Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Shadowman — Privado

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Shadowman — Privado

Mensaje por Ninette Vassiljeva el Miér Sep 28, 2016 8:58 pm


Soy una casa olvidada por la suerte del fuego
que le ha dejado su reino al hielo más seco.
—Rafael Arráiz Lucca, Cuarto.




Había tenido una pésima noche. El sol ya estaba bastante alto, brillando con todo su esplendor, mientras que Ninette aún continuaba sepultada entre las cobijas. Pensar en levantarse era una idea muy alejada de sus planes para ese día; sólo necesitaba descansar. Tras la desaparición del plenilunio, se quedó bebiendo como una condenada, hasta que el alcohol deshizo su sensatez. Sí, era una mujer, y no estaba bien visto que bebiera de esa manera; pero eso era algo que no le importaba en lo más mínimo. Ella no estaba bajo las órdenes de nadie, y eso sólo significaba una sola cosa: que siempre podía hacer su real voluntad. Desde que había llegado a París, su vida empezaba a mejorar un poco. Estar alejada de todo aquel infierno que había vivido dentro de la Inquisición, era algo que la tranquilizaba. No se sentía del todo satisfecha, pero se conformaba con la poca paz que lograba respirar. Esa era la vida que siempre había querido tener, sin demasiadas preocupaciones.

Continuó sumergida en su letargo, ignorando el desgraciado dolor de cabeza que le hacía palpitar las sienes, sintiéndose como un oso en pleno invierno. Y de no ser por el grito de Vladimir –que casi la tumba de la cama–, hubiera estado así durante todo el día. ¿Por qué tenía que arruinarle el momento? Lo detestó infinitamente en ese instante. Hasta lanzó unas blasfemias en ruso, mientras, de mala gana, se quitaba las sábanas de encima. No entendía porque demandaba su presencia con tanta urgencia; de seguro se trataba de alguna tontería. Pero no era así, el motivo resultó ser de mucho peso, algo que no se esperaba.

En París había contactado con varios conocidos. Aunque no confiaba del todo en ellos, sabía que repudiaban a la Inquisición tanto como ella; eso era un punto a favor. Además, tarde o temprano iba a necesitar empleo. Y sí que terminaría consiguiendo uno, no tan digno como esperaba, pero al menos era algo que bien sabía hacer, y mucho mejor, le proporcionaría ventajas para cumplir con su venganza.

Alexandre Schubert era un hombre de pocas palabras, con una mirada que causaba muchísimo recelo a quien se atrevía a mirarle por más de cinco segundos. A Ninette le daba igual, y agradecía que no fuera un sujeto muy curioso, o terminaría rechazando la oferta sin siquiera pensárselo, por más conocido que fuera. Él tenía algo que ofrecerle, más específicamente, se trataba de un peculiar oficio; y ella, ni corta ni perezosa, aceptó. Vladimir se opuso en un principio, pero Ninette estaba fascinada con la idea; ya había estado demasiado tiempo sin hacer nada. Así que, siguió a Alexandre, primero a pie, luego abordaron un lujoso coche, y finalmente, pararon en la zona residencial de la ciudad. Aquel lugar rodeado de prestigiosas propiedades que Ninette ignoró, sólo estaba pendiente de los movimientos del hombre.

—Espero que valga la pena. O simplemente, me daré media vuelta y regresaré por donde vine —aseguró, sin cruzar mirada con Alexandre—. ¿Y quién es ese fulano?

Habló más de lo debido, pero era parte de su naturaleza. Sabía que tenía que haber omitido esa interrogante, y lo confirmó cuando Schubert le dirigió una mirada nada agradable; Ninette igual lo desafió, no obstante, terminó desistiendo. Sólo lo siguió hasta una residencia bien acomodada, oculta entre abundante vegetación. Sus ojos viajaron de un lado a otro, no perdiendo ningún detalle del sitio. Tenía que conocer el terreno que pisaba. Lo hacía con el mejor disimulo posible, mientras esperaba al supuesto anfitrión del que Alexandre tanto le habló.




Ninette Vassiljeva
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Re: Shadowman — Privado

Mensaje por Pavel Václav el Jue Nov 17, 2016 9:37 pm


“Lies require commitment.”
― Veronica Roth, Divergent


La gente lo sabía. Era así de simple; Pavel no era una persona, no era algo tangible; era un concepto, una idea que permea en todo y en todos, como un mito que se esparce por las calles, de boca en boca, entre susurros clandestinos, o algo más turbio. Así era, nadie nunca lo mencionaba, pero si preguntabas del modo correcto, a las personas indicadas, probablemente te guiarían hasta él. Y es que así debía ser, en su posición, simplemente no podía anunciarte quién era, y a qué se dedicaba: «vendo los secretos del mundo al mejor postor». Pero en esa misma dinámica, valía la pena mantener su contacto, no como algo recurrente, sino como esa última salida a la que sólo recurrirías de estar muy desesperado.

Y no era raro que gente que hace muchos años que no veía, volviera a buscarlo. Estaba acostumbrado, y tenía buena memoria para las caras, y para los tratos. Podía precisar qué convenio hizo con esa persona sin equivocarse. Si eres un mentiroso, como él, se requiere de una gran habilidad para retener datos. Era el precio que tenía que pagar, y resultaba una ironía que alguien que mercaba con información, fueran tan de poco fiar; sin embargo, si no se trataba de sus secretos, no había razón por la cual dudar.

Uno de esos viejos conocidos lo contactó. ¿Cómo si ya no estaba en Inglaterra? Del mismo viejo modo: todos los caminos llevan a Roma. Entre los que son como él, y los que usan servicios como los que ofrece, todos están conectados. Se conocen de uno u otro modo. Fue una sorpresa para ambos descubrir que los dos estaban en París. Sorpresa, y conveniente. Le mandó su dirección, diciéndole que debía buscar muy bien: no mentía, la residencia que había adquirido en la capital gala estaba escondida entre maleza. Siempre se había sentido más seguro de ese modo.

Así pues, el día indicado, a la hora acordada, se dispuso a recibir a sus invitados, porque le había advertido que iría acompañado. Hizo arreglar uno de los salones para visitas y se vistió con casualidad, pero elegancia. Todo su atuendo estaba pensado para decir una cosa: «este es mi terreno». De nuevo, su capacidad para mentir lo obligaba a cuidar todo mínimo detalle; cuando era más joven, convenció a su colegio entero que provenía de una acaudalada familia, después de todo. Estaba acostumbrado.

Se plantó frente a una de las ventanas de la fachada en el tercer piso de tres. Larga como flauta y que, más allá de las copas de los árboles, le permitía ver el camino que llegaba hasta su casa. Con la vista atenta y las manos entrelazadas en la espalda, vio en carruaje acercarse. Sonrió de lado, lo había conseguido, sin embargo, no se movió. La diligencia desapareció, en dirección a donde él estaba, y tras algunos minutos, un sirviente lo interrumpió.

Señor, sus invitados han arribado —anunció el hombre de pelo entrecano y bigote bien recortado. Para Pavel, alguien que no había crecido con lujos, pero que siempre los deseó, resultaba sumamente satisfactorio que lo trataran con ese respeto.

Gracias Marcel, enseguida voy —lo miró por sobre su hombro y con eso, el hombre se retiró.

Un momento después, Pavel bajó también, y cuando llegó a la planta baja, vio en el recibidos a otro de sus mozos abriéndole la puerta a Alexandre Schubert y a su acompañante, una chica pelirroja.

Schubert, cuánto tiempo —fue su manera de saludar. Sonrió, pero no parecía del todo sincero, más como si estuviera midiendo al otro, y a la chica. Había algo cauteloso y felino en su expresión—. Adelante por favor, bienvenidos a mi humilde hogar —un privilegio del que no muchos gozaban.


Hear Me Roar:


I Dreamed of You:

Pavel Václav
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