Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Stormy Winds | Privado

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Stormy Winds | Privado

Mensaje por Petra von Sacher-Masoch el Lun Ene 16, 2017 10:23 pm

Durante el tiempo que llevaba en París, había tenido que aprender a hacer cosas que nunca imaginó. Las tareas domésticas, definitivamente, no eran lo suyo. Se sentía ridícula en aquel rol, pero no soportaba que la suciedad se acumulara. Le costaba demasiado, era torpe, no sabía cómo tomar los elementos y terminaba agotada. Algo tan simple como barrer, para ella, había sido un suplicio. Pero lo que menos toleraba era lavar la ropa. Sus manos, que otrora habían sido suaves y cuidadas, las tenía constantemente irritadas a causa del fregado. Claro, su guardaespaldas colaboraba, pero la hacía sentir aún peor, pues parecía el hombre más autosuficiente e independiente del planeta. Lo que tuviera que hacer, lo hacía con rapidez y agilidad, mientras que ella podía demorar horas enteras. Petra estaba completamente irascible, pero agradecía que, al menos, las largas jornadas de limpieza, la hacían caer rendida en la cama, y el insomnio parecía darle tregua algunas noches.

Otra de las cosas que tampoco soportaba, era el encierro. No entendía por qué no podía andar libremente, por qué tenía que estar casi todo el día mirando las paredes de esa horrible casa en la que debía vivir. Milo no respondía a sus cuestionamientos, y en ocasiones, creía que se volvería loca. Extrañaba su vida social, sus empleados, los lujos, las comodidades, extrañaba a su padre…ah… ¡Cuánto extrañaba a Leopold! Las charlas, especialmente. El empleado de su familia designado para su protección, era un hombre de pocas palabras, distante, y ella lo consideraba inferior, por lo que podían pasar horas sin dirigirse la palabra. Petra no era demasiado conversadora, pero le gustaba departir, hacer gala de su cultura, y con Albrechtsberger eso era verdaderamente imposible. La relación entre ellos era tensa, porque seguía considerándolo su empleado –a pesar de que se encontraban en la misma posición- y lo trataba de esa manera, ordenándole que cumpliera sus caprichos. Lo peor de todo eso, era que Milo no era condescendiente.

El carácter su guardián, al menos con ella, era más bien hosco. Sólo en una oportunidad se había mostrado sensible y comprensivo, y había sido cuando ella más lo necesitó. Pero Petra prefería no pensar en eso, y optaba con la percepción que siempre había tenido de él, y que se exacerbaba en la convivencia. Fue por eso que se sorprendió esa mañana, cuando la alcanzó aquella risita femenina. Soltó la escoba y se asomó por la ventaba de la cocina, que daba a la parte delantera de la casa, y lo descubrió conversando con aquella insoportable muchacha que les llevaba la leche. Milo era el que siempre la atendía, y Petra espiaba. Desde la primera vez que la vio, supo que ella estaba encantada con él. Claro, la propia Petra lo hubiera estado de no haber sido él de una posición tan inferior. La austríaca no toleraba la actitud de la niña, con toda su juventud a flor de piel, su cabello pelirrojo siempre impecable, los ojos verdes brillantes de deseo y las mejillas arreboladas por el frío y el rubor de algún comentario que Albrechtsberger le hizo. Petra hizo una mueca de desprecio, pero pronto se acomodó frente a la puerta, escoba en una mano y la otra en la cintura. Cuando Milo entró, ella ya estaba golpeando el suelo con un pie, impaciente.

Deberías aconsejarle a tu novia que no pierda tanto tiempo en todos los lugares a los que va, la leche va a pudrirse —por un instante, una perversa comparación cruzó por su cabeza. La joven lucía maravillosa, incluso realizando aquella tarea. Ella, sin embargo, tenía el cabello despeinado, un delantal que no era calificado como hermoso, y el rostro sin un gramo de pintura. Estaba tan natural que le aterraba. Se sentía vulnerable. Y a pesar de que él ya la conocía así, pues estaban juntos todos los días, la idea de que él trazase un paralelismo con la lechera y ella, sólo sirvió para acentuar su mal humor. —No tengo problema con lo que hagas con tu vida privada, pero voy a agradecerte que no traigas a tus conquistas aquí. No olvides quién soy y quién eres tú, y cuál es el lugar de cada uno —y se quedó allí, parada con la mayor de las dignidades, mientras la sensación de humillación comenzaba a esparcirse por todo su cuerpo.


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Re: Stormy Winds | Privado

Mensaje por Milo Albrechtsberger el Lun Ene 23, 2017 9:14 pm


“Sometimes even to live is an act of courage.”
― Seneca


Sobrevivir. Cuidar de la señorita von Sacher-Masoch, a pesar de todo. No pensar en que, si los enemigos de su patrón habían triunfado, muy probablemente ninguno de los dos tuviera familia ya. Cumplir con su deber, sin importar cómo, o cuándo. Era algo muy pesado que tenía que cargar en silencio. Ella, Petra, no se lo hacía fácil con sus comentarios y desplantes; Milo sólo la miraba, la dejaba hacer sus rabietas y luego se iba a dormir.

Había cuidado de ella desde que era una niña, pero siempre, siempre lo había tratado así, aún ahora, cuando no tenía nada ya del poder que pudo haber enarbolado con su apellido. Y a pesar de ello, Milo sólo guardaba silencio; como había sido siempre.

Tocaron a la puerta y por la hora, seguro sería Uranie, esa chica pelirroja y bella, como de la edad de la propia Petra, que les llevaba la leche puntualmente. A veces lo hacía su hermano menor, pero últimamente era la joven en persona quien acudía cada tercer día a dejarles dos botellas de leche fresca, producto de las vacas de su padre. ¿Cómo sabía todo eso? Preguntando. Con Petra no hablaba mucho y Milo, aunque tras el incidente con su padre, no era muy parlanchín, realmente extrañaba interactuar de manera normal con otras personas. Y con esa joven había encontrado la dinámica, al grado que tenían un par de chistes privados y demás.

Tras reírse de un comentario de ambos y despedirla, se giró con las dos botellas de leche, una en cada mano y cerró la puerta con el pie, sólo para toparse con la imagen molesta de la mujer a la que debía proteger. Se quedó genuinamente consternado ante el reclamo que encontró fuera de lugar. ¿Qué iba a decirle? No podía decirle nada. En cambio, caminó en línea recta, parecía que iba hacia ella, sin embargo, la pasó de largo y se dirigió a la cocina, para dejar la leche.

Uranie no es mi novia —aclaró con tono parco, distante, frío—. Pero me cae muy bien —con ella podía reír y bromear y preguntarle como iba su día. Sin embargo, no podía decirle a Petra que lo hacía porque con ella no podía, sobre todo si ella seguía imponiendo esa barrera entre ambos. Ella la ama y él el sirviente. A esas alturas le parecía intrascendente, y que si lograban un día llevarse bien, sobrellevarían la situación de manera más fácil.

Sé perfectamente cuál es mi lugar —continuó—, no necesita recordármelo —quizá la que necesitaba un recordatorio era ella, pero Milo, en ese afán de servir y hacer las cosas bien, no se sentía con el poder para hacerlo. Sólo se callaba, se tragaba todo, la miraba sin expresión en su rostro. No ganaba nada con discutir, aunque, si era sincero, la que tenía más por perder era ella. Él perfectamente podía sobrevivir por sí solo, ¿Petra? No lo creía.

Entonces se escuchó un escandaloso crash y una de las botellas de leche estaba en el suelo, hecha añicos, con el líquido blanco regado por el suelo. Una mano le sangraba también, se la llevó de inmediato a la boca, era esa parte canina suya que lo condujo a hacerlo. Maldijo por lo bajo y alzó la mirada para verla, a ver si se ofrecía a limpiar. Seguro no se lo tomaría a bien, sobre todo si consideraba que había estado barriendo ese mismo lugar. Aunque todavía no hiciera un trabajo satisfactorio, Milo no la criticaba en voz alta.

Si me apresuro aún puedo alcanzar a Uranie para que nos deje una botella nueva —propuso, sin embargo, no se movió de su lugar, con los zapatos y el pantalón, sucio de leche.


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Re: Stormy Winds | Privado

Mensaje por Petra von Sacher-Masoch el Dom Mar 19, 2017 9:54 pm

Petra revoleó los ojos cuando su empleado tiró la leche. Iba a lanzar comentarios mordaces o alguna burla sobre la jovencita, pero eligió observarlo desde su lugar, con los brazos cruzados y la mirada altanera que acostumbraba a utilizar para humillar a los que estaban por debajo. Su actitud le hacía parecer nervioso, aunque no lo estaba. Milo parecía, perfectamente, dueño de sí mismo, como si nada, por más pésimo que fuere, tuviera el poder para alterarlo. Petra, al contrario, vivía con los nervios de punta, alterada por situaciones que no tenían una respuesta lógica, por el cambio drástico en su vida y, por sobre todas las cosas, por los interrogantes que habían comenzado a abrirse, una vez que la distancia y el tiempo, la ayudaron a ver a su padre desde otro ángulo. ¿Quién era realmente? ¿Qué función había cumplido Milo, entonces? Le costaba dudar de la palabra del único hombre que valía la pena y que le había pedido que confiara en ella. Pero no podía hacerlo, no después de ver en el sucucho que la había metido, de encontrarse realizando tareas domésticas en horarios que antes utilizaba para descansar, asistir a algún evento o arreglar su aspecto.

Si querías seguir conversando con tu novia —hizo caso omiso a la aclaración de que no lo era— no era necesario que hicieras éste enchastre —en un total gesto de dignidad, se acomodó el cabello y le dio la espalda. Se perdió por el único pasillo de la pequeña vivienda, y se adentró en una pequeña habitación. Regresó con un trapo limpio y un recipiente con agua y otro vacío. —Aléjate. Bastante trabajo me costó dejar esto en buenas condiciones. Estoy verdaderamente molesta, por si no lo habías notado —se arrodilló y comenzó a juntar los trozos de vidrio, que colocó en una bolsita que extrajo del bolsillo del delantal.

Una vez retirados los trozos grandes, embebió la tela en el agua, y comenzó a limpiar. Estrujaba el trapo en el recipiente vació, y no pudo evitar las lágrimas. Petra jamás lloraba, pero se vio a sí misma en aquella denigrante situación, y se sumaron los pequeños cortes en los dedos, producto de los trozos de vidrio más pequeños. Se sentó sobre sus talones, en una actitud completamente derrotista. Tiró el trapo sobre el agua y se llevó las manos sucias al rostro, fatigada. Ya no quería continuar con todo eso, quería regresar a su casa, donde tenía a sus doncellas, a sus empleados, a su padre, donde era querida, mimada y protegida. No había nacido para plebeya, y se preguntaba cuál había sido su pecado para merecer tamaño castigo.

Quiero irme a mi casa —musitó. No sabía si Milo continuaba en la habitación, tampoco le importaba demasiado. Estaba hablando con su propia alma. —Ya no soporto todo esto —sollozaba entre sus dedos, incapaz de contenerse. El llanto, simplemente, brotaba desde sus entrañas. —Papá, ven a buscarme. Por favor —sintió en las piernas la humedad del suelo. El agua y la leche habían traspasado la tela de la falda. Era todo un verdadero asco. Una puntada se le asentó en la boca del estómago y amenazó con dejarla sin aire. Respiró profundo varias veces, hasta que logró que el dolor calmara, pero las lágrimas no cesaban. —Ya no quiero vivir así. Estoy tan cansada… —estaba cansada, sí que lo estaba. De limpiar, de fregar, de intentar mantener reluciente ese espacio pequeño, incómodo, de no tener privacidad, de no poder hacer amigos. —Deseo morir… —y lo deseaba. La imagen de su madre acudió inmediatamente a su mente y la aturdió.


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Re: Stormy Winds | Privado

Mensaje por Milo Albrechtsberger el Lun Abr 17, 2017 9:20 pm


“If by my life or death I can protect you, I will. ”
― J.R.R. Tolkien, The Fellowship of the Ring


Comenzó a sentir el inconfundible escozor de las heridas sanando; eran las ventajas de ser cambiante como él, o su padre y hermanas y cada miembro de su familia. Eran esas habilidades las que los habían unido de manera tan estrecha con los von Sacher-Masoch, después de todo. Capaces de protegerlos, de aguantar, de servir como perros fieles también.

Se quedó de pie, sin saber qué hacer a continuación. Ni siquiera contestó a las absurdas acusaciones. Quizá sí, quizá debía irse con Uranie, que obviamente le coqueteaba y dejar a Petra, a ver qué hacía. A ver si era capaz de sobrevivir, porque hacer mal las labores del hogar no era para nada una cualidad que le serviría en el mundo real. Pero se tragó todas esas palabras y cerró las manos en puños, donde la sangre que se había secado sobre su piel, crujió un poco. La escuchó quejarse como la niña consentida que era, como si todas las lecciones que habían tenido que sufrir últimamente no le hubieran servido de nada. Soltó aire por las fosas nasales y reaccionó sólo ante sus últimas palabras. Porque las había escuchado antes de esos mismos labios, cuando la encontró tras su boda fallida, un tema del que ninguno de los dos hablaba.

Se agachó y la detuvo. Detuvo sus manos que seguían limpiando el piso, pero éste era tan precario que todo pronto se absorbería y no importaba, era una tarea inútil. Apretó su suficiente la muñeca para que soltara el trapo y miró los pequeños cortes.

Yo me hago cargo. Lávese las manos y póngase algo de alcohol —la soltó. Le dijo con ese mismo tono seco y falto de emociones con el que acostumbraba para dirigirse a ella. Se incorporó y la tomó por los codos para obligarla a hacer lo mismo.

Ambos estamos en esto. Y yo… yo tengo una misión, que es protegerla, le guste o no, y conforme pasan los días, me queda claro que no le gusta, pero ni modo, es mi trabajo y lo voy a hacer bien —conforme fue hablando, las palabras le fueron saliendo más y más amargas, y es que esa decisión reverberaba de manera más profunda en su interior. Era su obsesión, hacer las cosas bien, no fallar, ya había fallado demasiado.

Regresaremos a casa cuando sea momento, ¿de acuerdo? Por ahora no tenemos más opción. Créame, señorita, tampoco es donde me veía en el futuro —la verdad, para como fue su educación, nunca se vio demasiado a futuro. Supuso que su vida iba a ser la misma que la de su padre y la de su abuelo, y todos los hombres Albrechtsberger antes que ellos. Que su sueño de dedicarse al arte era sólo eso, algo intangible e inalcanzable.

Y si desea morir, por favor, que no sea bajo mi guardia. No podría decepcionar así a su familia —sacó el pecho y levantó el mentón. Algo del orgullo de los suyos, de esa estirpe de lobos, habitaba en él, irremediablemente. No podía luchar contra lo que era, eso era obvio. Se lo dijo así, con una seguridad que no dejaba lugar a dudas, pero la verdad era que el propio Milo temía que ya no hubiera familia von Sacher-Masoch a la cual rendirle cuentas. Claro, no iba a transmitirle sus temores a la señorita.

No iré tras Uranie, podré vivir sin leche por dos días. La botella que resta es para usted —declaró y se encaminó a la puerta que daba a la pequeña sala. Algo lo detuvo y se giró—. Sus manos, cúrelas, antes de que se infecten —señaló vagamente a la mujer y finalmente se marchó. No fue demasiado lejos, se dejó caer con cansancio en un viejo sofá que él había llevado y que había cambiado con un hombre por un dibujo de su hija.


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Re: Stormy Winds | Privado

Mensaje por Petra von Sacher-Masoch el Miér Abr 19, 2017 9:45 pm

Entendió, perfectamente, que no era la única afectada por toda la situación. Claro, no iba a admitir que era capaz de comprender a otro, pero dejó de quejarse, en especial, por la presión que ejercían las manos de Milo sobre sus codos. Estaba siendo brusco sin darse cuenta; y Petra, que era caprichosa pero no estúpida, supo que había pasado un límite y había orillado a ese hombre, siempre compuesto y paciente, al límite de su tolerancia. Él jamás había actuado de esa forma con ella, y a pesar de que, se suponía, era su trabajo, tampoco tenía por qué aguantar todos sus berrinches como si fuese su doncella. Era su guardia, y nada más. Ahora lograba verlo; lograba ver que ambos estaban metidos en aquel brete, que esa tampoco era la vida orgullosa que la estirpe familiar llevaba a cabo al servicio de los von Sacher-Masoch. Incluso, ella tenía un cariño enorme por el padre de Milo, un celoso empleado de su padre y de su abuelo, que siempre la había consentido y tratado con amor. A su pobre hijo, le había tocado la nefasta tarea de asistir a una persona de un carácter endemoniado y que creía que todo el mundo debía rendirle pleitesía, por el sólo hecho de ser quién era.

¿Quién era? Era Petra von Sacher-Masoch, pero en su tierra natal, esa que había tenido que abandonar una madrugada, como una delincuente. Los ojos enormes y claros, húmedos, enrojecidos e hinchados, se abrieron aún más para escuchar al cambiante. La heredera no salía de su asombro ante la reacción del hombre, pero asintió. Debía reconocer que la había puesto en su lugar. Se quedó con la cabeza gacha mientras él se iba hacia el sofá, que ella se negaba a usar porque lo consideraba de pésima calidad, como el resto de la casa y los pocos muebles que contenía. No se sentía con fuerza para hacerse ninguna curación, el piso seguía estando sucio y ella un desastre. Tampoco quería seguir peleando con Milo, no lo merecía. Petra sabía cuándo lo había hostigado lo suficiente, y esa era la oportunidad. Lo único que quería, era volver a la vida que alguna vez había tenido, repleta de carencias afectivas y de infelicidad, pero donde era amada, estaba cómoda y siempre olía bien, cosas que ahora valoraba como nunca. Observó a Albrechtsberger y caminó hacia él. Terminó arrodillada a su lado, sollozando como una criatura.

Discúlpame —esa era una palabra que, difícilmente, saliera de la boca de Petra. Pero estaba muy movilizada. La imagen de su madre ahorcada no dejaba de atormentarla, especialmente, porque por un instante deseó ser ella. —Me he comportado muy mal contigo, y no lo mereces. Siempre has sido un buen trabajador, no merecías terminar como mi niñero —intentó sonreír, pero no lo consiguió. Apoyó las palmas lastimadas en el antebrazo ancho de Milo.

¿Nunca me dirás por qué tuvimos que irnos? —hizo un puchero, como si se tratase de esa pequeña indefensa que alguna vez fue, y no una mujer de veintiséis años. —Debo saberlo. ¿Sabes por qué? Porque es mi familia, y si tuvimos que irnos así, es porque había peligro, por eso te mandaron conmigo —lo apretó suavemente. —Necesito saber, Milo. Necesito saber si mi padre está muerto, si tengo a alguien en el mundo o si estaré sola aquí, para siempre, condenada a la miseria —hipaba, culpa del llanto. —Y necesito saberlo, también, para liberarte. Si no hay nadie a quién recurrir, no puedes quedarte conmigo para siempre. Debes…debes hacer tu vida, aún estás a tiempo — ¿por qué demonios decía todo eso? ¿Acaso estaba actuando de forma sensible? Inclinó la cabeza y la apoyó en su pecho. Odiaba admitir lo mucho que necesitaba un abrazo, así éste fuera de un ser tan por debajo de ella.


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Re: Stormy Winds | Privado

Mensaje por Milo Albrechtsberger el Dom Mayo 28, 2017 4:36 am


Cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás, descansándola en el respaldo del sofá. Por un momento no escuchó nada. Nada en realidad y eso le preocupó, porque con sus habilidades era capaz de captar incluso el aleteo de los insectos que sobrevolaban la fruta cuando estaba a punto de echarse a perder. ¡Mierda! Se estaba quedando dormido y aunque en realidad ahora no importaba, jamás había hecho algo como eso mientras se suponía, estaba cuidando a la señorita Petra. Estaba condicionado, como buen perro, que al escuchar la campana empieza a salivar.

Al abrir los ojos y levantar la cabeza, vio a Petra a su lado, ¿hincada? ¿Disculpándose? De no ser porque la estaba sintiendo, el contacto de su suave piel contra la suya más áspera, hubiera jurado que se trataba de un sueño. Frunció el ceño, confundido. Que no fuera un sueño lo volvía todo más extraño aún. Y luego la comprensión llegó a él con inusitada calma. Como algo que el oleaje deja en la playa, así nada más.

Señorita, no… —pero no supo qué contestar. En cambio, con delicadeza, una que quizá resultaba anacrónica con su propia corpulencia, movió a Petra para acomodarla y al final, la rodeó con su brazo por los hombros. Él no debía tener esas interacciones con los patrones. Esos acercamientos con ellos, pero ¿acaso importaba ahora? Ya nada de eso valía bajo las circunstancias en las que se encontraban. La escuchó y sintió sollozar. Apoyó la barbilla sobre la cabeza ajena y la dejó llorar. Le hacía falta. Él también tenía ganas de llorar.

No lo sé, señorita. Tampoco lo sé con certeza. Esa noche me despertaron y sólo me dijeron que debía salir cuanto antes con usted. Alejarla de la casa todo lo que pudiera. Su padre me dio dinero, mismo que nos hizo llegar hasta aquí antes de acabarse. Yo… —se mordió la lengua, no sabía si continuar. Lo que venía a continuación era más complicado—. Yo mismo tomé algunos ahorros personales —decidió continuar—, eso nos alcanzó para comprar esta casa, lamento si no es mucho. Pero es un techo sobre nuestras cabezas —continuó. Estaba usando el mismo tono de voz que utilizó aquella fatídica vez en la que Petra no pudo casarse. Como si se tratara de una niña perdida. Lo era. Los lujos y la riqueza no la habían dejado madurar como al resto de las chicas de su edad. Como sus propias hermanas, por las que todas las noches temía.

Se tragó, eso sí, el detalle de los negocios turbios de los von Sacher-Masoch, de los cuales Milo tenía muy poco conocimiento (su padre tenía mejor Norte al respecto, y a él apenas le estaban confiando las cosas más graves), mismos que, a su parecer, debían ser la causa de todo eso.

Oh, no, escúcheme señorita —la separó y la miró. Con una mano la tomó del mentón para obligarlo a verlo a los ojos—. Mi deber es para con usted, y voy a cumplirlo hasta el último día. Aunque si su orden es que me vaya, lo haré —la soltó, pero no se movió. Se quedó atento. Ella sufriría más si se separaban. Milo ya veía todo aquello más como una supervivencia, que como un trabajo, y aunque Petra era desagradable con él, y lo veía como un inferior, ese tonto corazón que tenía, le impedía abandonarla, porque oportunidades de hacerlo ya había tenido muchas para entonces.


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