Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Si no te importa, derramaré mi sangre en tu nombre | Amanda Smith

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Si no te importa, derramaré mi sangre en tu nombre | Amanda Smith

Mensaje por Thibault "Black Blood" el Lun Oct 17, 2016 7:05 pm

El capitán del Skyfall ya podía caminar por la cubierta sin las cuchilladas del sol cicatrizadas en su piel. La piel de un vampiro. A veces, Thibault pensaba que no le habían transformado bien, no porque no hubiera llegado a un vampirismo completo sino porque realmente no había mucho que transformar si nunca había sido humano del todo. Después, recordaba que los colmillos que le perforaron su carne echada a perder fueron los de Amanda Smith y enseguida ahogaba esa ocurrencia de mierda en tragos de ron —que nada tenían que hacer contra él—, pues su aparición no pudo resultar más insultantemente divina ni él, más retorcidamente humano con su necesidad de sangre en tantos sentidos. Incluso ahora, tras doscientos veintisiete años, sentía la falsedad hecha memoria de su pulso acelerado cuando las numerosas letras de sus cartas se convertían en el rostro de la salvación que vislumbró aquella noche.

Normalmente era él quien se meaba y se cagaba —más— en el intento de orden público que aún sopesaba ese mundo de leyes hipócritas y sus consecuentes proscritos a la hora de pisar tierra firme para ir hasta donde su señora monarca estuviera. Era, pues, realmente curioso —tan curioso como su relación— que esa vez hubiera querido ser ella la que se trasladara de la tierra al puerto, concretamente hasta su navío atracado con disimulo entre la humildad de los pescadores. Aun cuando no había humildad del pueblo posible que volviera menos esplendoroso un barco de las magnitudes del Skyfall. 'Majestuoso' sería apropiado usar ahora que la figura de aquella mujer iba a inundarlo, y otros tantos símiles respecto al mar que le harían parecer un poeta de no ser por los eructos que salían de su boca. Nunca en presencia de Amanda, por supuesto. No demasiados —¿madre, hijo y sus pertinentes confianzas? A fin de cuentas jamás había dejado de ser un cabestro—.

El pirata volvió a caminar unos pasos y se paró de cara al horizonte ennegrecido, el que llevaba siglos encabezando la visión de aquellos ojos verdes que hervían las olas a su paso. A esas horas, la mayoría de la tripulación dormía en sus literas y hamacas, apretujados por incubar más energías para su intenso modo de vida, y sólo él y unos pocos hombres de confianza custodiaban la llegada secreta de aquella invitada que todos creían conocer y de la que pocos se atrevían a especular en voz alta: ¿El fiero capitán Black Blood viéndose a solas con un miembro de la realeza? ¿La reina de los Países Bajos frecuentando la compañía de uno de los mayores ladrones y asesinos de los últimos tiempos?

¿Y cuántos años tenían los dos, a todo esto?

Dejó de fulminar al horizonte tras recibir la señal de Planchet y Anne, que montaba guardia en la entrada, le lanzó una de sus avizoras miradas para confirmarle que, efectivamente, el carruaje se acercaba. Con un asentimiento de cabeza que para ellos lo disponía todo, Thibault se retiró a su camarote, entonces la fuente de luz más potente del interior del barco, especialmente adecentado para la ocasión y con un buen vino sobre el escritorio. En pocos minutos, la puerta volvía a estar abierta y Amanda entraba por fin, ataviada con su abrigo de incógnito, cuya capucha esperó a retirarse del todo cuando sus hombres y los de Thibault cerraron la puerta al salir.

—¿Tan ansiosa estabas esta vez? —su voz, concebida para que temblara hasta el infierno, adquirió un tono más suave al soltar la pullita, no sin antes inclinarse ante ella, como siempre hacía cuando la tenía delante, solos o con más gente, por una legitimidad de corazón y no de un protocolo contra el que justamente vivía—. Al final vas a hacerme creer que de verdad escribo bien —prosiguió, y después de recuperar su altura, se aproximó más, en una distancia que contrastaba con todas las formalidades posibles de las que se hubieran abastecido, y le dio un beso en la mejilla, tan suave como el tono de voz que había puesto al principio, pero rasposo como su barba; incitante como el secreto a voces que expulsaban sólo con rozarse—. O quizá no podías esperar a contarme algo importante… —insinuó, todavía sin alejarse un centímetro.


Última edición por Thibault "Black Blood" el Sáb Jul 15, 2017 9:12 pm, editado 1 vez



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Re: Si no te importa, derramaré mi sangre en tu nombre | Amanda Smith

Mensaje por Amanda Smith el Mar Nov 22, 2016 2:59 pm

La ciudad de París era curiosa, compleja y, en ocasiones, contradictoria; así, poseía lo mejor de una capital costera, como el tiempo suave y fáciles comunicaciones con las colonias de ultramar, sin de hecho poseer un puerto propio. La cercanía de la ciudad a la costa, sumada a lo llano de un terreno que parecía extenderse casi sin contratiempos hasta el mismísimo litoral, convertían un viaje que bien podía ser de negocios en uno que solamente podía definirse como de placer. Tamaña afirmación, si bien para algunos podía resultar exagerada, no podía ser más cierta en mis circunstancias: muchas de las obras de arte que coleccionaba y que pasaban, a continuación de rozar mis manos, al patrimonio de mi Louvre, llegaban a mí por mar, en navíos mercantes que procedían de las más diversas regiones del mundo. Así, entre mis manos se habían encontrado con frecuencia similar piezas de origen precolombino junto a otras del lejano Oriente, anteriores incluso a mi nacimiento; de un lugar o de otro, los mercaderes siempre buscaban intercambiar sus baratijas a cambio de una recompensa económica, y ese mercado era algo que no me resultaba, en absoluto, ajeno. La principal diferencia, no obstante, que existía con la mayoría de transacciones (o proyecto de ellas) era que, por una vez, no había delegado en intermediarios que eran como mi sombra y conocían mis gustos como las palmas de sus manos: en aquella ocasión, me había trasladado al puerto personalmente, y para más señas, el intermediario no sabía que aquel sería su papel en nuestra conversación. Sí, era cierto: me había mantenido deliberadamente misteriosa en mis comunicaciones con el capitán Black Blood, Thibault, a quien había convertido yo misma a la inmortalidad, mas cierto halo de teatralidad era imposible de evitar entre un auténtico y aguerrido pirata y yo misma, que a un tiempo era su reina, su sirena y su compañera cuando así lo deseaba.

Con el aura del misterio grabada hasta en los hilos del manto que ocultaba mis rasgos, me dejé conducir a través del sucio puerto hasta el imponente Skyfall, tan a juego con su capitán que nadie que lo conociera tendría la menor duda de a quién le pertenecía semejante joya de los mares. Firmemente vigilada por la insistente mirada de su tripulación, me fui adentrando lentamente en las profundidades del barco, hasta que llegué a su sancta sanctorum: el camarote donde Thibault el pelirrojo, el mismísimo demonio para aquellos lo suficientemente incautos que lo molestaban, me aguardaba. Con un gesto lánguido, dejé caer la capucha que me ocultaba el rostro y me enfrenté al suyo, erosionado por los mares pero con la misma fuerza de éstos durante una tormenta, y con el rugido que surgió de lo más profundo de su garganta, modelado por palabras pícaras y desvergonzadas, sonreí y acaricié su barba, con la que me había erizado la piel unos segundos antes. – Siempre estoy ansiosa por verte, Thibault, ¿aún no lo has entendido? – lo pinché, y a continuación rocé sus labios con un casto beso tras el cual me dirigí, envuelta aún en el frufrú del abrigo con capucha que portaba, hasta el otro extremo del camarote, donde algunos de los objetos de sus expediciones brillaban con el resplandor metálico que se correspondía con los tesoros. – Me temo, capitán, que esta no es solamente una visita de cortesía, aunque debo admitir que por el placer de tu compañía, estoy dispuesta a olvidarme de mi objetivo inicial durante unos minutos, en los que me tendrás para ti solo. – insinué, dibujando un amago de sonrisa pícara que él podía interpretar como gustara, al tiempo que mis dedos se paseaban a través de las diversas piezas que colgaban de las rústicas estanterías de madera de su camarote, junto a pergaminos con mapas, cartas de navegación y otros instrumentos cuyos secretos él desconocía en la misma medida en que yo los ignoraba. Sin mirarlo, pues tenía los ojos clavados en una pequeña moneda azteca, continué. – Apenas existen novedades dignas de mencionarse. Encontré a un contrabandista, que tengo a mi servicio; la vida en el palacio sigue siendo rígida como un corsé de ballena; mi marido es el mismo bárbaro desconsiderado de siempre, y en cuanto al resto… Bueno, el Museo va viento en popa. – concluí, dejando la idea un tanto en el aire, de forma que un ser inteligente como él captaría por dónde continuaría sin la menor de las dificultades.



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Re: Si no te importa, derramaré mi sangre en tu nombre | Amanda Smith

Mensaje por Thibault "Black Blood" el Vie Abr 14, 2017 10:24 am

Había placer hasta en el oxígeno cuando aquella vampira se adueñaba de una sala, y eso que ellos ya no tenían pulso. A Thibault le gustaba el destello aventurero que manaba de sus ojos cada vez que los dejaba corretear por su guarida, o cuando sencillamente se depositaban sobre un nuevo objetivo, que automáticamente pasaba a cobrar interés sólo porque había acabado en su punto de mira. Como bebedor de sangre él tenía ya cosechados unos cuantos años más un par de siglos en su haber, pero la mujer con la que se deleitaban sus sentidos siempre vivos llevaba mucho más tiempo viéndoselas con el mundo como para haberse hartado ya de sus supuestas sorpresas. Y aun así, no parecía haberse olvidado de apreciar el sabor de lo desconocido en sus labios, incluso si cualquier cosa ganaba puntos sólo con caer cerca de su boca.

Centrarse, sí, esa maravillosa cualidad de la que el pirata no siempre era poseedor con Amanda Smith de por medio.

—Una de las cosas que puede decirse que he aprendido de mis vagares vampíricos por la tierra es —como alumno con déficit de atención ante la vida, incluso si se la alargaban para siempre— que lo que yo entienda no importa demasiado.

Tastó el deje de su beso de bienvenida con falsa inocencia, en una quietud digna de todo un luchador al fiero borde del precipicio. A veces tenía que acordarse de muchas batallas cuando llegaba la hora de vencer a ciertos instintos, sobre todo si involucraban su relación con la sirena a la que dirigía sus cartas. Por muy intrépido incansable que fuera, todavía le quedaban cosas que no estaba dispuesto a arriesgar. Se trataría de un pobre desgraciado si lo hiciera.

—No es justo que me hagas esto y lo sabes, ¿tan divertido resulta torturar a tus hijos, madre osa? —rió al decir lo último tras su recia copa de vino. Tenía problemas serios en la cabeza, ¡qué novedad para la mayor avaladora de sus desvaríos!—. Si me tientas al decir esas cosas, al final tú eres la única que se acaba olvidando de 'tus objetivos' porque a mí ahora mismo me dejan con la puta curiosidad de un gato en celo así que… —otro trago, esa vez con la mirada fija en los ropajes que contorneaban su silueta— estaría desperdiciando esos minutos que quieres darme de todas maneras, como pensarán unos cuantos que ya hago con todos los que también me otorgaste desde que hincaras tu perfecta dentadura en mi cuello.

Le ofreció finalmente una copa a ella una vez hubo alejado su atención, aunque seguro que momentáneamente dada su deformación profesional, de los tesoros que decoraban el camarote. Por su parte, la suya se volcó por completo en el festín que se daba siempre que le brindaba la oportunidad de su presencia, con su mezcla de colores tan similares en el aire; rojo y verde apuntando a una nueva escala de calor, y no se trataba de un error de palabras sino más bien de un juego. El mismo que se iniciaba entre ellos con cada reencuentro.

—Bien por el contrabandista que haya captado tu atención sabiendo del buen ojo que tienes para la clandestinidad —empezó a comentar los puntos que Amanda había mencionado por orden de aparición—, definitivamente la vida en palacio sólo es interesante cuando mentas tus corsés, el 'bárbaro' —burdo aficionado, ¿qué otra cosa iba a pensar en su madura y celosa objetividad?— de tu marido me la mama de canto y en cuanto a tu museo… —imitó su tono de voz al llegar a esa parte y como era de esperar, su intuición remató la faena— De acuerdo, reina mora, ¿qué artística misión será esta vez? Supongo que no una cualquiera si estás pensando en darle un papel al 'follamigo' de la ley, o a lo mejor es justo lo contrario y resulta lo bastante mundana como para aprovecharte de que no puedo negarte prácticamente nada aunque me parezca aburrido —suspiró antes de vagar sus locuaces pupilas por el cristal alzado que contenía el vino—. Pero eso tampoco es muy de tu estilo, ¿verdad? —apuntó, con una clara expresión de estar imaginándose cosas en aquel reflejo rojo. Cosas con ella, por supuesto—. Me distraes con poderosa facilidad a pesar de conocerme hasta el último palmo de tu… persona, claro —todo muy casto—, así que yo de ti me apresuraría a exponer el tema, no vaya a ser que este pobre mocoso pierda el norte. Cuánta paciencia, mi ama… —gruñó el último susurro contra su mejilla antes de recostar la espalda en el alfeizar del ventanal que había justo detrás de su escritorio y contemplarla mejor en su cómoda perspectiva; la copa en la mano y su predador aliento a un lado.


Última edición por Thibault "Black Blood" el Sáb Abr 29, 2017 12:49 pm, editado 1 vez



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Re: Si no te importa, derramaré mi sangre en tu nombre | Amanda Smith

Mensaje por Amanda Smith el Vie Abr 14, 2017 3:15 pm

Obnubilada por su encanto, retrocedí momentáneamente al instante en que lo conocí, cuando él era un pirata igual que ahora, sólo que mortal y a punto de dar un abrazo a la Parca, uno que yo sustituí por un beso de la eternidad tras el cual no habíamos vuelto a mantener un contacto tan íntimo salvo en nuestros sueños y más gloriosas fantasías. Así pues, lo vi entonces, medio muerto, y sobre ese recuerdo agridulce se superponía la realidad actual, él en toda su fuerza infernal y ardiente que, sin embargo, conmigo se rebajaba un tanto; resultaba una mezcolanza curiosa, pero no menos que él, que siempre conseguía sorprenderme hasta cuando se comportaba como un hombre educado. Si bien sabía que podía serlo, aún me pillaba un tanto desprevenida que el Capitán Black Blood, el hombre de quien se decía que era el mismísimo Lucifer encarnado (y cuánta razón había tras semejante afirmación...), fuera casi un colegial conmigo, que más que le cuadruplicaba la edad sin siquiera despeinarme. ¿Dónde había quedado esa diferencia cuando yo misma, de no controlarme bien, podía terminar derretida por una de sus ardientes miradas? En ningún sitio, salvo en su imaginación, donde le permitiría que continuara porque nos haría el favor a los dos de favorecer que nos comportáramos, como no estaba muy segura de si quería hacer o no. ¿Qué podía decir? Toda la estética que le pertenecía tanto como aquel barco me atraía en la misma medía que lo favorecía a él; invitaba a dejarse llevar, a la desinhibición y al pecado, e invadida de esa extraña ligereza me acomodé mejor en su camarote con la copa de vino llena en la mano y no lo perdí de vista mientras las vulgaridades a las que yo había renunciado hacía años se le escapaban de los labios barbados, rojos como él también podía serlo. Y pese a que mis modales me hicieran, en condiciones normales, echarme para atrás ante ese tipo de comportamientos, él siempre podía llamarse excepción en muchas cosas, incluida esa, y sólo pude sonreír con respecto a sus amantísimas palabras, especialmente con respecto a mi marido.

– Creo que has pasado mucho tiempo fuera de control y pronto tu mamá osa va a tener que azotarte. Estoy absolutamente segura de que lo disfrutarías, no obstante, así que tendré que castigar tu osadía de otro modo. – recriminé, pero con una sonrisa, como si supiera que daba igual lo que dijera porque a mí me satisfaría igual que él se comportara tal y como era: salvaje, exactamente igual que el océano que cabalgaba cada noche, libre como yo nunca podría serlo del todo. – Te recomiendo una buena brújula para tu norte perdido. ¿Sabes? Tengo tantas en mi Museo como en mi palacio, donde, por cierto, renuncio a los corsés y a los vestidos emperifollados en pos de sedas y tules. Tal vez deberías venir a tierra más a menudo y visitarme en mis posesiones, creo que lo disfrutarías considerablemente más que con las migajas que te ganas de la forma habitual. – opiné, alzando una ceja y mordiéndome el labio inferior con esa impecable dentadura que él había descrito como tal, aunque a mí se me ocurrían unas cuantas maneras de contradecirlo, y ninguna como a él (y a mí, no me iba a llevar a engaños al respecto) le gustaría. Así pues, aún bailando un vals con su atención exclusivamente dedicada a mi persona (o entidad, o como él prefiriera llamarlo), me senté frente a él, en el escritorio, y con las piernas un tanto separadas, si bien el vestido que portaba me tapaba absolutamente toda la vulgaridad que, por otro lado, el gesto podría haber traído consigo. – Vamos, ¿no te apetece ir hasta las Américas por mí y traerme unas cuantas baratijas de oro que nadie quiere excepto si pueden sacar unas monedas por ellas? ¿O tal vez es que prefieres acercarte a Marruecos y conseguir algo de allí? Estoy en busca de objetos exóticos y piezas de culturas lejanas, y tú eres el único en el que confío para traérmelas... Bueno, eso no es del todo cierto, pero como excusa para venir a verte lo cierto es que me viene que ni pintada, ¿no crees? – sonreí, inocente, y di un largo trago a la copa de vino, frente a él, pero sin permitir que más gotas de las necesarias me bañaran los labios tras el gesto. Aún no quería permitirle que tuviera ese tipo de ideas en mayor medida de la que ya las tenía... Aún.



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Re: Si no te importa, derramaré mi sangre en tu nombre | Amanda Smith

Mensaje por Thibault "Black Blood" el Lun Ago 07, 2017 5:53 pm

Sobre el mar se había escrito mucho, más allá también de las cansinas y ñoñas metáforas con el color azul, pero aun así, y por mucho que no fuera escritor, Thibault nunca se sentía más jodidamente ¿meloso? que cuando estaba en presencia de la segunda mujer responsable de traerle al mundo. Otra vez. Curioso que se le viniera a la mente semejante cursilería de palabra mientras se imaginaba el cuerpo de Amanda tan húmedo como el puto mar que ahora se veía a sus espaldas —¿veis para lo que quería él las metáforas?—, sentada en su escritorio tras la ventana. ¿Era sólo producto de su imaginación, entonces, o la vibración real en la mirada serena pero arrolladora de su invitada estaba así de expectante o más bien era él quien de un momento a otro llamaría a su mamá por un problema en sus pantalones mucho menos infantil —y ya puestos, menos asqueroso— que haberse meado en la cama? Ah, sí, cualquier parecido con el romanticismo en aquella monstruosidad de ex-humano era pura casualidad… O bueno, dado que en realidad sí ocultaba algún talento de escritor cada vez que, pues eso, escribía a su única reina, dejémoslo en que tenía sus pequeños momentos.

A fin de cuentas, y por muchos años que pasaran hasta convertirlos en mito, mamaba de un universo endiabladamente inspirador.

—No he sido yo el primero en mencionar los corsés, ¿y ahora resulta que tampoco los llevas? —replicó, aunque en esos momentos lo único que a él le parecía inspirador de verdad estuviera chorreando de sus labios. O no, qué mierdas importaba, una dama de su alcurnia sabía beber vino sin derramar una sola gota pero además de inspiración, supongo que había que hablar de creatividad. ¿O se consideraban sinónimos? En fin, se la traía muy floja, estaba muy cachondo y ella, muy buena. Lírica clásica para todos—. Ya veo que juegas muy bien con tus muñecos antes de volver a guardártelos en el escote.

¡Cuidado, poetas, que llega el Sangre Negra! Tanta divagación y al final él mismo metía mano de las metáforas con colores… Claro que a decir verdad, estos desvaríos eran demasiado superfluos al lado de lo que realmente pasaba dentro de él: fuego, en todo su esplendor. Ambos ahí sabían lo que significaba quemarlo todo desde el contraste de unos ojos fríos. Thibault quería, no, necesitaba calentar los de ella, y en un momento de debilidad sus manos se deslizaron por la camuflada vulgaridad de sus faldas, sólo un poco, lo bastante como para sentir que las llamas chisporroteaban hasta nublarles la vista de vampiro que compartían, como podrían compartir muchas más cosas que, de todas maneras, detuvo justo a tiempo. Sus brazos permanecieron, pues, bordeándola sobre el mueble que ella, cual monarca, había tomado como su trono improvisado allí, al tiempo que su torso quedaba casi a la misma altura que el suyo de no ser el gigante de hierro que, por una vez, las historias no exageraban.

No dijo nada, no hacía falta. Pelirrojos de pupilas verdes e intensas, dominándolo todo con la estela que habían dejado atrás desde que a la inmortalidad le pareció buena idea dotarles de plena libertad por el mundo, realmente parecía que hubieran sido destinados a llamarse, de algún modo, familia. Y Amanda tampoco era la única longeva en saber que había demasiado tiempo a su favor como para que el incesto con Thibault no fuera una opción deseada. De esa forma, continuó mirándola con la misma facilidad para hundirse en sus encantos que tuvo cuando recibió el beso de la vida. Ninguno de los dos había perdido la práctica de contemplarse así, en la falsedad de un silencio con el que se entendían demasiado bien. Por muchas aguas que hubiera vencido, seguía queriendo ahogarse en las que alcazaba a ver cuando la intimidad de la que Amanda podía presumir respecto a él le hacía terminar así. Peligrosamente serio para la ordinariez con la que cercenaba cabezas antes de chupetear la sangre de sus espadas.

Se detuvo completamente con la única brusquedad que podía cortar esa sensación a la que aún no daban, ni buscaban dar, esquinazo y se alejó de ella antes de soltar un sonoro bufido de calor que decidió aliviar sin delicadezas al llevarse él su propia copa de vino a los labios y beber de espaldas a ese eterno embrujo.

—Por ti, iría al infierno del que me sacaste, o al que me devolviste, qué más da. Nombra cualquier pieza —africana o americana, me da igual— que se te encapriche y la tendrás delante de tus morros, pero para tener al portador en el mismo sitio, bueno, no necesitas excusas —casi rugió para recobrar una compostura que, en cierto modo, nunca le había abandonado si siempre se había follado así de bien a los contrastes—. Aunque aprecio que todavía intentes echarle imaginación a través de los siglos. —No era como si un pirata y una sirena vampíricos pudieran perder la magia a esas alturas— Cuéntame más cosas de ti, aún no he quedado satisfecho —reclamó en su acostumbrada madurez, en tanto volvía a ponerse cara a cara y a una distancia no mucho mayor, pero sí más ¿humana? El capitán sonrió la ironía tras el último trago que quiso emular a la boca de Amanda.



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Re: Si no te importa, derramaré mi sangre en tu nombre | Amanda Smith

Mensaje por Amanda Smith el Dom Ago 27, 2017 1:51 pm

Cuando se trataba del capitán, mi capitán, no había nada de maternal en mí, ni siquiera si el vínculo que nos unía se denominaba, para el común de los (in)mortales, como tal. Nada en el físico imponente y en la psique extensísima de mi adorado Thibault me provocaba el más mínimo sentimiento de amor platónico, lejano y ajeno a los deseos carnales a los que, para mi desgracia, estaba más atada de lo que me gustaría. El único consuelo que me quedaba era que él se encontraba apresado en la misma dinámica que yo, aunque aún no terminaba de entender por qué, después de varios siglos, éramos tan capaces de mantener el control en esos escasos pero valiosos momentos en los que nos encontrábamos frente a frente, desventajas de mantener nuestra relación a través de la vía epistolar. Aun así, él era tan leal a mí como yo lo era a él, y me lo reafirmó al dejarme vía libre para pedirle lo que quisiera, cualquier pieza que se me antojara, como si fuera un caballero andante y mis encargos fueran las prendas que él me traería para demostrarme su amor, correspondido en la misma medida por mí. No, tal vez no me comportara de forma maternal con él, y tal vez no hubiera un componente absolutamente romántico, igual que familiar, en lo nuestro, pero era innegable que el capitán del navío en el que me encontraba era una parte fundamental de mi no-vida, y precisamente por eso no quería pensar demasiado en cómo formaba parte de ella. Tal vez por eso me resistía a la idea de abandonarme a él y a su cuerpo, que me atraía como lo había hecho hacía mucho, con él moribundo y yo como la sirena de sus pensamientos, una identidad que no había terminado de abandonar cuando lo tenía cerca. Para él, siempre seguiría siendo la mítica pelirroja que lo había encumbrado hacia su no-vida, incluso si la mujer que tenía delante ya no era ni pelirroja ni mítica, sino tan real como la madera del Skyfall.

– Bien, ya que cuento con tu permiso y la idea del corsé te aprisiona los sentidos tanto como a mí el pecho... – aventuré, y me incorporé para dirigirme hacia él, sólo que en vez de terminar encarando su fiero y eterno rostro, le di la espalda, como una muestra de confianza que a casi nadie le dedicaba, pues no en vano él era uno de mis mayores allegados, fuera del modo que fuese. Con lentitud, casi regodeándome en el momento, me aparté el pelo de la espalda y me deshice de la primera capa de tela que cubría mi torso, dejando al descubierto, para él, el maldito corsé del que estábamos hablando y cuyos nudos le invité con un gesto a que deshiciera. – Estar aquí es como estar en mi hogar lejos del hogar. No tiene tanto que ver con el barco, aunque debo reconocer que me gusta mucho cómo lo has decorado porque grita tu identidad en cada pieza de mobiliario, como contigo, pero lo cierto es que si me siento tan cómoda, no hay motivos para seguir llevando esa tortura, ¿no crees? – lo invité, con la voz tan suave como la actitud de mi cuerpo, dócil y sumisa durante los instantes que le costó deshacer toda la presión a la que me sometía la prenda, sólo para volver a ser enérgica después, al dejar que esa suerte de armadura cayera al suelo y recolocarme el vestido. El efecto, sin embargo, fue evidente: en cuanto me giré, lo pillé in flagrante delicto, con los ojos paseándose por las partes de mi cuerpo que quedaban libres y que el corsé no recogía ya, libre de hacerlo tras mi tácita invitación. Con una media sonrisa, le acaricié la barbilla para que cerrara la boca, y con ello lo obligué a seguir mirándome a los ojos durante, como mínimo, unos minutos más, aunque yo tampoco pudiera negar el efecto que su mirada de depredador había tenido sobre mí y el calor, antinatural en mi condición, que sentía. – Niño malo, ¿me vas a hacer regañarte...? Siéntate. – ordené, y solamente yo sería capaz de hacer algo así, en su barco, y que él obedeciera, por el respeto mutuo y porque él sabía que las consecuencias le serían provechosas, como fueron cuando me senté sobre él, mi nuevo trono en su reino.

– Dime, ¿qué secretos tienes tú para que pueda guardar en mi escote? Tal vez te ceda el honor de hundirlos hasta el fondo tú mismo, parece que lo disfrutarías. – bromeé, a medias, y me apoyé en su pecho, que se asemejaba más que nunca al ancla, firme, de su navío, a muchos metros debajo de nosotros y absolutamente ajena al juego peligroso que el marino y yo estábamos llevando a cabo en sus dominios. – He hecho algunas cosas interesantes en este tiempo. Por ejemplo, he descubierto que uno de mis hermanos sigue vivo, y puedes imaginar lo que fue descubrir que alguien con quien compartía familia también sobrevivió al paso de los milenios. Ah, y hablando de familia, convertí a otro hombre a nuestra condición, pero no hace falta que te pongas celoso porque hace mucho que no sé nada de él. – rememoré, acariciando su barba con las yemas de los dedos apenas, como si fuera una de las piezas delicadas que yo coleccionaba y exhibía en mi museo y en mi palacio, allá en los Países Bajos. Curioso, dado que él era mucho más tenaz, y así lo había demostrado siempre que había existido la necesidad de hacerlo, que cualquiera de nosotros; sin embargo, el gesto me salió natural, igual que también lo fue la manera en la que me acomodé sobre él, como si fuera un diván cómodo en vez de un hombre fiero que sembraba el miedo en sus enemigos con solo mirarlos. Ah, si tan sólo lo vieran, casi relajado como se encontraba conmigo... Probablemente seguirían temiéndolo, al ver a un auténtico Neptuno con una de sus sirenas, pero desde mi perspectiva no dejaba de ser una imagen curiosa, en especial dada la leyenda negra que existía a su alrededor. – No sé si hay mucho más que quiera contarte... preferiría que lo descubrieras tú, si te soy sincera. – ofrecí, con una sonrisa pícara en esos morros míos que tanto parecía ansiar.



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Re: Si no te importa, derramaré mi sangre en tu nombre | Amanda Smith

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