Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

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Il était une fois...

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Il était une fois...

Mensaje por Kala Bhansali el Jue Jun 16, 2016 4:07 pm


Campamento gitano, 19:30
Dos semanas después del ataque jenízaro (*)

—Ya está.

La voz de Diana era suave y cálida, igual que ella. Con un cuidado extremo había quitado el último punto que unía ambos lados de la herida, manteniéndola cerrada hasta que terminara de cerrarse. Su tío no se había separado de ella en ningún momento, más todavía desde que Diana se había hecho cargo de cuidarla. Aprendiz de la curandera del campamento, poco a poco estaba relevando a la mujer que la enseñaba, ya anciana y con un pulso que temblaba demasiado.

—Deberás reposar durante unos días más si no quieres que la herida se abra de nuevo. Haz una infusión con estas plantas y limpia la herida mañana y tarde con la bebida. En poco más de una semana no te acordarás de ella.

Kala curvó los labios levemente en un amago de sonrisa y se bajó la camisa, cubriendo el vientre. Ojalá fueran ciertas sus palabras, pero sabía que no se iba a olvidar de aquella cicatriz. No hasta que él volviera, si es que eso llegaba a ocurrir alguna vez. Se quedó tumbada en la cama con las piernas dobladas mirando como la nueva curandera recogía todos los bártulos. Rajesh la seguía de cerca, ayudándola como si la mujer fuera manca. La gitana sonrió ampliamente por primera vez; al menos, alguien había encontrado a su segunda mitad.

Se incorporó sobre el colchón y se sentó cruzando las piernas. Alguien tocó a la puerta con tres toques secos. Diana abrió y en el umbral apareció Dan, un joven poco mayor que Kala con el que había congeniado muy bien aquellas semanas. Era una de las pocas personas del campamento que no la miraba con lástima ni la trataba de manera condescendiente. Con él era capaz de olvidar, aunque sólo fuera por unos pocos segundos. Levantó la mano para saludarle y se levantó de la cama para despedirse de su tío y la mujer.

—¿Cómo estás, Dan? —le preguntó, cerrando la puerta de la carreta.
—Yo bien, y veo que tú también. ¡Ya te levantas y todo! —contestó, mirándola de arriba a abajo con una sonrisa en la cara—. Mamá te ha preparado unas galletas de avena. Tus favoritas.

Kala sabía que su madre no había preparado nada, sino Dan, pero, por algún motivo que no llegaba a comprender, no le gustaba decir que era él mismo quien las preparaba. Le agradeció el presente y no tardó en abrirlo para degustar aquella maravilla de dulces. Mientras el joven hablaba sin cesar, la gitana preparó té para acompañar el postre sin decir palabra. Se había vuelto sumamente callada desde que Emhyr se fue, como si cualquier palabra de más fuera a quebrarla. Apenas se había sentado en el sofá junto a él cuando llamaron de nuevo a la puerta. Esta vez, fue Dan quien abrió y Rajesh quien entró en la carreta.

—Han vuelto —dijo tan sólo.

La cara de Kala se descompuso en una mueca de terror. Se levantó del sofá temblando y con la boca seca. Para asombro de los dos varones, se acercó al cajón de la mesita de noche y sacó la manga ensangrentada que guardaba junto a la carta y la caja de música. Se echó una capa oscura de lana por los hombros y salió de la carreta, quedándose en la puerta. Los jenízaros la vieron y, sin alterar su paso, se acercaron.

—¿Dónde está? —preguntó uno en francés.

Kala se rio. ¿De verdad pensaban que, de saberlo, les iba a contestar? Bajó las escaleritas de la puerta y caminó hacia ellos agarrando la manga con fuerza.

—Ha muerto —dijo con la voz ronca. Después levantó la mano que sujetaba el trozo de tela y se lo mostró—. Ésto es lo único que me habéis dejado de él. ¿Es lo que queríais, no es cierto? —Las lágrimas no tardaron en aflorar, unas lágrimas contenidas durante demasiado tiempo—. Incineré su cuerpo, así que no tenéis nada más que hacer aquí. Dejad que guarde el luto que se merece. —Se llevó la manga al pecho y la arropó como si fuera lo más preciado que tenía—. Marchaos.

Los soldados murmuraron palabras incomprensibles para ella, pero Kala supo que estaban dándole el pésame. Algunos agacharon la mirada hacia suelo, visiblemente compungidos por la pérdida. El resto no parecían afectados, pero ninguno sonrió ni se alegró de su muerte. En el fondo, parecía que le apreciaban.

Poco a poco fueron marchándose de allí, dejando a la gitana rota de dolor en mitad de la calle. Unos brazos amables la abrazaron por la espalda y ella los aceptó con gusto. No le calmaban tanto como los de Emhyr, pero lo único que necesitaba era un hombro en el que llorar. «Vuelve pronto, por favor»

(*) Tema del ataque




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Kala Bhansali
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