Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Stranger in a Strange Land → Privado

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Stranger in a Strange Land → Privado

Mensaje por Thierry Debussy el Dom Ago 28, 2016 2:24 am


“But there is nothing so cruel in this world as the desolation of having nothing to hope for.”
― Haruki Murakami, The Wind-Up Bird Chronicle


Las noches resultaban lo más difícil cuando no se espera, ni se quiere nada. Thierry se sentaba frente a su escritorio a leer, a escribir o a tratar de resolver teoremas que ningún matemático ha podido resolver. El sueño solía llegar en la madrugada, abrazándolo con manos heladas y besándolo con labios secos, para luego marcharse un par de horas después, si es que acaso venía. No siempre lo hacía, y él nunca lo esperaba. No perdía la calma, hace mucho que se había desecho de esas ataduras, simplemente continuaba.

Sus noches en vela eran su bastión. Su castillo. Su sepulcro. Eran su lugar seguro, casi sagradas como una misa de gallo. Pero esa en especial, parecía estar condenada. El fracaso, le parecía, era la condición natural del hombre, nada nuevo de lo cual sorprenderse y sólo los necios se aferran al triunfo, aún así, su rutina era su triunfo y su fracaso, que alguien o algo viniera a interrumpirla se sentía como una afrenta. ¿A quién iba a culpar cuando se trataba de la suerte? Cuando ni siquiera creía en ella. El frasco de tinta se derramó sobre sus anotaciones, tomó el papel y lo arrugó para luego arrojarlo a la chimenea que ardía.

En un perchero de la esquina descansaba una gabardina negra, misma que tomó y se puso, para luego salir de la casa. Usualmente sus insomnios los pasaban recluido, de todos modos no le gustaba mucho la gente, pero la frustración de la velada lo orilló a ello. Encendió un cigarrillo y se echó a andar. Consultó en un reloj de faltriquera la hora, y no era tan tarde como pensaba, a veces perdía la noción del tiempo.

Vagó unos minutos, hasta que unos borrachos quisieron increparlo y prefirió ignorarlos, teniendo que tomar un camino distinto que, sin planearlo, lo condujo al burdel. Miró el lugar como si se tratara de un sitio venido de otro mundo, de otra realidad. Thierry era un solitario, pero tenía necesidades, no era indiferente ante el oficio de la prostitución, sin embargo, prefería que las chicas fueran a su hogar. No obstante, en ese momento, ingresó. Tan pronto puso un pie, una mujer ya entrada en años y con exagerado maquillaje le preguntó que qué buscaba y al no saber responder, la madame le dijo algo sobre que tenía algo perfecto para él. Lo condujo a una habitación y ahí lo dejó.

No supo ni qué demonios había sucedido. Todo había sido muy rápido. Sin embargo, no hizo amago alguno de querer irse, se quedó muy quieto, senado al filo de la cama que rechinaba a cada mínimo movimiento. Aguardó. Tal vez todo eso había sucedido por una razón, aunque no creía en esas cosas. Volvió a consultar su reloj de oro y granate. Fue cuando escuchó que se abría nuevamente la puerta. Alzó el rostro y vio ingresar a lo que no pudo calificar de otro modo, más que como una niña. Supuso que sería alguna ayudante. Se puso de pie.

¿Sabes si tardarán más en enviarme a alguien? —Preguntó con el reloj aún en la mano, como símbolo de tiempo, un báculo que indicaba su prisa. Al fin guardó el artefacto en el interior de su saco y con esos ojos color agua, miró a la chiquilla, que era en verdad joven, y muy bonita. Se preguntó sobre las desgracias de su vida, pero Thierry jamás había sido el más interesado en el sufrimiento ajeno. Todos estaban donde debían, incluso esa mocosa.

Se acercó a ella, no demasiado, y se detuvo a un par de pasos. La ingenuidad jamás le había ido bien, pero en esa ocasión, tardó más de lo que debía en darse cuenta de lo que estaba pasando. La estudió un segundo y al siguiente ya lo tenía claro. Alzó las cejas y dio un paso hacia atrás.

No… —sonrió con la malicia de un diablo—, esto debe ser una broma, ¡eres una niña!


Última edición por Thierry Debussy el Miér Nov 02, 2016 6:31 pm, editado 1 vez


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Re: Stranger in a Strange Land → Privado

Mensaje por Lorna Mackintosh el Sáb Oct 08, 2016 4:49 pm

"The tragedy of this world is that no one is happy, whether stuck in a time of pain or of joy."
Alan Lightman

Sí, sin dudas era una niña. ¿Pero había algo de malo en ello? Lorna, si bien llevaba adelante una profesión de moral cuestionable, seguía sintiéndose, en muchos aspectos, en su infancia. No era una muchacha amargada, como muchas de sus compañeras. Disfrutaba de jugar con sus hermanos, de peinar las pocas muñecas que había heredado de algún rico que las tiraba al basural o las donaba a la caridad. También le gustaba ayudar a su madre a cocinar: era su momento favorito. Admiraba a esa mujer que, con tan poco, se las ingeniaba para que toda la familia se alimentase en igual medida. La muchacha había notado que, en más de una ocasión, le servían un poco más a ella, quizá arrastrados por la culpa de someterla a la prostitución y aprovecharse de sus ganancias. Lorna no decía nada, porque sabía que, cualquier comentario, calaría hondo en el alma de sus padres. Prefería callar, como en la mayoría de las ocasiones.

Ese día, había sido especialmente gris. Su carácter afable y dulce, se veía aguijoneado por la preocupación. Keith y Maisie, sus hermanos menores, estaban afiebrados hacía días y no había poder de Dios con el cual sanarlos. Al mayor, habían comenzado a salirle unas machitas rojas que le provocaban comezón. No había un instante en el que pudiera abstraerse de su mundo y volver a ese pequeño burdel; los olores le revolvían el estómago, la poca luz la irritaba y la música le provocaba dolor de cabeza. Atender a su primer cliente, le pareció tortuoso. Un anciano decrépito, con el cual tuvo que hacer milagros para que, finalmente, se quedase dormido con ella debajo. Se higienizó entre lágrimas y lamentos, pensando en las caritas pálidas de sus adorados hermanos. No podía irse, necesitaba el dinero de esa noche para un médico decente. Al tiempo que colocaba horquillas en su cabello abundante, le informaron que debía volver al trabajo.

Ante los comentarios del caballero, alzó una ceja y no pudo disimular la mueca de fastidio. Ella, que sonreía a todos, que inspiraba ternura hasta en las más competitivas rameras, se mostraba humana: sí, humana, porque era imposible que una persona se encontrase siempre de buen humor. Había elegido un pésimo momento para dar a conocer su naturaleza, para que el famoso carácter escocés floreciese. Le habían remarcado, una y otra vez, que su trato para con los clientes debía ser bueno, no importase lo que éstos le pidiese. Claro que, nunca le había ocurrido que la confundiesen con alguien del servicio. Llevaba la bata desprendida, mostrando el corsé rojo con puntillas negras, las piernas cubiertas con medias de ésta misma tonalidad, y no tenía una gota de maquillaje. Se ajustó la prenda superior, visiblemente incómoda por la confusión del caballero. Pero no hizo aclaración alguna, que se diera cuenta sólo. No tardó demasiado en hacerlo, aunque hubo algo en su sonrisa que a Lorna le erizó la piel; aunque no supo si fue porque era demasiado atractivo o por la maldad que inspiraban sus gestos.

Tengo diecisiete años —aclaró, en su lamentable francés. —Si lo desea, puedo pedir que venga otra de mis compañeras —continuaba hablando, seguramente conjugando mal los verbos y acentuando a más no poder la dureza de su idioma natal. Hizo un paso hacia atrás, primero por orgullo, y segundo porque se sentía incapaz de continuar bajo el escrutinio de aquellos ojos. Jamás, a lo largo de su vida, había sentido el peso de una mirada tan profunda, tan poderosa. Se abrazó a sí misma, y encogió los hombros de manera inconsciente. Había oscuridad en aquel hombre y, al mismo tiempo, Lorna sintió una honda tristeza. Vio soledad y también rencor, un rencor acumulado en su ser. La muchacha detestaba aquella veta humanitaria que la arrojaba a querer solucionar los problemas del mundo, cuando no podía ni siquiera con los propios. Pero no importaba. Deseó que el caballero no pidiese por otra; había decretado que quería ayudarlo a sanar.



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Re: Stranger in a Strange Land → Privado

Mensaje por Thierry Debussy el Miér Nov 02, 2016 7:12 pm


“I wish I could show you my broken heart as an answer of every question your eyes ask me.”


Por un segundo que se prolongó eterno, Thierry clavó la mirada en la chica, incluso dejando de lado la sorpresa que en un inicio lo embargó. Tampoco había deseo, aunque estaba concentrado en la figura menuda de la meretriz. Lo que existí en su gesto era duda, pero no esa que te hace titubear o temer, sino una que provoca que con tal de demostrar su punto, sería capaz de cualquier cosa y es que lucía de ese modo como un monarca cruel, que somete a su injusto escrutinio a todos, y en esa ocasión, era ella su víctima en turno.

Al escuchar a la joven, con un francés tan malo que daba pena, parpadeó como si regresara de un largo viaje, sin haber dejado la habitación. La sonrisa que de a poco se había desvanecido, apareció de nuevo con inusual rapidez. Era un ademán afilado, inteligente. Se movió lento y medido, terminando de acercarse para quedar frente a ella. Así, comparada con su propio cuerpo, le pareció más pequeña aún. De ser otra persona, se habría preocupado, tenía sólo diecisiete años, no era francesa y estaba trabajando ahí. ¿La estaban obligando? ¿Alguien la explotaba? El pensamiento cruzó por su cabeza, pero Thierry no era un justiciero, ni le interesaba. Las cosas y personas estaban en el lugar que debían estarlo.

Y cuando ella se abrazó a sí misma, rejuveneció aún más. Ese acto le confirmó de hecho, lo niña que era. Sabía que era un hombre que intimidaba, y ahí estaba la prueba.

¿De dónde eres? —Alzó el mentón y la miró con desdén manifiesto—. Es obvio que no eres francesa. Ni siquiera dominas el idioma —entornó la mirada, sonó burlón y así, de ese modo, lució como un animal predador al que no se le escapa ninguna captura. Uno de sus fuertes eran los idiomas, podía comunicarse con ella en el natal, si averiguaba cuál era. Por el acento adivinó que sería de las islas británicas, la complexión se lo daba a entender así también.

Con brusquedad estiró una mano y tomó por el mentón a la joven. La estudió como si lo hiciera con una cabeza de ganado. Había algo deshumanizador en su mirada. Las personas para Thierry eran conceptos, objetos. Y es que de ese modo le resultaba más fácil desenvolverse, desnudando de su identidad a la gente, poniéndolos a todos al mismo novel, emperadores y prostitutas, como la chica, por igual.

Estás aquí, y sin embargo, no te han corrompido —no era una pregunta. Aseveró meridiano, aunque sonó sorprendido también. La vio directo a los ojos. Eran hermosos y claros, pero más allá, también conservaban algo que debió perder hace mucho, y que él mismo no poseía, ni apreciaba. Decir que era inocencia era quedarse cortos, era algo mucho más grande e importante—. No, no quiero a otra. Tú estarás bien —la soltó con la misma tosquedad con la que la había agarrado. Sus planes esa noche habían cambiado. Un suceso mínimo, como ese encuentro, en un efecto de bola de nieve, replanteaba lo que quería.

Le dio la espalda y se quitó el saco, quedando solamente con la camisa blanca, inmaculada como el velo de una novia. Se remangó también y se giró de nuevo. No parecía con ganas de revolcarse en la cama con ella, pero tampoco quedaban claras sus intenciones.

Dime, chiquilla, hace cuánto que trabajas aquí —preguntó aún acomodándose las mangas. Thierry no era altruista, ni le interesaba en absoluto ayudar a nadie. Lo que sí era, era un buscado de la verdad que no descansa hasta obtenerla. Y al volver a verla así, con esa ropa que podía resultar sensual pero que en ella lucía como una investidura a su injusticia, lamentó sus escrúpulos y su curiosidad. Sin duda hubiera sido agradable consumar por lo que había pagado.


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Re: Stranger in a Strange Land → Privado

Mensaje por Lorna Mackintosh el Mar Nov 08, 2016 11:37 pm

Durante el tiempo que llevaba prostituyéndose, había pasado por ocasiones extrañas, inusuales, algunas, incluso, habían resultado traumáticas. Había desarrollado una amplia capacidad de adaptación, sin embargo, esa noche era la más extraña de toda su vida. No entendía bien a qué apuntaba su cliente –si era que podía catalogarlo de aquella manera-, y tampoco comprendía demasiado lo que decía. Le hubiera gustado atreverse a pedirle que hablara más lento, así lograba captar el mensaje, pero le temía a la desaprobación que irradiaba su mirada, y la cubría con un manto feroz. Por algún extraño motivo, sentía que estaba siendo evaluada y eso la incomodaba.

Inverness —respondió, escueta. Sí había conseguido entender aquella pregunta. Nadie le consultaba jamás, porque no era de la clase de mujer a la que buscaran para hablar; nunca se interesaban demasiado en ella, eran muy pocos los que reparaban en que era un ser humano. A pesar de que podía sentirse halagada, nada en la actitud del caballero le decía que hubiera un real interés en ella. Más bien, podía verse a sí misma como un objeto que merece un instante de observación para, posteriormente, ser descartado. Quizá estaba pensando si pedía el servicio de otra de las muchachas.

De lo que dijo a continuación, no fue capaz de interpretar ni una sola frase. Sólo se sometió con mutismo al momento de contemplación y, una vez que la soltó, Lorna giró el rostro. ¿Qué clase de hombre era ese? Comenzaba a arrepentirse de su decisión de quedarse allí. Cualquier prostituta podría cumplir con las bajas expectativas que parecía tener el extraño. ¿No había ido allí, simplemente, a fornicar? Si quería conversar, había otras jóvenes cultas, algunas hasta habían pertenecido a una buena familia, y seguramente, lo entretendrían mucho más que ella, una analfabeta que, a duras penas, podía intercambiar alguna que otra palabra en francés.

Cuando él comenzó a desvestirse, Lorna hizo lo propio. Dejó caer la bata, segura de que, finalmente, harían lo que le correspondía a cada uno por su posición. Una vez que el hombre se detuvo, se sintió una completa estúpida por haber deshecho los cordones del corsé. Nuevamente, se abrazó a sí misma, incapaz de permitir que la prenda cayese y dejase expuestos sus pechos. Habían sido incontables los que la había visto desnuda, los que la habían tocado, pero la humillaba la posición de indefensión en la que se veía, frente a alguien al que no era capaz de descifrar. ¿Por qué hacía todo tan difícil?

Hace dos años —respondió, con la misma dificultad que anteriormente. No podía verlo directo a los ojos, así que su mirada se desvió, una y otra vez, hacia los diversos rincones de la habitación, por demás conocida. Estudió con demasiado detenimiento nimios detalles, insignificantes y de mal gusto, carentes de cualquier elegancia.

Lorna comenzaba a impacientarse. Estaba haciéndole perder su tiempo, que era valioso y le costaba dinero. Pensó en que, finalmente, el hombre se retiraría sin haberle tocado un mísero cabello y pediría la retribución de su inversión, por no haber logrado saciarse. No sería extraño, tampoco sería la primera vez. Le urgía el pago, por lo que permitió que el corsé se deslizase hasta el suelo. Se acercó a él, sin sensualidad, pero no se atrevió a tocarlo.

Usted ha pagado por algo. Si quiere conversar, no soy la indicada. Dígame qué quiere y lo haré —continuaba humillándose, pronunciando de forma insultante, un idioma tan delicado como el francés. Era una completa ignorante, y nunca había tenido vergüenza de ello hasta ese momento. Las ansias de descubrir más de él, habían desaparecido con la misma facilidad con la que habían emergido. Lo único que quería era hacer su trabajo e irse de allí.



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Re: Stranger in a Strange Land → Privado

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