Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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The Ghost Woman and the Hunter | Privado

Mensaje por Thackery Laine el Vie Sep 02, 2016 4:34 pm



Y de repente todo se había vuelto rutina. Y yo odiaba la rutina; aún cuando mi naturaleza inestable exigía una. Mis movimientos, ¡cada uno de mis pensamientos!, parecía seguir un único patrón monótono, y al percatarme de esto la frustración comenzaba a manifestarme de a poco, una vez más. ¿Cómo me daba cuenta de ello? Bastaba con ojear los bosquejos de mis relatos para evidenciar cierto arquetipo prediseñado de historia. Esto no hacía más que burlar el único vestigio de orgullo que tenía, por no mencionar mis propósitos. Me forzaba, por consiguiente, a salir en busca de mi musa.

La playa era, ciertamente, tan perteneciente como ajena a mí y a mis voluntades, pues poseía contrastes difíciles de ignorar. Durante el día se podía oír al gentío ilustre de París pasar su jornada allí. Ir a la playa suponía toda una aventura, en especial para las damas, quienes por decoro y pudor debían cuidar que su piel no sea expuesta en demasía; para ello se había planteado el uso de un “dispositivo”, si así podía llamársele, que pudiera trasladarlas al agua sin ser vistas. Muchas, ante el trabajo que esto suponía, se conformaban con el aire salubre que el mar les brindaba. Me veía profundamente interesado entonces por las limitaciones que aquel sector privilegiado se imponían entre ellos. Pero las pocas veces que había observado tal actividad había sido de lejos, ya que mi presencia resultaría un incordio para los presentes. En vista de mi condición social, no era alguien que pudiera darse tales descansos, mucho menos en un sitio así. Y precisamente aquella noche me había atrevido a ignorar mis propias obligaciones. ¡Ah! Pero esto no representa sino una mera prórroga, que demuestra y objetiva la facultad de la noche para transformar la ordinariez del bullicio en algo solemne y calmo.
Aún siendo una noche otoñal, veía innecesaria la utilidad de un abrigo. Lo único que entonces me molestaba un poco era cuando la brisa se colaba por la holgada camisa (la cual estaba lejos de tener un corte burgués) que llevaba puesta. Ya marcada la medianoche, el lugar se hallaba deshabitado. Por motivos sobrantes me vi en la necesidad de buscar un refugio que esconda mi figura a simple vista en aquel cuadro costero. Terminaría descansando debajo del muelle principal, a orillas del agua, contemplando las violentas colisiones de las olas contra las considerables protuberancias rocosas a mi costado izquierdo; dichos impactos eran el único sonido del paisaje. Me dejé entonces estimular por ello. Aquella tarde había intentado inútil, muy inútilmente, escribir el obituario de una mujer de apariencia joven. Veía, poco a poco, como mis proyectos morían con la rutina.

Entonces repentinamente fui sacado de mis frustraciones, al sentir las maderas encima de mí crujir ante los pasos de alguien. Vi una mujer de espaldas, una mujer de cabellos largos, y piel tan pálida como el mármol. ¿Estaría ella enferma? Sus pies no se detenían, sino que continuaban sosegadamente por el muelle, y yo más asomaba mi cuerpo, torpemente, para verla. Fue sólo cuando llegó hasta el final, gracias a un leve giro con su rostro, cuando me fue posible apreciar sus facciones, y sentí escalofríos.
Su perfil delineado, débilmente iluminado por la luna, había logrado sacarme de mi letargo. ¿Cómo podría ella estar enferma, y mostrar semejante magnificencia? La escasa luz que bañaba sus facciones resultaba suficiente para apreciar su belleza inverosímil. Más todavía, aún en su aspecto gallardo, trazase en ella la melancolía. Tal era esta, que temía que la muerte la estuviera cortejando. »¡Tal vez y con su atractivo pueda ella cortejar a la muerte!« me dije, y tomé de inmediato la pluma y retazo de papel que llevaba siempre conmigo, comenzando a escribir. »Ella traicionaría a sus ideales, y buscaría a su único amante en el suicidio. O tal vez, tal vez fuera gravemente herida, en un gran enfrentamiento, y desearía morir en la inmensidad del océano.« ¿Qué debía sentir, de lo contrario? La culpabilidad que podía acarrear aprovecharme de la condición ajena era ofuscada por el éxtasis que me producía la posibilidad de encontrar una buena narración, lo admitía. Mi vista fluctuaba sobre ella y mis letras, hasta que en una ocasión, al devolver mis ojos nuevamente a la dama, ya no estaba. Inevitablemente sentí un calor deslizarse a lo largo de mi espina dorsal. Nadie más podía afirmar lo que había visto. Nadie, tan sólo yo. ¿Es que mi inspiración habría sido arrebatada por un espectro?


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Re: The Ghost Woman and the Hunter | Privado

Mensaje por Pandora el Sáb Sep 24, 2016 1:25 am

La última vez que se despidió de París, creyó que lo había hecho para siempre. Aquella ciudad fue el último lugar al que acudió luego de haber despedido a Blaise; el recuerdo no le era nada grato. Podía profesar un profundo odio hacia Blaise, pero la verdad era otra; una que Pandora jamás iba a admitir abiertamente. Su orgullo se había corrompido y, lentamente, la inmortalidad iba sumergiéndola en una terrible apatía, de la cual, pocos inmortales escapaban. Ya ni siquiera sus constantes viajes le ayudaban a dispersar sus pensamientos. Todo apuntaba a que había caído en la monotonía; ni Wallace lograba entretenerla tanto, ni mucho menos arrastrarla a este mundo. Así que, sin más, decidió hacerles frente a sus propios demonios y partió a esa ciudad que tanto condenaban sus memorias.

Pensó en la posibilidad de poder encontrarse con Blaise en algún punto apartado de París, pero sería tan sólo un anhelo. Por más que él amara la ciudad, no estaría ahí. Jamás dio pista alguna de su próximo refugio en el mundo; se esfumó con la brisa de invierno. Tal vez había sido muy dura, y tal vez, ya la había olvidado. Sin embargo, nada podía asegurar. Ya en ese punto, la conciencia empezaba a recriminarle más de lo que podía soportar.

Odiaba profundamente sentirse atacada por los recuerdos. Ella siempre había sido una persona elocuente y orgullosa; alguien independiente y que detestaba tener que verse involucrada en asuntos emocionales. Pero, tenía que admitirlo, Blaise había logrado lo que otros no, y eso la derrotó. Por esa misma razón, el vampiro era el objetivo de su desprecio, y también, de su obsesión. A veces culpaba a su hermano de todo; no obstante, en ella también recaía gran parte de la culpa. Blaise no aguantó más, y un día, desapareció.

Se recriminaba demasiadas cosas y eso la hacía sentir débil. Necesitaba estar sola, sin que nadie perturbara sus cavilaciones. Tenía que volver a recuperar su orgullo, así tuviera que hundir para siempre el recuerdo de su querido Blaise.

Anduvo por varias partes de la ciudad, recordando gran parte de sus viajes. Claro, en ese entonces, había hecho el recorrido durante las horas del día; ahora, la escena se apreciaba mucho más lúgubre. Las penumbras se apoderaban de todos los rincones, apenas iluminados por el reflejo de un claro de luna. Aun así, nada de esto perturbaba la mente de Pandora; las cosas por la noche no solían verse agradables, pero ya se había acostumbrado. Después de todo, ella era parte de ese mundo oscuro que sólo podía contemplarse durante madrugadas inciertas. Las mismas que convertían al mar sereno en uno furioso, y extrañamente, rodeado de un silencio que no se podía corromper con facilidad. A diferencia de los canales de Venecia, aquellas aguas oceánicas poseían un vigor que llamaba su atención; dejaba ir, en las embravecidas olas, todo su malestar. Sentía que recuperaba esa parte de sí misma que se debilitaba con memorias no deseadas.

Y fue entonces, mientras contemplaba su reflejo en el agua, que se percató de otra presencia ajena a la suya. Un corazón humano se hallaba cerca; latía eufórico, como si alguna emoción fuerte lo hubiera perturbado. Una sonrisa apareció en su rostro pálido, y con la agilidad que le otorgaba su inmortalidad, fue directo hacia el lugar que ocultaba al causante de aquel sonido vivo. Más fue su sorpresa al encontrarse a las espaldas de un ser aferrado al papel y a la pluma. ¿Acaso la había visto? Ya lo averiguaría.

—¿Se le perdió algo, caballero? —Inquirió con voz musical—. Oh, ¿es un escritor que busca en el mar las ideas? Curioso e igualmente magnífico.



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Re: The Ghost Woman and the Hunter | Privado

Mensaje por Thackery Laine el Miér Oct 26, 2016 1:39 am



Acallar mis pensamientos no era — y nunca sería — sencillo. Cavilé así, tan pronto como despareciese de mi vista, durante largos segundos, el porqué de tan extraño suceso. Nunca escuché el impacto del agua, mucho menos volví a oír las apesadumbradas pisadas sobre la madera podrida del muelle. En efecto, si había algo que aborrecía, era el verme incapaz de dar una lectura correcta a un hecho.

La mujer para la cual escribía había sido arrojada a la fosa con un vestido similar al que ella llevaba, al menos en cuanto color se observase, pues no podía decir lo mismo del diseño. El cadáver era reciente; sus rasgos faciales estaban intactos, como si estuviese sumida en el más profundo de los sueños. Supuse además que las bajas temperaturas de la temporada habían provocado un prolongamiento en el rigor mortis. Por su apariencia, a diferencia de una inmensa mayoría, no había fallecido de alguna epidemia específica; su piel estaba exenta de erupciones o tonalidades irregulares. Era, sin lugar a dudas, un cadáver precioso, casi tanto como lo era esta joven. La muerte aún no osaba quitarle su gracia. He aquí el improvisado escrito:



Desterrada con acuoso traje, la bella Eunice en el limbo de ahora en más yace.
Representan sus pálidos restos la alevosía; de nuestra negligencia, una triste alegoría.
En tierra escarlata doblegan su templo humillado. En tierra profana burlan su espíritu condenado.

¡Mirad entonces! Como se inquieta el mar mismo, ante la ausencia del rostro dotado de lirismo.
Oigan por su evanescencia, los lamentos de marinos y poetas.
Adorada por sus lágrimas, por la eterna desesperación de su mirada.

Quien pudiera contemplar su dulce melancolía, sobre esta fosa lloraría.
Oh, gentil doncella, ¿cuál es de todas tus tragedias la más bella?
Esperando mermar su secreto, convierte su imagen en sacramento.

Y cuando las aguas templen ante la brisa perfumada.
Suspiros entre la bruma inmaculada; cánticos fúnebres veneran la llegada,
del espíritu abismado en la agonía, comprendiendo al consuelo como perpetua utopía.



No había tomado cuenta hasta entonces de la euforia con la cual fui subyugado a arremeter sobre mis letras. ¡Que iluso! Estremecía ante la posibilidad de haberme dejado embelesar por un fantasma, un ente condenado a repetir su último acto, la tragedia de su ocaso; mas aún me veía fascinado con la sensación que aquello me había permitido experimentar. Mi escritura no estaba exenta, sin embargo, de futuras modificaciones. Su nombre rememoraba a una de las nereidas de Hesíodo. ¿A quién más debía evocar sino una ninfa?

Exhalé en silencio. No supe entender tampoco por qué en ese momento me vi obligado a abandonar el sitio. Sin ninguna clase de premeditación, sentí la necesidad de irme, pues las sensaciones que conmigo se alojaba iban distorsionándose con los segundos, y al no atribuirles una buena interpretación, no me molesté en replantearlo. Así, tomando todas mis pertenencias con la izquierda, busqué darme un pequeño envión con mi mano libre, apoyándola sobre la arena. Fue cuando oí esa voz.
Aquel sobresalto logró que desconcentre la fuerza que ejercía con la diestra, y cayera sobre mis rodillas, arrojando al suelo lo que llevaba conmigo. Al voltearme abruptamente en esa posición volví a sentir aquel calor. Era ella.

¿Cóm… ¿Cómo lo ha hecho? Había logrado detener mis palabras, pues no harían más que evidenciar mi acto cobarde, el que significaba escudriñar lo ajeno desde un escondite.
Me quedé observándola un buen rato. Su piel marmórea se contemplaba delicada, aterciopelada, y sin embargo con una palidez extremadamente enfermiza, mucho más intensa de la que pude apreciar en la lejanía minutos atrás. La misma impresión me dio sus ojos. ¡Sus ojos! Hundí mis pensamientos en aquellos orbes, tan traslúcidos como, paradójicamente, insondables. Con elocuencia sus palabras me dirigía, cuando la escena debía prestarse a otro efecto. No pude sentirme seguro.
—No…¿Qué?
Aturdido, esa era la palabra. Me veía aún atraído hacia las más estúpidas conjeturas. Apenas y con dificultad lograba concentrarme en lo que vagamente respondía. Pasaría así lo que yo consideré una eternidad de silencio, antes de que restaurara mis ideas.
—Esto —Eché un vistazo a mi material—, esto no es nada.
»¿Por qué arriesgaría usted su presencia a estas horas? —
cuestioné, en lo que volvía a levantarme, buscando reunir mis posesiones. ¿Acaso yo no lo estaba haciendo? Tan absurdas eran mis palabras.


Última edición por Thackery Laine el Miér Abr 19, 2017 8:24 pm, editado 2 veces



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Re: The Ghost Woman and the Hunter | Privado

Mensaje por Pandora el Vie Dic 30, 2016 5:27 pm

Mucho más tranquila, volviendo a ser la misma de siempre, Pandora se dirigió hacia quien la había espiado largo rato, mientras ella contemplaba silenciosa el mar tormentoso, dejando ir un recuerdo que aún le era humillante. Había encontrado en esa noche algo aburrido, pero al dirigirse a aquella playa, su opinión cambió, y mucho más cuando se encontró a ese mortal atormentado por el arte de la escritura. ¿En quién se inspiraba para escribir con vehemencia en medio de la gélida noche? Quizás en el encuentro entre la vida y la muerte; la unión de dos mundos completamente dispares. El equilibrio de las energías que entretejen al mismísimo universo. Era curioso a su manera, como una belleza idílica surgida de las tinieblas, o solamente un tropiezo casual entre dos personas distintas. Cualquiera de las dos opciones le resultaba atractiva y oportuna.

Su repentina aparición se había convertido en motivo de desconcierto, en un acto fuera de este mundo; en algo completamente irreal. La conmoción causada en la frágil figura del hombre sólo generó gracia en la terrible deidad onírica. Pandora no se arrepentía de sus acciones, nunca lo había hecho; sólo tal vez le removía la conciencia haber dejado que Blaise se apartara de su lado, pero continuó con su conducta egoísta y caprichosa sin importar qué.

La mirada ella, aparentemente felina y atrevida, escudriñaba al moribundo poeta. Quería revelar las intenciones que lo arrastraron a la soledad, a sorprenderse al verla; de seguro su palidez causaba inquietud. Seguro se cuestionaba como alguien de tez tan mortecina podía mostrar tanta belleza y calma a la vez. También tanta seguridad y habilidad para actuar como un ser viviente cualquiera. Pandora, dejando en evidencia lo poco que le importaban estas cosas, terminó acercándose más, pues no podía negar que aquel mortal le era particularmente curioso y le atraía esa manera de actuar tan reservada y temerosa a la vez. Era como seguir las pistas de juego en el que no pretendía perder.

—¿Qué cosa? —Inquirió como si sólo siguiera la corriente de lo que él decía—. Oh, cierto. Irrumpí sin ser invitada; pero es precisamente lo mismo. Su presencia también irrumpió en mis cavilaciones y no pude sino venir a enfrentar dicha aparición. —Retrocedió un par de pasos, con elegancia, también con la arrogancia que caracterizaba cada movimiento suyo—. ¿Por qué miente? ¿Intenta ocultar su obra de otros? ¡Ah! No me diga, ¿escribía un diario? Digo, esa sería una razón válida para resguardar un escrito. No se ofenda, pero el arte no es algo para ocultar, sino exponerlo ante el mundo.

Quiso valerse de la osadía para pretender arrancarle los escritos, pero se contuvo. No lo hizo por educación, sino por lo turbias que sonaron las siguientes palabras de él. Dudó por unos segundos de hacerle conocer a quien se enfrentaba al darse cuenta que no hallaba excusas válidas, aunque si las había, por muy increíbles que fueran

—¿Arriesgar? —Negó—. No lo vea de ese modo, simplemente decidí tomar un paseo, como lo ha hecho usted. ¿O no piensa que también está arriesgándose al encontrarse aquí? —Y sí, claro. Estaba diciéndolo por ella, porque realmente podía resultar una verdadera amenaza para un humano errante—. Yo no temo a la noche, caballero. Nyx es como mi hogar; un refugio en el que estaré por mucho.



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Re: The Ghost Woman and the Hunter | Privado

Mensaje por Thackery Laine el Lun Abr 17, 2017 1:04 am



A mis labios llegaron ecos de pescadores y marineros, quienes en comunión alcohólica recordaron aquellas miradas furtivas. «Quiénes, sino ellas» ¿Quiénes, sino ellas? Sílfides, revelaciones de amores, revelaciones de penas. Desde lejos se oye un relato, cuyo fin es extrapolar su hipótesis a la imagen del fantasma, enfrentar la dicotomía del augurio; regocijo y muerte.
La dualidad de su espíritu busca ocultarse en el regodeo. Sus réplicas comienzan a buscar autoridad, valiéndose, tal vez de manera inconsciente, como yelmo ante mis cuestionamientos, ante aquello que pretendo ocultar. Pero entonces no era nadie que pudiera poner en juicio advertencia semejante. Esta se exhibía en respuesta a mi falsa preocupación.

— ¿Refugio?... Oh. No habría oído algo semejante en buen tiempo.
El tono que empleaba era relajado, pero no lo suficiente como para que se lo confundiese con apatía. Conseguía que mi comentario adquiriera cierta ambigüedad; una que, aparentemente, era necesaria con la señora. ¿Buscaba entonces la edificación de lo que, probablemente, considerara romántico? ¿O, más bien, el lamento por algo que quisiera dar a entender que escapa de su voluntad? Honestamente, no veía siquiera el sentido de las palabras que usaba con ella; desconocía qué clase de respuesta necesitaba una mujer así. Y es que la soledad, como muchos otros estadios del espíritu, no podía considerarse útil desde su abuso. Aliada de artistas y pensadores. Amante infame de los locos. En visto de que jamás podría considerarme de los primeros, no podía permitirme pasar demasiado tiempo solo. En mi caso era mi hermana; mi única, y no obstante perfecta, compañía.
Por otra parte, decidí no hacer hincapié en su mención acerca de mi presencia. Estaba seguro de que no podría haber sido visto desde la parte inferior del muelle, mucho menos ser oído desde esa distancia. ¿Desde cuando la escritura de una pluma podría sobreponerse al ruido las olas?
— Precisamente no es un diario. Digamos que es una especie de anotación laboral.

Tampoco le había preguntado su nombre y, a decir verdad, este no era de mi interés por el momento. Continuamente se me presentaba la inexplicable necesidad de alejarme de ese sitio. Tal vez si su repentino acercamiento no me hubiese causado tanta repulsión (claro está que no hablo de su indiscutible belleza), me hubiese gustado quedarme para conversar con ella. Quizás era solamente una mala observación. Pero sin dudas, daba la impresión de estar contemplando el retrato de lo desesperante.
Me incorporé tan pronto como pude para tomar camino a la residencia.
— Siento haberla perturbado.
»Que tenga buena noche. Y... Cuídese.


¡Feliz cumple, loca!



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Re: The Ghost Woman and the Hunter | Privado

Mensaje por Pandora el Lun Jun 19, 2017 2:18 am

Ella, ¡la más caprichosa entre todos los inmortales! Había encontrado algo digno de su atención, cuando justo creyó que el aburrimiento de su no-vida estaba por hacerla desaparecer. ¡Bendito el destino que solía colocarle mortales como aquel que contemplaba con una sonrisa! Ese mismo que intentaba defenderse de ella, aunque no pudiera. ¿Qué podía hacer con él en semejante ocasión? De algo estaba completamente segura: no sería su alimento. Quizás, ¿su entretenimiento? ¡Vaya! Aquella idea le ensanchó la sonrisa, pero prefirió ahorrarse sus ideas para después, ahora sólo le interesaba hallar el modo en que pudiera acercarse más, sin que él hallara una salida.

Y no sólo eso, que no se enterara, al menos no en un principio, de lo que era ella en realidad. Pandora a veces no comprendía cómo algunos mortales desconocían la existencia de sobrenaturales como ella, ¡cuando las ciudades estaban plagadas de todas las especies! En especial París, que se convertía en un punto de encuentro... y desencuentro, para los más trágicos. ¡Bien! Tampoco le interesaba ahondar demasiado en una explicación tan superflua como aquella, porque preferiría hacerse cargo de otros asuntos, como acortar más la distancia entre ambos. ¿Eso sí que no se lo esperaba ese hombre, verdad? ¡Qué osadía la de Pandora! Pero no era como si realmente le importara su reputación como mujer, el dinero siempre podía solucionarlo todo. Y de eso tenía mucha experiencia ella, que no estaba en negocios nada sacros para obtenerlo.

—¿No? Uh, pero es curioso que alguien que se dedique a escribir afirme semejante cosa. Al menos es lo que me parece, quizás esté muy equivocada, así que me disculpo por ignorante —habló con mesura, mientras dirigía una mirada intensa al hombre, prácticamente deslizándose hasta que, de un momento a otro, quedó justo a escasos centímetros de su figura—. ¿Anotación laboral? ¿Es acaso un marino que le gusta escribir sobre las mareas? Podría tener sentido, pero, permítame informarle que no es usted ningún lobo de mar, y menos con esa fragilidad, mi estimado señor.

¡Y tan condenada su arrogancia que fue capaz de arrancarle aquel manuscrito de la mano! Lo hizo con la agilidad sobrenatural que poseía, esa misma a la que ningún incauto notaba, ni teniendo los ojos bien abiertos. Seguro, para él, sería el truco de magia más horrible que contemplaría en su vida. Los latidos de su corazón dieron mucha información a la terrible Pandora.

—No siempre se me dio bien pedir permiso —aseguró, con la sonrisa marcada en sus labios, cuidando no mostrar los afilados colmillos que se ocultaban en el interior—. Me parece a mí que el único perturbado es usted, yo estoy bastante tranquila, a decir verdad, Monsieur. No se vaya todavía, la noche apenas comienza... ¿Por qué no me acompaña un rato más? No se ve usted como alguien a quien espere alguna damisela en el hogar, puede ser una enorme lástima. No para mí, porque me ahorraría muchos problemas...




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