Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Burn the Ships → Privado

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Burn the Ships → Privado

Mensaje por Stanislav Rachmaninov el Sáb Jul 16, 2016 3:54 am


“Burn the ships, I came to conquer.”


La noche era fresca y como unas manos invisibles, el viento acariciaba el rostro de Stanislav. Sobre todo, subido en aquel naranjo, cuyos frutos comenzaban ya a caer al suelo, pasándose de maduros. Era hábil para esas cosas, después de todo, fue entrenado para la batalla, fuese como fuese. Desde su atalaya improvisada, miraba directo a una ventana con las cortinas recogidas. Conocía bien el interior de aquella habitación.

Uno podría creer que un hombre como él no prestaba atención a los detalles, no cuando su labor parecía ser más grande. Pero ya lo dicen, el diablo está en los detalles y toda su vida, Stanislav había bailado con él. Danzado una vieja canción que requiere de una precisión casi imposible. Suspiró, como si se estuviera haciendo de valor y cerró los ojos. Un segundo más tarde, estuvo en esa misma habitación tiempo atrás, sobre esa cama, con Lorraine encima de él. Su relación, si es que podía llamarse de ese modo, había estado basada en la pasión animal y la soledad, solo eso. No hubo sentimientos frágiles y sutiles involucrados, ni cariño, mucho menos amor. Abrió los ojos cuando la sintió acercarse y eso, su energía delicada, mezclada con los recuerdos que acababa de atizar, provocaron que sintiera esas manos blancas arañando su espalda otra vez.

Aguardó entre las sombras y la vio entrar. Tensó la mandíbula, ¿qué hacía ahí? A hurtadillas, como un cobarde. Una rama, lo suficientemente fuerte para sostenerlo, se extendía lo suficiente para acercarlo y de un salto, entrar. Miró el camino, peligroso como todos los caminos que solía tomar; en cambio, dio media vuelta, saltó del árbol, y se largó calle arriba, entre la neblina de la noche.

***

Durante un par de noches hizo lo mismo. Regresó al naranjo y la vio a través de la ventana. Cerraba los puños tan fuerte avergonzado de su cobardía, que los nudillos se le ponían blancos, y regresaba por donde había venido. A la quinta noche, sin embargo, salió más temprano del lugar donde se hospedaba, el crepúsculo coronaba París, como un halo lo haría con un santo en un fresco de una capilla. Fue a la puerta principal de la residencia Saint-Cricq y ante su presencia ahí, la servidumbre no supo cómo reaccionar. El amo Rachmaninov había regresado. El otro amo Rachmaninov, al menos, pues Georgiy no había ido a ningún lado.

Vengo a ver… —dijo antes de ser interrumpido, no por palabras, sino por una presencia. Podía sentirla a kilómetros de distancia, ¿por qué? La mujer era tan falta de poderes sobrenaturales que incluso le daba pena admitir que había engendrado hijos con ella—. A ti, vengo a verte a ti —la miró cuando se apareció en el recibidor. Clavó sus ojos en los ajenos, preguntando y respondiendo al mismo tiempo.

Echó luego un vistazo a los mozos presentes, y aunque no era su casa, parecía el dueño de la misma. Con aquel gesto, los mayordomos y las damas supieron que era hora de irse. Durante su estadía en esa casa, corta y como hubiera sido, se dio a conocer demasiado bien: irritable, intratable, déspota, terrible. Y una vez solos, caminó en línea recta a ella, a Lorraine, aunque no sabía qué esperar, o qué buscaba.


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Re: Burn the Ships → Privado

Mensaje por Lorraine Saint-Cricq el Sáb Ago 06, 2016 3:49 am

En más de una ocasión había buscado la manera de liberarse del yugo que su madre imponía de forma prepotente hacia ella. Ser hija única resultaba un privilegio en muchos aspectos pero así mismo, conllevaba demasiadas responsabilidades. La madre de Lorraine no era precisamente una mujer modelo y era por dicha razón que en más de una ocasión las charlas entre ambas féminas terminaba en discusión o en largas y extrañas ausencias por parte de su progenitora. La rubia estaba harta de lidiar con ese demonio y a partir de la muerte de su padre cayó en un estado de aparente depresión. En esos días su mejor amigo y a quien consideraba su hermano consanguíneo había partido fuera de la capital, por cuestiones de negocios. Por su mente nunca pasó la idea de que sus días como niña caprichosa terminarían en breve ante la presencia dominante de un hombre llamado Stanislav.

Repudiaba la idea de convertirse en alguien como su progenitora y aunque la servidumbre se cansaba en halagarle y complacer sus demandas, el humor de la francesa empeoraba en días como aquellos, cuando de pie a su ventanal veía con impaciencia la forma en la cual los sutiles frutos del naranjo danzaban a merced de la brisa. Y no es que fuese una redención ante el elemente caprichoso, sino  más bien una batalla continua. Era inevitable no recurrir al paralelismo de aquella relación enfermiza que poco a poco se forjó entre el padre de su hijo y ella, cuando en un lapsus de fragilidad y locura cedieron al placer carnal en más de una ocasión, donde solo el deseo por abrazarse al otro era el único alimento que saciaba esa sed de soledad y resentimiento hacia los demonios que cada uno llevaba a cuestas, ambos habían fungido como salvavidas del otro para no ahogarse.

Cerró las cortinas y se dirigió con suma cautela hacia la habitación de Jerome quien dormía plácidamente. Ante todos esos sentimientos vacíos era quien menos debía pagar, Lorraine estaba consciente de eso y aunque nunca fue una prioridad el convertirse en madre, no quería que él quedara en papel de víctima. Lo que hiciera Stanislav con su vida le tenía sin cuidado, pero si no colocara un pie nuevamente en la mansión se daba por bien servida, poseía suficiente poder para darle una buena vida al niño. Un imprevisto alboroto en la planta baja le despertó de sus cavilaciones. No era momento para visitas aunque Lorraine nunca imaginó que esta no se trataba de una visita cualquiera. Descendió por la enorme escalera de caracol y fue esa distintiva voz grave con aquel acento arraigado que terminó por hacerle explotar.

No era posible que él estuviese ahí, dando órdenes como el amo de la casa.

Se detuvo cuando el resto de la servidumbre se alejaba y aquel hombre encaminaba sus palabras y pasos hacia ella. Había un sinfín de cosas flotando en su cabeza y trató de desatar sus instintos de cólera enseguida. Arqueo una ceja y cuando por fin estuvieron a solas pudo liberar sus palabras.

–Pero que descaro el tuyo de regresar ¿Qué demonios haces aquí? Sabes que no eres bien recibido después de lo que sucedió, así que voy a pedirte que regreses por donde entraste–

Lorraine posó sus orbes en el hombre que parecía no inmutarse ante su mandato, nada nuevo en el trato entre ambos.


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Re: Burn the Ships → Privado

Mensaje por Stanislav Rachmaninov el Mar Ago 16, 2016 10:50 pm


“We ruined ourselves—I have never honestly thought that we ruined each other.”
— F. Scott Fitzgerald, Letter to Zelda Fitzgerald, 1930


Como un coloso que resguarda una ciudad olvidada, de esplendor acaecido como el de la familia Rachmaninov. De ese modo, Stanislav se quedó frente a ella con expresión completamente inescrutable. Si estaba arrepentido o enojado, triste o contento de regresar, nada, absolutamente nada se podía leer en su expresión. A veces creía que Lorraine era quien mejor lo conocía, para su desgracia, pues lo había visto en su punto más bajo, pero luego se recordaba que al amparo de las sombras que fueron testigos de sus encuentros furtivos, muy poco había alcanzado a apreciar en realidad. Y ahí estaba, demasiado seguro de aquel supuesto, una verdad a medias que le servía de bastión. ¿Qué más quedaba? No tenía ninguna otra arma para luchar, y no cabía duda que esa enrevesada relación que tuvieron —o tenían— era eso mismo, una lid constante.

¿Y qué fue exactamente lo que sucedió? —Su máscara de imperturbabilidad se vio rota por una de esas sonrisas que son también un llamado a la guerra. Un estandarte negro. Una espada ensangrentada. Suspiró y pareció relajarse, aunque aquello fue superficial. Cuando estuvo seguro que la servidumbre ya no estaba cerca, continuó—: Esta es la cosa, Lorraine. Georgiy es lo más parecido que tengo a una familia —lo dijo así, fue incapaz de decir «tú y mi hijo son lo más parecido que tengo a una familia», mucho menos hablar de que no tenía ningún sitio al cual acudir.

Que todo estaba consumado. Su venganza contra Chaadayev estaba hecha y con ello, su única razón para existir se había esfumado. Ahora sólo le quedaba tratar de superar a esa sabandija de su primo, y no iba a conseguirlo si no sabía sus alcances actuales.

Siguiendo esa lógica, el muy tonto te considera a ti la suya, así que… pensé, ¿a dónde he de ir si no es con mi familia? —Aunque serio, el sarcasmo pululó en sus palabras. Un discurso ponzoñoso que manó de una vieja herida. Pero es que Stanislav tenía aún demasiadas que todavía sangraban. Podía parecer una fuerza inamovible, y era precisamente por eso que resultaba tan sencillo darle una estocada tan certera.

¿En realidad creyó que iba a ser tan fácil? No, no era idiota. Al contrario, de no haber encontrado oposición, se habría sentido decepcionado. No iba a mentirse, por algo esa mujer lo había atraído en un inicio, tan parecida a él, y tan diferente. Si fuera alguien sin complicaciones, jamás se hubiera enredado con ella. Eso era una cosa, admitir lo mucho que le atrajo entonces y quizá todavía; una muy distinta era que dijera que la quería o la amaba. Esas palabras carecían de significado en su interior forjado por mil estrellas haciendo colisión en el firmamento, otorgándole así los poderes de los que era acreedor. Porque a veces, con esos modos flemáticos, parecía incluso venir de otro sitio, que los humanos son incapaces de comprender.

¿Es así cómo me recibes? —Continuó con el escarnio, incluso levantó los brazos levemente como si esperara un abrazo, no obstante, algo lo interrumpió, algo que removió cosas sin nombre en su interior. Como una animal que araña desde dentro.

Era el llanto de un niño que, tras despertar, busca a su madre con desesperación. Movió los ojos de Lorraine a las escaleras y los regresó. Por una vez, se vio absolutamente confundido. No porque no supiera de quién se trataba, sino precisamente por eso. Con los ojos, le pidió a la mujer frente a él, que una vez más, lo salvara porque estaba perdido.


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Re: Burn the Ships → Privado

Mensaje por Lorraine Saint-Cricq el Miér Ago 17, 2016 1:12 am

De entre mil posibilidades de iniciar el día jamás esperó enfrentarse nuevamente al padre de su hijo, si es que en algún momento se llegara a adjudicar ese título. Los ojos de la rubia recorrieron de pies a cabeza la efigie de aquel hombre, era el mismo salvo la vestimenta que ahora portaba. Las tonalidades de su sarcasmo seguían presente, mancillando en tono grotesco cada una de sus oraciones, el color albino en la piel que contrastaba en demasía con la oscuridad de ébano en sus cabellos. Y esa mirada que desarmaba a cualquiera pero a su vez, ocultaba más de un secreto, más de una confesión de dolor y sangre. Porque en esos ojos ella había visto nacer un par de lágrimas tiempo atrás, cuando rendido al yugo de sus propios demonios recurrió a los brazos de la francesa. El tiempo se había encargado en ese entonces de forjar una relación enfermiza entre ambos y de algún modo u otro desembocó en los encuentros apasionados cobijados por las penumbras de su habitación, pero ¿Qué tanto existía aún en ella de esa compasión que en su momento sintió por un derrotado Stanislav?

Al escucharle nuevamente hablar, supo que nada había cambiado en ese lapso y se reprochó el hecho de ser tan estúpida y débil como para permitirle invadir su corazón una vez más. Sonrió de forma satírica y llevó sus manos a la cabeza, pasando los dedos largos por su espesa cabellera dorada.

–Debe ser una maldita broma–


Le miró, incapaz de comprender porque insistía en mantener ese porte de guerrero anunciando su entrada triunfal después de haberse ausentado por tanto tiempo. ¿Qué había ganado? ¿Qué había conquistado que le hacía sentirse con el derecho de reclamar un lugar en la mansión?

–Georgiy no se encuentra por ahora, así que  tendrás que buscar la manera de comunicarte con él de otra forma, pero acá no lo vas a encontrar–

Parte de Lorraine se embarcaba a ciegas en esa balsa de ilusión cuando de los labios ajenos brotó el término “familia” ella misma había aceptado tratar de encontrar aquello que nunca conoció con su madre a lado de Stanislav. Pero fue su ausencia lo que terminó por destrozar ese ápice de esperanza en su corazón.

–No me vengas con eso, por favor ¿Ahora somos una familia? ¿Desde cuándo Stanislav?–

Soltó con cierto dejo de rabia arrojando sus brazos al aire, en realidad no se encontraba en posición de enfrentarle, pues apenas y sabía como conllevar el hecho de ser madre, de dejar de lado ese lado egoísta y presuntuoso de niña de caprichosa por el de figura de responsabilidad para Jerome. Sus argumentos quedaron abolidos cuando el llanto de Jerome llegó hasta sus oídos, nunca pensó verse en una situación como esa y había creído ilusamente que ese día nunca llegaría.

–¡Marie!– Demandó con fuerza –¡Marie!–

La mujer que tomaba el papel de niñera del pequeño de inmediato apareció sin mirarle directamente.

–Encárgate del niño, de prisa, que estas esperando–

La empleada asintió y se apresuró a la habitación del pequeño. Lorraine entornó la mirada una vez a Stanislav. No estaba segura de lo que hacía pero tampoco demostraría inseguridad ante él.

–Si no tienes algo más que añadir a este intento de regreso triunfal te pediré una vez más que te vayas–



Última edición por Lorraine Saint-Cricq el Lun Nov 14, 2016 4:52 pm, editado 1 vez



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Re: Burn the Ships → Privado

Mensaje por Stanislav Rachmaninov el Miér Sep 07, 2016 12:18 am


“Don’t be so vain to think that you ruined me,
that you wrecked me,
destroyed me.
I am the only one who has the power to do that.”
— Amanda Helm, The Day I Learned That I Was Broken


Entornó la mirada, ¡maldita arpía! Le negaba a su primo. Georgiy era demasiado idiota y demasiado ingenuo como para largarse lejos. Quizá había ido a uno de esos largos entrenamientos que acostumbraba a solas, pero dudó que hubiese dejado la casa Saint-Cricq así como si nada. Ese detestable de Yura no merecía las habilidades que tenía. Pero antes de que su enojo por su primo se convirtiera en violencia, decidió volver a concentrar su atención en ella.

Se quedó muy quieto, ni siquiera pudo refutarle con una de sus acostumbradas respuestas socarronas y causticas. El llanto del niño lo absorbió como una imagen demasiado horrible y que sin embargo no puedes dejar de ver; debía tener ¿qué? ¿Dos años? Había perdido la cuenta del tiempo desde que había sido el perro de Chaadayev hasta su ascensión al trono que legítimamente era suyo, aunque esa parte, por ahora, no quería develársela a Lorraine. Esa era su dinámica, después de todo, ¿no era así? La de las palabras duras y los besos salvajes; sólo estaba faltando la segunda parte.

Observó en silencio la interacción de Lorraine con la sirvienta, quien apresurada fue a atender al niño, a su hijo. Regresó los ojos a la mujer. ¡Maldita mujer! Tensó las mandíbulas al darse cuenta que se había referido al mocoso como «el niño», ¿lo iba a obligar a preguntar? Al parecer sí. Al fin reaccionó, una vez que el llanto se apaciguó. Le molestó que su hijo, carne de su carne y sangre de su sangre estuviera llorando. ¡Era un Rachmaninov! Y los Rachmaninov no lloraban (¡qué mentira!). Los Rachmaninov habían sido forjados en nieve y magia para gobernar Rusia. Estiró una mano antes de que Lorraine quisiera escapar y la acercó a él con agresividad manifiesta.

¿Cómo se llama? ¿Qué nombre francés ridículo le pusiste? —Acusó. Lo hizo aún sin estar en posición de hacerlo. ¡Pero quién se creía! Solamente el maldito Zar, aunque ahí, en esa casa, tenía el mismo poder que el muchacho que alimentaba a los caballos, era nada, ahí era ella quien mandaba. El pensamiento fugaz de que eso era lo que se requería para ser su mujer cruzó su cabeza, pero se deshizo de él rápido, se estaba volviendo loco al considerar esa estupidez, fue su única explicación.

La soltó al fin y se hizo para atrás al tiempo que acomodaba el cabello oscuro con una de sus manos, peinándolo hacia atrás. Sonrió, un gesto fabricado para la guerra, para conquistar reinos, que era filoso incluso antes de que supiera qué significaba y que se volvió inusualmente cruel bajo el yugo del asesino de su padre.

Pareció que iba a responder algo. Quizá que sí, que se iba. ¿Qué más daba? ¿Qué hacía ahí, después de todo? El pretexto de Georgiy comenzó a parecer pequeño, como un traje que ya no le queda bien. Aunque era verdad que siendo Georgiy Rachmaninov otro de los pocos sobrevivientes de la estirpe real, lo necesitaba en la corte, aunque fuera un imbécil. De un movimiento raudo, así como se empuña una espada para cortar una cabeza, Stanislav se acercó a Lorraine y la besó. La llevó contra el muro y la besó con la misma intensidad que los había conducido a la cama. Le impidió fugarse también, al colocar ambos brazos a los lados como prisión improvisada.

Georgiy es mi familia. Nunca dije que tú, o que el mocoso lo fueran —aclaró una vez que se separó, aunque siguió en la misma posición, para que ella no huyera. Si trataba de sumar a su causa, no lo estaba haciendo bien—. Pero es mi derecho conocerlono lo era. Y él lo sabía. Se había largado, porque se acobardó al enterarse que Lorraine estaba encinta. Le aterró el hecho de que ella y el hijo que habían engendrado pudieran significar algo para él.

La miró fijamente a los ojos, aún demasiado cerca. Era invasivo, sí, pero de algún modo se sentía conocido. Una sensación vivida muchas veces antes. No iba a admitirlo, por Dios que no, pero la realidad era esta, Lorraine, y su hijo, en verdad era la única familia que tenía. Y que había tenido nunca.


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Re: Burn the Ships → Privado

Mensaje por Lorraine Saint-Cricq el Lun Nov 14, 2016 4:55 pm

Resultaba una tarea demandante. Simplemente no podía con el hecho de tener que soportar ese carácter socarrón. Esa sonrisa retorcida y el veneno que Stanislav escupía en cada todo ese discurso de vencedor. Para Lorraine no existía más allá de su mandato, más allá de sus órdenes y del matriarcado que había impuesto una vez que Jerome había muerto. Estaba tan habituada a ser quien tomara el control de la situación y el saber que el padre de su hijo había regresado deponía su retórica por completo. El tener que doblegarse y callar o responder según lo pidiera el ruso de cabellos oscuros siempre había sido un juego perverso en donde Lorraine caía de forma inconsciente o quizás no.

Quizás solo él podía complementar las miradas y las palabras frías en ella, porque a pesar de verse rodeada por el poder y el peso que llevaba implícito el apellido Saint-Cricq en ese preciso instante se encontraba completamente sola, a la deriva y con la nueva responsabilidad de saber si hacía lo correcto con la nueva encomienda de ser madre.

Pero que estúpida e ingenua, pensó que el pasado no sería capaz de alcanzarle, se topaba con la desagradable sorpresa de tener que lidiar con ello una vez más.

–¿Pero qué demonios dices? Parece que no te ha quedado suficientemente claro el hecho de que no estás en posición de demandar aquí. No eres nadie Stanislav–

Acusó sin derecho a réplica. Sin embargo le costaba ceder ante la verdad inminente de que el niño, su hijo y la única razón por la cual aún estaba discutiendo aún con él, sería un lazo que les sujetaría por el resto de su existencia. Como si el hecho de ver a Stanislav en el rostro del pequeño todos los días no fuera suficiente ahora debía delimitar ese intento de él por tomar el control de la situación.

–Su nombre es Jerome, sí. Como su abuelo. Está de más decir que ha sido la única figura paterna de importancia en la vida del niño, porque nada se más se puede esperar de un hombre como tú–


Fue en su intento por dejarle ahí de pie cuando la reacción ajena le tomó por sorpresa, esperaba un discurso caustico, cualquier otra cosa menos el sentir en sus labios el roce frío de aquel hombre a quien le había hecho el amor en repetidas ocasiones. Fueron escasos los segundos en los cuales cedió. Cerró los ojos y con la misma intensidad que fue arrastrada a ese arrebato trató de apartarle. No necesitaba aquella explicación, no necesitaba que el mundo entero le recordase que Stanislav nunca cambiaría y como era su costumbre en el hombre un par de palabras bastó para destruirle por completo.

–¡Eres un imbécil!–

Reprochó con cólera en los ojos, esos ojos que se perdieron en los ajenos cuando le miraba fijamente, al tiempo que su diestra estallaba en la mejilla del otro. Apartó el brazo de él para subir por las escaleras dirigiéndose hacia la habitación del niño, pareció escuchar los pasos apresurados del hombre siguiéndole pero Lorraine estaba sumergida en un estado de odio y dolor, sentimientos habituales en ella cuando él estaba cerca.



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Re: Burn the Ships → Privado

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