Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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El primer día del resto de mi vida {Micky Vanier}

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El primer día del resto de mi vida {Micky Vanier}

Mensaje por Yvette Béranger el Jue Jul 28, 2016 2:59 pm

El vestido le quedaba como un guante. ¡Se sentía tan maravillosa con él puesto! El escote cuadrado dejaba a la vista los huesos de las clavículas y la parte superior del pecho, realzado por el corsé que llevaba debajo. Era algo atrevido, pero no podía dejar pasar la oportunidad de estrenarlo. Su padrastro le había dicho que tendrían un invitado, pero no había especificado más. Al llegar a su habitación, encontró sobre la cama un gran paquete envuelto con una bonita tela clara. Al abrirlo se dio de bruces con aquella maravilla de color azul marino. No veía el momento de probárselo, pero, antes de nada, debía darse un baño. Sus doncellas ya lo tenían listo, como si supieran la prisa que le corría.

Se lavó el pelo y lo enjuagó con agua de flores, que, además de darle un rico aroma ayudaba a desenredar la larga melena. Las mujeres le ayudaron a ceñirse el corsé y a ponerse las enaguas. No tardó en llegarle el turno al vestido, tan suave y delicado como una flor. Estaba desenredándose el cabello cuando su madre, Clara, entró en el dormitorio.

Deja que te vea con él puesto —le pidió la mujer mientras se sentaba en el borde de la cama.

Yvette se levantó del taburete del tocador y dio una vuelta completa frente a ella. Aunque el vestido no tenía una falda voluminosa, si giraba con fuerza se levantaba con el vuelo. Estaba decorado con infinidad de cenefas y abalorios que realzaban la figura de la muchacha. No era una prenda para el día a día, ni siquiera para alguna fiesta de gala. La joven no entendía el porqué de aquella exuberancia, pero estaba encantada con él.

Es precioso, madre. El más bonito que he visto. —Su cara era pura felicidad.

Su madre se acercó a ella y la llevó hasta el taburete donde había estado sentada. Ella se sentó tras Yvette y siguió peinando la melena, ya seca y suave. La conversación que mantuvieron mientras peinaba a su hija fue vana y de poco interés. El tiempo, algún chismorreo, nuevos matrimonios entre sus allegados… Hablaban de todo y de nada a la vez. El recogido iba tomando forma poco a poco, dejándole la cara libre de cualquier mechón, salvo por alguno más rebelde que siempre se escapaba. En conjunto, le daba un aspecto juvenil y elegante a su rostro todavía joven y terso. Con un gesto de la mano, la madre despachó a la servidumbre que seguía vagando por la habitación. Yvette lo vio todo desde el reflejo del espejo, esperando lo que su madre tuviera que decir. Porque sabía que algo iba a decir. Pasaron unos minutos durante los que ninguna habló. Una esperaba y la otra no sabía cómo empezar.

Yvette, hija… —comenzó sin mirarla a los ojos—. Arnaud te habrá contado que hoy tenemos un invitado durante la cena. —Desvió la mirada al espejo, donde la joven la captó. Asintió, dando pie a que siguiera—. Es un hombre que viene a conocerte. Cariño —se sentó en el taburete de nuevo, la barriga empezaba a pesarle— eres toda una mujer, y ya es hora de que formes tu propia familia.

El rostro de la joven hechicera palideció. De todas las opciones que le habían cruzado la mente ninguna había sido esa. Sintió una especie de sofoco que intentó aliviar con un abanico. Se miró el cuerpo y fue entonces cuando entendió el sentido de toda aquella vestimenta. Querían que diera una buena impresión. Miró a su madre con miedo. ¿Vivir fuera de aquella casa?

¿Por qué no lo he sabido hasta ahora? —dijo con un hilo de voz—. ¿Mi opinión al respecto no era importante?

Clara se mordió el labio inferior. Debía haber imaginado esa reacción, y no la que su mente ilusa creía que iba a presenciar. No le dio tiempo a contestar, ya que escucharon la puerta abrirse en el piso inferior y dos voces de hombre que se saludaban. Yvette respiraba de manera entrecortada cogiendo todo el aire que podía. Intentó adivinar el aspecto de su invitado por la voz, pero era imposible.

¿Cómo es? —preguntó a su madre.

La mujer sonrió.

Te gustará, te lo prometo. No hubiera aceptado la propuesta de Arnaud de haber sido al contrario.

Dejó el abanico en el tocador y se sujetó del brazo de su madre. Bajaron juntas las escaleras y llegaron hasta el salón, donde ambos hombres habían empezado a charlar con un vaso de licor en la mano. Yvette tomó aire profundamente en el umbral de la puerta y lo soltó cuando escuchó su nombre en boca de Arnaud.

Yvette, acércate, por favor.

Con la mirada gacha, la joven obedeció. Se acercó hasta los dos varones, a los cuales se había sumado su madre. Levantó la mirada cuando sintió que Clara le cogía la mano. Se encontró primero con la de ella y después giró la cabeza para cruzarse con la de su invitado.



Yvette Béranger
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Re: El primer día del resto de mi vida {Micky Vanier}

Mensaje por Micky Vanier el Sáb Ago 13, 2016 7:08 pm

La noche anterior no había podido conciliar el sueño, se la había pasado pensando en ella. El cuadro con su retrato que había encontrado hace un par de meses y que se postraba en el salón principal de la mansión colgaba ahora en una de las paredes de su habitación. Había pensado que si lograba regresar a esta casa con una esposa en su mano a ella le resultaría extraño ser recibida en su nuevo hogar por el retrato de su hermana, fue por ello que esa noche había llevado el cuadro hasta la habitación más alejada de la casa, donde dormía desde que había regresado. Hace tan sólo un mes estaba recibiendo la carta que lo había llevado hasta este momento. La carta era de uno de los hombres que aún vivían en aquellas tierras a las que antes habría llamado hogar y que habían pertenecido a su padre, en ella explicaba que habían sido visitados por alguien que alegaba ir en nombre de la corona y que exigía encontrarse con la persona a quien estas tierras le pertenecían. Aquel pobre hombre no pudo hacer otra cosa más que mentir. El señor Vanier se encuentra fuera pero regresará pronto, les dijo.

Toda esa noche recordó las conversaciones que tenía con Daniella una y otra vez sobre lo que sería su vida una vez ella se convirtiera en una mujer. Ambos sabían que llegado el momento ella sería prometida con alguien conveniente. La forma en cómo debían ser las cosas no era el tema de sus conversaciones, su educación los había llevado a aceptarlo, lo que a ella le preocupaba toda vez que sabía de algún familiar o amigo siendo prometido era no llegar a amar al hombre que fuera elegido para ella. Cualquier hombre llegaría a amarte, era lo único que Alexandre podía decirle. Eso y la promesa de siempre estar ahí para ella, eran el único consuelo que su hermana menor podía encontrar ante la incertidumbre de su destino. Paro Alexandre era completamente diferente, él sí que había podido elegir a quién amar anqué ahora hubiese deseado no haber tenido esa oportunidad pues la mujer que había amado había sido la misma que destruyera su vida hace unos años y la misma que era ahora dueña de la mujer a quien realmente amaba.

Cualquier hombre. Esas eran las palabras que retumbaban con más fuerza dentro de su cabeza.  

— Su transporte ha legado, señor –uno de los sirvientes de la casa le interrumpía para informarle que el carruaje que lo transportaría había llegado. — Gracias. Estaré ahí en unos minutos –le respondió a través de la puerta que permanecía cerrada— El señor Arnaud ha venido personalmente –insistió el sirviente — Hazle saber que no demoraré –contestó con cierta irritación y al no escuchar respuesta del otro lado supo que se encontraba solo de nuevo.

¿Qué estaba haciendo? Fue lo último que se preguntó antes de salir de la habitación después de unos minutos. Cerró la puerta con llave y colocó esta alrededor de su cuello. No pudo responder a su pregunta cuando se encontró a si mismo frente a quien era el otro artífice de lo que sería su nueva vida.

— Perdona, Arnaud –se disculpó al verle justo al pie de la puerta —, tenía algunas cosas que atender –le dijo con la mejor sonrisa que pudo improvisar — No te preocupes, Alexandre, entiendo, un Ducado no puede ser un asunto fácil de atender –supo de la ansiedad en su voz casi al momento de oírle decir la primer palabra. Si tan sólo supiera la verdad, pensó.

El camino a la mansión de Arnaud era relativamente corto aun cuando a él le había parecido eterno. Imagino que así sería como Daniella se comportaría el día que conociere a su esposo. Para él no era lo mismo por supuesto. A él no le preocupaba el aspecto de Yvette, la hijastra de Arnaud comprometida ahora a su familia, tampoco le interesaba la opinión que ella tendía de él, siquiera si lograrían llevarse bien. Lo único que a él le interesaba era regresar a casa de su mano y con ello la esperanza de no perder lo único que quedaba de su familia. Después de todo debía procurar que cuando Daniella regresará con él fuera su hogar donde la recibiera.

Nada de lo que hacía era para él, nada de lo que estaba a punto de hacer sería tampoco para ella, su nueva esposa. Eso lo supo mientras miraba por primera vez a Yvette, supo que entre todo, quien más sufriría por sus acciones iba a ser ella, lo más difícil fue entonces mirarle a los ojos una vez que estos se encontraron.

— Eres más hermosa de lo que pensé – le dijo, a ella, a su nueva esposa, mientras le tomaba de la mano, condenándose a sí mismo y a ella con una sonrisa en los labios y un puñal en la otra mano.



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Micky Vanier
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Re: El primer día del resto de mi vida {Micky Vanier}

Mensaje por Yvette Béranger el Sáb Ago 20, 2016 3:56 pm

Largos segundos fueron los que pasaron hasta que él habló, o así se lo pareció a Yvette. No recordaba la última vez que había sentido tanto miedo y tanta vergüenza al mismo tiempo. No entendía los motivos por los que le habían mantenido aquella cena en secreto hasta ese momento, porque sabía que aquello no había surgido de la noche a la mañana. Un compromiso de ese tipo llevaba días de negociaciones, peticiones y, sobre todo, reflexiones sobre si todo ello merecía la pena. Además, no creía que Arnaud hubiera perdido la oportunidad de escuchar otras ofertas entre las cuales elegir; le conocía lo suficiente como para saber de su ambición y, aunque ella no fuera su hija natural, era la de su esposa. Se beneficiaba igual del matrimonio de la joven, porque lo que era de Clara, era de él. Hasta cierto punto, le tranquilizó saber que su madre había tenido voz en aquella decisión. Sabía que habría mirado más por el hombre que por lo que tenía que ofrecer, aunque tampoco era una santa. Quería a alguien digno para su hija, como todas las madres, y eso, a veces, hacía que dejaran muy de lado otras características mucho más humanas.

Gracias —le contestó con una sonrisa amable, que no sincera.

En algo no se había equivocado Clara; Alexandre le gustaba, al menos su rostro. Era un hombre atractivo, no había duda, pero de esos había visto muchos en París. Que tuviera buen porte no significaba que fuera buen esposo, y eso era lo que más preocupaba a Yvette. Agachó la cabeza y se dio de bruces con aquel vestido que tan hermoso le había parecido hacía menos de una hora. Se miró de arriba a abajo y se sintió ridícula con él, pero más tonta había sido por no sospechar nada al respecto.

Oía la voz de Arnaud parlotear sin cesar y decidió mirarle para aparentar que seguía la conversación, aunque no hacía falta ser muy audaz para darse cuenta de que no era así. Ella, que siempre había sido la primera en unirse a una conversación, era la más callada de todos. Su madre intentó hacerla hablar en un par de ocasiones, sin éxito. Todas las preguntas las contestaba con monosílabos, si no lo hacía con gestos, y no mantenía la mirada de nadie durante más de dos segundos.

¿Sabes que Alexandre posee un ducado? —dijo Arnaud, visiblemente emocionado.
No —contestó, mirando a su futuro esposo—. No sabía nada.

Con que aquello era lo que le había gustado tanto de él a su padrastro. Era, sin duda, una oportunidad de oro, tanto para ella como para la familia. Siguió observándole durante unos minutos más, pensando en cómo sería su vida a partir de ese momento, junto a él. Quizá estaba a tiempo de echarse atrás, podía no haber nada acordado y aquello sólo fuera una toma de contacto. Aunque, pensándolo fríamente, si Alexandre no era el elegido no tardarían en llegar más pretendientes, y si él era duque los demás no serían menos. La veda se había abierto para ella.

Fue Arnaud de nuevo quien llamó su atención haciendo un gesto con la mano, invitándoles a pasar al comedor. Yvette dejó que se adelantaran los dos hombres y ella los siguió junto a su madre. Clara le preguntó su opinión con los ojos, dedicándole una mirada ansiosa que parecía más una disculpa que una petición. La joven hechicera le devolvió una sonrisa y, quedándose rezagada, entró la última en el comedor. Nada más ver la mesa se dio cuenta de que la disposición de las sillas tampoco había sido algo casual. Arnaud se sentó presidiéndola y Clara frente a él, justo al otro lado, mientras que a la joven pareja le dejaron dos sitios, uno junto al otro. Yvette eligió la silla más cercana a su madre, se sentía más segura de esa forma.

Su actitud no cambió demasiado. Completamente abstraída de la conversación, veía pasar a toda la servidumbre con carritos llenos de platos, cubiertos y vasos; otros, sin embargo, servían el vino sin dejar que las copas se vaciaran en ningún momento.

Mademoiselle —la voz de la mujer que servía el primer plato la sacó de su trance.

Dando un respingo, quitó la servilleta de en medio y dejó que sirvieran la sopa, aunque había perdido el apetito hacía rato.



Yvette Béranger
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Re: El primer día del resto de mi vida {Micky Vanier}

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