Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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The Word for World Is Forest → Privado

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The Word for World Is Forest → Privado

Mensaje por Georgiy Rachmaninov el Lun Ene 23, 2017 9:17 pm


“We all have forests on our minds. Forests unexplored, unending. Each one of us gets lost in the forest, every night, alone.”
― Ursula K. Le Guin, The Wind's Twelve Quarters


Había hombres que añoraban la riqueza, otros el poder, otros cuantos el amor, y algunos otros la gloria. Yura Rachmaninov no entraba en ninguna de esas categorías, a él sólo le importaba ser mejor, más fuerte, más hábil con su magia; ese era su lance y nadie lo entendía, su primo, menos que nadie. Porque poseía todo ese poder, podía conquistar el mundo si se lo proponía, y él no lo deseaba. No quería riqueza, ni poder, ni amor, ni la gloria, él sólo quería que lo dejaran ser, y que lo dejaran explotar su potencial, era todo. ¿Era tan difícil de comprender?

Tuvo que dejar a la comodidad de París, no porque quisiera, sino porque para él resultaba imposible quedarse quieto en un lugar. Vivía como un maldito vagabundo, a pesar de pertenecer a la familia imperial de Rusia. Ahora no le interesaba eso, ni nada. No estaba enterado si quiera que Stanislav, finalmente, había sido coronado, y que lo estaba buscando. No, a Yura sólo le interesaba una cosa: aprender de los mejores. Sabía que allá afuera existían hechiceros con habilidades que él ni siquiera podía imaginarse. Y quería conocerlos, pedir que le enseñaran.

Por ahora, no había ido muy lejos, aunque nadie lo sabía. Se había quedado en las cercanías de París. Quizá su búsqueda, en el futuro, lo condujera por lugares distintos del mundo, sin embargo, el viaje de mil millas empieza por un paso.

Tampoco había perdido el tiempo. Aunque todos lo tomaran por un tonto, no lo era, y se había dedicado a investigar. Se dedicó a buscar, aunque con el tiempo se dio cuenta que sería el azar quien lo condujera hasta las personas indicadas. Mientras y en soledad, entrenaba incasable entre árboles y maleza.

Había encontrado una casa abandonada en el bosque, y durante días se dedicó a arreglarla, un poco con trabajo y otro poco con magia, hasta que quedó habitable. Consigo había llevado dinero, mismo que usó para comprar algunas cosas que necesitaba. Encontrar de comer era más fácil, pues cazaba. Criado en el Palacio de Invierno en Rusia, tuvo una educación privilegiada y todo ello le fue enseñado. Y esa tarde, en medio de la verde espesura, estaba siguiendo el rastro de una liebre; su carne era su favorita, pues era más suave que el venado.

Ajá, te tengo —susurró cuando vio al animal en un claro. Fue a acercarse con cautela para matarlo, a veces lo hacía con una honda, a veces con magia, en esta ocasión usaría la segunda, pues no dejaba marcas en el animal, y su piel podía servirle también.

Estaba a punto de cumplir su cometido, cuando una figura humana se dibujó más allá. Era una mujer. Lo distrajo y cayó de bruces al suelo, espantando a su presa. Se dolió y se sentó sobre el pasto para sacudirse las manos, que habían amortiguado un poco su caída. Maldijo, pero muy quedo, Yura era de esos que no tenían un lenguaje demasiado soez.

Allá va mi comida —se lamentó y luego buscó con la mirada a la persona que lo había distraído. Ahí estaba, más cerca ahora. Sí, era una mujer muy guapa, e hipnotizante con su piel tatuada. Al menos, pensó, la soledad no lo estaba volviendo loco y ya alucinaba. No, ahí estaba ella, muy real.


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Re: The Word for World Is Forest → Privado

Mensaje por Medea el Miér Mar 29, 2017 11:19 pm


"Está en mí el universo
como en sí mismo
ya nada de él me separa
me enfrento con él dentro de mí."
—Georges Bataille, La Tumba.




La senda de árboles umbrosos se extendía más allá de donde su vista alcanzaba; algunos se encorvaban como las espaldas de ancianos decrépitos, otros, estaban tan erguidos como un guerrero en plena batalla, los demás, tomaban formas curiosas, y hasta parecía que en sus troncos se trazaban rostros agonizantes. Pero aquello sólo era parte de la ilusión del bosque, el cual, estaba lo suficientemente vivo como para ahuyentar a los curiosos y mantener su soledad intacta. Sólo algunos cuantos, como Medea, eran bienvenidos, casi como amigos íntimos. Ella era de los pocos que podía comprender el lenguaje ancestral de la naturaleza, pues había convivido con ella desde su infancia, inclusive, desde sus vidas anteriores. Por esa misma razón, ahora que se encontraba en tierra extranjera, no dejaba a un lado la sagrada costumbre de deambular por el bosque, sin temor a ser sorprendida por fisgones. Y si eso llegara a ocurrir, ¡pobre de quién la espiara sin permiso!

Sin embargo, aquella vez no tenía que alzar un castigo en contra de nadie, su hogar temporal parecía mucho más silencioso que de costumbre. Incluso, la brisa entonaba una melodía curiosa, que no era fácil de identificar por cualquiera. Cerbero se mantenía a su lado, con la cabeza gacha, apresurando el paso cuando algún animal pequeño llamaba su atención. Medea había gastado días enteros en hallar al ladrón de la reliquia de Samotracia, y en la búsqueda, tropezó con su mellizo Caronte, quien había abandonado su hogar tiempo antes que Medea y Érebo. Cuánto le alegraba que él estuviera bien, que mantenía ese carácter pétreo, pero noble, que tanto admiraba.

Caminó sin rumbo fijo, sin temer a perderse, pues ya se conocía las amplias rutas del paraje, aquellas que se convertían en laberintos interminables. Estaba un poco asida a sus pensamientos; la vida mortal solía pesarle en algunas ocasiones, pero no era lo suficientemente terrible para hacer que, una mujer como ella, bajara la guardia. Fue entonces cuando lo percibió, desde la distancia, otro como ella. Sí, había un hechicero oculto entre la maleza. Lo confirmó en el instante en que una pequeña liebre huía despavorida, ocultándose en el interior de un tronco corrompido por la humedad. Cerbero alzó la cabeza y se quedó mirando un punto fijo, ahí en donde estaba el persecutor del temeroso lepórido. Medea hizo una mueca, más no percibió amenaza alguna de quien se hallaba a pocos pasos de ella.

Aunque cautelosa al andar, decidió acercarse más al anónimo personaje, descubriendo a un joven sentado en el suelo. Tenía la mirada un tanto perdida, y la tuvo más cuando Medea se revelaba ante él, como esas deidades que habitan en las regiones solitarias, hechizadas por algún poder que no podía ser de este mundo.

—¿Querías cazar a esa liebre, verdad? —inquirió con voz pausada, mientras escudriñaba el aura que rodeaba al muchacho—. ¿Le pediste permiso a Gaia para hacerlo? Alimentarte de sus criaturas, sin que ella lo desee, es un grave delito. Pero, si eres humilde, la liebre regresará a ti y podrás alimentarte de su carne porque Gaia así lo permitió. —Aquellas palabras casi parecían una parábola proveniente de alguien con demasiada experiencia, a pesar de su evidente juventud—. ¿Quién eres? No voy a cuestionarte sobre el motivo que te ha guiado hasta aquí, he visto suficiente.



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Re: The Word for World Is Forest → Privado

Mensaje por Georgiy Rachmaninov el Lun Abr 17, 2017 9:15 pm


“All knowledge hurts.”
― Cassandra Clare, City of Bones


Sacudió la cabeza. Era un tonto y seguro lucía como uno al no poder despegar los ojos de la mujer. Se puso de pie con facilidad, aunque a él no le gustara, había sido educado para ser guerrero, como su padre y como su hermano; para servir al zar como el más fiel de sus generales. Algo que, hasta donde sabía, no iba a suceder, pues Georgiy se había desconectado del exterior, y no tenía idea que Stanislav volvía a gobernar sobre las yermas tundras de Rusia, y que si regresaba a su lado, sería para ocupar ese lugar para el que había sido entrenado. Tragó saliva y frunció el ceño. Miró a la mujer, a su perro y luego el punto donde la liebre se había ocultado.

¿Gaia? —Preguntó, pero no fue a modo de insulto, sino como si fuera la única palabra que rescatara de todo aquello, y es que le sonaba, de algún lado. Frunció el ceño y la volvió a mirar a ella. De algún modo extraño, le recordó a su tío, el difundo zar. Como si ambos le transmitieran respeto, aunque de maneras distintas, eso era obvio también.

Yo… eh… me llamo Georgiy, pero todo me dicen Yura. Prefiero que me digan Yura —pidió. Omitió el apellido, no quería ser ligado a la realeza rusa, no ahora que comenzaba su viaje. Carraspeó y se rascó la sien.

Verá, yo… usted también, ¿no? Tiene poderes y eso. Lo digo para no parecer extraño. Pero es que ese nombre, o concepto, o como quiera llamarlo, eso de Gaia, ya lo había leído antes. Mi familia toda es como yo y tienen muchos libros al respecto, seguro ahí lo leí —estaba batallando para hilar palabras y conectar sus pensamientos, por ello mismo estaba hablando demasiado rápido. Se detuvo para calmarse.

Cuando hablaba de «muchos libros» se quedaba corto. La biblioteca del Palacio de Invierno estaba repleta de textos sobre magia, desde la más inofensiva hasta la más oscura. Y mientras Stanislav y Renat se dedicaron a entrenar y perfeccionarse como guerreros, él se encerraba en aquel lugar y leía y leía. Quizá por ello su primo y su hermano lo odiaron tanto, porque a pesar de ello, resultó más poderoso que ambos.

Como sea. Me gustaría… —volvió el rostro de nuevo al punto donde la liebre se ocultaba—, saber qué debo hacer para que Gaia me de permiso. Y me perdone por todos los animales que ya maté a lo largo de mi estancia en el bosque —quiso reír, pero no lo hizo. A pesar de estar ahí, en ese lugar, vestido de manera humilde y batallando por conseguir comida, sus modales de la realza se notaban, al mismo tiempo que esa personalidad tan peculiar suya.

Soy joven y mi propósito es aprender todo lo que pueda. Sobre cualquier cosa, pero sobre mis poderes y su potencial sobre todo —la miró de nuevo. Esta vez estaba más serio de lo usual y uno podía notar sus rasgos endurecidos—. Hay muchas formas de hechicería que no conozco, y me gustaría hacerlo —indirectamente, y quizá hasta sin saberlo, le estaba pidiendo esa ayuda a la mujer que al mencionar un concepto y una fuerza de la que Georgiy sabía tan poco, había despertado su curiosidad. Sonrió al final, regresando a ser ese chico que no quiere hacerle daño a nadie, aunque tenga la capacidad de destruir ciudades enteras.


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Re: The Word for World Is Forest → Privado

Mensaje por Medea el Jue Jun 01, 2017 12:49 am


"Dos caminos se bifurcaban en un bosque amarillo,
Apenado por la imposibilidad de tomar ambos,
Siendo un viajero solo, largo tiempo estuve de pie
Observando uno de ellos tan lejos como pude,
Hasta donde se diluía en la espesura."
—Robert Frost.




Curioso. Todo en aquella escena le resultaba particular, pues no esperaba que algo así fuera a ocurrirle. Aquel muchacho, lo supo desde el primer momento en que lo vislumbró, tenía un gran potencial, pero su mirada, e incluso su aura, era tan transparente, que se sintió a gusto al acercarse. Poseía una energía noble, fuerte y poderosa. El primero en percibirlo fue Cerbero, que decidió acercarse al joven, sentándose en sus dos patas traseras frente a él, ladeando la cabeza cuando lo escuchó hablar. El animal, a pesar de su gran tamaño, era muy inteligente. Medea al percatarse de aquel gesto, simplemente sonrió. Cuando Cerbero no se sentía amenazado, ella podía estar en paz. Ese chico fue del absoluto agrado del can, por lo que no tuvo que acudir a la desconfianza en ningún momento. Se notaba que el chico cazaba por sustento propio, a pesar de no verse como alguien de clase baja, algo que le llamó la atención.

Medea le escuchó con atención, hasta le resultó tierno que divagara un poco, aunque igual conservó la franqueza al dirigirse a ella. No era ningún tonto, percibió el gran poder que poseía; siendo entrenada por los mejores hechiceros y sacerdotes de la diosa Hécate, era perfectamente compresible que guardara tanto potencial. Sin embargo, Medea prefería no mostrarlo, pues consideraba arrogante actuar de ese modo. Quizás por eso el muchacho le empezaba a caer bien.

—Yura —repitió, mientras continuaba escudriñándole con la mirada—. Ya veo, entonces yo también te diré así. El diminutivo contrasta muy bien contigo —le aseguró—. Eres muy observador, ¿no, muchacho? Hay hechiceros que tienen a otras criaturas frente a sus narices y no las detectan, y todavía así se creen superiores, cuando en este universo no hay ningún mortal superior al mismo cosmos. —Bajó la mirada, manteniendo esa serenidad que era tan propia de ella en esos casos, cuando se dedicaba a hacer de guía—. Gaia... —hizo una pausa—, puedes creer que es un concepto, algo más, pero nunca un simple nombre.

Le había corregido, no con molestia, aquello ni siquiera le ofendió. Pero era necesario que, como buen hechicero que era, comprendiera mejor ciertas cosas. Gaia era una de esas cosas.

—Gaia es la diosa de la tierra; Gaia es la tierra y su inmenso poder. Todo lo que nos rodea, pisamos, olemos, sentimos; cada elemento a nuestro alrededor es Gaia. Es la fuerza madre. La mística naturaleza. —Exhaló, negando ligeramente con la cabeza—. Los libros te han dado la posibilidad de despertar tu habilidad, sin embargo, eso no es suficiente para comprender a la verdadera magia. Lo que has leído es la experiencia de otros, pero tú no has lidiado con tu propia experiencia y la magia no funciona de igual manera para todos, muchacho.

Y acompañó su explicación de una sonrisa sincera, de seguro Gaia ya lo había perdonado por su sinceridad. No le resultó difícil aceptar su petición, Yura (o Georgiy), le agradó. Si educaba su poder, sin duda alguna, sería un hechicero destinado a grandes obras. Era una suerte del destino que fuese ella quien lo encontrara y no alguien que pudiera manipularlo para fines siniestros.

—Bien, entonces, tu primera prueba será conseguir alimento. No de manera convencional, tendrás que pedirlo a los árboles, ellos serán generosos y te darán lo necesario. Olvídate de la pequeña liebre, su dolor sólo ennegrecerá tu corazón, porque la tomarás a la fuerza y ella no está destinada a ti —dijo, en el momento en que empezaba a caminar, algo que imitó Cerbero—. Ven conmigo, Yura. Te guiaré por el sendero de los viejos dioses, aprenderás de ellos porque has sido llamado para tal fin.



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Re: The Word for World Is Forest → Privado

Mensaje por Georgiy Rachmaninov el Miér Jul 26, 2017 8:49 pm


Se agachó en cuanto sintió al perro acercarse. Dejó que oliera sus nudillos, tenía mucho respeto por los canes. De niño había sufrido más de un susto por acercarse sin medir consecuencias. Luego, de un entrenador de los perros reales de caza aprendió a que el animal debía primero acercarse, olerlo, conocerlo, y si acaso le daba permiso, ya podía tocarlo. En este caso, el inmenso animal pareció desde un principio cómodo con él, y lo acarició primero en la cruz y luego detrás de la oreja. Por un segundo o dos, Georgiy pareció que había olvidado a la mujer, pues toda su atención estaba concentrada en el perro.

Se irguió, la miró y le sonrió cuando ella lo llamó «Yura». A veces era más difícil hacer entender a la gente que prefería el diminutivo, y las personas que desde el principio lo usaban, sin que tuviera que decirles dos veces, le agradaban de inmediato. Se mordió un labio, apenado por haber señalado mal a Gaia, aunque la voz de la mujer no sonó molesta, y cuando se trataba de esas cosas, le gustaba que lo corrigieran, a decir verdad. Sólo así podía aprender. Asintió, como diciéndole sin palabras, que la lección estaba asimilada.

Por supuesto —algo hizo sentido en su interior y musitó. Sólo había leído la experiencia de otros, era verdad, y una muy obvias, sin embargo, necesitó que ella viniera a decírselo, para darse cuenta—. Eso… eso es verdad. Nunca había podido definirlo. Entre mi familia hablan mucho de nivel, de potencial, pero creo que es como tú lo has dicho: la magia es diferente para todos —entre los Rachmaninov y sus ramas secundarias, era común que se obsesionaran con los alcances bélicos de sus poderes, sin darse cuenta que otro miembro, alguien considerado “débil”, probablemente tuviera habilidades en otro aspecto.

Parpadeó al escuchar que tendría su primera prueba. Por un breve instante se sintió desconcertado, pero pronto la emoción sustituyó ese sentimiento en su interior. Dio un respingo y miró al perro regresar con su ama. Pronto él también se puso en marcha, no sin antes echar un último vistazo a la madriguera del conejo. No era para él, se dijo mentalmente.

¿Me enseñarás como pedirle sus frutos a los árboles? —Georgiy corrió un pequeño tramo para alcanzarla y empezar a caminar a su lado. Preguntó con entusiasmo—. Tú… ¿tú lo sabes? Si fui llamado para este fin. Sé que hay gente como nosotros que predice el futuro, o ve el pasado… en las estrellas, en la sangre de animales o en runas, pero yo no puedo hacer eso; ¿tú eres capaz? —Continuó caminando. Sabía que estaba planteando demasiadas cuestiones, sin embargo, esperó que ella no se molestara por su desmesurada curiosidad. Casi tropieza con el perro que se cruzó en su camino.

Ya te he dicho mi nombre —se detuvo y la miró—. ¿Puedo saber el tuyo? —Pidió permiso, no lo exigió. Georgiy era sumamente cuidadoso con esas cosas. Siempre le dijeron que, en caso de que Stanislav no pudiera gobernar, él jamás accedería al trono ruso, porque no tenía convicción de líder. Y si creían que con eso iban a mermar sus ánimos, estaban muy equivocados; sintió un alivio tremendo, jamás aspiró a la corona de su imperio.


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