Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



NIGEL QUARTERMANE

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Las arias del cementerio {Zashenka Vinográdova}

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Las arias del cementerio {Zashenka Vinográdova}

Mensaje por Nora Salazar el Dom Oct 02, 2016 5:54 am

Nora Salazar de Bergara
Fallecida el 23 de septiembre de 1.777
D. E. P.


Era una lápida simple, sin adornos ni estatuas que vigilaran el sepulcro. Nora solía llevarle un pequeño ramo de flores que recogía ella misma en las campas que había junto al cementerio. Las especies variaban dependiendo de la época del año, pero siempre elegía aquellas que eran de color blanco. Le parecían las más apropiadas para dejar en una cementerio, sobre todo si se depositaban sobre la tumba de alguien al que nunca llegó a conocer. Acudía allí una vez cada dos meses, más por obligación, como hija huérfana que era, que porque realmente sintiera que debía ir. Se arrodillaba frente a la tumba y dejaba el ramillete de flores en el suelo. Después, miraba la lápida fijamente; ver su mismo nombre y una fecha de defunción en ella le resultaba perturbador. Era como si visitara su propia tumba.

Hola, mamá —dijo pasados unos minutos, sin ningún ápice de lástima en la voz.

Tras el saludo, simplemente, se calló. Ella veía que las personas que acudían al cementerio hablaban con sus muertos, pero Nora nunca sabía qué contarle. Aquella tarde había acudido al cementerio acompañada de una de sus compañeras del burdel. Édith, así se llamaba la mujer, había perdido a su esposo hacía tres años. Tuvo que dejar a su hijo de un año al cuidado de unos conocidos y vender su cuerpo para poder pagar la manutención del pequeño. Al niño no le había vuelto a ver, ni siquiera creía que supiera de la existencia de su verdadera madre. De su antigua vida sólo le quedaba la tumba de su difunto marido, que visitaba tan asiduamente como podía. La miró sin moverse del sitio: estaba colocada en la misma posición que Nora, pero se balanceaba de delante hacia atrás, mientras que se secaba las lágrimas con un pañuelo. Hablaba y hablaba sin cesar, pero tan sólo podía oír el murmullo de su voz. Un poco más allá, un sacerdote dedicaba unas oraciones junto a una tumba recién excavada. Un grupo de personas acompañaban a otra viuda llorosa, cuya actitud era parecida a la de Édith. Pañuelo en mano, se dejaba consolar mientras su garganta cantaba esas arias llenas de tristeza melancolía. Nora volvió la vista a la lápida de su madre y suspiró.

Tú no tuviste un funeral así, ¿verdad? —Sonrió de medio lado—. Tiene gracia, intimaste con tanta gente que cualquiera hubiera imaginado que llenarías este lugar el día de tu muerte. En lugar de eso, sólo te acompañaron un par de putas que ni siquiera te lloraron.

Estiró la mano y arrancó algunas hierbas que desentonaban en el lugar. Una vez le preguntó a Mme Moreau como había sido el funeral de su madre, pero le pareció tan patético que prefirió no terminar de escuchar la historia. Quizá era esa la verdadera razón por la cual la visitaba, sentía lástima por la mujer que le dio la vida.

Vio que Édith se levantaba, parecía que había llegado la hora de marchar. Ella la imitó y realizó el símbolo de la cruz sobre el pecho a modo de despedida, pero, cuando fue a encontrarse con su compañera, vio que un hombre la acompañaba. Había vuelto a encontrar otro cliente clandestino cuyos francos no llegarían a la contabilidad del burdel. No era la primera vez que lo hacía, ni sería la última; Édith no desperdiciaba ninguna posibilidad de ganar un dinero extra para darle a su retoño. Nora, en cambio, no se atrevía a hacerlo. Sabía que si esas actividades llegaban a oídos de Mme Moreau no dudaría en dejarlas en la calle con lo puesto, algo que ninguna se podía permitir. Volvió a suspirar.

El grupo de personas que habían acudido al funeral había comenzado a disiparse, junto con la luz del día, que se iba apagando poco a poco. La joven echó un último vistazo a la lápida de su madre y se encaminó hacia la salida, camuflada entre la gente vestida de luto.


Última edición por Nora Salazar el Lun Oct 03, 2016 4:15 pm, editado 1 vez



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Re: Las arias del cementerio {Zashenka Vinográdova}

Mensaje por Zashenka Vinográdova el Dom Oct 02, 2016 10:22 pm

Respiraba con calma el aire de los alrededores, disfrutaba un poco aquella tranquilidad que ofrecía el sitio, aunque ocasionalmente se viera interrumpido por el sonoro desconsuelo de la gente o la práctica común del ritual de despedida realizado por algún sacerdote. Después de enterrar a varios miembros de su familia, después un prolongado retiro, de meses de meditación en comunidades apartadas de la urbanidad, Zashenka  aún no conseguía suficiente quietud en su mente.

Miraba de pie las lápidas que se encontraban bien atendidas. Las últimas flores aún no se habían marchitado por completo. Comenzaba a comprender que, sin desearlo precisamente, sus visitas se estaban volviendo recurrentes ¿Y para qué? Ya no estaban vivos. Desde la partida de su madre comprendió que era preferible una oración breve y sincera, en especial porque no contaba con el tiempo suficiente para visitarle y, recordando eso se volvía a preguntar —¿Qué es lo que me conduce a visitarlos? Tan sólo me encuentro frente a un terreno con cenizas en su interior, adornos y fechas conmemorativas. Acepto que los extraño, pero…— Cortó de inmediato el pensamiento, inhaló hondo e intentó serenarse de nuevo para evitar por un momento esas preguntas que la aquejaban casi a diario.

Su mente se había transformado en un complejo laberinto que había sido alzado en base a una gran cantidad de preguntas sin respuesta o al menos sin respuesta por completo convincente para ella.— Fuiste tú el que comenzó todo esto. Y si tan sólo te encontraras entre estos cúmulos de tierra dejaría de insistir sabiendo que no habría más que perseguir…— Pensó y sujetó con fuerza el interior de la manga izquierda de su vestido en la que se encontraba cuidadosamente oculta una pequeña navaja, al sentir el mango emitió un apretón todavía más fuerte que el anterior. Jamás, como cazadora que era, salía sin alguna defensa material. Se encontraba más feliz antes de enterarse de todo el pasado familiar, prefería ser ignorante en eso, un defecto o una virtud, la ignorancia, todo dependiendo de la perspectiva, pero hasta eso le fue arrebatado.— Vendería mi alma al diablo, le serviría, tan sólo para volver a tenerlos a mi lado por un largo tiempo…— Expresó aquello en voz alta, en un tono moderado, pero lo suficientemente audible para quienes se hallaban a su alrededor. El matrimonio que se encontraba a unos metros de distancia se giró y le miró con un gesto de espanto. No pasaron desapercibidos para Zashenka, pero prefirió no devolverles la mirada, resultaba innecesario.

Elevó la vista hacia el horizonte y poco después hacia los lados, veía una amplia variedad de gente que se movía por doquier. Conforme las personas se marchaban el cementerio nuevamente guardaba silencio. Miró una vez más aquellas lápidas a las que creía que dentro de un par de años se sumaría una más. Pensó en Mijaíl y suspiró. Sabía que él la acompañaba en todo menos en eso y el pretexto perfecto era que también el tiempo no le era suficiente al igual que sucedía con ella. Negó lentamente con la cabeza como en señal de desaprobación.— No deseo enterrar a otro más de los Vinográdov, ya he enterrado suficientes… — Se acomodó el cuello del vestido, inclinó el sombrero y rápidamente caminó hacia la salida en donde se aglutinaban todos. La noche se acercaba cada vez más. Empezaba a tener prisa, había demasiado que atender aún. Accidentalmente entre su andar apresurado empujó a una joven de cabello oscuro a la que hubiera tirado al suelo de no haberla sujetado de uno de los antebrazos.— Una disculpa, no fue mi intención, me he movido demasiado rápido… ¿te encuentras bien? — Estaba acostumbrada a todo tipo de movimientos, pero entre la sociedad común solía avanzar a un ritmo medio, incluso cuando el tiempo comenzaba a ir en su contra, pero en esa ocasión tenía demasiado que ordenar en casa y las horas que restaban no serían suficientes para tener todo preparado para el día siguiente.
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Re: Las arias del cementerio {Zashenka Vinográdova}

Mensaje por Nora Salazar el Vie Oct 07, 2016 3:51 am

Caminaba a paso lento, más que la gente que la acompañaba a su alrededor. Las manos reposaban dentro de los bolsillos del abrigo grueso de lana. Los botones, abrochados de arriba a abajo, no dejaban entrever ni un centímetro de la tela del vestido que llevaba debajo. Los cuellos alzados la protegían del viento frío que comenzaba a soplar ligero, pero que se clavaba en el cuerpo como cuchillas afiladas. De soslayo miraba los nombres que aparecían en las lápidas más próximas al camino sin retener ninguno en la memoria. Los leía y los olvidaba, como a los muertos que una vez portaron esos nombres. Había infinidad de tumbas descuidadas; otras, en cambio, lucían brillantes y floridas. Se quedó admirando una hermosa estatua de piedra blanca que pertenecía al sepulcro de una mujer cuando alguien chocó contra ella. Perdió el equilibrio y trastabilló. A punto estuvo de caer, si no fuera por los brazos que la sujetaron en el último momento.

Sí, estoy bien —contestó volviendo a apoyar los pies en tierra—. Creo que ha sido culpa mía, en realidad. He frenado de pronto. Lo siento —se disculpó—. Se hace tarde, debería regresar.

Se despidió y siguió caminando. Apenas se fijó en la mujer que había chocado con ella. Sólo memorizó los rasgos más destacables, como el color de su cabello y el de su tez. Algo que haría imposible que la reconociese si la volvía a ver.

La luz comenzaba a disminuir, y a la vez que ella se perdía en el horizonte, los peligros salían de sus escondites. Nora había conocido a algunos de los seres que vagaban durante la noche. Aunque no supiera con certeza qué eran, sabía que había algo inhumano en ellos. Sus pieles níveas que helaban con sólo tocarlas; esa capacidad extrasensorial que tenían de saber lo que ella pensaba, de cómo reaccionaría a sus acciones. Podían adelantarse a ella sin ninguna dificultad, cuando era Nora quien siempre lo hacía con las personas que la visitaban. Eso la trastocaba y la hacía sentirse como aquella chiquilla que un día fue, inexperta y asustada. Pero, aunque aquellos seres fueran la misma muerte encarnada, no eran los únicos peligros que moraban al caer el sol. Los simples humanos, frágiles y mortales, podían ser tan crueles y letales como ellos.

Giró a la izquierda y tomó un atajo entre unas tumbas para alcanzar una salida que quedaba más cerca de la ciudad. Aun así, todavía le quedaba un largo trecho hasta “Le Sapin Rouge”, el burdel donde trabajaba. Una sombra a su derecha le obligó a girar la cabeza. Un hombre la seguía, manteniendo una distancia prudente pero constante. Al principio no le dio demasiada importancia, pero cruzó los brazos sobre el pecho y aceleró el paso, como si tuviera prisa por llegar. Creyó dejar al hombre atrás, pero éste la imitó y comenzó a caminar más deprisa. Atenta al hombre que la seguía, avanzaba cada vez más rápido hasta que un segundo se cruzó en su camino.

¿Tienes prisa? —preguntó este último.

La morena dio media vuelta, pero el primer hombre se interpuso en su camino, cortándole el paso. Miró a ambos lados buscando una salida. La voz de éste sonó grave y atronadora, haciéndola temblar.

No vas a ir a ningún lado, muchacha.

Nora se mordió el labio inferior con fuerza, tomó aire y echó a correr hacia la derecha, intentando pasar entre dos lápidas. Ellos debían imaginarse lo que haría, porque se lanzaron tras ella y la agarraron por la espalda. La joven intentó gritar, pero le habían cubierto la boca con una mano. Sólo Dios sabía qué harían con ella entonces.



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Re: Las arias del cementerio {Zashenka Vinográdova}

Mensaje por Zashenka Vinográdova el Miér Oct 26, 2016 8:59 pm

Los últimos seis meses habían traído consigo una carga moral y laboral mayor que en el último año. Quería ignorar por completo aquello que le rodeaba, las responsabilidades familiares, los negocios. Quería correr, tomar un camino distinto, abandonar su oficio de cazadora, romper con las tradiciones familiares y dejar todo atrás para comenzar de nuevo. Deseaba una vida nueva, una vida distinta, sin remordimientos, sin culpas, sin heridas. Quería enterrar todo, quería hacerlo de la misma forma en la que había sepultado a parte de su familia, conservando tan sólo una lápida que le hiciera recordar brevemente su pasado pero sin el dolor y la frustración que llevaba en su espalda.  

Parpadeo un par de veces al ver con más calma a la mujer a la que estuvo cerca de enviar al suelo. Agradecía sus reflejos y agilidad en muchas situaciones, no sólo en el combate contra seres sobrenaturales. Aunque sólo hubiese sido un accidente se sintió mejor cuando vio que la pelioscura recuperaba el equilibrio y respondía con algunas palabras que se encontraba bien. Cada día se recordaba a sí misma la fragilidad de los niños, de los ancianos, y de algunas mujeres, eran ellos principalmente por quienes se encaraba con seres extraños. Volvió a mirarla, creando con esto una imagen lo más detallada posible en su mente, jamás tendría la certeza de quien realmente demostraba auténtica bondad o quien la fingía, los poseedores de una maldad pura saltaban a la vista, prácticamente sin espacio a dudas o al menos no para ella, pero desafortunadamente día a día se encontraba con una mezcla de ambos polos en los que no siempre identificaba que era lo que predominaba. Detallista, quizá en demasía, pero eso la había salvado en más de una ocasión. — Adiós… — Fue lo único que alcanzó a decir. Se apresuró a acomodar la navaja en el bolsillo interior de la manga del vestido donde solía guardar ese tipo de armas discretas. Vio como la mujer se alejaba con rapidez y después de eso acomodó nuevamente el sombrero mientras emitía un profundo suspiro acompañado de una mirada nostálgica. Algo en su interior parecía haber sido removido y en ese momento se preguntó. — ¿Dónde está mi vida? ¿Qué he hecho todo este tiempo? ¿Qué he recibió a cambio? — Se cuestionó a sí misma, en su agitada mente.  Cerró los ojos por un momento mientras apretaba el puño izquierdo para contener las lágrimas, sentía que el tiempo invertido en sus actividades diarias no le redituaba como su corazón le suplicaba.

Disponiéndose a irse de ese lugar que sólo le provocaba una profunda tristeza, apresuró el paso. Mientras avanzaba pensaba en lo único que le proporcionaba comodidad en su vida, su casa, la calidez de la chimenea, una manta rodeando su espalda, acompañada de un café negro con unas gotas de vino tinto y de una ligera cena con variedad de sabores, era eso lo que a veces más ansiaba tener en el transcurso del día. Le agradaba el silencio el cual aumentaba magistralmente en aquel lugar, pero no le agradaba precisamente el silencio del cementerio, pues en una amarga ironía, todo aquello vertía en sí misma grandes cantidades de ruido. Disminuyó el paso paulatinamente. Se percató poco después de que caminaba a un ritmo lento. Ese día la habían abordado tantos pendientes que se encontraba distraída, algo poco común en ella.

Escuchó pasos en la lejanía y el sonido particular de la tierra cuando se remueve, notando este último como un sonido suave y breve. Giró la cabeza rápidamente de izquierda a derecha como si barriera su horizonte en un movimiento e incluso se inclinó hacia abajo a ambos lados para alcanzar una vista parcial a sus espaldas. No encontró nada pero eso no la hizo descartar la percepción de aquellos sonidos. Siempre había tenido la seguridad de su oído, agudo y con un amplio alcance. Permaneció quieta algunos segundos para luego colocarse lentamente en cuclillas mirando una de las losas y ocultando su rostro con ayuda del sombrero. Luego escuchó el murmullo de una voz entre las tumbas y que al hacer cuentas, situada a esa distancia y tomando en cuenta el punto de emisión, encontrándose en cercanía, la voz debía tener un nivel sónico más alto, una voz masculina, aguardentosa. El problema resultó en no haber podido clarificar e identificar palabras, no obstante, siendo una de sus características, Zashenka, terca como siempre se dispuso a indagar el lugar exacto de donde había surgido la voz y de quien provenía. Se irguió rápidamente, levantó el largo vestido y se dispuso a correr a toda velocidad para evitar perder el origen de los sonidos. Pudo haber ignorado la situación por el estado de ánimo que había comenzado a sobrecogerla desde su llegada al cementerio, pero como era costumbre y parte de ella, decidió invertir su tiempo en buscar la seguridad de que no había riesgos notables alrededor.

Pese a la cantidad de metros que la separaban y que hubieran sido un desafío para otras damas u hombres de mediana edad de la alta clase, especialmente por la falta de condición física, se aproximó con suma rapidez y no tardó en escucharse de nuevo una voz con la diferencia de que en ese momento sobresalieron claramente las palabras. — No vas a ir a ningún lado, muchacha. — Pasó de correr a dar grandes zancadas para alcanzar al hombre que había pronunciado aquella frase. Al llegar pudo ver, tal y como si fuesen destellos, cada movimiento de no sólo un sujeto sino dos, precipitándose a una joven mujer, aprisionándola.

Ellos se hallaban de espalda a Zashenka y por lo tanto la mujer también. No demoró en deslizar la misma navaja que había sujetado al pie de las lápidas de sus familiares, seguida de esta una más larga de la manga contraria, manteniendo ambas a fuera de la vista pero a una distancia prudente en caso de ser requeridas. — ¡Señores, basta por favor! — Se dirigió a ellos con fuerza. Avanzó en semicírculo hacia ellos para tenerlos por completo de frente. — Suéltenla. — Expresó en una especie de petición sin apartarles la mirada, observando su vestimenta y rostros e identificando a la mujer la cual era la misma con la que se había encontrado accidentalmente en ese mismo lugar. Ambos individuos no tardaron en sonreír de extremo a extremo como si de dos locos se tratasen. — ¿Y qué harás si no lo hacemos? — Dijo el primero. Zashenka guardó silencio mientras que apretaba el mango de ambas cuchillas con los brazos en vertical hacia el suelo, sintiendo incluso la fricción del cuero de sus enguantadas manos. — ¿Qué es lo que quieren? ¿Dinero acaso? Si es eso se los puedo dar en este mismo momento. — El segundo hombre amplió  la sonrisa de tal modo que sus dientes incisivos se alcanzaron a ver. — ¿Es todo lo que tienes? ¡Algo tan fácil de conseguir! Tal vez tú entiendas a que me refiero, es fácil ofrecer algo que te rodea diariamente… ¿Verdad? — Comentó el segundo mientras se carcajeaba al notar las evidentes vestiduras de la rubia. — Díganme qué es lo que buscan, tal vez pueda ayudarlos... — Ella buscaba negociar, de no encontrarse entre sus brazos una vida, se ahorraría todo y acortaría el proceso sin que alguien lo notara, pero quería ganar tiempo y evitar que le hicieran daño a la pelioscura.

El segundo hombre se acercó a Zashenka. Acercó la diestra a su rostro y le acarició con lentitud mientras la olfateaba. — ¡Mira nada más! ¡Hemos reunido un buen banquete para esta noche! Dos hermosas mujeres de distintas mesas. Sin buscar hemos encontrado otra delicia. — Agregó mientras inhalaba profundamente el perfume de la pelirrubia. — No sé si eres valiente o estúpida al acercarte a estos lares para defender a ésta mujer… ¿Quién te crees que eres? — Alzó la mano opuesta y con el dorso le asestó una cachetada a Vinográdova, al ver que no la tiró volvió a cachetearla pero encontró el mismo resultado. Molesto la cacheteo dos veces más, consiguiendo únicamente que el oscuro sombrero callera de su cabeza. Zashenka no se resistía, era su posición y fuerza natural lo que la mantenía de pie. El hombre se acercó un poco más y le propinó un fuerte puntapié en el abdomen que logró doblarla más no tirarla, al percatarse de esto, el sujeto le dio dos puntapiés más y tomándola del cuello la hizo agacharse casi al punto de besar la tierra sin embargo en ese momento Zashenka emitió resistencia. — ¿Por qué no te postras ante mí? — Le susurró al oído. — ¿Qué te hace creer que actuaré según tu voluntad? Prefiero morir en este momento antes de someterme a tus humillaciones. — Dijo con calma. Ambos hombres al escuchar las desafiantes palabras de la mujer se enfurecieron, pero sólo el segundo quien no sostenía a la otra joven fue el que, tomando impulso pateó con todo el empeine a Zashenka, sólo haciendo eso logró alcanzar su objetivo, tenerla a sus pies. La cazadora tosió un poco y luego sonrió desafiante. — ¿Por qué sonríes maldita? ¿Te gustó? — Preguntó con ardor. Zashenka no dejó de sonreír, había minimizado la atención del primero y captado por completo la del segundo. — ¿Eso es todo lo qué tienes? ¡Algo tan fácil de realizar!— Le preguntó con atrevimiento, imitando una de las preguntas de éste y riendo. Con el cabello sobre ambos costados de su rostro Zashenka ni tan sólo de reojo alejaba la vista de los tres, especialmente de la mujer que por alguna razón le recordaba a ella misma. Cualquier movimiento podía poner en riesgo a la pelioscura.


Última edición por Zashenka Vinográdova el Mar Nov 01, 2016 10:03 pm, editado 1 vez
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Re: Las arias del cementerio {Zashenka Vinográdova}

Mensaje por Nora Salazar el Sáb Oct 29, 2016 10:54 am

El hombre que la había agarrado lo hacía con fuerza. La tenía presa contra su cuerpo, con la cabeza de Nora apoyada sobre el hombro de él. La joven podía sentir su aliento en la mejilla, y detectó un ligero aroma a alcohol. Vino tinto, adivinó. Se revolvió en los brazos del hombre, consiguiendo solamente que la sujetara con más fuerza aún. Los jadeos del hombre se hacían cada vez más intensos, y no sólo por la fuerza que tenía que hacer para agarrarla. La muchacha sentía, en la zona baja de su espalda, cómo el deseo de aquel salvaje crecía. Dejó de resistirse al darse cuenta de que aquello sólo empeoraría la situación. Para ella, claro. Él disfrutaba con cada pataleo, cada vez que se agitaba para librarse era un verdadero placer. De la comisura de sus ojos empezaron a brotar lágrimas densas y abundantes, y su cuerpo empezó a convulsionar a causa del llanto. Había recordado la historia de Julie.

Julie era una joven de su edad que había trabajado en el burdel, igual que ella. Eran buenas amigas, de esas que te escuchan a cualquier hora, o las que te ayudan sin importar lo que hubieras o estuvieras a punto de hacer. Se podía decir que se querían de una manera totalmente fraternal. En su día libre, Julie salió igual que lo hacían todas. Compraba algunas cosas que necesitaba, daba un paseo, tomaba un café disfrutando de los últimos rayos de sol y volvía al burdel para esperar al nuevo día. Aquel día no volvió, sino que lo hizo a la mañana siguiente, llena de magulladuras y con el vestido rajado hasta la cintura. Dos hombres se la habían ido turnando durante toda la noche, hasta que la dejaron tirada en un callejón, aparentemente cansados de ella. Desde aquel día, Julie no volvió a ser la misma. Pasó semanas sin poder recibir ningún cliente. Mme Moreau se mostró especialmente compasiva con ella, dándole todo el tiempo que necesitara esperar para volver a su trabajo. Cuando creyó que ya estaba lista, Moreau le envió un hombre que siempre había sido cuidadoso con todas ellas. Hasta ese punto se había mostrado generosa la dueña del local. Pero el hombre salió igual que había entrado; Julia no había dejado de llorar y resistirse, sin dejar que el hombre saciara su apetito. Después de él intentó recibir a otro par de clientes, pero ambos tuvieron el mismo resultado. Moreau terminó expulsándola del burdel, y nadie volvió a saber de ella.

Nora se veía como Julie, abandonada en la calle, mendigando un trozo de pan que llevarse a la boca y sin poder hacer lo único que sabía para conseguir unos míseros francos. Si no la mataban, aquellos hombres terminarían arruinándole la vida. Resultaba irónico que el final de la vida de nadie fuera en un cementerio. «Creo que te conoceré pronto, mamá. Guárdame un sitio a tu lado» pensó, abriendo los ojos y mirando el cielo, cada vez más oscuro.

De pronto, una voz a su espalda captó la atención de los dos hombres. Ella lo supo porque la tensión que ejercía sobre su cuerpo se aflojó, dejándole algo más de libertad. Un pequeño brillo de esperanza le surcó el rostro. Quizá no estaba perdida del todo y aquella persona la ayudaba a salir de allí. O podía unirse al festín que los dos hombres pensaban darse. Eso volvió a asustarla. ¿Había sido una voz de hombre o de mujer? Sus dudas pronto fueron resueltas; frente a ellos apareció la mujer que había chocado con ella hacía tan sólo unos minutos. Sí, estaba segura de que era la misma persona. Ahora no temía sólo por su vida. Temía por la de ambas.

La miró directamente a los ojos, esperando que ella hiciera lo propio. Emitió unos sonidos guturales en un intento por decirle que se marchara de ahí, ahora que tenía la oportunidad. El hombre que la tenía agarrada volvió a tomar conciencia y la sujetó con fuerza de nuevo, pero no tanto como lo había estado haciendo hasta entonces. La presencia de la rubia los estaba perturbando, eso era visible hasta para el más despistado. Ella empezó a hablarles, intentando hacer que cambiaran de opinión. ¡Qué locura! Aquellos dos no sólo no iban a dejar a Nora en paz, sino que agarrarían también a la otra mujer y se darían un buen banquete con ambas. La imagen de Julie en el momento que llegó al burdel volvió a asaltarla. Su única salvación era morir antes de que empezaran a destrozar el vestido que llevaba. La rubia seguía plantándoles cara, y el segundo hombre terminó levantando la mano y propinándole un bofetón. Nora se sobresaltó y se revolvió una vez más, intentando escapar.

Estate quieta, preciosa —susurró el hombre en su oído.

El otro le dio otro bofetón, seguido de otros dos más, pero la joven seguía de pie frente a él. Se le veía molesto, nervioso por no poder someterla. Nora admiró la valentía de la que hacía gala la rubia. ¿Por qué se había molestado siquiera en socorrerla? No la conocía, tan sólo había cruzado un par de palabras con ella, y por ella estaba ahora las dos en un aprieto. Después de las bofetadas y al ver que no conseguía asustarla, le dio una patada en el vientre. Cuando se dobló a causa del dolor aprovechó para agarrarla del cuello y tirarla al suelo. Nora cerró los ojos un momento. Se sentía tremendamente culpable por lo que le estaba haciendo aquel animal.

Cuando los abrió miró a su alrededor, buscando a alguien que pudiera ayudarlas. Sentía que debía hacer algo para salir de allí. Vio dos hombres no muy lejos de allí, pero entre las tumbas no serían capaces de ver que necesitaban ayuda. Desvió los ojos hacia Zashenka, que seguía en el suelo recibiendo golpes. El segundo hombre se había olvidado completamente de Nora, centrado como estaba en la rubia que tenía en el suelo. El primero también perdió un poco de interés por ella, y fue ese momento el que aprovechó la morena.

Mordió la mano que le cubría la boca con toda la fuerza de la que fue capaz. Él la soltó como si su cuerpo quemara y la maldijo en una variedad de idiomas que la joven desconocía.

¡Ayuda! —gritó Nora—. ¡Necesitamos ayuda, por favor!

Recibió un fuerte golpe en el rostro que la tiró al suelo. La mejilla le latía y sentía el escozor en la piel que se queda tras un azote. Se frotó la mejilla con la mano e intentó incorporarse, pero el peso del hombre la aprisionó contra la tierra.

¡Te he dicho que te estuvieras quieta, maldita! —escupió, agarrándola del brazo y levantándola con violencia—. Ya basta de juegos. Tú —dijo, refiriéndose al otro hombre— coge a la rubia o déjala, pero vámonos de aquí.

Apenas comenzaron a caminar para salir de allí cuando unas voces lejanas interrumpieron la marcha. Eran los hombres que Nora había visto a lo lejos, que corrían en la dirección en la que ellos estaban. El primero de los hombres maldijo de nuevo y soltó a la joven. Instó al otro a que hiciera lo propio con Zashenka, y ambos echaron a correr. Uno de los hombres que acudieron a su llamada de auxilio se desvió para llegar hasta ellos, mientras que el otro se acercó a las dos mujeres. Tras asegurarse de que estaban bien, corrió para alcanzar a los dos varones. Nora tomó aire profundamente y se acercó hasta la cazadora.

¿Estás bien? ¿Puedes levantarte? —preguntó, agachándose junto a ella. Posó una mano en su brazo con suavidad y la ayudó a incorporarse—. No sabes cuánto te agradezco lo que has hecho. Gracias, gracias. —Su voz sonaba aliviada, como si hubiera vuelto a nacer—. Apóyate en mí, deja que te acompañe. Es lo menos que puedo hacer.



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Re: Las arias del cementerio {Zashenka Vinográdova}

Mensaje por Zashenka Vinográdova el Mar Nov 01, 2016 9:32 pm

Atendía cada sonido que escuchaba, la forma en la que se repetían muchos de estos. Prestaba particular atención a su propia respiración que había pasado de hallarse serena a la agitación, nada fuera de lo normal, especialmente después de una variada serie de movimientos emitidos y recibidos. Poco le importaba estar de frente a la tierra y con los brazos apoyados sobre la misma. En la brevedad de momentos como esos no podía evitar preguntarse los orígenes de hombres como aquellos, de sus desviados pensamientos, de sus actos inclementes. Deseaba exterminarlos a todos, pero de sobra sabía que jamás podría. Su consuelo radicaba en combatir a todo aquel que estuviera próximo a ella, no era necesario conocer a quien defendía, tampoco era necesario escuchar un agradecimiento a cambio, eso lo tenía claro, bastaba con que su defensa diera completos y favorables resultados.

Exhaló después de que los golpes cesaran, más su sonrisa no se desvaneció. Aquellos golpes eran como rasguños  junto a los que en incontables ocasiones había recibido, físicamente los hombres eran como niños al lado de otras criaturas, no obstante Zashenka sabía con precisión que contaba con mejores armas que las físicas y que gracias a eso había vencido una y otra vez. El abdomen le dolía, eso era inevitable hasta para el más experimentado cazador, sin embargo eso no la detenía en la premura de recuperarse lo antes posible. Una de sus reglas de oro era que no debía desperdiciar ningún segundo sin importar por lo que atravesara. Tosió de nuevo pero en esa ocasión expulsó saliva involuntariamente y de tal forma como no se puede ignorar una necesidad corporal, de tal forma no podía ignorar la inquietud de la pelioscura que parecía haberse incrementado después de su arribo. Podía comprenderla. Usualmente sucedía que aquellos a los que se acercaba para apoyar en situaciones de peligro se alteraban más pues no encontraban sentido a que una mujer de la clase alta se aproximara sin aparente motivo a ayudar. Una loca. Sí, eso parecía a menudo para los que no la conocían, pero no le otorgaba importancia.

No apartaba la vista de los tres. Le sostenía la mirada al segundo como si de un reto se tratase. Éste segundo hombre era alto, corpulento, envuelto en ropas negras, con una túnica larga que le cubría desde el cuello hasta la parte alta de las pantorrillas y con la cual ocultaba parcialmente su pecho semidesnudo. Éste se acercó lentamente a la rusa con la intención de colocarla de nuevo sobre tierra. Zashenka contrajo las piernas al mismo tiempo que los brazos para sentarse sobre las primeras con la espalda ligeramente curvada hacia el suelo. Podía ver por el rabillo del ojo como la morena agitaba la vista de un lado a otro como si buscase ayuda. El sujeto extendió el brazo mientras la rubia se preparaba para responder. De pronto se escucharon palabras en algunos idiomas que no denotaban más que maldiciones que acompañaron un fuerte grito emitido por la morena. Un grito de ayuda al que le siguió una bofetada. El individuo que se encargaba de la mujer no dudó en contenerla contra la tierra y en un acto más la tomó del brazo y la alzó violentamente. Zashenka experimentaba una especie de visión ralentizada con cada movimiento del opuesto aprovechándose de la persona, pero sentía más frustración por haber pasado por tantos preámbulos, otorgándoles consideración a los hombres a los cuales creía podían arrepentirse, pero se había equivocado.

El enojo había aumentado en el primero que exigió al segundo actuara en definitiva. Éste último levantó de un movimiento a Zashenka —aunque no sin algo de dificultad, rasgo que solía destacar en la Vinográdova, siempre se oponía a quienes lo merecían— y la acercó a él para luego echarse a andar. — Cobarde… —Dijo Zashenka al tiempo que era puesta de pie. El hombre no pudo ignorar aquello y le propinó un fuerte apretón en el brazo. El corto andar que habían emprendido se vio interrumpido por unas voces a lo lejos las cuales se acercaban hasta confirmarse que eran otros dos hombres. Los que acechaban soltaron a las mujeres con brusquedad para luego emprender la huida. La ayuda se distribuyó, uno de ellos fue tras los maleantes y el segundo se acercó a ellas para comprobar que estuvieran bien, una vez realizado eso corrió detrás del resto.

Zashenka cerró los ojos lentamente y los abrió con rapidez cuando escuchó a la pelioscura cerca de ella la cual colocaba su mano sobre el hombro de la rubia y le preguntaba si se encontraba bien. — Sí, estoy bien. — Respondió sentada sobre sus piernas al tiempo que acomodaba una vez más las cuchillas en sus respectivos bolsillos. Aceptó la ayuda de la pelioscura, aunque no muy acostumbrada a eso en situaciones similares, pues solía levantarse por ella misma pese a la dificultad del evento. — Gracias. Sólo ten más cuidado la próxima ocasión… Nunca sabes cuando te puedes encontrar con sujetos como ésos. — Dijo con amabilidad y seriedad mientras se terminaba de poner en pie, apoyando la diestra sobre su respectiva rodilla. Habría preferido recordarle en una especie de llamada de atención que Francia y una buena parte de Europa ya no eran seguras desde hacía bastante tiempo atrás, pero optó por inhalar profundamente. — ¿Qué hubieras hecho de no haberme aparecido por aquí? ¿Qué hubieras hecho si nadie se hubiera acercado en tu ayuda? — Preguntó con curiosidad mientras colocaba la mano izquierda sobre su abdomen y se erguía por completo para dar unos cuantos pasos y así poder buscar entre hojas, ramas, tierra y cúmulos de polvo su sombrero. — Ya no se puede pasear con la misma tranquilidad que antes… —Dijo con una ligera nostalgia pues después de encuentros como ese seguía sin poder evitar pensar en su hermano perdido.
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Re: Las arias del cementerio {Zashenka Vinográdova}

Mensaje por Nora Salazar el Vie Nov 11, 2016 5:12 pm

Aún no era plenamente consciente de lo que acababa de pasar. Seguía sintiendo la mano del hombre aferrada a su brazo, a pesar de que ya se lo había soltado cuando aparecieron los otros dos hombres que corrieron en su ayuda. Le había apretado con tanta fuerza que podía sentir la sangre latiendo con fuerza allí donde la mano se había cerrado, intentando restaurar los músculos. La adrenalina todavía estaba presente en su cuerpo, por eso, cuando llegó al lado de la rubia, todavía se sentía fuerte como en el momento en el que había gritado para pedir ayuda. Si se aguzaba el oído, se podían escuchar las voces de los hombres que habían huído de allí, seguidos por los otros dos.

Ella estaba bien, al menos eso dijo. Nora no tenía motivos para no creerla, pero los golpes que había recibido debieron de haber sido dolorosos. Supo que no estaba demasiado equivocada cuando vio como se apoyaba en su rodilla para incorporarse, al igual que como se llevaba la mano al vientre. La morena nunca había recibido ninguna paliza, ni siquiera en el transcurso de su profesión. No obstante, había oído historias de prostitutas que habían tenido que guardar reposo tras un cliente al que le gustaban ese tipo de prácticas. La mayoría de los golpes terminaban sólo como cardenales, pero tampoco era de extrañar que hubiera algún hueso roto.

Gracias a Dios —susurró, llevándose la mano al pecho y respirando hondo.

Cerró los ojos un momento y agachó la cabeza. Las dos estaban bien, podían estar mejor, pero no les había pasado nada más allá de los golpes que había recibido Zashenka. Verse a salvo después de aquel asalto le hizo ver lo cerca que había estado de tener un trágico final. Lo más probable es que no la hubieran matado, sólo se habrían aprovechado de ella hasta que saciaran sus necesidades y después la habrían dejado tirada en algún callejón. Pero eso para ella era casi peor que la propia muerte. No dejaba de pensar en Julie, en lo que tuvo que sentir. Muchos quizá pensaran que, al entregar su cuerpo a cambio de unos francos, el hecho de que las forzaran no suponía un trauma mayor. «Qué más os da, si sois capaces de acostaros con veinte hombres por dinero. Por uno o dos que no os paguen no va a suponer una diferencia». Pero sí la suponía. No era sólo el hecho de que aquellos hombres se aprovechaban de algo a lo que no tenían derecho, estaba en juego la dignidad de esas mujeres. Los que acudían al burdel eran su trabajo. Puede que no disfrutaran, al igual que al verdugo no le gustaba arrebatar una vida, pero era algo que habían decidido hacer. Decir que no podía tener consecuencias, pero ellas eran libres de elegir. Cuando alguien las violaba, en cambio, no.

Ya, debía haber sido más cuidadosa —dijo en voz baja. Sus piernas habían comenzaron a temblar, al igual que sus manos. La adrenalina se estaba disipando y podía sentir como le fallaban las fuerzas. Se acercó a una de las lápidas y apoyó la espalda para poder sujetar el cuerpo. Se frotó la frente con el dorso de la mano. Sentía un sudor frío en la nuca que la mareaba—. No lo sé —contestó—. Y no quiero imaginar lo que me hubieran hecho a mí... —Se cubrió la boca con la mano y ahogó el llanto que estaba a punto de salir.

Apoyó las manos en las rodillas e inclinó el cuerpo hacia delante. Zashenka tenía razón: París se había convertido en un nido de animales, una ciudad peligrosa no sólo por los seres no humanos que habitaban allí. Nora levantó la cabeza para mirar a la rusa, que buscaba algo entre las hojas secas del cementerio.

Creo que has sido muy valiente —confesó—. Te envidio. Yo nunca he sabido pelear, y tampoco me hubiera resistido tanto estando en tu situación. —Se refería al momento en el que aquel hombre la tiró al suelo—. Aunque tampoco sé si hubiera acudido en ayuda de una desconocida. —Sonrió—. ¿Dónde aprendiste a ser tan fuerte? ¿A no dejarte amedrentar por esa gente?



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Re: Las arias del cementerio {Zashenka Vinográdova}

Mensaje por Zashenka Vinográdova el Lun Nov 21, 2016 6:30 pm

“Ser o no ser, he ahí el dilema…” Rememoró la frase del famoso poeta inglés, esa era una de las frases con las que se había iniciado como cazadora y que en algunas ocasiones especiales traía a su mente. En un principio solía recordarla con intensidad, en el presente la recordaba con calma y profundidad, pero siempre cautiva de esas palabras. Después de todo lo acontecido con su familia una de las muchas preguntas que se formuló era ¿había otra opción para no seguir el legado de guerra familiar? A simple vista parecía que no pues de llegar a declinar las posibilidades de sobrevivir eran escasas. Morir era la otra opción, morir los tres y olvidar las espinas de dolor repartidas en todo su cuerpo, en su mente. La muerte representaba un atractivo alivio, pero sabía que no sería una muerte digna. La decisión: Ser. Ser, actuar a favor de su familia y de sí misma, defender su honor. Ser… siempre ser, ver las situaciones y tratar de encontrarles el lado bueno, buscarlo entre los rincones y nunca desistir. No sería rápido ni sencillo pero quizá al final del camino lograría la calma que le había sido arrebatada de forma repentina.

Sin dejar de ver a Nora por el rabillo del ojo finalmente encontró el sombrero, lo desempolvó y lo colocó debajo del brazo izquierdo. Cerró los ojos durante unos segundos mientras meditaba lo dicho por Nora y luego los abrió sólo para verla fijamente. — Cualquier cosa… te pudieron haber hecho cualquier cosa… — Suspiró al decirlo. — Los humanos creemos ser los más dominantes de este mundo. Hemos conquistado tierras, hemos impuesto fuerza y autoridad sobre otras especies para mejorar la nuestra, pero hemos descuidado otras áreas importantes de la vida. Hay mucho apuntando a que el hombre, en el fondo siempre conservaría cierto nivel primitivo.  —Dijo después de mirarla detenidamente y darse cuenta de cómo había terminado después del forcejeo y al hacerlo imaginó que ella misma se encontraba en condiciones más desarregladas. Ninguna novedad. En casos como ese no podía luchar y conservar la pulcritud sin que un solo cabello de su cráneo se moviera, imposible.

Tal vez deberías permitirte el llanto después de algún suceso impactante como el de hace unos minutos, tu alma podría agradecerlo. — Sonrió de lado. — Gracias por lo de valiente, tú también lo fuiste al reaccionar y querer ayudarme. Lo bueno es no tener nada roto, quizá luego aparezcan algunos moretones los cuales no tardarán en sanar más de una semana y media. Y no hay nada que envidiar, muchos pueden aprender a pelear y resistir, aunque no todos conseguirán el mismo resultado, y en cuanto a la valentía no puedo decir lo mismo de ella, no siempre se nace con ésta y cuando se desea no es fácil de conseguir, la vida es quien la va forjando según los eventos y necesidades. Me gustaría hacer más de lo que sé... — Hizo una pausa y sólo por precaución miró detenidamente a su alrededor. — Una parte de mi familia me educó en esto y me enseñó a siempre dar la cara y ayudar, tal vez podría sonar sencillo pero es bastante cansado.— Inhaló profundamente y soltó el aire a ritmo pausado al tiempo que elevaba los ojos para el cielo.

Discúlpame, no me he presentado, mi nombre es Zashenka Vinográdova. — Expresó habiendo recobrado la calma por completo y seguido inclinó la cabeza ligeramente hacia Nora para completar la presentación. — ¿Vives lejos de aquí? — Preguntó con curiosidad mientras se sacudía el voluminoso vestido que la incomodaba pero la ayudaba a pasar desapercibida entre las clases.
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Re: Las arias del cementerio {Zashenka Vinográdova}

Mensaje por Nora Salazar el Lun Nov 28, 2016 4:42 pm

Nora tenía claro lo que aquellos dos hombres pensaban hacer con ella, pero escucharlo de labios de Zashenka le produjo escalofríos y le revolvió el estómago. Cualquier cosa, eso era lo que podían haberle hecho, y estaba segura de que la muerte no sería la peor de todas. Rememoró el hedor que desprendía el hombre que la había agarrado. Eso, unido a las imágenes que su imaginación pintaba en su mente, hizo que la bilis subiera desde su estómago hasta su garganta. Se tapó la boca con la mano y se metió entre algunas tumbas para poder vomitar. Todo había pasado demasiado rápido para darse cuenta, pero ahora apreciaba lo cerca que había estado de conocer el lado más tétrico y cruel del ser humano.

Escupió los restos de amargor que le quedaban en la boca y se limpió con el dorso de la mano. Se irguió, todavía con la garganta irritada, y volvió al camino donde esperaba Zashenka. Todavía sentía las lágrimas en sus ojos, y aquella especie de permiso de parte de la rubia hizo que comenzaran a brotar. De forma silenciosa, las gotas saladas resbalaban por las mejillas de la morena una tras otra, sin pausa y sin control.

Gracias también por lo de valiente —dijo, mirándola con la cara mojada. Después no pudo evitar soltar una risa que, junto a las lágrimas, le ayudó a desahogarse mucho más—. Tenías razón con lo del llanto. Ayuda.

Sí que ayudaba. sí. Sintió que la presión del pecho había disminuido hasta casi desaparecer, como si se hubiera abierto hacia el mundo expulsando todo lo malo. Se secó las lágrimas con ambas manos y se acercó hacia Zashenka. Cuando habló de los posibles —y probables— moratones, se tocó los brazos allí donde el hombre había hecho más fuerza. En su profesión no era raro que terminaran con marcas allí donde las agarraban más fuerte, pero no llegaban nunca a convertirse en moratones. Tanto Madame Moreau como el resto de chicas del burdel le preguntarían cómo se los había hecho. ¿Debía contarles la verdad? ¿Que estuvo a punto de ser forzada por aquellos dos sinvergüenzas? Al principio pensó que sería lo mejor, pero luego se dio cuenta de que eso quizá pondría en evidencia a Édith y su pequeño desliz. Moreau era muy perspicaz cuando se trataba de sus chicas, ataba cabos más rápido que cualquier otra persona que Nora hubiera conocido. Seguro que se daba cuenta de que la morena se había quedado sola, y eso le daría en qué pensar.

Yo soy Nora —se presentó—. Salazar —dijo después. No solía usar su apellido en esas ocasiones, su nombre ya estaba de sobra en muchas de las ocasiones. La querían para lo que la querían—. No, no vivo lejos. Es... —comenzó, aunque se paró casi de inmediato. Por alguna razón prefirió no desvelar la naturaleza de la casa donde vivía—. La casa está aquí, en Montmartre. ¿Tú vives por aquí? Quizá podamos hacer parte del camino juntas, si te parece bien.

Se quedó a su lado esperando que empezara a caminar. Era la que más golpes había recibido, y la que más dolorida se tenía que sentir. Por un momento se sintió incluso culpable por ello.

Dices que tu familia te educó en esto —comentó, curiosa, mientras se pasaba el pelo por detrás de las orejas—. Entonces… ¿aprendiste a pelear desde niña?



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Re: Las arias del cementerio {Zashenka Vinográdova}

Mensaje por Zashenka Vinográdova el Lun Ene 02, 2017 8:52 pm

¡Ah! ¡La belle France! — Zashenka dijo y luego exhaló profundamente mientras miraba pausadamente a su alrededor. Aquello lo había dicho porque sabía que a pesar de todo debía estar agradecida con la vida porque tenía más que lo necesario para vivir, estaba orgullosa de su apellido y aún contaba con familia y situaciones como esa la mantenían activa, alerta y a un buen servicio. Su vista llegó hasta Nora. Miró a la joven por unos segundos y sonrió satisfecha de haber podido ayudarla. Le había preguntado por su dirección pues en el arte de la cacería debía indagar sobre todo y todos, tuviese un objetivo físico o no, y en su caso Nora podía ser una persona común o no. Los cazadores tampoco la pasaban de lo mejor. Humanos con habilidades mejoradas que debían cumplir con tareas específicas como el exterminio, especialmente desde que Francia se había vuelto una nación tan concurrida, agitada, en donde el flujo del comercio estaba a la orden del día y, por supuesto todo eso también seguía atrayendo “turistas”, criaturas con poderes superiores que no demoraban en la acción del traslado, asalto o abuso y gracias a eso muchos de los cazadores sino es que todos debían tener cada sentido sumamente afilado, así como un grado mayor de intuición. No podía dejar pasar nada.

No, no vivo lejos. Es...— Escuchó esas palabras con suma atención y frunció ligeramente el ceño al término de las mismas ¿Por qué había interrumpido la frase de forma tan repentina? Algún motivo habría de tener, pero no, Zashenka no se iba a permitir ser inoportuna, seguiría prefiriendo que la conversación fluyera a un buen ritmo como hasta el momento.— Excelente Nora, será mejor que nos hagamos compañía hasta que alguna de las dos arribe primero a su destino. Yo vivo un poco más lejos de por aquí. Me traslado a lugares como este a caballo y afortunadamente el trayecto es mucho más a meno.— Dijo mientras comenzaba a andar hacia el exterior del sitio y en donde había atado al caballo. Era uno de sus equinos favoritos, blanco y de pelaje suave, dócil únicamente con Zashenka o con quien ella lo indicase, bravo y de buena defensa, pues ante una amenaza contundente no dejaba muchas opciones a la vez que resultaba sumamente escurridizo, un animal difícil de capturar para quienes no lo conocieran, incluso criaturas sobrehumanas habían intentado aprovecharse de su sangre sin éxito. Un hermoso regalo por parte de su abuelo.

Y sí, desde muy joven me educaron en estas artes que ahora me son muy útiles. Me hubiera agradado que nos conociéramos en una situación más amable para las dos, pero bueno, no quiero seguir con este tema, bastante ha pasado ya y cada vez se hace más tarde. Sigamos para que llegues lo antes posible a tu casa, te cambies de ropa y descanses un poco. — Dijo amablemente y mucho más tranquila mientras respiraba hondo y sonreía de lado. Parecía como si repentinamente Zashenka hubiese sido invadida por la tranquilidad, una modesta tranquilidad que la relajaba a cada paso.

Pronto avistó a su caballo, aún estaba retirado pero al menos lo había vuelto a ver entre ramas y arbustos. A lo lejos podía apreciar como la montura estaba en su lugar, los estribos aún permanecían ahí al igual que las riendas, todo estaba completo y el animal lucía mucho más tranquilo que ella, pastando de lo poco que había en el suelo, escarbando con las pezuñas en busca de algo más. Ese hermoso caballo era de sus mejores amigos y acompañantes, el más fiel, el más noble y el que no recriminaba. Una vez más Zashenka sonrió.— Traigo un poco de agua conmigo y un par de frutas por si gustas algo para recuperar fuerzas o para refrescarte.— Expresó con calma y confianza con lo cual intentaba transmitir lo mismo pues entendía que después de un suceso tan abrumador y extraño lo más natural sería desconfiar, incluso si se prestaba ayuda.


Última edición por Zashenka Vinográdova el Mar Mayo 02, 2017 1:17 am, editado 1 vez
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Re: Las arias del cementerio {Zashenka Vinográdova}

Mensaje por Nora Salazar el Sáb Feb 11, 2017 5:17 pm

Haciendo caso a las palabras de la rusa, Nora dejó el tema que hasta ahora les había mantenido ocupadas de lado. No se olvidaría de aquel suceso fácilmente, pero por algún punto había que empezar. Mantener una conversación que nada tuviera que ver con el ataque sería una forma de sobrellevarlo, pero sabía que sólo de manera momentánea. En los momentos más inesperados le vendrían a la cabeza tanto el hedor del hombre, como la fuerza con la que la había agarrado. Y lo peor sería si en esos momentos compartía la cama con algún cliente. Muchos las agarraban para imponer sus deseos, les gustaba, aunque no hubiera necesidad puesto que ellas se dejaban hacer prácticamente de todo. Al menos, todo aquello había terminado bien, así que Nora confiaba en que el susto no le durara mucho tiempo.

Cambiarse de ropa y descansar, eso sonaba fabuloso. Con esa idea en la cabeza comenzó a caminar junto a Zashenka para salir del cementerio. Así que sí, ella había sido entrenada desde niña en aquellas artes desconocidas para la prostituta, y que tan útiles habían sido. Quizá ella podría enseñarle algún truco o algún movimiento, pero la morena no se atrevía a pedirle nada más después de lo que había hecho por ella.

Nada más salir Zashenka se dirigió a algún lugar entre unos setos en busca de su caballo. Nora la seguía de cerca, pero todavía no atisbaba a ver al animal. De pronto y como salido de la nada, un hermoso corcel de pelo blanco apareció frente a ella, pastando tranquilamente las briznas que encontraba en el suelo. La morena se quedó quieta a una distancia prudente. Nunca se había acercado mucho a aquellos animales, lo justo para montar en los coches que tiraban en las calles de París. Aquellos caballos de tiro eran mucho más toscos que este que tenía enfrente, tan fino y elegante como su dueña. Se notaba que el animal estaba bien cuidado; el cuero de la montura brillaba sin una mancha, las riendas no estaban gastadas y el pelaje, tan brillante que hacía daño a la vista. Era un hermoso animal.

La voz de la rusa la devolvió a la realidad de la que se había alejado al ver al caballo. Le ofrecía algo de fruta y agua. Fruta.

Gracias, Zashenka. —Se acercó a ella y cogió una de las piezas de fruta, una manzana verde. Dio el primer mordisco y sintió la suave acidez, seguido del dulzor de la fruta. Le supo deliciosa, y no era para menos. La fruta en el burdel no era algo que comieran a diario, ni frecuentemente. Era demasiado cara como para que Madame Moreau se preocupara ni siquiera en comprarla—. Está deliciosa, hacía mucho tiempo que no probaba algo tan bueno.

De pronto, sintió que algo le rozaba el brazo a su lado. Con un sobresalto se giró para darse cuenta de que el caballo había acercado el hocico en un intento por comerse la manzana que tenía en las manos. Nora se echó hacia atrás automáticamente y el animal resolló. Se alejó un poco más de él sin apartar la mirada de los ojos oscuros que miraban su manzana, y él le siguió.

Nunca he montado a caballo —confesó, buscando a Zashenka con la mirada—. En realidad, nunca he estado muy cerca de uno. Una vez vi cómo pisaban a una mujer en la calle y desde entonces les tengo un poco de miedo. —Miró al animal con desconfianza—. Creo que quiere mi manzana.



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Re: Las arias del cementerio {Zashenka Vinográdova}

Mensaje por Zashenka Vinográdova el Mar Mayo 02, 2017 1:15 am

Había días en los que era sumamente difícil evitar la nostalgia producto de algunos acontecimientos en su familia y por más tiempo que pasara, por más que se esforzara, sabía que resultaría complicado desterrarla, era tal el sentimiento que comenzaba a hacerse a la idea de que se estaba haciendo parte de su vida diaria y que ya no la abrumaba como antes, pero aún así no podía ignorarla. La nostalgia, la soledad, se estaban convirtiendo en dos amigas a las que todavía no entendía bien y es que, acompañada también del cansancio, ya no era tan reacia a tenerlas cerca. Cuanta cuestión. Cuanta dificultad. Y con todo y los sucesos externos a veces esas emociones la envolvían con persistencia.

Zashenka miraba con atención a la morena mientras experimentaba esa nostalgia. Observaba su vestimenta y sus movimientos, tal sólo con curiosidad, curiosidad que siempre parecía nueva, pues aunque no era la primera vez que se encontraba en terrenos como esos, siempre experimentaba gran curiosidad con cada persona con la que se encontraba. Al mirarla se preguntaba constantemente las dificultades por las que ella y otras tantas mujeres podrían atravesar en un mundo tan desigual, partiendo de los títulos y clases sociales, situación de diferencia que marcaba, a veces el poseer dinero y poder era una ventaja pues los hombres dedicaban un poco más de tiempo a su familia, a su mujer, otras veces de poco servía, pues los bienes materiales no otorgaban benevolencia ni amabilidad, por el contrario, incrementaban la soberbia y el orgullo, provocando que el hombre se sintiera la punta de la lanza, la clase media en ocasiones era las más comprometida ya que oscilaba entre dos puntos por lo que mantener el “equilibrio” no era sencillo, al final la clase baja parecía ser la que más desazones padecía, de quienes más distancia tomaba la clase alta y media, la más rezagada y despreciada. Zashenka pensaba en el papel del hombre y de la mujer y de cómo éste, en la familia parecía el burgués y la mujer, por lo general enclaustrada en el hogar, resultaba ser el proletario.

Prestó aún más atención a Nora cuando comió la manzana. Veía como la saboreaba con gran gusto como si hubiese pasado ya algún tiempo de no probar dicha fruta y lo que sospechó fue confirmado por la misma Nora. Cuando Zashenka la escuchó no pudo evitar suspirar. — No es nada, Nora… — Respondió mientras miraba como se acercaba Roskov, su caballo. — Me gustaría poder hacer más por quienes más necesitan… — Susurró entre dientes cuando el caballo rozó a Nora con su hocico.

Trata de no preocuparte, podemos ir a pie si te sientes más cómoda. Roskov se presta al servicio, no te hará daño, puedo asegurártelo, por el contrario nos protegerá el resto del camino. — Expresó mientras se ajustaba la indumentaria armamentística y de defensa. — En cuanto a la fruta hay mucha más para los tres. — Dijo mientras sonreía de lado y tomaba una manzana roja del bolso para ofrecercela al caballo, acto seguido sujetó el depósito de agua y bebió. Bebió casi desesperada. Siempre que se involucraba en actividades como esa terminaba sedienta. — Y por el agua tampoco hay que preocuparse, Roskov trae dos depósitos más, uno para él y otro extra para mí.— Pasó discretamente la manga de la blusa para limpiar el excedente de agua de su boca y terminó por colocar la correa alrededor de la boquilla de la cantimplora y tomó otro fruto del bolso. Esta vez era un racimo de uvas verdes que ofreció a Nora. — Acéptalo por favor, el trayecto puede ser cansado después de todo lo acaecido y necesitamos toda la fuerza posible. — Dijo mientras elegía un durazno para ella y le daba una buena pero delicada mordida. — Como no sabemos que es lo que depara el camino te prestaré una daga, básica, pero bastante útil. — Comentó mientras se acercaba al caballo y de uno de los costados, donde traía algunas bolsas de piel extraía lo que mencionaba. — Espero y que no exista la necesidad de utilizarla.— Sonrió  con calma y aguardó a Nora, ligeramente pensativa, para después de unos segundos atreverse a preguntar.

¿Acaso tienes la costumbre de andar tu sola en lugares como estos y a estas horas? —. Inquirió con un suave y casi imperceptible sobresalto. Preguntaba como una madre a un hijo cuando éste ha salido sin su permiso. Zashenka estaba acostumbrada a andar en solitario y a enfrentarse con toda clase de seres, desde humanos viejos y ebrios hasta hombres lobo, pero desconocía todo de Nora y aunque no tuviera relación con su vida y nada de ello fuese de su incumbencia en ocasiones temía por la vida de mujeres como ella y de otras personas inocentes, siendo esto último la raíz de su repentina reacción.


Última edición por Zashenka Vinográdova el Dom Jul 02, 2017 1:47 am, editado 1 vez
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Re: Las arias del cementerio {Zashenka Vinográdova}

Mensaje por Nora Salazar el Jue Jun 22, 2017 4:11 pm

Roskov siguió mirando su manzana cada vez con más interés, y Nora se alejaba de él dando pequeños pasos hacia atrás. Tampoco se atrevía a realizar movimientos bruscos porque sabía que el animal se asustaría, y lo último que deseaba era encabritar al caballo por una simple fruta. Si la quería estaba dispuesta a dársela, aunque fuera lo más delicioso que había probado en mucho tiempo. Por suerte, Zashenka guardaba más fruta en sus alforjas, y tranquilizó al caballo con una manzana roja, digna de cuento.

No me importa acompañarte a pie mientras tú cabalgas, si lo prefieres —dijo sin apartar los ojos de la cabeza de Roskov, que devoraba la manzana tranquilamente y sin molestar. Nora se atrevió a acariciarle el cuello a la altura de la cruz, y el animal reaccionó al contacto girando la cabeza para mirarla. Olfateó el aire a su alrededor y desvió su atención hacia unos arbustos cercanos, con las orejas picudas hacia arriba, atento y curioso. Zashenka le ofreció un racimo de uvas desde su espalda y ella lo aceptó con gusto.

Apenas le quedaban manos para sujetar toda la fruta, así que mordió la manzana y la sujetó con los dientes mientras acomodaba el racimo de manera que no se le cayera ni una uva. En ese tiempo en el que tardó en sujetarlo, la rusa le ofreció otra cosa, pero no era fruta esta vez; era una daga no muy grande, pero perfecta para sus manos, pequeñas, femeninas y claramente poco trabajadas. Nora jamás había tenido herramientas en sus manos, nunca había arado la tierra, ni había sembrado campos bajo un sol abrasador. Si se la miraba sin demasiado detalle, podía pasar por una joven bien posicionada, no de la alta sociedad, pero sí podía confundirse con la hija del dueño de algún comercio parisino. En realidad, no era algo muy distinto a eso, y lo cierto era que, para ser una puta huérfana, no vivía mal.

Tenía el racimo de uvas en una mano, la daga en la otra y la manzana sujeta con los dientes, pero Nora no podía apartar los ojos del arma. De verdad esperaba no tener que llegar a utilizarla, puesto que no tenía claro que sería capaz de clavarle eso a otro ser humano. La pregunta de Zashenka la sacó de sus pensamientos. Negó para contestar, puesto que la manzana le impedía pronunciar palabra, y guardó la daga en la cinturilla del vestido. Con la mano libre sujetó la fruta y se masajeó la mandíbula antes de hablar.

No he venido sola, en realidad. —Se secó los restos de jugo de los labios con la manga del vestido y comenzó a caminar al lado de Roskov pero ligeramente adelantada, mirando a la rusa que caminaba al otro lado del cuello del animal—. He venido con una compañera —dijo, a falta de una palabra mejor—, pero tenía unos asuntos que atender, así que le he dicho que podía marcharse sin problema, que volvería sola —resumió sin dar mucho detalle y dio un par de mordiscos más a la manzana—. Pero está claro que no podría haber vuelto sola y, si me hubiera acompañado, es probable que las dos hubiéramos acabado mal paradas. Hay veces en las que odio esta ciudad. —Terminó la fruta y le ofreció a Roskov los restos de la manzana, que comió con gusto—. No acostumbro nunca a salir a la calle sola, siempre vamos acompañadas, pero no siempre volvemos juntas cuando salimos —habló en plural por primera vez, sin darse cuenta de que quizá su acompañante no estuviera entendiendo ni jota sobre quiénes eran esas que siempre iban acompañadas—. Gracias por prestarme la daga, aunque yo también espero no tener que utilizarla —comentó acariciando el suave mango de madera—. Nunca he usado una, y lo único que sé es que se clava por la punta. —Arrancó una uva y se la llevó a la boca—. ¿Conoces algún movimiento fácil que pueda aprender?



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Re: Las arias del cementerio {Zashenka Vinográdova}

Mensaje por Zashenka Vinográdova el Dom Jul 02, 2017 1:35 am

Y aún siendo de noche, con los pensamientos agitados y la soledad sobre la espalda, Zashenka no podía darse el lujo de sentirse cansada de ninguna manera, era su deber brindar apoyo, aunque tuviera que dejar de lado otras cosas importantes. Miró atentamente cada acción de Nora, desde que se encontraba cerca de Roskov hasta que sujeto las frutas y recibió la daga. Inhaló profundamente mientras escuchaba a Nora, de pronto tomó a Roskov de las riendas y le hizo avanzar sin dejar de escuchar a su acompañante.

Después de casi dos horas de haber encontrado a la morena y de todo lo sucedido, volvió la inquietud acerca de su herencia familiar, sobre ser cazadora. Tocó su abdomen, justo en el mismo lugar donde había recibido el golpe de uno de aquellos malvivientes, y al hacerlo tan sólo suspiró frunciendo el ceño. Trataba de darse un poco de calma diciéndose a sí misma que la inseguridad de Francia y Europa era reciente, pues en su infancia y adolescencia se encontró protegida por su familia, ignorando con inocencia los hechos, en ocasiones olvidaba que las regiones eran peligrosas desde hacía muchos años atrás, pero registros de generaciones de cazadores en su familia podían afirmarlo e incluso, penosamente, la situación de uno de sus hermanos le recordaba todo eso y la devolvía a la realidad. Día con día pensaba en eso, en cualquier momento, sola o acompañada, pues se le dificultaba no hacerse esa pregunta ya que su mayor deseo era tener una vida tranquila, deseaba casarse, formar su propia familia y olvidarse de los malos momentos.

Tomó una bocanada de aire y exhaló por la nariz al escuchar a la morena decir que llegó acompañada y al escuchar también que existían ocasiones en las que odiaba Francia, cerró la mano derecha y apretó fuertemente el puño. — En veces también odio esta ciudad… pero en veces también la prefiero a diferencia de mi alguna vez hermosa Rusia natal que ha sido destruida por múltiples adversidades… Francia tiene mucha luz sin contar estos sitios. — Comentó con cierta nostalgia. — En cuanto a la daga… tan sólo no la sueltes, mantén la punta hacia el exterior, algunos centímetros lejos de tu cuerpo e intenta mover con rapidez tu brazo y muñeca entre cada movimiento. — Era lo más básico que podía compartirle para su uso, pues para otros movimientos tenía que darse el tiempo de explicarle y no contaban con mucho.

Zashenka tenía un mal presentimiento sobre su entorno. No se quedaría tranquila hasta que no salieran de ese lugar. — Anda Roskov, te quiero atento, ya habrá ocasión para relajarse. — Dijo amablemente después de verlo terminar el tronco de la manzana y seguido agitó ligeramente las riendas. — Come todas las uvas si te es posible, son buena cosecha, son dulces y te avivarán más. No es sencillo, pero si tienes que hacer uso del arma no lo dudes, si el temor persiste, realiza una defensa en dirección a alguna parte que no comprometa el cuerpo, si es alguna creatura no humana no tengas piedad… — Apretó la mandíbula al decir aquello. — Ellos no la tendrán contigo. — Tomó de la muñeca libre a Nora y la colocó justo en medio del caballo y de ella y caminó unos cuantos pasos. — También es tu responsabilidad Roskov… — Dijo con firmeza y suavidad mientras esbozaba una sonrisa de lado. Después de eso escuchó no muy lejos el crujir de algunas hojas y negó ligeramente con la cabeza creyendo escuchar mal. — Todo estará bien, llegaremos con bien a nuestros destinos. — Recorrió con la vista el entorno sin notar nada aparente, no obstante no descartó ninguna posibilidad.

No transcurrió un minuto cuando volvió a escuchar un sonido similar al primero y esta vez, prestando atención también a su caballo pudo percatarse de cómo movía las orejas de atrás hacia adelante como si intentara captar algo. Zashenka se giró sobre su propio eje y barrió el terreno con la vista hasta que a unos metros de distancia se topó con unos ojos grandes que reflejaban la luna. En ese momento ya no tenía duda de lo que podía ser. Oculto entre arbustos, posicionado sobre lo bajo para guardar a discreción su voluminoso cuerpo y con una respiración pesada, era sumamente obvio hasta para quien no se encontraba versado en la cacería, que aquello que veía no era humano. Rápidamente desenvainó con seguridad una larga cuchilla y apunto en dirección de lo que acechaba.— Nora, mira bien a tu alrededor, prepárate para lo que pueda suceder y trata de permanecer tranquila, por favor. Todo estará bien. — Murmuró a la vez que elevaba con pausa la zurda para posarla sobre parte del lomo de Roskov tal y como si le fuese a transmitir un mensaje de esta forma.  
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Re: Las arias del cementerio {Zashenka Vinográdova}

Mensaje por Nora Salazar el Vie Jul 21, 2017 4:26 pm

Casi sin darse cuenta, la noche se les había echado encima y la luna brillaba intensamente en el cielo. Nora no era una mujer muy versada en los seres sobrenaturales, así que, para ella, una noche no era más peligrosa que un día, salvo por los malhechores que se escondían en las sombras para robarle todo su dinero. Claro que ella nunca llevaba demasiado, lo justo para comprar lo que fuera que quisiera cuando salió, o el dinero que el hombre de turno le había dado por sus servicios. A decir verdad, la joven tampoco salía demasiado del burdel. Los únicos lujos que se permitía eran los remedios anticonceptivos y algún dulce de vez en cuando; la ropa intentaba remendarla hasta que ya no había manera de hacer que pareciera útil, y de la comida se encargaba Madame Moreau. Los francos que ganaba no le daban para mucho más, y todos sus ahorros estaban destinado a un único fin.

Puesto que el hueso de la manzana ya se lo había dado a Roskov, empezó a comerse las uvas. Tal y como había dicho Zashenka, estaban deliciosas y la avivaron rápidamente. Parecía que todo era menos malo tras comer un puñado, con lo que no tardó en terminárselas enseguida. Al final comía las uvas de dos en dos, ansiosa por seguir saboreando ese dulzor. La rusa la movió entre el caballo y ella, y al principio Nora no supo por qué, hasta que la escuchó hablar de los seres sobrenaturales. Carraspeó ligeramente y tragó saliva.

Creo que nunca he visto una de esas criaturas —dijo en voz baja, como si fuera un secreto entre ellas—, y espero no encontrármelas nunca. He oído tantas cosas que dan miedo. Tú pareces saber mucho de ellas, ¿has visto alguna?

Su pregunta quedó en el aire, porque, aunque Nora no estuviera acostumbrada a conocer su entorno, ella también escuchó el crujir de las hojas. No le habría dado importancia de encontrarse sola, sólo habría apretado el paso para llegar cuanto antes a “Le sapin rouge”, quizá con un palo en la mano, pero pensando siempre que sería algún animalillo del bosque. Pero, lo que sí sabía hacer, y muy bien además, era detectar los cambios en el humor de la gente, sobre todo si la tenía cerca. Sintió la confusión en Zashenka, aunque su tono de voz sonara tranquilo, y ella se puso alerta también. No sabía qué debía controlar, pero si la cazadora estaba nerviosa era porque algo malo las rondaba. Efectivamente. Al poco escucharon un sonido muy parecido, y ambas mujeres se giraron casi al unísono; la diferencia residía en que, cuando vieron esos ojos inhumanos, Zashenka se mantuvo firme y segura, mientras que Nora empezó a temblar como un cachorrito asustado.

¿Qué es eso? —susurró, tan bajito que ni ella pudo escucharlo.

Se llevó la mano a la daga del cinturón y la sacó despacio para no dañarse a sí misma. La tenía agarrada tan fuertemente que los nudillos habían palidecido hasta parecer montañas nevadas. La punta, tal y como le había dicho la rubia, apuntaba hacia delante y separada de su cuerpo. Volvió a tragar saliva y se atrevió a mirar a su alrededor: el bosquecillo donde se encontraban parecía tranquilo, y la bestia seguía oculta entre los arbustos, pero su sentido de la supervivencia le pedía salir de allí lo más rápido posible.

De pronto, Roskov relinchó y coceó con las patas delanteras a algo que había delante. Nora se giró y clavó la daga en una masa de pelo oscuro que cruzó por delante de ella. Sintió cómo se hundía en algo blando; la sensación fue del todo desagradable, pero no soltó la daga. Al recoger el brazo, la luna le dio la luz suficiente para ver que el filo estaba manchado de una sangre densa. El olor la mareó y tuvo que apoyarse en el caballo para no caer. ¿Qué estaba pasando?



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Re: Las arias del cementerio {Zashenka Vinográdova}

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