Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Long time no see [Castiel]

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Long time no see [Castiel]

Mensaje por Amara J. Argent el Jue Ene 19, 2017 3:14 am

En lo más alto de los cielos brillaba la luna, blanca y en la cúspide de su esplendor. Los parisinos conocían bien que noches como aquella siempre terminaban tinturadas carmesí, marcadas con el vital líquido de alguna pobre alma que osara traspasar el umbral de su casa, y aventurarse entre las calles que a aquella hora eran propiedad de las bestias. Por supuesto, para personas de oficios semejantes al de Amara, aquella era noche de caza. El astro madre llamaba a sus hijos y salvajes, estos se paseaban por la capital en la forma que heredaron de su progenitora; la oscuridad, por su parte, cobijaba a los inmortales, que sedientos de sangre, aguardaban por su próxima presa.

Como era de esperarse, Bastien le sugirió permanecer en casa aquella noche, después del resultado de las últimas cruzadas que dirigió, era más que seguro que su padre había perdido la confianza en sus habilidades y capacidad de liderazgo; no obstante, ante su insistente negativa, lo que antes fue una breve recomendación pronto tomó forma en una orden y bien conocía su cuerpo el precio de la desobediencia. La justificación de aquel mandato tenía fundamentos y la solución era bastante simple: debía entrenar hasta que su progenitor lo considerase pertinente, sólo entonces se le concedería el beneficio de la caza. Sin embargo, no era su resistencia, su cuerpo o sus capacidades los aspectos en los que fallaba, era su fuerza de voluntad ¿cómo la corregiría?

Obstinada la cazadora se encontró a sí misma cometida a infringir el mandato que se le otorgó. Una vez los hombres de su padre abandonaron la residencia junto a él, Amara se armó con sus dagas, reforzando el repertorio con una filosa espada y su ballesta, nunca se estaba lo suficientemente segura y en un mundo donde luchaba con criaturas que le superaban a un nivel sobrenatural era mejor andar bien protegida. Era cierto que necesitaba entrenamiento, pero qué mejor práctica que la misma caza. Debía encontrar una criatura, batirse contra ella y probarse a sí misma que aún conservaba las agallas para acabar con su existencia. Las dudas debían desvanecerse y era su obligación añadir peso sobre el platillo en el que yacía la lógica, en la imaginaria balanza de su ser que nunca parecía encontrar equilibrio, pues incluso en ese momento los sentimientos proseguían nublando su juicio y aquello debí cambiar.

Había sido criada como mensajera de muerte y muerte era lo que iba a entregar.

Amara caminó sigilosa entre los más oscuros y peligrosos callejones de la capital, pero a pesar de que su travesía fue larga nada surgió. Los minutos parecían horas y con cada paso que daba, aquella se asemejaba más una causa perdida, empero, justo cuando pensó que su suerte no mejoraría, el eco de lo que ante sus oídos sonó como un forcejo propio de la batalla, captó de inmediato su atención, no parecía provenir muy lejos y si la fortuna estaba de su lado, correría lo suficientemente rápido como para hacer parte de ella.

Amara siguió la dirección de los quejidos, los gritos y la disputa en general y pronto llegó al epicentro de la contienda. Ante sus ojos una escena bastante común en cuanto lo que habitual significaba para ella tomaba lugar: quien era evidentemente un cazador forcejeaba con una criatura de la noche, que a su vez, monstruosa y fiera intentaba clavarle los dientes en la yugular. A la distancia que se encontraba, la joven no pudo distinguir perfectamente los rasgos del hombre, pero sí pudo notar que este intentaba recuperar su espada, pues seguramente en un descuido, el vampiro se las había arreglado para desarmarle y ahora ambos se batían con las manos en un juego de fuerza y era sencillo adivinar quién poseía la ventaja.

Recuperó el aliento y apuntó su ballesta, que había estado cargada toda la noche, en dirección al inmortal. Usualmente ella optaría por mantenerse lejos de los asuntos de otro cazador, aún más si se trataba de alguien desconocido, no obstante, era cierto que no había encontrado presa en toda la noche y si la vida había guiado sus pasos sin rumbo hasta aquel lugar, era mejor no desaprovechar la oportunidad. La cazadora soltó la flecha y esta viajó directo al corazón de la criatura; su firmeza podría fallarle, pero nunca lo haría su puntería.

Las flechas de Amara estaban hechas de plata, si el hijo de la noche fuera uno de la luna, seguramente ya se encontraría tendido sin vida sobre el suelo, mas nunca fue la intención de la cazadora acabar del todo con él. Cuando la saeta se incrustó en el pecho de la criatura, furibunda, esta dejó de lado al cazador por un breve instante, reposando su atención en dirección a ella. La joven había hecho de sí misma la distracción y aquel pequeño error, le dio suficiente tiempo al hombre para asirse de nuevo con su arma y cortar la cabeza de su oponente como si se tratase de un trozo de pastel.

Una vez el cuerpo sin vida de la criatura golpeó el suelo, la castaña se acercó con lentitud, hasta que la distancia fue lo suficientemente prudente como para revelarle las facciones de su acompañante. La sorpresa le invadió cuando reconoció al dueño de aquel rostro y aunque para ella era sencillo retener detalles, ese era uno difícil de olvidar.

Castiel… — susurró, inclinando su cabeza y entrecerrando ligeramente los ojos como si la visión que se presentaba ante ella pareciera increíble.

Pronto la dura mirada del hombre se suavizó y por un segundo, la joven estuvo segura que de sus labios saldría alguna palabra, sin embargo, justo antes de poder formularlas, el sonido de presurosas pisadas a sus espaldas colocó a ambos cazadores en alerta. La penumbra no les permitía ver con claridad, pero era seguro que la contienda no había terminado.


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Re: Long time no see [Castiel]

Mensaje por Castiel Beaulieu el Vie Feb 03, 2017 8:29 am

Los pulmones le ardían mientras sentía que el frío los inundaba una y otra vez en su frenética carrera. La gabardina prácticamente volaba como una capa de noche a su espalda, y sus pisadas resonaban fuertemente sobre la piedra encharcada de días anteriores. Sus manos portaban la daga de su padre y la de Jules, armas de resistente metal bañado en plata y afiladas a la perfección, ideales para cualquier criatura de la noche. En los bolsillos de su gabardina había media docena de estacas y un revólver. Tenía munición para seis disparos, y ya había gastado dos aquella noche.

La criatura era un vampiro, por lo que era más rápido que él. No obstante lo seguía muy de cerca, era más inteligente en su persecución que su víctima en la escapatoria. Llevaba buscándolo toda la noche, ya que al parecer su casa estaba situada cerca de la frontera del bosque donde murió Jules, y tal vez aquellas criaturas tuvieron algo que ver o, por lo menos, vieron algo de lo sucedido. Pero el vampiro se había limitado a huir en cuanto lo vio.

Maldijo su mala suerte y su mala cabeza, ya que en ese último mes estuvo cazando a diestro y siniestro y emborrachándose como si fuera un vagabundo que intenta calmar el frío de sus huesos a base de cualquier licor barato. Había dejado rastros, pistas, había sido sucio y había llamado la atención varias veces. De hecho, tal vez incluso la Inquisición estuviera buscándolo para darle una lección de cómo se hacían las cosas. Pero se sabía todos los trucos de los Inquisidores y sabía cómo esquivar sus golpes y sus palabras, por lo que no le preocupaba. Lo único que le preocupaba esa noche era aquella criatura que corría de él.

Su ensimismamiento momentáneo lo llevó a perder la concentración por unos instantes de lo que estaba haciendo en aquel momento, y ello provocó que la criatura desapareciera en una calle no muy ancha, aunque tampoco era estrecha. Castiel paró y puso sus músculos en tensión, pero no fue lo suficientemente rápido y la criatura cayó sobre él como un peso muerto desde el cielo. Ambos rodaron por el suelo, bestia y hombre evitando los colmillos y los filos de las dagas, hasta que consiguieron separarse y levantarse. Castiel había perdido la daga de Jules, que descansaba al lado de una pared, en mitad de la pelea. Apretó los dientes y se lanzó a por el cainita, intentando abatirlo con la daga que le quedaba.

No obstante, la suerte volvió a tenderle una emboscada, y el resbaladizo suelo hizo que sus pesadas botas resbalaran por la piedra lisa del lugar, momento en el que el vampiro atacó con sus colmillos al cazador. Gruñó de dolor y golpeó tan fuerte en la cara del vampiro que se oyó un fuerte crac, aunque supo que aquello no mataría a un inmortal. Perdió la segunda daga, que salió disparada con el contragolpe de su contrincante.

Castiel tuvo que usar toda su técnica para defenderse de los veloces movimientos del vampiro, por lo cual no podía sacar sus estacas. Atacaba con todo lo que tenía, uñas, dientes, pies y manos. No era bueno peleando, pero era mucho más rápido que el cazador, por lo que este apenas tenía que esforzarse en leer sus movimientos. El problema era su velocidad y fuerza sobrehumana, tenía que pensar en algo rápido antes de que un mínimo error inclinara la balanza del lado del chupasangre.

Fue entonces cuando una flecha atravesó el costado del vampiro. Castiel la observó con sus ojos azules abiertos de par en par, y miró al mismo tiempo que el vampiro hacia la procedencia de esta. Una mujer armada con un arco se acercaba a la carrera. Su pelo ondeaba tras ella como una elegante capa, y su expresión era serena, pero determinante. El vampiro se escapó en la pequeña distracción del joven y él lanzó un gruñido, contrariado. La miró entonces con el ceño fruncido. Si era una Inquisidora, se las iba a pagar. Si era otra cazadora, le debía una explicación de aquella intromisión… pero no. Era… ¿era ella?

—¿Amara? —su expresión adusta se borró de un plumazo, como si nunca hubiera estado allí —¿Qué…?

No continuó su pregunta. Un sonido distrajo la atención de ambos y se pusieron en tensión, como cuando un león se prepara para lanzarse a por su presa. Castiel recogió sus dagas y puso su espalda contra la de la joven.

—Me quedan cuatro tiros en el revólver, lo usaré solo si es necesario. Me encargo de los que lleguen hasta nosotros, tú mantén a raya a los que se estén acercando. Si llegan a ti cambiamos de flanco. ¿Te parece bien?

Castiel sonrió levemente. En el fragor de la batalla siempre subía su nivel de adrenalina, por lo que la tristeza disminuía considerablemente dejando paso a una fiereza y un control de su cuerpo casi total. Llevaba mucho tiempo sin ver a Amara, pero por la certeza de aquel disparo supo que iba a ser una ayuda indispensable en aquella batalla. Si la resistencia del vampiro hubiera fallado, ahora mismo sería una mancha de cenizas en el suelo. Apretó las dagas hasta que se le pusieron los nudillos blancos y paró al cainita que se acercaba a él a toda velocidad de un codazo. De nuevo, la lucha empezó, y oyó a su espalda el certero vuelo de las flechas. Lanzaba fugaces miradas hacia atrás, pero no podía tener ambos lados controlados, por lo que confió en ella hasta su señal.

Luchó con el vampiro hasta que consiguió clavar la daga en el pecho de este. El metal no iba a matarlo, pero lo sorprendió lo suficiente como para que Castiel lo atravesara con una de sus estacas, que se partió al acabar con el vampiro. El hombre maldijo por lo bajo y sacó otra. Ya solo le quedaban cinco.




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Re: Long time no see [Castiel]

Mensaje por Amara J. Argent el Dom Mar 12, 2017 6:30 pm

Amara asintió sin refutar, pero incluso, aunque no hubiese estado de acuerdo, en relación a la ligereza con la que se desplazaban los inmortales, el tiempo para protestar era prácticamente nulo. La cazadora se acomodó en la posición acordada y apuntó su ballesta al corazón de quienes, salvajes, se aproximaban en busca de su yugular; entonces, disparó la primera flecha y cómo era usual, esta dio en el blanco. Diez lanzamientos después de la primera bastaron para mantener a raya a los hijos de la noche, sin embargo, el daño que infligían las puntas forjadas en plata sobre los cuerpos de los vampiros era mínimo y pronto, la puntería de la joven fue superada por la acelerada capacidad de sanación de sus contrincantes.

Justo cómo lo había sugerido quien terminó siendo su compañero de batalla, Amara le hizo saber cuándo se vio a sí misma en aprietos y como fue concretado, al momento de la señal, cambió de flanco. Repitiendo el proceso que realizó en dirección contraria, la cazadora se empeñó en mantener a los vampiros a una prudente distancia de la espalda de Castiel y de su corporeidad misma. Las flechas volaron certeras una tras otra.

Hábil y rápidamente, la castaña cargó la ballesta y disparó cuantas veces su munición se lo permitió, cada saeta lanzada significaba una menos en su arsenal y era imprescindible que eligiera otra de las armas en su repertorio para hacer frente a sus enemigos.

La caza le fue instruida, pero el frenesí de la batalla era una cuestión implícita en su sangre, digna de una estirpe de la cual descendía. La ballesta fue la primera arma que aprendió a usar y aunque prefería el arco, desde muy pequeña había mostrado habilidad para su empleo y, como resultado de su pericia, días enteros de pesados entrenamientos hicieron de ella completamente diestra en el manejo de los mismos.
Más que acertado su tino era perfecto y a pesar de darle ventaja en las cruzadas, bajo aquella luna, la cazadora había salido en busca de un desafío, uno que probara que merecía portar el apellido Argent, que hiciera justicia a la memoria de sus congéneres y sobretodo, que probara que los sentimientos que habían emergido con la aparición de D’Lizoni en su vida no eran más que el resultado de un momento de debilidad, uno que, ciertamente, ya había superado.

Tan pronto como las flechas se agotaron, Amara arrojó a un lado la ballesta.

Está bien — Comentó tan pronto como el sonido de su arma estrellándose contra el suelo llamó la atención de su compañero — Puedo manejarlo.

De su tahalí desenfundó su espada de plata, asiéndose firme con ella. A diferencia de Castiel, no era costumbre de la castaña cargar estacas de madera. Si bien conocía perfectamente cómo acabar con la existencia de los hijos de la noche, la caza de los mismos era una situación particular que de alguna u otra forma le ponía en desventaja, por lo tanto, en aquel momento, rebanar los cuellos de sus enemigos se presentó como la mejor opción.

Uno tras otro, como nacidos de las penumbras, inmortales se acercaban peligrosos sin cesar. Amara blandió su espada de un lado a otro, esquivando afilados colmillos anhelantes del carmesí líquido que presuroso corría entre sus venas, causando algunas inofensivas heridas en sus enemigos y algunas otras mortales.

Cabezas rodaron y cuerpos se convirtieron en cenizas.

Haciendo uso de su rapidez sobrehumana, uno de los vampiros le tomó fuerte del brazo, logrando sus dedos aflojasen el agarre sobre el mango del sable y, antes de poder reaccionar, se vio a si misma volando unos centímetros sobre el suelo en reversa, chocando espaldas con Castiel, quedando los dos tirados sobre el suelo. No supo realmente qué sucedió después con él, en aquel instante su trabajo era cuidarle las espaldas y conocía perfectamente que, quien alguna vez fue su mentor, era tan hábil como ella para defender su frente.

Ágil, la cazadora se puso en pie y el vampiro se aproximó inmediatamente, mostrándole los colmillos y llevándolos en dirección a su cuello; no obstante, justo cuando sintió la filosa dentadura de la criatura raspando su dermis, Amara gruñó con furia, apreciando el peso de la adrenalina sobre la mano con la que apartaba al inmortal de su humanidad y con la otra, desenfundó una de las gemelas que posteriormente ensartó en el pecho de la bestia, haciéndole retroceder adolorida.

El par de dagas eran la última defensa con la que cargaba, pero aquella no sería la ocasión para utilizarlas. Sin darle vuelta al asunto y ya librada del enganche del inmortal, levantó la espada que había soltado anteriormente y de un golpe seco impulsado por su brazo, la filosa hoja degolló a su contrincante.

Sus respiraciones eran agitadas, y con media sonrisa cincelada en sus labios observó como el cuerpo del muerto viviente se convertía en cenizas. Aquella era la primera vez en semanas que su participación en una cruzada le hacía digna del oficio al que dedicaba su vida, propia de su linaje. Allí permaneció estática, empoderada por la emoción del combate hasta que un alarido de dolor llamó su atención; al darse media vuelta, Amara observó cómo su compañero extirpaba la vida del último de los inmortales, o al menos, quien parecía el último de ellos.

Esperó algunos segundos hasta que Castiel recuperó el aliento.

Nunca pensé que nuestro reencuentro sería tan… —hizo una pausa rebuscando la palabra adecuada en su mente mientras en su mano hizo girar sobre su propio eje la espada que empuñaba— divertido —  sonrió ampliamente, tan impropio como parecía de ella— Ha pasado un largo tiempo, Castiel.


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