Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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○Darina Yngling○

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○Darina Yngling○

Mensaje por Darina Yngling el Lun Jun 27, 2016 11:26 am



Darina Yngling



Nombre

Darina

Edad

34 años

Edad Real

781 años

Raza

Vampiro

Clase Social

Baja

Origen

Rusa

Fecha de nacimiento

21/09

Altura

1.73 m

Peso

50 kg

Sexualidad

Bisexual




personalidad

Tiene una personalidad indescifrable, una que cambió desde la humanidad hasta esa inmortalidad, que aborrece. En sus años como humana era tranquila, tenía una personalidad altanera, aunque sabía ubicarse y actuar frente a los grandes hombres de su ciudad. No tenía miedo en las consecuencias de sus actos porque siempre actuaba a consciencia. Pero cambió radicalmente cuando perdió la vida, supo que todo por lo que había luchado no era más que una ilusión e intentar quedar bien o hacer amistades frente a los demás no era más que un desperdicio de tiempo. Ella actuaba como así se le daba la gana, si terminaban matándola pues bien por ella, era lo que deseaba después de todo. La única razón de existir para ella era eso miso, el hecho de que no estaba muerta y suicidarse era un pecado que no quería pagar, necesitaba llegar con su hijo en el otro lado del umbral. Así que vaga por el mundo robando lo que quiere y cuando quiere, alimentándose de cualquier hombre o mujer. Cuidando de los niños que ve en la calle y matando a los que ve que están sufriendo en los callejones. Lo hace con amor y con cuidado, así como una inmortal le enseñó en sus primeras noches de neófita. Pareciera que es una cáscara vacía a quien le robaron todo lo que tenía dentro, dejando solo ira, venganza y arrepentimientos.


historia


Nacida en Rus de Kiev bajo el mandato del Príncipe Yaroslav, criada en la corte para que en un futuro pueda ejercer su trabajo como una cortesana de clase y altura para el reinado. En ese entonces, las mujeres tenían en su formación y alma el prestigio de los hombres. Por ello mismo, Darina era tratada como si fuese una noble, bajo costumbres estrictas que le impedían el uso del mal hablar. La prolijidad y femineidad era lo principal en su entorno, así pasaría a casarse con un hombre que sería elegido por el mismísimo príncipe. Sonaba bien para muchas, pero la realidad es que ella no estaba muy convencida, después de todo iba a ser obligada a vivir el resto de su vida con un señor que conocería de un día a otro. Pero así la habían criado y la creencia de que eso era lo mejor empezaba a tomar raíces en su alma cada vez que los años pasaban. Ya a los catorce esperaba el matrimonio con tristeza, pero la suerte estuvo de su lado y al contrario, siguió atendiendo en el palacio, llegando a pensar que quizá nunca la casarían. Al ser una cortesana de la corte, solo éstos podían tener sus servicios, los cuales no pasaban a ser sexuales. Sino que se trataba de servir las comidas, hablar carismáticamente con ellos y concederles el oído para escuchar sus penas. Todo parecía ir excepcionalmente para ella, quien tiempo antes había tenido el honor de estar a la disposición de Harald Hardrade y su súbdito Svein Yngling. Disfrutaba de oír las historias del mayor de los hombres, las batallas y como ganaban con demasiadas flores en la cabeza para ser verdad. Pero su carisma y tranquilidad para tomar las cosas le proporcionaba un halo de confianza que el príncipe había notado desde un inicio. Era por eso mismo que aún no la había casado, ¿quizá estaba esperando a la persona correcta? A la muchacha le emocionaba creer eso, pero no fue hasta cumplir los diecisiete que su vida empezó a caerse a pedazos o más bien, a cambiar súbditamente.

Pues con la nueva llegada de Harald y Svein, su anillo de encarcelamiento había llegado de la mano de aquel nórdico de ojos celestes. El príncipe había comenzado una gran alianza con ellos y les había concedido la mano de Darina. Por un lado, significaba que ella era una mujer muy importante, por el otro estaba la decepción de que tarde o temprano terminaría teniendo que irse con su esposo a otras tierras. Según las otras cortesanas, la casarían para que así el muchacho pudiese ser un mariscal. No estaba del todo mal, de esa manera se verían poco y ella tendría tiempo para empezar a acostumbrarse a esa vida. No podía decir que el muchacho era de mal gusto, sus facciones y su cabello nórdico combinaban perfectamente con su rostro inelegible. Aptitud que ella odiaba por sobre todas las cosas, pues no era capaz de leer nada de él, no podía saber qué es lo que quería, aun cuando había brindado sus servicios a tantos hombres de la nobleza. Pero no le importaba, intentaba pensar en que nada podía ser peor para ese momento. Claro que se equivocó, pues el casamiento formal llegó antes de lo previsto y cuando se hubo dado cuenta, ya estaba en un barco rumbo a Bizancio, donde tendría que pasar quizá el resto de su vida, sola.  Los tiempos eran prósperos para la armada, los hombres estaban siempre juntos, su esposo se había apegado a aquel rey, como si su vida dependiera de ello. Parecía algo bueno a los ojos de cualquier esposa despechada, pero para Darina era casi un insulto. Los besos eran de compromiso, las noches en la cama parecían ser solo un mal trago. Y las conversaciones eran tan monótonas como así la vida misma.

La realidad es que no fue hasta años más tardes que ella empezó a conocer aquel entusiasmo por recibir al hombre cada tarde, incluso su tranquilidad y curiosidad por saber sus planes y trayectos la acercaban más a él, que parecía ser un desconocido. Era difícil, cada palabra que ella decía podía ser tomada como una ofensa para él. Cada vez que no contestaba, parecía estar haciendo algo mal. Pero él se esforzaba, Darina podía notarlo tan solo cuando se miraban a los ojos por más de un minuto entre algunos pestañeos. Luego la distancia se volvía a enmarcar y no fue hasta que se ocasionó una gran revuelta que los hizo tener que huir a otro país que ella comprendió qué tanto se podía enamorar con el día a día. Aun cuando sentía celos del mismísimo Herald, su corazón latía cuando los brazos de Svein la abrazaban para cuidarla de aquella sangre que estaba manchando la tierra, cuando fue subida a un barco a futuro ciego, sin saber a dónde irían y sin tampoco preguntar. ¿Cómo podría hacerlo, cuando los gritos y los crujidos de los hombres se escuchaban a leguas? Ella, como una mujer habitual, jamás había tenido un arma en la mano, su pulcritud debía ser entera, la mujer era considerada un emblema y ella así lo había aprendido a honrar. Ahora con más ansias que antes. Con más deseos hacía con Svein, que  esporádicamente había pasado a envolverla con su protección cada noche que pasaba. Incluso luego de invadir Suecia y volver a tomar el reino, aquel matrimonio seguía en pie. La sonrisa de Darina que había pensado perdida empezó a salir con más cotidianeidad. Y al cumplir los casi siete años, de tires y aflojes. De riñas por parte de ella que para él nunca tenían sentido. La muchacha dejo que sus dedos digan más y festejó aquella mañana con una larga trenza en el cabello del niño que se había convertido en hombre.
En sus siguientes años, la pareja parecía asombrosamente relajada, aunque ella nunca dejó de observar las aptitudes de Svein frente al rey, lo controlaba fértilmente, con asías, con dolor. A sabiendas de que él quizá nunca se daría cuenta, porque era ciego a lo que estaba allí frente a él. Pero de esa manera era lo mejor, podía controlarse, Darina tenía bien en claro su posición y aunque la relación con el monarca no fuese la mejor, su amabilidad y aquella crianza con la que había sido bendecida, la sacaban de todos los problemas. Pero no así del último. Cuando Svein cayó en una grave enfermedad, supuestamente incurable e invisible a los ojos. Fue el índice de Herald el que la apuntó primero. Y no bastó otro para que ella misma se sintiera culpable. Pero no podía dejarlo, si realmente estaba enfermo, ella deseaba morir junto a él. No obstante, fueron sus guardias los que no se lo permitieron. Y así, como si todo hubiese sido un sueño dulce y extraño a la vez, fue como la enviaron de nueva cuenta a Rus de Kiev, sin siquiera haber podido hablar con Svein o verlo antes de irse. La mujer estaba devastada, completamente rota por dentro y por fuera. Aquel prestigio puritano había sido aplastado y cuando se presentó frente a la corte que alguna vez la había adorado, lo único que recibió fue deshonor y desesperanza. Y para que no bastara más, el hecho de tener el cargo de traición, la obligó a irse de la ciudad, exiliada como si nunca hubiese sido nada, se dejó guiar hacía Chernigov, lugar en el que se instaló por casi siete años. Parecía algo de no creer, y pasados los días de aquel acontecimiento que había hecho en vuelco en su vida empezó a pensar que era una pesadilla, una muy larga, casi eterna. Una que iba cada vez peor cuando instalada en una pequeña casa, sus vómitos comenzaron a dar un anuncio. Su vientre empezaba a crecer con el paso de los meses y el trabajo que había encontrado para limpiar las mesas de una de las tabernas era imposible de hacer. Su sentido de la vida estaba destrozado y no tenía nadie para pedirle ayuda.
Incluso pensar en matar a aquella criatura que estaba dentro suyo pasó fervientemente por su mente. Pero no, era lo único que tenía para aferrarse a su pasado. Sujetar aquello que nunca volvería y que no sabía tampoco por qué se había destruido. Cada noche pensaba qué es lo que había hecho para merecer ese castigo. ¿Acaso había sido Svein quien había pedido que la devolvieran? No podía ser, aquella sonrisa que era imposible de sacar a la luz no podía ser una ilusión. Conocía a aquel hombre lo suficiente como para estar segura de que no sabía mentir y al mismo tiempo, estaba segura de que aquel rey que ahora odiaba con toda su alma, no era capaz de hacerle daño a su mariscal sin razón alguna. Pero para su desgracia, nunca encontró la respuesta, aun cuando los años pasaron y un hijo de ojos claros era el que crecía a su lado. Tan aislado como su padre, pero se aferraba locamente cuando se trataba de Darina. Su sonrisa era la fuerza de ella y sus cabellos se dejaron largos desde que nació.

Incluso llegó a pensar que la vida no era tan mala con aquel niño, siquiera lloraba en las noches y aunque decían que era mal augurio, ella sabía que se trataba de la personalidad idéntica a la de Svein, era igual, en cada aspecto de la palabra. Pero fue llegada una noche de invierno cuando se encontraría con su segunda tragedia. Darina había aprendido a usar cuchillos en su supervivencia en la clase media, se las había rebuscado y con aquel carácter altivo que tenía había logrado estabilizarse aún como una viuda.
De todos modos, no pudo hacer nada ante aquel intruso que había llegado a su hogar. En primera instancia, el pensamiento de que querían robarle fue el que la atacó, pero la figura de un ser amorfo la tomó por sorpresa, sus dientes eran enormes, llevaba una estaca de madera clavada desde su espalda hasta la parte delantera saliendo desde su estómago, sus ojos eran rojos, casi como el fuego. Gritaba de dolor y parecía haber estado corriendo por horas. Llevaba una sonrisa maniática, como quien sabe que está a punto de morir. Pero ella estaba preparada y sacó un cuchillo largo de abajo de su almohada, lo agitó y con miedo se abanicó frente a aquel hombre. No permitiría que le roben a su hijo, aquél era el único recuerdo que podía cargar en vida, de su marido, de aquel que no sabía por qué la había terminado abandonando. Pero esa persona tenía una fuerza descomunal, gritaba que le dejaría su herencia, que no se iría sin contagiar a uno más. Y en cuanto se acercó a ella, sus brazos se agitaron y no tardó en clavarle el cuchillo en su hombro, desesperadamente intentaba alejarse y en un arrebato de terror un gritillo salió de su garganta, haciendo eso que el niño de más de seis años despertase. Los orbes color miel de Darina empezaron a burbujear lágrimas como nunca antes lo había hecho, siquiera en los momentos más críticos de su vida.
“Los matarían, los matarían a ambos.”
Eso es lo que pasaba por la mente de ella, pero lo que no sabía es que su destino sería mucho peor que solo la muerte.
Cuando aquel inmortal de la noche se acercó para ir con el niño, ignorando por completo a la mujer, ésta fue a clavarle nuevamente el filo del acero, pero era inmutable, no se detenía y la única idea nueva que pasó por su cabeza fue aquella estaca undida en su estomago. Pero era demasiado tarde, Eirik chillaba en lo que era sujetado por la bestia y las manos de la mujer se aferraron a aquella madera y empezó a removerla, hasta quitarla de un girón. El grito que se escuchó fue tan alto que tuvo que taparse los oídos con ambas manos, soltando así ambas armas. Y cuando sus ojos pudieron volver a enfocar en su niño, éste se hallaba en el suelo, roto a medias por el odio de aquel ser sobre humano, que lo había apretado con ira y con tanta fuerza que había roto sus pequeños huesos hasta hacerlo trizas. Darina gritaba su nombre una y otra vez, mientras su cuerpo era arrastrado por el suelo hasta la cama. No pudo notar cuando le hundían los colmillos, sus gritos y su llanto aplacaban todos sus sentidos, hasta que lentamente se le iba la existencia, estaba muriendo, lo sabía porque no podía moverse, había visto a muchos morir como cortesana, cuando cuidaba de los últimos minutos de los nobles. Poco a poco dejaban de emitir sonido, hasta que sus ojos se distribuían en el techo. Sin embargo ese momento nunca llegó a ella. La sangre salía a cántaros desde el cuerpo de otro ser, machaba su rostro y el elixir rojo empezaba a bajar a su garganta. La mirada de la mujer estaba desorientada, aún inconsciente en cuerpo, pero no así en alma. Sus sentidos estaban allí por todos lados. Incluso lo vió moverse, tomar al niño por la cabeza, estaba moviéndolo, parecía que aún respiraba, pero ella no se podía mover. Lo siguiente que notó fue la sangre de su hijo cayendo gota a gota desde la garganta hasta su boca. La desesperación de ver aquel rostro pequeño y dulce, completamente cadavérico hizo que reaccionara y el grito que salió de ella fue una tortura total. Tanto que aquel inmortal se había enojado, terminando por quebrar los huesos del niño, la sangre cayó con más caudal y el ruido seco de un costal de papas cayendo a un lado fue el ruido que le siguió. El ser empezaba a volverse, tan solo huesos, como si se estuviese desintegrando. Y se arrimó a Darina con la estaca del suelo en la mano. Ella deseaba morir, sí que lo hacía, estaba encantada con la idea de que venga a matarla. Pero no fue de ese modo, le dijo que le clavara eso en su corazón y mientras tanto la obligaba a beber hasta la última gota de sangre. Fue extraño, no se pudo negar, no lo hizo incluso cuando perforaba aquel corazón y observaba como se convertía en cenizas lentamente.

Luego de esa noche, su cuerpo no se movió ni un solo centímetro. No al menos, hasta que un hambre descomunal retorció la pesadilla que estaba viviendo en vida. Su sed le decía que tenía que buscar alimentos, el rayo del sol que pronto iba bajando le decía que aún tenía que esperar. Pero no podía y se acercó a la puerta, no obstante no pudo llegar, cuando la luz rozó su pierna derecha el dolor la embriagó. Y fue en ese instante, luego de morder sus labios y probar la sangre que había quedado pegada a sus labios, cuando supo que se había convertido en algo que no podía ser real. Cuando se acercó nuevamente a la cama, observó sus secreciones sobre las sabanas, su piel estaba cambiando, parecía dura y cuando observó una vez más a su pequeño Eirik sobre el suelo notó que las lágrimas que estaban cayendo de sus ojos eran de un rosa transparente. Y tembló, tembló y sufrió sin importarle el hambre que tenía, abrazado al cadáver de aquel niño de ojos celestes. El tiempo era impredecible, los años pasaron lentamente para Darina, quien aprendió sus leyes naturales con prueba y error. Intoxicándose al beber de los muertos, quemándose cuando el sol la acariciaba. Gimiendo de dolor cuando la madera la lastimaba. Se escondió de todos y por mucho tiempo, en cuevas, bajo la tierra, deseando morir pero sin animarse a hacerlo realmente. Luego de diez años supo que realmente nunca envejecería y así vagó, sin trabajo, sin deseos de ninguna cosa material a su alrededor. Tan solo ella y su tristeza, su pasado, uno que no volvería a tener y que tampoco comprendía. ¿Cómo había llegado a pasarle todo eso a ella? ¿En qué momento cometió tan grave error contra la divinidad y sus creencias? Quizá nunca se enteraría, pero mientras tanto, los años no la esperaban. Y aunque lentamente encontró una estabilidad en la existencia, jamás pudo quedarse en un solo lugar por más de una década.



Poderes


→ Habilidades: Sigilo, sentidos aumentados, buenos reflejos, agilidad, flexibilidad, velocidad y fuerza sobrehumana.
→ Atributos: Colmillos afilados, uñas afiladas (en algunos casos), piel y cuerpo resistentes (aunque suave al tacto y a la vista), e inmortalidad.
→ Sanación acelerada: Habilidad para sanar rápidamente heridas y contusiones no tan graves (esto no aplica al desmembramiento, si les arrancan un brazo, el brazo no volverá a crecer). El tiempo de recuperación varía según el personaje y la gravedad de la herida o lesión. Cuando se trata de balas de plata o fuego pueden morir si las heridas son muy graves.
→ Percepción del aura: Habilidad para ver las auras de otros seres, cuyos colores indican su humor, identidad y nivel de hostilidad, de este modo saben si están bajo amenaza. Este poder también les permite reconocer a otros vampiros e identificar a los licántropos gracias a su aura colorada y su característico olor.

→ Clarividencia: Habilidad para ver y oír sucesos a distancia. Este poder se activa de forma instantánea y sólo tiene que concentrarse en un lugar o persona para ver y oír lo que sucede a su alrededor. Las visiones pueden ser pasadas o presentes.
→ Ilusión: Capacidad para alterar la relativamente la realidad por medio de alguna ilusión, algo no real para confundir a las personas.
→ Inflingir dolor por medio de la mente: Capacidad que consiste en infringir dolor a una persona. Esto sólo funciona por medio de la concentración mental y el contacto visual.



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Darina Yngling
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Re: ○Darina Yngling○

Mensaje por Invitado el Lun Jun 27, 2016 11:57 am

FICHA APROBADA
bienvenido/a a victorian vampires
¡ENHORABUENA! YA ERES PARTE DE VICTORIAN VAMPIRES Y TE DAMOS LA MÁS CORDIAL BIENVENIDA.

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