Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Que lo que una enfermedad une no lo separe el hombre [Sylvanas]

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Que lo que una enfermedad une no lo separe el hombre [Sylvanas]

Mensaje por Cèline Dampierre el Miér Jun 22, 2016 2:58 am

Si había algo que no lograba entender de este fastuoso mundo era la increíble diferencia que existía entre el bienestar de unas personas y otras. Si yo enfermaba, sabía que tendría a un ejército de médicos y doncellas para procurar que me restableciera lo más pronto posible. Y más allá de todo esto, no sólo tratarían de sanarme en el menor tiempo posible sino que, además, se daba por descontado que todos tratarían de transformar aquel encierro en cama en días llenos de comodidades y caprichos para que no me apenara. En la otra cara de la moneda, sin embargo, se encontraban aquellas personas que cada día se esforzaban porque mi vida estuviera colmada de comodidades.

Esas personas que desde niña me habían cuidado, mimado o incluso ayudado no podían permitirse el lujo de ponerse enfermas y pasar unos días en cama. Ponerse enfermo implicaba dejar de llevar a sus hogares un jornal ajustado con el que alimentar a su familia y, probablemente, la de algún otro familiar cercano. Si aquellas personas no podían enfermar, mucho menos podían costearse los servicios de un médico o la compra de aquellos remedios que harían que su dolor fuera más llevadero o desapareciera.

Este tipo de injusticias me habían chocado desde que tenía uso de razón y, por eso, a medida que iba creciendo comencé a frecuentar los hospitales de beneficencia poniéndome al servicio de lo que necesitaran con tal de ayudar a equilibrar un poco la balanza en favor de la gente más humilde. Pero en ocasiones como esta, en la que mi propia aya había caído presa de las garras de la enfermedad, me vestía con mis ropajes más humildes, llenaba una cesta con todo aquello que ella podría necesitar y no podía costearse y emprendía mi viaje hacia la otra cara de París.

El otro París... Ese que se había forjado con el sudor, las lágrimas y los esfuerzos de aquellos que no tenían a veces ni qué llevarse a la boca. El París de aquellas personas que trabajaban en nuestras casas, caras y elegantes gracias a ellos y,sin embargo, la sociedad se daba la vuelta para ignorar los problemas de este otro París que tanto hacía por los ciudadanos del París glamouroso. Al llegar a las fronteras de la zona residencial del barrio humilde, mire hacia los lados para ver si había alguien que pudiera reconocerme, al no ver nada adopté cierta precaución por si las moscas y cubrí mis cabellos y parte de mi rostro con la capucha de la capa que llevaba para la ocasión, asié con fuerza la cesta y me encaminé hacia la casa de mi aya.

Allí estaba, paredes de ladrillo, chimenea torcida y ese toque en las ventanas que corroboraba que en aquel edificio vivía la persona que había cuidado mis juegos de la infancia y, años atrás había cuidado también los de mi madre. Sonreí nostálgica al recordar aquellos buenos tiempos y el rostro ajado de aquella mujer a la que tanto debía. Inhale una bocanada de aquel viciado aire y llamé un par de veces a la desvencijada puerta de madera. Anuncié mi nombre a la joven que había abierto la puerta, quizá una hija o nieta de mi querida aya, y pasé a la habitación, si es que podía llamársele así en la que descansaba.

Allí estaba ella, con su rostro más ajado aún que de costumbre y su respiración que parecía un quejido lastimero. Me aproximé a ella y deposité un beso sobre su frente - Me habéis cuidado tantas veces aya... Que lo justo es que sea yo quién te cuide ahora...- deslicé la capa que cubría mi cuerpo y mi rostro y la dejé sobre la cama, arremangando las mangas de mi vestido.

Le dediqué la más dulce de mis sonrisas para incorporarla con cuidado de aquel camastro y poder así ahuecarle las almohadas y procurarle un mejor descanso. - Tú siempre me hacías esto cuando estaba enferma... Como no sabría si habréis tenido tiempo- dije sin importancia para evitarle la incomodidad - Me he tomado la libertad de ahorrarte el viaje a ti o a alguna de tus hijas o nueras y te he traído algunas medicinas que harán que te restablezcas rápidamente. No obstante aya, no quiero que vuelvas al trabajo hasta pasada una semana de tu completa recuperación, y esto es innegociable.

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Re: Que lo que una enfermedad une no lo separe el hombre [Sylvanas]

Mensaje por Sylvanas el Mar Jun 28, 2016 12:14 am

Apenas y llevaba unos cuantos días en París, pero, al parecer, ya me había armado de una reputación, pues cada día que salía a las calles desde los hostales de mal agüero en los que me quedaba, la gente comenzaba a acercarse a mí en busca de ayuda sin siquiera que yo tuviera que buscar ya clientes y aunque ni siquiera saliera con aquellas intenciones. Si tenía otros planes, como ir al College o a la Biblioteca o en busca de otros brujos nigromantes, siempre acababa cambiando el itinerario del día en pos de ayudar a aquellos que lo necesitaban. Y es que, de verdad, estaba cobrando demasiado barato. ¿Un centavo? Hasta un nene podía robarse esa cantidad para poder ver a la doctora nueva que había llegado desde América. Aunque, lo triste era que ni cuenta se daban que no era Americana, pues así de marginados estaban todos que cualquier cara extranjera les parecía igual a todas las otras.

Aquella tarde, como de costumbre, accedí a visitar pacientes en sus domicilios pues, como explicaban sus familiares, estaban en tan malas condiciones que no podían levantarse de la cama. Yo esperaba que todos fueran resfríos comunes, los cuales eran, por lo que mi paseos por domicilios eran ligeramente rápidos, a menos que alguno ameritara un poco más de atención. En aquel momento me encontraba caminando por unos barrios bastante desprivilegiados, de la mano de una pequeña niña que hacía todo lo posible por hacer que sus pequeños piececitos corrieran más rápido, para poder llevarme a mí a ver a su abuelita. Yo caminaba con paso rápido, el suficiente para seguir los pasitos de la niña sin que me adelantara a ella. Llegamos a una casa en la cual alguien nos esperaba afuera, haciéndonos señas. «La señorita Dampierre acaba de llegar, viene con ayuda», nos informaron mientras que la niña aún halaba de mi mano y me guiaba hacia adentro.

Apenas al asomarme a la habitación, pude ver de inmediato la situación. Mi paciente se trataba de una mujer de edad que se encontraba postrada en su cama, notoriamente débil a causa de la tos y la dificultad para respirar. A su lado, una muchacha de clase alta tomaba asiento y le hablaba. Escuché lo que dijo, preocupándome de inmediato por aquellas medicinas de las que hablaba.- ¿Es usted acaso un doctor? -Pregunté mientras que daba un paso al frente, observando a mi alrededor y sintiendo casi una cachetada con el olor a aire viciado y encerrado que había en el lugar. Miré alrededor, notando que aquella era una abitación compartida, pues había otra cama al otro lado, con una ventana entre ambas camas que estaba cerrada.- Yo diría que no, ¿qué medicinas trae? Necesito inspeccionarlas antes de permitir que se las administre. -Agregué, tapándome un poco la nariz mientras me acercaba a la señora.

Al poner una mano sobre su frente, inmediatamente descarté que tuviese fiebre, por lo que inmediatamente luego lo que hice fue abrir la ventana de par en par.- Lo siento, le dará un poco de frío, pero si no ventila, no solo seguirá enferma por semanas sino que enfermarán todos en esta casa, incluyendo a la señorita. -Le expliqué a la mujer de edad, volviendo a colocar mi mano sobre su frente, solo para corroborar. Miré entonces a mi alrededor, inspeccionando un poco más, en busca de algo en especial, pero al no encontrarlo, salí nuevamente a la sala principal. Allí encontré lo que necesitaba, un poco de leña que saqué directamente de la chimenea y que tenía uno de sus extremoso encendidos con una pequeña llama. Saqué de mi cartera entonces la hoja  seca de una hierba, moliéndola con el puño y dejándola caer sobre el fuego y las brasas de la leña en mi otra mano.

Aquello causó que la leña comenzara a humear con un olor bastante particular, aunque no asqueroso y, alzando la leña y moviéndola con suavidad hacia los lados, me paseé por la sala de estar y luego entré a la habitación, fijándome que el humo se esparciera por todos los rincones y luego se ventilara por la ventana.- Pensarán que estoy loca, pero esto ayudará a ventilar y expulsar la enfermedad. Es como la plaga, cuando hay contacto, es muy probable el contagio y si se mantiene en contacto, la recuperación es más difícil. -Expliqué mientras que ahora me devolvía a la chimenea y apagaba la leña, volviendo de inmediato al cuarto. Me paseaba con confianza no porque fuera una aprovechada ni nada, sino porque estaba determinada en mejorar la situación de la enferma.

Me acerqué a la muchacha que estaba junto a la cama y pasé por detrás de ella para acercarme a hablarle a la anciana.- Mi nombre es Sylvanas y soy médico. Vengo de América y he estudiado en India, África y varios otros lugares. -Expliqué a las dos, pero ahora me giré a ver a mi paciente.- ¿Me escucha, verdad, señora? Sus familiares me buscaron en el mercado para que viniese a verla, pero no la examinaré a menos que usted me de su consentimiento. Mis servicios ya se encuentran pagados, por lo que no debe preocuparse por eso. -Mentía, nadie me había ofrecido ni una sola moneda, pero considerando la precaria situación en la que todos vivían, pensé que si la hacía creer aquello, entonces no le daría pena aceptar mis servicios.



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Re: Que lo que una enfermedad une no lo separe el hombre [Sylvanas]

Mensaje por Cèline Dampierre el Miér Jun 29, 2016 3:24 pm

Aquella mujer había irrumpido en la sala como un torbellino, desestimando mi ayuda y haciendo todo cuanto deseaba a su antojo. Esperé a que acabara de hablar, o casi mejor dicho, de echarme la bronca por intentar ayudar a la mujer que me había visto crecer y que había cuidado cada uno de mis desvelos.

Mientras esperaba a que acabara con todo aquel alboroto por la habitación, observé todos y cada uno de sus movimientos. Afirmaba que era médico, no sé si sería verdad o no pero, lo que sí era cierto era que sabía lo que hacía. Había prendido en la chimenea algunas hierbas que, suponía, ayudarían a renovar y purificar el aire. Sin embargo, no sabía si había tenido en cuenta que el humo le provocaría a la anciana mujer más tos de la que ya tenía.

Sus movimientos eran seguros y decididos, altaneros incluso. Quizás me equivocara pero, me atrevería a afirmar que se debía a que había tenido que probar que valía en un mundo en el que los hombres eran quienes tenían el poder y a nosotras, las mujeres,se nos consideraba meros objetos bonitos con los que salir a pasear del brazo y cuyo único trabajo era traer al mundo y criar a cuantos hijos quisieran ellos. Odiaba que en este mundo tan moderno a veces y tan arcaico en su mayoría, las mujeres tuvieran que probar que poseían los mismos conocimientos o incluso más que los hombres.

Sonreí a la anciana mujer y me levanté de mi silla caminando con la cesta con lo que había traído hacia la enigmática doctora. -El dinero no es problema, luego yo os pagaré lo que vos convengáis mademoiselle. Cèline Dampierre- le tendí mi mano para saludarla -Y no, no soy doctor y usted tampoco creo que lo sea, al menos no un colegiado ya que en París, al menos, no se permite a las mujeres cursar estudios universitarios, no sé en su país como funcionarán estos menesteres- Abrí la cesta dejando ver su contenido a la mujer en un signo de paz -Mas aunque a ambas no se nos reconozca como profesionales reputadas u oficiales, he de decir en mi defensa que he traído estos medicamentos y remedios con conocimiento de causa. Poseo conocimientos de botánica y Farmacognosia y soy voluntaria en el hospital de París-

Fui sacando uno a uno cada uno de los remedio enseñándolos y diciendo qué era cada cosa. -Corteza de sauce para el dolor, Tiotropio para dilatar los pulmones y evitar la tos y que se ahogue por las noches pues mi aya sufre de neumonías recurrentes, romero y sándalo para prender en la chimenea como habéis hecho vos y purificar el aire viciado. Láudano en gotas para cuando no consiga dormir y, para aquellos días en los que esté algo nerviosa, infusiones de valeriana. ¿Algo que objetar a lo que he traído o ya os fíais de mi y mi juicio?-

Lentamente fui guardando de nuevo los remedios en la cesta y se la tendí a la mujer para que los examinara ella misma si así lo deseaba y lo juzgaba oportuno.

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Re: Que lo que una enfermedad une no lo separe el hombre [Sylvanas]

Mensaje por Sylvanas el Jue Ago 04, 2016 10:09 pm

La mirada de la anciana, que giró a verme unos segundos, me pareció de lo más tierna posible. Se le notaba estaba delicada de salud, pero aun así miraba con ojos de compasión y sabiduría, como aquellos de los ancianos de mi pueblo en Finlandia. Le sonreí de vuelta, entendiendo de que ella estaba tranquila y que aceptaba mis servicios, por lo que me enderecé y posé una mano suavemente sobre su frente. Estaba tibia, notoriamente con fiebre, pero no tan alta como la que yo me imaginaba. Sentí entonces que su cuerpo tiritó suavemente, por lo que me preocupé un momento y me moví a cerrar ya las ventanas. El humo ya se había disipado y el aire se respiraba ya más fresco, por lo que no necesitaba tener las ventanas abiertas ya.

Me giré entonces a ver a la señorita que la acompañaba, asintiendo con lo que dijo, tomando su mano apenas la extendió para mí y apretándola como si se tratara de un hombre, de forma fuerte y determinada, sonriendo ante aquel sentimiento de sentirme tan importante como un hombre como para que me saludaran con la mano. Era gratificante.- Señorita Dampierre, la burocracia no me va a detener en ejercer; no necesito la firma de un rector en un pedazo de cartón para certificar mi conocimiento. He estudiado más que suficiente, eso se lo puedo asegurar. –Le respondí con el ceño fruncido. ¿Acaso no le había dicho ya que había estudiado en América, la India y otros lugares? Quizá mencionar África no sea muy impresionante pues todo mundo piensa y habla mal de aquel continente pobre en dinero, pero rico en cultura y tradiciones ancestrales.

Miré entonces los remedios que había traído mientras que los mostraba, llevando mis manos a mis caderas para apoyarlas y examinar todo con atención, aunque de verdad pensando en si eran necesarios o no, pues aún ni siquiera examinaba a la paciente. ¿Lo habrá hecho ella? Por experiencia sabía que no se debe medicar antes de examinar.- ¿Neumonías frecuentes, dices? –Aquello captó mi atención, girando de inmediato a ver a la anciana. Me acerqué con rapidez a mi cartera y saqué un pequeño tubo de madera, tallado por mí misma luego de haber oído sobre el descubrimiento médico más reciente: el estetoscopio. Aquel era uno que yo misma me había hecho, pues no tenía los fondos para comprar o mandar a hacer uno para mí. Pero servía, era lo importante, pues aunque rudimentario, aún así amplificaba los sonidos del interior del cuerpo.- Permiso. –Le dije a la anciana mientras que movía sus ropas para colocar un extremo del tubo en su pecho y mi oreja en el otro. Escuché entonces con atención su respiración.- Por favor, tosa un poco. –La anciana me hizo caso y yo escuché su tos de aquella forma, frunciendo el ceño y pidiéndole que lo haga de nuevo.- Esto no es neumonía ni un resfrío común. –Dije mientras me alejaba.- No tiene flemas ni líquidos en los pulmones. Están sanos; la tos nada más es un reflejo causado por otra cosa… Pero, ¿qué? -Terminé lo último mientras bajaba el volumen de mi voz, pensando un sinfín de cosas.

Volví a pedir permiso entonces mientras que me acercaba a examinarle los ojos, las orejas, le pedí incluso que abriera la boca. Le pregunté si sentía dolores y, entonces, me indicó las manos. Las tomé con suavidad y comencé a palparlas para examinarlas, con la anciana indicándome cuándo y dónde le dolía. Me fijé entonces que lo que le dolía eran las articulaciones y me quedé pensando, poniéndome de pie y caminando hacia un lado y otro mientras pensaba qué podría ser. Había conocido tantas enfermedades y, la verdad, tenía tantas opciones para aquellos síntomas que estaba teniendo un momento difícil. Pero negué con la cabeza y continué con el examen físico, sorprendiéndome cuando al destaparla, le encontré zarpullidos en las piernas.- Necesito un momento… -Dije mientras salía de la habitación, girándome a ver a la muchacha para pedirle que me acompañara, momento en el que vi aquello que me daría la última pista. Exhalé en asombro, mirando una esquina en el cielo de la habitación de la señora, la que estaba cerca de la ventana. De pronto, todos los síntomas tenían sentido. 

Señorita Dampierre, usted dijo que el dinero no era problema, ¿verdad? –Susurré me acercaba a la muchacha y la tomaba por el brazo, señalando con mi otra mano el hongo que había en aquella esquina que acababa de observar.- Hay que sacar a la señora de aquí. No importa si al hospital, un hostal o lo que sea, pero no puede seguir exponiéndose a ese hongo que hay que limpiar. No es letal, pero podría tener problemas respiratorios de por vida, así como el resto de los habitantes de esta casa. –Le miré entonces a los ojos.- Lo he estudiado antes, es el histoplasma capsulatum, de origen americano. Alguien debe haber llegado del extranjero con el hongo y debe ser vecino por aquí, por eso la señora tiene “neumonías” recurrentes, porque el hongo se ha metido a sus pulmones. –Hice una pausa, suspirando y levantando mis dedos para hacer conteo de lo que iba a decir.- Quédese con la corteza de sauce y el tiotropio, pero no administre nada más. Debe tomar mucha agua y, si puede, té de lechuga para hidratarse más rápido. Debe comer poco y con dieta blanda, ojalá principalmente sopas y caldos y, por sobretodo, debe permanecer en reposo como mínimo dos semanas. Debe procurar que baje su fiebre, por lo que le recomiendo paños mojados en la frente y en los tobillos. –Volví a quedarme pensativa, pensando en si es que estaba olvidándome de algo.- Nada de esfuerzo físico y, ojalá, que tome aire fresco lo más posible. Si sigue estas instrucciones y manda a limpiar el hongo, debiese curarse dentro de dos a tres semanas, a menos que la exposición haya sido demasiado prolongada. Y, por favor, cuide la humedad para que el hongo no se vuelva a propagar. –Me encogí de hombros al terminar, mirando de reojo a la anciana. Estaba segura de lo que decía, no dudaba un solo poco, aunque en el fondo, estaba nerviosa. No sabía cuánto tiempo había estado expuesta a aquel hongo y aquello era lo que haría toda la diferencia al final.



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Re: Que lo que una enfermedad une no lo separe el hombre [Sylvanas]

Mensaje por Cèline Dampierre el Jue Sep 01, 2016 3:28 pm

Observé con paciencia, curiosidad y cierta admiración, negarlo hubiera sido una estupidez, como aquella mujer indómita y desafiante analizaba todas las causas que podían haberle causado a mi anciana aya aquellos malestares recurrentes que, en esta última época parecían haberse cebado con ella mermando sus fuerzas y privando a aquella dulce mujer de las fuerzas a la que siempre estaba acostumbrada.

De nuevo, su agudeza para deducir que lo que mi aya padecía no era fruto de una neumonía, sino de un hongo instalado en las paredes de aquella viviendo, hizo que todo mi cuerpo se estremeciera. Quizá esa mujer no tenía un título avalado por una universidad, pues se nos privaba del derecho a ello, pero lo que estaba claro es que sabía de lo que hablaba, que era buena en su trabajo y que yo era tan sólo una mera aprendiz a su lado.

-No...- musité aún bajo el influjo de su sapiencia -El dinero y el alojamiento no es ningún problema, ahora mando llamar a un lacayo para que prepare una habitación en mi casa para ella, y pasará ahí el tiempo que sea necesario para restablecerse-

Mandé a un niño con la mayor rapidez para transmitir aquel mensaje, dándole unas monedas para el encargo, el transporte y su propio sustento y allí aguardamos todas nosotras hasta que el sonido del casco de los caballos en el empedrado suelo nos anunció la llegada de mi coche de caballos. Entre aquella mujer y yo llevamos a la anciana al mismo y di las instrucciones de que acomodaran a aquella dulce mujer en una habitación fresca, soleada y con balcón por el que ir dando cortos paseos hasta que pudiera estar lo suficientemente restablecida para hacerlo de mi brazo por los verdes jardines.

-Me temo que no hemos empezado con muy buen pie ambas, pues creo que tenemos un carácter fuerte que ha chocado irremediablemente con el de la otra- dije cuando ya estuvimos solas en el rellano de aquella humilde casa viendo como el carruaje se alejaba con pasos veloces -He quedado francamente impresionada por sus conocimientos y eso que yo me tenía por una entendida en el asunto, tonta de mi obviamente. Soy Cèline Dampierre y estaría encantada de que me enseñarais una milésima parte de todo lo que sabéis madame, ya que los tercos y torpes hombres son incapaces de ver que valemos tanto o más que ellos-

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Re: Que lo que una enfermedad une no lo separe el hombre [Sylvanas]

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