Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Pastel de limón {Naxel Eblan}

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Pastel de limón {Naxel Eblan}

Mensaje por Liara Eblan el Vie Oct 14, 2016 11:52 am

Sentada en una de las sillas de la cocina, miraba el pastel de limón recién terminado que reposaba sobre la mesa como si fuera algo extraño de otro planeta. Nunca creyó que elaborar una tarta fuera una tarea tan costosa. Seguir los pasos del libro de recetas era algo sencillo, sólo había que guardar los tiempos y medir las cantidades exactas. Cualquiera podría hacerlo, en realidad. Lo realmente difícil era que la tarta tuviera buen aspecto y que supiera bien. La que había preparado Liara cumplía el primer punto, el segundo todavía estaba por ver.

Ya no quedaba rastro de todo el desastre que había asolado la cocina durante la preparación; todo había estado lleno de cubiertos, boles sucios y restos de harina, azúcar y huevo. El libro de recetas todavía reposaba sobre la mesa, abierto por una página que rezaba “Pastel de limón”. Cuando era su madre la que lo preparaba, nunca había valorado lo suficiente el trabajo que había detrás y el cariño que ponía al hacerla siempre tan perfecta. Lo comían cada año por el cumpleaños de su padre, ya que era su preferido. Aún faltaban unos días para la fecha, pero en la medida en la que se acercaba la fecha señalada, los sentimientos iban aflorando, volviéndose casi tangibles.

Acercó la fuente hacia ella y observó el merengue que decoraba la parte superior. Untó el dedo y se lo llevó a la boca, permitiéndose unos segundos para poder degustarlo en profundidad. Repitió el gesto otras dos veces más hasta que lo dio por bueno. Después alargó la mano para alcanzar un tenedor y pinchó un trozo de tarta. El bizcocho parecía jugoso, quizá demasiado, y la crema que tenía en el interior tenía pequeños grumos que evitaban que fuera uniforme, pero, en general, el aspecto no producía ganas de vomitar. A pesar de todo, Liara no se atrevía a probarla. El recuerdo de la que preparaba su madre era demasiado intenso como para intentar igualarlo. No temía el sabor de la suya, sabía los ingredientes que había utilizado y podía imaginar el gusto que tendría. Lo que provocaba rechazo era saber que se llevaría una desilusión al no saber igual que la que ella recordaba. Y es que, para ser sinceros, igualar a la tarta de la señora Eblan era prácticamente imposible.

Inclinó el tenedor, primero hacia un lado y luego hacia el otro. El trozo de pastel seguía quieto en su sitio, como si la estuviera retando a engullirlo. Entornó los ojos sin apartar la mirada del cubierto y, en un acto de valentía por su parte, se comió el pedazo que había partido. Lo saboreó con paciencia y se dio cuenta de que no se alejaba tanto del que ella recordaba. Más ácido, quizá, y puede que fuera un poco más denso y pesado, pero para ser la primera tarta que hacía no creyó que le había quedado del todo mal. Pinchó otro trozo y se lo llevó a la boca al instante, al que le siguieron un tercero y un cuarto.

Cuando iba a comer el quinto, alguien tocó a la puerta con un par de golpes secos. Dejó el tenedor sobre el plato y se limpió los labios con un trapo que dejó de mala manera sobre la mesa, antes de dirigirse a abrir.

Naxel, hola —dijo cuando abrió la puerta—. No te quedes ahí fuera, pasa. —Alargó la mano y le cogió de la muñeca, tirando de él suavemente hacia el interior de la casa. Después se puso de puntillas y le dio un rápido beso en la mejilla, cerrando la puerta tras de sí—. Llegas a tiempo. He preparado un pastel de limón.

No especificó más. Estaba segura de que para él, aquel dulce tendría el mismo significado que para ella. Se relamió los labios, que todavía sabían a merengue, y se encaminó hacia la cocina. La tarta seguía en el mismo lugar y con el mismo aspecto, salvo por los cinco pedacitos que faltaban.

¿Quieres un trozo? —le ofreció—. No es tan rica como la que comíamos, pero tampoco la encuentro mal. Aún así, me vendría bien saber qué opinas.
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Re: Pastel de limón {Naxel Eblan}

Mensaje por Naxel Eblan el Jue Oct 20, 2016 10:52 am

Había pasado algún tiempo desde la última vez que había visto a Liara, la sola mención o pensamiento de ella hacía que inevitablemente me recordara a mí madre. Cada vez que la miraba podía ver esa similitud con quien fue nuestra madre, ella había sacado mucho más su parecido a ella de lo que lo había sacado yo… al igual que el carácter, ella se parecía demasiado a nuestro madre en muchos aspectos. Era una joven dulce y amable, buena y cariñosa que contrastaba demasiado con lo que yo era. Ella era pura, mientras que yo estaba rodeado por completo de pura oscuridad. Reí entre dientes ante aquel pensamiento, aún recordaba la vez que había descubierto que aquel vampiro tenía intenciones de pretender a mí hermana y no lo dudé ni por un segundo.

Lo seguí una de las noches y no tuve ninguna duda al matarlo ni tampoco ningún rastro de arrepentimiento surcó mí rostro ni mí consciencia. Quería que Liara estuviera libre de esa vida de sobrenaturales y no iba a permitir que ningún ser le rondara si yo podía evitarlo… bastante oscuridad había acaecido en nuestra familia, y bastante oscuridad ya portaba yo como para permitir que ninguno se acercara a mí hermana. No, no podía permitirlo. Ella debía de seguir siendo pura, no podía evitar que algún hombre se acercara a ella pero si podía evitar que este fuera un vampiro, o un licántropo… lo haría sin dudarlo.

Me contemplé levemente en el espejo durante unos segundos, como siempre iba vestido con mí habitual ropa negra que siempre solía llevar, ya tenía todo listo y preparado para partir y unos ojos oscuros y fríos como el hielo me devolvieron la mirada. El asunto por el que nos íbamos a reunir no era uno agradable. Desde que habíamos llegado a París ambos habíamos tomados caminos separados pero nunca dejamos de perder el contacto, ella era lo único que me quedaba de mí familia y pensaba protegerla a costa de lo que fuera necesario. El contacto siempre lo habíamos mantenido y aquel día iba a ser por un motivo más… trágico.

El cumpleaños de nuestro padre estaba próximo, sería en un par de días, y como habíamos hecho siempre nos solíamos reunir en su casa los días previos al cumpleaños. Si lo hacía era únicamente por ella, porque podía notar cómo esos días estaba más apagada, más triste… y aunque yo no pudiera hacer mucho por ayudarla sabía que mí compañía bastaba. Si ella no estuviera en este mundo yo no haría nada para conmemorar sus cumpleaños ni haría nada, tan sólo sería un día gris más de mí vida el cual intentaría olvidar por todo los medios… pero con ella no podía. No era un hombre de muchas palabras y mis formas y maneras no eran las correctas pese a que con ella lo era en menor grado, pero no era lo mismo.

Era mí hermana y aunque no podía cambiar lo que era y cómo era intentaba de alguna forma que mis formas no fueran tan bruscas, rudas, secas y cortantes con ella… pero no podía evitarlo. Incluso a su lado seguía siendo ese hombre de hielo con sus capas y sus murallas que no dejaba que nada entrara, que no dejaba que ni incluso ella que era mí mayor debilidad en esta vida, pudiera notar ni saber nada de lo que yo pensaba o sentía… si es que sentía algo.

Suspiré girándome para coger el abrigo y di un último vistazo a la estancia, no había mucho que denotara a qué me dedicaba o algo significativo sobre mí o mí vida… no habían muchas pistas de lo que era y quién era y por eso, mayormente, era que no quería que Liara viniera a mí casa. Por eso y por las armas que había en el lugar, ella sabía todo lo acontecido a nuestros padres, sabía que yo me dedicaba a matar y cazar seres oscuros y aunque había intentado disuadirme de que lo dejara lo había dado por imposible. Ya no me insistía como antes, ya no me miraba de aquella forma en la que me suplicaba que lo dejara pero nada de lo que dijera ni nada de lo que hiciera iba a cambiar el hecho de que lo dejara.

Sabía que aquella noche no tendría por qué llevar arma alguna, sin embargo, no podía evitar salir de casa sin al menos un par de dagas que había escondido en dos fundas, me puse el abrigo y cerré dando un portazo sintiendo mí ánimo y mí humor oscurecerse con cada paso que daba y con cada paso que más cerca me sentía de la casa de mí hermana. Me gustaba quedar con ella y saber que estaba bien, pero no quedar por ese tipo de motivos que solo hacía que mí ira creciera y mí venganza me quemara en el pecho. Saber por qué habían muerto mis padres y saber que aquellos que los habían matado seguían libres por el mundo sin su merecido castigo… me enervaba. Un gruñido brotó de mí pecho y me apresuré en llegar cuanto antes a la casa de mí hermana.

La noche caía y unas leves gotas habían mojado mí abrigo y un poco mí pelo cuando mis nudillos tocaron a la puerta, secos y rápidos, con fuerza mientras miraba el lugar a mí alrededor y me cercioraba de que nada fuera de lo normal pasaba en aquellos momentos. Jamás me perdonaría que metieran a ella en una guerra de la que no era partícipe y de la que no tenía nada que ver. No pasaron más de un par de segundos cuando la puerta se abrió y frente a mí apareció la figura de mí hermana. Ver esos ojos azules como el cielo me hacía recordarme de mí madre y la calidez que siempre solía desprender. Su pelo rubio lo llevaba suelto que le caía en ondas cuan largo era, en mí escrutinio, su mano la llevó a mí muñeca y dio un pequeño tirón hacia el interior cerrando la puerta tras nosotros.

La casa olía a pastel recién horneado y fue un olor que pude identificar de forma inmediata, haciendo que mí vista bajara hasta Liara quien se había puesto de puntillas y había dejado un beso en mí mejilla. Su tacto quemaba cada vez que me tocaba, era una de las pocas -por no decir la única- persona que dejaba que llegara a tocarme… nadie más salvo ella lo hacía y aún así aquello llegaba a trastocarme un poco. La seguí hacia el interior de la casa hasta llegar a la cocina donde aquel pastel que había identificado por el olor al entrar estaba sobre la mesa del lugar, a falta de unos pocos pedazos.

Pastel de limón. Aquel mismo pastel que nuestra madre solía hacer cuando se acercaba el cumpleaños de mí padre, aquel que hacía tantos años que ninguno de los dos probábamos… era uno de mis favoritos, me encantaba cuando lo hacía mí madre y contemplé a Liara unos segundos tras ver el pastel. Tenía buena pinta y me entraron ganas de saber si ella lo haría igual de bien que nuestra madre, a quien le salían unos pasteles que estaban muy ricos. No había vuelto a comer pastel de limón desde entonces, su recuerdo traía sabores amargos y aunque me gustaba el dulce ese en particular era uno que prefería evitar. Asentí con la cabeza dándole a entender que sí quería un trozo mientras observaba el lugar, tranquilo como siempre, con cada cosa ordenada en su sitio y aquel libro e recetas sobre el banco de la cocina de donde habría sacado la receta.

Por una parte me alegraba saber que su vida giraba fuera de toda aquella oscuridad, sabía muchas cosas de mí hermana puesto que siempre tenía un ojo vigilándola por si algo pasaba. Por eso me había enterado de aquel vampiro del cual ella nunca más volvió a saber nada… no quería esa vida para ella, con que yo llevara la carga por los dos era más que suficiente. Me senté en la silla y contemplé el trozo de pastel que me había servido viendo que ella se mordía el labio mientras esperaba a que lo probara. Cogí el tenedor, pinché un trozo, lo llevé a la boca y… cerré los ojos. No estaba exactamente igual que el de antaño y hacía nuestra madre, quizá un poco más ácido con mayor sabor a limón pero… estaba muy bueno.



-Está ácido –la miré durante unos segundos y sonreí de lado- Aún así está bueno –cogí otro trozo más y volví a llevarlo a mí boca. Yo no era un hombre de muchas palabras, o que entablara conversaciones aunque quien estuviera delante fuera mí hermana, ella sabía que si tenía algo que decirme debería de empezar ella y no dejar a que lo haga yo, sin embargo, la preocupación que siempre sentía cuando pensaba en ella salió a flote- ¿Estás bien, Liara? –no me refería a algo en concreto sino más bien… a algo en general. Sabía cómo se ponía cuando llegaban estos días y lo duro que era para ella, yo sin embargo, me mostraba como un trozo de hielo inexpresivo que no solía decir mucho, solamente, me quedaba a su lado ya que era lo único que podía hacer por ella.




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Re: Pastel de limón {Naxel Eblan}

Mensaje por Liara Eblan el Miér Oct 26, 2016 1:23 pm

Su siempre parco hermano aceptó el trozo de pastel que le había ofrecido con un simple asentimiento de cabeza. Liara se apresuró a sacar de un armario un par de platos para ambos que se colocó bajo el brazo. De un cajón que había a un lado, sacó un tenedor para él y una paleta que usaría para servir la tarta, y se dirigió hacia la mesa. Giró la fuente donde tenía el pastel, de modo que el trozo que partió para Naxel fuera del lado contrario al que había probado ella. Acercó el plato hacia él y dejó el tenedor al lado. El pedazo de pastel se mantenía firme, sin desmoronarse o deshacerse. Eso ya era buena señal. Se mantuvo callada junto a su hermano mientras él probaba el dulce. No se percató de que se estaba mordiendo el labio inferior, como si aquello fuera una de las pruebas del conservatorio de Mme Mimieux. No lo era, por supuesto, y si el pastel tenía mal sabor bastaba con tirarlo y preparar otro. Pero había algo dentro de Liara que deseaba que aquel que tenía delante le gustara a Naxel. Era el primero que hacía intentando reemplazar al de su madre, y lo último que quería era manchar su honra con un postre que supiera a rayos.

Se llevó una mano a la boca y comenzó a mordisquear la uña del pulgar, sujetando el brazo con la otra mano. El cazador se comió el primer bocado, pero su expresión era tan neutra que la muchacha no supo qué pasaba por su mente en aquel momento. Bien podría alabar su excelente trabajo como levantarse de repente y volcar la mesa. Dejó cualquier movimiento involuntario a un lado y se mantuvo quieta, cual estatua. Él le miró y ella le devolvió la mirada, esperando. Parecía que, a pesar de la acidez del limón, le había gustado. Liara sonrió ampliamente, más tranquila ahora que sabía que él le había dado el visto bueno. Si a Naxel le gustaba, significaba que estaba rico. En eso era como el padre de ambos, puesto que ese también era su postre favorito.

Qué bien que te guste. Lo he hecho para ti, en realidad —dijo, mientras se encaminaba hacia la silla donde había quedado el abrigo del cazador. Lo cogió y lo colgó del perchero, sacudiendo las pequeñas gotitas que brillaban tímidas con la luz de las velas—. Bueno, para ti y para mí. Hacía mucho que no lo probaba.

Se sentó en la silla que quedaba a su lado y le miró. También tenía el pelo algo húmedo, con lo que dedujo que había empezando a lloviznar. Colocó su mano en el antebrazo de él durante unos pocos segundos sin decir nada. Aquellos eran días malos para los dos, donde los sentimientos estaban a flor de piel, esperando cualquier comentario, recuerdo o acto que los terminara de sacar a la luz. Así como Naxel no era dado a mostrarlos, a Liara sí se la veía más apagada, con ese aura que la rodeaba de un tono ligeramente grisáceo. Era una mujer a la que, si algo le inquietaba, no le costaba hablar de ello. Es más, de vez en cuando agradecía y necesitaba compartir una taza de café con alguien que estuviera dispuesto a escuchar. El tema de la muerte de sus padres, sin embargo, era el único que intentaba evitar. No porque no quisiera que los demás lo supieran, sino porque hablar de ello le seguía doliendo a pesar de los años. Incluso con su hermano, que sabía tanto o más que ella. No era fácil, y sabía que nunca lo sería.

Ante la pregunta de Naxel se encogió de hombros, y después sonrió con visible tristeza. ¿Estaba bien? Al menos, no estaba peor, aunque en aquellas fechas no era fácil definir su estado de ánimo con exactitud. Cuando se sentía así de sensible, siempre recordaba aquellas amistades perdidas, en concreto la de Sébastien. Nunca llegó a olvidarle, aunque ahora fuese más un recuerdo de algo bueno que se terminó de pronto. Se preguntaba dónde estaría, y si estaría bien. La de él había sido una buena compañía que no había conseguido encontrar en ninguna otra persona.

Estoy bien. Es sólo que... estos días no son buenos —añadió después, apoyando la cabeza en una de las manos, como si le pesara una tonelada—. Además, esta noche no he dormido muy bien. —Se frotó los ojos, que los notaba arenosos y secos—. Un perro se la ha pasado aullando y me ha mantenido en vela durante horas. Y las pocas que he conseguido dormir me ha creado pesadillas. Ya sabes cuánto los odio. —Si había un animal que no le gustaba a Liara, esos eran los perros. No es que le dieran miedo, o alergia. No le gustaban, simplemente. No le suponían una buena compañía, y menos aún cuando emitían ese ruido ensordecedor que le perforaba los tímpanos como si se trataran de agujas. Los perros tenían demasiadas similitudes con las bestias que acabaron con su familia tiempo atrás, y sus aullidos no se diferenciaban mucho unos de otros—. Por lo demás, me esperan tres semanas de práctica, práctica y más práctica con el piano. Madame Mimieux me ha propuesto dar una pequeña audición, y quiero hacerlo bien. Espero que puedas venir a verme.

Lo último fue más una petición que un deseo. Los conciertos siempre se hacían tras la puesta de sol, el mismo momento en el que salían las bestias de sus guaridas. Era, sin duda, la hora perfecta para darles caza, y Liara lo sabía. Sólo esperaba que Naxel sacara algo de tiempo para ir al pequeño teatro del sur de París donde siempre tocaba.

Se sirvió un pequeño trozo de tarta en el plato que quedó libre y se lo acercó deslizándolo por la mesa. Pinchó un trozo y se lo llevó a la boca, masticándolo despacio, dejando que el sabor a limón inundara cada rincón. Suspiró. Se había hecho un silencio en el que sólo se podía percibir los sonidos ambientales, como voces procedentes de la calle o el maullido de algún gato callejero.

Les echo de menos —dijo de pronto, en voz no muy alta. Jugueteó con el merengue que decoraba la tarta por encima, haciendo pequeños surcos con el tenedor—. ¿Sabes que alguna vez he pensado en regresar? No para quedarme, pero sí una temporada. Si aún no lo he hecho es porque me da miedo lo que me pueda encontrar allí. O lo que ya no pueda encontrar.

Temía que el paso del tiempo hubiera borrado las huellas de lo que un día fue su hogar, la casa que habían compartido ambos junto a sus progenitores. Pero, por otro lado, sabía que los recuerdos que guardaba aquella tierra serían fuertes y dolorosos. Era consciente que, fuera lo que fuera lo que encontrara allí, iba a hacerle mucho daño. Siguió jugueteando con el merengue haciendo rayas rectas, en zig zag y círculos de distintos tamaños. Después dejó el tenedor sobre el plato, pero no apartó la mirada de la tarta. Se cruzó de brazos y elevó las manos hasta la parte alta, masajeándola suavemente.

Tú volviste, ¿no es cierto? —Miró a Naxel—. Creo que el tío Keith me dijo algo, pero ya sabes lo reservado que es para esas cosas. —Se mordió el labio inferior—. ¿Pudiste ver cómo estaba aquello?


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Re: Pastel de limón {Naxel Eblan}

Mensaje por Naxel Eblan el Jue Nov 03, 2016 10:46 am

Tener a Liara cerca de mí era como una especie de alivio, algo que calmaba y sosegaba un poco mí interior, la única persona en realidad que me hacía sentirme tranquilo cuando estaba en su presencia y comprobaba que ella estaba bien, porque para mí era algo demasiado importante. Podría decir sin duda alguna que Liara era ese punto débil que tanto había querido evitar, aquello por lo que sin duda alguna podrían hacerme mucho daño, mi flaqueza, mí debilidad… que aunque no quisiera mostrarlo o darlo a entender, ella era esa pequeña luz en mitad de toda mí oscuridad, aunque ella realmente no llegara a saber cuánto significaba para mí.

Ella era la razón y el motivo, en parte, por el que me había hecho cazador y por el cual quería vengar a mis padres, pero no sólo eso, sino que también había querido ser yo quien asumiera todo aquello y la oscuridad que anidaba en aquel mundo de seres de la noche, porque ella incluso tras pasar la muerte de nuestros padres –algo que nos había costado mucho a los dos- no se había perturbado en lo más mínimo, seguía siendo como siempre había sido y no había dejado que eso la cambiara. La luz y la calidez que siempre le caracterizaban y que eran, sin duda alguna, puro legado de mí madre siempre había permanecido en ella… inalterable, inmutable.

Yo, por el contrario, había dejado que esa oscuridad me consumiera y la venganza fuera lo que anidara en mí interior, en mí alma y en mí corazón. Por esa misma razón decidí hacerme cazador, para que jamás nadie volviera a tocar algo que era mío, a ningún ser que yo más quería y Liara era la única que ostentaba ese título. Iba a protegerla todo lo que pudiera y que ella jamás tuviera que lidiar con ese mundo, con la muerte de nuestros padres había bastado. Por eso me había alegrado saber que ella no quería saber nada de aquello, y aunque hubiera querido buscar venganza porque era algo más que lógico… jamás lo habría permitido. No iba a permitir que su luz se manchara con oscuridad, yo soportaría la de ambos si era preciso y necesario.

La contemplé mientras cogía los platos sentado en aquella silla de la cocina, el pastel de limón seguía delante de mí y mis ojos se fijaron en cada uno de sus movimientos. Como cazador había cogido la costumbre de observar con atención todo aquello que me rodeaba, podía ser algo de lo más útil cuando estabas en situaciones peliagudas y me había salvado en un par de ocasiones, además, sin siquiera decir nada la analizaba sin que ella misma se diera cuenta de que lo estaba haciendo. Aunque no lo pareciera se podían decir muchas cosas con el lenguaje corporal, la forma de moverse, los gestos, los movimientos… me servían para saber si algo le perturbaba o le molestaba.

Me gustaba observarla de aquella manera con esa luz que siempre desprendía y esa calidez propia de nuestra madre, sin duda alguna ella lo había heredado y en muchos gestos veía a la par a mí madre tras ella. Su pelo rubio suelto se movía con cada paso que daba y la observé sin decir nada mientras me servía el trozo de tarta, podía ver lo nerviosa que estaba porque le gustara cuando había dicho que la había hecho para los dos, era una buena forma de homenajear a nuestro padre con algo tan típico que solía hacer nuestra madre cada año. Me pareció un gesto adorable verla morderse la uña con su labio, algo que a veces solía hacer cuando estaba nerviosa… pero le había salido bueno el pastel, y así se lo hice saber.

Se sentó delante de mí sin decir nada mientras seguía cogiendo trozos de aquel pastel que había preparado cuando, de pronto, sentí su mano posarse con suavidad en mí antebrazo. Aquel gesto hizo que dejara la cuchara a mediante camino de mí boca, levantara mí rostro para mirarla, y mi cuerpo diera una sacudida. Su pequeña mano comparado con mí antebrazo desprendía una calidez que hacía mucho que no sentía, acostumbrado al frío y a la oscuridad, como la soledad, que siempre rodeaba mí vida. Podía ver en esos ojos azules un halo de tristeza detrás de ellos… sabía que estos días eran duros y difíciles para ella, sabía que pese a que yo fuera como un cubito de hielo a ella le costaba mucho más y aunque yo no necesitaba de expresar aquello que sentía, ella por el contrario, era quien más lo necesitaba.

¿Y qué podía hacer yo para aliviar su pesar y aquella tristeza que la rodeaban? ¿Qué podía decirle, a mí propia hermana, para que no se sintiera de esa manera? No lo sabía, incluso con ella me costaba tanto expresarme que me odiaba un poco por ello, por querer reconfortarla y no poder hacerlo. Sabía lo que necesitaba, esos ánimos, ese aliento de mí, sentirse que no estaba sola frente a todo aquello, unas palabras, un abrazo… y sin embargo, ¿qué hacía yo? Absolutamente nada; quedarme delante de ella y dejar que se desahogara conmigo… no sabía hacer otra cosa. Esperé a que me contestara aunque sabía que no, no estaba bien y se podía ver a simple vista.

Dejé el tenedor sobre el plato y me fijé en ella mientras esperaba a que hablara y me contestara, sabía que no estaba bien pero tampoco podía culparla por mentirme e intentar que no me preocupara por ello. Ahora que lo decía sí, parecía que el cansancio hacía mella en ella y suspiré porque no sabía muy bien qué decir ante aquello, no quería que se sintiera peor de lo que ya estaba aunque podría decirle que, si quería, podía quedarse un par de días en mí casa… aunque con eso no consiguiera nada y tuviera que esconder cada maldita arma que poseía. Miré por la ventana cuando dijo lo de los perros y me mordí el labio con fuerza, a mí tampoco me gustaban simplemente porque me recordaban a esos seres que tanto desprecio y odio sentía por ellos, por esa sonrisa sádica que surcaba mí rostro cada vez que mataba a uno y más cerca me hacía estar de mí venganza.


-A mí tampoco me gustan –dije antes de que ella continuara, como en voz baja, como si estuviera metido en algún recuerdo lejano- su apariencia me recuerda demasiado a aquellos seres aunque sé que son mucho más inofensivos que los otros –quise decirle que podía encargarme de aquello, pero sabía que no le iba a gustar mí comentario y decidí dejarlo. La miré de reojo cuando prosiguió hablando y giré mí rostro para verla de frente de nuevo. Me gustaba que tocara el piano, sabía que era una forma de evadirse de todo aquello que le rodeaba y que le perturbaba y prefería un millón de veces eso antes de que cazara y matara como lo hacía yo. No es que me encantaran las audiciones, pero si a ella le hacía feliz verme allí, estaría. Por aquel día dejaría de lado la cacería e iría a verla- Te prometo que estaré en esa audición, si así lo deseas, estoy convencido de que lo harás muy bien –terminé por comerme el trozo de tarta que me había servido mientras ella remoloneaba con el suyo y el silencio se adueñaba de la estancia, roto por las gotas de lluvia repiqueteando contra el cristal de la cocina.

Silencio que fue roto por su comentario de que les echaba de menos, algo que a mí también me pasaba, nos los habían arrebatado demasiado pronto como para llegar a acostumbrarnos a su ausencia. Y sí, había habido veces en que quería alejarme de París y volver allí… pero estaba en aquella ciudad por un motivo diferente y era que mis pistas me llevaban a que los licántropos que buscaban estaban en esta misma ciudad, y no pararía hasta encontrarlos. Mí sorpresa surgió cuando me dijo que yo había vuelto a aquel lugar, hacía años, cuando intenté recabar pistas sobre los seres que habían acabado con nuestros padres. La miré de forma fija cruzándome de brazos sobre el pecho y apoyando mí espalda en el respaldo de la silla, hacía atrás, mientras dejaba que terminara de hablar. Sí, Keith lo sabía y le había pedido expresamente que no contara nada a Liara sobre aquello, ¿por qué? Por la sencilla razón de que seguramente no encontraría nada allí que nos recordara a nuestro hogar. No quedaba mucho de lo que un día fue nuestra casa, se habían encargado bastante bien de ello.


-Le hice prometer que no te contaría nada al respecto, Liara, por eso mismo no te contó nada salvo lo que realmente necesitabas saber –hice una leve pausa, ¿debía de decirle cómo estaba aquel lugar? ¿Eso le beneficiaría en algo? Aparté mí mirada de ella durante unos segundos pensando en qué era lo más adecuado en aquella situación… si contarle la verdad, o no contarle nada. Finalmente la miré emitiendo un leve gruñido, lo que había encontrado allí no era algo que me hubiera gustado ver- Volví a por pistas que me llevaran a quienes hicieron todo aquello, y aunque las encontré, no esperaba encontrarme cómo estaba el lugar –seguramente alguien habría informado de que habían encontrado a dos supervivientes de aquel lugar y los licántropos no habían tardado mucho en reducirlo a escombros- No deberías de volver allí, Liara, no queda mucho de lo que fue nuestro hogar –sí, me dolía tener que decirle aquello… pero era mejor decírselo a que un día ella decidiera ir allí por su propia cuenta, no quería que le pasara nada- Es mejor que mantengas el recuerdo en tú memoria y lo atesores, porque es lo mejor que vas a encontrar –no quería sonar duro, pero sí convincente por aquello. Suspiré mirando hacia otro lado no siendo fácil para mí, así que decidí levantarme de la mesa una vez había terminado el trozo de pastel que seguía sobre la mesa, bordear esta y quedarme delante de mí hermana. Cogí con delicadeza una de sus manos y tiré hasta levantarla para tenerla delante de mí. Sabía que aquella confesión no le habría gustado, así que a falta de palabras, tiré de su mano acercándola a mí pecho, enredé mí otra mano entre los mechones de su pelo y dejé mis labios en su cabeza, aspirando el aroma que desprendía su pelo mientras cerraba los ojos y dejaba que me abrazara, que aunque me siguiera resultando extraño pese a que era mí hermana, sabía que era lo que más necesitaba de mí.

Esperé todo lo paciente que pude sintiendo que aquello me abrumaba de una forma que no me gustaba, que no estaba acostumbrado a que alguien me abrazara tanto tiempo ni de aquella forma, así que esperé hasta que se separó y dejé un beso en su frente como muestra de que, aunque no lo dijera, ahí estaba para ella… siempre que lo necesitase. No le diría “te quiero”, no se lo haría ver como la gente normal lo haría… pero, a mí manera, se lo hacía saber y esperaba que ella entendiera las señales.


-Ven, tócame una de las canciones que tienes que tocar en la audición
–la contemplé a sus ojos azules, contrastando con los míos que eran más castaños y oscuros que los suyos. Ella luz, yo oscuridad en todos los sentidos- Quizás así me convenzas más de ir a esa audición que tienes –dije de forma irónica, sonriendo de lado, mientras esperaba a que ella se sentara al piano y comenzara a tocar.




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Re: Pastel de limón {Naxel Eblan}

Mensaje por Liara Eblan el Mar Nov 08, 2016 3:41 pm

A pesar de los silencios que surgían, la compañía de Naxel era agradable para ella. Aunque, más que agradable, se podría decir que era necesaria. No se veían mucho, quizá por eso le gustaba tanto que viniera de visita. Su tío Keith y él eran la única familia que le quedaba, aunque a éste primero tampoco le veía demasiado. Solía hacerle visitas que aprovechaba para preguntar por Naxel si hacía mucho que no le veía, puesto que ellos dos mantenían el contacto más a menudo debido a la caza. Normalmente, las respuestas a sus respuestas eran vagas, pero sinceras y rápidas. Nunca entraba en detalles, se limitaba a hacerle saber que estaba bien. El día que le contó lo de su viaje a Edimburgo, sin embargo, Liara notó algo en su timbre de voz que le hizo sospechar. Fue una duda momentánea, después una respuesta, igualmente vaga pero poco precisa, como si la estuviera inventando en ese momento. Tras mucho insistir, consiguió arrancarle el destino de su hermano. Con eso le bastaba, Liara tampoco necesitaba que le contara más.

Cuando comenzó a hablar, sintió su mirada clavada en ella y se dio cuenta de que quizás había hablado más de la cuenta. Naxel tenía una mirada intimidante que, si se añadía a su constitución física, hacía de él un humano al que era fácil temer. Si no le conociese, creería que se iba a lanzar a por ella. No quería ni siquiera imaginar lo que sería verle empuñando un arma. Tragó saliva y se mordió el labio inferior.

El tío sólo me dijo dónde estabas, nada más —dijo, intentando arreglarlo—. No te enfades con él. Creo que, en realidad, no me lo quería decir, pero insistí demasiado y al final no tuvo más remedio. A él se le nota bastante cuando intenta ocultar algo.

No pudo evitar una pequeña sonrisa, divertida, al recordar la infinidad de ocasiones en las que le había cazado guardando un secreto. La mayoría de las veces fingía que no se daba cuenta, y era el momento en el que él respiraba aliviado, pensando que había conseguido engañarla. Pero cuando los secretos eran algo más que regalos de cumpleaños y sorpresas navideñas, no podía evitarlo. Necesitaba saber que todo estaba bien, que ellos estaban bien. Algo tan simple como eso.

Su fugaz sonrisa se borró casi de inmediato. La respuesta por parte de Naxel no llegó enseguida, lo que indicaba que aquello que iba a decirle no le estaba resultando fácil. Ella bajó la mirada a su pedazo de pastel y continuó jugueteando un poco con él. No debía haberle preguntado sobre aquello. En realidad, no estaba segura de querer saber si quedaba algo o no de lo que había sido su hogar. La esperanza de que todo siguiera igual estaba ahí, asomando la cabeza de forma tímida, pero esa sólo eso, el deseo de escuchar que nada había cambiado. Abrió la boca para decirle que no importaba, que no hacía falta que contestara, pero él se adelantó. Lo que le contó no la sorprendió; de alguna manera, era lo que esperaba, aunque no por ello le dolió menos.

Sí. Será lo mejor —murmuró.

Dejó el tenedor en el plato y entrelazó los dedos de ambas manos, dejándolas sobre la mesa. El repiqueteo de las gotas de lluvia en la ventana era arrullador, y les envolvía a los dos como una cálida manta en las noches de invierno. Para ella fue inevitable imaginar el estado en el que estaría la casa en aquel momento. Sería un montón de piedras y vigas podridas llenas de barro y hierbajos. Nada. No quedaría absolutamente nada. Sintió una punzada de dolor en la boca del estómago e intentó borrar esas imágenes de su mente, sustituyéndolas por los recuerdos que todavía conservaba de su niñez. Agachó la cabeza y cerró los ojos mientras estiraba las mangas del vestido como si quisiera cubrir sus manos. Naxel tenía razón, no debía volver allí.

Sintió una presencia a su lado. Abrió los ojos y levantó el rostro, para ver a su hermano de pie frente a ella. Desde la silla parecía más alto y grande que de costumbre, algo que contrastaba con la delicadeza con la que le cogió la mano y la forma de tirar de ella para levantarla. Dejó que la acercara hasta él y pasó sus brazos en torno a su cintura, juntando las manos en su espalda. Apoyó la frente en el pecho del cazador y volvió a cerrar los ojos. Definitivamente, necesitaba aquello. Era increíble como un gesto tan simple, proviniendo de la persona adecuada, podía reconfortar tanto en tan poco tiempo. Liara era consciente de que para Naxel no estaba siendo fácil, por eso aquel abrazo tenía más valor que cualquier palabra que pudiera decirle. Era agradable sentir el calor de su cuerpo y estaba verdaderamente a gusto allí, con él. Ese fue el motivo por el que alargó el abrazo más de lo que había pensado que lo haría. Le dio un apretón más fuerte justo antes de separase y elevó el rostro para mirarle.

Gracias, Nax —le dijo con una sonrisa. Después entornó los ojos y miró fijamente a los ajenos—. ¿Significa eso que no te fías de mí? Porque pienso convencerte, claro que sí —bromeó, señalándole con el índice en modo acusador—. Vamos.

Le llevó hasta la sala donde descansaba el piano. Era una habitación no muy grande, pero tenía una gran ventana que daba a la calle y que alumbraba la habitación en los días soleados. Una alfombra decoraba el centro del cuarto. Había un sofá de dos plazas contra una pared, situado entre una mesita auxiliar y una pequeña cómoda. El piano de pared estaba situado enfrente. Era de madera oscura, casi negra, y la superficie brillaba impecable y sin una mota de polvo. No había ninguna decoración sobre él a excepción de una pequeña figurita de madera. Era una golondrina con las alas extendidas que se balanceaba hacia delante y hacia atrás cuando se le tocaba la cabeza. Fue un regalo que le hizo Sébastien tras uno de sus conciertos. Una vez le dijo que escuchar su música era como admirar el vuelo de una golondrina, fresco, elegante y con subidas y bajadas tan enérgicas como los movimientos de las propias aves.

Se sentó en el banco y tocó el hueco que quedaba a su lado para que Naxel lo ocupara. Había sitio de sobra para los dos, ya que aquel banco era más largo de lo normal. Debía ser así para poder sentarse junto a sus alumnos sin molestarlos mientras tocaban. Mientras esperaba a que se sentara, acomodó las partituras y pulsó un par de teclas para afinar el oído, seguidas de unos cuantos acordes. Echó los hombros hacia atrás estirando la espalda y respiró hondo. Colocó los dedos sobre las primeras teclas, echó un vistazo rápido a la golondrina, y empezó a tocar.




Desde que sonó la primera nota, Liara perdió completamente la noción del tiempo y del espacio. Olvidó que su hermano estaba junto a ella, que faltaban pocos días para el cumpleaños de su padre y que hacía una hora escasa que había preparado el famoso pastel de limón. Sus manos volaban sobre las teclas casi sin tocarlas, rozándolas con las yemas de los dedos. Había momentos en los que era capaz de cerrar los ojos durante unos segundos, dejando que la música fuera el único aire que necesitaba respirar. El vello de los brazos se le erizó como si una corriente fría la hubiera alcanzado. Cuando no tenía los ojos cerrados, alternaba la mirada entre la partitura y las teclas, echando vistazos rápidos a cada uno para no perderse nada. Si una nota no sonaba como debía, fruncía el entrecejo y chistaba con la lengua, pero eso no hacía que perdiera la concentración. En su mente sólo había notas, ni tristeza, ni alegría. Sólo serenidad, tranquilidad, calma. Eso era para ella la música, un estado completamente ajeno al mundo terrenal. Y eso era, precisamente, lo que ella buscaba evocar en todos aquellos que la escuchaban tocar. Quería brindarles ese pequeño oasis que ella había sido capaz de encontrar, para que aquellos que estuvieran perdidos fueran capaces de hallar su camino.

Cuando terminó la canción, mantuvo las manos sobre las teclas unos segundos y después las bajó hasta sus piernas, dejándolas ahí. Todavía se podía escuchar la vibración de las últimas cuerdas que habían sonado, como si la canción no quisiera terminar aún.

¿Qué te ha parecido? —preguntó con los ojos vidriosos y espectantes—. ¿He conseguido convencerte o tendré que tocarte otra canción para que termines de decidirte? —volvió a bromear, dándole suavemente con el codo en un costado. Cogió las partituras y las ordenó de nuevo, asentándolas y dejando la canción que le tocaba practicar en la primera posición—. Creo que alguna nota está desafinada, llevo un par de días notando que no suena como debería. Tendré que revisarlas todas. Si me quieres ayudar, eres más que bienvenido —comentó, dejando las partituras en su sitio otra vez. Se mordió el labio inferior y giró su cuerpo hacia Naxel, sentándose sobre una de sus piernas y dejando la otra apoyada en el suelo—. No te he preguntado cómo estás. ¿Todo bien?

No esperaba que se explayara mucho en su respuesta, es más, imaginaba que sería un “Sí, todo bien”, aunque en realidad no fuera cierto. Tampoco quería que se sintiera obligado a darle una respuesta detallada. Sólo quería que supiera que, pasara lo que pasase, ella también estaría siempre ahí, para él.


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Re: Pastel de limón {Naxel Eblan}

Mensaje por Naxel Eblan el Dom Nov 20, 2016 3:10 pm

No era partidario a contarle muchas cosas de las que hacía en mí día a día a Liara, y entre ellas, estaba también el hecho de que le había dejado claro a Keith que no quería que le pudiera decir nada sobre ello. Cuanto menos supiera ella mejor sería, para ella, y para mí. Sabía que aquel mundo al que me dedicaba no le gustaba, nunca le había parecido buena idea desde que supo la verdad sobre ello, no intenté ocultárselo, ¿por qué debería de hacerlo? Se enteraría tarde o temprano y no estaba dispuesto a que nada pudiera alejarme o separarme de ella, era algo que no contemplaba en lo absoluto. Con que yo por los dos hiciera esa justicia algo macabra que llevaba en mente, y me dedicara a aquel mundo de oscuridad… era más que suficiente.

No iba a permitir que esa luz que ella desprendía  cada vez que la veía acabara oscureciéndose por algo relacionado a aquel mundo, por eso mismo no quise que pudiera tener algo con aquel vampiro, solo podría haber traído problemas. No estaba dispuesto a que pudiera morderla, a que la convenciera para que le diera de su sangre y la sola idea ya me ponía enfermo… cuanto más estuviera apartada mejor sería para ambos. Sabía cómo era Keith, sabía cómo era Liara… así que no me extrañaba en lo absoluto que pudiera haberle sacado información pese a que él sabía que yo así no lo quería. Sabía también que le había contado alguna que otra cosa y que ella le preguntaba por mí, él siempre me lo había dicho.

Respecto a ese tema, ninguno de los dos hablábamos de ella. Ella había intentado por todos los medios que dejara aquel mundo y no lo había conseguido, por lo que sabía que no quería saber mucho de él. No pensaba contarle las veces que había asesinado a uno de esos seres, ni mucho menos que había disfrutado mientras los perseguía y posteriormente los mataba, eran cosas que ella no debía de saber bajo ningún concepto. La miré cuando me dijo lo de Keith y sonreí de lado apoyado contra la silla y con los brazos cruzando el pecho… era un blando cuando se trataba de Liara, intentaba no decirle muchas cosas, pero su amor por ella muchas veces flaqueaba y terminaba por decirle cosas que no debería.


-No me enfado con él, Liara, sé que su amor por ti muchas veces le hace decirte más de lo que debería –hice una leve pausa- Sé que te preocupas por mí, pero no quiero que lo hagas –no me gustaba pensar que la tenía preocupada por lo que pudiera pasarme, era consciente de los riesgos que suponía ser un cazador e intentaba llevar el máximo cuidado posible, no quería que Liara perdiera a alguien más de la familia, yo era lo único que le quedaba de aquella vida y pretendía estar ahí por siempre- Él tampoco quiere que te preocupes demasiado, pero supongo que a veces la debilidad que siente hacia ti puede más que cualquier otra cosa –miré por la ventana tras decir aquello, él amaba a Liara y la quería como su propia hija, a decir verdad, sabía que de los dos era su preferida porque le recordaba demasiado a nuestra madre y yo no le culpaba… cualquier que viera a Liara y estuviera con ella cinco minutos tendría la misma sensación. Ella desprendía ese calor y candidez que yo no poseía y que los hacía embaucar a todos, hacía que quisieran protegerla y estar más cerca de ella. Yo, por el contrario, desprendía helor y los alejaba con tan sólo una mirada.

Suspiré cuando preguntó por la casa y por lo que había encontrado allí, no quedaba nada de lo que fue nuestro hogar un día. Tan sólo ruinas de lo que había sido un hogar hacía años y el recuerdo de los momentos vividos en ella. No pretendía regresar a Edimburgo, fue algo que juré hacía muchos años pero el poder saber el paradero, una pista que me llevara hacia quienes hicieron aquello me hizo volver. En momentos como ese me alegré no decirle nada a Liara, seguramente, ella hubiera querido venir conmigo y nada podría prepararla para la desolación que había en aquel lugar. Fue un duro golpe para mí y no quería pensar en cómo hubiera sido para ella… seguramente, devastador.

No quise decirle la verdad pero debía de saberlo, debía de saber que no debía volver allí porque sería peor para ella, que lo mejor que iba a poder tener era el recuerdo de aquel hogar lleno de vida, con nuestros padres vivos, rebosantes de vidas, felices con la vida que tenían y que habían dejado atrás al tenerme a mí. Era algo irónico como la vida torcía las cosas a su manera, odiaba el destino que había deparado a mis padres y que yo ahora hubiera continuado siguiendo su legado, seguramente, ninguno de los dos habría querido esa vida para mí. A pesar de que fui yo quien la eligió.

Volví mí vista a Liara cuando dijo aquellas palabras, el tono de su voz, lo apesadumbrada que denotaba estar, baja de ánimos, triste, ensombrecida por aquello que hacía tantos años nos había acontecido… no podía con ello. Odiaba verla así y no podía soportarlo, mucho menos de ella que siempre estaba llena de vida, de calidez, de alegría… en momentos como ese, viéndola así, era cuando más odiaba a aquella pareja de licántropos con la que tenía la intención de poner fin a sus miserables vidas. Poco a poco me iba acercando más a ellos, conseguía más pistas que los cercaba más y pronto, muy pronto, me cobraría venganza.

Me mordí el labio con fuerza ante la imagen de Liara de aquella forma, como una niña pequeña que se sentía desamparada y perdida, miré durante unos segundos hacia un lado pero ni siquiera así pude quitar esa imagen de mí cabeza. La vi coger y estirar las mangas de su vestido y no lo aguanté más, no pude soportar verla de aquella forma y dado que yo no era muy dado a decir palabras de ánimo, a hablar en general ni incluso con la persona que consideraba era mí mayor, y única, debilidad… me levanté de la silla, me acerqué a ella y de forma gentil cogí su muñeca para levantarla y pegarla a mí cuerpo.

El calor que ella desprendía me llegó incluso a través de la ropa, era la única que podía tocar de alguna forma el frío y ese hielo tan característico que yo poseía en mí interior, me hacía darme cuenta de que llegaba de alguna forma a través de todo lo que había erigido con el paso de los años, y me hacía flaquear por momentos. Sus brazos enseguida rodearon mí cintura y su rostro lo apoyó en mí pecho. Mí mano se enredó entre su pelo y la otra rodeé sus hombros dejando mis labios sobre su cabeza, era algo más baja que yo y la tenía que inclinar algo más. Momentos como ese me llenaban de paz, de tranquilidad… como si ella fuera la única que lograba conseguirlo, como si una burbuja nos rodeara y todo a nuestro alrededor desapareciera… aún así, no me acostumbraba a aquello.

Esperé hasta que quiso separarse notando el apretón fuerte que me dio antes de separarse de mí y la miré cuando me dijo aquello notando que, en cierta manera, su humor había mejorado de hacía unos segundos. Reí entre dientes por aquello y le hice un gesto para que fuera ella primero hacia el piano, iría a ese recital aunque no me gustase solamente si ella lo deseaba, si debía de dejar la caza por ese día solamente por ella lo haría. La seguí adentrándonos en la casa y no pude evitar mirar todo lo que había a mí alrededor, manía que había adquirido hacía muchos años. La casa estaba tranquila y era mucho más acogedora que la mía.

Nax… aquellas tres palabras me llevaron a tiempos lejanos cuando nuestra madre vivía y me llamaba de aquella manera, desde entonces, lo había escuchado pocas veces ya que Liara tampoco solía abreviar mí nombre de aquella época, en cierta manera, me hacía sentirme nostálgico y odiaba sentirme de esa manera, aunque a ella no se lo diría nunca porque a pesar de ello me gustaba que me llamara de esa forma, era algo que nos unía más pese al poco tiempo que nos veíamos.



-Significa que ya puedes darme lo mejor de ti u olvídate de que vaya a esa audición –quise hacerle un poco aquella broma, aunque ella sabía que iría ya que era algo importante para ella. Llegamos hacia donde estaba la sala y la recorrí con la mirada pese a que no era la primera vez que entraba en aquel lugar, aún así, miré cada uno de los detalles que se extendían por el lugar, desde la alfombra que había hasta la golondrina que estaba encima del piano, la vi dar unos golpecitos a su lado en la banqueta y me senté a su lado. Miré todas las teclas que componía el piano pareciéndome algo complicado de tocar y dejé que ella fuera quien comenzara a tocar por sí sola.

Sus manos se posaron sobre las teclas y comenzó a tocar aquella canción, mientras yo observaba el movimiento de sus manos sobre ellas y escuchaba la pieza que estaba tocando para mí. Una lenta y que transmitía hasta cierta tristeza, como si intentara desahogarse con aquella canción tocándola. Miré la partitura y leí el compositor y el nombre de esta observando que había cerrado los ojos y que sus dedos volaban sobre las teclas, tocando la canción a veces con los ojos cerrados. Contemplarla de aquella forma era algo que me gustaba, era como si se curara a través de la música y se notaba la pasión que sentía por ello, lo mucho que le gustaba… me recordó, en cierta manera, a cuando yo cazaba; cambiaba por completo y disfrutaba de ello. Parecía que se había olvidado de que estaba ahí, junto a ella, y solo se centró en tocar la canción y disfrutar mientras lo hacía. De esa forma parecía incluso que hasta brillaba y resplandecía cuando lo hacía, y por ello más que nunca me alegraba de que no hubiera tomado el camino de la venganza junto conmigo.

La pieza se me pasó de forma rápida mientras la observaba con las subidas y bajadas de la canción hasta que esta llegó a su fin, sus manos se quedaron por unos segundos en las últimas teclas mientras aún el sonido seguía en el lugar y finalmente las dejó sobre sus piernas. Al girarse para mirarme pude ver el brillo de sus ojos y, en mí fuero interno, rogué para que no llorara porque no podría con aquello. Terminé por sonreír de lado tras unos segundos, observándola.



-Eres muy buena, Liara, y no creo que tengas problemas en esa audición. La pasión que sientes por ello se trasmite con cada nota e incluso he podido darme cuenta de ello sin mucho esfuerzo –su codazo en broma me hizo rodar los ojos y esperé a que organizara las partituras, enarqué una ceja ante aquello y sonreí de lado- Te ayudaré aunque no tengo mucha idea, si luego se queda peor, recuerda que fue idea tuya –se sentó entonces de cara a mí, doblando una pierna sobre la banqueta y dejando la otra apoyada contra el suelo. Su pregunta me hizo morderme el labio durante unos segundos, ¿qué iba a decirle? ¿Qué mis cacerías nocturnas eran salvajes y brutales? ¿Qué recientemente se había entrelazado en mí camino una cazadora que había puesto todo patas arriba, y de la cual casi conseguíamos salir con vida aquella noche? ¿Qué se había propuesto salvarme pese a que yo me había negado, y que había algo en ella que me hacía querer sacarla de mí vida igual que había aparecido? No podía contarle ninguna de aquellas cosas, unas las preocuparía y otras sin embargo la harían hacerme más preguntas… como por ejemplo, el hecho de nombrar a aquella cazadora de luces que no se daba cuenta que aquel mundo era de pura oscuridad. Debía de hacer algo para quitarla de mí vida, Astrid no debía de permanecer en ella y algo me decía que debía de hacerlo más pronto que tarde, mí instinto nunca fallaba y por ello debía de hacer algo al respecto. Terminé por encogerme de hombros y no contarle nada de aquello, sería mejor para ella y seguramente de saber de una mujer en mí vida me preguntaría sobre ella y, quizás, pensara algo que no era cierto- Estoy bien, Liara, los entrenamientos y la caza mantienen mi mente despejada. A veces ayudo al tío con su tienda preparando armas, y no cometo riesgos innecesarios –salvo cuando una cazadora te metía de lleno en la boca del lobo, y nunca mejor dicho, y de casi salíamos con vida de aquello- Como ves estoy de una pieza, mejor de ver que estás de mejor ánimoacaricié su mejilla con una de mis manos y la retiré rápido mordiéndome el labio- Querías que te ayudara, ¿no es así? Bien, tendrás que guiarme porque no soy un experto en cuestiones de piano –la miré a los ojos durante unos segundos- Nuestros padres estarían orgullosos de ti, al igual que lo estoy yo al verte –no podría decir lo mismo sobre lo que yo hacía, pero merecían ser vengados, y nadie mejor que yo para ello.




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Re: Pastel de limón {Naxel Eblan}

Mensaje por Liara Eblan el Dom Nov 27, 2016 5:39 am

Otra vez, silencio tras su pregunta, sólo que esta vez no fue tenso, sino más bien expectante. Liara le observó atentamente durante el tiempo que se mantuvo callado, y pudo ver cómo se mordía el labio antes de contestar, lo que le dio qué pensar. ¿Qué estaría pasando por la cabeza de su hermano en ese momento? Entornó los ojos y le miró porque, fuera lo que fuera, estaba pensando en cómo decirlo, o en cómo no hacerlo. No era raro que Naxel se guardara cosas para él, es más, Liara estaba segura de que lo hacía a menudo y sabía por qué. Mantenerla lejos de aquel mundo de bestias y muerte había sido siempre su objetivo, aunque tenerla completamente al margen era imposible. Ella preguntaba lo que quería saber y se contentaba con las respuestas que recibía. Sabía que insistir mucho no le daría nueva información, cosa que tampoco quería.

Me alegro de que estés bien —le dijo con una sonrisa—. Y también me alegro de oír que ayudas al tío —eso lo dijo en voz baja, como si fuera un secreto entre ellos dos—. Sé que no quieres que me preocupe, pero no puedo evitar hacerlo, Naxel. Lo que haces es peligroso. —Y daba miedo, mucho miedo. Ellos dos ya habían sido víctimas de lo que aquellas bestias eran capaces de hacer—. Pero qué voy a decir yo que no sepas...

Él alargó una mano para acariciar su mejilla, y Liara no se apartó. Le gustaban esos deslices que se le escapaban de vez en cuando. Le recordaba a un niño que juega a ser hombre, y que no puede evitar dar un abrazo a su madre en algún momento. Se levantó de su sitio y se colocó tras él, pasando los brazos en torno a su cuello y agachando la cabeza hasta que quedó a la altura de la ajena. La giró para mirarle cuando volvió a hablar, y un calor inundó su pecho al escuchar aquellas palabras. ¿Cuántas veces había imaginado que, entre el público, vería de nuevo el rostro de sus padres? Incontables, tantas como el número de decepciones al darse cuenta de que era un sueño perdido, porque nunca jamás la verían tocar. Apretó los brazos cerrándolos en un abrazo y le dio un sonoro beso en la mejilla.

Sabes que también lo estarían de ti —le dijo con la mejilla pegada a la suya—. Y sé que sí porque yo también lo estoy de ti. Por muchas cosas, además.

Nunca le había gustado el camino que había elegido Naxel. Odiaba todo lo relacionado con la caza, y aunque se lo había repetido un millón de veces, él no lo había abandonado en ningún momento. Esa era la misma vida que sus padres habían dejado atrás cuando su hermano nació, y de la que ellos no habían sabido nada hasta después de su muerte. Estaba claro que sus padres habían mantenido aquello en secreto para que sus hijos no siguieran sus pasos y poder así mantenerlos lejos de todo ese mundo, al igual que intentaba hacer Naxel con ella. Su hermano había cogido el relevo, muy a su pesar y probablemente al de ellos, si siguieran vivos. A pesar de todo, Liara era consciente de cuánto la había cuidado desde aquella noche en la que sus vidas cambiaron por completo. Siempre pendiente, más incluso de lo que ella llegaría nunca a saber. Quizá fuera sólo la admiración del hermano menor, pero ella, que había crecido junto a él, se enorgullecía del hombre en el que se había convertido Naxel, a pesar de la caza y todo lo que ello conllevaba.

Empezó a notar como los ojos se le llenaban de lágrimas. En ese tipo de fechas señaladas había muchas cosas que la emocionaban, a veces incluso algo tan simple como que se le rompiera un plato. No era una mujer a la que le importara que la vieran llorar, pero en ese momento no quería hacer de aquella visita algo triste. Dio uns suspiró corto, se incorporó  y se enjugó los ojos rápidamente.

Está bien, afinémoslo.

Le agitó el pelo a Naxel y fue hasta un lado del piano, donde guardaba las herramientas necesarias dentro de una caja de mimbre. Eran una especie de destornilladores con la punta doblada en ángulo recto para que tensar y destensar las cuerdas fuera más fácil. No se requería de mucha fuerza para afinar aquellos instrumentos, sino paciencia y un oído entrenado. Volvió al banco y dejó las herramientas sobre él. Después quitó la golondrina y la dejó sobre una mesita con cuidado, como siempre que la movía de ahí. Aunque era de madera, la trataba como si fuera de cristal. Levantó la tapa superior y la dejó caer hacia atrás, apoyándola sobre la pared. Ahora tocaba el turno de la frontal, más grande y no tan fácil de quitar.

Ayúdame a quitar esta —le pidió, colocándose a un lado del piano y señalando el contrario—. Tiene una pestaña en la parte interior. Cuando la sueltes hay que empujar la tapa hacia afuera para desencajarla y poder sacarla —explicó—. Pesa un poco, cuidado que no se caiga y te de en una pierna.

La tabla de madera cedió a la fuerza que ejercieron los dos hermanos sin mucha resistencia, pero al ser una única pieza maciza pesaba bastante para la fuerza que tenía Liara. Siempre tenía problemas para quitar aquella tapa, así que solía retrasar el momento de afinar el piano hasta que sonaba tan mal que hacía que sangraran los oídos. Volvió a sentarse en el banco dejando las herramientas sobre sus piernas.

Me vas a ayudar a pulsar teclas —dijo—. Yo te digo cuales y cuando. Las que no suenan bien son sólo dos o tres, pero si no las afino la niña no va a escuchar lo que debe. —Hablaba de su pupila, la niña a la que llevaba enseñando música algo más de un año—. Es un pequeño genio, aprende muy rápido. Debería hacer esto con ella la próxima vez, para que vaya viendo cómo se hace. —Tocó algunas teclas seguidas buscando cuáles eran las que tenía que arreglar, y una vez que las tuvo identificadas las numeró—. Tecla “uno” —señaló la primera— y tecla “dos” —señaló la otra—. Cuando diga el número pulsa la tecla que corresponda. ¿Listo?

Ella colocó una mano sobre otras teclas y las tocó primero para entonar el oído. Fue alternando las teclas que debía tocar Naxel con las suyas, haciendo girar las clavijas que sujetaban las cuerdas con ayuda de las herramientas que había sacado antes. Era un trabajo para el que se necesitaba mucha paciencia y un oído bastante fino y entrenado, pero cualquiera que supiera tocar algún instrumento podría detectar el cambio entre el antes y el después, por muy pequeño que fuera. Había veces en las que incluso alguien ajeno al mundo de la música lo notaba, aunque no pudiera explicar qué había cambiado. Parecía que tocaba teclas al azar, pero para cada una que tocaba había una razón. Cuando al fin creyó que ya estaba, tocó una canción simple para asegurarse. Sonó perfecta, como hacía mucho que no lo hacía.

Ya está —anunció, triunfante—. ¿No ha sido muy difícil, no? Ya sólo queda taparlo de nuevo.

Se levantó y se acercó hasta la tapa, esperando que Naxel le ayudara a levantarla. Tras colocarla, cerró la superior y devolvió todos los objetos a su sitio. La golondrina, sobre el piano; las herramientas, en el cestillo de mimbre. Liara se desperezó colocando las manos en la zona baja de la espalda y estirándola todo lo que pudo.

Voy a preparar café. ¿Quieres una taza o prefieres otra cosa?


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Re: Pastel de limón {Naxel Eblan}

Mensaje por Naxel Eblan el Dom Dic 11, 2016 2:45 pm

No era fácil para mí responder a ciertas preguntas que ella me hacía, entendía esa preocupación que pudiera sentir por el hecho de haberme convertido en cazador, de hecho, sabía que no le gustaba en absoluto que lo fuera y que ya me había dicho muchísimas veces, las mismas que yo le había respondido que no lo dejaría. No iba a permitir que aquellos… licántropos siguieran vivos, correteando por el mundo mientras nuestros padres yacían muertos desde hacía años, marcándonos de una manera que ninguno de los dos pudo siquiera imaginar. A veces me preguntaba cómo hubiera sido nuestra vida si aquel ataque aquella noche no se hubiera cometido… quizás ninguno de los dos estaría en París, quizás yo mismo no me hubiera convertido en cazador… aunque, como ya había aprendido hacía tiempo, el destino era una perra maldita que jugaba con todos nosotros, por lo que seguramente habría acabado de alguna forma siendo cazador.

Dejarla al margen era lo mejor para ella, cuanto menos supiera de mis cacerías y de esa oscuridad que rodeaba ese mundo mejor también para mí. Ella era pura, ella era esa luz cálida de un día de verano, el dulzor de una flor en la primavera y yo ya hacía tiempo que había decidido rodearme de oscuridad, incluso de la suya, y ser yo quien portara aquella carga. No me importaba, yo había cambiado bastante desde aquella noche y ella no lo había hecho, seguía siendo igual de dulce y cálida, por lo que yo era perfecto para cumplir con aquella venganza… sé que ella no la buscaría, pero yo no podía dejarlo pasar.

Por eso contarle sobre mí vida como cazador no me gustaba, además, sabía que Keith alguna que otra vez había cedido ante la debilidad que suponía Liara para él y le había contado alguna que otra cosa que yo, por el contrario, no hubiera hecho. Por lo que resumí, muchísimo, lo que acontecía mí vida. Que se basaba entre entrenamientos, ayudar a Keith alguna que otra vez en la tienda y así también probar nuevas armas, y cazar. Velar por su seguridad también era algo que hacía muy a menudo, pero eso era algo que ella no debía de saber ya que estaba convencido de que no le gustaría.

Enarqué una ceja ante la forma que tuvo de mirarme cuando le dije, de forma escueta, lo que ella me había preguntado sin entrar en detalles, sin nombrar a Astrid pese a que había sido una novedad los últimos días, ni cómo quería alejarla de mí vida, ni cómo mi instinto de cazador me decía que aquella chiquilla que intentaba sobrevivir en un mundo de oscuridad iba a traerme problemas, que debía de apartarla de la misma manera en que había entrado en mí vida. Prueba de ello fue, precisamente, el mismo día que nos habíamos conocido y que había derivado en llevarme a una guarida de unos lobos, presuntamente los que yo buscaba, terminando por ser una trampa y de la cual casi salíamos con vida. Le habíamos visto las fauces al lobo, y por poco nos atrapaba en su boca… salimos con rasguños, pero podríamos no haberlo contado.

Liara tampoco sabía de la cabaña que tenía en el bosque desde hacía años, solamente Keith conocía su existencia y esperaba que nunca se lo dijera a ella, allí tenía muchas cosas de cazador y era donde llevaba a las presas para interrogarlas, lejos de las casas y de las calles de parís donde podrían escuchar los gritos. Esperaba que nunca tuviera que saber de esa cabaña, ya bastaba con que fuera a mí casa donde intentaba no dejar demasiadas armas a la vista cuando ella venía, aunque había aparecido de la nada alguna que otra vez. Reí entre dientes cuando dijo que aquel mundo era peligroso, y que no me iba a decir nada que yo no supiera… si le contara mí última cacería, con Astrid, acabaría desquiciándose e intentando convencerme –sin éxito de nuevo- de que lo dejara y entonces ahí sí que se preocuparía. Por suerte par ella jamás llegaría a saberlo.


-Conozco los riesgos de salir a cazar, pero tampoco quiero que te preocupes por mí –le dije mirándola, frunciendo un poco el ceño. Sabía que sería inevitable no hacerlo, ella siempre se preocuparía por mí cada noche sin saber si saldría a cazar o no, aunque sí solía salir la gran mayoría de las noches. No quería tenerla preocupada por lo que pudiera pasarme pero tampoco era algo que pudiera evitar, era algo que iba a estar ahí y cuanto menos lo pensara mejor sería- Alguien tiene que ayudar al tío en la tienda y, para ser sinceros, no te veo a ti en una tienda rodeada de armas –negué con la cabeza- mucho menos que alguien entre a pedirte un arma en concreto y que le expliques… ciertas cosas –sonreí de lado- prefiero ser yo quien le ayude -sin que pudiera hacer mucho vi como se levantaba y se ponía detrás de mí, podía notar su respiración tras de mí y lo siguiente que sentí fueron sus brazos rodear mí cuello y su pecho pegarse a mí espalda notando el calor que siempre desprendía.

Su rostro quedó a la misma altura que el mío y sentí que afianzaba el agarre con sus brazos, apretando un poco más, podía notar su respiración chocar contra mí rostro al tenerlo ella de aquella forma algo más ladeado para mirarme, por mí parte giré un poco el rostro, lo justo para poder verla y no aparté sus brazos en ningún momento mientras no me movía de aquella posición. Sentir su beso, algo más largo y más fuerte que el que me había dado al entrar, hizo que cerrara los ojos durante un breve instante y que llevara una de mis manos hacia sus brazos, apretándolo con un poco de fuerza. Yo estaba totalmente convencido de que nuestros padres no estarían contentos, ni orgullosos, de saber a lo que me dedicaba. Quizás un poco solamente por el hecho de proteger a Liara como lo estaba haciendo, pero seguramente de estar en vida no les gustaría el camino que había tomado. Mientras que, de ella, se sentirían felices y orgullosos por lo que se había convertido su hija.

Su rostro volvió a pegarse a mí mejilla y rodé los ojos ante aquello y me mordí el labio ante sus palabras, sabía que no lo estarían, sí lo estarían por cuidar de ella y dejar que nada se le acercase ni nada malo le pasara… era lo que me quedaba, mí bien más preciado, mi gran y mayor debilidad por la cual podrían hacerme todo el daño que quisieran… si la perdía… si la perdía juraba que ardería todo París por ello, nadie iba a hacerle nada y así juraba que no pasaría. Ella debía de llevar la vida que nuestros padres quisieron para nosotros; lejos de las cazas y de ese mundo, nada podía pasarle para que perdiera esa candidez tan propia de ella y así yo me aseguraría de ello. Evité responderle a sus palabras y sin embargo llevé mí mano a su pelo, acercando de alguna forma más su rostro al mío aunque aquello fuera imposible, pero me sentía bien cuando la sentía tan cercana, cuando su calor lograba llegar hasta mí y me transmitía tanta paz y serenidad.

Cuando se apartó y me revolvió el pelo, como si fuéramos unos niños, me levanté y la miré con el ceño fruncido unos leves segundos pero luego la seguí con la mirada observando cómo quitaba todo de encima del piano. No pasó desapercibido la forma en que quitó la golondrina, fue lo primero que quitó y lo hizo como si fuera un bien muy preciado para ella, como si fuera especial de alguna forma que yo no lo lograba comprender. La ayudé cuando me dijo con la tapa, mirándola de reojo ante lo último y evité comentarle que era cazador y que tenía fuerza de sobra para levantar aquello. Busqué la pestaña que me dijo y la levanté sin mucho esfuerzo mientras la veía traer unas herramientas para afinar las cuerdas. Miré las teclas que ella había numerado para luego tocarlas cuando me dijera, una tarea de lo más fácil, siendo cazador tenía la costumbre de ser bastante observador y fijarme en incluso los más pequeños detalles, cruciales en situaciones críticas donde debías de improvisar y salvar tú vida. Tan sólo eran dos teclas y aunque nunca había tocado el piano, supe cuales debía de tocar sin ningún problema. Asentí con la cabeza cuando me dijo que estaba listo y esperé a que me dijera de tocar una de las dos teclas, yo solamente debía de hacer eso y era algo bastante fácil y sencillo.

Una vez terminado incluso yo pude notar la diferencia de cuando no estaba afinado a cuando sí lo estaba. La miré cuando dijo lo de la alumna que tenía, se dedicaba a enseñar a tocar el piano a niños y habiendo visto lo bien que lo hacía estaba convencido de que sería una buena maestra, sabía de su pasión por el piano y lo mucho que le gustaba… podría dedicarse a ello y yo sería feliz de ver que hacía lo que le gustaba, que su vida era como la de cualquier otra persona. Reí levemente entre dientes por la forma en que dijo aquello, y volví a cerrar la tapa del piano dando así finalizado ayudarla con aquellas teclas. De nuevo ella puso la golondrina con cuidado sobre el piano, y las herramientas en su cesta. En eso era igual que yo; era un poco maniático del orden y todo debía de estar en su sitio, todas mis armas tenían su sitio y siempre las colocaba en el mismo lugar, sobre todo cuando las afilaba antes de salir a cazar.



-Estoy seguro de que tú alumna está muy contenta de tenerte como profesora, ¿has pensado alguna vez… dedicarte a ello? –me apoyé contra el piano y crucé los brazos en el pecho, observándola, mientras ladeaba un poco la cabeza esperando por su respuesta- En pasar la audición, piénsalo, el piano es algo que te apasiona y harías feliz a muchos niños que como tú también les encanta el piano –miré el instrumento, demasiadas teclas quizás para mí, pero todo era ponerse- Tú tienes paciencia, eres buena y cándida –a mí los niños no me hacían demasiada ilusión, pero seguramente a ella sí- Además, eres muy buena con el piano –me encogí de hombros, era una idea, tampoco iba a forzarla a hacer aquello que no quería. Me refería a que lo hiciera de forma profesional, no dando clases a una sola niña. Lancé un suspiro y mí vista se fijó de nuevo en la golondrina mientras ella se estiraba y me hacía aquella pregunta- Prefiero café –me quité del piano y me acerqué hasta donde estaba ella- ¿Y esa golondrina? –pregunté ante la curiosidad, era una persona curiosa y ver cómo la había cogido y quitado del piano me había hecho centrarme en aquella figura que ya había visto cuando venía, pero que no le había dado demasiada importancia- Y para acompañar me gustaría tomar otro trozo de pastel –la miré y le pellizqué la nariz durante unos segundos, aprovechando que yo era algo más alto que ella, para luego coger un mechón de su rubia melena y deslizar mis dedos hasta que este terminó, para subir mí mirada hacia sus ojos azules, del mismo color que el cielo en un día despejado- Dime, ¿qué día es la audición? –debía de saberlo para no cazar y poder ir a verla, si ella quería verme allí, allí estaría.




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Re: Pastel de limón {Naxel Eblan}

Mensaje por Liara Eblan el Miér Dic 21, 2016 3:26 pm

Miró a Naxel atentamente cuando comentó la idea de dedicarse de manera profesional a enseñar música. Ya lo había valorado y pensado, en varias ocasiones además. Madame Mimieux también se lo había sugerido, animándola a unirse al grupo de profesores que impartían clases en el conservatorio. Liara le prometía constantemente que lo pensaría, pero cada vez que se paraba a recapacitar le asaltaban las dudas. ¿Sería capaz de dar todo lo que se esperaba de ella en una situación así? Había que reconocer que pocos eran los músicos que habían tenido la oportunidad que tuvo ella de viajar a una ciudad como Viena, donde poder aprender tantas cosas de manos de los mejores. Los conocimientos que poseía Liara no se podían comparar con los de cualquiera del sector, y aquellos que llegaban a conocerlos los valoraban muy positivamente.

Sí, lo he pensado —contestó, con ceño concentrado y mirando el piano—. Hay muchas cosas que me traje de Viena que me gustaría enseñar a los niños de ahora. Creo que les ayudarían mucho a aprender más rápido y mejor. No hay más que ver a Claudia. —Señaló el banco del piano con la mano y después miró a su hermano—. Además de lo lista que es, claro. No todos son iguales, pero si es verdad que, de haber tenido ocasión de conocer algunas cosas cuando empecé, habría sido todo mucho más rápido. —Se relamió los labios—. Bueno, primero debo hacer la audición. Dependiendo de cómo me vaya, puede que hable con madame Mimieux. Si me rompo una mano de aquí a dos semanas, no habrá nada que hacer.

Fue a encaminarse hacia la cocina para preparar el café, pero la pregunta de Naxel sobre la golondrina hizo que se parara suavemente y se diera la vuelta. Para ella, la figurita formaba parte de aquella habitación de tal manera que no creía que nadie se fuera a dar cuenta siquiera de que estaba allí. Pensó en qué habría hecho para que le llamara la atención, puesto que la forma de tratarla era algo que le salía de manera innata y de lo que no era consciente. El cariño con la que la movía de su sitio era la manera de procurar que le durara para siempre, ya que aquello era el único recuerdo que tenía de Sébastien.

Me la regaló un amigo —contestó, mirándola. Después suspiró—. Le gustaba mucho verme tocar, y a mí verle tocar a él. Si crees que yo lo hago bien, deberías escucharle a él. —Se calló durante unos segundos, recordando la forma etérea que tenía de deslizar los dedos por las teclas del piano y las cuerdas del violín. El suave pellizco de Naxel la trajo de nuevo a la sala de música. Sonrió y arrugó la nariz como un conejito cuando él apartó los dedos—. Veo que el pastel está más rico de lo que pensaba. Ven, acompáñame a la cocina, no podré traer los platos y las tazas a la vez. —Se encaminó hacia la cocina, esperando que Naxel la estuviera siguiendo—. La audición es dentro de dos semanas, el viernes al anochecer. La hora exacta no la sé, te avisaré.

Una vez en la cocina, sacó de un armario un bote de latón lleno de café molido y otro con canela. Desde que volvió de la ciudad de la música, donde el café era la bebida preferida de todos los habitantes, se había aficionado a beberlo con un ligero toque de aquella especia. Tras probar decenas de formas distintas de prepararlo, aquella fue la que más le cautivó. El aroma a canela que se apreciaba cada vez que llevaba la taza a los labios era increíblemente intenso, a pesar de que la cantidad que se usaba para hacer la bebida no era mucha. Ayudaba a matar el sabor amargo del café, que era lo que más rechazo producía en Liara. Puso todo en el fuego y, mientras se preparaba, limpió el plato que había usado Naxel para comer el primer trozo de pastel y cortó otro de un tamaño similar para él. Su plato, sin embargo, seguía casi intacto, salvo por los pequeños bocados que le había dado al pastel y los surcos zigzagueantes que había dibujado en el merengue.

¿Te parece bien que vayamos al salón a tomar esto? El sofá es mucho más cómodo que estas sillas —comentó, sentándose en una de ellas mientras esperaba a que terminara de hacerse el café.

Apoyó un pie sobre el travesaño de las patas de la silla y recargó el peso del cuerpo en esa pierna. Siendo su hermano el único que estaba allí, no le importaba no mantener las formas que se esperaban de ella. Había la suficiente confianza entre ellos como para dejarse de formalismos. El brebaje no tardó en estar listo, así que se levantó rápidamente y lo sirvió en un par de tazas de bonita porcelana blanca. Recién hecho era como más rico estaba. Con un recipiente en cada mano, señaló los platos con la cabeza, indicándole a Naxel que los llevara.

Pasa tú primero, yo te sigo. Ya sabes dónde está el salón.

Marchó tras él por el pasillo hasta la primera habitación, justo en frente de la entrada principal. La puerta que daba acceso era doble, y era más un arco que una puerta, puesto que no se podía cerrar. Dentro había una chimenea encendida en la pared y, frente a ésta pero ligeramente alejada, una mesita baja de madera clara tintada de oscuro. Seguido había un sofá doble tapizado con una tela a rayas, junto a un sillón con el mismo estampado. El suelo también estaba cubierto por una alfombra, pero no tan mullida como la de la sala del piano. En la pared de la derecha había una ventana bastante amplia, mientras que en la contraria había unas estanterías con libros, la mayoría relacionados con la música. También se podían encontrar partituras y una cajita de madera con algunos diapasones. Las paredes estaban decoradas con cuadros de flores secas, algunos con el nombre de la planta escrito bajo ellas. La habitación no tenía mucho más.

Dejó las tazas sobre la mesita de madera y se sentó en el sofá con ambas piernas flexionadas hacia el mismo lado. Se recostó en el respaldo y esperó a que su hermano tomara asiento junto a ella. El calor de la chimenea, la compañía de Naxel y las gotas de lluvia chocando contra el cristal hacían que el ambiente fuera placentero, tranquilizador y reconfortante.

Hace bastante que no visito al tío. ¿Cómo está? —preguntó, acercando el cuerpo a la mesa y cogiendo la taza. Volvió a su sitio y, tras aspirar el aroma que desprendía, le dio un sorbo al café—. ¿Crees que le gustará el pastel? Puede que le lleve un trozo. No creo que coma muchos dulces, no me lo imagino preparándolos. —Lo último fue una reflexión hecha en voz alta, pero no dejaba de ser cierto. De la misma manera que Liara no estaba hecha para dedicarse a las armas, Keith no tenía mano para la repostería. De pronto recordó algo, se cubrió la boca con la mano y dejó la taza en su sitio de nuevo—. ¿Recuerdas la vez que quiso hacernos galletas? —preguntó, y esperó la respuesta durante unos segundos—. Lo cierto es que no recuerdo que supieran mal, pero, desde luego, había mucho margen de mejora —dijo, con una mezcla de cariño y nostalgia. Después se rió flojito al recordar la forma de muñeco que debía tener una de las galletas, que parecía más una mancha de pintura estampada sobre el suelo—. Sí, creo que le llevaré un buen trozo. Y tú también puedes llevarte otro. A decir verdad, a ti tampoco te imagino preparando dulces.

Dicho esto, le miró un momento de reojo y se sonrió, esperando que él contestara algo en su defensa. Después se inclinó hacia la mesa para coger su plato de tarta y volvió a acomodarse en el sofá, pinchando un bocado y llevándoselo a la boca. Ahora le supo mucho mejor que al principio, pero no sabía si era porque ya había recibido el visto bueno de Naxel o porque su ánimo había mejorado desde que él había llegado. Sería una mezcla entre las dos opciones, pero la última tenía mucho más peso que la primera. Las visitas de su hermano siempre la ponían de buen humor.


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Re: Pastel de limón {Naxel Eblan}

Mensaje por Naxel Eblan el Miér Ene 11, 2017 3:33 pm

Ver que el ambiente que rodeaba a Liara había cambiado a uno algo más favorable era algo que me aliviaba enormemente. Me gustaba estar en su compañía en días normales, días como aquellos en los que quedábamos por el motivo del cumpleaños de alguno de nuestros padres era muy diferente. Sabía cómo iba a encontrarla, sabía que ella iba a exteriorizar mucho más que yo aquello que llevaba dentro, sabía cómo iba a estar y sin embargo no podía evitar seguir acudiendo. Yo no era bueno con las palabras y se me daban mejor moverme entre silencios, siempre había sido así desde que nuestros padres murieron. Yo sí que me sentía cómodo y a gusto con los silencios, aunque estos fueran algo incómodos para la mayoría, pero ver a Liara de esa forma era algo que me rompía por dentro.

En parte por eso acudía aquellos días aun sabiendo que la iba a encontrar mal, sabía que me necesitaba aunque no hiciera falta que lo dijera, yo mismo podía notar cómo su estado cambiaba cuando estaba con ella. Justo como había cambiado ahora, desde que había entrado por la puerta de su casa su aura ahora era una mucho más tranquila y sosegada, seguía teniendo esa pequeña sombra y el matiz de la tristeza, pero nada en comparación a como estaba antes. Tenerla entre mis brazos dándole aquella muestra de apoyo y de afecto que pocas veces nacían de mí, y el verla tocar el piano de aquella forma… como si se desvaneciera del lugar donde se encontraba y se fundiera con la música habían animado su estado, y yo me alegraba por ello porque no soportaba verla mal, algo que nunca le diría, pero que quizás ella sí pudiera intuir.

Arreglar el piano fue mucho más fácil de lo que me había pensado en un principio, pensé que tendríamos que tocar alguna que otra pieza más por dentro pero fue sencillamente fácil, algo que jamás habría sabido de no ser por que ella me lo hubiera mostrado. No pasó por alto para mí, alguien que solía tener todo bajo su control cada vez que entraba en cualquier estancia, cómo transportaba aquella golondrina que tenía sobre el piano. La había movido con suma delicadeza, como si de solo mirarla se fuera a romper en pequeños y diminutos trozos y aquello me pudo por la curiosidad. ¿Se la habría regalado alguien? No pude evitar que por mí mente cruzara fugazmente un rostro y esperé que mis sospechas no estuvieran en lo cierto.

Cierto era que no era la primera vez que veía aquella estatua sobre el piano, pero nunca había visto cómo Liara la trataba, como si fuera su mayor tesoro, y dado lo curioso que era en ciertas ocasiones, y que aquello me había llevado a tener más de un que otro problema, no evité preguntar. Sabía que Liara me lo contaría, entre ambos nunca había habido secretos… salvo por aquel vampiro que tuve que matar al ver que se adentraba en la vida de mí hermana, eso y la cabaña… pero la cabaña carecía de total irrelevancia y no quería contarle que tenía un lugar donde interrogar a mis presas, uno que solo Keith conocía. No, había alguien más que también conocía de su paradero… aquella cazadora se había colado en mí cabaña, al huir de aquellos licántropos a los que ella misma nos había conducido, y además se había quedado toda la noche metida en mi cama, durmiendo tranquilamente como si su vida no estuviera en peligro, mientras yo me quedaba en vela por si algún licántropo conseguía dar con el rastro y llegaba hasta la cabaña. Era la primera persona que lograba salir con vida de aquella cabaña, algo sumamente extraño, y que juraba que jamás volvería a repetirse puesto que la sacaría de mí vida cuanto antes, como mí instinto de cazador me decía.

Volví mí vista de nuevo a ella esperando a que me respondiera a las dos preguntas que le había hecho, se le veía feliz cuando estaba tocando el piano y seguramente sería igual si la viera enseñar a los niños. Así que, ¿por qué no dedicarse a ello? Era buena, de eso no había duda alguna, tenía pasión y se notaba nada más ver cómo tocaba, transmitía con cada nota y era algo por lo que vivía… si al final decidía, formalmente, dedicarse a ello yo estaría feliz por ella. De alguna manera siempre había pensado que Liara llevaría esa vida normal, la vida de todo ser humano que yo por el contrario no había elegido y había desechado al ser un cazador… para mí no habría paz, pero si podía hacer que ella la tuviera a lo largo de su vida y fuera una vida como la de cualquier otra persona lejos de aquel mundo… incluso estaría dispuesto a dar mí vida por ello si hacía falta.


-¿Por qué lo estás pensando tanto? –Pregunté todavía apoyado contra el piano, con mí cadera contra aquel enorme instrumento, y mis manos cruzadas sobre el pecho con la mirada puesta en ella de forma fija- Yo creo que serías una profesora estupenda y que los niños estarían encantados contigo. Podrías hacer feliz a más niños si es de forma oficial, y no impartiendo clases por tú cuenta –esperé a que terminara de hablar y me encogí de hombros, al fin y al cabo, iba a ser ella quien decidiera- Esperaremos a la audición, pero estoy convencido de que la pasarás sin ningún problema –fruncí el ceño- y no digas tonterías, Liara, si es así incluso yo mismo me cercioraré de que llegas de una pieza –le sonreí levemente, para que viera que estaba más bien en broma, aunque pensaba vigilarla de cerca por lo que pudiera pasar.

Ya se iba a alejar hacia la cocina de nuevo para preparar el café cuando, mí pregunta sobre la golondrina la hizo pararse y girarse de forma lenta. El vuelo de su vestido hizo un giro sobre ella hasta volver a su sitio y la contemplé esperando por su respuesta. No pasó por alto la mirada que lanzó a la figura antes de responderme y decirme que se la había regalado un amigo. Un amigo. Aquello hizo que tensara un poco la mandíbula sin dejar de mirarla porque, realmente, no quería pensar que la persona a la que se estaba refiriendo, o más bien, el amigo del que hablaba… era un vampiro. No había estado observándola a cada paso que daba de su vida, pero sí era cierto que mantenía cierto “control” sobre ella para asegurarme de que nada de aquel mundo invadía su vida. No la seguía a todos los lados donde iba y le confería esa libertad que tenía, pero también era cierto que en cuanto me enteré de la existencia de aquel hombre… ni siquiera llegué a pensarlo detenidamente.

No quería pensar que el regalo era de aquel hombre, pero todo parecía indicar que así iba y evité gruñir por ello al darme cuenta de que para ella era importante. Algo que nunca debía de saber ahora que veía cómo hablaba del hombre que le había regalado la figura, y sí, sabía que se trataba del vampiro porque había investigado un poco y era alguien también relacionado con el mundo de la música. ¿Y si se llegaba a enterar alguna vez? ¿Me perdonaría el haber acabado con su vida sin siquiera decirle nada? Pero, ¿qué esperaba que hiciera, dejar que el vampiro la siguiera embaucando bajo sus hilos hasta el punto de que luego llegara al punto de llegar a beber de ella? Ni de coña, y fue justo por ese mismo motivo que decidí acabar con su vida. Una amenaza no habría sido nada para el vampiro y a saber qué habilidades llegaba a tener para convencerla de que pudiera irse con él… era un riesgo que no estaba puesto a asumir.

Mientras ella seguía mirando la figura yo decidí que era hora de cambiar de tema y volver al que nos ocupaba, me acerqué hacia donde estaba y apresé su nariz entre mis dedos como hacía cuando éramos pequeños ahora que estaba desprevenida, su mirada azul volvió a posarse sobre mí y reí entre dientes al ver cómo arrugaba la nariz de aquella forma. Asentí con la cabeza y la seguí por el camino hasta la cocina, anoté mentalmente el día que era la audición para ese día no salir a cazar y dedicar aquella noche a ella, si me quería en aquella audición allí estaría.



-Allí estaré, esa noche será toda para ti –le dije mientras entraba en la cocina y la veía preparar el café, pocas veces solía prepararme yo mismo café y prefería más pedirlo en algún lago que hacerlo solamente para mí, o dejar que Keith en la tienda hiciera para poder tomar yo… pero me gustaba el que Liara hacía, tenía un toque especial y la contemplé moverse por la cocina siguiendo sus movimientos. La miré ladeando un poco la cabeza cuando se sentó en la silla de aquella forma, haciéndome gracia al destacar de cómo debería de comportarse una señorita y me moví por la cocina oliendo el café que se estaba haciendo, colocándome al lado de ella y coger mechones de su rubia melena entre mis dedos, deslizándolos cuan largos eran hasta la punta y volviendo a repetir el proceso- Eres igual que madre –el recuerdo de nuestra madre siempre acudía a mí mente cuando veía a Liara, era igual que ella, sus ojos, sus labios, su cabello dorado cual rayo de sol cayendo en cascada… yo, sin embargo, había salido más a nuestro padre- Yo más bien creo que me parezco a padre, tengo todo su porte –incliné mí rostro hasta que mí nariz quedó sobre su pelo y suspiré, ellos estarían tan orgullosos de su hija como yo lo estaba de ella… aunque no se lo dijera con demasiada frecuencia. Solo me separé cuando el café estuvo listo y ella se apresuró a ponerlo en las tazas que había sacado.

Cogí los platos que me había dicho y me encaminé hacia el salón porque me daba igual un sitio que otro, tan sólo quería pasar un rato más con ella disfrutando de su compañía. Entré a aquella sala que ya conocía y noté el calor que desprendía la chimenea, en aquella sala en concreto se podía notar mucho más el calor que en el resto de la casa, dejé los platos con la tarta sobre la mesita y esperé a que llegara para que se sentara y yo luego sentarme a su lado. Dejé que se fuera enfriando un poco el café porque no me gustaba de aquella forma tan caliente y la miré, sentada con las piernas dobladas y su espalda apoyada contra el brazo del sofá, de cara a mí. Mí mirada pasó por el resto del saló cuando me preguntó por Keith y luego cogí el plato con la tarta que había preparado.



-La tienda lo tiene entretenido y ocupado, yo le ayudo en lo que puedo –no era mentira, habían muchos cazadores que iban allí para pedirle cualquier tipo de arma para ellos y eso lo mantenía muy ocupado. En parte hasta me alegraba de que no tuviera tiempo y acabara tan cansado que no pudiera salir a cazar, no quería que lo hiciera y los encargos que solían ofrecerle al final acababa haciéndolos yo- Te echa de menos y le gustaría poder pasar más tiempo contigo –siempre era algo que me decía, al igual que me decía que debía de ir a visitarla más veces y hablar más con ella, decirle que la quería y esas cosas por las que siempre me daba el discurso… Liara sabía que la quería, y aunque no se lo dijera con palabras, mis acciones bastaban para que ella se diera cuenta. Reí de lado cogiendo un trozo del pastel y negué con la cabeza- No le pega ser pastelero, pero estará encantado de que le lleves un trozo y vayas a verlo. Se llevará una grata alegría si vas sin decirle nada a modo sorpresa –ya me lo podía imaginar cuando la viera, sabía que era su debilidad, porque le recordaba demasiado a su propia hermana y quería a Liara con locura. Tomé el trozo de pastel cuando la vi reírse cubriendo su boca con la mano y luego lanzando aquella pregunta, que me hizo volver al pasado cuando éramos niños y Keith se empezaba a encargar de nosotros. Aquel recuerdo me hizo reír entre dientes dejando el plato sobre mí regazo, sí, claro que lo recordaba- Claro que lo recuerdo. Hizo un plato enorme de aquellas galletas que esperaba que nos lo comiéramos –enarqué una ceja- ¿Qué no estaban mal? Liara, les faltaba mucha azúcar a esas galletas que hizo –recordaba que les faltaba azúcar, y a la vista tampoco eran muy apetecibles- además diferían mucho de ser unos muñecos –la miré mientras se reía- aunque te comiste la gran mayoría para su deleite, y siempre pensé que lo hiciste por compasión –no era mentira, yo no había comido muchas galletas y tampoco le había dicho nada al respecto a Keith, siempre pensé que se dio cuenta de que no era lo suyo y nunca volvió a hacer más galletas- No lo hablé con él, pero creo que se dio cuenta él mismo de que no tenía mucha maña para ello –volví a coger otro trozo del pastel mientras dejaba que se enfriara un poquito más el café- Seguro que estará encantado con que le lleves un trozo, y da por hecho que yo me llevaré otro –rodé los ojos ante su mención de que no me veía haciendo pasteles y dio de pleno en ello- No me gusta mancharme para cocinar, prefiero que tú hagas pasteles y me invites a comerlos –volví a comer otro trozo de tarta mientras veía que ella cogía su plato también.

Dejé el mío sobre la mesa y pasé a coger el café que ya no quemaba tanto y di un sorbo, estaba delicioso, quizás fuera por el hecho de que era en su compañía y las cosas siempre eran mejor cuando estaba con ella. Por un momento la miré de reojo pensando en si decirle aquello que durante un tiempo había estado contemplando. Las tumbas de nuestros padres no estaban en París, habían sido enterrados en Escocia y aquí no teníamos nada de ellos, ni un lugar al que poder ir para recordarlos como tenían el resto cuando iban al cementerio. No sabía si era buena idea decirle aquello, pero ya llevaba tiempo pensándolo y aunque no implicaba ir de vuelta allí porque allí nada quedaba, sí que quería tener algo de ellos aquí.


-¿Sabes? Llevo tiempo queriendo decirte una cosa –bajé la taza dejándola en el platillo y la miré para ver cómo reaccionaba. Si debía de decir algo como aquello hoy era uno de los días indicados, ya que nos solíamos reunir siempre por las fechas próximas al cumpleaños de nuestros padres- Sé que fueron enterrados allí, Keith se encargó de ello antes de que nos viniéramos con él a París. Fui a ver sus tumbas cuando volví –dejé el plato sobre la mesa y me acerqué a ella, dejando que sus rodillas tocaran mis piernas para estar más de cerca- Pero quizás, había pensado, que ambos podríamos necesitar un lugar al que… ir –desvié un momento mí mirada, aquellas cosas no se me daban bien y no sabía cómo expresarme. No quería causar dolor con mis palabras a Liara, y sabía que era un tema delicado. Volví de nuevo mi mirada a ella- Ya sabes, como si… algo de ellos estuvieran aquí. Sé que mucha gente va a ver las tumbas de sus seres queridos y que eso, de alguna forma, les llega a aliviar. Lo que quiero decir es que había pensado en crear algo para ellos, como si fuera un pequeño altar, algo que solo sea nuestro y que fuera para ellos –fruncí un poco el ceño, me estaba dejando llevar por aquello pero si yo a veces lo había necesitado no quería ni imaginarme las veces que lo habría necesitado ella- ¿Qué te parece? Es una tontería… mejor no debí decirte nada –como siempre, cada vez que algo de índole emocional salía de mí intentaba de alguna forma echarlo por tierra. Aún así, esperé por su respuesta.




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Re: Pastel de limón {Naxel Eblan}

Mensaje por Liara Eblan el Dom Ene 22, 2017 10:01 am

Sentada en la silla de la cocina, esperaba al café mientras Naxel, a su lado, jugueteaba con su pelo. No era la primera vez que le decía lo mucho que se parecía a su madre, y tampoco sería la última. El recuerdo que tenía Liara de la persona que la trajo al mundo era el de una mujer elegante, cariñosa y, sobre todo, hermosa. Cuando se veía a sí misma, su propio reflejo no le recordaba exactamente al rostro de su madre, pero tanto Naxel como Keith se lo decían constantemente, así que supuso que sería cierto. Y, en realidad, le gustaba pensar que así era.

Lo cierto es que debería ir más a menudo a verle —contestó, una vez que se sentaron en el salón—. Veré si puedo ir mañana y darle una sorpresa, seguro que le gusta —decidió al fin—. Y las galletas no me las comí por compasión. Bueno, no todas, al menos. Pero es que se esforzó tanto en hacerlas… Y de verdad que no le quedaron tan mal. Algunas sí que eran dulces.

Después de todas las que se comió ella, se dio cuenta de que algunas tenían el azúcar que a sus hermanas les faltaba, como si la masa no se hubiera distribuido bien. Algo que parecía complicado de hacer, pero no para las manos inexpertas del pobre Keith. En aquel momento, Liara no se dio cuenta de lo que tuvo que ser para él hacerse cargo de dos niños pequeños que acababan de perder su casa y su familia. Tuvo que aprender a ser padre y madre a marchas forzadas, dilucidar cómo resolver los problemas que le surgían en la medida que iban llegando. Aunque al final consiguieron compenetrarse los tres, los inicios no tuvieron que ser nada fáciles.

Eres un caradura, Naxel Eblan. —Sujetó el plato de tarta con una sola mano y le dio un suave golpe con la otra en el hombro mientras no dejaba de reírse—. Algún día serás tú el que me invite a comer, no voy a dejar que te escaquees. Así que —pinchó un trozo de pastel y se lo llevó a la boca— quizá deberías llevarte el libro de recetas para poder practicar. Y más te vale que empieces pronto, porque cuando menos te lo esperes apareceré llamando a tu puerta y reclamando mi pastel —bromeó, poniendo la expresión más seria que fue capaz.

Volvió a acomodarse en el hueco del sofá y miró el plato que tenía entre las manos. Los surcos del merengue le recordaron a los pentagramas de las partituras que tocaría en la audición y, como todo lo relacionado con la música, su mente empezó a divagar entre notas y melodías. Repasó los acordes que más había repetido golpeando con los dedos sobre sus muslos, simulando que tocaba las teclas del piano. No sonaba ninguna melodía, pero en su mente cada roce de las yemas generaba un sonido que la mantenía completamente abstraída del mundo que la rodeaba. La voz del cazador la trajo de vuelta. Paró el movimiento de los dedos, pero no retiró la mano. Elevó la vista hacia él y se quedó quieta durante unos segundos.

¿Ocurre algo? —preguntó, visiblemente preocupada.

Aunque el rostro de Naxel no indicara que se tratara de un asunto grave, Liara había aprendido que de las expresiones de su hermano nada podía averiguar. Era duro como una piedra, incluso en momentos como aquel en el que el tema que quería sacar a colación estaba íntimamente relacionado con el plano sentimental. La espalda de la joven se irguió de manera instintiva, y sus ojos no se apartaron de los ajenos. Empezó a hablar de nuevo de ese tema que no era agradable para ninguno de los dos, pero sí necesario, puesto que la única forma de desahogarse era sacarlo, dejar que alguien más te escuchara.

Naxel se acercó a ella todo lo que pudo, hasta que las rodillas de Liara tocaron el cuerpo de él. No hacía falta ser muy perspicaz para darse cuenta de que hablar de aquello le estaba costando mucho, así que no le apremió. Dejó el plato en la mesa, separó la espalda e inclinó el cuerpo hacia delante, lo justo para que sus manos pudieran posarse en el antebrazo del cazador. Le miró a los ojos con esa dulzura tan característica en ella, con la paciencia de un maestro y la complicidad de un amigo. Porque no había nada que no pudiera decirle, ningún secreto que tuviera miedo de divulgar. Y esperó.

Una sonrisa triste y cargada de cariño asomó sus labios cuando Naxel terminó. Sí, ella también lo había necesitado alguna vez, pero nunca había sabido qué había sido del cuerpo de sus difuntos padres. De hecho, no sabía —y no se atrevía a preguntar— si había quedado algo que pudieran enterrar. Los detalles escabrosos prefería ahorrárselos, porque si no le visitarían cada noche en forma de pesadillas.

No es ninguna tontería, Nax. Ninguna —aseguró, y se acercó un poco más a él. Envolvió su brazo con las manos, como si se estuviera agarrando para salir a pasear—. Me encantaría tener algo aquí, algún sitio al que ir a… no sé, a decirles algo, a llevarles flores. —Se encogió de hombros y se mordió el labio inferior, desviando la mirada hacia sus manos—. Ya sé que no hace falta ningún altar, o tumba, para recordarles. Yo lo hago a diario, aunque sea sólo durante unos minutos. Pero hay veces en las que recordarles no es suficiente, y cuando intentas buscar algo más te das cuenta de que no lo hay. —Elevó la mirada hacia la de él de nuevo—. La verdad es que a mí no se me había ocurrido hacerles algo así, pero me alegro mucho de que a ti sí.

Sonrió ampliamente, intentando borrar la tristeza que la había vuelto a asaltar, y le acarició el brazo con suavidad. Exhaló el aire en un suspiro y apoyó la cabeza en el hombro de su hermano, agarrándose a él. Miró el fuego de la chimenea frente a ellos, cómo volaban las pequeñas chispas cuando los maderos crepitaban con energía. Se mantuvo en silencio sin apartar la mirada hasta que los ojos empezaron a molestarle. Cuando los retiró, podía ver la silueta del fuego allí donde mirara, incluso si cerraba los ojos.

Naxel —le llamó, apoyando la barbilla en su hombro, mirándole. Veía su rostro con el ligero tono verdoso que le había dejado el fuego en la retina—. ¿Crees que alguna vez podré ir a visitarles? A casa, quiero decir. —Siguió mirándole unos pocos segundos y, antes de proseguir, apoyó la mejilla en el mismo lugar donde había estado su barbilla—. Ya sé que me has dicho que no queda nada, pero… yo no he ido nunca a verles y… me gustaría mucho hacerlo, aunque sólo sea una vez. ¿Sabes? Quizá podríamos ir juntos y llevarles un ramo de esas flores blancas que madre siempre ponía en la mesa. ¿Las recuerdas? —Apoyó el codo en el respaldo y la cabeza sobre la mano—. Creo que se llaman lirios, no estoy segura. Los veo muy a menudo en una floristería que hay cerca de aquí.

El sentido del olfato era, sin ninguna duda, el más poderoso en cuanto a recuerdos se trataba. Siempre que detectaba el aroma de las flores al pasar frente a la tienda, se veía a sí misma siendo una niña, frotándose los ojos legañosos y medio adormilados al entrar en el salón, donde las flores se habían adueñado de todo, inundando cada rincón con su inconfundible perfume a recién cortadas. Por un momento, pudo oler ese mismo aroma en su salón, a pesar de que no había ni rastro de ninguna flor.


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Re: Pastel de limón {Naxel Eblan}

Mensaje por Naxel Eblan el Vie Feb 10, 2017 9:37 am

Siempre había apreciado y valorado la compañía de Liara cada vez que estaba con ella, eran los únicos momentos en los que conseguía relajarme por completo y olvidarme del mundo que había fuera de aquella casa, olvidarme por un momento de que era un cazador que perseguía bestias por las noches que para muchos serían pesadillas vivientes, olvidar que nuestros padres no estaban y que no nos teníamos solamente el uno al otro. Quería que aquella casa, cada vez que iba, fuera como una burbuja que no dejara traspasar nada de la vida real… pero esta siempre terminaba por perseguirme, así que encontrar el sosiego y la tranquilidad junto a ella era algo que necesitaba en mí vida diaria aunque no lo dijera en voz alta, aunque no se lo dijera a ella o yo mismo quisiera reconocerlo.

Haría cualquier cosa para mantenerla a ella a salvo, cualquier cosa que le hiciera feliz con tal de ver que esa luz, cálida y brillante que poseía, jamás se apagara y se oscureciera como así me había pasado a mí hacía tantos años. Verla sentada tranquilamente junto a mí en el sofá era un claro recordatorio del porqué salía todas las noches de caza, el por qué me había convertido en lo que me había convertido hacía años pese a su enorme negativa. Tenía que ser yo quien los vengara, así como tenía que ser yo quien cuidara de ella y la protegiera de los peligros que habitaban en la noche. Había asumido el cargo y no me importaba sostener el peso en mí espalda.

Su trozo de tarta todavía seguía intacto en el plato de ella mientras que yo ya había comido casi la mitad de este mientras ella hablaba sobre ir a visitar a Keith. Él la echaba mucho de menos y siempre me estaba dando sermones sobre el hecho de que tendría que ir más a menudo a verla, hablar con ella, sacar esas emociones que tan arraigadamente estaban ancladas en mí interior… y podía llegar a entenderlo. Él había perdido a su hermana de una forma arrebatadora de la cual no pudo hacer nada por salvarla, quizás se veía reflejado en nosotros dos en cuanto a la relación que teníamos por ser hermanos, recordándole que tiempo atrás él había sido igual para con su madre. Entendía que me lo decía para que no me pasara lo mismo que había sufrido él, muchas veces lo había encontrado mirando un viejo retrato de ellos de joven, sabía que añoraba a su hermana y se lamentaba su pérdida como el que más.


-Le alegrarás el día si vas por sorpresa a verle, sé que quiere pasar más tiempo contigo pero la tienda le resta tiempo –me lo había dicho tantas veces que incluso ahora mismo mientras yo decía esas palabras podía oírlo a él diciéndolas- Si vas a verlo no vayas demasiado tarde y procura que sea con la luz del día –la miré de forma seria y con un tono firme, no podía impedirle que no fuera a verle y el que lo hiciera seguro que cambiaba su humor durante un tiempo… pero no quería que fuera de noche, los cazadores iban más hacia la tarde a la tienda y seguramente se quedaría un tiempo en su visita, por lo que si no le pillaba la noche estaría mucho más tranquilo. La luna llena se acercaba y los licántropos estaban mucho más activos cuando esa fase de la luna se iba acercando.

Le sonreí ladino cuando dijo que era un cara dura por haberle dicho tal cosa, podría haber sonado mal, pero realmente prefería que ella cocinara pasteles y me invitara a mí para comerlos juntos, sin un motivo que fuera como la muerte de uno de nuestros padres para reunirnos. El suave golpe bastó para que me riera entre dientes por su intento de intimidarme, que me produjo más gracia que otra cosa, mientras tomaba la taza de café y daba un sorbo ahora que éste estaba templado. Sus siguientes palabras provocaron una carcajada que salió de mis labios al terminar de hablar, para dejar la taza de nuevo sobre la mesa y mirarla con una sonrisa socarrona al intento de tono imperativo que había impuesto por lo del libro, así como el intentar hacerme ver que iba completamente en serio. Negué divertido con la cabeza mientras ella comía el trozo de pastel con una sonrisa en sus labios.


-¿Crees que me he creído alguna de tus palabras? Liara… mientes fatal –apreté su nariz con mí dedo índice y recosté mí espalda en el respaldo del sofá- ¿No recuerdas que de pequeños siempre pillaba todas y cada una de tus mentiras? –Alcé la mirada hacia el techo durante unos segundos, y luego bajé mi vista para fijarme en ella- ¿Te acuerdas aquella vez, una tarde de verano, en la que estábamos jugando en el bosque y en la que tú volviste más tarde con un rasguño en la mejilla? –Recordé aquel momento como si no hubiera pasado el tiempo, habíamos estado jugando corriendo en el bosque cuando todavía vivíamos en Escocia, jugábamos a escondernos entre los árboles para encontrarnos antes de que uno de los dos pudiera pillarnos y llegar a un sitio, marcado previamente, como que era la “meta”. Ella se había quedado un poco más en el bosque mientras yo descansaba tumbado bajo la sombra de uno de los frondosos árboles que había, cuando llegó llevaba algunos rasguños en su mejilla que eran visiblemente notorios- Dijiste que era porque te habías caído al intentar trepar a un árbol –sonreí de lado por la mención al recordarla siendo una niña, con ese pelo brillante tan rubio y unos ojos azules que enmarcaban su rostro- ¿Recuerdas que no te creí ni por un solo segundo? –Reí levemente- Habías intentado salvar a un gatito que se había subido a un árbol, perdido, pero al bajar resbalaste y recibiste un zarpazo de el… desde entonces pillar tus mentiras ha sido bastante fácil, así que créeme, si algún día vienes a mí casa con la intención de reclamarme ese pastel… te obligaré a que lo hagas tú aunque sea en mí cocina –me mordí el labio y luego le sonreí socarrón dejando una leve caricia en su mejilla y mirando ahora al fuego de la chimenea, pensando en lo que quería decir a continuación y con la duda de si decirlo o no. Ese tipo de cosas no iban conmigo y pensarlas durante un breve segundo era una cosa, pero decírselas a ella era mucho más complicado de lo que parecía a simple vista.

Al girar mí vista y mirarla pude ver que su mano, aquella que estaba sobre su pierna, se movía como si estuviera encima de las teclas del piano y eso me hizo sonreír muy levemente, incluso sin el piano delante se podía ver lo mucho que le gustaba. Al final acabé por hablar, apenas dije un par de palabras hasta que tuve que parar porque no me era nada fácil decir lo que llevaba pensando hacía tiempo. Era una completa tontería que entrañaba sentimientos y se me hacía raro, extraño y difícil decírselo incluso a mí propia hermana. Hacía tiempo que había dejado de expresar aquello que sentía, porque no me gustaba dar pistas al resto de lo que me podía hacer sentir débil… era como un punto por donde podían hacerte daño y era lo que siempre había evitado. De ahí que llevara esa coraza de hielo que siempre rodeaba todo en mí interior, de ahí que nunca expresara aquello que me pasaba… incluso con Liara.

Su pregunta me hizo mirarla durante un breve segundo, había captado perfectamente que algo tenía que estar pasando para que yo me pusiera de esa forma. Pocas veces me veía así y seguramente estuviera pensando que algo debía de pasar para que yo comenzara a hablar así. Decidí terminar lo que había comenzado a hablar comentándole sobre aquel tema, sobre el tener algo de nuestros padres, un lugar al que poder ir cuando quisiéramos, estaba seguro de que ella lo necesitaría muchas veces de las que yo hubiera podido necesitarlo. Estar cerca de ella era algo que ayudaba y por eso, de forma inconsciente, busqué su contacto todo lo que pude en un vano intento de que así pudiera terminar de hablar lo que quería contarle. Sabía lo que me costaba hablar sobre este tipo de cosas, no sobre nuestros padres, sino algo que era en el ámbito emocional y fue paciente hasta que terminé de hablar, dejó que poco a poco lo fuera diciendo sin interrumpirme en ningún momento hasta que finalmente terminé. Aparté mí mirada hacia otro lado porque dicho en voz alta sonaba completamente una estupidez, aún así, quise saber lo que ella pensaba al respecto.

Su respuesta no se hizo de esperar al decirme que no era ninguna tontería junto con aquel apelativo cariñoso que sólo ella podía decirme, recordándome a mí madre cada vez que me llamaba de aquella forma tan cariñosa. Se acercó aún más a mí y sus manos envolvieron mí brazo mientras mí vista ahora volvía de nuevo a su rostro. Portaba una sonrisa algo triste pero con matices de cariño y comprensión, justo como lo que siempre era ella. Sabía que la idea iba a gustarle, tener algo de ellos cerca de nosotros y seguramente ella fuera de los dos quien más lo necesitase. Asentí con la cabeza, las flores eran una buena idea que traía otros recuerdos a mí mente de una vida pasada. Era cierto que no necesitábamos tener algo de ellos para recordarles, puesto que ambos lo hacíamos, pero era una forma de tenerlos más… cerca. Sus ojos se elevaron buscando los míos y mostró aquella sonrisa, junto a aquellas palabras, que me hicieron morder el labio.

Acarició mí brazo como si intentara calmarme, como si fuera consciente de la lucha interna que se debatía en mí interior y al final acabó apoyando su rostro contra mí hombro, recostándose contra mí cuerpo. Durante un momento los dos nos quedamos en silencio y yo, sin poder hacer otra cosa, llevé mí otra mano dejándola sobre una de sus piernas agachando mí rostro para dejar que mis labios y mí nariz rozaran su cabeza. Cerré los ojos por un instante y me separé no sin antes dejar un pequeño beso en el lugar, sin moverme ni un ápice para que no tuviera que soltarme. Cuando me llamó bajé un poco mí rostro para poder verla apoyando su barbilla contra mí hombro a la espera de lo que tuviera que decir. Su pregunta me hizo tensarme durante un breve momento, y hacer que gruñera levemente ante la sola idea de que ella visitara de nuevo lo que una vez fue nuestro hogar.

Allí no quedaba nada, allí solo habían ruinas de lo que una vez fue un hogar lleno de amor y de felicidad, se habían encargado de que no quedara mucho de lo que fue hacía tantos años. Yo no quería que ella viera cómo se había quedado el lugar y así se lo había hecho saber a Keith hacía tiempo, al igual que se lo había repetido a ella aquel mismo día al principio de la noche. Para mí había sido un duro golpe así que no quería imaginarme cómo sería para ella ver cómo había quedado todo por lo que pasó. Pero, ¿era justo para ella privarla de algo que seguramente también necesitara hacer? ¿Sería bueno apartarla de tal modo, aislándola de aquella forma, solo para que no sufriera? ¿Y si sufría así más que dejando que viera y fuera de nuevo a nuestra antigua casa?

Me mordí el labio con fuerza y luego apreté la mandíbula cerrando con fuerza la mano en un puño donde ella tenía sus manos envolviendo mí brazo. Preguntarme ese tipo de cosas solo hacía que me enervara porque no sabía qué era lo correcto y qué no lo era. Yo no quería que ella sufriera, pero si era algo que estaba necesitaba y tenía que hacer… ¿qué podía hacer al respecto? No me gustaba la idea de que fuera y viajara allí, de hecho, no se me ocurriría dejarla sola ni por un solo segundo y yo la acompañaría en aquel viaje si al final decidía que podía ir. Aunque no necesitaba de mí permiso, ella si yo me negaba bien podría volver por sí sola… así que prefería tragarme las ganas de prohibirle que fuera a dejar que vaya a solas. Cuando se separó apoyando el codo en el respaldo y su cabeza en la mano miré hacia la chimenea un momento para luego volver mí vista a ella.


-Sé que te he dicho que no deberías de ir allí, porque no queda nada –no quería que se llevara el duro golpe si lo veía, prefería que se lo llevara ahora y no fuera allí con una idea preconcebida de que todo estaba tal y como recordaba- Pero no puedo obligarte, ni mucho menos prohibirte que no vayas allí si es lo que deseas. Créeme, me gustaría que no fueras pero entiendo que necesites verles aunque sea una última vez –cogí su mano que estaba libre con una de las mías y la mire, parecían tan pequeñas entre mis manos- No me gusta la idea de que vayas, pero si es tú deseo te acompañaré en el viaje, no pienso dejar que vayas tú sola porque no sé qué puedes encontrarte por el camino y así me sentiré mucho más tranquilo. Creo que Keith me obligaría a acompañarte y no me perdonaría si algo te pasara por no haber ido contigo –hice algunos trazos con mí pulgar sobre su mano y luego levanté la mirada hacia ella- Iremos si así lo deseas, cuando termines el recital de música y les llevaremos los lirios que madre solía poner en la mesa, seguro que le gusta que te acuerdes de ello. Y ya veremos cómo arreglamos para tener algo de ellos aquí para que podamos ir cada vez que queramos –hice una leve pausa- aunque no nos haga falta para recordarlos –acaricié su rostro dejando mí mano unos segundos más de la cuenta en el lugar. Cuando se trataba de Liara me consideraba un “blando” cuando estaba con ella. Temía que algo pudiera pasarle y era la piedra angular de mí debilidad, aquello por lo que más daño podían hacerme. Con ella parte de la frialdad que poseía quedaba diezmada sin que pudiera hacer nada por evitarlo, ella era mí todo y por lo que aún seguía luchando. Ella era, en parte, esa medida de paz y tranquilidad que necesitaba de vez en cuando, con la única que bajaba la guardia, y con la única que sentía un poco de esa enorme calidez que ella desprendía… en mitad de toda mí oscuridad.




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Re: Pastel de limón {Naxel Eblan}

Mensaje por Liara Eblan el Dom Feb 26, 2017 4:07 pm

Claro que recuerdo ese día. Y al gato, también —dijo llevándose la mano a la mejilla que había recibido el zarpazo. Ya no quedaba marca alguna de aquella herida, tampoco había sido muy grande. Las uñas del pobre animal eran tan finas y pequeñas que Liara casi no sangró, pero la piel lisa y perfecta de la niñez era fácil de marcar—. Y, en realidad, tampoco fue todo mentira. Me arañó porque resbalé bajando, así que, técnicamente, me hice la herida porque me caí del árbol, ¿no? —argumentó—. De todas formas, si piensas que me puedes obligar a preparar un pastel en tu cocina, lo llevas claro. Porque debes saber desde ya que no vas a conseguirlo. —Movió el tenedor de un lado a otro en gesto de negación, reforzando así sus palabras, y después pinchó otro trozo de tarta.

Dejando las bromas a un lado, volvieron al tema que los había unido aquella tarde: sus padres. Ya sin hablar, Liara sintió como Naxel tensó el cuerpo cuando ella le habló otra vez de la posibilidad de ir a Escocia a ver las tumbas de sus padres. No le gustaba la idea, pero ¿qué podía hacer ella? No ir, por supuesto. Estaba segura que, de ser así, se quedaría mucho más tranquilo. Había valorado la idea de no contárselo y dejarlo estar, principalmente porque no era algo fácil para ninguno de los dos, pero ¿se iba a pasar el resto de su vida con miedo de pisar aquella tierra lejana? Ella ya sabía que no iba a ser como antes. Nada lo era ya. Enfrentarse a lo que quedara de su antigua vida era una opción que quizá la ayudara a pasar página de alguna manera. O quizá no, pero no perdería nada por intentarlo. O eso esperaba.

Le escuchó hablar y asintió. La mano que le quedó libre envolvió la de él, que había agarrado su otra mano, acariciándola con el pulgar. No, él no quería que fuera, pero estaba dispuesto a acompañarla si ese era su deseo. Eran ese tipo de cosas las que hacían que quisiera tanto a Naxel, a pesar de su cabezonería, su carácter poco abierto y a veces incluso ácido. Podía no ser el hombre más sociable del mundo, pero era su hermano mayor y al único que podría confiarle su vida, porque sabía que siempre estaría ahí. Liara le sonrió y apretó las manos en torno a la del cazador

Ya sé que no te gusta la idea, pero es por eso, precisamente, por lo que te lo pregunto, Naxel. Tú has visto cómo está aquello, y ya sabes que confío en todo lo que me digas. Si dices que no queda nada no tiene sentido que vaya, pero, por otro lado… —Separó la espalda y se colocó en una posición más erguida. Bajó una pierna al suelo mientras la otra la dejó debajo de su cuerpo—. No sé, salimos de manera tan precipitada de nuestro hogar que a veces siento como si no hubiera cerrado del todo el círculo, como si me quedara algo que hacer allí. No sé decirte el qué, pero algo. Y creo que hasta que no vaya no sabré qué es. —Miró sus manos sobre su regazo un segundo y después miró a su hermano—. ¿Entiendes lo que quiero decir?

Esa sensación de algo inacabado no era nueva. Llevaba tiempo sintiéndola, pero le costó trabajo averiguar que estaba relacionado con Escocia, con sus padres y con su desaparecido hogar. Un adiós, o ver la tierra que les vio nacer por última vez. Algo, necesitaba hacer algo. La última vez que vio a su padre les prometió que volvería a por ellos, pero nunca llegó a hacerlo, y puede que su madre estuviera muerta para entonces. Pensar en aquello la entristecía y la enfurecía por igual, y el hecho de imaginar a Naxel en un peligro similar la asustaba. Ya no le decía que dejara de salir de noche, como hacía él con ella, pero eso no quitaba para que se preocupara por lo que pudiera pasarle. Porque por muy fiero, astuto y fuerte que fuera, no dejaba de ser un humano, con habilidades, eso sí, pero humano al fin y al cabo. Los dos sabían bien de qué eran capaces esos seres contra los que luchaba —él lo sabía mejor que ella, incluso— y ninguno de los dos estaba a salvo. Ella porque no estaba preparada para luchar, y él porque quizá lo estuviera demasiado, y la confianza en batalla podía llegar a ser muy traicionera.

Se levantó del sofá un tanto perezosa y se acercó hasta la chimenea con paso lento, pero liviano a la vez. El vestido se movía al son de sus pasos y crujía suavemente con cada movimiento de la joven. Cogió un leño de la cesta que había junto a la chimenea y lo metió en el fuego que, igual que un animal hambriento, comenzó a devorar el tronco con ansia. De cuclillas, Liara lo removió todo con la ayuda de una vara, acomodando los maderos y haciendo que el fuego volviera a crepitar con fuerza. Se levantó y se acercó a la ventana que había al lado. Apoyó la frente en el cristal y miró al exterior; la lluvia caía suave pero constante, empapándolo todo poco a poco. La respiración de la joven empañaba la ventana cada vez que exhalaba el aire, dejando las marcas ahí donde había estado su rostro. Alejó la cabeza y pasó la mano para limpiar el cristal y poder ver la calle. Un gato cruzó de lado a lado, parándose unos pocos segundos en el centro y mirando hacia la casa, desapareciendo luego entre las sombras. No había más almas vagando a aquellas horas en esa fría noche.

Ya pensaremos qué hacer cuando pase la audición, será mejor así —dijo, alejándose de la ventana y corriendo las cortinas ligeramente. Después volvió al sofá y se sentó en el sitio que había dejado libre—. Sabía que, si te decía que quería ir, no me dejarías hacerlo sola. Y, para serte sincera, no sé si sería capaz de ir sin tu compañía. Admito que da un poco de miedo, pero sé que si finalmente decido ir todo será mejor contigo. —Se encogió de hombros y cogió su taza para dar un sorbo de café. Ya empezaba a enfriarse—. ¿Quieres quedarte a dormir? Ya ha anochecido y no deja de llover. Te prepararé una cama en un abrir y cerrar de ojos. —Dejó la taza, comió otro poco de tarta y le miró—. ¿O hay algo que debas hacer?

Y con ese algo se refería, por supuesto, al hecho de salir a cazar. De hecho, no creía que su hermano se dedicara a otros menesteres cuando se ponía el sol, aunque eso fuera lo que ella deseara para él.


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Re: Pastel de limón {Naxel Eblan}

Mensaje por Naxel Eblan el Mar Mar 07, 2017 9:48 am

Me resultaba de lo más gracioso ver cómo intentaba excusarse con aquel incidente que ocurrió cuando éramos niños, aún seguía diciendo que era porque se había hecho la herida al bajar del árbol con el gato porque se había resbalado a lo que negué de forma leve la cabeza observándola. Siempre que le había sacado el tema me decía lo mismo y me gustaba ver cómo se defendía por aquello que ambos sabíamos era realmente una tontería, pero que en cierta forma era como si recordar aquellos viejos tiempos de alguna forma fuera bueno para ambos. Yo había cambiado mucho de aquel entonces ahora, antes era un niño más cariño y abierto con los demás… ahora sin embargo me había convertido en todo lo contrario y me había rodeado de oscuridad. Siempre lo había pensado aunque no lo dijera en voz alta, pero aquel acontecimiento me marcó de una manera en la que nadie pudo saber realmente cómo nos iba a afectar, y a mí había terminado por convertirme en la persona que era ahora.

Reí entre dientes al evocar en mí cabeza la imagen de Liara en mí casa, concretamente en mí cocina, obligándome a que hiciera un pastel como el que ella había hecho… algo totalmente inverosímil porque yo no era de los que cocinaba demasiado, solamente lo justo, y cosas como aquella no me veía haciéndolas en mí vida. Sinceramente es que ni siquiera se me había pasado por la cabeza hacer tales cosas, por lo que ni siquiera visualizaba la imagen de estar haciendo pasteles para que vinera ella a probarlos, y por mucho que lo negara, al final sería ella quien terminara por hacer los pasteles si decidía visitarme. Su negativa me resultó de lo más graciosa y me mordí el labio observándola con un deje de diversión.


-Liara… -la llamé para que centra su vista ahora en mí ya que la había agachado para coger un trozo del pastel que todavía le quedaba en el plato- Sabes que al final acabarás por ser tú quien haga ese pastel. Es mejor para ti cuanto antes lo aceptes –sonreí de lado sonando como lo que me había dicho hacía un rato en la cocina, como un cara dura. Pero con ella sabía que podía decir ese tipo de cosas que no la enfadarían ni se lo tomaría a mal. Suspiré cuando de nuevo volvió a decirme que quería ir a Escocia de nuevo, y es que por mucho que yo quisiera era algo que no podía evitar que pasara. Si ella quería ir era libre de hacerlo, pero me carcomía por dentro dejar que fuera sola y la mera idea de que le pasara algo por no haber ido con ella… me aterraba. Si ella quería ir, muy a pesar aunque no estuviera de acuerdo, la acompañaría. Porque no podía manejar y controlar todos los aspectos de su vida, era una mujer adulta e independiente y yo era lo único que le quedaba tan cercano, solo podía apoyarla aunque por dentro estuviera ardiendo de la rabia que eso me producía.

Su mano envolvió la mía que tenía cogida la de ella cerrándolas en esa calidez que ella desprendía y dejé que hablara para saber qué era lo que estaba pensando y lo que tenía que decir al respecto. Seguramente muchas veces habría pensado en la idea de decirme lo de Escocia y nunca se había atrevido a decírmelo, así que aún sin moverme de su cercanía que era como un bálsamo para mí, mis ojos se fijaron en ella dejando que hablara. Era cierto, no me gusta la idea en lo absoluto, porque allí nada quedaba y yo ya lo había comprobado… todo lo que una vez fue aquel lugar se había quedado en la memoria, ya no existía. Esperé a que terminara de hablar viendo cómo se colocaba en una mejor posición, habló e hizo una pausa para mirar nuestras manos y luego levantó su rostro al mío.

¿Si sabía lo que quería decir? Por supuesto, porque yo también lo había sentido. Fue hasta que no volví a Escocia de nuevo y concretamente a aquel lugar que no sentí que algo faltaba por terminar, un capítulo que cerrar. Podía entender ese sentimiento porque yo también lo había sentido, quizás a ella le faltaba cerrarlo como estaba diciendo pero yo sin embargo cuando pensé que se cerraría… fue cuando sentí que había que hacer algo más para cerrarlo. Y estaba claro, tendría que vengar su muerte para que yo pudiera cerrar ese círculo incompleto y terminar el capítulo. Quizás ella con solo ir allí le bastara para despedirse de alguna forma, de la manera en la que hacía tantos años se nos había sido negada al salir de allí de aquella manera en la que no supimos realmente lo que pasaba, aunque yo sí pero sabía que si lo decía nadie iba a creerme.

La observé levantarse del sofá en el que me quedé sentado y sin decir absolutamente nada porque, realmente, no sabía muy bien qué decirle al respecto. A mí volver allí no me había hecho cerrar el círculo, sino que me había afianzado aún más a la idea de que solo lograría cerrarlo si mataba a aquellos que habían matado a nuestros padres… para mí no iba a haber mayor consuelo que ese, por mucho que lo intentara. Me fijé que ponía otro tronco a la chimenea haciendo que las llamas iluminaran algo más la habitación al verse alimentado el fuego, este creaba sombras por el lugar y proyectaba la silueta de mí hermana en la pared del fondo. Podía ver las llamas lamiendo y dibujando su vestido y parte de su cuerpo mientras permanecía cerca de aquel lugar, sintiendo cómo su calor me llegaba lentamente extendiéndose por el lugar.

Mientras ella se acercaba a la ventana donde la lluvia aún no remitía y el cristal se llenaba con el vaho de su respiración y aliento yo me quedé sentado en el sofá sumergido en mis propios pensamientos llenos de muerte y de oscuridad. Acompañar a Liara era una de las cosas que sabía en el fondo, algún día, llegaría y me tocaría hacer. ¿Iba a poder ver cómo ella se derrumbaba al llegar al lugar donde habíamos vivido? Reconocía que no sabía muy bien muchas veces qué decir o cómo consolarla, y me partía verla de esa manera en la que por cómo era no era de mucha ayuda… pero mejor yo a que fuera sola. Keith no podía ir con ella porque tenía la tienda y, en el caso de que algo pasara durante el viaje, sus reflejos y rapidez ya no eran los mismos y era por ese motivo por el que me encargaba yo de los encargos que le hacían sobre cacerías. Mis pensamientos se esfumaron en cuanto la sentí de nuevo a mí lado, cogí la taza con el café y terminé lo que quedaba de esta dejando el vaso vacío sobre el platillo en el que lo había sacado.


-Primero tienes que pasar esa audición de la que, estoy convencido, vas a pasarla sin ningún tipo de problema. Después de escucharte sé que no vas a fallar, y si lo haces, te obligaré durante toda una semana a cocinar para mí –sonreí de lado de forma socarrona, era una amenaza que no se podía considerar como amenaza, pero también era para ver que sonreía, porque no me gustaba verla de esa forma por temas como estos y, de alguna forma, necesitaba ver que sonreía y que transmitía lo que siempre era ella- Por supuesto que no ibas a ir sola, Liara –negué con la cabeza mirándola- No me perdonaría el que fueras tú sola y prefiero ser yo quien te acompañe si así lo necesitas –aunque seguía sin gustarme la idea. Quizás hubiera algo allí, algo que yo no había visto, que nos pudiera servir para traernos aquí… se lo quedaría ella si encontrábamos algo, ya que posiblemente fuera quien más lo necesitara. Me gustaba oír que si iba conmigo no iba a sentir miedo, conmigo nada podría pasarle porque así me encargaría de que sucediera- No dejaría que nada te pasara –dije de forma algo más seria sin apartar mí mirada de la suya, podría apostar mí vida por ello. Recorrí su rostro con mis ojos y sonreí de lado ante la idea de quedarme a dormir allí, mi vista se dirigió entonces a la ventana y vi que todavía seguía lloviendo. ¿Y si me quedaba allí? ¿Y si descansaba una noche de las bestias, de la cacería, de la muerte y de la sangre? Podría hacerlo, podría quedarme esa noche con ella en aquella burbuja en la que siempre me encontraba cada vez que estaba junto a ella- Si me quedo, ¿me prepararás la cena y luego harás tortitas por la mañana para desayunar? –Me mordí el labio ante aquello, casi siempre solíamos desayunar tortitas cuando alguna vez que otra vez me había invitado a desayunar en su casa. Enredé uno de mis dedos en un mechón de su pelo y comencé a ondularlo enredándolo en el dedo para luego soltarlo y volver a empezar de nuevo viendo como se ondulaba un poco más el mechón- Cualquier lugar estaría más que bien –miré sus ojos azules como la mar en calma- No tengo nada que hacer por esta noche, Liara, salvo estar contigo –dejé el mechón que ahora estaba más ondulado que el resto y acaricié su mejilla llevando mí mano ahí, acariciando su piel con el pulgar y sonriendo como no solía hacer de normalidad, solo para ella- Dime, ¿aún conservas ese juego de cartas que compraste hace tiempo y del cual hace años no jugamos? –Pregunté porque no sabía si lo tenía o no- ¿Quieres que te refresque la memoria y te vuelva a dar una paliza como en los viejos tiempos? –Reí entre dientes por aquello porque sabía que ella odiaba perder, y me gustaba ver cómo se picaba por ello. Por esa noche me olvidaría del cazador que solía ser y tomaría un descanso de ese mundo, solo por estar con ella.




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Re: Pastel de limón {Naxel Eblan}

Mensaje por Liara Eblan el Dom Mar 19, 2017 9:07 am

Para su sorpresa, Naxel aceptó la invitación de quedarse a dormir. No creía que llegaría a convencerlo, pero se alegraba mucho de que decidiera dejar a las bestias tranquilas por una noche para pasarla con ella. ¿Que tenía que hacerle el desayuno? No había problema. ¿La cena? Tampoco. Le encantaba tenerlo allí, y no sólo por su compañía; si se quedaba con ella significaba que no se pondría en peligro, algo que Liara llevaba deseando mucho tiempo. Sonrió ampliamente, claramente ilusionada.

Claro que haré tortitas, sólo las preparo cuando vienes tú —aseguró. Para ella, ese desayuno tenía un significado especial, de la misma manera que el pastel de limón. No había nadie más en el mundo con quien quisiera compartir un desayuno con tortitas—. Así que ya sabes, ven más a menudo.

Le guiñó un ojo haciéndole saber que bromeaba, aunque, en realidad, no lo hacía del todo. Había épocas en las que apenas se veían. Ella sabía cómo era su hermano, tan contrario a lo que era ella en prácticamente todo. Nunca le había oído hablar de amigos, y ya no digamos mujeres. Liara no tenía ni la más remota idea de a qué dedicaba su tiempo libre —además de a cazar—, ni si se permitía tenerlo de vez en cuando. Era consciente de que ese había sido el camino que él había elegido y que nada podía hacer ella para cambiarlo, pero no se daba por vencida. La soledad no era buena para nadie, aunque él se obcecara en que sí, así que si de vez en cuando conseguía sacarle esa sonrisa tan radiante se daba por satisfecha.

Sí, lo sigo teniendo —contestó, levantándose rápidamente del sofá—. Pero, ¿en serio piensas que me vas a dar una paliza? ¡Ah, Naxel! Serás fanfarrón. —Se acercó a la estantería que había a la izquierda de donde se encontraban. En las baldas inferiores había una cesta cuadrada de mimbre, de la cual sacó la pequeña baraja de cartas—. De todas maneras, eres el hermano mayor, se supone que debes dejarme ganar. —Se giró quedando frente a frente con él y señalándole con el índice en modo acusador—. Aunque debes saber que esta vez no hará falta, porque pienso ganar. ¿Qué digo pienso? ¡Voy a ganar! Y se me acaba de ocurrir una idea para demostrarte que hablo en serio. —Volvió al sofá con un par de brincos y se dejó caer en el mismo sitio en el que estaba, clavando sus ojos en los de Naxel. Después sonrió con malicia, o, al menos, toda la malicia que sus rasgos eran capaces de proyectar—. Juguémonos la cena. El que pierda de los dos, tendrá que prepararla, ¿de acuerdo? —Sacó las cartas de su estuche y comenzó a barajarlas con energía—. Es lo justo, ¿no? Yo preparo el desayuno y tú la cena.

Por supuesto, aquello era un completo farol. Liara era malísima con las cartas, pero siempre que jugaban tenía la esperanza que aquella sería la vez que las tornas cambiarían a su favor. Dicen que la esperanza es lo último que se pierde, y ella no la perdía nunca. Comenzó a repartir las cartas con bastante habilidad para el mal resultado que le daban después en el juego. Cuando terminó, dejó el resto de la baraja boca abajo sobre el sofá, que había adoptado la función de mesa, y se sentó con las piernas cruzadas a ordenar sus cartas. Abiertas en abanico en una mano, se tapó parte del rostro con ellas, dejando a la vista sólo los ojos, que clavó en el cazador.

Empieza tú, necesitarás ventaja.

Y ahí comenzó un juego que Liara se tomó muy en serio. Apenas hablaba para no perder la concentración, y si Naxel intentaba distraerla lo ignoraba para que no tuviera efecto alguno, aunque no siempre lo conseguía. Cada vez que hacía una buena jugada, sonreía esperanzada, y cuando la hacía mala, arrugaba el ceño. Siguieron echando y robando cartas hasta que, en uno de los turnos, Liara vio cómo su suerte cambiaba para bien. Sonrió ampliamente y miró al cazador.

Mal jugado, hermano —dijo, y echó su carta. Esa iba a ser una jugada fantástica—. A ver cómo arreglas esto —le retó, convencida de que iba a ser imposible para él.

Colocó cada codo en una rodilla y plegó las cartas, que apoyó en su barbilla para limitarse a observar el juego. Se relamió los labios y después se mordió el inferior, esperando a ver qué hacía Naxel. ¿Sería capaz de darle la vuelta a la partida y librarse de preparar la cena? No, imposible. Liara ya se lo estaba imaginando entre fogones y con el delantal. Sonrió ante la estampa, irrepetible, probablemente.


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Re: Pastel de limón {Naxel Eblan}

Mensaje por Naxel Eblan Ayer a las 9:56 am

Ahora que habíamos pasado el momento en el que ella había estado más alicaída por el cercano cumpleaños de nuestro difunto padre, que se había desahogado un poco conmigo aunque muchas veces me costara darle ese apoyo que necesitaba, decirle que estaba ahí para que contara conmigo aunque siempre había pensado que ella, como me conocía tan bien, sabía que me costaba expresar ciertas cosas pero que mí amor por ella y mí apoyo siempre iba a tenerlo… aunque no lo dijera tanto como ella si lo hacía conmigo. Me gustaba verla sonreír de esa forma, y si yo era el causante de ello me gustaba mucho más. Ver a Liara alicaída y triste en cierta manera me rompía el alma y no me gustaba encontrarla así… por eso muchas veces me frustraba cuando se ponía de esa forma porque, por mucho que yo quería ayudarla me sentía como un total inútil sin saber bien qué hacer.

Verla que se alegraba solamente por el simple hecho de que me iba a quedar a dormir aquello noche era suficiente para que una sonrisa se instaurara en mí rostro, solamente con ella se podía ver esa parte de mí, una que no solía mostrar porque yo era todo lo contrario a lo que ella era; para mí ella representaba luz y candidez, yo sin embargo estaba lleno de frío y de oscuridad… y no quería que ese frío y esa oscuridad pudieran siquiera rozar su vida. Ella era mi mayor perdición y mí gran talón de Aquiles, si había alguien en el mundo capaz de hacer que sonriera de verdad esa era ella. Era luz en mitad de toda mí oscuridad.

Podía notar que hasta a ella le había sorprendido que aceptara su invitación a quedarme a dormir, no había ido con la idea de quedarme pero hacía tiempo que no lo hacía y pasar una noche con ella, olvidarme por una noche de la caza, de los demonios, de la sangre… por una noche, valdría la pena si con ello conseguía que sonriera como estaba haciendo ahora viéndola de mejor humor. No pude evitar sonreír de lado al decirme que si que prepararía tortitas para el desayuno y que solo las preparaba cuando venía yo, era algo que me gustaba oírlo. Porque no era tonto, sabía la bella que era Liara y seguramente sería extraño que no tuviera algún que otro pretendiente rondándole… y aunque no me gustara demasiado la idea, sabía que ella debía de seguir haciendo su vida, aunque no me gustara que ningún hombre se le acercara.



-Y más te vale que solamente me prepares a mí tortitas, porque si me entero de que le das a otro el mismo privilegio que a mí créeme, me voy a enfadar –mí sonrisa podía decir que lo estaba diciendo en broma, pero interiormente no lo estaba diciendo en broma para nada. No quería pensar en ello así que desvié mí atención preguntándole por las cartas a las que solíamos jugar hacía años y que había venido a mí mente para pasar un rato juntos y divertirnos. Normalmente era un juego de cartas donde solía ganar casi siempre porque, aunque no lo dijera, Liara era demasiado expresiva y sabía perfectamente cuando tenía una buena mano a cuando tenía una mala… no era como yo en ese aspecto, que mí expresión no variaba en absoluto tuviera la mano que tuviera, así era más fácil saber que cartas tenía que jugar. Reí entre dientes cuando volvió a llamarme fanfarrón, que ella lo hiciera no me importaba en absoluto mientras la seguía con la mirada para ir a por las cartas y comenzar a jugar. Estaba convencida de que iba a ganarme aunque sabía que si ponía caras iba a ser relativamente fácil. Chaqueé la lengua cuando dijo que, como hermano mayor, debía de dejar que ganara de vez en cuando y rodé los ojos… ¿perder? Odiaba perder, nunca me dejaba ganar y no iba a empezar a hacerlo ahora por mucho que me mirara de esa forma. Decía que se le había ocurrido una idea y la vi volver dando brincos hasta el sofá como si fuera una niña pequeña, sus ojos azules se pusieron en los míos más oscuros y sonrió, al menos intentó sonreír con algo de malicia… pero ese rostro dulce no tenía mucho de malicioso- Está bien, habla –pedí para ver qué se le había ocurrido esta vez y cuando lo dijo enarqué una ceja por ello. ¿La cena? ¿Preparar la cena? Solté una risa sarcástica corta al tiempo que ella mezclaba la baraja y me crucé de brazos estando de cara a ella en el sofá- La cena… sabes que odio cocinar –puntualicé para que estuviera segura de lo que estaba diciendo- ¿Crees que si antes tenías posibilidades de que te dejara ganar, o ganarme… ahora las vas a tener? Qué ilusa que eres, Liara –reí viendo que terminara de mezclar para comenzar a repartir. Había hecho una apuesta, así que ¿por qué no? No iba a terminar siendo yo quien hiciera la cena- Está bien, acepto el reto. Pero luego no me vengas haciendo pucheros cuando pierdas, recuerda que has sido tú quien ha decidido apostarse la cena –sonreí divertido por ello y cogí las cartas que me había repartido alzando mí vista a ella otra vez cuando la vi tan convencida de que iba a necesitar ventaja- Espero que tú plan funcione, aunque creo que vas a perder… como siempre –la vi sentarse cruzando sus piernas encima del sofá, apoyando cada codo en cada pierna y escondiendo su rostro tras el abanico de cartas de entre sus manos, con lo que solamente podía ver sus ojos y tapaba sus gestos.

Cogí mis cartas y las miré sin poner ninguna expresión en absoluto, ella tendría complicado saber si tenía una buena mano o no porque no se lo iba a dejar mostrar. Parecía que ella se lo estaba tomando muy en serio y aunque le hablaba y la intentaba distraer no se dejaba y seguía centrada en el juego. Juego que, por el momento, iba ganando yo sin duda alguna y si seguía así la cosa terminaría ella por perder como siempre. Seguimos tirando cartas y robando hasta que en una de esas las palabras de Liara hicieron que la mirara con una ceja enarcada. Decía que había jugado mal y entonces vi que echaba su carta que miré un par de segundos para luego alzar la mirada hacia ella, que observaba el juego de forma fija a expensas de lo que pudiera pasar. Podía ver cómo se relamía y luego mordía su labio inferior sabiendo que, con aquello, ella iba a ser la vencedora de la partida.

Por una vez la suerte no parecía estar a mí favor y ya debía de ocurrir un milagro para que lograra ganar aquella partida que habíamos empezado. Justo cuando más debía de ganar era justamente cuando iba a perder… ironías de la vida, pero ya había aprendido que la vida podía ser muy irónica y ahora me lo estaba recordando de nuevo. Me mordí el labio mientras dejaba el suspense un poco más aunque ya era una clara vencedora, no iba a poder ganarla y ahora resultaba que al perder, y por esa apuesta, iba a tener que hacer yo la cena. Solté un suspiro y dejé mis cartas sobre el sofá que ahora había sido improvisado como “tablero” y la miré apoyando mí espalda en el sofá para luego cerrar los ojos durante unos segundos.



-He perdido… vencido por mí propia hermana –aunque no era eso exactamente lo que más me molestaba, sino el hecho de que ahora tendría que hacer la cena para los dos y la cocina no era algo que me gustase demasiado, de hecho sabía hacer cosas pero también muy básicas… si me dijeran ahora mismo que hiciera un pastel de limón no sabría ni por donde empezar. Gruñí levemente para abrir los ojos y mirarla con el ceño fruncido- Ahora tendré que hacer la maldita cena… bien jugado, te estás haciendo mayor –le revolví un poco el pelo sabiendo que no iba a poder escaparme de aquello… así que cuanto antes empezáramos antes terminaríamos- Te lo advierto, no me pidas nada complicado porque no lo voy a hacer, ya sabes que no tengo mucha maña en la cocina –me levanté del sofá mirándola para que fuéramos a preparar la cena y me encaminé hacia la cocina negando levemente con la cabeza incapaz de creerme que hubiera perdido el maldito juego. Llegué hasta esta y me apoyé en el banco de la cocina esperando a que me diera un delantal para ponerme y empezáramos con aquello- Mantén esto en tú mente, porque no se volverá a repetir –y de eso podría estar totalmente seguro. Me puse el delantal y farfullé mientras lo ataba a mí espalda viendo la sonrisa que Liara traía en su rostro- Bien, ¿por dónde empezamos? ¿Qué quieres cenar? –pregunté concediéndole aquello, yo no era de hacer muchas cenas, más bien no era de hacer mucha comida así que ella tendría que ayudarme en según qué cosas. Desde luego, lo que había cambiado mí noche desde que había entrado en aquella casa.




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Re: Pastel de limón {Naxel Eblan}

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