Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Mensaje por Doreen Jussieu el Sáb Sep 17, 2016 8:18 pm

“Algún día todo tendrá sentido,
así que, por ahora,
ríete ante la confusión,
sonríe a través de las lagrimas
y síguete recordando que todo pasa por una razón”

- Anónimo




¡Que bonito cabello tiene! — Aquel era el pensamiento de una madre que observaba a su pequeño dormir. El día había sido largo y agotador no sólo para ellos dos, también para su abuelo.

El itinerario empezó con el despertar de los únicos tres miembros que vivían en aquella casa. El abuelo abrió los ojos a las siete de la mañana, ella por su parte fue a las siete, y por último el pequeño Etienne a las nueve. Cuando dieron las nueve y media, los tres bajaron a probar los alimentos que les habían preparado. Los únicos tres sirvientes de la casa se sentaban a la mesa con ellos. Terminando el desayuno todos tomaron el baño correspondiente, la rubia decidió que debía ir a recoger al atiendo de la familia para aquella tarde, y sólo se tardó una hora, porque su hijo necesitaba sus clases de pronunciación a la una. Comieron, caminaron, cabalgaron, descansaron y terminaron por asistir a la misa del aniversario luctuoso de sus padres.

Apenas se había cumplido un año de su partida.

La misa fue bastante significativa, el obispo que la había efectuado era cercano a ellos, por lo que dedicó palabras hermosas a aquella pareja que se había ido al mismo tiempo; así había sido incluso su amor.

Terminando aquel incomodo evento, sus hermanos, algunas amistades, y otros conocidos los acompañaron en una cena melancólica pero que dio sonrisas a todos los presentes. Etienne había jugado con algunos niños de su edad, por lo que a esa hora, las nueve de la noche en punto, el pequeño ya se encontraba dormido. Su madre admiraba la belleza de un pequeño que guardaba la inocencia de su ser, pero al mismo tiempo se le enseñaba el valor de las cosas. De la vida misma.

Cuando todo aquel ritual de llevar a dormir a su hijo terminó. La mujer dejó encendida una lampara de parafina para que lo acompañara. Aún lado la nana del pequeño dormía en su cama. Aunque ayudaba a Doreen, la dueña de la casa jamás descuidaba sus rutinas o responsabilidades para con su hijo. El pequeño debía ser criado por su madre, por nadie más, sin embargo las actividades del día, o de la noche, le exigían momentos en los que alguien más debía ponerle el empeño de cuidarlo y criarlo.

Aquella noche la mujer dedicó las primeras tres horas en un cuadro de tonos grises, aunque algunos llegando a oscuro. Reflejaba sin duda la tristeza de aquellas grandes perdidas que tuvo un año atrás. Esa era la manera en que ella reflejaba sus emociones, y por supuesto, las dejaba salir. Quizás en un par de días, cuando el luto necesario dejara a un lado, lo pondría a la venta, o quizá sólo lo colgaría en su galería como una muestra de lo que había ocurrido, pero que al mismo tiempo pudo superar.

Sin embargo Doreen necesitaba un respiro. No deseaba ser aquella noche la nieta ejemplar, o la madre excesivamente responsable, tampoco la maestra impecable, o la empresaria exitosa. Necesitaba respirar de lo correcto, de las voces sociales y las etiquetas que conllevaba aquello; necesitaba ser libre.

Por esa razón se cambió de roja. Quitó de su cuerpo aquel vestido negro, de la misma manera despojó de su figura aquel abultado y estorboso corsé. Se colocó con vestido discreto, modesto, pero también humilde. El color verde pastel le ayudaba a curar un poco la tristeza de su alma, necesitaba distracción, por esa razón pidió a su cochero la llevaba a la zona comercial, y la acompañara a tomar una mesa en un restaurante caro pero discreto, en donde pudiera observa el concurrir de las personas, pero que nadie quisiera sentarse a interrumpir su privacidad, o quizás sí, pero nadie conocido, no necesitaba que le recordaran aquella fecha, mucho menos la perdida que su alma necesitaba curar, pero que no dejaba ir.

Pidió un poco de café con un trozo de pan. Dio un sorbo, un par de mordiscos, tragó y entonces dejó que el tiempo y la vida transcurriera.



"“Este es mi gusto, no un buen gusto, no un mal gusto, pero sí mi gusto, del cual no me avergüenzo ni lo oculto. Este es mi camino, ¿dónde está el suyo?”
"
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Re: Tampoco sé como vivir, estoy improvisando. → Privado

Mensaje por Willow Osborne el Vie Nov 11, 2016 10:32 pm

Los ojos de Willow iban a venían entre las personas que pasaban cerca del restaurante al que esa noche decidió ir. Un sitio tranquilo y poco concurrido, perfecto para pasar un momento agradable pese al bullicio de la gente en el exterior del local aquel. Las noches en París definitivamente eran diferentes a las de su hogar. Ahí la gente podía andar a altas horas de la noche en las calles, mientras que en su ciudad natal, la noche era la hora de las personas malditas y lo mejor era evitar toparse con ellas o terribles desgracias podían ocurrir. Una sonrisa cargada de tristeza apareció en sus labios al recordar que ella muchas veces fue llamada una persona maldita y todo por culpa de una antecesora que creyó que los juicios contra las brujas eran simplemente patrañas. Un suspiro fluyó de los labios de la americana y sus ojos fueron a enfocarse a la taza de té de limón frente a ella.

Ya no tienes que pensar más en el pasado – se dijo a si misma antes de tomar la taza y dar un sorbo a su contenido. Claro que tenía razón en que no debía pensar más en el pasado. Se encontraba ahora en un nuevo continente, un lugar donde podía reinventarse, nadie en París debía conocer su historia de vida, ella podía ser quien quisiera porque nadie iba a juzgarla por ser descendiente de Sarah Osborne por el simple hecho de que nadie debía conocer a la mujer aquella.

En Francia, Willow era libre. La hechicera sabía que la inquisición poseía un ejercito fuerte en aquel país, aún así, ella aprendió por las malas a pasar prácticamente desapercibida, a usar sus hechizos y habilidades de maneras tan discretas que estaba segura de que en un lugar donde no era conocida sería prácticamente imposible que le juzgaran de algo. Una sonrisa más alegre apareció en sus labios, pues al menos algo bueno salió de toda la miseria que le toco vivir en Salem. Un tanto más animada, la hechicera dejo de observar al exterior para concentrarse en las personas que se encontraban a su alrededor y al hacerlo, se percató de que no era la única hechicera en aquel lugar. Dos mesas a la izquierda de donde se encontraba pudo notar la magia emanar de una muchacha de cabellos rubios que usaba un hermoso vestido verde pastel.
Es una noche muy hermosa – su voz rompió el silencio con el único motivo de iniciar una charla con la rubia – La luna tiene una apariencia sumamente mágica, ¿No lo cree? – preguntó con la mirada fija en la mujer aquella. Willow no solía interactuar mucho, no estaba acostumbrada a las amistades ni sabía mucho de buenas costumbres, pero estaba en un hogar nuevo y quizás cambiar los viejos hábitos no fuera tan malo.



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Re: Tampoco sé como vivir, estoy improvisando. → Privado

Mensaje por Doreen Jussieu el Dom Nov 20, 2016 9:47 pm

Doreen sonrió, parecía una niña pequeña por aquel tipo de gesto que apareció en su rostro. No es que fuera una mujer vieja, sin embargo muchas veces las preocupaciones y responsabilidades que tuvo que pasar a temprana edad, le ocasionaban un rostro endurecido que simulaba tener muchos más años. Pero no sonrió por restarle importancia a su edad, tampoco por tener la posibilidad de dejar de lado todo dolor, sino porque en medio de su meditación, pudo escuchar la voz de un desconocido queriendo intervenir en aquella paz que llegó a encontrar. Quizá aún existían personas que podían llegar a desear su amistad, eso la puso más de buenas todavía.

No lo hizo con rapidez, se tomó su tiempo para abrir los ojos y poder contemplar el rostro cincelado de una hermosa mujer de rasgos distintos a los que habitualmente veía. Sin duda no era parisina, pero tampoco importaba el lugar de procedencia, a veces ni siquiera era importante el nombre, sino su historia.

Bebió un poco de café caliente, eso para revivir un poco la llama interna, aunque era un pretexto, sólo deseaba poder hidratar su boca antes de entablar una conversación. Doreen no era buena relacionándose, tampoco haciendo grandes amistades. No se quejaba, a veces las criaturas, cualquiera que fuera, resultaban ser demasiado odiosos para soportar. Pensándolo bien, no debía juzgar con tanta cizaña, debía dar oportunidades.

No le he puesto demasiada atención a la luna, señorita — Sonrió de medio lado, sus miradas se entrelazaron por unos instantes, mismos que bastaron para que ella supiera había química y comodidad en el ambiente. Giró su rostro para poder prestar más atención a aquel satélite, sin duda aquella noche se encontraba imponente, llamaba demasiado su atención; la detalló, tenía un brillo en especial.

Estoy segura que bastarán dos noches más para poder sacarle el provecho necesario. ¿No lo cree? — Era tan evidente, las dos hablaban el mismo idioma, corría la magia necesaria para poder hacer a su antojo lo que quisieran con la gente que estaba en aquel establecimiento, y en toda la zona comercial. ¿Acaso lo harían? Ninguna parecía querer desatar una revelación; una guerra entre humanos y criaturas de la noche.

Se puso de pie, tomó su taza de café, y caminó con cuidado hasta sentarse en la mesa de su ahora compañera de tarde. Sus doncellas, quienes se encontraban vigilantes, observaron con extrañeza a la desconocida.

Al ver a Doreen tan animada, hicieron caso omiso y siguieron en su conversación.

¿Qué tanto podríamos sacar provecho de esta luna, señorita? — Cuestionó animada. Aunque en realidad amaba crear su hechicería, no lo practicaba muy seguido, su prioridad era su bebé. — Mi nombre es Doreen — Se presentó con animo, pero no mostrando un protocolo absurdo y aburrido. De eso estaba escapando.



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