Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Empire | Privado

Mensaje por Maximiliano Capet el Mar Sep 06, 2016 6:11 pm

Permitió por un instante que la oscuridad fría y cruel le doblegara, estaba buscando un pretexto para caer, perder la batalla. Haber partido de Paris y abandonar a sus hermanas quizás no había sido algo que planeara, no obstante por bienestar de ellas decidió recluirse en ese exilio del cual nunca supo si volvería. Eventualmente terminó por hundirse en ese torrente de emociones propios de la condición humana. Y es que aún podía recordar todo perfectamente, estaba ahí, esa mancha gris en los muros de sus recuerdos, retazos de memorias que a últimos días habían lacerado su alma y el peso de la muerte de sus padres y demás hermanos significaban un peso sobre sus hombros. Después de un par de semanas de haber regresado a la capital gala, a donde todo había iniciado intentaba levantarse para poder continuar. Aún no estaba listo para ver nuevamente a Ishbel aunque claramente le extrañaba y la necesitaba a su lado, caminó un rato por los pasillos de la casona que había adquirido meses atrás antes de vestirse adecuadamente.

Sus movimientos no habían dejado de ser vigilados por la santa sede, no obstante trataba de mantener el protocolo de un hombre de alta cuna y aunque sus habilidades magistrales en batalla resultaban ser incuestionables aún se aferraba a detalles tan mundanos como el amor por su esposa, beber una copa de vino o visitar a sus viejos amigos. Había crecido en un espacio donde los temas sobrenaturales eran una constante, así que esta visita no sería para hablar de negocios, necesitaba simplemente alejarse de todo ello por un momento. Observó el reloj de bolsillo y suspiró tratando de hallar calma en el turbulento océano de sus pensamientos. No demoró más de 10 minutos en acomodar su indumentaria, una que le permitiera pasar por alto solo esa noche que sus servicios estaban congregados a Dios y a su benevolencia. Habría pasado mucho tiempo desde que se vieron por última vez y era de los pocos allegados que supo sobre el genocidio de su familia y el ahora matrimonio clandestino con Ishbel, lo mínimo que podía hacer por el era visitarle una vez más.

Escuchó el sonido del carruaje aproximarse, había ordenado que nadie de la servidumbre le acompañase, se levanté de la silla, ajustó los últimos detalles de su vestimenta que mostraba tonalidades sobrias, nunca había reparado en demasía con su apariencia, sin embargo Ishbel era quien se encargaba de esa tarea, sonrió con el simple hecho de atraerla en sus pensamientos y avanzó apenas unos pasos a través del salón. Se encaminó hacia los pasillos y abordó el carruaje que le conduciría a la mansión. Estaba ansioso, pero también un cierto ápice de nerviosismo inundaba su semblante ¿Acaso había olvidado sus modales? ¿Su retórica estaría fuera de lugar ahora que había perdido contacto con el mundo exterior? En menos de lo que aquellos demonios bailaban con él en su lucha constante, el cochero le advertía había arribado al lugar. Atravesó un jardín diminuto y el sonido suave del agua que brotaba en una fuente adyacente calmó ese pánico. Llamó a la puerta y fue recibido por el personal de Honoré. Finalmente le vio ahí, atado a esa vida que nunca esperó para su amigo.

–Honoré ¿Cuánto tiempo?–


Última edición por Maximiliano Capet el Jue Nov 24, 2016 3:18 pm, editado 1 vez

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Re: Empire | Privado

Mensaje por Honoré Satie el Dom Oct 02, 2016 7:00 pm


“They say ‘time heals,’ but even now I know that’s a lie. What people really mean is that eventually you’ll get used to the pain. You’ll forget who you were without it; you’ll forget what you looked like without your scars.”
— Claudia Gray, A Thousand Pieces of You


Antes de esta condena, el matrimonio Satie gozó de una vida social movida. Estaban en lo más alto de la escalera aristocrática y sus amistades se contaban por montones. Claro, los que Honoré consideraba verdaderamente sus amigos, amigos cercanos e íntimos, eran pocos. No obstante, desde aquellos que acudían a las fiestas dadas por el matrimonio hasta su círculo más cercano, poco a poco, lo fueron abandonando tras la muerte de Aglaé. Honoré se había encargado de apartar a todos con esos modos amargos y groseros que adoptó. Que lo dejaran en paz, eso era lo único que quería. Y si acaso le interesó conservar a uno, ese fue Maximiliano, el heredero de los Capet, con sus propias tragedias y heridas. Pero en el tiempo que él convaleció, le perdió la pista. Simplemente desapareció tras la tragedia que marcó a su familia y él tampoco tuvo ni la delicadeza ni los ánimos de buscarlo.

Fue hasta que el propio Maximiliano lo volvió a contactar que supo que estaba vivo, y de regreso en la ciudad. Concertaron una cita. Honoré pidió que fuera en su casa, sitio que jamás dejaba. Aprovechó que esa mujer MacFarlane, que había contratado su madre, había llevado a sus hijos al centro. Eso les daría privacidad. En todo caso, nadie se atrevía a interrumpirlo cuando él daba una orden.

Por una vez bajó de su despacho. Odiaba ir a la planta baja, porque eso requería ayuda de sus sirvientes, pero lo creyó más prudente y ahí aguardó. Cuando tocaron a la puerta, con un ademán ordenó que abrieran de inmediato y así fue. Desde su lugar, postrado en la maldita silla, no alcanzó a ver al visitante. Hace tanto que no lo veía que su rostro se tornaba difuso en sus recuerdos. Empujó las ruedas de la silla hacia el recibidor.

A un lado —espetó a los sirvientes que de inmediato se apartaron. Ahí estaba, Maximiliano. Un fantasma de un pasado que por su propio bien, no visitaba a menudo. Había cambiado, pero no demasiado, estuvo seguro que de los dos, él era el que más se había transformado, ahora atado a una silla de ruedas. Sonrió apenas perceptible y es que desde su accidente, ese acto le costaba demasiado trabajo. Le dolía como si removiera un cuchillo enterrado.

Maximiliano —respondió, alzando el mentón. Honoré tenía esa terrible capacidad de, aún en su invalidez, imponer como un soberano cruel—. Perdí la cuenta de los años que hemos pasado sin vernos —aunque era ese patrón atroz y ese hombre amargado, aquello salió con una cadencia más parecida a la que lo hubiera acompañado en el pasado.

Pero ven, pasa por favor —maniobró la silla y la giró. Comenzó a avanzar por el pasillo y hasta la sala de estar. Ahí estaba abierta una puerta doble que daba pie a otro salón, el que había mandado preparar para recibirlo. A esas alturas era tan extraño que tuviera visitas que los espacios destinados a ello parecían abandonados. Pero la servidumbre, temerosa de él, habían dejado aquel lugar como en sus años de mayor esplendor.

Que nadie nos moleste —dijo sobre su hombro sin dejar de avanzar. Nadie de los mayordomos y mucamas respondió. Estaban acostumbrados a ello.

Al fin llegaron al salón, decorado con tapices y muebles hechos bajo pedido, sobre una mesilla de patas muy delgadas descansaba un florero con lirios, una botella de coñac y dos copas. Con pericia, una vez más, Honoré manipuló la silla e hizo amargo de querer cerrar la puerta, pero no pudo, limitado por obvias razones. Suspiró con cansancio y levantó el rostro hacia su viejo amigo.

¿Me podrías ayudar con esto? —Le pidió. Sonó cortante, pero es que pedir ayuda era una de las cosas que más aborrecía. Por eso no salía, por eso no veía a nadie, porque solo, en la segunda planta, no necesitaba la ayuda de nadie.


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Re: Empire | Privado

Mensaje por Maximiliano Capet el Jue Nov 24, 2016 3:18 pm

Había sido un tanto egoísta quizás en su actuar. Se apartó de todos y de cada amigo, conocido y aliado que pudiera poner en riesgo su plan de venganza en contra de quien destrozó a su familia. Y en ese sendero frio, pensó que lo más correcto era perderse. Cuan equivocado estaba, no cayó en la cuenta de aquello hasta que frente a sus ojos nuevamente se dibujó la silueta de Honoré, la voz grave y demandante de este y su semblante inquebrantable trajo a su mente recuerdos, buenos recuerdos. De una época donde el júbilo aun podía verse escrito en los anales de ambos hombres. Cuánta razón había en la aseveración de su viejo amigo. Demasiado tiempo perdido en esa búsqueda de resarcimiento, el exilio mostró su rostro menos afable al inquisidor y era por eso que estaba tratando de retomar viejas usanzas.

–Me temo que tienes razón, han sido demasiados diría yo– asintió ante el recibimiento.

Hizo amago de sonreír, de agradecer el gesto de su amigo de otra manera, pero el simple hecho de verle en ese estado quebrantaba su espíritu. Estimaba demasiado a Honoré, considerándolo como un hermano, un consejero y un pilar fundamental en su vida antes de marcharse de Paris. Existían razones de sobra y peso para que Maximiliano sintiera un dolor inexplicable y una impotencia por tener que soportar aquella escena.

No obstante por respeto a su anfitrión evitó derrumbarse antes de lo previsto, ya tendrían tiempo para acallar los demonios del otro.

–Claro, muchas gracias–

Hizo ademán de gratitud hacia la servidumbre, quienes notablemente se rendían ante el mandato de su patrono. Ciertas cosas no habían cambiado, como el hecho de que entre ambos amigos, Honoré siempre se había destacado por poseer una voluntad inquebrantable, aptitud que el inquisidor admiró siempre.

La estancia era amplia, se respiraba un aire de tranquilidad, pero nostálgica al mismo tiempo. Ese sentimiento de vacío cuando algo no va bien en la vida de una persona. Se adentró tranquilamente reparando en algunos detalles que decoraban la habitación. Apenas noto que por razones obvias su amigo tendría ciertas dificultades y en las cuales tendría que interceder constantemente.

–Por supuesto, no tienes que pedirlo–

Espetó con amabilidad el joven inquisidor.

Una vez cerrada la puerta, Maximiliano se permitió descansar sobre un pequeño sofá, respiró con más sosiego y pudo finalmente ver de frente a su anfitrión.

–Echaba mucho de menos estas visitas agradezco el recibimiento una vez más y de verdad espero no causarte ninguna molestia–

Sonrió con un poco más de naturalidad.

–Debo admitir que temí no recibir una respuesta tuya, dado que perdí comunicación con muchas personas, ya te explicaré que me orilló a desaparecer durante todo este tiempo y espero que comprendas el porqué de mi ausencia–

Buscaba cierta redención en ese acto. No es que fuese egoísta, nunca lo había sido. Simplemente quería que su amigo supiera que ahora que estaba de regreso no le dejaría luchar contra sus demonios solo. Había escapado una vez por temor a herir a los que le rodeaban, pero se sentía fuerte en este momento, lo suficientemente fuerte como para hacer ese ofrecimiento.

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Re: Empire | Privado

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