Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Ultraviolence → Privado

Mensaje por Yves Poulenc el Lun Jul 11, 2016 8:22 pm


“The kingdom of shadow and death is my kingdom.
I howl desperately, but in vain. My unrecognized cry is dispersed in the endless desert. It roars, it thunders, but the only response is a mournful echo.”
— Renzo Novatore, Spiritual Perversity


Una noche antes, Yves mordió adrede a Alix mientras, desnuda, se retorcía entre sus brazos en su cama de sábanas de algodón egipcio. La había mordido en el hombro, con fuerza y saña, para dejarla marcada, porque esa noche, un día después, iría a cumplir su misión con Deleuze, ese maldito viejo pervertido que los mellizos habían marcado como su próxima víctima. Ah, pero aquella huella la había hecho meticulosamente a pesar de la inquina. Una mordedura que no desaparecería en varios días, que incluso la había hecho sangrar un poco, en el punto exacto para que su hermana aún pudiera vestir un escote provocador, sin delatarla.

Por comodidad, el chico había arreglado que el poco brillante Deleuze asistiera a su casa. Era más fácil matarlo y hacer el ritual ahí, que tratar de mover el cadáver y no conseguirlo a tiempo. Ese tipo de ritos requerían un posicionamiento muy específico de las estrellas, mismas que se alinearían para su beneficio esa noche, pero sólo de cierta hora a cierta hora, no podían perder tiempo.

Aunque le incomodaba entregar a Alix de aquella forma, sabía que era el modo más sencillo, y que su hermana sabía defenderse. Si no fuera una mujer de esa calaña como era, seguramente no la amaría como lo hacía. Así de fácil. Rondó en las cercanías del salón que albergaba a Deleuze con su hermana. Había preparado todo para que se tratara de una noche perfecta. Una puesta en escena magnífica y decadente, que engañara bien al hombre, que le diera indicio de aquellas atenciones iban a dirigir a la alcoba. Le repugnaba pensar en eso, sin embargo, así era. Y era una promesa que no se iba a cumplir.

Un reloj de pie, con su dorado péndulo yendo y viniendo, le indicó que la hora se acercaba, así que dirigió sus pasos a la puerta, donde tomó la perilla, sin girarla. El silencio de su lado era inquietante, casi antinatural, del otro lado, si se acercaba lo suficiente, podía escuchar las voces amortiguadas de ambos. Deleuze con más copas de la cuenta, su hermana riendo falsamente de malos chistes. Pudo imaginárselos, él acercándose cada vez más a ella, a su preciosa Alix, ella manteniendo su papel. La furia llegó como ramalazo y estuvo apunto de abrir y arruinarlo todo. Pero se contuvo, quién sabe de qué recóndito lugar del infierno sacó fuerza, pero se abstuvo de hacerlo.

Pegó la frente a la puerta, aguardando el momento, la señal que con su hermana había pactado. Esperaba, sólo esperaba que Alix no se le adelantara y lo matara ella. Quería hacerlo él, en ese instante más que nunca que sabía que tenía sus sucias y gordas manos sobre la mujer que él amaba. Su reina consorte para gobernar en el inframundo.


Última edición por Yves Poulenc el Dom Jul 31, 2016 3:26 am, editado 1 vez


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Re: Ultraviolence → Privado

Mensaje por Alix Poulenc el Dom Jul 17, 2016 9:09 am

“Once you make a decision,
the universe conspires to make it happen.”
― Ralph Waldo Emerson











Alix era una mujer pasional y dominante, con sus amantes, con su hermano, sobre todo con este último. Le gustaba saber que tenía el control de todo, tenía la capacidad de plantar una idea y hacerle creer que había sido propia. Ahora sabrán quien tuvo la idea de compartir lecho el uno con el otro.

Siendo así de dominante como era, perder el control, aunque fuera en lo mas mínimo, le provocaba dolor de cabeza. Pero con Yves, ¡él la hacía perder la cabeza! Se dejaba llevar a lo mas primitivo de sus instintos, en la cama, entre sus brazos, podía mostrarse como una amante pasiva que retomaba las riendas cuando algo se salía de control.

Se miró al espejo y exhaló con fuerza, esa marca sobre su hombro derecho, la dentadura de Yves marcada a la perfección sobre su piel, los bordes edematizados y violáceos, el centro de un tono mas obscuro. Los celos de su mellizo podrían haberles costado mucho, el ritual, el poder, la tranquilidad de seguir juntos; por suerte, aquello solo fue un acto infantil, un recordatorio de seguridad para Yves de que Alix era y seguiría siendo suya. Se pasó los dedos por la marca y sonrió levemente.

Terminó de arreglarse, se vistió con un vestido de seda verde olivo, de escote curvo que se alzaba en dos tirantes gruesos, los cuales seguían por su espalda hasta uniste en otro escote a media espalda. La marca quedó oculta debajo del grueso tirante. Alix se llevó la mano al hombro una vez que estuvo lista.

La sola idea de tener que fingir una sonrisa frente al hombre en cuestión, era buena mintiendo, el cielo y el infierno sabían que si, pero eso no significara que no le costara.

La discusión sobre el lugar donde deberían llevar a cabo el ritual resonó en su cabeza en cuanto atendió la puerta principal, la voz de Yves defendiendo el punto de la eficacia de hacerlo en casa resonó en su cabeza cuando dejó entrar al asqueroso humano. Alix era una manipuladora, una sociópata que sabía obtener lo que quería, por lo que solo hizo falta una mirada, una sonrisa y una pequeña insinuación para que aquel hombre se encaminara a la alcoba.

Llevaba la copa en la mano, las risas resonaban como ecos a la par que subían las escalinatas de mármol, la mirada de Alix se dirigió a la puerta al final del pasillo, apenas abierta, en donde sus ojos se encontraron con unos que reconocería así la luz del sol se extinguiera, un brillo fugaz le indicó que su hermano estaba allí, al acecho.

Las manos ásperas y dedos gruesos de aquel hombre recorrieron su espalda, aquel roce tuvo una respuesta en ella, misma que no pudo esconder con facilidad, el estómago se contrajo y las nauseas se apoderaron de ella, él se inclinó y la obligó a reclinarse sobre la cama, el peso del cuerpo ajeno, tan diferente al de su hermano, tomó todas sus fuerzas para no aventarle y clavarle la daga oculta bajo el colchón en el pecho.

▬Monsieur Deleuze - llevó ambas manos al pecho del hombre empujándolo con suavidad para alejarlo de ella. Respiró profundo, sabía que su hermano estaba detrás de la puerta, escuchando, esperando ▬Quisiera hacerle una pregunta, si no le incomoda - se levantó de la cama, y le dio la espalda, él hombre la miró confundido pero a la vez, excitado ante la figura femenina que se contoneaba ligeramente ▬¿Cree en Dios? Me refiero a ¿cree que él nos de un propósito en esta vida? - miró por sobre su hombro, seductora, provocativa; la mirada del hombre embelesado le dio la pauta para continuar ▬Siempre me he preguntado ¿es él quien dirige nuestra vida? Unos pobres, otros ricos, exitosos, olvidados ¿son todos iguales para él? - se mordió el labio inferior, ahora la mirada deseosa del regordete hombre era mas bien confusa ▬Usted ¿cree que tenga algo especial aguardándole? - la mano izquierda de la bruja se dirigió a su hombro derecho, deslizando el tirante hacia abajo, dejando al descubierto la piel, el entusiasmo del hombre regresó a su rostro y atontado se puso de pie balbuceando cosas que para Alix, no fueron importantes ▬Le diré algo Monsieur Deleuze, yo se cual es su propósito, su destino… - se giró para quedar frente a él, la marca de la dentadura de Yves llamó la atención del hombre, quien, con mirada perversa, la tomó por la cintura ▬Usted ha sido elegido, él le esta sonriendo, esta esperando que abrace tal destino, pero hay un pequeño inconveniente, al menos para usted, quien lo planeó, no es Dios, no es un ser benévolo… - una sonrisa perversa adornó los curvos labios de la bruja, un brillo lleno de malicia iluminó sus ojos ▬Belial… - pronunció con firmeza, apartando al hombre de ella mientras la puerta de la habitación se abría dejando entrar al hijo elegido por el infierno, a su imagen y semejanza, a su otra mitad.



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Re: Ultraviolence → Privado

Mensaje por Yves Poulenc el Mar Ago 02, 2016 10:01 pm


“Blood coated,
world despoiler,
the master of a devils march.”
— 1349, I Am Abomination


Era así. Ella pronunciaba el nombre marcado, y él acudía como el demonio invocado. Ni antes, ni después. Sino en el momento preciso. Ambos, tan unidos como un solo ente, poseían la precisión digna de un reloj para ejecutar sus macabros planes. Yves era un hombre que priorizaba la practicidad al arte, y aún así, existía algo oscuramente bello en todo lo que hacía. Un cráneo coronado en oro o un cuervo portando el estandarte de la muerte.

Escuchó a su hermana. Su discurso sutil y terrible que augura la peor de las condenas. Aguardó y sólo fue capaz de hacerlo porque esa voz, detrás de la puerta como un secreto a punto de ser descubierto, lo sosegaba. Como había sido siempre; Alix lo calmaba como un demonio calma a un lobo. Tomó aire, listo para actuar y cuando exhaló, abrió finalmente la puerta.

Dio sólo un paso y los vio. Trató de no pensar mucho en lo que había estado pasando antes. Con sangre, fuego y muerte purificaría a su hermana una vez que terminaran. Sonrió como el Diablo mismo. No iba armado, y no le hacía falta. Un movimiento de sus largos dedos y las sombras y las almas en pena acudieron a él. Deleuze al otro lado de la habitación, se puso de pie tan rápido como su rechoncho cuerpo se lo permitió.

Pero qué dices Alix —habló con un tono cándido que daba aún más escalofríos. Su invitado se notaba realmente confundido—, nuestro señor claro que es benévolo, sólo que no con seres como el caballero que nos acompaña —impregnó de la educación digna de un Poulenc aquellas palabras. Siguió avanzando hasta verse reflejado en los ojos bien abiertos del hombre.

Dinos lo que queremos escuchar y vivirás —se inclinó para verlo más de cerca; cada arruga y cada cana. Soslayó a su hermana apenas un segundo. Sólo estaba jugando, no importaba lo que el viejo pudiera o no decir, nada iba a salvarlo, pero Yves era cruel y le gustaba jugar a ser un dios misericordioso, sólo porque eso reafirmaba su poder.

Al mismo tiempo, las sombras se arremolinaron a su alrededor como un huracán en medio de vasto océano y se prendaron de los pies de Deleuze hasta las rodillas, impidiéndole moverse.

Pero… ¿qué es esto? —El hombre exclamó al fin, luchando por despegar los pies del suelo—. ¡Exijo ahora mismo que me liberen!

No lo has entendido, ¿verdad? No estás en posición de ordenarnos —Yves se irguió en toda su estatura. Un movimiento de sus dedos y el agarre de sombras que sometía al hombre se hizo más fuerte—. Dínoslo, y serás libre.

No sé qué quieren que les diga —el hombre seguía aterrado y podía notarse en las gotas de sudor que perlaban su frente—. Pero tengan por seguro… —señaló con su gordo dedo índice derecho a Yves—, que cuando esto termine, iré de inmediato con la Inquisición. ¡Son el demonio! Y unos malditos pervertidos que yacen el uno con el otro, ¡yo lo sé y todo mundo lo sabrá ahora!

Eso, mi querido Monsieur, es verdad. Somos el demonio. ¿Y cuándo has escuchado tú de un demonio clemente? Y sí, amo a mi hermana porque sólo un Poulenc es digno de otro —las sombras comenzaron a trepar como serpientes por el cuerpo de Deleuze, pero se detuvieron en el cuello y en los hombros. Su garganta y su rostro quedaron libres—. ¿Nos lo dirá? —Yves abrió más los ojos, y de ese modo, lucía más demente que de costumbre.

No entiendo… —comenzó el hombre nuevamente. El joven Poulenc echó entonces un vistazo más evidente a su hermana y tensó las mandíbulas—. ¿Eso? ¿Eso? ¡Su hermana es muy hermosa! Usted lo sabe, también ha caído rendido a sus pies... —comenzó a tratar de defenderse.

¿Incluso cuando era una niña, maldito infame? —La tranquilidad en Yves se vio sustituida por el más puro y el más primitivo de los enojos. Levantó una mano y cerró el puño, las sombras siguieron su camino ascendente y comenzaron a meterse por boca, nariz y ojos de Deleuze—. Esto no te va a matar, sólo te hará sufrir… mucho —sonó completamente extasiado—. Quien te va a matar es mi hermana —continuó la tortura. Los gritos del hombre ya no se escuchaban, pues ya no podía ni hablar.

Giró el rostro y vio a Alix, era su turno.


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Re: Ultraviolence → Privado

Mensaje por Alix Poulenc el Miér Ago 17, 2016 10:18 pm

“Worshiping the Devil is no more insane than worshiping God...
It is precisely at the moment when positivism is at its high-water mark
that mysticism stirs into life and the follies of occultism begin.”
― Joris-Karl Huysmans












Dio un paso atrás, lo suficiente para darle la entrada merecida a tal espectro infernal, mas no se quitó de escena. Los movimientos de uno eran reflejo del otro, un paso con el pie derecho el espejo lo daba con el izquierdo, una sonrisa macabra se dibujó en el rostro de la hechicera.

No le refutó a su hermano, no ahora, no lo haría, asintió con la cabeza clavando fugazmente la mirada en la ajena y similar cuando este escupió falsas promesas. La muerte rápida sería un juicio demasiado limpio, algo que ellos no sabían otorgar.

Las sombras que su hermano invocaba, se paseaban por entre sus piernas y debajo del vestido, subían y la acariciaban con temor, como si al hacerlo supieran del fatal destino, para después ceñirse con fuerza al obeso cuerpo del mortal frente a ellos. La expresión de terror en ese regordete rostro fue un deleite para Alix, miró de reojo a su hermano, tan elocuente, pendenciero, tan maldita y endemoniadamente atractivo con aquel rostro sereno y temible; se mordió con suavidad el labio inferior para controlar las ganas de abalanzarse sobre él en ese instante.

La molesta voz de aquel hombre la hizo recordar que no estaban solos, que esa mísera alma malgastaba el aire en la habitación. Rodó los ojos en blanco y apretó las manos en puño.

Escuchó aquella discusión que mas bien era un monologo en donde el protagonista solo gastaba saliva sin llegar a ninguna parte. No pido evitar reír ligera y burlonamente ante la insignificante amenaza que intentaba elaborar aquel hombre, dio un paso al frente, contoneando la cadera a su paso. Se posó detrás de su hermano cuando este comenzó a hablar, acarició ligeramente el hombro de su mellizo y después quedo justo a su lado.

Pudo sentir la ira manando de cada poro de su hermano, asco, eso era lo que ella sentía al escuchar aquella confesión. Fueron años de lascivas miradas, de comentarios impropios y fuera de lugar, no que Alix creciera acomplejada por ello, menos fuerte, temerosa, no, solo hizo que planeara la venganza con mayor cuidado y dedicación.

▬Shhhhh - colocó uno de sus finos y largos dedos sobre los labios de aquel hombre que únicamente emitían gemidos. Dio un paso al frente cuando Yves le cedió el control de la situación ▬Cualquier tipo de sonido que emita, es realmente molesto - se inclinó un poco, las sombras parecieron rendirse ante ella, liberando la garganta del hombre mas no disipándose ▬¿Cuantas? - el hombre la miró confundido ▬¿Cuantas fueron las doncellas a las que sus asquerosas manos tocaron? ¿cuantos mas recibieron de su lengua palabras de deseo? - entonces comprendió, aquel mísero hombre comprendió, sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas ▬Yo nunca, no... - Alix movió un solo dedo y las sombras, como agujas, presionaron la garganta del hombre ▬Lo lamento, ¡por favor! ¡PIEDAD! - le daba asco.

Los ojos de la hechicera brillaron inusualmente ▬Agión, Tetragram, vaycheen, stimilamato y ezpares... - comenzó a pronunciar en voz baja, las pupilas parecieron dilatarse de mas, el color olivo del iris desapareció por completo ▬Retragammaton oryoram irion erglión existión - el negro se expandió hasta que la conjuntiva blanca se tiñó de aquel tono, se alejó lentamente, las sombras se aglomeraron en la boca de aquel hombre que gritaba y lloraba desahuciado, inundaron su garganta evitando que cualquier tipo de sonido saliera de ella ▬Eryona onera brasin movn messia, soler Emmanuel Sabast Adonay - las manos de la hechicera se cubrieron de flamas color violeta.

▬Suplica... - pero ella sabía que no podría, el hombre lo intentó, las yugulares se hincharon por el esfuerzo. Un movimiento fino de sus manos y las flamas brincaron hacia el pecho del hombre, intentó gritar mas fuerte y solo logro hacer que los ojos se inyectaran con sangre acumulada, misma que comenzó a brotar por sus poros, por los lagrimales ▬Faeal - las llamas del pecho cambiaron de forma, dejaron de bailar y se volvieron rígidas clavándose como agujas en el sitio donde estaban, cerró la mano en puño y estas finalizaron su camino.

Aún jadeaba, la sangre escurría por su rostro, las sombras se retrajeron saliendo del interior del hombre y regresando a quien las invocó en primer lugar. Aún faltaba lo mas importante, giró el rostro poseído hacia su gemelo, él debía completarlo.




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Re: Ultraviolence → Privado

Mensaje por Yves Poulenc el Jue Sep 01, 2016 9:39 pm


“Blessed are the destroyers of false hope, for they are the true Messiahs
- Cursed are the god-adorers, for they shall be shorn sheep!”
― Anton Szandor LaVey, The Satanic Bible


Decir que Yves amaba a su hermana era darle muy poco crédito. Yves estaba obsesionado con su hermana. Alix era su única razón para existir. Su maestra, su amiga, su confidente, su amante, su madre y su hija. Era todo. Y verla de aquel modo era el punto más álgido de su incorrecta pasión. No sólo se daba cuenta de que ella, en verdad, era la única mujer para él, sino que lograba excitarlo. De manera física. Ver a su hermana matar era una imagen de belleza y demencia que simplemente lo dominaba. Y también, el recuerdo de la primera vez que se entregó a él, y viceversa. Anatema ambos. Consumando lo más herético, sobre el espejo que la sangre de su propio padre formaba en el suelo. Carne de su carne. Sangre de su sangre.

De ese modo, el ceñido pantalón, confeccionado a la medida para él, comenzó a incomodarle en la entrepierna mientras su hermana torturaba a Deleuze. Dio un respingo cuando ella comenzó el pacto y el poder que viene del infierno se apoderó de ella. Rio, aunque incómodo por sus propias reacciones, cuando el hombre intentó pedir piedad.

La llama violeta se reflejó en sus ojos, y en el precioso y perfecto rostro de Alix. Estaba viéndola a ella cuando finalmente lo había matado. Y sonrió satisfecho. Si iba a gobernar el inframundo, no había mejor reina que su hermana. Sintió también el poder de las sombras regresar a él y ello le hizo relajar la posición, se dio cuenta que había estado tensando los músculos. Finalmente vio a la víctima en turno, sangrando, con aquellas agujas de amatista cruzándole el cuerpo. Regando su asquerosa sangre sobre ese suelo sagrado, el de su casa.

Se movió alrededor de Alix. Acarició su rostro y la besó fugazmente antes de volverse de nuevo ante lo que pronto sería un cadáver, pues Deleuze aún tenía espasmos y convulsiones. Le repugnó eso, pero sabía que era una pieza importante para su plan.

Te adoro, te invoco —finalmente dijo con voz sepulcral. Como si anunciara el final de los tiempos. Como un dragón que escupe fuego.

La temperatura de la habitación bajó considerablemente, le heló la sangre y le caló los huesos. Pero era un frío que se sentía diferente, como si viniera desde dentro de las entrañas. Las velas se apagaron todas al mismo tiempo. La oscuridad se apoderó de la habitación, y en ese instante, pareció que del mundo entero.

Heme aquí, ¿qué quieres? ¿Por qué turbas mi reposo? Respóndeme —una demandante y ronca voz respondió. Sonaba al trueno y al terremoto. Baja y cavernosa como la misma noche. Yves mismo sabía que estaba ante la presencia de uno de los demonios más poderosos que iba a conocer. Otro, sin embargo, le había dado su protección. Escondida en el bolsillo de su saco, la moneda de Arioch le brindaba más seguridad.

Lucífago Rofocale —musitó Yves, encantado con el hecho de que el demonio hubiera aparecido. Invocar uno a dos voces era difícil, pero juntos lo habían hecho tantas veces que veía casi imposible hacerlo solo—. Archidemonio, señor de los infiernos, somos tus humildes siervos —se llevó una mano al pecho e hizo una reverencia.

No hubo respuesta. Yves se irguió de nuevo, echó un vistazo a Alix y se acercó al muerto. Lo observó un segundo o dos, y luego se agachó para observarlo de cerca.

El libro, ¿lo tienes? —Preguntó a su melliza. La sangre de Deleuze serviría para inscribir las peticiones que tuvieran que hacerle a Lucífago Rofocale.


Última edición por Yves Poulenc el Lun Oct 10, 2016 8:23 pm, editado 1 vez


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Re: Ultraviolence → Privado

Mensaje por Alix Poulenc el Dom Sep 18, 2016 12:27 pm

“To the well-organized mind, death is but the next great adventure.”
― J.K. Rowling, Harry Potter and the Sorcerer's Stone













La voz de su hermano resonó cual suplica fantasmal, un llamado de ultratumba que despierta hasta a los mismos demonios, y eso hacía, perturbarlos, invocarlos, obligarlos a manifestarse frente a ellos, uno diferente de acuerdo a sus peticiones, de acuerdo a la ofrenda. Alix se hincó y agachó la cabeza.

Escuchó la ronca voz, esa que llenó el cuarto y provocó los vellos de su piel se erizaran, no tenía miedo, era mas excitación que otra cosa. Alzó el rostro con lentitud sin cambiar aquella posición de sumisión ante la bestia formada frente a ellos. Ese era trabajo de Yves, aunque de ella recibieran ofrenda, quien debía hacer la petición era él, el primogénito, el heredero. La mirada oliva se perdió en el fuego de las cuencas vacías que la miraron con complacencia.

Tragó grueso al escuchar la nada llenar el cuarto, si no le agradaba, si las súplicas no eran de su agrado, perderían la oportunidad. Deslizó la mano hasta la pata de la silla donde estaba la ofrenda, la sangre aún chorreaba cálida por los dedos regordetes de aquel ser inservible pero lleno de pecado; tomó el libro de tapas de cuero negro con un pentagrama grabado en la portada y se lo entregó a Yves.

Solo entonces, cuando escuchó una especie de mugido proveniente del demonio invocado, se puso de pie colocándose al lado de su gemelo mientras este escribía las peticiones en el libro con la sangre de Deleuze ▬Te hemos hecho venir para pactar contigo y si no me lo concedes, te atormentaré con las potentes palabras de la Clavícula - una risa macabra llenó el recinto y Alix sonrió, su mano izquierda estaba posada en la espalda de su hermano y al oírle reír, presionó ligeramente ▬No accederé a tu demanda a menos que me vendas tu alma y tu cuerpo para poder disponer de ellos dentro de veinte años y por toda la eternidad - aquella era la parte que le correspondía a Alix.

Miró de reojo a su hermano y asintió, se agachó para tomar la daga de obsidiana, tomó la mano de su hermano y cortó la palma ajena al tiempo que cortaba la propia, elevó el libro hacia el Lucífago y alentó a su gemelo a leer el pacto, sabía que él no querría entregar el cuerpo y alma de su hermana, pero era la parte que le correspondía a Alix, era para lo cual habían planeado esto, y tratos, habían muchos, ya sabría ella robar mas tiempo y engañar al mismo diablo aunque eso tuviera mayores consecuencias.


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Re: Ultraviolence → Privado

Mensaje por Yves Poulenc el Lun Oct 10, 2016 9:22 pm


“When the stars threw down their spears, and watered heaven with their tears, did he smile his work to see? Did he who made the Lamb make thee?”
― William Blake, Songs of Innocence and of Experience


Quizá incluso entre demonios se había corrido la voz. El rumor, la historia de los hermanos terrenales que han vendido su alma a tantos diablos que ya no les queda nada, y tal vez por eso fue que Lucífago, el que devora la luz, acudió al llamado tan pronto, porque los Poulenc no se echaban para atrás, y eran servidores fieles. ¿Qué había que perder? Daban poder a los pecados con el propio —muerte, incesto— y a cambio obtenía eso mismo. Era un trato justo, para personas como ellos que ya no temen a nada y lo han visto todo.

Se irguió y recibió el libro. Aquel viejo tomo que él había descubierto en la biblioteca del Aquelarre. Se preguntó cuántos antes que ellos habían invocado a estos demonios. Incluso entre su gente, lo que hacían era un tabú, a veces imperdonable, así que supuso que no demasiados al pasar de los siglos. Rozó las manos de Alix adrede y continuó con su labor. Tomó la sangre regada que había recolectado para inscribir una nueva página en el libro. Escuchó entonces a su melliza, que continuaba con el ritual. Le dirigió una mirada ante las palabras del demonio, como preguntándole con los ojos si estaba segura. Sin embargo, ella no titubeó y fue a por la daga.

Con el libro en una mano, estiró la otra, para ser herido. Era parte del ritual. Cuando planearon esa noche, él así había recibido a su hermana, con una herida en la mano, provocada por los cristales de un vaso roto. En esta ocasión era distinto. Silbó de dolor, y comenzó a arderle de inmediato, pero no se movió. No había duda en su semblante. Reaccionó, cuando se dio cuenta que era su turno, ambos con el viejo ejemplar elevado en la oscuridad. Carraspeó y sintió su propia sangre escurrirle por el brazo y hasta el codo.

Te lo ruego ¡oh gran Adonay, Eloim, Ariel y Jehavam! Que me seas propicios y que le des a estas manos; que hemos cortado con la fuerza y la virtud de Jacob, de Moisés y del Gran Josué. Te ruego también, ¡oh gran Adonay, Eloim, Ariel y Jehovam! Te ruego te comuniques a estas manos toda la fuerza de Sansón, la inmensa energía de Emmanuel y los rayos del gran Zariataumit, que vengarán las Injurias de los hombres el gran día del juicio. Amén —terminó sin aliento, como si en ello le hubiera ido mucho energía.

Las agujas amatista en el cuerpo de Deleuze destellaron siniestras y les proporcionaron una mustia luz morada. El libro comenzó a cambiarse rápidamente de página, como si un fuerte viento hubiera llegado de la nada. Y se detuvo en un punto. Yves se asomó para ver qué era lo que les decía.

«Os regocijaréis en honor y gloria del Gran Adonay.
Por el poder del gran Adonay, Eloim, Ariel y Jehovam, atraeréis todas las materias queréis; por el poder del gran Adonay, Eloim, Ariel y Jehovam, podréis separar todas las materias como fueron separadas el día de la creación del mundo.»


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Yves Poulenc
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