Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Mensaje por Damien Østergård el Miér Oct 05, 2016 7:03 am

Prejudice is an act of violence.

Damien estaba claramente de buen humor esa mañana. Por primera vez en muchos días, no le molestó tanto saber que su hermano se había ido, llevándose consigo a Fredika, su hija. Los echaba de menos, por supuesto, le hacían mucha falta -incluso si no había un día en el que no discutieran por algo-, pero de alguna manera el peso de la ausencia lo percibió más liviano. Predbjørn podía ser un estúpido arrogante, tener ideas muy equivocadas, pero en más de una ocasión había demostrado amar a su sobrina más que a nada en el mundo, incluso más que a él mismo, y eso era demasiado decir viniendo de un narcisista como él. Estaba seguro de que la protegería y eso lograba tranquilizarlo. Quizá en algún momento su hermano entendería que el lugar que le correspondía a la jovencita era su casa, junto a su padre; no perdía la esperanza de que aún albergara un poco de buen juicio en esa mente tan desequilibrada.

Otro tema que lo mortificaba, era su esposa. Habían transcurrido más de trece años desde que la desgracia llegara a sus vidas, y la pobre Anges, que permanecía recluida en una casa situada en el campo, no mostraba ninguna mejoría. Por el contrario, parecía empeorar. Damien ya había perdido las esperanzas de recuperarla. La seguía amando, siempre lo haría, ¡era la madre de su hija, el amor de su vida!, pero tristemente, ella se había convertido en una gran carga para él. Eso lo hacía sentir horrible, como un verdadero desgraciado, pero no tenía sentido intentar engañarse a sí mismo. Lo que le había ocurrido a su familia era lo peor, no dejaría de sentirse responsable, porque lo era, pero seguía siendo un ser humano con necesidades y anhelos, mismos que no desaparecerían por el hecho haber sido alcanzado por la maldición de la licantropía.  

Damien fue completamente fiel a su esposa, antes y después de la tragedia; a pesar de sentirse muy solo, jamás se planteó realmente la posibilidad de interesarse en otra mujer. Pero ocurrió. Ese repentino cambio de humor se debía a una persona en particular: Do'ingn Mbah. La niña que había quedado huérfana gracias a él, la que había acogido desde entonces, a quien le doblaba la edad y había servido en su casa como una empleada doméstica más. ¿Qué tan inoportuno era eso? Sin embargo, no era lo peor. Existía un inconveniente aún mayor, algo que la sociedad no se cansaría de juzgar, considerándolo prácticamente imperdonable: ella era negra. Según la gente, Do'ingn había nacido para ser esclava, para servir a otros, y no para convertirse en la señora de una casa y que otros le sirvieran. Eso nunca cambiaría… a menos de que se hiciera algo. Damien estaba dispuesto a intentarlo, aun si con ello despedazaba permanentemente su reputación. Ella lo valía.

Sentado en la cama, de pronto se sorprendió inquieto y deseoso de lo que había planeado para ese día. Inmediatamente se levantó para lavarse la cara y se miró en el espejo que tenía ante sí. Vio en su apariencia el rostro de un hombre apagado cuyos ojos brillantes, rebosantes de buen humor, no correspondían. Era tiempo de cambios en su vida. Sin pensarlo dos veces, cogió una navaja y afeitó por completo su barba. La había llevado por muchos años, con el fin de no hacer demasiado notorio lo extraño que era que teniendo más de cuarenta, aparentara por lo menos diez años menos. Pero el danés supo que el momento de hacer caso omiso a lo que los demás pensaran sobre él o lo que decidiera hacer de ese día en adelante, había llegado.

Se vistió y apresuró el paso. Bajó las escaleras y un estremecimiento de alivio le recorrió el cuerpo cuando la encontró al pie del primer escalón. Su corazón se aceleró. Nueve de la mañana en punto, tal y como habían acordado.

Buenos días, Do'ingn. Me alegra que seas una mujer tan puntual —ensanchó la sonrisa, haciendo evidente su buen humor, y de pronto pareció realmente joven. ¿Qué opinaría ella de su gran cambio? ¿Se mostraría sorprendida? Era extraño, todo el mundo pensaría eso, pero no llevar la barba definitivamente le favorecía.

La observó. A simple vista, parecía tranquila, pero Damien la conocía lo suficiente para saber que los nervios debían estarla destrozando. Era lógico. Después de todo, no todos los días el señor de la casa le pedía a su empleada que lo acompañase a dar un paseo.

Sé que esto te hace sentir insegura, pero irá bien, lo prometo —con voz amable, intentó tranquilizarla—. ¿Estás lista?


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Re: You are not black, but a rainbow of colors | Privado

Mensaje por Do'ingn Mbah el Mar Oct 18, 2016 11:17 pm

La situación en aquella mansión dio un cambio de trescientos sesenta grados. Los pasillos olían delicioso por la decoración de las flores frescas, incluso la iluminación jugaba ahora un papel fundamental, los grandes ventanales dejaban pasar los rayos del sol, las cortinas se corrían cada mañana, y los detalles en cada pared se notaban a la perfección. Los sirvientes se notaban menos estresados, cada uno dejaba ver en su rostro la sonrisa de agradecimiento que desde hace quince años no portaban. Aquel cambio todos lo habían deseado, sin embargo se dio de la manera menos esperada, la sorpresa una maravilla, pero el temor y desconcierto a todos los albergaba. ¿Qué estaba por venir? Quizás grandes tormentas, por eso se debía disfrutar la tempestad antes de que fuera demasiado tarde.

Las actividades de Do’ingn dentro de la casa habían cambiado. Su horario ya no era fijo, sino variado; eso dependía completamente del dueño de la casa, el señor Damien. Muchos de los empleados no entendían porque todo era así, pero no les molestaba, quizás unos años atrás habría sido lo peor para la negra. Y es que la jovencita se ganó el afecto de todos, no sólo por sus inocentes palabras, sino también por su disposición de ayudar con los demás, eso sin importar las humillaciones que le habían dado. Mbah sin duda llegó a las vidas de todas esas personas para darles una lección, misma que todos creían terminaría por darle al mundo, aunque aquella misión sería más compleja, peligrosa y casi imposible. Aunque las responsabilidades de ella hubieran cambiado, todos la apoyaban para que las pocas que tenía las realizada a la perfección. Si el buen humor del patrón dependía de ella, todos lucharían para que siguiera así el tiempo que pudiesen. Los sirvientes del señor Østergård debían ser agradecido. Sin duda lo eran.

Un desayuno acompañado de un paseo. Esas habían sido las palabras del hombre de la casa. Mismas que Nina y ella no dejaban de repetir. Su compañera de cuarto le llevó una gran caja la noche anterior. En ella había un hermoso vestido color azul pálido, las telas eran finas, hermosas y se notaban que mis costosas. Ambas sabían que era un regalo del señor Damien, mismo que debía utilizar a la mañana siguiente. Aquel regalo, y lo que estaba a punto de hacer con un hombre rico y de sociedad casi no la dejó dormir.

Fueron probablemente dos horas las que pudo conciliar el sueño. Nina la despertó para que se diera un baño rápido y pudieran tener el tiempo necesario para vestirla. No tardó demasiado en estar perfecta para la ocasión, incluso su cuello darlo y delgado quedó a la vista con aquel peinado pomposo y alto que se había hecho. Para su buena suerte aún le quedaba tiempo, y es que la joven Do’ingn no se maquillaba, aquello era un lujo muy grande que nunca se pudo dar, porque el dinero jamás le alcanzaría. De igual forma se sentía satisfecha con la visión que tenía de ella frente al espejo.

En un principio Do’ingn no se sentía nerviosa, ni emocionada, más bien el temor la embargaba de una manera inusual, aquella situación ponían en riesgo al señor de la casa, quizá el hombre no veía los riesgos porque no era un hombre prejuicios como tal, y porque claro, él no temía de ser agredido como ella lo había experimentado más de una vez.

- Buenos días, mi señor - Saludó de manera automática y prudente. Sus modales de sirvienta nunca cambiarían, o al menos hasta esa mañana. - Me encuentro más que lista, sin embargo la pregunta va para usted. ¿De verdad se encuentra listo? - Lo miró con suplica, si el hombre lobo decía que no, ella sin duda alguna se quedaría en casa y buscaría maneras para entretenerlo y hacerlo feliz.

Para la mala suerte de la sirvienta, el patrón no había cambiado de parecer, por el contrario, se notaba más decidido que la noche anterior.

Aquello la seguía asustando, sin embargo tomó el brazo del caballero y ambos salieron de la casa, sin duda las emociones de cada uno eran completamente distintas.

Fuera de la casa los esperaba un carruaje, mismo que no tardaron en abordar. ¿Qué les esperaba aquel día? Sin duda alguna, el único que sabía a ciencia cierta las actividades por realizar era el señor Østergård, la joven negra solamente obedecería, y sin importar nada ni nadie, buscaría la manera de disfrutar.



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Re: You are not black, but a rainbow of colors | Privado

Mensaje por Damien Østergård el Lun Mar 20, 2017 4:18 am

Sí, se encontraba listo, y se lo hizo saber mostrando una honesta sonrisa. Pese a todo lo que significaba, había deseado ese momento con fervor. Era extraño sentirse así, ansioso, luego de tanta impasibilidad. Había pasado los últimos años de su vida sumido en una quietud total, indiferente a todo, algo que incluso a su hermano le había parecido exasperante. Pero qué sabía Predbjørn de las cosas que la gente guarda en el alma, si a menudo aparentaba no poseer una. Damien casi había olvidado lo que era despertar afecto o interés en otra persona, o que otro lo despertase en él. Y de pronto, el sentimiento más inesperado, había aparecido. Do'ingn lo había provocado con su bondad. Ella había notado su sufrimiento, había visto sus lágrimas invisibles. Tenía tanto que agradecerle y comenzaría a hacerlo. Ayudar a hacerla sentir como una persona de verdad y no como una cosa, como todos los esclavistas trataban a los suyos, le parecía un buen comienzo.

Le tendió el brazo y juntos se encaminaron hacia la salida, donde el carruaje los esperaba. Damien fue consciente de la mirada atónita que la servidumbre de la casa mostró cuando, a través de los ventanales, observaron cómo éste le tenía la mano a la joven para dejarla subir primero al coche. Casi le pareció percibir un ligero rubor en las mejillas de la morena, aunque no supo si por el hecho de haberse convertido en la atracción de ese día, o a causa de su caballerosidad, a la que evidentemente no estaba acostumbrada.

Durante el trayecto al centro de la ciudad no hablaron mucho, pero intercambiaron miradas y volvió a sonreír ocasionalmente. Resultaba muy inusual verla así, con otra prenda completamente diferente a los escuetos vestidos que solía utilizar en casa. También se había recogido el cabello en un peinado que dejaba su cuello a la vista. Pese a la sencillez de su apariencia, estaba muy hermosa; natural, sin adornos superfluos, como ella era. Sus ojos brillaban, a pesar de su color oscuro. Damien se sentía cómodo con ella, confortado con su presencia, y ella denotaba alegría, pero también nerviosismo. No era para menos, debía estar preguntándose a dónde la llevaría, y si bien Damien tenía el poder de acabar con su incertidumbre, por el buen disfrute de lo inesperado, prefirió conservar el factor sorpresa.

El carruaje se detuvo frente a un edificio con una bonita fachada de piedra. A simple vista resultaba muy imponente, parecía tratarse de un lugar muy importante, la casa de algún millonario realmente extravagante tal vez, eso seguramente debió intimidar un poco a la joven, en especial cuando Damien bajó del coche, dejando claro que era el lugar al que se dirigían. Una vez abajo, Østergård le tendió la mano, no solo con el fin de ayudarle a bajar del coche, sino también para infundirle confianza. Juntos entraron al edificio por la puerta principal.

Do'ingn debió sorprenderse mucho cuando presenció lo que había en el interior de aquel lugar. Cinco hileras de camas de hospital conformaban la primera habitación. Enfermeras, y quienes parecían ser los médicos, iban de un lado a otro, atendiendo a las personas que yacían sobre las camas. Avanzaron con cuidado por uno de los pasillos, procurando no interferir; presenciaron a amputados, entablillados y gente con mejor aspecto. No se percibía mucho caos en esa habitación pero, desde algún lugar no muy lejano, los pacientes con un diagnóstico menos afortunado se hacían presentes y con sus desgarradores lamentos provocaban compasión. En la mayoría de esos casos no había mucho por hacer y las enfermeras se limitaban a administrar un sedante para aminorar su sufrimiento.

Nadie se mostró sorprendido con la presencia de dos extraños, nadie preguntó qué hacían allí o hacía dónde se dirigían. Un hombre de mediana edad y aspecto agradable se cruzó con ellos, y como si fuera cosa de todos los días tenerlos en aquel lugar, con un simple movimiento de cabeza saludó y luego desapareció.

No te preocupes por ellos, Do'ingn —murmuró, inclinándose hacia ella un poco, cuando la notó un poco tensa—. Son buenas personas. No van a juzgarte. Además, como puedes ver, están demasiado ocupados como para prestarnos un poco de atención. Su labor aquí es maravillosa, muy noble.

Se detuvieron frente a la cama de una mujer de apariencia humilde que estaba embarazada y cuyo trabajo de parto parecía haber iniciado hacía muy poco tiempo. Una enfermera masajeaba con mucho cuidado su vientre abultado. La mujer practicaba respiraciones profundas para mantenerse tranquila y aliviar su dolor; el sudor perlaba su frente rojiza.

¿Cuánto le falta? —Preguntó Damien a la enfermera—. ¿El niño se encuentra bien?

La mujer levantó la vista.

No viene en la posición adecuada y el nacimiento estaba contemplado para dentro de un mes y medio —respondió ella mostrando genuina preocupación. Miró a la paciente un momento y entonces decidió bajar aun más el tono de su voz, con la esperanza de que ella no pudiera escuchar las malas noticias. Entonces, añadió—: Fue encontrada hace un par de días, sangrando, en un estado deplorable. Tememos que ni ella y el niño estén lo suficientemente fuertes.

Ante aquellas palabras, Damien observó a la paciente con mucho más detenimiento. En efecto, su aspecto no era nada bueno, estaba famélica.

Entonces habrá que retrasar el parto el tiempo que sea posible, eso dará oportunidad de acomodar a la criatura —convino, con la seriedad propia de un médico que sabe de lo que habla—. Que la alimenten bien, a base de mucha proteína. Le hará ganar músculo y energía para cuando llegue el gran día.


Le enfermera asintió y continuó con su labor.

Este es mi hospital, Do'ingn —confesó finalmente a la joven—. El edificio fue una herencia de mi padre. Creo que él esperaba que lo utilizara para algo relacionado a nuestros negocios, pero yo decidí donarlo a una buena causa —así como parte de sus ganancias, aunque esa era una cuestión que le parecía demasiado pretenciosa para expresar—. Todas esas personas que ves aquí, son voluntarios, gente que ofrece sus servicios sin esperar nada a cambio. Ayudamos a los más necesitados. Te traje aquí porque quería asegurarme de que vieras que en el mundo no todo es crueldad. No todas las personas son malas. La bondad existe.

Hacer cosas buenas para compensar todo lo malo. De alguna manera, a Damien le había funcionado hasta cierto punto.



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Re: You are not black, but a rainbow of colors | Privado

Mensaje por Do'ingn Mbah el Dom Mayo 07, 2017 7:38 pm

Do'ingn llegó a París siendo muy pequeña. Se pequeño y delicado cuerpo se abrazaba cual ovillo por las noches y así se quedaba dormida. Los primeros meses mantenía demasiadas pesadillas, recordaba la noche en la que sus padres y hermanos murieron, recordaba bien la forma de esos ojos. Aquel licántropo cambió por completo su vida. No existía manera de volver al pasado. Lo más triste de llegar a ese nuevo “mundo”, fueron las historias amargas que la demás servidumbre le contaba. Mia era una joven española que huyo de su familia por los abusos que tuvo, era muy hermosa, pero de un corazón amargo. Se encargó de hacer que la morena sintiera mucho miedo a la gente externa de la casa, y le llenó de ideas amargas su cabeza al mencionar su piel negra y los hospitales.

Por unos instantes sintió miedo al entrar en aquel lugar junto con su patrón, creyó que todo aquello era obra de la crueldad humana, y que muy probablemente la dejaría ahí encerrada para que se muriera de hambre y no representara un costo más en su vida. Decían que la gente negra como ella estaba llena de enfermedades, que era un gran peligro, y que debían encerrarlos para que no infectaran a nadie con su maldición oscura. Damien siempre fue un gran jefe en aquella mansión, pero eso no significaba que pudiera temer a los de su raza y  pudiera querer engañarla para no tener que aplicar fuerza en su encierro.

Temblorosa avanzó, sus ojos comenzaban a jugarle malas pasadas, el líquido cristalino nublaba su vista, sin embargo se mantuvo lo más serena posible.

Sólo hasta que lo escuchó hablar fue el momento en el que respiró debidamente, “le regresó el alma al cuerpo”. Do'ingn nunca se imaginó que aquel sitio fuera de su patrón, de hecho sólo imaginaba que sus negocios tenían que ver con el comercio, o con cosas que llevaba a Francia de otros países. Su corazón se enterneció. Se sintió afortunada por ser parte de aquel gran y significativo secreto.

- No comprendo como el Hospital podría ser usado con sus negocios – Hizo una gran mueca de desconcierto. A ella no se le daba mucho el mal pensar, o el tener que relacionar cosas, nunca le enseñaron a pensar en otra cosa que no se tratara de la limpieza de un hogar. Cuando era chiquita sus pensamientos se inclinaban a otro tipo de actividades, nada más, quizá por eso le costaba comprender algunas platicas con él.

- ¿Voluntarios y se la pasan aquí? ¿Y cómo se alimentan? ¿Dónde duermen? ¿Y sus familias? – Algunas preguntas para algunos podrían ser estúpidas, pero ella no llegaba a comprender algunas de esas situaciones. Era inocente, demasiado ingenua, en ocasiones llegaba a ser desesperante. – Necesitan al menos comer – Sonrío animosa. - ¿Podría venir en las tardes a ayudar? Tengo tardes libres, y creo que en vez de perder tiempo en la casa, podría ser de mucha ayuda aquí. – Apenada se volteó a verlo a los ojos - ¿Podría? – Sólo se permitía hacer cosas con el permiso de él, para su buena suerte el hermano pequeño de Damien ya no vivía en casa, por lo que tendría más ventaja para poder tener permiso.

- ¿Usted viene seguido? – Cuestionó curiosa. – Quizá su hija le vendría bien unos días aquí, la podrían sensibilizar – Esa era una buena opción, aunque quizá el peor castigo, todo dependía de quien quisiera verlo.

- ¿Usted estudió para ser doctor? Parece conocer mucho del tema. – Do'ingn se dio cuenta que en realidad no conocía nada de su patrón, a lo mucho que era un hombre solitario de rostro entristecido, que tenía un hermano, una hija y que su esposa había muerto, que tenía negocios y muchas riquezas, pero nada más. Nunca se permitió conocer más detrás de ese hombre, y sin duda era uno bueno, con secretos interesantes y que quizá la vida por eso le permitía una buena vida, porque él era un buen ser humano.



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