Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Mensaje por Miklós L. DeGrasso el Sáb Ene 14, 2017 3:08 pm

Señoras y señores: ante sus ojos, la imagen de la más pura liberación, la idea platónica de decadencia hecha carne, ¡y cuánta carne, precisamente, dadas las circunstancias…! ¿Cómo podía ser de otra forma si quien protagonizaba la escena era Miklós? Atrás habían quedado los días en los que el húngaro se prometía a sí mismo enderezarse y seguir el camino recto, lejos de los vicios del alcohol y otras drogas, en los que se refugiaba de cuando en cuanto; irónico, dado que hacía apenas una semana que se había encontrado así, embarcado (qué premonitorio…) en un camino tan estricto como él no lo era… ni, seguramente, lo sería nunca. Sin embargo, las circunstancias cambian al mismo tiempo que lo hacen las personas, y Miklós tenía sangre gitana en las venas, así que le venía en su propia herencia familiar esa tendencia a no permanecer nunca quieto, aunque en lo que se refería a sus emociones siguiera exhibiendo un encefalograma lo más plano posible. Consciente de ello, el húngaro había intentado con todas sus fuerzas agarrarse a lo estable que había conseguido hacer aparecer en su vida, un empleo, y no desviarse de ese rumbo, pero, como no podía ser de otra manera, la vida tenía planes diferentes para él. El más importante de todos, aquel que lo había enviado de una patada a lo más profundo del hoyo otra vez, ¡como si los últimos meses reconstruyéndose no hubieran sido más que un sueño!, había sido reencontrarse con su hermana Imara. Ni de lejos Miklós había estado preparado para verla, no después de tanto tiempo huyendo del momento en que la había perdido y acarreando en sus carnes las consecuencias físicas y emocionales del robo que habían cometido contra ella; verdaderamente, el cambiante se había acostumbrado a su apatía y a la pérdida, aunque no por ello dejaría nunca de doler, y que se lo quitaran todo de golpe… En fin, eso sí que era una sorpresa, y no verla tan preciosa como siempre.

Desde entonces, apenas si había sido capaz de comportarse con entereza. Lo intentó durante un día entero, pero cuando descubrió que sus pasos lo habían conducido a un fumadero de opio donde lo conocían tanto que le hacían precio, bueno, digamos que no pudo resistirse… No después de tanto tiempo sin aquella droga que efectivamente había llegado a convertirse en un sustento básico para él. Así, en la neblina del humo y del opio había pasado los días, moviéndose lo justo para bañarse cuando recordaba que debía intentar, al menos, sobreponerse y en una ocasión, extraordinariamente sobrio para lo que acostumbraba, para marcharse de aquel local en busca de otro antro de perdición. A aquellas alturas, el húngaro, que inexplicablemente llegaba un traje de los mejores que tenía, ya había asimilado que no podría abandonar esa caída en picado suya fácilmente, pero también se había dado cuenta de que no le importaba lo más mínimo que así fuera. No se creía con fuerzas de lidiar con las emociones que le había despertado la vuelta de su hermana, así que había optado por enterrarlas: al principio, con opio; después, como se dio cuenta en cuanto los brazos femeninos lo rodearon y le desabrocharon lentamente la camisa, con el más puro placer carnal. La mayor ventaja de la vida disoluta que había llevado el húngaro durante su estancia en París era que ya lo conocían en los peores círculos, y el burdel, aunque estuviera ciertamente glorificado, era el peor de todos los peores antros en los que un hombre con dinero (por una vez, lo tenía. Sorprendente, ¿no?) podía decidir pudrirse. Un agravante particular de esa situación era, además, que las fulanas que lo habían visto lo habían reconocido de ocasiones anteriores, ya que el rostro del húngaro era muchas cosas, pero difícil de olvidar no era precisamente una de ellas… Por eso, como lo conocían lo suficiente para saber lo que quería, hicieron lo que tantas veces, obviando completamente el hecho de que el húngaro estaba más cerca de hundirse hasta ahogarse que nunca antes.

Ah, pero eso era lo que le daba el particular encanto a la escena, ¿no? La sensualidad vulgar de las dos prostitutas que se turnaban para darle opio, que él no recordaba haber pedido (aunque muy probablemente no le hubiera hecho falta, era un viejo conocido del burdel a fin de cuentas), para desabotonarle del todo la camisa y para sentarlo en un sofá, en una zona discreta pero visible si se miraba en esa dirección con la suficiente atención. En un momento dado, echó la cabeza hacia atrás para encontrarse con los labios de la mujer, a la que, con los ojos entreabiertos del adicto en pleno viaje, confundió por supuesto con otra. Al separarse, bajó la mirada hacia la que se encontraba gateando hacia él, más como una gatita que como una infante, y entonces juró y perjuró que quien se acercaba era su Imara, no la prostituta también rubia que murmuraba su nombre con deseo. Y aunque estuvo a punto de apartarse, la otra mujer decidió darle un retal de satén carmín particularmente resistente, conocedora de sus vicios y gustos tanto como él mismo, así que, ante semejante tentación enredándosele entre los dedos con el tacto suave del material, no pudo evitarlo… Ni tampoco quiso. Con la magnanimidad de un soberano, permitió que se le deslizara por los muslos fuertes y torneados, que le desabrochara el pantalón y que empezara a devorarlo, y vicioso como solamente él podía ser, le ató el satén al cuello sin apretar demasiado al principio, al tiempo que con la otra mano guiaba su cabeza en el movimiento ascendente y descendente que ella realizaba con habilidad, la misma que él exhibía para elegir qué quería sentir y qué no. ¿Se trataba del efecto del opio o de un poder que Miklós siempre había poseído pero que ahora parecía más presente que nunca? No lo sabía, pero él en ese instante no estaba interesado en averiguarlo, no con el opio entre sus labios y la mujer entre sus piernas, dándole un placer que solamente la droga podía ampliar tantísimo como lo hacía… hasta el punto de que, al cabo de unos minutos, alcanzó un clímax brutal, que lo hizo cerrar los ojos incluso.

Con lo que definitivamente no contaba fue con que, al abrir los ojos con la lentitud perezosa que el opio imprimía en todos sus movimientos, aún estrangulando a la mujer que lo lamía todavía y con los dedos enredados entre mechones dorados, había tenido un testigo al que conocía como si lo hubiera engendrado… aunque, técnicamente, Thibault nunca hubiera llegado a ser su creador como tal.



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Re: At least I know I'm a sinner {Thibault "Black Blood"}

Mensaje por Thibault "Black Blood" el Dom Ene 22, 2017 12:31 pm

Mar y putas, ¡cuán inevitable era esa combinación! Esa vieja amiga que siempre te recibe con los brazos abiertos por muchos siglos —literales— que pasen entremedias. ¿Y qué más se podía pedir para un pirata mordido por la eternidad?

Ah, que tu sangre hubiera sido engullida por los tórridos labios de Amanda Smith, por supuesto, no olvidemos que se trataba del imperecedero capitán Black Blood. ¡Qué osado retar cualquier metáfora sobre las musas, pobres víctimas del escorbuto!

Hacía mucho, demasiado tiempo mortal —especifiquemos— que la piratería para la cual todavía se arrojaban historias de mitos y cuentos sangrientos no obtenía unos beneficios tan apoteósicos como los de aquella última cruzada en las Américas. La tripulación de Thibault andaba pletórica, descontrolada como sólo unos hijos de perra perseguidos por la muerte más civilizada e hipócrita del mundo podían proclamar a los cuatro vientos a los que se enfrentaban día a día. Ni las crisis más desalentadoras ni el más certero roce de las puertas del infierno les hacían ser menos mundanos, estar menos enfermos de los bajos instintos que compartían con toda la sociedad, por mucho que ésta se esforzara en negarlo con la cabeza mientras hacía una felación en toda regla —tan coherente como de costumbre—. Así pues, por los viejos tiempos o los siempre nuevos para el legionario del océano al que habían jurado lealtad, en su regreso a territorio francés se plantaron de nuevo en el burdel como los dueños de la noche.

Se lo tenían más merecido de lo que cualquier finolis de clase alta allí aparcado pudiera tener la desgracia de suponer.

Naturalmente, hubo altercados compuestos por peleas, gritos y escándalo incivilizado, de lo contrario no serían unos piratas recién llegados de superar una sequía problemática. Algunos eran hombres incultos y adinerados encerrados en la misma ratonera aterciopelada que muchos caballeros incapaces de hacerse la mitad de su cama. ¿Qué esperaban? Aquello formaba parte ineludible de la fiesta que arrastraban consigo y aunque el vampiro responsable de aquel patio de recreo se había tomado la molestia de prevenir a la madame con el fulgor irresistible de un oro que doblaba la presencia de aristócratas, la diversión en su rostro era difícil de esquivar. Por no mencionar que hasta la supuesta dueña del picadero mejor perfumado de París hubiera regresado a sus pinitos sólo para acabar entre las piernas de semejante déspota de un control del que ni ella escapaba.

A pesar de todo, ni una sola de las mujeres, u hombres, que allí trabajaban podía quejarse del trato que les daban, más allá de la peste a alcohol y drogas diversas con la que su oficio ya estaría desgraciadamente familiarizado. Precisamente porque la prostitución y la piratería eran primas-hermanas sabían respetarse, cultivando así la hermosa ironía de los principios que un ambiente tan rechazado y ordinario tenía más avanzados que los incansables jueces 'de la justicia'. El pobre bufón de Planchett a veces se esmeraba el doble en dar las gracias a toda ramera que le sostuviera borracho que en acostarse con ellas y la pobre Anne hacía lo que podía con su bisexualidad reprimida. No se fijó en muchos más de sus hombres en concreto, por su parte se dedicaba a estirar la noche del modo en que lo hacen los inmortales casi desidiosos de serlo cuando en realidad simplemente controlan el déjà vu de tus propias taritas mentales. Y si no, que se lo dijeran a la imagen crecida de su escueto pasado y su continuo presente con la que las simpáticas algarabías de un tiempo al que estaba más que acostumbrado le brindaron aquella noche.

Muchas mujeres, muchos hombres; un solo hijo.

Le observó en aquel cuadro tan sexualmente onírico, con la tranquilidad de la que estaba hecha su inseparable veteranía —cómo la odiaría de no haberle salvado la vida que técnicamente ya no tenía—. Recostado un extremo de su cuerpo contra la pared frente al erótico espectáculo, lleno de marcas de carmín por el cuello, mas nunca a juego con el rojo de sus cabellos, escupió uno de los pelos de la barba del último mancebo que se había merendado mientras ahora se columpiaba sobre su media sonrisa para contemplar al suyo.

—Hay que ver cuánto has crecido, hijo mío... —comentó, escandalosamente cómodo en los parajes del doble sentido, conforme se recreaba sin pudor y sin excepción en cada zona de su cuerpo para recibir la adultez que no había podido supervisarle en todos esos años; esos suspiros de la longevidad que le precedía. Se aproximó hacia la cándida comitiva y apoyó la mano en la cabeza de una de las muchachitas cuando se encorvó para agarrarle a él del mentón con la otra y reencontrarse con la sobrenaturalidad de sus ojos de cachorro— ¿Qué pasa, Mik? Sé que te pillo ocupado pero, ¿tanto como para no darme un abrazo?


Última edición por Thibault "Black Blood" el Sáb Jul 15, 2017 9:11 pm, editado 2 veces



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Re: At least I know I'm a sinner {Thibault "Black Blood"}

Mensaje por Miklós L. DeGrasso el Mar Ene 24, 2017 4:21 pm

Si bien Miklós se peleaba continuamente con la apatía emocional que la vida, por no decir directamente los cazadores (apuntar con el dedo era de mala educación, ¿recuerdas?), le había generado, podía admitir que, en ocasiones, aunque éstas fueran las menos, ser tan estoico tenía sus ventajas. Que sí, que normalmente apestaba; que nada le gustaría más al húngaro que poder sentir desesperación, amistad, amor, felicidad, rabia, ¡cualquier maldita cosa salvo el dolor! Bueno, eso no, el dolor le gustaba, pero a veces se cansaba de que fuera lo único que podía sentir, y eso nos llevaba de vuelta directamente al argumento: normalmente, Miklós odiaba ser tan poco emocional, pero había momentos en los que verdaderamente se lo agradecía al Dios en el que, contra todo pronóstico, aún creía. Precisamente la situación en la que se había visto envuelto era una de ellas, no por el hecho de encontrarse en un burdel porque hacía tiempo que había asimilado que no había nada de vergonzoso en eso, sino más bien en lo que sucedió a continuación. Y es que, a ver, sinceramente, si cualquier otra persona se hubiera reencontrado después de vete tú a saber cuántos años (26, exactamente. No es como si llevara la cuenta… qué va) con el único hombre al que había considerado padre de entre todos los muchos que había tenido por ser consortes de la facilona de su madre, probablemente sentirían alegría, para empezar. Si además, ese hombre en cuestión era testigo de cómo tenía un orgasmo con una prostituta, habría supuesto la máxima vergüenza para cualquiera, sumada a la humillación de que, con esa cara tan atractiva suya, tuviera que recurrir a fulanas para satisfacerse, pero Miklós no era un hombre cualquiera, y por eso, todo lo que sintió fue… casi nada. Poco sorprendente, pero ni siquiera sintió el deseo de cubrirse la desnudez ni, tampoco, de sonreír, aunque lo cierto era que, de verdad, se alegraba de verlo… Sólo que no lo suficiente para que su sonrisa fuera real, no aún.

– Jodido Sangre Negra. ¿Quieres un abrazo o unirte? Pareces a punto de relamerte; creía que el gato era yo. – espetó, con el opio soltándole la lengua igual que lo habían hecho las prostitutas precisamente con sus lenguas, órganos aparentemente muy ocupados esa noche, y eso que ni siquiera habían empezado la charla Thibault y su querido hijo díscolo, Miklós. Lo que sí había comenzado era el erótico espectáculo que, sin queriendo, estaban los dos protagonizados, pues el húngaro se incorporó, con lo que sus pantalones se resbalaron, y quedó tal y como había llegado al mundo, con la excepción de la camisa abierta que no había elegido quitarse, todavía. Así, ni corto ni perezoso, dio un rápido abrazo al gélido vampiro, tan pelirrojo e imponente como lo recordaba, y a continuación decidió volver a su silla, que se le antojaba un trono, y así mismo se sentó, como el rey de la nada más absoluta en el que se había convertido con los años. – Estás igual, Thibault. Gracias, Miklós, tú sin embargo has crecido mucho. Vaya, sí, es cierto, qué cosas. Tienes la misma cara que tu madre… Lo sé, pero soy más guapo. Sí, efectivamente. Y ya, fin. ¿O tienes algo más que añadir a la conversación? Porque creo que con eso tenemos un fascinante resumen con el que los dos podemos retomar nuestro camino. ¿O es que lo de unirte te lo estás planteando de verdad…? – increpó, sin acritud porque realmente era incapaz de sentirla, al menos por el momento, pero una vez más, Miklós se temió, esta vez con plena consciencia de ello, que estaba a punto de abrir el dique y que pronto podría sentir algo, de verdad, como llevaba tiempo deseando. ¿Por qué demonios, no pudo evitar preguntárselo, tenía que ir a suceder cuando peor le venía? ¿Es que no había sido suficiente reencontrarse con Imara que tenía que encontrarse también con su maldito padre? Demonios, sí que tenía que tener enfadado a Dios para que le hiciera semejantes bromas pesadas.

– Sigues aquí plantado, así que asumo que no planeas moverte. Bien, pues sienta el culo, ¿o quieres estar de pie toda la maldita eternidad? – preguntó, alzando una ceja, y a continuación hizo un gesto a sus prostitutas para que se le acercaran y pudiera pedirles los favores de forma algo más personal: con su tacto. Así, a la primera, a la que pidió más opio, lo hizo con la voz tan sensual que parecía la caricia de un gato, y con los dedos deslizándosele por el escote para acariciar sus pezones y erizarlos, sonrojándola en el intento. Sonriendo, se dirigió a la segunda, a quien le pidió, con los labios en el lóbulo de la oreja, que estaba siendo mordisqueado a la vez que su trasero acariciado, que le acercara un banco para Thibault (se negaba a llamarlo progenitor delante de ellas, al menos por el momento) y para que pudieran dialogar. En cuanto ambas se marcharon, Miklós se inclinó hacia delante, apoyando los codos en sus largos y potentes muslos y mirando al hombre al que había llamado padre hacía aproximadamente media vida (así, a ojo) y que se había aparecido delante de él como un completo desconocido. O, bueno, realmente no tanto: lo había hecho como capitán pirata, y el hecho de que pudiera ver de fondo al resto de la tripulación resolvía todas las dudas que pudieran planteársele con respecto a qué demonios hacia él allí, de entre todos los sitios posibles para acudir. – Qué coincidencia que hayamos tenido que acabar viéndonos en una ciudad como París, parece que tiene algo para que me proliferen los familiares como setas. Te creía más fiel a los puertos de verdad, como Le Havre, que a esta ciudad del demonio, así que supongo que, como siempre, tendrás otras intenciones que pasearte por las callejuelas medievales. Dime, ¿alguna mujer? ¿O algún hombre? – preguntó, con cierta curiosidad, pero los ojos completamente muertos mientras lo miraba.

No dejaba de resultar curioso que, pese a las veces que Miklós había soñado con aquel encuentro, estuviera llevándose a cabo de la forma más opuesta posible a sus fantasías: completamente aséptico, absolutamente impersonal, pero en el punto perfecto para que cualquier golpe destrozara toda la calma y lo molestara lo suficiente para que sacara las garras.



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Re: At least I know I'm a sinner {Thibault "Black Blood"}

Mensaje por Thibault "Black Blood" el Dom Abr 09, 2017 7:12 pm

Menudo festival de éxtasis gratuito, aquello no podía ser obra más que de un burdel en el que se hubiera reencontrado con el falso hijo pródigo después de, ¿cuánto era, Miklós? ¿media vida así a ojo?

Una obra no del burdel en sí mismo, claro está, sino de las circunstancias, de la situación, de la Gracia del Señor ante el que uno se meaba y el otro, mostraba un poco más de respeto —cosa que, de todas maneras, muy difícil  tampoco era—. Responsabilizarle de haberles reunido de nuevo quizá no fuera tan disparatado como a algunos les cabría creer si teníamos en cuenta que Thibault, en sus vastos y continuos recorridos a través de la más insistente existencia, había llegado a la conclusión de que sólo rezaría por su único retoño.

—Has errado en el detalle más imbécil de todos, mi buen púber —tosió desganado y contribuyendo a los rubores de hembra de la habitación cuando se abrió de piernas para terminar de responder:— Nunca en mi insano juicio diría que eres más guapo que tu madre, ya sabes que siempre fui su fan número uno —e idealizar algún tipo, todavía existente o no, de figura femenina era mucho decir viniendo del seguidor más jodidamente chiflado de la reina de los Países Bajos. Pero eso era información confidencial y privilegiada—. ¿Qué fue de ella, a todo esto? Espero que muriera luchando, me pongo burro sólo de pensarlo.

Sin consideración, sin lubricante, el lobo de mar ensuciaba la tierra y a todos con los que se topara en ella, cercanos o no a su ingobernable corazón de acero. La mayoría de pobres infelices escapaban a esa infecciosa exclusividad que tenía reservada a unos pocos, no sabía si llamar afortunados, y eso daba plena libertad y a la vez incomprensión a quienes corrían la suerte de acabar ahí; directos a las puertas del Valhalla que había en su sonrisa pilla. Aunque 'pilla' sonara demasiado adorable para referirse a un peligro de tamañas magnitudes...

Las prostitutas se acabaron deslizando en torno al par de alphas como si flotaran en el agua, y esa sensación de placentera volatilidad con qué las manejaba no la había podido aprender de nadie que no fuera su reencontrado padre. Thibault contempló el espectáculo con divertida suspicacia, todo lo que no había podido mostrar durante el abrazo cuya materialización más allá de sus socarronerías no se había visto venir realmente, pero que había agradecido con toda la rimbombancia que se le podía otorgar a un acto tan humano en el monstruo de tantas leyendas.

Ahí estaba, pues: el poder estelar de sus exclusividades. Aquel cambiante podía emborracharse con eso mucho más que con todo el alcohol de Europa.

—¿Qué es esto, nene? ¿Quieres hacerme una demostración de lo bien que has aprendido a seducir? Muy bien, pequeño, sigues sin avergonzarte del tema ni aunque el destino quiera volvernos a juntar en una estampa tan escandalosamente poco familiar —aplaudió, y tomó asiento al tiempo que se regodeaba en sus felinos ojos-—. Pero a decir verdad, nos estamos tomando muchas familiaridades, ¿no es irónico?

Se esperó a que el perfume de mujer abandonara completamente la sala para dejar de recostarse y adoptar una postura calcada de la suya. Firme, penetrante, abrasiva; un puto calco de su estoicismo. Un calco del calco, de lo que calcara el calco hace mucho, mucho tiempo, derretido entre sus miradas hasta el cataclismo que iba a presenciar aquel gallinero reservado al pecado.

—Aún sigo en pie toda la maldita eternidad, Mik, dudo que se te haya olvidado esa costumbre —incidió, con el verde de sus pupilas removiendo el agua de aquel pozo sin secar. No, no tenía pinta de ir a secarse nunca—. Pero una vez escupido sobre las metáforas, queda hacernos las preguntas más impúdicas incluso para tu aparente insensibilidad. Date el gustillo conmigo, anda, que tampoco puede ser que hayas olvidado lo mucho que te gustaba sentarte en mis rodillas a desafiar el mundo.

Sin previo aviso, como siempre con él, Thibault volvió a levantarse y a rodear la espalda de Miklós, de tal forma que el acto reflejo de girarse mínimamente hacia la abrumadora estela del marino le fue inevitable por unos segundos. Suficientes para su efecto.

—Porque tú y yo sabemos que son más comprometidas que pensar que estoy aquí por un polvazo en tierra firme.



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Re: At least I know I'm a sinner {Thibault "Black Blood"}

Mensaje por Miklós L. DeGrasso el Vie Abr 14, 2017 3:45 pm

Miklós creía conocerse muy bien, pese al tiempo que había transcurrido desde su nacimiento y al hecho de que se encontraba en una edad que, para los humanos, ya era comienzo de un declive considerable. Aunque el accidente de haber sido casi (énfasis en esa palabrita, por cierto) asesinado y de que le hubieran arrebatado a Imara lo hubiera cambiado, el magyar estaba convencido de que no tenía secretos para sí mismo, y de que en general él sabía todo lo que había que saber de sí mismo, pues si no lo hacía él, ¿quién lo haría? Y sin embargo allí se encontraba, atónito ante la apatía que sentía, sintiéndose indiferente hacia Thibault aunque el otro estuviera buscándole las cosquillas de una forma distinta a como lo hacía cuando él era pequeño y el pirata se disfrazaba de padre. Hablando de eso, ¿de verdad había dicho que su madre era más guapa? Eso, y sólo eso, lo obligó a reaccionar contra su propia voluntad, ya que alzó una ceja con incredulidad y negó con la cabeza en un movimiento que parecía acompañar a la perfección todo cuando salía por la jaula llena de dientes del otro, provocador y no solamente en apariencia. Eso sí, dentro de todo lo mucho que estaba sucediendo entre ellos, que era innegable; Miklós ni se planteaba hacerlo, pero lo cierto era que tenía sus sospechas (y su fuente de conocimiento era vivir en su propia y maldita cabeza, algo de crédito convendría darle al húngaro) de que no iba a negarse a casi nada de lo que le pidiera Thibault. Enfadado o no por el abandono, que a él le dolía más porque era menos longevo que el eterno (dolor de cabeza que era el) pirata, seguía siendo su “padre”, ¿no?, hasta si últimamente parecía que tendría que hacer una rifa entre todos los candidatos que querían serlo y que habían aparecido en su vida. Demonios, tanta complicación lo agotaba sobremanera, él que solamente quería fugarse con su hermana a hacer... ni siquiera él sabía qué, pero ya lo pensaría, igual que se estaba viendo obligado a pensar qué demonios hacer con Thibault frente a él, muertito y casi coleando... sólo había que darle tiempo para que lo hiciera.

– La diñó después de dar a luz, se le echaron encima todos los años y decidió que me cargaría a mí con mi hermana, como si le debiera cuidarla por todo lo bien que lo hizo ella. – replicó, y aunque parecía que había acritud, lo cierto era que Miklós no había mentido, y eso ambos lo sabían. Por mucha debilidad que el pelirrojo hubiera sentido por Eszter Rákóczi, era un hecho innegable que jamás se había comportado del todo como una madre con su descendencia, y era una auténtica sorpresa que hubiera tenido otro hijo para todo aquel que escuchara la multitud de quejas que ella había expresado, largo y tendido, por el vago de su hijo. Era un auténtico milagro que Miklós no tuviera traumas como consecuencia de su tiempo con ella, pero claro, también era un milagro que siguiera vivo después de lo mucho que habían intentado acabar con él, así que la única opción que resta es considerar lo evidente: el magyar debía de ser primo hermano del Mesías, como poco. – No necesito tu aprobación, te recuerdo que yo ya estaba aquí seduciendo antes de que tú vinieras porque te ha apetecido reencontrarte conmigo, así que deja de intentar buscar algo que no existe. – se defendió, y una vez más, solamente el tono calmado e indiferente que había utilizado pudo evitar que sonaran sus palabras como el inicio de una pelea verbal para la que, francamente, Miklós no tenía ni tiempo ni ganas, pero especialmente ganas. – Otros gustos que me dabas me gustaban más, no te mentiré, pero si quieres que me siente encima sólo dilo, a saber qué clase de fantasías eres capaz de tener después de que hayan pasado tantos años y yo no parezca un crío. – afirmó Miklós, tan soberbio como certero, y se permitió incluso esbozar una fría sonrisa, que era tan apática o más que su tono anterior. – Bien, ilústrame. ¿Qué te trae a París? ¿Algún encargo de alguna majestad...? La gente habla, especialmente del capitán Black Blood, y yo tengo oídos de gato. Dicho eso, ¿a cambio de contármelo qué quieres? ¿Mi historia? Me intentaron liquidar hace unos años en Székszard y he estado viajando desde entonces para que no me pillaran y acabaran el trabajito. Y no te creas, no me lo gané demasiado, fue todo culpa del gusto en hombres de Eszter, pero claro, de eso tú sabes mucho. – provocó, y esta vez el brillo divertido de sus ojos sí que fue sincero.

¿Qué habíamos dicho antes de que el húngaro ya no se sorprendía de sí mismo...? Si lo hiciera, seguramente habría alucinado en colores, como en sus mejores viajes con el opio, ante el hecho de que él, rencoroso como el que más, pareciera estar empezando a derretir el hielo del resentimiento hacia el padre más longevo que había tenido nunca, en todos los sentidos posibles además.



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Re: At least I know I'm a sinner {Thibault "Black Blood"}

Mensaje por Thibault "Black Blood" el Vie Ago 04, 2017 5:20 pm

Aquel maldito hijo de las Grandísimas —pues cuán grandes habían sido y eran sus dos madres, incluso si ya apenas se acordaba de la biológica con toda aquella inmortalidad a cuestas— podía ser un pirata chupasangres con demasiadas lunas atrás y a la eterna deriva, que sus años de sentir la paternidad como una purgación y, a fin de cuentas, una consecuencia inevitable no se los quitaba absolutamente nadie. Y mucho menos un Miklós crecidito y con toda aquella indiferencia encima como sus auténticas galas de la noche. Mientras a uno de los dos todavía le quedara sangre en las venas era suficiente, así que eso hacía especialmente irónico que se tratara de él; un jodido vampiro. A decir verdad, ¿quién sino iba a saber más de sangre que el que se dedicaba a engullirla como las zorras de antes al espléndido manubrio de su retoño?

No pudo evitar —ni lo quiso evitar, pero eso resultaba tan obvio para él como para el otro hombre de la sala afectado por un paso del tiempo que en su estampa familiar funcionaba distinto— soltar aquel chistido tan embaucador que precedía a sus carcajadas al comprobar el primer atisbo de emoción en el cambiante sólo por haber apelado a su ego físico. No podía decirse que no estuviera siendo un reencuentro entretenido, por muchas dicotomías que quisieran plantearle con el contraste apático al que se enfrentaba, como tantas otras veces en la vida gris que había parido el rojo de su cabellera.

Y el de su mirada.

—No te pongas celoso, Mik, sabes que sólo tú puedes decir que siempre fuiste mi favorito —y no mentía, no en vano la relación de ellos dos se había mantenido incluso mucho después de cortar lo que quiera que tuviera con la perra verde y gitana de Eszter, si acaso alguien como Thibault podía llegar a tener 'algo' con 'alguien' directamente—, además de porque la otra persona está, bueno, fiambre. —Refiriéndose, por supuesto, a que aparte del propio Mik no había nadie más que pudiera decir nada, pues como veníamos diciendo nosotros, que el hijo había ganado a la madre en fascinación ya quedó espectacularmente claro mucho antes de que ella muriera— Así que después de parir, ¿eh? Pues eso: luchando. Ya puedo terminar de excitarme tranquilamente —remató en aquella contradicción de significado tan exquisita, aprovechando el chascarrillo para más de una ambigüedad con la vista sobre la imagen de su descendencia… que tampoco necesitaba haber salido de sus entrañas para, ya puestos, conseguir ese mismo efecto en su entrepierna—. ¿Ni tus bufidos humanos son ya lo bastante viscerales? Porque te recuerdo que sí que necesitaste de mi aprobación cuando te ayudaba a controlar tus formas animales. Aprendizaje que, por lo que veo, te has tomado demasiado en serio —bromeó una vez más, antes de darse cuenta de lo quieto que se había quedado entonces, ahí plantado detrás de él.

Para Thibault, la distancia personal era algo relativo, muy contrario a lo poco relativas que solía sentir sus relaciones con el entorno y los seres que, junto a él, lo conformaban. De modo que el reencuentro con uno de ellos, de los que seguía conservando en su cajón desastre de memorias, tan cercano a él como para pincharle un poco en el músculo que ya no latía y ser como una plegaria que si no le dedicaba expresamente era por tratarse del hijo más blasfemo y sedicioso del señor Jesucristo al que Miklós sí que guardaba respeto… Bueno, juzgad vosotros mismos.

—¿Seguro que son sólo fantasías mías 'ahora que tú no pareces un crío' —replicó, mientras los escorzos que proporcionaba la iluminación, además de otras verdades físicas, rezumaban la clase de intensidad que ambos habían ido a buscar en una tienda de carne y fluidos— pero yo sigo viéndome exactamente igual que cuando me admirabas a tan poca distancia? —Si el incesto no escandalizaba a la Biblia, ¿por qué iba a hacerlo con el puto sinvergüenza del Sangre Negra?— Te ilustraré si es tu deseo, pero no quiero nada a cambio. A ti no te hace falta conmigo. —y esa afirmación se escuchó severa, así ocurría cuando a través del festival de insolencias que chorreaba su sola presencia, de repente asomaba la verdad de un capitán de barco. 'Solemnidad' no era exactamente la palabra, demasiado circunspecta para definir en algo a semejante cabrón, más bien transmitía una intimidad que por ser tan peligrosa resultaba un elogio. Masoquista o no, eso ya dependía de la otra persona pero ahí estaba, sólo para los que habían sido arropados por los bigotes del dragón de la montaña.

Del mar, en este caso.

Se movió un poco más, lo bastante para volver a quedar de frente, observándole desde arriba mientras el otro relataba 'su historia'. Y sin ton ni son otra vez, percibió algo raro en sus pupilas que a pesar de su insistente apatía, no vencieron a quien pudo llamar protector durante doce años. No, Thibault no pretendía fingir que lo sabía todo de él ahora que reaparecía en escena después del tiempo perdido —'¡Venga, nene, volvamos a lo que éramos! Aunque si quieres probar cosas nuevas, no voy a ponerme pijo…'—, pero sencillamente tampoco tenía ganas de mostrar un comportamiento justo o racional. Nunca sería indiferente a los tormentos personales de Miklós, cuanto antes se hiciera a la idea mucho mejor para éste, pues como bien decía el, o la, sinvergüenza de Shakespeare —sólo alguien que hubiera visto y oído en la misma época podía llegar a calificarlo de esa manera—: 'Sabio es el padre que conoce a sus hijos'.

—Gracias por el apasionante relato —dijo y encorvado como un ave rapaz, volvió a agarrarle de la barbilla para hablarle directamente a los ojos; serios, interesados, intrusivos sin ningún remilgo. Siempre había sido el precio a pagar por su confianza—, pero creo que hay algo de tu vida que todavía no me has contado.



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Re: At least I know I'm a sinner {Thibault "Black Blood"}

Mensaje por Miklós L. DeGrasso el Sáb Ago 05, 2017 3:49 pm

A cada palabra que Thibault, su “padre”, el que más había considerado como tal en sus casi seis décadas de vida, soltaba, Miklós iba ladeando un poco más la cabeza, como el gato que lo había acusado de ser, en un inconsciente empeño por demostrarle que sí, se lo había tomado en serio, pero no por obra y gracia del vampiro, sino por la suya propia. No era por ponerse exquisito y negar todo lo que el otro había hecho por él, pues el húngaro no estaba por la labor de negar una parte tan importante de su vida, pero quien era responsable de que su parte felina estuviera tan a flor de piel era Eszter, precisamente el nexo en común que tenían los dos y que había muerto hacía tanto tiempo. No en vano, ella había sido la cambiante, ella había sido la que lo había llamado Laborc, y ella también había sido la que, al marcharse Thibault, lo había alentado a abrazar esa parte suya que lo hacía distinto a los demás, pero semejante a otros de su propia familia, según Eszter. Bien, Miklós nunca se había parado a pensar si los demás Rákóczi serían cambiantes como él, aunque era consciente de que el parecido familiar existía porque él era clavadito a su progenitora y, además, tenía el orgullo de la nobleza húngara cuyo apellido había portado la mayor parte de su vida; suponía que así era, pero no se lo planteaba. De forma semejante, había supuesto muchas veces que Thibault estaba vivo, pero como se había largado por voluntad propia y a él que le dieran (no solía ser literal eso, por cierto), no se había planteado a dónde se había marchado o por qué. Y, sin embargo, ahí habían terminado encontrándose, el padre pródigo y el hijo paciente, invirtiendo las tornas de las historias en las que Miklós más o menos creía, aunque en defensa del húngaro había que decir que prefería pensar en Dios y no en lo demás, demasiado problemático para su gusto. Como si problemático no fuera su tercer nombre, de lo a menudo que su vida era así...

– Hay mucho que no te he contado. – confirmó para, a continuación, buscar la ropa que le faltaba y ponérsela. La excitación que había sentido antes, incitada por el opio y las fantasías impúdicas del rostro de su Imara, se había esfumado por completo, y lo había dejado solo y abrumado, incapaz de sentir correctamente aunque lo estuviera haciendo un poco, desde luego más que en los últimos tiempos. Laborc no tenía demasiado claro si eso era responsabilidad del capitán pirata que tenía por padre, o algo así, o de la reaparición de la mujer de sangre Rákóczi a la que había dado por perdida hacía no tanto; fuera cual fuese el responsable, seguía habiendo algo roto muy dentro de él, y no era necesario ser tan avispado como Thibault para darse cuenta de ello. – Nadie ha dicho que sean sólo tuyas, ¿o sí? Te recuerdo que solías ser mi rascador favorito. – añadió, inmune al efecto que sus palabras podían haber tenido en Thibault porque estaba muy ocupado restregándole las palabras que el otro había elegido para referirse a él, todo ese asunto de que había abrazado lo gatuno en demasía y tal y cual. Era evidente que así había sido, no hacía falta nada más que ver al húngaro comportarse como siempre, tan gato que daba ganas de acariciarlo nada más verlo (¿o eso era por su innegable atractivo? Deberemos vivir con la duda al respecto), pero su testarudez era tan evidente que le obligaba a explayarse en ese rasgo suyo con el otro, como si no tuvieran nada mejor de lo que hablar tras tantos años sin verse. O, quizá, enmascarando todo lo demás, como ese abandono que había sentido el cambiante al verse sin el vampiro después de haber sido criado por él o todo lo que estaba latente entre ellos pero que Miklós no pensaba solidificar ni confirmar por el momento, pese a sus palabras tentadoras pudieran hacer pensar lo contrario. No daba abasto para tanto dolor de cabeza, el pobre húngaro, y mucho menos para todos esos que no se había buscado él mismo, que eran más de los que parecían a primera vista.

– Mucho vas de viejo lobo de mar, pero eres más cotilla que una verdulera de pueblo. – opinó Miklós, ya vestido del todo, y se volvió a sentar durante un momento, planteándose a dónde iría después de todo. Como el pensamiento era demasiado abrumador, de nuevo, para él, optó por agarrar una taza llena de una sustancia que nadie había tocado y darle un trago; la tisana de opio bajó por su garganta despacio, fría pero pesada al mismo tiempo, y pese a saber bien, como buen adicto, que tardaría un poco en hacerle efecto, Miklós creyó tanto en el placebo que incluso visiblemente se relajó en ese asiento suyo, frente al, quizá, hombre más importante de toda su vida. Y sin quizá. – Creyeron que secuestré a mi hermana, que la tocaba, la mancillaba y la arrastraba por la vida disoluta que sólo he llevado cuando estaba sin ella. Claro, con esa clase de reputación, ¿cómo no iban a intentar matarme? Por otro lado, he hecho de todo por sobrevivir, ya sea solo, a cargo de Eszter o estando yo al cargo de mi hermana. Todo salvo prostituirme... excepto si timar a mujeres ricas para conseguir sus fortunas cuenta como eso en tu libro. ¿Y qué más quieres saber que no te haya contado? ¿A quién le he abierto mi cama y le he permitido que se me ponga delante de rodillas? A casi cualquiera, incluso a ti te dejaría, ¿qué más da a estas alturas? Ya tengo asumido que iré al Infierno a hombros y entraré por la puerta grande, por profundizar un poco más el hoyo no voy a perder mucho. – explicó, explayándose de una forma que le sorprendió incluso a él mismo, sobre todo porque continuó. – Cuando se la llevaron creí haberlo perdido todo. Cambié. Ahora ella ha aparecido y yo sigo más o menos igual de muerto por dentro. Así que, dime, ¿ahora qué? – cuestionó, y dio un trago a su tisana tan largo que se la terminó del todo.

Ay, Miklós, pobre de él, demasiado sobrio para asimilar las cosas pero demasiado colocado para darse cuenta de que nadie, ni siquiera el vampiro, tenía claro qué iba a pasar entre ellos... Más allá de las ya mentadas fantasías, claro está.



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Re: At least I know I'm a sinner {Thibault "Black Blood"}

Mensaje por Thibault "Black Blood" el Vie Sep 08, 2017 9:45 pm

Thibault siguió con sus cinco sentidos puestos sobre su único hijo reconocido. Si realmente había dejado descendencia genética o no, poco importaba, al menos en cuanto a lo que sentía por el precoz Laborc, pues en lo otro parecía mentira pero normalmente el pirata inmortal prestaba atención a esos detalles y procuraba no dejar preñada a ninguna compañera de diversiones. Al menos cuando su semilla aún era humana, claro, Dios y sobre todo el Diablo sabrían cómo funcionaba la cosa con los señores sin pulso, que fuera uno de ellos no significaba que lo supiera todo del milagro en el que le habían convertido. Milagro, abominación… dependía del palo que tuvieran metido por el culo.

Y hablando de meter, la situación con su retoño estaba alcanzando un tinte… ¿podía llamarlo 'ambiguo' si el jovencito había hablado de follar con todas las letras? Ay, Miklós, había conseguido conquistar cierto terreno del corazón de un libertino de los océanos por algo… ¿Hasta era posible que ahora mismo estuviera logrando que un individuo tan atolondrado se topara con los parajes de la culpabilidad después de tantos siglos? Demasiados logros en un día —noche, Thibault, centrémonos— como para que ni la expresión de la cara le cambiase. Aunque bueno, ¿quién podía culparle tras todo lo que acababa de contarle? Pues su propio padre, claro estaba, le llevaba mucho más que unos cuantos años de ventaja en eso de las crisis garrafales de varias vidas y difícilmente aceptaba que los demás hicieran pucheros… eso y que había demasiada belleza en el rostro del cambiante como para dejarle el terreno ganado a la decadencia.

Bueno era el propio marino para hablar sobre eso último. De tal palo…

—Mi querido Mik, cuando las verduleras de pueblo aún gateaban, los viejos lobos de mar ya estábamos fornicándonos la noticia. —O algo menos gráfico— Descuida, es lo primero que he recordado al verte manchar el suelo. —bateó sus insinuaciones con respecto al rascador y demás metáforas felinas, en una actitud más tenaz que los posibles dolores de cabeza por los que estuviera atravesando el húngaro. No dejó de escucharle hasta el final del todo, con tanta atención que cualquiera se asombraría inevitablemente al ver al sujeto de tantas leyendas y mitos siendo el espectador de aquella historia. Y es que allí donde lo veíais podía llegar a ser el mejor fan de las que protagonizaban sus personas favoritas. Jodidamente arrebatador, como no había más remedio con este granuja— Con que 'me dejarías', ¿eh? —abordó como buen pirata con el barco más grande y le dirigió un último vistazo antes de darle la espalda deliberadamente— Allá donde me ves soy un marino, Mik, pero no significa que me gusten las estrellas de mar. —¡Sacad vuestra artillería, que viene un 'pullazo' a la deriva! ¿O quizá era más como la provocación de un auténtico blasfemo en general?— No, no te estoy retando. —Embustero filibustero— Más bien ya me estoy olvidando del seductor de furcias de hace tan sólo un momento...

A esas alturas no suponía ningún secreto que, a pesar de no haberlo expresado en voz alta —ni falta que le hacía, las palabras solían estar sobrevaloradas y por ese pensamiento, entre otros encantos, encajaba tan bien con la gente silenciosa—, no le gustaba ver a su hijo de esa manera, amarrado a una preocupación por él que ni entonces ni nunca se molestaría en ocultar. Se conocía de sobras la ironía de que Miklós siempre hubiera sido el más tranquilo de los dos, un contraste incluso adorable en la estampa de aquellos tiempos que ilustraban a un marino adulto y a un niño-no-tan-niño pero mucho menor que su alborotada figura paterna. Pero aun así, que la primera vez que comprobaba con deleite el resultado físico que, de algún modo, siempre supo que su retoño acabaría teniendo, éste lanzase la idea como si le importara lo mismo que comerse un filete churruscado... Bueno, al igual que a él se le podía pinchar por el lado de la vanidad física, a Thibault le gustaba defender la valía de sus seres queridos incluso ante ellos mismos —y sí, el hombre de corazón ennegrecido había dicho bien, 'queridos'— ¡Venga, hombre! Podía ser que el incesto, sanguíneo o no, ya no le sorprendiera por experiencia pero de ahí a ventilarse la enorme trascendencia de abrirse de piernas ante su mejor padre que no veía en decenios como si tal cosilla tras un trago de opio... Bien valía un poco de ácido.

El capitán aprovechó que se había ido alejando para hacerse también con un poco de ese mejunje que tan cautivado le tenía y conforme andaba, darle un reposado trago a la tisana que vete tú a saber si en alguien como él funcionaría. Ya tenía que ser bueno, bastante inmunizado estaba el cuerpo de semejante ritmo de vida, y luego no-vida, al alcohol y las drogas. Pero con ese gesto quizá buscara también demostrar que ahora que lo había vuelto a encontrar, no tendría reparos en seguirle allá donde fuera, como fuera y por muy estremecedor que fuera. Hablábamos de un maldito intrépido, ¿no?

—Es cierto que hay mucho que no me has contado —afirmó, serio de repente, y se aprovechó de que el menor no se había abotonado del todo la camisa para lanzar la primera toma de contacto agresiva y volverle a descubrir el pecho de un estirón. Los botones cayeron como canicas mientras sometía a las distancias de nuevo en esa posición de superioridad que seguiría teniendo hasta que el otro decidiera dejar de estar sentado en su presencia—. ¿Acaso no vas a preguntarme por qué tuve que irme o todavía te es más cómodo asumir que fue un abandono?

Sí, llevaba la libertad más tatuada que su propia piel, pero no desapareció por deseo propio de una vida a la que estuvo regresando durante doce años seguidos. Y aunque ya no iba en busca de excusas, Miklós tenía que saber la verdad.



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Re: At least I know I'm a sinner {Thibault "Black Blood"}

Mensaje por Miklós L. DeGrasso el Lun Sep 18, 2017 1:49 pm

Cuando Miklós era un niño, o un adolescente, o lo que hubiera sido un cambiante con el crecimiento descolocado en el período de tiempo en el que Thibault se había convertido en su padre, todo había sido platónico, sutil, nada descarado como lo que tenían entre manos, no literalmente, en aquel momento. La responsable podía haber sido Eszter, sí, pero también que Miklós no se había entregado al lado oscuro del vicio con tanta felicidad como sí lo había hecho desde hacía unos años, y la situación no era tan propensa a que sucediera nada como entonces. También tenía que ver que se encontraban en un burdel, los dos abandonados al placer por motivos muy diferentes, y que cualquier inhibición que hubieran sentido se había esfumado desde el momento en que Miklós había descargado su rabia, su frustración y su semilla en la boca de una prostituta bien dispuesta ante los ojos de su... ¿padre? ¿Lo era, en realidad? Tal vez sí, si atendía al hecho de que lo apreciaba (demonios, eso lo hacía todo aún más complicado, ¡el magyar jamás aprendía del todo la lección!), pero si atendía a lo demás, más bien podía considerarse un mentor, ¿no?, pues de él había aprendido de más que de muchos, incluido el idioma que debía pronunciar cada uno de sus días en París. No era como si la mención al incesto le resultara escandalosa al admitir, en la privacidad de su retorcida mente, que Thibault siempre lo había atraído; no, se trataba de aclarar la verdad, algo que le parecía más importante que lo demás, tal vez por el opio que había consumido y que el otro también decidió probar, quizá por unirse a él, aunque seguramente con distinto efecto. Si a Miklós, cambiante como lo era, le afectaba poco, no quería ni imaginarse lo poquísimo que le afectaría a un vampiro como el que tenía enfrente, cerca, alrededor, lo mismo daba mientras compartían el aire, cargado de demasiadas cosas, que los estaba rodeando, indiferente a lo que tenía lugar entre ellos. No como el húngaro, para su eterna desgracia.

– Bien, pues olvídate. No he sido nunca una estrella de mar, al contrario, pero sé que tienen su encanto si soportan bien los azotes. Como no es mi caso, tendrás que quedarte con esa imagen que tan poco te gusta y olvidarte de ese... ¿seductor? Hablas de mí, no de ti. – replicó, rápido en pensamiento pero no tanto en ejecución, pues su lengua se sentía pesada y se tuvo que regodear en las palabras, e incluso en el idioma, para que salieran con la intención que él deseaba plasmarles. Ello tuvo una curiosa consecuencia: el tono de Miklós, por lo demás indiferente, tuvo que ser bajo, grave, casi un ronroneo del felino que era, tan a la luz que parecía extraño que no se hubiera puesto a maullar. Por supuesto, el magyar no tenía el menor control sobre ese rasgo de su personalidad, al contrario del que sí poseía sobre sus transformaciones, ya que sospechaba que venía de antes, e incluso que era un rasgo heredado de Eszter, de ella en concreto y no de los Rákóczi en abstracto. El hecho de ser un cambiante y, además, felino, para él, era casi como redundar en algo natural en él, como eran esos instintos que poseía desde antes de empezar a transformarse en enormes gatos, para nada dóciles, igual que tampoco él lo era. Sin embargo, se estaba comportando de ese modo con Thibault, pues pese a lo doloroso del trauma que escondía el húngaro (en gran parte superado, por cierto) y a que le respondía con tono e intenciones ariscas, no se había largado, y seguía escuchando con atención cada palabra del otro. Tal vez porque, en realidad, sí que era su padre en cierto sentido del término, en el que lo obligaba a aceptar su autoridad aunque él fuera un tipo rebelde como un buen adolescente que se preciase, excepto por la parte de que poseía la autoridad, la fuerza y los recursos de un adulto sumamente capaz, y sólo por eso ya era todo diferente a cualquier cliché imaginable. Como fuera, Miklós escuchaba, y por eso continuó hablando.

– Todos abandonaron, ¿por qué no ibas a hacer tú lo mismo? Tengo suficientes dificultades para no querer comodidad ahora mismo. – admitió, y en parte era cierto, pues el descubrimiento de su hermana en París había supuesto un escollo con el que no había contado y que lo había descolocado por completo, pero en parte era una mentira porque Miklós siempre buscaba complicarse más y más la vida, consciente o inconscientemente. Para su desgracia, así era; pese a que el masoquismo no le gustara lo más mínimo en el lecho, parecía que en lo demás sí, porque esa manera suya de autosabotearse y de flirtear con la muerte no tenía sentido, de lo contrario y por mucho que él se lo tratara de justificar a sí mismo. Ugh, se estaba empezando a aturullar demasiado, en parte por el opio pero sobre todo por Thibault; agotado, se dejó caer en un sofá cuan largo era y se frotó los ojos, el pelo cortado casi al rape, las sienes y finalmente los ojos de nuevo, que abrió para encontrarse con la mirada también azul de Thibault clavada en él. – Empieza a rajar, pirata legendario. Va para largo, así que prefiero oírlo tumbado. Ya que estás, podrías traerme a una fulana, ¿no? Siempre es más entretenido que te jodan otra vez todo lo que creías cierto si la estás metiendo en un agujero caliente y húmedo. – opinó, encogiéndose de hombros, y aunque pudiera parecerlo no bromeaba, ya que empezaba a dolerle incluso la cabeza y por todos era sabido que la mejor solución para eso era la carne tierna de una mujer o el trasero prieto de un hombre, dependiendo del momento. Alguna ventaja tenía que tener no hacerle ascos a ninguna de las dos posibilidades, ¿no...? – Estoy esperando. Llevas años de retraso, ¿vas a empezar a compensármelo? – incitó, alzando una ceja, y a continuación cerró los ojos.

Ya que parecía que el vampiro, su padre, de quien recibía órdenes al mismo tiempo que las daba, se iba a tomar su tiempo, pues él iba a aprovecharse de la coyuntura y descansar mientras pudiera, pues intuía que, después de esa conversación, ya no le sería tan fácil. Como si alguna vez lo hubiera sido...



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