Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Ennui → Privado

Mensaje por Oleg Borodin el Lun Jul 11, 2016 11:20 pm


Ennui [ahn-wee]
(noun) French. A feeling of utter weariness and discontent resulting from satiety or lack of interest; boredom.


Creía que tenía las cosas bajo control, pero era obvio que no. Oleg jamás había sido una persona que recurriera a salidas fáciles, en este caso, el alcohol. No había sido educado para ello y en todo caso, su eterno deseo de hacer bien las cosas, no se lo permitía. Pero en aquella ocasión las salidas se le estaban cerrando, una a una y de a poco. Y aunque trató de pasar desapercibido en un sitio como aquel, no lo logró. Y es que todo en él era demasiado medido y estudiado, pulcro y en su lugar. Nada que ver con los parroquianos que a esa hora de la noche ya cantaban canciones beodas. Bufó, disgustado y dejó el vaso de absenta a un lado; su condición de cambiante lo hacía más resistente al alcohol así que estaba lejos de estar ebrio. Todo aquello había sido en vano.

Se puso de pie y buscó en sus bolsillos dinero para pagar. Dejó un montón de monedas de oro sobre la barra. Al menos, creyó para no sentirse tan mal, se había alejado de la casa que tenía que compartir con esa chiquilla, el motivo de sus tribulaciones. Evgeniya era un problema que se estaba saliendo de control y no tenía cómo solucionarlo. Gruñó y en aquel gesto fue más el gato que habitaba dentro de él, que el profesor Borodin.

Al girarse chocó con alguien. Había sido su descuido, pero por supuesto que Oleg no aceptaba que él se equivocaba. Espetó algo en ruso y se miró su ropa que, aunque más discreta de lo usual, seguía siendo elegante y fina. Al comprobar que no estaba sucio de nada, se tranquilizó un poco.

Lo siento —dijo de mala gana e hizo amago de hacer a un lado bruscamente a ese que se había interpuesto en su camino. Terminó por hacerlo de manera más sutil, aunque aún así hubo algo de grosería en sus movimientos; y se veían incluso fuera de lugar viniendo de él, siempre tan educado y correcto.

Se encaminó a la puerta entonces, aunque el lugar estaba abarrotado. ¿En qué momento había llegado tanta gente? Quiso abrirse paso sin mucho éxito, para más inri de todas sus frustraciones. Rechinó los dientes y entonces sintió una mano asirse a su antebrazo. Casi suelta un golpe, pero al girarse, vio a esa persona con la que había chocado. «Genial», pensó con ironía, le iba a reclamar, o algo peor y no estaba para escenitas de taberna.


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Re: Ennui → Privado

Mensaje por Edvige Diermissen el Miér Ago 17, 2016 11:55 pm


"Bella soy, ¡oh, mortales!, como un sueño de piedra,
y mi seno, que a todos por turno ha torturado, fue hecho para
inspirar al poeta un amor tal como mi materia, inmortal y callado."

—Charles Baudelaire, Las Flores del Mal.



Había llegado a París con un único objetivo: encontrar a su hermana menor. Después de tantos años, finalmente, dio con las pistas necesarias sobre el paradero de aquella de la que fue separada hacía muchos años; le había prometido al espíritu de su madre que permanecerían juntas a pesar de las circunstancias, pero lamentablemente no fue así. Jannick había hecho uso de sus habilidades para retener a Edvige y evitar que encontrara a su hermana. Sin embargo, eso no fue suficiente para detenerla; él jamás lo lograría. Ella era una mujer calculadora y ambiciosa, alguien que era capaz de cualquier cosa para lograr cada una de sus metas. No importaba a quien tuviera que quitar de en medio, sólo se preocupaba que todo saliera conforme a sus planes. No fue culpa de los Calenberg que Edvige tuviera semejante carácter, en realidad, ella siempre había sido así; ellos simplemente alimentaron su ego y permitieron que las espinas en ella fueran formándose.

La ciudad poco le agradó; no le era agraciada en lo absoluto. Aquello era un más de lo mismo, idea que demostró lo profundamente patriota que era, tal y como se lo había inculcado su padre adoptivo. Lord Calenberg era un hombre que defendía, con mucha determinación, los intereses del imperio al que pertenecía. Y con más razón, pues su familia había pertenecido durante varias generaciones a la aristocracia germana, y por esa misma razón, decidió inculcarle aquel sentimiento a sus herederos, incluida Edvige. Pero la ocasión no estaba sujeta para dichos ideales; era algo mucho más personal. Aunque, conociéndose, también hallaría alguna cosa que fuera de beneficio para su linaje. No iba a desperdiciar el tiempo de ninguna manera. Eso hacían las mujeres sumisas, que sólo servían para tejer y adornar un hogar, y ella no era de esas.

Guiada por los espectros, fue a varios puntos de la ciudad. El último era la taberna, que, a pesar de ser un lugar desagradable, le proporcionaría algo valioso. Así que no le quedó más alternativa que ir hasta aquella madriguera de borrachos, ladrones y asesinos a sueldo, sólo por continuar con las instrucciones de los espíritus a quienes había consultado. Atenta a las voces, entró sin mucha preocupación al lugar; una larga túnica negra la cubría de pies a cabeza y sus manos estaban protegidas por guantes del mismo color de la capa. Lo más probable es que no iban a prestarle demasiada atención; al menos que se tratara alguien muy atento y observador; alguien a quien de seguro podría agregar a su lista de intereses.

Cubrió perfectamente su rostro, pero con el alboroto, y el poco espacio que había para transitar libremente, tropezó con una persona. No se iba a molestar en disculparse; no obstante, sus espíritus la detuvieron. «Ese… Él». Las voces fueron claras e hicieron que se diera media vuelta, mientras, un espectro detenía al hombre, jalándolo por el brazo, y Edvige sólo le miró, quitándose la capucha que ocultaba su identidad.

—Lo lamento, caballero —habló con evidente acento germano—. No estoy acostumbrada a estar rodeada de personas —le miró de arriba abajo, ateniendo a la calidad de la ropa que vestía el hombre—, y supongo que usted tampoco.

Sonrió con esa picardía en su mirada, la misma que usaba para atraer a alguien, para destruirlo, obviamente.

—Es más, debido a mi torpeza, le invitó un trago. Ya sé que no es lo más educado, pero dado el sitio en el que estamos, no creo que pueda ofrecerle otra cosa —agregó, sin que la sonrisa en sus labios se borrara en ningún momento. La cacería había comenzado.



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Re: Ennui → Privado

Mensaje por Oleg Borodin el Dom Oct 09, 2016 9:24 pm


“Human curiosity, the urge to know, is a powerful force and is perhaps the best secret weapon of all in the struggle to unravel the workings of the natural world.”
— Aaron Klug


Pudo apreciar que no era la mano de la mujer que ahora tenía enfrente quien lo sostenía, pero no se amilanó. No hizo gesto alguno, de hecho, su vistazo fue tan discreto y rápido que pareció que no había movido los ojos si quiera. Se quedó ahí, en la misma posición, con aquella nueva presencia, era muy bella y joven, fue lo primero que notó. Eso, y que no era de por ahí. No sólo que no era alguien que acostumbrara sitios como aquel, sino que verdaderamente no era de París, ni de Francia. Sonrió de lado ante las palabras ofrecidas: observadora, anotó mentalmente.

Miró por sobre la cabeza ajena aquel antro de hombres mal encarados, y ellos dos, con una elegancia discordante. Una contradicción que le gustó, sobre todo ahora que no estaba solo. Asintió y se movió para quedar en una posición más relajada y natural.

La verdad no es necesario —cambió totalmente el talante. Ya no había bravuconería en él, sólo una curiosidad que no intentó ocultar. Incluso, algo de galantería. Oleg no era un hombre que buscara a la siguiente mujer con la cual enredarse, de hecho, era bastante raro, pero su educación y elegancia lo hacían lucir siempre caballeroso, cuando no estaba decidido a hacer sentir como basura a las personas, claro—. Sin embargo, voy a aceptar su invitación, sólo porque me parece curioso que usted y yo estemos en un sitio como este —torció la boca en una de esas sonrisa altivas tan usuales en él. Las que solía usar con sus alumnos o ese dolor de cabeza Bonnet.

Oleg Borodin, madeimoselle —se presentó con la pompa común en el estrato social en el que ambos obviamente se movían, pero que ahí, enmarcados por borrachos y mugre, parecía anacrónico—. Un  placer… —hizo una ligera reverencia. Había ido ahí buscando distracción. Evgeniya se estaba convirtiendo en un problema más grande del que podía manejar y eso le disgustaba, pero como pocas veces era, prefería alejar la mente de ello en lugar de encarar el reto.

¿Pasamos? —Hizo un ademán con la mano señalando al interior de la taberna, que era indiferente a ellos dos. Un par de miradas a los catrines que habían invadido el sitio hecho para la gente trabajadora, pero nada más. Al menos, de momento, Oleg no se sintió amenazado. En todo caso, a pesar de su apariencia, e incluso su complexión de hidalgo, podía defenderse con facilidad: ventajas de ser cambiante.

Tomó educadamente a la mujer del codo, un contacto apenas tácito, el correcto, ni un poco más, ni menos. La guio hasta una mesa vacía, la que había estado ocupando hasta antes de su intento de salir de ahí. Le sonrió, antes de jalar la silla para permitir que ella se sentara.

Sólo pondré una condición, que deje que sea yo quien pague por los tragos —continuó. Parecía inusualmente divertido. Y es que la situación entera le parecía extraña, extravagante, y quería saber hasta dónde llegaba esa condición de rareza. Después de todo, como gato y como hombre de academia, era curioso por naturaleza.


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Re: Ennui → Privado

Mensaje por Edvige Diermissen el Vie Dic 30, 2016 3:40 pm


"Una triste perplejidad embargaba al investigador,
ante la duda sobre el motivo que había para tener
a estos tres personajes juntos en una misma ventana."

—M.R. James, El Tesoro del abad Thomas.



Su elegancia estaba por encima de aquella pocilga. Incluso, la fina capa que vestía resaltaba demasiado, junto con ese rostro perfectamente tallado. Y sólo se podía cuestionar una cosa: ¿Qué hacía una mujer así en esa sucia taberna? Que las apariencias no engañen a nadie, ni siquiera al más incauto. Porque, si bien Edvige rebosaba en pura presencia, sus intenciones solían ser tan pútridas como el sitio en donde se encontraba. Es más, ni todos esos hombres juntos superaban la maldad que se refugiaba en el interior de semejante dama. Esa misma malignidad fue la que condujo a Edvige hasta París, llevándola, al cabo de varias noches, a hallar algo desconocido y al que podría sacarle provecho más adelante. Podía sentir la energía de la nefasta victoria recorrer sus venas; ese sabor agridulce paseándose por su paladar. No existía nada más fascinante para ella que cumplir con sus más oscuros deseos. Y para complacerla estaban esos espectros condenados, refiriéndose a personajes puntuales, cumpliendo las órdenes de seres del abismo. Por eso era que la taberna demandaba su presencia, porque debía encontrarse con el errante adecuado. ¡Cuán espontánea se volvió su sonrisa al escuchar las indicaciones del espíritu!

Edvige relajó su postura al momento en que logró capturar la atención del hombre señalado. Su sonrisa lucía complaciente, enigmática, y un poco maliciosa. Sabía usar muy bien sus encantos, logrando resultados favorables, como estaba ocurriendo justo en ese momento. Incluso sus palabras parecían estudiadas y educadas, como las de un ser que no pertenece a este mundo. Ella sobresalía entre la podredumbre de aquellos hombres borrachos, pero no para atraerlos a ellos, sino a alguien que estuviera por encima de todos en el mísero local.

—Quizás las Parcas se hayan encargado de esta coincidencia, ¿no lo cree? —aseguró, poniendo en manifiesto sus propios dones, los cuales era imposible ignorar y menos en el caso de aquel caballero—. Oleg, que perfecto y adecuado nombre para alguien como usted. Es bueno no toparse siempre con puros franceses en una capital tan pomposa como París. —Le halagó reconociendo que todo lo que sobresalía en él era el orgullo—. Pensaba regresar por donde vine, pero no me puedo negar a tan oportuna invitación.

Aceptó la proposición del hombre sin ningún prejuicio que la detuviera. El simple hecho de estar casada nunca había sido problema para ella, y menos cuando sus planes requerían que se paseara libremente, demostrando ser una mujer libre y de mente abierta.

Ambos avanzaron hacia una mesa desocupada. Lo hicieron de una manera que podía llamar la atención de cualquier curioso; pero, para la suerte de la misma Edvige, no había ninguno merodeando cerca, pues su elaborado plan los necesitaba lejos. Y más cuando las cosas estaban marchando con viento en popa, tal y como quería. Por eso no podía bajar la guardia, debía seguir fingiendo, utilizando sus dones a su favor. Y no, no se trataba de hechizos esta vez, sino de su capacidad de convencimiento al tener belleza, cultura y suspicacia.

—Vaya, un caballero que tiene sus modales bien fundamentados —le halagó, quizás con un tono coqueto y muy instruido—. Pero me gustaría convencerlo de algo, si es que me lo permite. —Se recogió el cabello en una pequeña y elaborada coleta. Hasta en esa simple acción actuaba con finura—. Para mí no existe ningún prejuicio en pagar las bebidas que le he invitado. Una mujer no debe acostumbrarse a que un caballero tenga que encargarse de todo —le aseguró—. Es más, la cuenta debería dividirse entre los dos. Paga una parte usted y la otra yo, ¿qué le parece? Sería lo más justo, ¿no lo cree?

Estratega, manipuladora... inteligente. Edvige siempre se las apañaba para mover las piezas a su favor, hasta haciendo tratos resultaba un as. Era difícil no fijarse en ella y en esos particulares atributos que la hacían ver como una dama de una época futura.




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Re: Ennui → Privado

Mensaje por Oleg Borodin el Mar Mar 14, 2017 11:16 pm


“Trifles light as air are to the jealous confirmations strong as proofs of holy writ.”
― William Shakespeare, Othello


Eso depende, madeimoselle —respondió tan pronto alcanzaron la mesa vacía—, ¿usted cree que fueron las Parcas? No soy tan escéptico como parezco, sólo quiero conocer qué piensa usted —sonrió, aunque no fue muy abierto en su gesto. Sólo estaba midiendo el terreno, de algún modo. Aunque encantado con la dama, Oleg no dejaba de ser un gato, y eso lo convertía en un sujeto sumamente desconfiado, aunque actuara totalmente indiferente.

Como cambiante, desde luego conocía de otros moradores de la noche, ¿ella sería uno? Aquel encriptado mensaje parecía decirle que sí, pero como exégeta que era, no saltaba a conclusiones así nada más. Podía oler a kilómetros a los vampiros y licántropos (que apestaban como Bonnet), a los suyos los identificaba con sólo verlos. Ella debía ser algo más, algo que no podía identificar así de sencillo. Cabía la posibilidad de que se tratara tan sólo de una altiva y hermosa mortal, pero de ser así, no iba a negarlo, se iba a sentir decepcionado.

Rio apenas ante el halago. Aparte de gato, era ruso, y si algo apreciaban los rusos, era que la gente notara su elegancia y educación. Por años el Imperio estuvo bajo el precepto de que eran unos bárbaros, o eso se creía en el resto de Europa, hace hace algunos años, unos dos siglos, más o menos. Pero, de nuevo, el gesto fue cauteloso y medido.

Una mujer independiente —apuntó—, me agrada. Y bien, usted conoce mi nombre, pero yo desconozco el suyo, ¿acaso mis modales no me han grajeado ese honor? —Preguntó con la misma gallarda caballerosidad que había estado empleando hasta el momento, pero eso sí, impregnó de algo de sarcasmo a sus palabras. El suficiente, no como para que lo tomara como una ofensa.

Está bien, sólo porque gozaré de su presencia acepto el trato. Como pudo ver, estaba por irme, al no encontrar nada interesante —pausó—, hasta ahora, claro —en cada refinado modal de Oleg había algo oculto. Un motivo ulterior. Oleg poseía la asombrosa, terrible capacidad de embaucarte con ese encanto y ese donaire que le venía natural. Sólo para después poder aplastarte, si le placía. Y ese era un error que cometía la gente demasiado a menudo. Se acercaban a él, porque atraía, en invariablemente salían lastimados. Era complicado adivinar si aquello era un mecanismo de defensa o pura cruel diversión.

No quiero sonar cliché, pero no puedo evitar preguntarme qué hace una dama como usted en un sitio como este. No tengo otra forma de preguntarlo, así que, bueno, ahí está, todo un cliché, ¿no? —Y volvió a reír con esa elegancia medida y estudiada. Después de un rato de convivir con él, te dabas cuenta que había algo antinatural en todo eso. Algo que, para el observador, podía ser la señal adecuada para huir.

No obstante, y por ahora, la mujer estaba a salvo. Oleg se encontraba genuinamente intrigado y pretendía mantener la farsa por lo que tuviera que mantenerla. Lo dicho, la noche se estaba tornando aburrida y su presencia era una refrescante brisa de novedad.


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