y singular— A mi parecer, he tenido más facilidad en encontrar damas embriagándose que desdichados a punto de rodear una soga en su cuello. Dígame—. Su índice se posó en sus labios para luego dar breves toquecitos en estos, en señal de reflexión. No quería terminar de molestar a la mujer con alguna otra ruda oración, a su parecer, pero aún así vio correcto saciar su curiosidad que tal comportamiento de la fémina había causado—, ¿el gusto que tiene por el ron le ha hecho perder el juicio alguna vez?—preguntó, ávido por saber— Si se le dificulta encaminar sus pasos hacia su residencia, permítame acompañarla para evitar que algún hombre, más que caballero, la ofenda o intente aprovecharse de su condición—, se ofreció cortésmente, a pesar de que no desistiera a su intención de emborracharse. Hasta donde sabía, el ron se encontraba entre las bebidas con mayor índice de alcohol, así que era cuestión de esperar que sus efectos emergiesen en forma de actos irracionales por parte de la mujer.




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Re: Las cuerdas danzantes || Libre

Mensaje por Arden Ellsworth el Vie Jun 24, 2016 2:25 am

Aún con la mano derecha apoyada en la rugosa superficie del tronco, procuró mantener una expresión casual ante todo aquello que le comentaba el hombre, o mejor dicho ser de la noche, quien al parecer se tomaba como buena idea la de entablar una conversación, aunque debido a ciertos gestos tanto en rostro como en manos, la cambiante se preguntó si más bien no se estaría burlando de ella.

-No digo que la desventura se mida en términos monetarios pero no negará que el dinero facilita mucho las cosas y que logra que las experiencias por demás ingratas se tornen más llevaderas. Es más fácil olvidarse de las penas cuando se cuenta con medios económicos suficientes para hacerlo así, gracias a las comodidades y lujos que tal posición acarrea.-

Su tono de voz fue bajando al final de la frase, hasta casi convertirse en apenas un siseo. Un par de diminutas gotas de sudor se presentaron en su frente mientras el aire se le volvía a escapar. Aquella situación era ridícula, teniendo en cuenta que durante su vida había navegado por aguas inhóspitas, vencido las inclemencias de los océanos, sobrevivido al azar que siendo apenas una infante le arrojó a las aguas buscando su muerte. Había crecido entre piratas y se había convertido en una ella misma. Había saqueado, robado, contrabandeado, batallado y enfrentado a numerosos adversarios junto a la tripulación de Lust of the Seas y había sobrevivido a todo aquello como para ahora dejarse vencer por una pieza de ropa que algún demente sádico había diseñado para torturar a las mujeres mientras les vendía la idea de que les estaba haciendo un favor al regalarles la "última moda".

-En ese caso caballero, y si encuentra deleite en compartir estos paisajes con alguien más, ¿no cree que este no es precisamente el lugar más indicado para encontrar almas que igualmente compartan ese gusto? Es cierto que hay algo de romanticismo en aventurarse a un paisaje abierto como este para contemplar el efecto plateado de la luna y las estrellas sobre la naturaleza que se extiende ampliamente en esta zona pero como usted mismo lo ha dicho, aquellos que deambulan por aquí suelen presentarse con una soga como compañera. ¿No le sería más fácil encontrar buena compañía en un baile por ejemplo?-

Dio un paso entonces y comprobó que la perdida de aire iba en paralelo con la perdida del equilibrio, o al menos los árboles a su alrededor comenzaban a dar vueltas en torno a si misma. Afortunadamente sus sentidos eran lo suficientemente agudos al igual que su voluntad como para mantenerla en pie. -No es precisamente el ron el que me hace perder el juicio.- Observó al vampiro con curiosidad y entrecerró los ojos. -Aquel que diga que nunca lo ha perdido o miente descaradamente o tiene agua corriendo por sus venas, todos hemos de perderle tarde o temprano bajo ciertas circunstancias...-

Dio un segundo paso, y luego otro, y de nuevo le vino aquel mareo. -No es que quiera hacerme la lista pero ¿cómo se que precisamente usted no es alguien de quien debería protegerme?- Arqueó las cejas al mirarlo. Había que ser francos, se encontraba frente a un vampiro, y él mismo no había refutado el propósito que le traía por ese rumbo, por lo que cual criatura cauta se pensaría dos veces el concluir que sus palabras eran desinteresadas y su actuar motivado por pura benevolencia. Colocó su mano debajo de sus costillas, rozando apenas la tela de su vestido, si algo no la disuadía de ello pronto se arrancaría esa maldita pieza de ropa de una vez por todas.

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Re: Las cuerdas danzantes || Libre

Mensaje por Kyros Kierkegaard el Mar Jun 28, 2016 4:00 am

El clima inclemente azuzaba a las nubes, para que silenciosas, velaran a la luna y debilitaran así su claridad. De esta forma fue que la obscuridad sonriente se terminó de posar en el ambiente, mientras entretejía animada tinieblas que poco a poco se deslizaban entre sus pies.

Los personajes más intrigantes suelen estar en arbolados como este, madeimoselle—sus labios se fruncieron ante la pregunta llena de astucia. Sería más sencillo convencer a un hombre ebrio de que el agua es ron que poder complacer a aquella mujer con alguna de sus respuestas—. Un baile sería lo más adecuado, pero opino que este es un lugar propicio para un encuentro menos común—la niebla se hacía más densa y la humedad en ella se filtraba bajo su vestimenta hasta acariciar su piel. La ignoró por completo; no había manera de notar la diferencia de temperaturas ya que ambas eran sumamente parecidas, incluso la dermis húmeda cual reptil pero suave como la seda del vampiro presentaba un punto más álgido y glacial que el ambiente. Se removió inquieto en su lugar al percibir que la calima pretendía ejercer mayor protagonismo en el encuentro—. Debe reconocer, madame, que es más estimulante toparse con una persona pasada la medianoche en un bosquecillo o, corrijo, una de las muchas moradas de la muerte—dijo calmando, interponiendo una que otra pausa en su discurso, no sin antes verificar su discurso dándole una ojeada a su reloj de bolsillo. La manecilla más pequeña descansaba tranquila entre huequecillo de las dos y las tres.

Volvió la vista de inmediato al captar que la mujer avanzó un paso hacia él. Aplacó las intenciones inmediatas de su cuerpo amenazaba con ejecutar: casi imperceptiblemente se inclinó para adelante, al igual que uno de sus brazos; estaba preparado para interceptar una caída que no se llegó a concluir.

Puedo asegurarle que, en mi caso, nunca he llegado a perder el juicio debido al consumo de alcohol—su vista viajó un momento por entre los robles: había captado un sonido inaudible para un humano común. El crujir de un rama caída. Mantuvo la mirada buscando algún tipo de silueta, pero la niebla se tornaba espesa ya—. Juzgue vos si es verídico lo que digo o no—comentó distraído y en voz baja aún con los ojos escudriñando el bosque.

El olor de ron volvió a aparecer, esta vez mezclado con el de sal marina. Volvió rápidamente la vista al notar que la cambiante había dado dos pasos más, dejándoles a un poco más de media vara de distancia.

Créame, si deseara haceros daño ya lo habría hecho—admitió con total desinterés mientras una sutil sonrisa bailoteaba por sus labios. Y lo escuchó. Sus pupilas se dilataron aun con la vista fija en la cambiante, que al parecer, también había percibido aquel sonido. A poca distancia de allí, el giro de un revólver al ser recargado, el pulgar a punto de presionar el gatillo…

Enredo una de sus manos a la cintura de la cambiante para luego llevarla consigo hacia el suelo mientras el sonido inconfundible de un disparo estremecía las cortezas de los árboles, clavándose la bala en el roble a la altura donde debía estar la cabeza de la mujer hace unas milésimas de segundo. No tardó en oír el segundo chasquido que anunciaba la rotación del tambor. Escucho la maldición que  profesó la mujer y su intento apresurado por levantarse. En un segundo, ambos se encontraban de pie; el vampiro con la cabeza gacha y avanzando hasta refugiarse tras un abedul. Estaba desarmado y desconocía el material de la bala. Pero de lo que estaba seguro era que ese hombre intentó asesinar a la cambiante.




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Re: Las cuerdas danzantes || Libre

Mensaje por Arden Ellsworth el Jue Jul 07, 2016 9:44 pm

-Todo depende del estímulo caballero, que si de ellos hablamos hay muchos. Dependiendo de la situación el tipo de encuentro podría ser satisfactorio o dejarte con un mal sabor de boca que te orille a preguntarte que te hizo acudir al mismo en primer lugar.- No supo ni como logró pronunciar palabra teniendo en cuenta el prolongado ardor de sus pulmones y llegado al extremo de su tolerancia sus dedos buscaron tirar de la tela que se constituía en su verdugo cuando estos se detuvieron al desviarse su atención de aquel intercambio bastante inesperado.

No es que el vampiro la asustase, muy por el contrario, de haber estado menos concentrada en el corsé le habría prestado mayor atención a él, teniendo en cuenta que hacía incontables lunas pasadas que no se topaba con un ser de su especie, pero el comentario acerca de la posibilidad de que le hubiera hecho daño si esa fuese su intención le hizo alzar una ceja.

-Si de daños hablamos no deberían fiarse vuestros ojos de las apariencias y si de las verdades que veladas, puedan presentarse frente a ellos.- Con eso daba a entender, que no había en ella fragilidad de la que él pudiese aventajarse, en el caso de que efectivamente, hubiese intentado hacerle daño, y de que ella estaba más que acostumbrada a infringirlo en otros. Arden sabía de batallas y heridas y había que sumar a ello las dotes que su lado felino le otorgaba, las cuales provocaron en ella una sonrisa algo taimada, que hizo conjunto con un par de ojos marrones que en medio de la neblina se iluminaban mostrando un vestigio ancestral de una raza rasteable hasta los principios de la humanidad.

Era precisamente esos instintos los que en medio de la húmeda neblina que comenzaba espesarse a su alrededor le permitió escuchar el sonido que anunciaba la presencia de otros. Su acompañante también lo percibió y antes de que ella se moviese habíase él ya adelantado sorprendiéndola al tomarla por la cintura y arrojarla al suelo justo antes del momento en que el sonido de una explosión surcase el aire.

-Aaaagh- por supuesto protestó, al caer rotundamente bajo la acción de ese brazo que en definitiva, la mantuvo en esa posición un momento, pero increpando en voz alta a quien había disparado en la distancia. -¡Por todos los demonios!- Apenas alcanzó a atisbar con la mirada en dirección al vampiro, observando fugazmente su tez blanquecina cuando ya procuraba liberarse de él, pues aunque todo esto sucediese en apenas cuestión de segundos, el tiempo era precisamente lo más valioso con lo que contaban.

Con la respiración agitada y habiéndose puesto ahora en pie, procedió a levantar un lado de la falda del vestido para sacar el revolver de la funda que atada a su pierna, llevaba oculta debajo de la tela. Tomándolo entre sus dedos corrió, buscando refugio detrás de uno de los muchos abedules que poblaban el lugar y que en ese momento, sujetos a las inclemencias del viento, mecían sus ramas.

-Apuesto a que este no era el tipo de encuentros que tenía usted en mente.- dijo en voz alta, que acarreada por el espacio entre los árboles, dirigíase al vampiro que ahora se apoyaba a pocos metros. Apoyó su espalda en el tronco, tirando del gatillo antes de girar y disparar en la misma dirección de la cual procedían un segundo y un tercer disparo, a los cuales acompañó con los que ella misma produjo, pues sabía perfectamente que no eran balas ordinarias las que procedían de ellas, sino balas de plata.

Numerosos disparos se escucharon a continuación indicando que procedían de más de un solo individuo. -¡Será mejor que se mantenga a resguardo!- Exclamó, buscando determinadamente algo en el bolsillo oculto de su vestido y que no era nada más ni nada menos que un objeto cilíndrico de color negro, tiró del pestillo activando así el mecanismo de ignición y lo lanzó fuertemente sobre su cabeza.

-¡Corra!- gritó antes de hacerlo ella misma y acabar aterrizando sobre un grupo de arbustos en el momento mismo en que la granada hacía explosión.

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Re: Las cuerdas danzantes || Libre

Mensaje por Kyros Kierkegaard el Jue Jul 21, 2016 11:10 pm

Era un hecho muy importante en la vida del inmortal que, a pesar de mantener siempre un semblante imperturbable, sólo aquellas situaciones donde el destino jugaba en contra de su postura pacifista, existía otra fuerza mucho mayor que empujaba al Centinela a obrar ágil y brutal ante algún conflicto. Contables veces, a decir verdad, ya que le desagradaba abandonar la compostura. Pero eso es sólo una aclaración. Lo que nunca podía evitar era sentir el clamor por sangre en una contienda, la excitación de verse envuelto en una disputa y la adrenalina que aspiraba a bocanadas cuando se presentaba. Muy en el fondo, encerrados y amordazados, se encontraban esos sentimientos. Ese ser sin alma que habitaba ese mundo estaba lleno de luchas internas, entre dos esencias contradictorias. Dos personalidades opuestas marcadas en un antes y después de alcanzar, sin deseo alguno de ello, la inmortalidad.

Pero dejemos de lado la desdichada existencia de este vampiro y centrémonos más en apasionante y muy inesperado giro que había ocurrido en esos momentos.

La cambiante tenía un as disfrazado de pistola—o viceversa—escondido tras sus faldas. El vampiro, desde su escondite, siguió su movimiento con la vista, y aunque quiso evitarlo, sus ojos no podían disimular la sorpresa que había generado tan rápido actuar. Y aquella sonata, dulce para los oídos de cualquier combatiente y amante de las batallas, estaba compuesta principalmente por los chasquidos y estruendos liberados por ambas armas.

¡Oh! Claro que no—respondió elevando la voz para hacerse escuchar mientras observaba como la mujer se unía a su burdo refugio. Su tono despedía disgusto. Y creíble. Porque no era lo que en realidad sentía. Ya apoyada junto a él, pudo envolverse de nuevo en su aroma de ron y océano—. ¡Es increíblemente mejor!—soltó riendo, gritando por encima de los disparos que intercambiaba en ese instante.

Pronto, ambos refugiados cayeron en la cuenta de que había más de un sujeto haciendo rugir sus pistolas. El vampiro pudo comprender en ese entonces, bailando su vista por la silueta de esa mujer que estaba toqueteando sus ropas en busca de algún objeto, que aquella cambiante estaba preparada si es que en algún momento un ejército entero se disponía a darle caza. Sus ojos encontraron el objeto a la par que ella le arrancaba el seguro. Tardó unos segundos en encontrarle el sentido a su acción, incluso cuando la cambiante le vociferó que corriera, su vista seguía la parábola invisible que había dejado el pequeño objeto.

El vampiro había utilizado toda la fuerza en sus piernas para escabullirse tras la cambiante justo en el momento de la explosión, directo a los arbustos. Soltó un gruñido casi inaudible al hacer impacto. Flexionó los brazos para levantar su rostro de la hierba, volteando en dirección de la cambiante.

¿Está herida?—su voz salió áspera por la falta de oxígeno que le trajo la caída. Empezó a componerse, limpiando sus ropas en el proceso, atento a cualquier sonido. Luego de la explosión, los disparos se habían detenido. Se preguntó quienes eran y si tenían alguna relación con la mujer.




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Re: Las cuerdas danzantes || Libre

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