Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Dark Waltz — Privado

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Dark Waltz — Privado

Mensaje por Edric della Rovere el Dom Dic 04, 2016 6:32 pm

Por alguna extraña razón, algo que iba más allá de lo que creía conocer, había recobrado su sensatez, y no precisamente para bien. Luego de varios siglos luchando con Alichino, ambos llegaron a un acuerdo mutuo: ser uno solo. Ya no habría más noches solitarias, en donde se abandonaría al delirio y a las penumbras. No, ahora sólo se dedicaría a su ansiada cacería. Es más, ya ni siquiera Cagnazzo le importaba tanto, le daba completamente igual lo que hacía o dejara de hacer el licántropo. Edric sólo iría a lo suyo, a lo que verdaderamente le interesaba; al fin y al cabo era un demonio encarnado.

Tenía que reconocer que la reunión con su creador le había resultado beneficiosa. De haberlo encontrado antes, estaría libre de las jugarretas de Malacoda desde hacía mucho, pero Malebranche solía desaparecer cuando menos se esperaba, algo que resultaba tedioso para el resto de los miembros de la logia. Aunque, a Edric no solía preocuparle tanto, en realidad, en veces anteriores le era indiferente; sin embargo, en esta ocasión no lo fue tanto. Por suerte, ya estaba más consciente y había recobrado su oscuridad, la misma que le ataba eternamente a Alichino. Era una criatura nueva, por así decirlo, pues, emplear el término de hombre en su caso, le resultaba irónico. Pero, ¿qué era para él la ironía además de su fiel compañera?

Para compensar su drástico cambio, regresó a París. Antes había dejado en orden sus asuntos en Nápoles y en Italia, para luego dedicarse a entrar nuevamente en el campo de juego, que ahora, más que nunca, disfrutaría. Incluso, hasta los eventos sociales le parecieron más interesantes, y siendo el delegado de Los Custodios, tenía una importante excusa para ir a mofarse de las conversaciones vacías de los mortales. Así que, sin más, apenas a su llegada, aceptó la invitación a una de esas aburridísimas fiestas que se daban en el Palacio Royal. Intercambió un par de ideas con unos intelectuales y luego se dedicó a buscar algún rostro familiar.

Su sorpresa fue aún mayor cuando reconoció a una persona en particular. Tal vez, en otro momento hubiera estado renuente a interactuar con otras personas o simplemente a pasar de aquellas tediosas reuniones, pero, ya no era el mismo llorica de antes. Ahora era un recipiente digno para el famoso hellequin; podría actuar como siempre había querido, y por razones atadas a la estupidez de un alma humana, no logró. Sin embargo, todo cambió a su favor de un momento a otro, y comprendía por completo muchas cosas propias de su naturaleza. Ya ni siquiera odiaba a Cagnazzo como en veces anteriores; el tipo era un estirado, pero le agradaba. Después de todo, ambos compartían la misma condición y esencia.

Evadió sus pensamientos y se acercó a quien había llamado su atención. El aroma de los licántropos era algo que no toleraba demasiado, sin embargo, esta vez valía la pena tener resistencia. Para él sólo era cuestión de educar la mente y los sentidos.

—Veo que la señora Van Aldin ya está educando mejor a su mascota —dijo en voz baja, usando un tono burlón. Lo hizo adrede, desde luego—. Aunque, es muy mal de su parte que te haya dejado venir sola. Pobre cachorrita.




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Re: Dark Waltz — Privado

Mensaje por Roxanne Aimerich el Vie Ene 27, 2017 12:20 am

Encontrarse de manera casual con Olivia Van Aldin había sido el inicio de su salvación. Aquella mujer, la líder del clan Van Aldin, vio en Roxanne algo que nadie más notaba; la desesperación y la confusión que aquejaban su alma, todo debido a lo que había sucedido con Dacian, el hombre al que Roxanne creía amar y a quien ya no podía mirar de la misma manera. Y era precisamente la incapacidad para volver a ver a aquel hombre que la salvará de su propia familia, lo que llevó a la Aimerich a internarse en el bosque buscando descubrir en la soledad de la naturaleza qué hacer.

Sintiendo la confusión y el dolor de Roxanne como si fueran suyos, la Van Aldin invitó a la licántropo a formar parte de su clan, invitación que Roxanne no esperaba y a la que respondió de forma afirmativa casi de inmediato. No fue sino hasta que la emoción del momento pasaba que las dudas comenzaron a acechar a la licántropo. ¿Sería bien recibida en el clan Van Aldin? ¿Tendría problemas con los miembros de ese clan como con los del pasado? ¿Podría confiar realmente en Olivia? Una vez que llegó al que sería desde ese momento su clan, las dudas se disiparon. Todo era tan diferente con la Van Aldin que por primera vez, Roxanne creía haber encontrado su hogar y era aquel clan tan diferente como unido, que desde la llegada de Roxanne ya habían pasado varios meses, meses que se sentían como un suspiro para la licántropo.

La confianza que encontraba en el clan Van Aldin era muy diferente a la que experimentara en su antiguo clan, tanto así, que con Olivia estaba aprendiendo a convivir más con quienes le rodeaban, ya fueran mujeres u hombres. Roxanne también estaba aprendiendo a comportarse en público, algo que le costaba mucho trabajo dada su naturaleza más bien desconfiada y solitaria. Para ayudarle a ganar un poco más de confianza en si misma, Olivia la había acompañado a varias fiestas siendo finalmente en la que ahora se encontraba la Aimerich la que se consideraba la prueba de fuego.

En un rincón de la enorme sala del Palacio Royal, Roxanne observaba todo como un cachorro asustado que no puede hacer nada más que esperar. La líder del clan Van Aldin le encomendó la misión de ir sola a aquella importante reunión, ya que ella tenía asuntos importantes que atender, aunque según creencia de Roxanne, su líder la enviaba también en una muestra de confianza y en parte como una prueba. Decepcionar a Olivia era lo último que Roxanne quería pero pensar en la idea de moverse e interactuar con otros asistentes le dejaba helada, incapaz de moverse un ápice de su sitio, siendo precisamente de esa manera como la encontró Edric.

Edric della Rovere fue uno de los primeros hombres con los que la loba se vio forzada a convivir y estaba de más por decir que sus recuerdos sobre cada uno de los encuentros con aquel hombre estaban colmados de incomodidad. Edric tenía una personalidad fuerte y siempre que podía se burlaba de aquellos con quienes convivía. Para agravar más la mala imagen que Roxanne tenía del caballero, estaba el casi insignificante detalle de que era un vampiro.
¿Se te ofrece algo bebedor de sangre? – con expresión fastidiada, la Aimerich miró al hombre ataviado en un elegante traje. Edric era un espécimen masculino sumamente apuesto. Una desgracia enorme que tuviera una personalidad tan mala y una raza tan contraria a la suya pues de otra manera quizás hubiera sido ella más amable con él – ¿O solo vienes a tratar de fastidiarme porque ninguna otra mujer te tolera?  – cruzó los brazos, desviando entonces su mirada del vampiro – La señorita Van Aldin tenía otros asuntos más importantes que atender, si esa era toda tu duda ahora puedes marcharte – dijo aquello esperando que Edric se alejara pronto para dejarla otra vez a solas con sus incapacitantes pensamientos propios.



Al dormirme sueño contigo, y cuando despierto desearía tenerte entre mis brazos.

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Re: Dark Waltz — Privado

Mensaje por Edric della Rovere el Dom Mar 19, 2017 4:01 pm

Edric era un patán cuando así se lo proponía, no tenía el mayor decoro para incordiar a alguien con algún comentario desagradable. Esa naturaleza tan propia de él lo hacía ver como un sujeto cambiante, extravagante y completamente superficial. Sin embargo, aquello era una simple máscara, la misma que usaba para ocultarse ante el mundo. Luego de los hechos recientes, su existencia dio un giro inesperado; Alichino volvía a cobrar el poder que antes poseía y ahora nada lo cambiaría. Resultaba ser el demonio más cambiante entre todos, y solía estar en etapas tan diferentes, que muchas veces escapaba del control de los líderes. Por suerte, luego de haber sido un rebelde, Edric retomaba nuevamente las riendas de su terrible personalidad, encargándose de cumplir sus acostumbradas actividades como en antaño.

Por eso no se hizo esperar, que luego de haber estado rondando entre los invitados de aquella tediosa reunión, se dirigiera a una persona en particular. Aunque ella pensara en lo muy detestable que resultara ser Della Rovere, para él, se trataba de simple estrategia, una elección que mantenía oculta ante los mortales. No era por sus diferencias de razas, o tal vez por su relación con una familia poderosa. Edric estaba interesado en algo más, pero no era necesario revelarlo tan pronto, de momento sólo quería fastidiarla un poco, disfrutando de las inesperadas reacciones que la mujer pudiera brindarle como plato de bienvenida.

—¿Bebedor de sangre? —inquirió, haciéndose el ofendido—. Oh, espera, ¿eres de los que viven en conflicto con otras razas? —Chasqueó la lengua, negando con la cabeza—. Eso es algo del pasado, cuando los hombres vivían en las cavernas. ¿Tienes ideas de los años que han transcurrido desde entonces? La cabecita no te daría para sacar cuentas. —Esbozó una sonrisa burlona, mostrando sus afilados colmillos—. Deberías evitar usar esos apodos, pues a la señora Van Aldin le desagradan. Tengo entendido que ella quiere romper determinadas reglas, como la de no importarle la existencia de los vampiros.

Edric siempre tenía en cuenta los detalles a la hora de hacer su jugada, y por supuesto, con Roxanne no dejaría aquel particular talento a un lado. Había vivido milenios, los suficientes para saber cómo funcionaban las mentes de los demás, aunque la suya ni estuviera tan estable.

—¡Vamos! Cambia esa cara, te van a salir arrugas —mencionó, una vez que logró sujetar el mentón de la muchacha, obligándola a que lo mirara—. Eres tan orgullosa como cualquier bebedor de sangre que no toleres. ¡Ah! Cierto —acercó su rostro al de ella—, los comportamientos de las personas nada tienen que ver con su verdadera naturaleza. O tal vez sí...

La soltó, volviendo a su posición erguida y elegante, como la de cualquier aristócrata. Incluso les dedicó una sonrisa a unas damas que se encontraban a un par de metros suyo.

—Y no querida, no se trata de mí, se trata de ellas. ¿Crees que disfruto sus pláticas acerca de las actividades que hicieron durante el día? —Entornó los ojos con hastío. Él solía ser superficial, pero no a un nivel tan mediocre—. Tampoco disfruto que estés tan abandonada en este lugar. Se te nota a leguas que te cuesta socializar con la alta sociedad, pero no te preocupes, yo estoy aquí para ayudarte, y así no harás quedar mal a Olivia.

Y con arrogancia, también atrevimiento, colocó la mano sobre la cintura de Roxanne, prácticamente obligándola a avanzar hacia el salón principal en donde se encontraban varias parejas bailando. Aquello era para ganarse una bofetada, pero siendo vistos por tantas personas, y sabiendo que Van Aldin confiaba en la joven, Edric se sintió victorioso, pues su método, aunque sucio, le proporcionaría un brillante resultado: ella no iba a negarle esa pieza.




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