Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Darkling grubs this earthly hole — Privado

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Darkling grubs this earthly hole — Privado

Mensaje por Cagnazzo el Vie Ene 27, 2017 11:08 pm

Sin embargo, él corre una vida incansable,
Salvaje como las olas,
Pasa por aquí y vuelca tu lágrima
Sobre la terrosa tumba.

—Robert Burns.




—¿Es todo lo que tienes? —Inquirió—. Está vez, yo me encargaré del resto. Supongo con esta información puedo lograr acercarme lo suficiente.

Despachó al jovencito, que no superaría los veinte años, y se dedicó a pensar. Sentía, que por alguna extraña razón, le estaba fallando la paciencia; odiaba, más que otra cosa, cuando aparecían obstáculos en su camino. Y sí, con obstáculos se refería a personas que intentaban derrumbar sus planes. Cagnazzo tenía mucho por hacer, no podía simplemente sentarse a esperar que las cosas se realizaran por si solas o por arte de magia. Tal vez si contara con un poco de magia fuera diferente, pero no era así, por lo que debía valerse de sus habilidades corrientes para solucionar lo que, según él, estaba mal. Y es que no sólo cargaba con las responsabilidades que le enviaban desde Roma, sino también con sus asuntos políticos. Él era un magnífico diplomático, sin embargo, habían ocasiones que no soportaba la negligencia de algunos cuantos títeres y debía, si o si, cumplir él mismo con su objetivos.

En aquella ocasión tenía que deshacerse de un investigador bastante fisgón. Era un hombre que no superaba los setenta años, pero que, a pesar de semejante edad, había blasfemado en contra del Santo Padre, algo que a Cagnazzo no le pareció lo más adecuado. Por suerte, el anciano no conocía la identidad de quien lo vigilaba celosamente desde Tolosa, y quien, para su desgracia, había ido a París exclusivamente a buscar la manera de desaparecerlo del mapa. Cagnazzo, mostrándose ante todos con su nombre “mortal”, Helié Seguier, halló al viejo en un asilo para personas mayores, un acto bastante astuto de su parte, pero no impedimento alguno para que Helié Seguier lo destruyera por completo.

El cónsul se valió de sus informantes y lacayos para llegar hasta el susodicho lugar, y una vez ahí, intentar acercarse a su dueña. Quizás Atenea Onisse no mostraba ser una mujer de cuidado, pero sí que lo era; Cagnazzo lo supo desde antes de poder contactar con ella. No iba sencillamente a ir por la presa sin antes reconocer el terreno que pisaría. Incluso él, que era un demonio auténtico, prefería cuidarse de los dementes, aunque si sabía cómo llegar a ellos sin problema alguno. Era cuestión de ofrecerle algo a la mujer, algo que le resultara atractivo y que compensara su ayuda. Ella le entregaría al fisgón, y en circunstancias favorables, sería quien acabaría con él, ahorrándole todo el trabajo a Cagnazzo.

«Tenga cuidado, señor. La mujer está loca por completo; padece de un mal terrible.»

¿Y qué mejor alimento para los emisarios del averno que un auténtico demente? Casi sintió el deseo de marcar esa alma. Pero antes, debía cumplir con su misión; ya luego tendría tiempo para otras cosas menos importantes.

Apareció en el asilo ataviado con las mejores prendas, siempre con esa postura elegante y tan llamativa que solía mostrar; con un vocabulario perfectamente refinado. Sin embargo, sabía que no era necesario valerse de aquel comportamiento ante Atenea, aun así lo hizo. No quería mostrar las fauces de la bestia, no hasta haber obtenido una respuesta positiva por parte de la dama. Debía avanzar con cuidado, sin mostrarse ansioso, no era el estilo del máximo regente del octavo círculo abismal, el mismo en donde condenaban a los fraudulentos.

—Señorita, Onisse. Encantado de conocerle. Soy Helié Seguier, el mismo que le escribió hace un par de semanas, por el caso de Blaise Blanchard —expuso con toda la galantería tan propia de él cuando quería impresionar—. Espero no haya interrumpido sus labores. Si es así, discúlpeme, no fue mi intención en ningún momento; pero como le hice saber con anterioridad, este caso me urge.




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Re: Darkling grubs this earthly hole — Privado

Mensaje por Atenea Onisse el Sáb Feb 04, 2017 9:34 pm

Atenea estaba teniendo un día común y corriente, de esos en los que las horas pasan porque así tiene que ser. No existía nada extraordinario. La rutina siempre era la misma: despertar, desayunar, ver que los ancianos desayunarán, tomar una ducha, tomar el té, dirigir a los ancianos a sus actividades comunes, almorzar, pasar una tarde leyendo, pintando, o sembrando, cenar, y dormir. Una rutina común, algo poco espectacular, sobrevivir en vez de vivir. No importaba nada más, a fin de cuentas a ella poco le importaba, ni siquiera se enteraba que se encontraba aburrida. No lo comprendía.

Como de costumbre avanzaba por cada una de las habitaciones, para ella era importante que los ancianos estuvieran vivos, y eso era demasiado que decir, quizá tenerlos vivos era enriquecedor en todos los sentidos. Los ancianos le servían de cuartada, además el rey había firmado ciertos decretos que la ayudaban a mantenerlo, por cada uno de ellos habían francos de por medio. No era una interesada, pero tampoco despreciaba el vivir con las comodidades en las que se encontraba.

Aquella mañana una sábana se había descocido, aguantaba, así que decidió repararla.

Al cabo de media hora el arreglo llegó, no tardó demasiado, pero pesaba, por esa razón se prolongó un poco más su trabajo. Jake, el más viejo de los ancianos había tirado un poco de agua de sabor en el suelo, lo ignoró por que se encontraba bailando, así que dejó que alguien más lo hiciera por él. A Atenea le caía muy bien, era un hombre grande pero que se hacía respetar, pocas personas le contradecían, y si lo hacían él se las arreglaba para que pudieran pagar. Algo parecido a ella, aunque ella con mayor grado de maldad y de sutileza.

Lo inesperado ocurrió, el sonido de la puerta principal se hizo presente por culpa de la campanilla, nunca sonaba, por eso muchos ojos se dirigieron a esa zona en especial. ¿Otro viejo o un visitante? Siempre era un viejo más.

- A usted le urge el caso, a mí no, así que puede esperar – Aclaró poniéndose de pie, no le gustaba la gente acelerada, ellos tenían la gran ventaja de disfrutar de la vida, de sus placeres, incluso postergar las emociones que vivían, no entendía la urgencia por la que tenían que vivir. De esa misma forma morían, quizá por eso siempre se tomaba su tiempo. – Lo recuerdo, pero debe saber que no puedo poner en riesgo a nadie de aquí, sería cruel de mi parte. – Aunque no reconocía su propia maldad, lo cierto es que sabía lo que era la lealtad, misma que le debía a esos ancianos.

- No puedo garantizarle mi ayuda, si es alguno de mis favoritos, puede que incluso lo haga perder antes de que lo crea, así que venga – Lo dirigió a una zona especial y escondida, ella lo llamaba el cuarto de aislamiento, uno que ayudaba a que nadie en casa escuchara lo que pensaba en voz alta o hacía. Además de que tenía armas escondidas por todos lados, mismas que ayudaban a acabar a quien no cooperaba con ella. – Ahora sí, platíqueme bien que necesita, sea claro y verdadero, sólo así puedo considerar ayudarlo. – Lo invitó a sentarse. Era un ambiente cálido y cómodo. Mientras él hablara, ella decidiría si matarlo o no.


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Re: Darkling grubs this earthly hole — Privado

Mensaje por Cagnazzo el Vie Mayo 12, 2017 2:39 am

De algún modo, y muy internamente, le dio la razón a su asistente; fue un golpe directo a su orgullo, pero no lo demostró. Helié Seguier (o Cagnazzo, como se le conocía en el abismo), era un hombre que sabía actuar con mesura el noventa por ciento de las circunstancias, no por nada su familia, desde hacía generaciones atrás, se dedicaba a asuntos relacionados con la política y la diplomacia. Él había nacido con ese don, incluso, su propia hermana (a quien creyó perdida en algún abismo secundario), empezaba a desempeñar un papel sustancial en los negocios de la familia Seguier. Sin embargo, no hay que dejar a un lado el simple hecho de que los políticos viven rodeados de enemigos, y también, como ha de esperarse, de molestísimos obstáculos. Por esa razón estaba ahí, doblegando parte de su carácter ante aquella mujer.

Ella podría padecer un mal psicológico nefasto, una enfermedad que le consumía por dentro, como una larva. Sin embargo, ese no era asunto de alguien como Helié, él sólo iba a lo que le competía, y si Atenea Onisse demostraba ser digna de su atención, ese demonio llamado Cagnazzo haría acto de aparición, y ni siquiera esa locura iba a detener a semejante bestia. Sólo que ahora estaba controlada, bajo los efectos de un ideal mucho más mortal.

Incluso, mientras la mujer le respondía, recorrió con la vista el lugar; fue un gesto sutil, casi imperceptible. En su mente se grabaron a fuego el rostro de cada uno de los presentes, pero el de Blaise no se mostraba por ninguna parte, ¿estaría en otro lado? Tenía que averiguarlo. Claro, luego de ver cómo le ganaba la pequeña batalla a Onisse. Simplemente bajó la cabeza con disimulo, mientras se aclaraba la garganta. Menos mal nunca se dedicó a la ciencia médica que trataba las enfermedades de la mente, sino todo hubiera terminado en tragedia.

—Creo que no tiene idea de lo delicado del asunto, madeimoselle —dijo en voz baja, acortando la distancia entre ambos. Su mirada parecía una sombra indescriptible, como la de un ser que no es propiamente humano—. Se lo dejé bastante claro en la misiva, no es necesario que finja demencia.

La voz de Cagnazzo sonaba gélida, como cristales rotos clavándose en la piel. Le desagradaba que le tomaran por cualquiera, aun así, se mantuvo sereno y decidió seguirla. No le temía, sabía, por comentarios de sus allegados, que estaba loca, pero no le importó. Eso ni se acercaba a lo que era él en realidad, una simple fantasía de algunos cuantos feligreses creyentes.

Echó un rápido vistazo a la minúscula habitación en la que se hallaban. Su olfato pudo detectar el aroma del acero oculto entre los muebles ubicados en diferentes sitios. Luego le dirigió una mirada inquisitiva, hasta se atrevió a enarcar una ceja, mientras en sus labios apareció una sonrisa ladina.

—No es necesario, pero aceptaré su invitación —agregó, tomando asiento en uno de los sillones. Su diestra se apoyaba en su bastón de paseo; debía meditar sus próximas palabras, y, desde luego, medir los movimientos de la mujer—. Blaise Blanchard es un traidor de la nación, sólo está aquí porque piensa que nadie lo encontraría. Pero, craso error de su parte. —Exhaló con hastío—. Señorita Onisse, tiene dos opciones en este caso: entregar a Blanchard y olvidarse del asunto o ayudar a desaparecerlo del mapa. En caso de que se resista, supongo que no es tan tonta para no medir las consecuencias. La conozco desde antes, no hace falta que intente nada estúpido.





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Re: Darkling grubs this earthly hole — Privado

Mensaje por Atenea Onisse el Dom Mayo 21, 2017 9:05 pm

¿Acaso esas palabras se le podían denominar una amenaza? Si tuviera el sentido común desarrollado, y la empatía fuera parte de ella, probablemente se hubiera dado cuenta, sin embargo le pareció una frase más, vacía, cómo se encontraba su interior. Su rostro no mostró asombro alguno, ni siquiera curiosidad o desagradado. Nada, no existía nada que pudiera comprender la gravedad de la situación.

Aquello era un encuentro cualquiera, como todos. Nada extraordinario.

Onisse había nacido con un padecimiento psicológico, al menos eso le dijeron un par de especialistas. Si algo podía destacar en ella, era su inteligencia, por esa razón en los exámenes que le hicieron no resultó peligrosa, por el contrario, y es que sabía actuar muy bien. En esa época de estudios se dio cuenta de la necesidad de atención y afecto de los ancianos. Cualquier gesto positivo les hacía a ellos confiar en alguien, probablemente venía derivado de su soledad. Ella no se sentía sola, pero si quería una vida sin interrupciones o constantes visitas médicas, lo más prudente era relacionarse y ocuparse, cosa que hizo al montar un gran asilo de ancianos. Después de cuatro años de perfecto funcionamiento, el hombre que su visitante buscaba, llegó. Alguien que la comprendía en demasía, que la alentaba, pero que también le enseñó parte de su forma de matar y esconder su escena del crimen.

Su mirada se detuvo instantes en el ventanal. No sabía que decirle, nunca antes estuvo en esa situación. Una vez leyó que para cumplir cualquier tipo de propósito maligno sin ser descubierto, se debía terminar incluso con el maestro. ¿Acaso era ese el momento? Se quedó pensativa una vez más. Supo en ese instante que había desarrollado un lazo con aquel hombre que escondía, era lo único que le recordaba que tenía un lado humano. Las alarmas en su interior se encendieron. No dudarían para siempre, pero tampoco quiso que terminara en ese momento.

- No me gusta que me pongan a decidir lo que no me corresponde, y tampoco que quieran tomar algo que se encuentre dentro de mi propiedad, porque me pertenece. Estos ancianos, sin importar su procedencia, son míos, diariamente pago por ellos. Los alimento, visto y doy un techo para dormir, invierto en ellos. No voy a perder dinero sólo porque usted cree que si algo le preocupa o cree importante, también lo será para mí. – Se encogió de hombros con naturalidad. ¿Por qué las criaturas creían que podían convencerla de algo urgente? Las urgencias no existían para ella, ni siquiera el amor por sí misma. El vacío siempre aparecía.

¿Cuál era su misión en esa vida? Quizá sólo cuidar ancianos y matar. ¡Necesitaba matar! Quizá eso le ayudaría a poder ordenar esa situación.

- En esta vida todo tiene que tener una recompensa de ambas partes – Le miró con esos ojos opacos y perdidos – Usted gana si yo le doy al viejo, ¿Y yo? No comprendo que puedo ganar – A penas y parpadeó, no perdía al hombre de vista, quizá aquello era una alucinación, o una mirada al futuro, si cerraba los ojos se perdería de algún dato interesante.

Atenea se dio cuenta que el hombre no estaba muy feliz con su respuesta, pero tampoco tomó demasiada importancia a un sentimiento desconocido. Se sentía expectante de lo próximo a ocurrir. Las ganas de asesinar crecían, siempre lo relacionaba al término ansiedad.

Probablemente ese hombre no saldría con vida, o quizá ella se quedaría encerrada en esa habitación muerta, mientras él se iba con su presa.


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Re: Darkling grubs this earthly hole — Privado

Mensaje por Cagnazzo el Miér Jul 12, 2017 2:43 am

¡Qué sagaz que había sido! Pero eso no fue ningún problema, ni para el mortal Helié, ni mucho menos para el demonio Cagnazzo. Atenea Onisse no era ninguna amenaza para él, quien era parte de la perversidad en este mundo. Desde luego, una perversidad con un motivo bastante lógico. Ella, en cambio, sólo caía en ese minúsculo grupo de supuestos perversos que sólo obedecían al desorden de su mente, sin estar completamente conscientes de sus acciones. ¡No sabían nada del mal! Porque en su mente no existía una diferenciación clara de un tema tan extensamente filosófico; sin embargo, él, quien poseía un espíritu arcaico, si tenía todas las de ganar. Aunque para lograr tal fin, debía mantener la mesura, no sin dejar bastante claro que no era ningún estúpido, y que, incluso, podría ser terriblemente peligroso si lo provocaban en serio.

Por supuesto, desde antes de poner un pie en ese lugar, ya tenía bastante claro con quien lidiaba. No la había investigado en vano; era una de sus maneras de chantajear predilectas, porque sí, el ser político le había otorgado semejante habilidad, misma que no se desgataba con los años, al contrario, se favorecía mucho más. Y cuando se trataba de sus enemigos, era capaz de mover al mismísimo abismo para completar con sus nefastas misiones. Por eso no iba a tolerar que Atenea se convirtiera en un obstáculo. Es más, a ella la usaría a su conveniencia, porque seguía siendo un sobrenatural a su lado, y no uno cualquiera.

Por eso no dudó en sonreír con descaro y malicia cuando ella se puso a la defensiva, muy a su modo, uno que no le era ajeno. Era como si supiera muchas cosas, y nada lejos de la realidad. Esperaba que la mujer tomara esa postura, pero no le iba a durar mucho. Helié simplemente exhaló con hastío, guardando el silencio necesario para continuar, como queriendo sembrar la tensión en ese gesto tan puramente oscuro.

—Que egoísta, señorita Onisse. Tan avara, tan... ¿cree que me importa si le pertenecen o no? No le estoy pidiendo a todos esos ancianos decrépitos, sólo le exijo que me entregue a Blaise Blanchard y todos felices, no tendrá que verme por aquí más nunca. Pero si se niega, no creo que las consecuencias sean las mejores para usted —soltó, con una paciencia que sólo podía anticipar lo peor. Esa malicia tan característica de un demonio apenas se paseaba entre las facciones del licántropo—. ¿Quiere dinero? Tendrá todo el que desee, sólo si coopera y no toma ninguna actitud estúpida.

Claro que no iba a ser fácil hacerla entender, pero dada las cosas que le habían mencionado, él si sabría cuáles puntos débiles atacar. Había nacido con esa capacidad de poder dar con las flaquezas de los demás para así poder estafarlos a su antojo. Siendo ese mismo pensamiento el que lo impulsó a ponerse de pie, pudiendo ser una amenaza o no, todo dependía de la cabeza caótica de Atenea Onisse.

—Tengo su expediente, sé perfectamente lo que ha hecho. Pero, si accede a cumplir lo que le pido, podrá seguir con su faena, que no es algo que me importe para ser honesto. ¡Ah! No, espere... Si me interesa, sólo porque podría usarla a mi favor. Y no se haga, sus armas son un recurso muy trillado —soltó, sin apartar la mirada de ella, escudriñándole hasta el alma, una manera de intimidación bastante antigua, como su propia alma—. ¿Me va a llevar con Blanchard? A usted no le gusta perder dinero. A mí no me gusta perder tiempo.





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