Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Sometimes it's easy to forget where you're goin' | Privado

Mensaje por Julianne MacFarlane el Sáb Ago 13, 2016 11:04 am

"Don't forget that I cannot see myself. That my role is limited to being the one who looks in the mirror."
Jacques Rigaut

Un mes. Treinta días. Cuatro semanas. Ese tiempo hacía, exactamente, que Julianne trabajaba para los Satie. Lejos estaba de ser la vida que había soñado para ella o para Mihai, pero eran buenas personas, los niños eran dulces, y le permitían tener a su hijo viviendo bajo el mismo techo, que no era un dato menor. Le habían adaptado su habitación con una cuna para el niño, y agradecía que fuese un pequeño tranquilo y sano. Los cuatro nenes a su cargo, estaban encantados con tener un bebé y Mihai se mostraba más resuelto desde que estaba acompañado por sus pares. ¿Y cómo no? Su mundo, anteriormente, era pequeño; se reducía a ella, un padre violento y algunos empleados temerosos. En ocasiones, cuando lo llevaba a las reuniones secretas, él estaba entusiasmado descubriendo un mundo nuevo, pero eran contadas las oportunidades. Allí, en la enorme mansión de los Satie, su mente y su imaginación se expandían increíblemente. ¡Si hasta hablaba más claro! Tenía como ídolo a Blaise, el mayor que, encantado, lo llevaba a todos lados. Ulysse y Pons estaban un poco celosos, también idolatraban al primogénito, y Georgine, pura dulzura, utilizaba a Mihai de muñeco, y él feliz de recibir atenciones.

Lo que a Julianne más le llamaba la atención, era el desinterés del jefe de la familia. En su estadía allí, no lo había cruzado nunca. Los niños no hablaban de él; y ella, la discreción hecha persona, tampoco preguntaba. Sabía que había tenido un accidente que lo había dejado postrado en una silla de ruedas e inmerso en la viudez. Cuando la contrataron, los cuatro hermanitos parecían sombríos, pero rápidamente la inglesa se encargó de devolverles la alegría que habían perdido. Agradecía todas las lecciones que había recibido de su familia, así que impartía clases de piano, idioma, matemática, dibujo y literatura, todas adaptadas a las edades de cada uno de sus subordinados. Nunca se quejaban y eran sumamente educados, así que no le demandaban demasiado trabajo. Disfrutaba de ellos y se había encariñado rápidamente. Jamás la habían interrogado por el padre de Mihai, pero la historia de la viuda caída en desgracia, que había contado al momento de su contratación, cerraba a la perfección. Vivía sin sobresaltos, aunque evitaba salir a la calle. Dudaba que Luca la buscase, se había sacado un peso de encima. No la amaba, tampoco quería a su hijo. Ahora podía despilfarrar el poco dinero que le quedaba, sin tener a una mujer pidiéndole por favor que no lo hiciera.

¡Madeimoselle! —Blaise irrumpió en la habitación de Julianne en plena madrugada, asustándola. Rápidamente, la joven se sentó en la cama. Comprobó la hora. Las cuatro de la mañana. —Georgine está enferma, volando de fiebre —le comentó mientras se sentaba junto a ella. —Fue a mi cama llorando y ahora no la puedo despertar —finalizó.

Vamos, cariño —se puso de pie y, a tientas en la oscuridad, buscó la bata que descansaba en una silla. — ¿Puedes tomar a Mihai? —le preguntó mientras sacaba al pequeño de su cuna. Blaise lo recibió con cuidado de no despertarlo. —Ahora iremos por algunas empleadas para que nos ayuden.

Se encaminaron por el pasillo en busca de dos de las muchachas que trabajaban allí. Les ordenó que buscasen un fuentón con agua, le llevasen vinagre y trozos de tela. También, que despertaran a alguno de los hombres, para que calentasen ladrillos. Luego, subieron a la habitación de Blaise, donde los gemelos ya estaban, uno de cada lado de la cama, acompañando a la más pequeña. Se acercó a ella y le colocó la mano en una de las mejillas. Hervía. Georgine, al sentirla, abrió levemente sus ojos y le sonrió. A Julianne se le llenó el corazón de ternura. En ese momento, entraban las dos empleadas con lo que ella les había solicitado. Embebió los paños en agua y vinagre, y se los colocó en la frente y en las axilas. A los pocos minutos, llegaron los ladrillos, que le colocaron en los pies. Al amanecer, la fiebre no había cedido, y la inglesa comenzaba a preocuparse. Debían enviar por un doctor, pero ella no tenía la potestad para hacerlo.

Niños, cuiden de su hermana. Espérenme aquí —haciendo acopio de un valor que creía perdido, salió de la habitación y se encaminó hacia el final del pasillo, donde se encontraban los aposentos del cabecilla de los Satie. Dio dos golpes secos. Escuchó ruidos adentro, mas ninguna contestación—Monsieur, soy la institutriz de sus hijos. Necesito hablar con usted sobre algo urgente. Georgine se encuentra enferma.



"Mi caída sin fin a mi caída sin fin en donde nadie me aguardó pues al mirar quién me aguardaba no vi otra cosa que a mí misma."

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Re: Sometimes it's easy to forget where you're goin' | Privado

Mensaje por Honoré Satie el Dom Sep 04, 2016 12:40 am


“Every once in a while, people need to be in the presence of things that are really far away.”
― Ian Frazier


Los documentos apilados se resbalaban por los bordes del escritorio. Tenía un cúmulo de pendientes que ningún hombre en su sano juicio querría manejar solo. Pero a Honoré le gustaba hacer él mismo las cosas, odiaba sentirse como un inútil. La maldita silla que lo ataba le impedía olvidar esa parte de él. De lo que era él ahora, y lo que fue se quedó en el olvido. Su gato, Hyperion descansaba entre los papeles y amenazaba con tirarlos todos, sin embargo, a él no le importó en ese momento.

Había pasado una muy mala noche. Había escuchado ruidos, pero no les hizo caso. No le interesaba, como no le interesaba casi todo, excepto sus negocios. Que no eran confort, sólo distracción a lo que era verdaderamente importante. La casa, en todo caso, era lo suficientemente grande como para que todo quedara distanciado. Por ello mismo, había escogido la habitación al final del pasillo para que fuera la suya, que no era la que había compartido con su mujer. Aquel espacio estaba demasiado cargado de recuerdos y significados como para atreverse a dormir en ella. La resguardaba como una especie de tabernáculo consagrado a su difunta esposa, pero no entraba, ni él, ni nadie.

Estaba observando por la ventana. Los jardines de la residencia parecían muy tranquilos. A veces, hacía eso mismo y veía a sus hijos correr y jugar, a cargo de esa nueva mujer que su madre había contratado para hacerse cargo de ellos. Como era su costumbre, no preguntó los detalles, aunque su progenitora se empeñó de darle algunos. Con la distancia no podía verla con claridad tampoco, pero parecía ser buena con los niños y eso le bastaba.

Entonces tocaron a la puerta. Giró la silla con una habilidad envidiable. Había aprendido a manipularla con rapidez, en ese afán de no querer depender de nadie. Su gato también se sobresaltó y brincó del escritorio a la alfombra, por suerte, no tiró nada. Creía que había dejado instrucciones muy claras de no ser molestado; sobre todo, odiaba que lo hicieran cuando estaba en su habitación. ¿Quién se atrevía…?

Sopesó sus posibilidades. Una reprimenda al idiota que estuviera del otro lado o simplemente ignorarlo. Lo segundo se le antojó más, pues estaba cansado. No obstante, antes de poder tomar la decisión final, escuchó la voz. Era esa mujer, la nueva niñera de sus hijos. Dio un respingo al escuchar la razón por la que estaba ahí y el corazón de dio un vuelco.

Adelante —ordenó con voz firme. Estaba justo enfrente de la puerta. Ese instrumento que le servía para moverse, podía disminuir a cualquier hombre, pero no a Honoré que se endureció tras su accidente. Con él, la maldita silla era un trono, y él un rey implacable—. Señora MacFarlane —saludó con formalidad. Sabía su nombre y que era viuda —como él—, pero no mucho más—, ¿puede darme los detalles? —Hizo avanzar la silla con ambas manos, empujando las ruedas.

Fue demasiado consciente de su invalidez en ese momento. Siempre le sucedía cuando tenía que lidiar con alguien nuevo. De entrada la vio a los ojos, pero una vez que ese hecho se hizo presente, evitó verla de frente. Actuó severo como era, la realidad, sin embargo, lo atenazaba con temor. Si algo llegara a pasarle a Georgine, o a cualquiera de sus hijos, simplemente no podría soportarlo. Actuaba distante, claro, pero eso no significaba que ya no los amara.

¿Y bien? Se trata de mi hija —apremió entonces con ese mal genio del que seguramente ya le habrían advertido a la mujer. Y si no, pues ya se estaba enterando—. ¿No lo ve? No puedo hacer mucho —continuó con el mismo rigor. A veces era él mismo quien se limitaba. Nadie hacía mención a su problema, y era él quien lo sacaba a relucir. Nunca para buscar lástima, siempre para auto flagelarse del modo más inútil.

Giró el rostro para verla de nuevo. Tuvo que levantar la cabeza, pues así, siempre estaba por debajo de todos. Y era precisamente por eso que se portaba más reacio, más exigente y más cruel, porque si no era con su presencia, de algún modo tenía que imponer. A pesar de que, aún encadenado a la silla, uno simplemente no podía pasarlo por alto.


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Re: Sometimes it's easy to forget where you're goin' | Privado

Mensaje por Julianne MacFarlane el Vie Dic 02, 2016 11:31 pm

Desde pequeña, había aprendido a tratar con toda clase de personas. Había entrado, junto a su madre, a hogares muy pobres, había visto enfermos, heridos e, incluso, había presenciado, en dos oportunidades, la muerte de unos ancianos. No era fácil de impresionar. Por ello, la situación de su patrón, le llamó más la atención por el secreto que implicaba, que por su estado en sí. Sin embargo, su rostro no expresó ni la más mínima animadversión por él. Todo lo contrario. Julianne no se imaginaba viviendo de aquella manera y, de cierta forma, una pequeña admiración se encendió en su pecho. Comprendía, aunque no del todo, el ausentismo de ese hombre en la vida de sus hijos. ¿Cómo podía enfrentar al mundo si no podía ni enfrentarse a sí mismo?

Ella se mantuvo en una posición de escasa sumisión, la mínima para no ser insolente ni rozar el desprestigio. No soportaría volver a someterse a un hombre, incluso si éste le daba la posibilidad de sobrevivir. Muchos malos tratos había recibido, y el veneno de Satie le erizó la piel. La llevó a lugares oscuros, a los cuales aún no tenía fuerza para enfrentar, pero se mantuvo incólume, como lo había hecho todos aquellos años de tristeza, dolor y frustración. No había sido fácil, pero el cuerpo y el alma se le había curtido; no le habían quedado demasiadas opciones. Tenía un hijo que criar, y no podía darse el lujo de ser débil. Suficiente lo había sido.

Monsieur —comentó, evitando observar la silla de ruedas que aprisionaba al padre de sus subordinados. Lo miraba directo a los ojos, sin desafiarlo, pero mostrándole firmeza. —Quiero disculparme por ser inoportuna e invadir sus aposentos, pero me he visto en la penosa necesidad de serlo —cayó en la cuenta de que no sabía qué hacer con sus manos, por lo que las colocó una encima de la otra, sobre su ombligo. Un oriental, conocido de su madre, le había enseñado que en aquella posición, evitaba que las hostilidades y la envidia, ingresasen a su cuerpo. Era, de alguna manera, una postura defensiva, y no entendió por qué la adoptaba con un pobre lisiado.

Georgine ha estado con fiebre muy alta durante toda la noche. Intentamos bajar la temperatura utilizando ladrillos y paños fríos con vinagre, pero no resultó eficaz —hablaba con tranquilidad, intentando ser precisa en sus palabras. Notó un movimiento, y descubrió un exótico gato, que caminaba entre los muebles de la oscura habitación. El animal le pareció más una extirpación del estómago del Diablo, que una mascota domesticada. La observaba como si quisiera arrancarle el alma. Pero no hizo ningún comentario, pues no correspondía.

Vengo a solicitarle que pida un médico para ella. Yo no tengo la potestad para darle órdenes a ningún empleado, y tampoco sabría a quién enviar. Como sabrá, hace muy poco tiempo que estoy trabajado para su familia y estoy intentando acomodarme aquí.

Julianne estaba visiblemente incómoda, pues no sabía cómo dirigirse ante aquel hombre, y mucho menos en una situación tan crítica. Quería volver urgente junto a Georgine, no soportaba la atmósfera de aquel cuarto, con aquel caballero que parecía odiar a todo y todos. Conforme pasaban los segundos frente a él, lograba dilucidar la falta de alegría en el hogar, los ánimos tristes de los pequeños, que no se atrevían, si quiera, a ir a saludar a su padre, mucho menos a invitarlo a los conciertos caseros o llevarle algún dibujo. No sabía que alguno de los niños viese muy seguido a Satie, de hecho, casi no hablaban de él y tampoco de su madre.

La tragedia se había erigido sobre el clan, como una nube oscura que había opacado todo a su paso. Nadie se había salvado de ella, y Julianne temió convertirse en una víctima más de todo eso. Comenzó a dudar de si había sido una buena elección aceptar aquel empleo, arrastrando a Mihai con ella, en un intento casi desesperado por darle lo mejor, por sacarlo del Infierno y brindarle una verdadera oportunidad de ser feliz. Empezaba a ver, con más claridad de la que le hubiera gustado, que su tiempo en aquella casa tenía fecha de caducidad, y que pronto tendría que buscar un nuevo sitio donde volver a reinventarse.



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