Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Nunca creemos que exista algo peor que nuestros miedos o pesadillas, pero siempre lo hay. → Privado

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Nunca creemos que exista algo peor que nuestros miedos o pesadillas, pero siempre lo hay. → Privado

Mensaje por Eugénie Florit el Lun Jul 18, 2016 11:20 pm

“El amor es una catástrofe espléndida:
saber que te vas a estrellar contra una pared, y acelerar a pesar de todo:
correr en pos de tu propio desastre con una sonrisa en los labios;
esperar con curiosidad el momento en que todo se va a ir al carajo.
El amor es la única decepción programada,
la única desgracia previsible que deseamos repetir."

- Frédéric Beigbeder.






Llevaba ya mucho tiempo con aquella enfermedad que estaba desgraciando su vida. Hubiera deseado ser normal como cualquier otra chica, pero aquello era imposible. Eugénie no podía borrar su pasado, tampoco regresar el tiempo para impedir que su yo anterior no cometiera aquellos errores. Aunque quisiera ignorar aquello que ya había sido, todo lo que realizó iba a cobrarle grandes facturas. De hecho ya lo estaba pagando caro. Por un lado estaba su salud, que conforme pasaban los días y tenía que controlar su apetito sexual, parecía que iba de mal en peor. Además de que tener que convencer a su hermano de que estaba mejorando era una tarea complicada. Si se le sumaba que tenía a sus padres hablando a cada rato e Theodore, y que este último mencionado la tenía amenazada y acorralada, aceptaba que todo lo hecho años y meses atrás, la estaban aniquilando.

Sin embargo no podía restarle el crédito a ese hombre lobo. Porque eso era, una criatura que de humano sólo tenía la apariencia, porque ni siquiera su interior moralmente o sentimentalmente hablando podría ser catalogada como “normal”. El crédito quizás era positivo. En el día en ocasiones llegaba a pensar en su necesidad física, pero ahora la mayor parte del tiempo pensaba en él. Muchas preguntas venían a su cabeza. ¿Por qué le hacía eso? ¿De verdad deseaba casarse? ¿Se llegarían a amar? ¿Su vida sería una miseria a su lado? Las preguntas iban y venían. La cortesana anónima se estaba convirtiendo en una desquiciada por culpa de la incertidumbre.

Parte del problema se encontraba ahí. Aunque Genie fuera una ninfómana, todo lo que llegaba a realizar con su cuerpo y su entorno, lo controlaba. Era una joven enfermiza del poder, también del sexo, pero ser tan meticulosa, y tener el control de su alrededor había logrado que siguiera con vida. Con su futuro esposo nada podía darle el mando, porque los roles de la vida habían cambiado, todo aquello que odia, aborrece y evitaba que no ocurriera estaba sucediendo. La jovencita destinada al matrimonio por conveniencia, por cumplimiento social, se encontraba viendo en popa.

El viernes por la mañana, Eugénie se encontraba cumpliendo sus obligaciones de señorita. Tomó el desayuno, asistió a un par de clases en la biblioteca de la casa, y después de su segundo baño, se dirigía hasta una de las salas para tomar una taza de té. Su hermano llegaría aquella noche de un viaje que había hecho sin notificar a nadie. No avisó para que la joven estuviera siempre a la expectativa que en cualquier momento podría llegar, y que por supuesto en caso de que ella se escapara al burdel, su oportunidad de mantener el secreto de su profesión vergonzosa se perdiera. Supo que esa noche llegaría porque sus padres se lo comentaron. Tenía que mantener las apariencias.

Su caminar fue interrumpido por el sonido de golpes hacía la puerta. La servidumbre abrió, y el visitante se trataba de un mensajero que llevaba un arreglo florar muy bonito. El detalle iba a su nombre, entre los pétalos de una flor se encontraba una pequeña tarjeta, misma que no tardó en abrir. Leyó, e inevitablemente hizo una mueca de descontento, misma que tuvo que disimular al instante por miedo a ser descubierta. No deseaba supieran odiaba tener que encontrarse con aquel hombre que pretendía casarse con ella.

Genie desvió su camino hasta el estudio de sus padre. Sus progenitores se encontraban ahí.

Depositó el papel en manos de su padre. Primeramente pensó que se negaría a que fuera a ese lugar, pero para su desgracia el hombre se vio ilusionado e indicó que le pusieran el mejor carruaje para llegar a aquel lugar al que había sido citada. Se impresionó pero les regaló la mejor sonrisa. Dos minutos más estuvo en aquella estancia. Tuvo que ir a colocarse los mejores ropajes, sin embargo bajo sus faltas enredó un antifaz entre sus muslos. Si iba a ser dominada, también podría juguetear un poco.

En menos de lo esperado ya se encontraba de camino a la cita. ¿Qué le esperaría aquella noche? La curiosidad empezó a molestarla.

Genie imaginó que asistiría a un lugar tenebroso, pero lo cierto es que la propiedad en la que se encontraba casi por entrar, tenía una hermosa fachada. Poseía también arbustos bien cortados, un camino con candelabros que le daban un toque de romanticismo, flores que despedían olores dulzones. En su interior sintió que algo ardía. Después de todo la situación no podría ser tan mala. Debía darle una oportunidad al lobo, después de todo, quizás no deseaba comerse a caperucita, sino sentarse a la mesa con ella.

¿Theodore? — Llamó al caballero. Observó a su alrededor, alado de la puerta había una elegante campanilla, misma que no tardó en resonar. El cochero a esas alturas ya se había marchado, todo eso por indicaciones del padre. Después de unos segundos la puerta se abrió, pero el joven no fue quien la atendió, sino un mayordomo, mismo que la hizo pasar y sin perder tiempo la guió hasta una hermosa sala, aunque bastante modesta. Impaciente Genie esperó. Lo único que cruzaba por su mente, es que el juego del lobo había comenzado.

La presa estaba en el lugar correcto, lo único que faltaba era que la bestia llegara para atacar.


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Re: Nunca creemos que exista algo peor que nuestros miedos o pesadillas, pero siempre lo hay. → Privado

Mensaje por Theodore Morandé el Vie Ago 05, 2016 12:16 am

Realmente no me agradaba tener que hacerle eso a la mujer del oscuro antifaz, ya había movido más que cielo y tierra para que al final tuviera que sucumbir ante mí. Incluso ella sabía que se trataba de apariencias, después de todo también le convendría tener un esposo que supiera de todos sus secretos, de esa manera quizá también podía relajarse, sin necesidad de engañar a nadie. El problema es que aún no comprendía esa facilidad en nuestro trato, pues bien, tampoco se lo quería hacer saber.
Esa noche la esperaba en mi residencia, ¿la razón? Sencillamente esperaba que ella pudiera ver, aunque fuese por unos mínimos segundos a mi padre. Éste se conocía con su familia desde hacía bastante tiempo, algo de lo cual no había estado enterado sino hace días atrás cuando le había anunciado que por fin había podido conseguir a alguien, la descaradez no me permitía decirle la verdad y adulé que me había enamorado y que querría tener miles de hijos con ella. Nada tan lejos de la realidad, ella me parecía preciosa, pero enamorarse era demasiado para mí. Era un hombre lobo, capaz de vivir una vida casi normal, mas nunca lo sería. Él sabía eso más que yo.

Me dediqué a hacer mis labores ese día, buscando todo lo necesario para responder las preguntas que ella podría hacerme sobre los proyectos en los que estaba involucrando a sus padres. Nadie lo entendía, no obstante era completamente rentable para todos, era una idea innovadora, que aparentemente no habían pensado antes. Así que me sentía seguro. Las flores se hicieron llegar luego del mediodía, permitiendo que su excéntrica madre pudiera hacer todos los preparativos para dejarla como una de esas ilusas y soberbias mujeres de la clase alta. Que eran lo suficientemente artificiales como para espantarme. Lo bueno es que sabía lo que iba a tener en frente, conocía mucho más que su simple interior. Y me regodee recordándola con tanto atractivo como en aquel entonces. La deseé en silencio una vez más.

Sentado en un sillón del living fue que me mantuve relajado, con la cabeza apoyada sobre el borde en tanto mis párpados descansaban hasta que llegara la invitada o mínimamente un mensaje que avisara que no llegaría. Por suerte, ninguna de las dos cosas pasó. Había dos posibilidades, o ella había atendido y había incendiado las flores sin dejar rastro o el timbre sonaría dentro de unos diez minutos.

La sonrisa se formó de lado a lado, escuché la puerta con tanta suavidad, como si no quisiera que sea real, podía escuchar cada conversación que tenía con el sirviente; el aroma de su mal humor y la obviedad de su molestia cuando se acercaba, una respiración tan agitada como así la sangre que corría por sus venas. Sus pasos eran claros, obvios para mi persona, tanto que acepté ir levantándome justo cuando ella ya me tenía en la mira. Y le sonreí, alzando los hombros y estirando los brazos, como si no hubiese tenido la culpa de haberla sacado de su pequeño nido para atraerla hacia mí. — Eugenie. Bienvenida. — Le regalé una sonrisa de lado, haciendo que un hoyuelo del extremo derecho se notara, empezando a caminar hacia donde estaba hasta encontrarme con su hermosa y pequeña silueta a no más de unos centímetros de distancia. La observé, vestida como las mujeres que no me gustaban, aunque podía verle su hermosura escondida por los rincones. Me ablandé un poco al momento de idolatrar sus preciosos ojos claros y asentí, prácticamente aceptando lo mucho que me encantaba. — Sería incorrecto besarte, ¿no lo crees? Ya sé que quieres saber por qué viniste, quería saber cómo reaccionarían tus padres y de paso… Me gustaría pedirte un favor. ¿Qué me pedirás a cambio? Soy todo oídos. — Murmuré entonces contra sus labios, pero sin siquiera rozarlos, el rojo fuego que emanaban era caliente y me hicieron dudar sobre mis propios instintos. Para mi suerte, los años de haber estado obligado a contenerme me daban un plus, que hicieron que de ninguna manera se me ocurriera caer en la tentación. Después de todo, sabía que estaba tratando con el enemigo. Pero a cambio de ello, apoyé una mano en su cintura, necesitaba sentir que fuese real, aunque el olor, la esencia y la vista no me fallaban en absoluto. La razón era que disfrutarla en mi palma no se podía comprar con lo demás.


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Mensaje por Eugénie Florit el Jue Sep 15, 2016 8:04 pm

En realidad la cortesana no iba en la mejor disposición. ¿Cómo podría hacerlo después de todo? Sus hombros tensos indicaban su posición a la defensiva. Se trataba de una jovencita esperando el primer ataque para poder defenderse. Su vida había cambiado tanto que la idea de perder dentro de la derrota le causaba infelicidad absoluta. Pocos quizás comprenderían sus sentires, pero ella intentaba ignorarlos tanto como pudiera, aunque claro que aquello de vez en cuando parecía imposible. Depende de alguien más desde siempre le había resultado aberrante. En más de una ocasión evadió toda clase de compromisos o ligamientos, sin embargo el destino siempre juega en tu contra, por eso estaba viviendo su peor pesadilla.

Ella reconocía que aquella propiedad era muy bonita. Llegaba a tener decoraciones modernas, aunque también clásicas que se notaban se obtuvieron a costos elevados, además la simetría en que las cosas se encontraban colocadas le regalaron una pequeña y casi disimulada sonrisa. La joven amaba los detalles, a cada tanto los observaba, ese pequeño tic lo adquirió de muy pequeña, con ello pudo imaginar y crear muchas historias en su cabeza, actualmente le ayudaba para poder hacer un juicio de las personas a las que pertenecían dichos detalles, o a su entorno. Cosas así la mayor parte del tiempo dejaban ver pistas que ayudarían en un futuro.

El aroma fue lo que más llamó su atención. Aunque se trataba de una prostituta a voces, lo cierto es que era muy pulcra tanto en su vida diaria, como en su trabajo. Odiaba la suciedad, los malos olores, lo que a su vista parecía grotesco o desagradable. Podría ser catalogada como alguien superficial, pero estaba lejos de serlo, sólo era cuidadosa y limpia. Aquello le daba buen humor, incluso una especie de esperanza en su nueva vida. El futuro lugar en donde llegara a vivir sería reconfortante, al menos a la medida que ambos quisieran, pero por lo que llevaba viendo, aquello eran buenas señales.

Frente a ella se encontraba una expresión facial muy distinta a la que había conocido con anterioridad. Se encontraba un hombre sereno, tranquilo, esperanzado y también con ligeros brotes de deseo. Además, no se le podía pasar por alto el hecho de notarlo un poco nervioso. Arqueó una ceja como acto reflejo, sin duda las cosas habían empezado de una manera completamente diferente. Sonrió de medio lado. Su pose soberbia y altanera aún no aparecía.

Si estaban en terreno neutral, no quería mostrarse como alguien que sacaba provecho, simplemente iba a comportarse.

Buen día, estimado Theodore — La claridad en su voz era clara, tenía tonos de inocencias, sus cuerdas bucales al ser utilizadas parecían arrastrar un encanto erótico. Todo en ella mostraba sensualidad, todo en ella gritaba sexo. — No esperaba tan calurosa bienvenida. ¿Acaso algo lo hizo cambiar de parecer? — Se refería al matrimonio, pero dado que conocía a la perfección la respuesta, sólo sonriendo dejando en claro que su ingenuidad iba ligada a sus anhelos de libertad.

Inevitablemente dio dos pasos hacía atrás. No deseaba embriagarse en su aroma y perder los sentidos.

¿Un favor? — Sus ojos se iluminaron por unos instantes. ¿Qué deseaba en realidad? Su libertad. Consciente estaba que eso no lo iba a obtener, por lo que debía ser sabía a la hora de escoger que podía pedir a cambio. No le costó muchísimo tiempo llegar a la conclusión. — Quiero que no exista abuso alguno de tu parte dentro de nuestro matrimonio, quiero poder sentirme segura, nunca en riesgo y por supuesto, que podamos intentar y hacer la lucha para llegar a ser felices, es lo único que quiero — Se encogió de hombros por unos instantes. La cortesana le dejaba en claro que tenía un corazón.

Evitó todo tema relacionado al sexo, a las caricias, incluso a un beso, que tomando en cuenta todo aquello que había hecho, parecía cosa de niños. Eugénie quería probar que podía experimentar otro tipo de terrenos en la cama. La delicadeza y el amor podrían ser pieza fundamental para futuros encuentros, mismos que sólo había decidido que tendría con Theodore. No lo hacía por obligación, y es que aunque estuviera enferma y deseosa, lo cierto es que quería ser más fuerte que su enfermedad. Quería demostrar que la normalidad no era mala, y que ella podía alcanzarla.

Dígame entonces, mi señor ¿de qué tratará todo esto? Lo escucho con atención — Y sin más, tomó asiento en un sillón de una sola plaza, así no se sentiría invadida.


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Re: Nunca creemos que exista algo peor que nuestros miedos o pesadillas, pero siempre lo hay. → Privado

Mensaje por Theodore Morandé el Miér Sep 28, 2016 11:38 am

Ella podía sacarme un poco de mis casillas en todo momento, como si le gustara saltar a la cuerda y patearla para hacer perder al otro. Pero a mí, mucho menos que desagradable, me parecía encantador en ciertos aspectos. Y me dejé reír en un semblante demasiado contento para parecer sincero, aunque si lo era. La escuché hablar y hablar, sin emitir sonido alguno y la seguí a donde iba a sentarse, encontrándola completamente firme en el espacio solitario. Alcé apenas las cejas y a sabiendas que era imposible que alguien nos interrumpiera apoyé mis manos sobre el respaldar, estando de frente a ella y agachándome poco a poco para verla a los ojos y tenerla a unos pocos centímetros. Si lo que quería era sentirse escudada en ese sillón, había sido bastante diferente. Solía ingeniármelas y esa no era una excepción. Me mantuve encorvado, acorralándola igual que si fuese una bestia que estaba por devorarla. — No me arrepiento, por el contrario, me renuevas las expectativas. — Sonreí de lado y bajé una mano para poder acaricia su mejilla, siendo imposible contenerme en el deseo de palpar su piel que era exquisitamente suave, peor que una porcelana recién hecha. Me podía llegar a enloquecer por completo. Mas era sabio, no caía en carnalidades tan fácilmente, después de todo en mi alma era un anciano de cincuenta años. Inevitablemente deseoso, no obstante para nada estúpido cuando tenía que buscar algo. — Y dime, ¿cuándo abuse yo de ti? Incluso fueron tus propios actos los que te llevaron aquí. Sí, vas a estar segura siempre Eugénie. Porque nunca permito que algo mío se rompa en ningún lado. Ni en mente ni en cuerpo. Protegeré tu secreto y tu vida continuamente. — Aseguré con tanto ímpetu que hasta podía llegar a confundirse el deseo y la verdadera amabilidad con un innato egocentrismo que esperaba que ella pudiera diferenciar.

Inevitablemente me sentí excitado por sus estúpidas plegarias y apoyé la rodilla entre medio de las piernas ajenas, haciéndome lugar en el sillón que había escogido de pequeña área. Y me acerqué hasta sentir la pierna rodeada de su íntimo calor. Pasé una mano por su cuello, acariciando con el pulgar su mejilla para besar su frente lentamente. — Estás sumamente hermosa hoy. Me gustaría hacerlo luego. ¿Quieres un poco? Te preguntaré cada vez, ¿sí? — Me fui directo a su oreja, susurrando no solo como una pregunta, sino cual anhelo y súplica. Pues en realidad necesitaba de toda su piel para sentirme reconfortado. La verdad era que al igual que ella, mantenía una clase de enfermedad. No era el irremediable deseo sexual, sino que ser un licántropo que se encerraba en cada luna llena hacía que mis energías no pudieran volcarse en ningún lado. Y las peleas clandestinas a las cuales asistía desde hacía años no eran suficientes. Dejé salir un suspiro y alcé mi rostro para apoyar el mentón en su cabeza, manteniendo la rodilla ensimismada a ella y ambas manos sobre su cuello y mejilla. Parecía que quería engullirla en mi cuerpo. — El favor es que conozcas a mi padre. Está muriendo y desde hace años quiere verme casado. Pero no creo que llegue para vernos en matrimonio. Probablemente muera en unos pocos meses. Así que, eso te pido. — Establecí de inmediato. Algo molesto porque cuando ella viera a mi padre, notaría la inmensa diferencia de años. Algo que me había asegurado de disimular mucho tiempo, irremediablemente iba a suceder en algún momento. No tenía preparado un discurso, simplemente esperaba que ella supiera mantener el silencio y se inventara en su mente las historias que quisiera. Así que lentamente me salí del sillón, volcándome en el borde de manos de otro asiento que estaba al costado, entrecruzando mis dedos en tanto dejaba caer las dos manos entre medio de mis piernas, observándola expectante. Era la primera vez en muchos años que no se me ocurría cual era la mayor probabilidad de respuesta entre dos. Así que simplemente esperé con la diminuta paciencia que solía tener en su máximo esplendor.


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Re: Nunca creemos que exista algo peor que nuestros miedos o pesadillas, pero siempre lo hay. → Privado

Mensaje por Eugénie Florit el Sáb Nov 05, 2016 9:35 pm

Eugénie acudió a esa propiedad esperando que pudiera pasarle lo peor de su vida. Imaginó los peores escenarios, incluso sintió dolor antes de haberlo experimentado.

Sí, la mente siempre fuera, era y sería el peor aliado para un ser humano. La duda, el miedo y las situaciones antes vividas con algún ser humano, lograba que la imaginación los llevara a las peores historias de terror. No iba a justificarse, él le dio infinidad de armas para llegar a formar un juicio de valor maquiavélico en su contra. Quizá eso la ponía el doble de mal humor. Tantos fueron los escenarios imaginarios, que la mujer ideó todas las maneras posibles de escapar de cada uno. Se encontraba en blanco en ese momento, situaciones así era lo que la sacaba de sus casillas.

El contacto resultaba otro factor a favor del licántropo. El primero era la incertidumbre, evidentemente. A ella le gustaba el caballero. El aura salvaje que no podía arrancar de su forma de ser resultaba atrayente. Eugénie era una jovencita fuerte, no sólo por todo lo que aprendió dentro de la prostitución, también por la forma en que aprendía a controlar su cuerpo; su enfermedad. Si pudo controlar sus instintos en más de una ocasión, entonces debía encontrar de donde sostenerse para poder salir a flote de los encantos de Theodore. ¿Podría lograrlo?

Se inventó una voz que interrumpa sus pensamientos. Supuso que eso era la conciencia, sin embargo no podía investigar a ciencia cierta en ese instante.

Eugénie guardó silencio, gustaba mucho de hablar, pero en esos casos ceder la palabra podría ser la clave para salir victoriosos en una situación así. Ya no se sentía tan en blanco. Ella, si sus teorías no fallaban, podría llegar a ser un punto débil para el muchacho, sino es que ya lo era. ¿Debía sacar ventaja en ese momento? Quizá aquella carta más valía dejarla para más adelante, no era correcto dejar ver los trucos en el primer golpe. Ella debía ganar.

Y la simple idea de ganar se esfumó en ese instante. El panorama de nuevo dio un cambio, se volvió lo que incluso podría darle libertad en un mejor planeado momento.

Parpadeó sin dejar de verlo. ¿Su padre? ¿Eso era? Quiso sonreír de alivio sin embargo no iba a ser una sin vergüenza, aquel gesto podría parecer una falta de respeto. Lo que la hacía sentirse contenta, era el poder ver el lado más amable. ¿Y cómo no? Theodore le mostraba que tenía un corazón, y ella lo entendía. Uno de los temores más grandes para ella, era el que su padre se enterara de su profesión, no porque la desheredaran, para nada. La simple idea de imaginar la cara de dolor y decepción de su progenitor, la destruía. Se enterneció enseguida, quizá abrazarlo y consolarlo, pero no, no iba a permitirse bajar la guardia. No con él que podría tenerle una trampa bien armada.

¿Nunca le ha presentado a una mujer? — Cuestionó, rompiendo el hielo. Los hombres también tenían que seguir protocolos, sin embargo no eran tan estrictos como los femeninos. Lleva una mujer o dos a casa a cenar no era un pecado para ellos, resultaba más bien una amplia cantidad de mujeres para poder escoger. De esa manera se aseguraban de tener a la mejor en la familia. — ¿Y usted desea que su padre lo vea casado? — Una cosa es presentarle a una mujer, incluso parecía una tontería, porque en el momento que quisiera podría contratar alguna, pero el efecto seguramente sería distinto de contraer nupcias.

Me gustaría conocer a su padre — Comentó animada, olvidó en ese momento que estaba frente a un hombre que prácticamente la estaba obligando a casarse, se olvidó que estaba frente al hombre que la chantajeaba de la manera más cruel. — Quizá eso le motivo a vivir un poco más, el llegar a la boda de su hijo ¿No lo cree? — Se encogió de hombros. Ninguno daba su brazo a torcer cuando de luchar contra el ego ajeno se trataba, pero a veces ser complice en situaciones así, valía la pena bajar la guardia y ser felices con el pretexto de cumplir un deseo ajeno.


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Re: Nunca creemos que exista algo peor que nuestros miedos o pesadillas, pero siempre lo hay. → Privado

Mensaje por Theodore Morandé el Dom Nov 27, 2016 1:45 pm

El silencio y sus ojos de un frío celeste no hacían más que perturbarme la paciencia. ¿En qué pensaba? ¿Por qué no podía leerle los pensamientos? La empatía parecía haberse quebrado de mi mente cuando esos labios rojizos se apretaron, mirándome como si se tratara de una prueba psicológica y ella fuese la examinadora. Por mi parte, mis cejas curvearon hasta que toda la frente se arrugó y presentó síntomas de molestia. Para la suerte de la fémina no me encontraba dispuesto a castigarla ese día. No. A esa hora en realidad. Seguramente más tarde sí, la humedad oscura de mi iris casi podía hacer notar lo desafiante que me encontraba. Al final, no me detuve y alcé uno de los brazos de ella, buscando que se levantara, justo un segundo después de escucharla hablar. — Pensé que los ratones te habían comido la lengua y sería una lástima porque la usas bien. — Aseguré y me quedé pensando en la respuesta que tendría que darle, no recordaba a nadie, siquiera a las contadas amigas que había hecho a lo largo de ese camino de sobrenaturalidad. Simplemente negué por la pregunta y habiéndola ya levantado del sillón, a pura fuerza, me fui detrás de ella para poner ambas manos sobre su corsé. Tomé las cintas finas que estaban sujetando la tela y las estiré en la parte de su cintura, buscando escuchar un quejido. — Lo deseo, sí. Nunca le mentiría tampoco. Así que no pienses cosas extrañas, mi hermosa futura esposa. — Aclaré y entonces apoyé las manos sobre sus caderas y me acerqué para oler el perfume en su cuello, era suave, aterciopelado. Cuando terminé de acomodar su parte de atrás, la giré apenas bruscamente, cuidando de que no podía caerse. Observé sus ropas una vez más. — Cuando te cases conmigo solo podrás usar estos horribles trajes afuera de la casa. ¿Sí? —

Fue un susurro en seco y pronto una sonrisa divertida se apareció en mi rostro, disfrutando de su respuesta y asintiendo al tiempo. Que de sus labios saliera que quería verlo era algo que consideraba hasta dulce de su parte. “Genie” seguía siendo una mujer hermosa y podía ver que por dentro también lo era, aunque rogara por sexo a cada segundo con sus simples ojos. — Vamos entonces. Te recompensaré después, ya lo verás. — Aseguré, apoyando una mano en su cintura para poder empezar a caminar hasta la habitación de mi padre, ésta estaba siempre iluminada y aireada, tenía solo una enfermera que lo ayudaba siempre. Era viejo, tan viejo que nadie podía creer que siguiera vivo, después de todo la vida humana en ese tiempo no pasaba de los setenta con mucha suerte, las enfermedades siempre mataban antes. — Puede ser, no juzgo el por qué esté vivo, solo lo agradezco. Puedes ser sincera con él. Bueno, no tanto, no necesitas decirle en dónde te conocí ni tampoco cómo. — Aclaré con una risa jovial y a medias graciosa, sujetando la cintura que segundos antes había apretado, por supuesto que prefería su desnudez o quizá un traje con menos capas que me separaran de su entrepierna. Al final, dejé salir un suspiro y antes de llegar a la puerta, me aseguré de apoyarla contra la pared, acomodando los brazos al lado de su pequeño cuerpo y bajando para tomar sus labios. Era una manera de descongestionar la energía que tenía dentro. Los tomé con fuerzas, apretando su barbilla y buscando su lengua provisoriamente. Era dulce, su saliva era tan exquisita como así lo había sido todo su cuerpo y sudor. Observé sus ojos y la pequeñez de su rostro, parecía que podría quebrarse, pero era mucho más fuerte que cualquier mujer con la que había estado o conocido. — Muy bien, ¿Entramos? No quiero amenazarte, solo te diré que si lo haces bien te daré suficiente placer como para que estés satisfecha por un mes entero. — En ese momento moví la cabeza al otro lado, dando a entender fácilmente que si ocurría lo contrario iba a ser lo mismo pero al revés. Tenía maneras más que suficientes para que sufriera desde donde más le pudiese doler. Lástima que no quería hacerlo, tanto como ella mis deseos casi salvajes estaban muy activos como para reprimirlos y pensar en estar con otra mujer no estaba en mis planes: asombrosamente. Esperé su respuesta, casi aterrado aunque no demostrara nada. Más tarde abrí la puerta con una renovada aura, mucho más en paz y dulce de lo que ella podría haber espetado. Le debía absolutamente todo a aquel hombre, no había sido solo un padre común y corriente. Y aunque ella aún no lo sabía, alguna vez se enteraría realmente el por qué.


El grito de mi capricho será la campana de tu final

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Theodore Morandé
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