Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Come here little hunter [N.E]

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Come here little hunter [N.E]

Mensaje por Winter Van der Faye el Dom Dic 18, 2016 4:47 pm

El ulular de los búhos era la sinfonía que le acompañaría durante aquella fría noche. No hacía ni dos semanas que había llegado a aquella ciudad y ya se sentía asfixiada, encerrada entre aquellas paredes de una casa que se suponía que eran su casa pero que, para ella eran como una jaula, su prisión. Por si fuera poco, su hermana estaba empeñada en que, la mejor forma de pasar desapercibidas en una ciudad como París, era mezclarse con la gente en lugar de aislarse como ella hubiera preferido.

Aquello suponía lo que Winter más odiaba. Largos vestidos, apretados corsés cada día y tediosos bailes de sociedad que duraban mucho más de lo que su paciencia y sus pies podían soportar. No había sido capaz de resistir al último baile que se había celebrado en su casa, tan sólo había aguantado un par de bailes y un par de frases que pretendían ser galantes antes de sentirse de nuevo en aquella jaula de oro, antes de levantar sin pudor el bajo de su estrecho vestido y echar a correr lejos de aquella sala, rumbo a sus aposentos.

Se ahogaba. Y no sólo por culpa de ese corsé que le apretaba las costillas, sino por todo en general. Por las falsas apariencias, por las sonrisas forzadas y aquellos besamanos que le parecían del todo repulsivos. Necesitaba aire, necesitaba libertad, necesitaba soledad. Necesitaba cazar. Por lo que no se detuvo ni un instante más y llegó a su habitación en la mitad del tiempo en el que lo hubiera hecho con normalidad.

Cerró la puerta tras ella, pues lo último que quería en aquellos instantes era que algunas de las doncellas se preocupara por su estado, atosigándola a preguntas y tratando de ayudarla a ponerse un camisón para encerrarla de nuevo, pero esta vez bajo las sábanas. La urgencia por esa ansiada libertad se manifestaba en sus manos que, con violencia, soltaron en segundos aquel elaborado peinado que habían tardado horas en hacerle. Otra frivolidad innecesaria. Al pelo le siguieron las cintas de aquel corsé que la aprisionaba y la dejaba sin aire, sin poder disfrutar de la libertada que proporcionaban las bocanadas hondas metiendo el aire hasta el centro mismo de sus pulmones. Así sí, así era libre, así era ella. Contempló su desnudo reflejo en el espejo que descansaba contra la pared. ¿Por qué todas las mujeres se empeñaban en sufrir terribles torturas para aparentar ser otras y que los hombres las amaran más? ¿Acaso si ellos las amaban no tenían que aceptarlas tal y como eran? Sin el rostro y el escote blanquecinos, sin esos rizos elaborados, los falsos lunares y corsés que más que sujetar lo que hacían era asfixiar con su abrazo.

No soportaba aquel mundo lleno de falsedades, nada auténtico. Por eso ella adoraba la oportunidad que la vida le había brindado de ser una cazadora. Cuando era ella misma, cuando no llevaba esos pomposos vestidos, no tenía que fingir, no tenía que demostrar a nadie que era otra persona para que la valorara o supiera siquiera que existía. Le bastaba con sus dagas y un disparo certero para demostrar a cualquiera de lo que era capaz y que con ella no valían las tonterías y las pérdidas de tiempo. Y eso exactamente era lo que ella pretendía demostrar aquella noche, solo que, la presa que se cruzara en su camino no estaría muy contenta con el resultado de tal carácter. La presa moriría, no había medias tintas para ella, pero hoy jugaría un poco con la presa antes de matarla.

Cada vez que salía de caza seguía una serie de pasos que se habían convertido ya, casi en un ritual para ella. Una vez vestida, con las ropas adecuadas de cuero flexible y negro como la noche, ponía todas sus armas sobre la cama y decidía cuáles serian las elegidas para aquella velada. Esa decisión era más importante de lo que parecía pues, la elección de unas armas u otras condicionaría las presas que podría cazar en cada momento. Hoy había luna llena así que, sin duda los licántropos serían una presa fácil en aquella noche. Paseó sus dedos por las flechas de plata, la espada de plata, el látigo de plata y las pequeñas dagas de plata decoradas con filigranas negras y esmeraldas. Escogió las últimas y las guardó con delicadeza en las cinchas que pendían alrededor de sus muslos. Una espada corta, un arco ligero con sus respectivas flechas con punta de madera y plata y unas cuantas estacas serían las armas que portaría con ella en esa noche oscura.

Cualquiera que hubiera presenciado la escena de caza horas más tarde sin saber nada de lo que había acontecido anteriormente, hubiera dicho que Winter Van der Faye era una persona impaciente, que esta impaciencia sería su talón de Aquiles en futuras cacerías, que esta impaciencia era la que le hacía ser peor cazadora. El lobo que gritaba de dolor a escasos metros de ella no parecía pensar lo mismo.  

Había estado dos horas agazapada entre los arbustos, esperando que por allí, al abrigo de la noche y en la espesura del bosque apareciera su víctima perfecta. Un lobo transformado, o un vampiro que confiaría en aquel lugar para matar sin sospechas. Había esperado, contemplando como cada respiración que salía de sus pulmones se convertía en vaho en sus labios. Dos horas esperando hasta que por fin un necio y asqueroso lobo se había aproximado hasta allí, seguramente tentado por su olor, por el olor de una presa que aún no había conseguido localizar aún, una presa que seria la causa de su muerte. Esta noche, ella le robaría el traje y la guadaña a la parca, pero no se le llevaría rápido y sin dolor. Esa noche era una noche de ahogar sus frustraciones en aquella presa, de hacerle pagar por todo lo que habia tenido que pasar ella desde que habían salido de Noruega. Cargar con las culpas, huir de su hogar, poner en peligro a su hermana, tener que asistir a fiestas, llevar vestidos para no dejar mal a su familia... Esta noche él pagaría por todo lo que no tenía la culpa.

Por eso ella esperó agazapada a que se acercara un poco más. Llevó sus callosos y delgados dedos hasta el filo de sus dagas de plata y las acarició como si fueran la seda mas fina de las indias orientales. Las acarició y esperó el momento justo en el que aquel lobo se encontraba tan cerca como para no fallar. Entonces, y sólo entonces salió de su escondite con una sonrisa cruel en los labios y lanzó la daga de plata al lobo que la miraba sin comprender.  Una trayectoria limpia y perfecta, directa al muslo de aquella criatura en lugar de al corazón. El lugar perfecto para hacerle sufrir, hacerle correr tratando de huir de ella cuando ya no tenía escapatoria. El lugar perfecto si conseguía escapar, pues en ese sitio y siendo una daga de plata, no sobreviviría mucho tiempo sin desangrarse asi que, jugara o no con él, esa abominable criatura o vería la luz del día.

-Bu- dijo llevando las manos a sus caderas –yo que tu empezaría a correr, no me gusta que me lo pongan tan fácil-
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Re: Come here little hunter [N.E]

Mensaje por Naxel Eblan el Lun Ene 16, 2017 10:17 am

La noche caía de nuevo sobre la ciudad de París, otra noche más que comenzaba para los cazadores, otra noche más donde salir a cazar y poder obtener algo de diversión. Otra noche más donde algún ser sobrenatural, alguna de aquellas despreciables criaturas que no deberían de respirar siquiera el mismo aire que nosotros vería su final, aquella noche una o varias criaturas no volverían a ver de nuevo la luz del sol, y lo último que verían serían mis ojos fijos en los suyos, una sonrisa sádica de diversión surcando mí rostro y… nada, oscuridad. Sería el último rostro que vieran antes de morir por mis manos, el rostro de la muerte, el rostro de un diablo que desde hacía años se había entrenado para ser lo que hoy en día me había convertido. O en lo que me habían convertido.

Miré por la ventana desde la habitación donde solía guardar todas las armas y sonreí, como un auténtico cabrón, al ver que aquella noche era luna llena. Perfecto. Nada mejor que destripar a un par de lobos para que la noche fuera amena y divertida, oír sus aullidos de dolor y luego despellejarlos hasta que terminaran muriendo a causa del dolor y de la pérdida de sangre. Sería una noche divertida e interesante, una noche para ir a cazar bestias en forma de lobo. Aunque sabía que no sería lo único que podría encontrarme, por lo que decidí que era mejor llevar también algo más por si algún vampiro se atrevía a cruzarse en mí camino.

Miré el arsenal que tenía desplegado sobre la mesa y con cuidado limpié y repasé aquello que iba a utilizar aquella noche para la caza. Decidí coger un par de estacas que aparté en un lado por si algún vampiro se cruzaba en el camino, y luego pasé a coger las flechas de madera con punta de plata que tenía y las revisé, mirando que las puntas estuvieran bien sujetas al tronco de la flecha. Las limpié y dejé en el carcaj que llevaba, preparando unas cuantas listas para entrar en acción. Tener a un tío que tenía una armería daba bastante libertad a la hora de obtener armas, y no sólo eso, sino que también me dejaba hacer alguna que otra innovación en las armas.

La ballesta brillaba bajo la luz del candelabro que tenía sobre la mesa, era negra como la misma noche pero la plata que llevaba en adornos por toda ella resaltaba y brillaba a la luz de las velas, la cogí entre mis manos y la revisé. Miré que la cuerda estuviera lo suficiente tensa para poder disparar bien, que los enganches estaban bien puestos y que todas y cada una de las piezas estaban en su sitio. Disparé sin ninguna flecha y su sonido tan conocido, ese pequeño zumbido me hizo sonreír de lado. La dejé sobre la mesa y miré el resto de armas que tenía.

Había una Katana que me había regalado Keith hacía años, forjada en plata por completo hecha por los mejores herreros y expertos de Oriente, y estuve tentado de llevármela con su funda, en negra y dorada con símbolos de un dragón por toda la vaina. Podría llevarla escondida bajo el abrigo. Tenía además varios tipos de dagas, algunos más cortos y grandes que otros, de diferentes formas. Había algunas dadas que llevaban los dientes serrados y afilados con la única intención de atravesar y desgarrar al deslizar hacia atrás la daga. Cogí las dagas normales, y un par de diferentes formas y tamaños por lo que me pudiera encontrar.

La ropa que llevaba era negra por completo, unos pantalones de cuero negro y una camisa negra también, cogí las fundas y guardé las estacas en mí espalda en un pequeño estuche que no me molestaba a la hora de andar. Las dagas en las fundas metidas, una a cada lado de mí cadera y otra en cada pierna, más unas pequeñas detrás en los muslos escondidas que no se veían a simple vista. Cogí la Katana y la colgué a mí espalda, me puse el abrigo largo negro que me llegaba hasta la mitad del muslo, incluso un poco más hacia abajo, y cogí tanto el carcaj como la ballesta poniéndola a mí espalda. Ya estaba listo para salir de caza aquella noche. Antes de salir cogí una cuerda especial, hecha completamente de plata, y ya estaba listo.

Sabía de buena mano que donde mejor encontraría a los licántropos sería en el bosque, estos se sentían más seguros y protegidos en aquel lugar lleno de espesura, de árboles frondosos y de arbustos donde podían cobijarse. Salté un pequeño riachuelo que surcaba el bosque y comencé adentrándome en el lugar con la luna como única luz en aquel sombrío lugar. Estaba atento a cualquier pequeño ruido que pudiera escuchar, siendo un cazador experimentado, cualquier señal por más nimia que fuera podía indicarte dónde se encontraba la presa. Esperaba poder cazar un licántropo aquella noche, eran las presas que más me interesaban.

Desde hacía tantos años en los que había pasado aquella horrible pesadilla en Escocia, junto a mí hermana Liara, siempre les había tenido un odio especial a aquellos animales. Los perros se asemejaban mucho a esas criaturas por lo que nunca había tenido mascota, y cuando supe realmente que no lo había soñado y que aquellas criaturas existían, decidí darles caza hasta vengar la muerte de mis padres. Liara, por el contrario, no lo veía así pero no me importaba… yo cargaría el peso de los dos por ella, yo llevaría esa oscuridad a mis hombros y me rodearía de ella como ya estaba haciendo. La sed de sangre era lo único que clamaba como venganza, hasta aniquilar a aquellos que mataron a mis padres.

El sonido de un aullido, un poco lejos de donde me encontraba, fue la clara evidencia de que había algún lobo por la zona y sin perder ni un segundo comencé a correr hacia donde había provenido el sonido. Llevaba la ballesta preparada y lista, cargada con una flecha en mis manos dispuesta a atravesar la piel de aquellos seres. No era muy común que los licántropos lucharan contra ellos, así que aquello solo podía significar dos cosas: o se había topado con un vampiro, u otro cazador rondaba por la zona. Si era la primera disfrutaría en segundo plano a ver quién era el que ganaba, si era la segunda no dejaría que se llevara aquella presa.

El sonido de unas pisadas comenzó a hacerse más y más notorio, más cerca hacia mí posición por lo que un licántropo se acercaba hacia donde me encontraba. Sonreí de lado ante la idea y buscando una pequeña cima, donde había una roca que sobresalía, subí para tener un mejor ángulo de disparo y esperé, tumbado sobre la roca el momento oportuno hasta que el lobo se acercara. Desde la distancia podía ver cómo los arbustos se movían en la dirección donde estaba y que me hacían ver que estaba justo de cara a el… pero él no llegaría a verme, y si lo hacía… sería demasiado tarde.

Medio minuto más tarde aquel enorme lobo salió de entre los arbustos, mí ballesta ya estaba lista y preparada para disparar y… la flecha salió volando. El zumbido se pudo escuchar al salir disparada y posteriormente el aullido de la bestia me hizo saber que había dado de pleno. ¿El lugar del disparo? La pierna. Ahí eran débiles y vulnerables ya que les costaba huir, y que yo aprovecharía para acercarme. Salté de la roca donde estaba mientras el lobo estaba en la tierra tumbado, guardé la ballesta en mí espalda colgándola y saqué la cuerda que llevaba. Rápido, con un lazo en uno de los extremos, lancé la cuerda que rodeó su cuello y tiré haciendo que aullara, la cuerda lo aprisionaría al mismo tiempo que comenzaría a quemar lentamente su piel.

Antes de que reaccionara y tirara de mí con la fuerza que tenía rodeé el árbol que tenía más cerca y comencé a tirar haciendo que retrocediera sin que pudiera evitarlo, hasta que finalmente su cuerpo se pegó al tronco del árbol y terminé por rodearlo evitando las garras que querían cogerme y, seguramente, destrozarme. Lo até con fuerza y me di cuenta de que llevaba una daga clavada en el otro muslo, con gemas incrustadas de color verde y reí entre dientes.



-Vaya vaya, así que no soy el primero que quiere cazarte esta noche, ¿no es así? –Reí entre dientes- Aunque sí el primero que lo ha logrado y el que para tú desgracia, acabará con tú vida –pero, ¿lo haría tan rápido? Por supuesto que no, me gustaba jugar con la presa antes de matarla. Su gruñido me hizo entender que estaba bastante cabreado por aquello y yo, divertido, saqué y le mostré una de las dagas, las que tenía el filo serrado- ¿Sabes lo que pasará si utilizo esto? Exacto, creo que lo has entendido –reí de forma sádica por ello, debía de darme prisa si no quería que el otro cazador interrumpiera el baile de sangre que, aquella noche, iba a hacer con aquel lobo.




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