Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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La Chute D L'Ange — Priv.

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La Chute D L'Ange — Priv.

Mensaje por Berenice el Vie Jun 17, 2016 11:03 pm


"Aquella noche halló el primer esplendor
del plenilunio en la memoria de aquel rostro albo.
Una aparición blanca como la nieve."

—Victoria Francés.



Génova fue una de las tantas ciudades que visitó durante su penar, ahí halló consuelo bajo los candiles de una ciudad hermosa, con callejuelas antiquísimas y un puerto que contaba leyendas de un mar soberbio. La hermosa ciudad genovesa la recibió bajo la calidez de sus monumentos, ruinas y casas altísimas; recorrió cada rincón, deleitándose con la serenidad que reinaba en las noches, sintiéndose viva después de tanto tiempo. Pero había algo en Génova que no compensaba su espíritu: Ahí no estaba Egaeus. No lo encontraría vagando en ninguna parte, aquel precioso territorio no sería un sitio para que alguien, con la mentalidad excéntrica de Egaeus, se sintiera a gusto. Berenice descubrió, para su desdicha, que aquel a que tanto amaba, era muy diferente a ella; lo supo desde el primer instante que se quedó extasiada contemplando las fachadas de las hermosas casas y cuando las villas y palacios la hacían suspirar, a pesar de ser ella na inmortal.

Pero había algo en Génova que la ataba y evitaba que lágrimas oscuras adornaran sus mejillas blanquecinas. Se sentía a gusto, pese a su locura y tristeza. Por eso terminaba regresando cada tantos inviernos sin poder evitarlo; y justamente, en su última visita hacia la ciudad del mar, su corazón fue finalmente compensado luego de tantos años errante en la soledad perpetua de ciudades melancólicas.

Svanna era el nombre de aquel ángel de rostro sucio, con ojos oscuros y entristecidos. La pequeña vagaba sin rumbo fijo por las callejuelas de Génova, con el corazón decaído. Berenice se vio reflejada en aquella niña, a la que siguió en silencio, conmovida por su tristeza. Ella tampoco conoció el amor de una madre en su adolescencia, sólo los maltratos de una mujer que la odiaba y la indiferencia de un padre alcohólico. Pero aún le resultó más familiar que compartiera los gustos de su amado Egaeus. Nadie jamás había llamado su atención de aquella manera y tras los coloridos de un teatro de marionetas, hecho por niños huérfanos, Berenice se llevó consigo a Svanna y tiempo después le regaló la inmortalidad.

Ella era su pequeña y frágil muñeca de porcelana, su tesoro más preciado, a quien le brindó todo el cariño que sólo una madre podría darle. Le habló de Egaeus y juntas anduvieron en su búsqueda, hasta llegar a París.

***

—Debes lucir hermosa esta noche —le dijo, mientras peinaba sus cabellera oscura—. Tan hermosa como los ángeles silenciosos. Te llevaré a un lugar que sé que te gustará.

Culminó su labor y le dedicó una sonrisa, depositando finalmente un beso en su frente. Afuera esperaba un coche que las llevaría a la morgue. Berenice no había revelado detalle alguno sobre aquella visita, pues quería que para Svanna fuera una sorpresa que de seguro la haría sonreír. Quizás para otras jovencitas de su edad eso podría resultar hasta diabólico, pero para Svanna no lo era, y mucho menos para Berenice. Esas pequeñas similitudes eran las que más las unían.

—Verás que hermoso será lo que veas —afirmó cuando estuvieron dentro del coche—. Después de tanto, esta ciudad no nos va a decepcionar, te lo aseguro.

Y tras frases cortas, el viaje continuó hasta que el vehículo se detuvo frente a la fachada de la morgue. El lugar estaba desolado, como era de esperarse, estar cerca resultaba un terrible mal presagio y las personas preferían mantenerse lejos. En la entrada principal aguardaba un hombre de baja estatura, rostro demacrado y ojos hundidos, a quien Berenice manipuló, por llamarlo de ese modo, para que la dejara entrar, tanto a ella como a Svanna.

—Ya está, mi pequeña. Bienvenida.


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Re: La Chute D L'Ange — Priv.

Mensaje por Svanna el Lun Jun 27, 2016 5:02 pm

Con lágrimas que colorean este corazón,
con la calidez transmitida con estos brazos,
esa persona viene a enseñarme esa respuesta…

Allí descansa, en su silla Svanna, quien se mira a través del espejo con el reflejo de su amada madre por sobre lo sucedido. No era eximir culpa alguna de que la haya matado, tras verla reflejada en Berenice —que ahora es como la única madre que ha tenido —. Pero eran idénticas, una apariencia inverosímil y que por los sentimientos diferenciados, hubiese creído que era la encarnación. Más, sonreía, fue la primera vez que pudo distinguir el afecto de sus cadáveres. Ellos jamás la había abrazado, y ella, ella seguido lo hacía. Era espléndido ser protegida mediante unos brazos que percibía fuerza y era como si nadie la pudiese herir más.

Mientras cepillaba sus cabellos negros. Se sintió cual ángel le hubiera bendecido, derramando felicidad en la tibia sangre color carmín que le arropaba. Que las unía, se entrelazan las evocaciones que se sumergía a un precioso cielo, donde solo eran ángeles. Y eran ellas dos en búsqueda de otro ángel. Era extraño, más así lo describe Svanna ante sus irises. Preguntándose; ¿Cómo se podría llegar a ser hermosa, como ella lo era?...

— Quiero lucir como un ángel, muy bello como tú. Madre.—Brillaban sus ojos opacos, una luz grotesca entre sombras. Y en cuanto la belleza fue comparada con ángeles silenciosos, adoro la visión. Pues el máximo ángel de piedra, era ella. Berenice.

Animada, le encantaba descifrar los secretos. Y en cuanto terminaron de cepillar sus cabellos. Se alzó, meneando la melena de su cabellera, y dio un giro, por el vestido precioso que lucía. Ya que, ambas vestidas de gala, siempre representando a la muerte como debía de ser.

— ¿A dónde iremos? —. A un lugar que le gustará. ¿Que podría ser? Si a ella, solo la otra vida persigue, no en la que vivió algún día.

…Se dirigieron al coche, el cual ya les estaban esperando. Había sido planeado todo, que era momento de descubrirlo. Por lo que se limitó a pensar en los posibles sitios a donde podrían acudir. Confiaba en los excelentes gustos ajenos que se asemejan a los propios. Siendo quizás, los mismos.

Observa, su curiosidad al mundo exterior era inmensa; era un mundo guardado en una caja musical, que conforme su tonada suena, el mundo gira. Svanna, se sentía como esa melodía, ella le daba la existencia al mundo. Y todo lo que veía, hermoso era poco.

Por lo que, una sublime alegría predominaba en su instinto, las pisadas del caballo y el carruaje meciéndose en el sendero. Con el camino que ya ansiaba conocer. En lo que el silencio se asomaba por los tímpanos. Percibir un aroma que le era familiar y probablemente ella habría inventado en alguno de sus sueños más preciados, y deleitarse con esos ojos que alguna vez denotaron inocencia en alguna de sus obras. Estaba en casa, ese era su hogar.

En cuanto la puerta fue abierta tras detenerse el coche. Descendieron de este. La conmoción fue que la esencia de la muerte, era su cálida bienvenida, un regalo perfecto para quien yace ya con sueños de muertos. Lo único que quedo fue, el sujetar la mano de su madre, y adentrarse al recinto juntas. Era la manera de expresarle el contento por su gesto.— Vamos.

Eran dirigidas por el hombre de baja estatura, era de su saber que se situaban en una morgue y que hablarían con el cadáver que yace dentro. O eso al menos espero. — ¿Me dejaras ayudarte a maquillarlo? Sé que no lo querrás como a un muñequito, pero al menos, ¿Me dejaras? …—Añoraba palpar, perfeccionar curvas y líneas sobre la piel, dejar el recuerdo de que dos ángeles están dejando huella para que sean encontradas. Era la manera en la que podía ayudar Svanna con la búsqueda del amor de su madre.

— […] Sé que él algún día podrá verlos, ellos le dirán a Egaeus que estas aquí, y que yo te cuido. — Musito aquello, al detenerse por un instante frente a una puerta. Era la entrada para el mismísimo paraíso. Un averno que solo los que lo deleitan entenderán que no es muerte lo que único que queda.


«Existe un punto en donde la locura roza de cerca a la inteligencia, un lugar en donde la imaginación es tan letal como la realidad. Y existe una persona que transmuta el miedo en un amor peligroso.
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Re: La Chute D L'Ange — Priv.

Mensaje por Berenice el Dom Jul 17, 2016 5:56 pm


"Libera me, Domine, de morte aeterna in die illa tremenda
quando caeli movendi sunt et terra
dum veneris judicare saeculum per ignem."

—Libera me.



El destino la había convertido en la madre que deseó tener en la etapa más oscura de su existencia. Svanna, su pequeña y frágil Svanna, se presentó como una bendición en sus días de soledad, y se sentía tan atada a la jovencita, que no podía siquiera pensar en no hallarse a su lado. Era su niña, su muñeca... su pequeño ángel. No podía no complacerla, quería siempre verla con una sonrisa en los labios, que se sintiera a gusto en su no vida; deseaba que Svanna no estuviera en el exilio como lo estuvo ella en su momento. Cuando tuvo que vagar por varias ciudades, sólo con la compañía de sus recuerdos y un corazón marchito, intentando ser fuerte ante la adversidad; y en el instante que creyó que no podía soportarlo más, apareció su redención. Juntas podían enfrentarse a la noche y a las tormentas del alma; juntas eran capaces de hacerse fuertes ante la crueldad de los siglos que les aguardaban en las sombras del tiempo. Ambas forjarían su propia utopía, en donde lo único que importaba era su felicidad.

Comprendía el anhelo de muerte que tenía Svanna. La jovencita, desde más pequeña, había tenido esa extraño interés, y Berenice no podía arrebatarle algo que ella anhelaba. Después de todo, era algo que, aunque de diferente manera, ambas compartían. Incluso, hasta con el mismo Egaeus, quien yacía escondido entre las memorias sombrías de la vampiresa. Quizá a él le hubiera gustado tener a una hija como Svanna, con esa sensibilidad tan peculiar con los ya extintos. Era un don que pocos sabían apreciar, por considerarlo algo totalmente oscuro. Pero, incluso, en las tinieblas se puede encontrar la luz, y en la muerte, una belleza que no cualquiera desea comprender. Svanna y Berenice si lo entendían; tenían esa habilidad de poder ver más allá de la ignorancia del miedo y se refugiaban en las penumbras de lo más grotesco y sombrío.

Estrechó con delicadeza la mano fría y delgada de la neófita y la condujo a través del umbral. La figura baja de aquel hombre de rostro demacrado, las guió hacia un recinto frío y oscuro. Al atravesar el largo pasillo, se encontraron con una habitación con varias camillas, en el centro estaba una con una sábana blanca encima, la que cubría a un cadáver; el mismo que había sido preparado para Svanna a petición de Berenice. Al lado de la muerta, en vez de instrumentos que se usaban para perforar las pieles de los cadáveres, habían ropajes y frascos de diferentes tamaños.

—Claro que puedes. Te he traído hasta aquí para que hagas lo que más te gusta; además, escogí a la máss hermosa, para que sea digna de ti —le dijo, mientras acariciaba su cabello—. Egaeus... —susurró para sí misma—, espero que algún día aparezca. Hay muchas cosas que tengo que decirle. Pero, no te preocupes, mi pequeña. Ahorita te tengo a ti, y es lo único que me importa en este momento.

Se dirigió junto con la jovencita hacia donde estaba la mujer desvanecida, esperando en paz por ser atendida en sus últimos minutos en esta vida, antes de ser sepultada para siempre en el olvido de sus familiares.


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Re: La Chute D L'Ange — Priv.

Mensaje por Svanna el Miér Jul 27, 2016 9:59 pm

En mitad de la vida sucede que llega la muerte a tomar medidas a la persona. Esta visita se olvida y la vida continúa. Pero el traje se va cosiendo en silencio.


Macabras princesas se traslucen en la morgue, entre esas cuatro paredes frente a lo que tanto sus mentes excéntricas adoran. Estaban ya en lo que verdaderamente era su hogar; un valle de estética y permanencia, uno en el que solo pocos pueden entrar. Ya que se debe de tener unas irises para ver al mundo que en realidad es.; un umbral secreto.

La pequeña fascinada mira más allá de las camillas, miraba hacia su objetivo. Embriagada por el perfume de muerte. Era impresionante como adora ese ambiente mortecino. Un silencio que es interpretado en una sonata que mece a los cadáveres. A esos mismos postrados en sus camillas, esperando que sean tomados por la belleza de la eternidad. Arropados en un sublime arte, que es ese mundo perfecto de los muertos, a dónde Berenice junto con Svanna, van una vez más.

En cuanto la sabana fue retirada en su balanceo, era la bienvenida al paraíso, pues su pureza y suavidad eran tocadas por el humano que era más que un simple títere que guiaba a ciegas al cadáver selecto.

Era suyo, era de Svanna ese cadáver, cuya mujer hermosa le daba parecido a la bella durmiente pero de macabra finura. Cabellos de oro olvidado, tez blanca y unos labios cual carmín fueron despintados. —Fue bella en vida, y en muerte lo será aún más. Es perfecta madre. Gracias, haré que estés orgullosa de mí. —Con el brillo de la monstruosidad le mira, — Juntas como siempre. —Alumbrada y entusiasmada, suelta la mano de su madre. Se presenta ante la mujer, pidiendo permiso primeramente para jugar con ella.

Era una conocedora del post mortem, desde pequeña es quien cuido de su padre durante años que lo mantuvo a su lado, yaciendo en su alcoba, en su cama soñoliento, durmiendo en espera de que su amorosa hija le visitara. Y educada la niña, se dobla las mangas de los brazos, descubriendo sus manos para acceder a los guantes, y colocarse la sobretúnica y tapabocas. Ya era momento para realizar la obducción.

— Madre, comencemos. — Observaba el cadáver, inspeccionaba cada segmento externo, desde la cabeza hasta los pies. Tomando entre sus manos el informe de la mujer, cuyo nombre era, Rosette Levesque, con la aproximación de la hora de muerte, a la 6:00 am, las causas fueron de un suicida serio. El cuerpo presenta cortaduras de 3 grado en las muñecas, máximo como 6 horas se determina, de sus manos presenta cortes cerrados y se produjo una severa laceración. Midió 1.58, peso 150 libras, color de cabello rubio, piel blanca, con una dentadura perfecta...

— Rosette, hermosa, te has dormido a tan temprana hermosura. — la pequeña conversa con ella, acudiendo al material de la morgue, y el cual eran especiales para proceder. Y es que no era necesario que se produjeran las palabras, ellos respondían con el cuerpo mismo. Y Rosette lo hizo. — Madre, debió de estar muy destrozada. Hay que mostrarle que tan bello es el mundo…

— [...] Ya pequeña, te ayudaremos, ya no sufras más—Negó Svanna, afligida por el sufrimiento, las marcas en su cuerpo, las cortadas en sus muñecas.

Y conmocionada acaricia la cabeza de Rosette. Si la hubiese visto en su natural muerte, habría guardado su ropa como recuerdo. Ya que, había sido preparada para ella, ya desnuda, lavada por la sangre que llegase a tener, y restos en la piel.

...Fue como un sastre toma medidas, porque ella estaba imaginando ya la escena del suicidio, las posibles formas en las que pudo haber exterminado esa vida, era un hábito alucinar mientras realizaba su estética.

Pero, llegó a la mejor parte, empezando por lavar el rostro del defuncti, enseguida sus manos, era un lavado personal donde cubre los orificios con algodón; oídos, fosas nasales y garganta para que no aparezcan olores ni fluidos. Esto lo realizaba solo porque pasaron las 24 horas desde su muerte, Así lo indica la sanidad mortuoria —Pero, aunque era uno de los puntos que ella estaba en contra, ya que a las 24 horas casi es cuando se le entierra, se supone que es por si la persona está viva—

Masajeando el cuerpo en lo que examina las manos de su madre sobre Rosette. Un juego en la que la madre e hija comparten, cada sentimiento encontrado, cada acción eran respetuosas. Un lazo que las mantenía unidas, uno en el que la conexión siempre será la muerte.

Una vez preparado el cadáver se procede al vaciado. Realiza una incisión en la arteria, extrayendo toda la sangre y espera a que su madre le suministre formol en las arterias, un método de sanidad que se debe respetar por muy muerta que este. Se le debe prestar esa atención, ya que fija a las células y mata los bichos, paralizando por completo el proceso de putrefacción. Por tanto el principal motivo es que no haya contagio de enfermedades. Y vaya que al humano, la muerte no le deseaba.


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Re: La Chute D L'Ange — Priv.

Mensaje por Berenice el Vie Dic 30, 2016 3:17 pm

Un ritual mortuorio era lo que ambas criaturas de la estirpe nocturna llevaban a cabo. Era como si en ese instante sublime la muerte y la belleza intercambiaban lazos pasionales, enfundándose en tinieblas; amándose por toda la eternidad. Parecía un cuento de hadas lóbrego y triste, colmado de un morbo casi irreal. ¿Podían considerarse entonces los poetas unos morbosos? Sí. Porque sus frases evocan las más oscuras situaciones; lo más recónditos deseos mortales. Y aquel cadáver hermoso era una musa a la poesía; era el arte de la muerte en su máxima expresión. Tan serena, pálida, triste... Rosette había abandonado la corrupción de la vida para unirse a los condenados en el limbo; por prestar su cuerpo a la veneración más extraña.

Expuesta a dos deidades nocturnas, observada como si fuera la más perfecta escultura, lucía como una frágil muñeca. Berenice la había escogido especialmente para su adorada Svanna, pues deseaba alegrarle con un regalo digno, alguien que estuviera en las mejores condiciones para el acto que estaba a punto de iniciar.

No había sido necesario conocer el informe del descenso, Berenice ya sabía la historia de la desdichada Rosette. La muchacha era débil y hermosa; tan condenada y a la vez libre. Había confiado sus tristezas a la inmortal hacía varios días atrás, mientras lloraba desconsolada sobre la lápida de su difunto hermano, a quien adoraba con insana obsesión. Él sufrió de las penas de la enfermedad pulmonar, muy común en esa época; y cuando menos lo creyeron, sucumbió al dolor y descendió a las urnas de un camposanto que lo esperaba en un silencio letal. Berenice conmovida con la historia de la chiquilla, le brindó consuelo, pero sus palabras le afectaron tanto, que Rosette decidió arrancarse la vida por sus propios medios. Quería partir al lugar en donde reposaba su amado hermano.

Aquella hada de rasgos sublimes decidió cortar sus alas de cristal para dejarse hundir en un lago de aguas arcanas. La inmortal dio su último consuelo en un gesto tierno, acariciando los cabellos de la fallecida, observándola con pena, pues en vida había sido realmente una rosa en su juventud.

—Ella vivió bajo la sombra de su hermano; ambos cometieron un acto inmoral en nombre de Eros y se reencontrarán en donde los recuerdos no los harán llorar —dijo Berenice sin apartar la vista de la difunta—. Ahora, cuán muñeca de porcelana, su belleza será eterna, pues el tiempo traicionero no la maltratará. Ojalá hubiera podido hacer lo mismo con su apreciado amante.

Berenice se apartó un poco para que Svanna procediera a lo suyo. La noche era un presente para la pequeña y no quería entrometerse demasiado; pero ambas llevaban una relación que iba más allá de los lazos de sangre. Eran como madre e hija, y no había nada en sus extrañas manías que no compartieran. Aquel acto debía ser ejecutado por ambas, aunque la neófita era quien haría la mayor parte. La vampira sólo aplicaría el formol en las venas de Rosette y ya más adelante ejecutaría un proceso de taxidermia, y así conservarla por siempre.

—Conseguí un féretro de cristal, uno resistente al agua. Ahí la colocaremos luego y le daremos sepultura; no en un cementerio, sino en un estanque de aguas gélidas y oscuras. Será la emperatriz de un río silencioso. Será como Ophelia, nuestra Ophelia, la que hemos creado para que reine por la eternidad entre un pantano inundado en tinieblas —expresó en lo que terminaba parte de su labor—. Ella soñó con ser una ninfa alguna vez, nosotras cumpliremos su deseo.



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Re: La Chute D L'Ange — Priv.

Mensaje por Svanna el Vie Ene 20, 2017 6:10 pm

Solo tiene un secreto, hacerla perfecta.

La incisión arterial había sido más que perfecta, tan fina que era sorprendente lo que esas manos realizaban, era momento de que el cuerpo fuese vaciado, y era la más triste parte para el defuncti, púes quitarle los órganos que le habían dado vida (realmente eran las vísceras, permiten que el cuerpo siga manteniéndose más tiempo), que habían producido las más esplendorosas funciones, lo hacían perder su humanidad, púes su vida se acabó, y ahora solo vivirán con recuerdos, simplemente sueños. Que con el formol en las arterias inyectado por su madre, evita el rigor mortis. Y mientras Svanna prosigue en el cierre mismo, con el tratamiento, y las palabras confortables para Rosette le eran una melodía sublime, como un cántico de despedida para que duerma tranquilamente, y cuando se acabe, abra sus agraciados ojos que en el paraíso se encontrara. — ¿Por qué el amor tiene que ser lacerante madre? —, cuestiono, púes ella había cometido el mismo pecado con su padre, más el regalo le fue arrebatado, le negaron la belleza eterna de Nino; su padre, que no sería maltratado, más a cambio de que, de que resultara quemado, desfigurado, calcinado, y perdido entre el fuego, que guardó silencio. El efecto ya estaba pasando, y debía tomar las medidas necesarias para que a la hora de tomar el templo no estuviese muy rígido, una vez cubierto los orificios donde puede salir algún líquido, tomó aquel rostro, acomodándolo, tomando la sabana para que la barbilla quedara recta, haciendo lo mismo con cada brazo y piernas, cuando se encargó de irla limpiando, desinfectando cada parte, tardando más en lo que es el rostro, las manos en la parte de las uñas, y en su cabello, empleando un tratamiento especial a las heridas, debía lucir como la habían traído al mundo, sin ninguna mancha, pura y perfecta...Mejorando sus imperfecciones. Tomando los utensilios para saturar la boca, esta debía permanecer cerrada y con aspecto natural sin que parezca forzada, mediante una serie de técnicas especiales usando una aguja curva enhebrada. — Ya han sido perdonados sus pecados, a partir de ahora, es pureza, y nadie podrá mancharla. Si ha de reencontrarse con su amante, que vivan después de la muerte unidos, quizás ese fue su regalo por ser valiente e ir tras los brazos de Morfeo. — ¡Tan pulcro era el amor! Delicado como la serie de actos que ejecuta para llevarla a la eterna belleza, había terminado su boca, realmente se vislumbra como la bella durmiente, con sus finos labios juntados, perfeccionando sus rasgos que busca los utensilios para proceder con el maquillaje.

Conmovida, gira el rostro para ver a ese precioso ángel, atesorando los cuidados que percibe, la atención que le proporciona, era una sensación esplendorosa que no podía negarle una sonrisa. Regresando los afectos, el regalo que guardara como secreto, púes es como si le entregarán un corazón latiendo, eso es lo que representan esos cadáveres; vida. — Oh, dormirá bajo el espejo celestial, renacerá y será creadora de sus propios sueños, le ha brindado una beatífica muerte, así es como algún dia de mi eternidad querré yacer, prométame madre, ¿que cumplirá esa aspiración? —, ¿por qué justo en ese momento tenía que hacerlo? Quizás, solo porque así acompañaría a su padre, jamás estaría solo, el que su cuerpo permanezca recorriendo las aguas mágicas, hallándose en un sopor donde esté rodeada de quienes aprendió amar, aún a pesar de su difunta madre, crear un mundo donde todos vivan en armonía, decorando cadáveres, jugando con ellos. Sería una impecable forma de vivir.

Más, no permite distraerse, la placidez de la conversación se destaca por la sensatez de la pequeña. Tomando entre sus manos las hierbas que se mezclaron en una especie de aceite que hidrate la piel del rostro, en especial en los párpados y labios, púes tienden a ser más resecas, en que masajeo estos para que absorbiera con mayor funcionamiento, instaurando con dos pequeños algodones en forma circular con el mismo aceite, depositandolos debajo de los párpados, cerrándolos, dando volumen a los ojos. — Siempre me he preguntado, si llegase nuestra auténtica muerte, ¿Cómo querría permanecer? Ya que si me preguntara, yo, yo como un espíritu prefiero continuar. — cuan inimaginable era la mente, el desear aquello, demostraba que amaba más de lo que era permitido a los cadáveres, a su padre que es esencial. Ella se enamoró y nadie quizás, jamás lo descubriría, que su adoración, la admiración y el respeto, no era de manera íntegra. Sino todo lo contrario. Por lo que al pasar con las lesiones, el ir maquillando conforme su piel era, comenzaba a darle identidad, no solo del rostro o las cicatrices, era en todo el templo; cuello, manos, acudiendo a los iluminadores, siendo tenue la apariencia, sin ser excesivo el uso de este. — Madre, ¿podría cepillar su cabello? De la misma forma en la que lo hace conmigo, quiero que perciba el amor. — Ya estaba concluyendo, ya solo era su cabello, y el vestuario que su familia querría verle, era adecuado un vestido blanco, púes murió siendo pura, y cuál bebé recién nacido y recién entregado a la muerte, eran vestidos de aquella forma.



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Re: La Chute D L'Ange — Priv.

Mensaje por Berenice el Miér Mayo 03, 2017 4:34 pm

Las palabras podían ser mucho más lacerantes e hirientes que cualquier daga de plata hundiéndose en su pecho. Aunque su pequeña no tenía la intención de causarle dolor, Berenice sintió un vacío horrible en su interior. El amor dolía, quizás demasiado. Recordó a su amado, en alguna parte del continente cumpliendo con sus fervorosos deseos de muerte. ¡Egaeus! ¡Cuánto lo extrañaba su alma marchita! Observaba el Rosette esa desdicha que vivió ella cuando era una humana con demasiadas esperanzas y que ahora, luego de haber cruzado el límite entre la vida y la muerte, debía vivir con la orfandad, como una ninfa ahogada en los bosques arcanos y desamparados, bajo el exilio de padres infelices. Ella también deseaba encontrarse con su idílico amante, refugiarse en sus brazos como en antaño y poder contemplar juntos la extinción de la vida corrupta; esa ilusión nefasta a la que se aferraban todos en este mundo.

Acarició el cabello de la desfallecida Rosette, aún, en la muerte, continuaba gozando de una belleza angelical, una que Berenice deseaba conservar a toda costa. Ni siquiera las aguas arcanas iban a ser capaces de consumir su beldad. Ella misma se encargaría de que el acto fuera realmente digno; Rosette recibiría una despedida venerable para convertirse en la deidad de un pantano maldito.

—No lo sé, pequeña. Ni yo, que he experimentado tan terrible mal, puedo darte una respuesta sensata; una que pretenda esclarecerte todas las dudas —dijo, aún sintiendo la traicionera punzada en su extinto corazón—. Si en mí estuviera hallar la verdad, quizás no me habría lamentado tanto de la ausencia de él. Pero te tengo a ti y eso ahora es lo más importante, mi precioso ángel.

Tal vez aquellas palabras no fueron suficientes para disipar sus dudas. Tal vez Rosette tuvo que vivir con esa misma incertidumbre, y todavía en su muerte, tendría que cargar con la horrenda pena de quedar en la ignorancia. Este mundo podía ser muy cruel al dejar a todos en las penumbras, a no acceder a darle claridad de conocimiento a sus errantes.

Admiraba la pericia con que la niña era capaz de embellecer a los cadáveres; era hábil, como el artista que puede extraer la belleza de la materia. Su Svanna había nacido para ser una artista de la muerte, ¡no podía estar menos segura! Ella también se incluyó en aquel ritual silencioso, peinando cuidadosamente los cabellos de Rosette, cepillándolos hasta destacar un brillo inhumano en ellos. Así tenía que lucir en su ataúd de cristal, como una Ophelia abandonada por las traiciones humanas. Quizá hubiera sido mejor que ella terminara de esa manera, así su sufrimiento se habría reducido a la nada.

—Te aseguro, mi niña, que serás la más bella de las hadas del bosque. Incluso, más hermosa que la mismísima Titania; ni siquiera la envidia podrá lidiar con tu magnífica presencia —respondió a su petición, sintiendo una extrañeza ante aquello que Svanna solicitaba—. Pero, por los momentos, seguirás siendo un ángel que guarde bajo sus alas a los desamparados como Rosette. Hay muchos como ella que necesitan de tu habilidad, hermosa mía. ¿Te asegurarás de compensarlos? Ellos te pagarán con su eterna gratitud, incluso cuando seas el hada más encantadora de la corte de los feéricos.




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Re: La Chute D L'Ange — Priv.

Mensaje por Svanna el Vie Jun 02, 2017 9:54 pm

Lo importante es saber que solo debe ser observada. Yaciendo cual bella durmiente en espera de ser rescatada de las tinieblas, o del abismo por un amor, por remembranzas o por la vida eterna, un amor más puro e incondicionalmente, el más potente y sublime; el de sus seres queridos, ellos se encargaran de mandar al reino celestial a Rosette. Habiendo finalizado su proceso de conservación, era muy hermosa, más de lo que podrían reflejarse en ellas dos, esas dos inmortales. Y eso quería decir que su labor fue una maravilla, logró dominar la belleza, luchó contra la muerte y decadencia para extraer vida y la beldad. Más, sus palabras, peticiones y voluntades al verse expuestas, y escuchadas, la magnitud de su habla recalca la crueldad de una madurez pronta, un pensamiento abierto a tan solo posibilidades de enjuiciamiento, pero ella es así, su habla podrá ser una daga para cualquiera, pero no es porque ella lo diga, así es la realidad, las circunstancias siempre generan verdades que aunque no se quieran aceptar, serán arrojadas a gritos.

Cual espectacular ángel es su madre, sus caricias, sus cuidados para con aquel perfecto cadáver, siempre le ha encantado cómo los trata, como sus gélidas manos reconocen una carne viva, una especial vida que solo ellas entenderán, el cómo cepilla esos cabellos largos y lucientes. Mientras ella permaneciendo en la observancia anda, ¿cómo podía decir que estaba enamorada de cada proceso, y por ende de cada cadáver que trata? Un amor difícil de comprender, pues conserva todo aquello que ama, y con esos difuntos, es como si les hiciera el amor y se alejara de ellos, tan amorosa y zorra, pero esa es su realidad, lacerante crueldad.

— Quiero llenar cada vacío, cada sentimiento doliente de ese pobre corazón, nos tenemos a nosotras mismas, recuérdele madre, recuérdele pero no sufra, siempre le acompañare donde quiera que vaya y esté, donde me permita ir y estar.

Lo decía con un sentimiento, comúnmente pensando en todo, no siempre será eterna, lo reconoce, hasta la inmortalidad es traicionera, y tarde que temprano pagará por sus pecados, y hasta que ese momento llegue, ahí en un féretro de cristal quiere yacer, ser aquel templo que su madre trabaje para así poderse ir en paz, porque al fin es como conocerá plenamente el amor de Berenice. Ya que, las palabras del hoy, puede que sean ilusorias, acompañadas por el amor que una madre profesa a su hija, ese que siempre atesoran a su querida sin querer herirla, puede que su belleza se esparza de entre sus manos más esta quedará en la decadencia, hundida en el olvido bajo el cielo nocturno, porque las hadas siempre serán supremas en la lindeza.

— Y haré cuanto esté a mi alcance, amo observarlos, tocarlos, embellecerlos, cada momento me llena de una evocación, como una tonta niña enamorada, que sufre y se siente vacía cuando llega la hora de dejarlos partir. Madre mía, aliviare sus pesares, les quitaré las cargas que llevan consigo mismos, quisiera que algún día me pagaran con sus presencias, verlos de vez en cuando, ya sea en mis sueños o cuando este despierta, es extraño decir que extraño todo aquello que toco. Creo que por eso no me permito separarme de su presencia, es la que más daño me causa cuando me encuentro sola, (completamente sola, sin alguna compañía, su padre ha permanecido con ella siempre, pero ella, ¿y ella? teme que desaparezca). Nunca le he dicho el porqué, y es que, si una vez perdí a quien decía que era mi madre, hay una segunda vez: Pero, la primera desapareció porque yo misma me encargue de extinguir su presencia, y la segunda; confieso que temo porque se aparte sola, que llegue un dia en que no quiera estar al lado de Svanna, la monstro que todos llaman.

He ahí el secreto, quería renacer como espíritu, para jamás separarse de nadie; de su padre, de ella, y sus cadáveres, seguir hablando con los que dormidos permanecen, nunca separarse de nadie. ¡Tan egoísta la niña, tan infantil y madura a su vez!


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Re: La Chute D L'Ange — Priv.

Mensaje por Berenice el Lun Jul 03, 2017 1:30 am

Y así, miles de espectros exiliados en el olvido, despedirían a una bella durmiente depositada en un ataúd de cristal; coronada con hojas ocres, marchitas como el corazón  de los desamparados del mundo. Rosette hallaría la felicidad inconmensurable al atravesar las puertas del Hades. Ahí, ella como la triste Perséfone, encontraría a su amante silente, engalanado entre telas negras como la noche, tan suaves como el satén más costoso del reino de los mortales...

Berenice había recreado una historia maravillosa tras la muerte ingenua de aquella joven Rosette; se la obsequió a Svanna, cuán muñeca de porcelana, para que le proporcionara las atenciones necesarias que su despedida merecía. Bien sabía que ese ángel de rostro pálido enaltecería la belleza mortuoria de la desafortunada, alistándola para depositarla en ese sepulcro cristalino, para que siempre contemplara las profundidades del lago arcano en donde descansaría por toda la eternidad. ¿Podría ella algún día tener la misma fortuna de la noble Rosette? Divagaba entre los confines nebulosos de todas las ciudades majestuosas a las que visitaba sin descanso y sin consuelo, mientras hallaba el rostro de su infeliz amante entre las luces vacilantes de las farolas.

Pero, entre el caos de la soledad, su pequeña Svanna asomaba su rostro radiante, como el de los ángeles mostrándose ante los fieles. Ella era fiel testigo de que su vagar no podía ser cruento, pues a su lado sería todo menos filoso como cristales rotos. La niña representaba la esperanza escapando del abandono, como una lumbre entre las tinieblas perpetuas.

—Así, nos tenemos ahora y así será siempre, porque tú has sido como la luz en las sombras, guiándome hacia la esperanza. ¡Cuán agradecida estoy! Me has regresado los motivos para seguir hallando la belleza entre los extintos —dijo finalmente, con una sonrisa sincera dibujada en sus labios carmesí—. Por eso he querido que Rosette estuviera en sus últimos minutos en esta tierra, bajo el amparo milagroso de tus manos, porque eres capaz de regresar la belleza a lo terrible. Casi como las ninfas hermosas que se pasean en los bosques marchitos, impregnando los caminos con su aroma dulzón de eterna peregrinación.

Y sólo hubo un gesto sutil por parte de Berenice, el de acariciar la mejilla pétrea de su pequeña, como muestra del más genuino afecto. Era una manera de dispersar sus angustias, sus miedos... ¡jamás la abandonaría! Porque ella era un parte de sí misma, y uno no puede simplemente dejar sus fragmentos arrojados al olvido. Por eso negó, no queriendo ver como Svanna se torturaba con la inseguridad.

—No te laceres con esas palabras, mi hermosa hada. Mírame, he estado tantos años sola antes de conocerte, que me he hecho tan fuerte como la piedra de aquellos ángeles que guardan los camposantos. Aún en esa soledad, continué hallando la esperanza y me encontré contigo. ¿No ves lo maravilloso en nuestra unión? Quizás aquella madre no fue lo suficientemente sensible para comprender tu agonía, pero yo si lo hago —y le abrazó, como lo haría una verdadera madre con su hija—. Y que Rosette sea testigo de que nunca vamos a separarnos. Ni siquiera cuando él aparezca... Porque será como un mentor para ti; ya lo verás. Es alguien que sabe de los caprichos de la muerte y no dudará en revelártelos.




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Re: La Chute D L'Ange — Priv.

Mensaje por Svanna el Sáb Ago 05, 2017 9:10 pm

¿Que no se conocía ya de ella? Ese precioso ángel sabía sus temores y fortalezas de Svanna, y ahora es conocedora de los secretos que había al menos mantenido consigo para que no le denominarán monstruo. Porque en el acto íntimo del beso negro, desnudo su vida en la sangre, se compartió lo que esa luz extinta mantenía, representándose que tipo de humano fue y en que terminó convirtiéndose. Lo interesante fue que no cambió en nada, su mente sombría siempre fue la misma, y su habilidad con los muertos lo lleva en la sangre. ¡Tan espléndido fue el momento! Justo en esa morgue, con Rosette, una maravilla que comparten, entregando todos los más sublimes sentimientos entre ellas dos. Una representación artística que ni los propios dioses podían obtener por el simple hecho de ser eternos. Añorado por todos, por pasar por este proceso; yacer entre cristales y el cosmo mismo para dormir. Realmente estaba conmovida, Berenice siempre se ganaba su amor en cada detalle que brinda en sus obras, que justo en esta ocasión, fue excepcional.

Ya era momento de decir un adiós por hoy, las puertas de un sueño profundo se abrían para ella, terminada; con la sonrisa digna de su madre, y con la alegría de ella, su fiel amado aguardaba su llegada, ya pronto conocerán el significado de la vida. En pocos pasos, el amor será la esencia de la paz. Por fin, descansaran y juntos por siempre será.

Tal fue la reacción ante la caricia en su mejilla, ella quiso derramar lágrimas, mas no lo hizo, simplemente se aferró a ella, con el calor, la sensación y el cuidado de anhelar vivir entre el mundo natural y al que ahora pertenece. Ella le salvo, siempre ha sido así, le otorgó una esperanza ante su presencia y eso, jamás podrá pagárselo.

— Estuvo en el peor momento de mi existencia. Ahí cuando la muerte se presentaba; su voz, su mirada, y su gesto fue lo que me despertó del tormento, jamás he sentido ser su esperanza, al contrario, me he vuelto más deudora por su amabilidad. Pero de algo estoy segura, que siempre le acompañare, siempre estaré ahí, presenciando una nueva obra de arte, yo me dedicare a limpiar sus preciadas manos, es lo menos que puedo hacer cuando me enseñó a perfeccionar lo que mis padres me dieron por nacimiento.

Sonrió, tomando entre sus manos con delicadeza profunda las ajenas, depositando un beso cálido a estas, por tan grata bendición, y el agradecimiento al divino regalo. Rosette se llevó los secretos de ellas, sus evocaciones de ambas y por supuesto, sus vidas de inmortalidad. Manteniendo fijas las irises en Berenice, ya que ella, se llevó el tesoro de papá. — Si, lo puedo percibir, es algo mágico porque no se puede explicar su descripción. Estamos aquí, y después, ya no solo seremos dos, seremos tres quienes celebremos por embellecer a la muerte. Sé que así será, sé que aún hay secretos por revelar. Cuan entusiasmada estoy porque ya este con nosotras.



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Re: La Chute D L'Ange — Priv.

Mensaje por Berenice el Dom Oct 15, 2017 9:12 pm

¿Qué más podía pedirle al destino que alguna vez la condenó? Tal vez que le regresara a Egaeus, pero eso era demasiada exigencia de su parte. Sería un anhelo infantil, que no podría apartar nunca de su corazón marchito, porque había convivido con ese sentimiento desde la primera vez que sucumbió al letargo de la no-vida, aferrándose a un sueño mucho más terrible que la realidad misma; mucho más nefasto que la muerte real, natural, causada por la enfermedad que consume al cuerpo lentamente. Quizá hubiera preferido eso, pero él no lo habría permitido. Entonces, ¿por qué se fue? No quería saber la verdad, pues esta era mucho más hiriente que toda la plata que pudiera lacerar su piel.

Sin embargo, se obligó a aislar todo aquella sensación traicionera. Rosette, languida, hundida en esa paz mortuoria, le recordó cuán cruel era amar con tanta intensidad, que se prefería acudir a la tumba, antes de verse separada de su amado. Entonces se aferró a Svanna, en silencio, sin pretender atormentarla más con sus quejas. Ambas se tenían a sí mismas. Eso era más que suficiente para continuar con su eternidad, sin arrojarse al olvido de su verdugo. ¿Podía exigir algo más? No, claro que no. Había condenado a Svanna, así que no podía simplemente aislarla de su existencia. Ella era como la hija que, quizá, pudo haber tenido en su mortalidad. Y la trataba como tal, y así seguiría siéndolo. Era su mayor tesoro.

—No, pequeña, tú no estás en deuda conmigo, jamás lo estarás, porque yo te he acogido bajo por mi ala porque quise. Lo hice sin esperar nada a cambio. Sólo me reconforta tu bienestar y tu gratitud, aún cuando hayas abrazado la no-vida, y eso signifique tener que recorrer un largo camino con espinas —expresó, estrechándola entre sus brazos—. Y si él no está aquí, recuerda que todavía nos tenemos a nosotras, Svanna. Es lo único que importa en este momento. Nuestro vínculo es lo más importante ahora. Yo no sé si pueda seguir esperando tanto por Egaeus. Pero eso no es relevante... Debemos darle sepultura a Rosette, no podemos tenerla más tiempo aquí.

Se separó de Svanna para ir en busca de sus ayudantes en la Morgue, encargados del traslado de los cadáveres. Ella misma se había hecho cargo de todo el protocolo para el funeral de Rosette, el mismo de que ya estaba por enterada la joven vampira.

A pesar de que aquella reunión pudiera prestarse para algo emotivo, desde una perspectiva siniestra obviamente, Berenice pareció cambiar su actitud inicial. No lo hizo de mala manera, pero el recuerdo de Egaeus le taladraba el pensamiento, y también su cordura. A veces quería arrancarse su recuerdo maldito de su cabeza, más no alcanzaba a hacerlo; era como si estuviera condenada para siempre a él, aún sabiendo el gran daño que eso le causaba. Podría ser casi una muerta viviente, sin embargo, a veces se sentía más viva que cualquier mortal en este mundo.

—¿Me acompañarás a llevar a Rosette o prefieres quedarte aquí ayudando con los demás? —inquirió, una vez estando de nuevo junto a ella—. Ya todo está listo.



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